Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios

Tercera Parte. El nuevo mundo.

9. Guanabara

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussRio de Janeiro es mordida por su bahía hasta el corazón; se desembarca en pleno centro, como si la otra mitad, nueva Ys, ya hubiera sido devorada por las olas. Y en cierto sentido es verdad, ya que la primera ciudad —un fuerte— se encontraba en ese islote rocoso recién bordeado por el barco y que lleva aún el nombre de su fundador: Villegaignon. Camino por la avenida Rio Branco, donde antaño se levantaban las aldeas tupinamba, pero en mi bolsillo tengo a Jean de Léry, breviario del etnólogo.

Hace 378 años, casi en la misma fecha, llegaba aquí con otros diez ginebrinos, protestantes enviados por Calvino a pedido de Villegaignon, su antiguo condiscípulo que acababa de convertirse, apenas un año después de establecerse en la bahía de Guanabara. Este extraño personaje, que había desempeñado todos los oficios y se había interesado por todos los problemas, luchó contra los turcos, los árabes, los italianos, los escoceses (raptó a María Estuardo para permitir su casamiento con Francisco II) y los ingleses. Se le vio en Malta, en Argelia y en la batalla de Cerisols. Y casi al término de su carrera aventurera, cuando parecía haberse consagrado a la arquitectura militar, decide ir al Brasil, después de una decepción sufrida en su carrera profesional. Pero una vez más sus planes están a la altura de su espíritu inquieto y ambicioso. ¿Qué se propone hacer en el Brasil? Fundar una colonia, pero también, sin duda, labrarse un imperio; como objetivo inmediato quería establecer un refugio para los protestantes perseguidos que desearan abandonar la metrópoli. Católico y probablemente librepensador, obtiene el patrocinio de Coligny y del cardenal de Lorena. Luego de una campaña de reclutamiento entre los fieles de ambos cultos, que llevó también hasta la calle, entre los perdidos y los esclavos fugitivos, consiguió embarcar, el 12 de julio de 1555, seiscientas personas en dos navios: mezcla de pioneros, representantes de todos los sectores de la sociedad y de criminales sacados de las cárceles. Sólo olvidó a las mujeres y las provisiones.

La partida fue penosa; volvieron dos veces a Dieppe; por último, el 14 de agosto levaron anclas definitivamente. Pero entonces comenzaron las dificultades: tumultos en las islas Canarias, putrefacción del agua a bordo, escorbuto. El 10 de noviembre Villegaignon fondea en la bahía de Guanabara, donde franceses y portugueses se disputaban desde hacía años los favores de los indígenas.

La posición privilegiada de Francia en la costa brasileña durante esa época plantea curiosos problemas. Eso ocurre, especialmente, hacia principios de siglo, cuando se habla de numerosos viajes franceses —sobre todo, el de Gonneville, en 1503, que se trajo de Brasil un yerno indio— casi contemporáneamente al descubrimiento de la Tierra de Santa Cruz por Cabral, en 1500. ¿Hay que ir más atrás aún? Del hecho de que los franceses atribuyeran inmediatamente el nombre de Brasil (confirmado, por lo menos después del siglo xii, como la denominación del continente mítico celosamente ocultado, de donde provenían las maderas de tintura) a esta nueva tierra, y de que gran número de términos tomados correctamente por el francés de los dialectos indígenas sin pasar por las lenguas ibéricas — ananás, mandioca, tamandúa, tapir, jaguar, sagouin, agouti, ara, caimán, tucán, coatí, acajou, etc.—, ¿debe concluirse que un fondo de verdad sustenta esa tradición dieppense sobre el descubrimiento del Brasil por Jean Cousin, cuatro años antes del primer viaje de Colón? Cousin tenía a bordo a un tal Pinzón; son los Pinzón quienes devuelven el coraje a Colón cuando, en Palos, parece decidido a abandonar su proyecto; también es un Pinzón quien dirige la Pinta durante el primer viaje y a quien Colón gusta consultar cada vez que prepara un cambio de ruta. En fin, Colón, por renunciar a la ruta que exactamente un año más tarde lleva a otro Pinzón hasta el cabo de Sao Agostino y que le asegura el descubrimiento oficial del Brasil, pierde un título de gloria suplementario.

Salvo un milagro, el problema no será resuelto nunca, ya que los archivos de Dieppe, incluida la relación de Cousin, desaparecieron en el siglo xvii en el incendio provocado por el bombardeo inglés. Pero al pisar por primera vez tierra brasileña no puedo evitar la evocación de todos esos incidentes burlescos y trágicos que prueban la intimidad que reinaba entre franceses e indios: hace cuatrocientos años, intérpretes normandos seducidos por el estado de naturaleza, que tomaban mujer indígena y se hacían antropófagos; y el desgraciado Hans Staden, que pasó años de angustia esperando todos los días ser comido y siempre era salvado por la suerte, y pretendía hacerse pasar por francés en nombre de una barba roja muy poco ibérica, al tiempo que se ganaba esta respuesta del rey Quoniam Bébé: «Ya he apresado y me he comido a cinco portugueses, y todos pretendían ser franceses; sin embargo, mentían». Y cuán constante habrá sido el trato entre ellos que, en el año 1531, la fragata La Pélerine pudo llevar a Francia, junto con 3000 pieles de leopardo y 300 monos, seiscientos loros «que ya sabían algunas palabras en francés».

En una isla en plena bahía, Villegaignon funda el fuerte Coligny; los indios lo construyen y abastecen la pequeña colonia; pronto se aburren de dar sin recibir y se marchan, abandonando sus aldeas. El hambre y las enfermedades se instalan en el fuerte. Villegaignon comienza a manifestar su temperamento tiránico; los condenados a trabajos forzados se rebelan y se los masacra. La epidemia pasa a tierra firme; los pocos indios que han permanecido fieles a la misión se contaminan y así mueren ochocientos.

Villegaignon desdeña los quehaceres terrenales, sufre una crisis espiritual. Junto a los protestantes, se convierte; apela a Calvino para conseguir misioneros que lo han de esclarecer en su nueva fe. De esa manera se organiza el viaje del que forma parte Léry.

La historia toma entonces un giro tan extraño que me asombro de que ningún novelista o dramaturgo no se la haya apropiado todavía. Aislados en un continente tan desconocido como un nuevo planeta; completamente ignorantes de la naturaleza y de los hombres, incapaces de cultivar la tierra para asegurar su subsistencia, dependientes, en todas sus necesidades, de una población incomprensible que, por otra parte, los miraba mal, y asaltados por las enfermedades, ese puñado de franceses que se había expuesto a todos los peligros para huir de las luchas metropolitanas y fundar un hogar donde pudieran coexistir las creencias bajo un régimen de tolerancia y de libertad, se vio apresado en su propia trampa. Los protestantes intentan convertir a los católicos y éstos a los protestantes. En vez de trabajar para subsistir se pasan las semanas en absurdas discusiones: ¿Cómo se debe interpretar la Cena? ¿Hay que mezclar el agua y el vino para la Consagración? La Eucaristía, la administración del Bautismo, proporcionan temas para verdaderos torneos teológicos, a continuación de los cuales Villegaignon avanza o retrocede en su conversión.

Hasta se llega a enviar un emisario a Europa para consultar a Calvino y pedirle que dirima los puntos en litigio. Entretanto, se duplican los conflictos. Las facultades de Villegaignon se alteran. Léry cuenta que su humor y sus crueldades podían predecirse por el color de sus ropas. Finalmente, se vuelve contra los protestantes y les hace padecer hambre; éstos cesan de participar en la comunidad, pasan al continente y se unen a los indios. Al idilio que se traba entre ellos debemos esa obra maestra de la literatura etnográfica, Le voyage fait en la terre du Brésil, de Jean Léry. El final de la aventura es triste: los ginebrinos consiguen, no sin dificultades, regresar en un barco francés; ya no se trata, como a la ida, cuando tenían fuerzas, de «desengrasar» —o sea pillar— alegremente los barcos que encontraban en el camino; el hambre reina a bordo. Se comen los monos y los loros, esos loros tan preciosos (una india amiga de Léry se negó a ceder el suyo a menos que se lo cambiaran por un cañón).

Las ratas y los ratones de las bodegas, últimas vituallas, llegan a tener el valor de cuatro escudos la pieza. Ya no hay agua. En 1558, la tripulación desembarca en Bretaña, medio muerta de hambre.

En la isla la colonia se desintegra en una atmósfera de ejecuciones y de terror; considerado traidor por unos, renegado por otros, detestado por todos, Villegaignon, sospechoso frente a los indios y espantado frente a los portugueses, renuncia a su sueño. Fort Coligny, al mando de su sobrino, Bois-le-Comte, cae en manos de los portugueses en 1560.

Lo que primero intento discernir, en ese Rio de Janeiro que se me da ahora como alimento, es el sabor de esta aventura. En realidad, iba a adivinarlo un día con ocasión de una excursión arqueológica al fondo de la bahía, organizada por el Museu Nacional en honor de un sabio japonés. Un vaporcito nos había dejado en una pequeña playa pantanosa donde se oxidaba un viejo casco encallado; sin duda no era del siglo xvi, pero lo mismo introducía una dimensión histórica en esos espacios donde nada hacía figurar el paso del tiempo. Bajo las nubes bajas, detrás de una lluvia fina que caía sin cesar desde el alba, la ciudad lejana había desaparecido. Más allá de los cangrejos, que pululaban en el fango negro, y de los mangles, cuyo desarrollo de formas no se sabe si depende del crecimiento de la putrefacción, la selva destacaba solamente las siluetas de algunas cabanas de paja, de edad indefinida. Más lejos aún, pendientes montañosas hundían sus escarpaduras en una bruma pálida. Nos aproximamos a los árboles y alcanzamos el objeto de nuestra visita: un arenal donde unos campesinos acababan de sacar a luz fragmentos de alfarería. Palpo esa cerámica gruesa, de una factura indiscutiblemente tupí por su baño blanco bordeado de rojo y la fina redecilla de trazos negros: laberinto destinado, dicen, a apartar los malos espíritus que buscaban los huesos humanos preservados antaño en esas urnas. Se me explica que hubiéramos podido alcanzar ese paraje en auto, pues sólo dista cincuenta kilómetros de la ciudad, aunque correríamos el peligro de que la lluvia interrumpiera los caminos y nos bloqueara allí durante una semana. Eso hubiera sido aproximarnos más aún a un pasado impotente para transfigurar ese lugar melancólico, donde Léry quizá distrajo la espera mirando el rápido movimiento de una mano morena que, con una espátula empapada en un barniz negro, formaba esas «mil pequeñas galanuras, como líneas curvas cruzadas simétricamente, lagos de amor y otras gracias» cuyo enigma examino hoy en el dorso de un tejo empapado.

El primer contacto con Rio de Janeiro fue diferente. Heme aquí, por primera vez en mi vida, del otro lado del Ecuador, bajo los trópicos, en el Nuevo Mundo. ¿Cuál es el signo supremo que me hará reconocer esta triple mutación? ¿Cuál es la voz que me dará testimonio de ello? ¿Qué nota jamás escuchada resonará primero en mi oído? Lo primero que noto es algo fútil: estoy en un salón.

Vestido más livianamente que de costumbre y hollando los meandros ondulados de un revestimiento en mosaico blanco y negro, advierto Un ambiente particular en esas calles estrechas y umbrosas que cortan la avenida principal; el paso de las moradas a la calzada es menos marcado que en Europa; los comercios, a pesar del lujo de sus fachadas, prolongan la exhibición hasta la calle; casi no se presta atención al hecho de estar dentro o fuera. En verdad, la calle no es tan sólo un lugar por donde se pasa, es un lugar donde uno se queda; viva y apacible al mismo tiempo, más animada y mejor protegida que las nuestras; vuelvo a encontrar el término de comparación que ella me inspira. Pues por el momento, los cambios de hemisferio, de continente y de clima casi no han hecho otra cosa que volver super-flua la delgada capa vitrea que en Europa establece artificiosamente condiciones idénticas; en primer lugar, Rio de Janeiro parece reconstituir al aire libre las Gallerie de Milán, la Galerij de Amsterdam, el pasaje de los Panoramas o el hall de la gare Saint-Lazare. Generalmente se conciben los viajes como un desplazamiento en el espacio. No basta. Un viaje se inscribe simultáneamente en el espacio, en el tiempo y en la jerarquía social. Las impresiones sólo son definibles refiriéndolas solidariamente a estos tres ejes, y como el espacio posee él solo tres dimensiones, se necesitarían por lo menos cinco para hacerse una representación adecuada del viaje. En seguida lo experimento cuando desembarco en el Brasil. Sin duda alguna, estoy al otro lado del Atlántico y del Ecuador, y muy cerca del trópico. Muchas cosas me lo demuestran: este calor tranquilo y húmedo que libera mi cuerpo del habitual peso de la lana y suprime la oposición (que retrospectivamente descubro como una de las constantes de mi civilización) entre la casa y la calle; por otra parte, pronto me enteraría de que la suprime, en efecto, para introducir otra entre el hombre y el matorral, que mis paisajes íntegramente humanizados no incluían; están también las palmeras, las flores nuevas, y en los escaparates de los cafés, montones de nueces de coco verdes que una vez partidas dejan aspirar un agua azucarada con frescor de cueva. Pero también experimento otros cambios: era pobre y soy rico; en primer lugar, porque mi condición material ha cambiado, luego porque el precio de los productos locales es increíblemente bajo: este ananá me cuesta veinte centavos; este racimo de bananas dos francos; estos pollos, que un bolichero italiano hace «allo spiedo», cuatro francos. Parece el palacio de Dame Tartine.1 En fin, el estado de disponibilidad que instaura una escala de viaje, oportunidad que se presenta gratuitamente, pero que va acompañada del sentimiento de apremio por aprovecharla, crea una actitud ambigua, propicia a la suspensión de los controles más habituales y a la liberación

casi ritual de la prodigalidad. Sin duda, el viaje puede actuar de manera diametralmente opuesta —hice la experiencia en Nueva York, cuando llegué sin dinero después del armisticio—, pero sea en más o en menos, en el sentido de una mejor o peor situación material, sería necesario un milagro para que no implicara ningún cambio en ese sentido. Al mismo tiempo que nos transporta a millares de kilómetros, el viaje hace subir o descender algunos grados en la escala de los status. Desplaza, pero también desnaturaliza con respecto al medio normal —para mejor o para peor— y el color y el sabor de los lugares no pueden ser disociados del rango siempre imprevisto donde nos instala para gustarlos.

Hubo un tiempo en que el viaje enfrentaba al viajero con civilizaciones radicalmente distintas de la propia y que se imponían, en primer lugar, por su calidad de extrañas. Desde hace algunos siglos esas ocasiones se hacen cada vez más raras. Ya sea en la India o en América, el viajero moderno se sorprende menos y reconoce más. Seleccionando objetivos e itinerarios, uno se da la libertad, sobre todo, de elegir entre tal o cual fecha de penetración, entre tal o cual ritmo de invasión de la civilización mecánica. La búsqueda de lo exótico se reduce a coleccionar estados anticipados o retardados de un desarrollo conocido. El viajero se vuelve anticuario al verse obligado, por falta de objetos, a abandonar su galería de arte negro para inclinarse hacia «antigüedades» que regatea durante sus visitas al baratillo de la tierra habitada.

Estas diferencias ya se advierten en el seno de una ciudad. Los barrios, como plantas que alcanzan la floración en su estación propia, llevan la marca de los siglos en los que crecieron, florecieron y declinaron. En ese cantero de vegetación urbana hay concomitancias y sucesiones. En París, el Marais estaba en cierne en el siglo xvii y actualmente el moho lo corroe; especie más tardía, el 9.° arrondissement florecía bajo el Segundo Imperio, pero hoy sus mansiones marchitas son ocupadas por una fauna de gentes modestas que, como un enjambre, encuentran allí terreno propicio para el ejercicio de humildes formas de actividad. El 7.° arrondissement está congelado en su lujo caduco, como un gran crisantemo que levanta noblemente su cabeza reseca, más allá de lo posible. El 16.° arrondissement era ayer fastuoso; ahora, sus flores brillantes se hunden en una espesura de inmuebles que lo van confundiendo poco a poco con un paisaje de suburbio.

Cuando se comparan entre sí ciudades muy alejadas por la geografía y la historia, esas diferencias de ciclo se complican además con ritmos desiguales. Cuando uno se aleja del centro de Rio de Janeiro —muy al estilo de principios de siglo— se cae en calles tranquilas, largas avenidas bordeadas de palmeras, de mangos y Jacarandas podados, donde se levantan villas anticuadas en medio de jardines. Como me ocurrió más tarde en los barrios residenciales de

Calcuta, pienso ahora en Niza o en Biarritz bajo Napoleón III. Los trópicos no son tanto exóticos cuanto pasados de moda. Lo que los caracteriza no es la vegetación, sino menudos detalles de arquitectura, así como la sugestión de un género de vida que, antes que convencernos de haber franqueado inmensos espacios, nos persuade de que hemos retrocedido imperceptiblemente en el tiempo.

Rio de Janeiro no está construida como una ciudad común. Se estableció al principio en la zona llana y pantanosa que bordea la bahía, para después introducirse entre los morros abruptos que la aprietan por todas partes, como los dedos en un guante demasiado estrecho. Tentáculos urbanos, a veces de veinte o treinta kilómetros, se deslizan al pie de formaciones graníticas cuya pendiente es tan áspera que ninguna vegetación puede adherírsele; a veces, sin embargo, sobre una terraza aislada o en un cañadón profundo, se ha instalado un islote de selva, tanto más verdaderamente virgen cuanto que el lugar es inaccesible a pesar de su proximidad; desde el avión nos parece que rozamos las ramas en esos corredores frescos y sombríos donde planeamos entre tapicerías suntuosas antes de aterrizar a sus pies. Esta ciudad, tan pródiga en colinas, trata a éstas con un desprecio que, en parte, se explica por la falta de agua en las cimas. Rio de Janeiro es, en este aspecto, lo contrario de Chittagong, en el golfo de Bengala: en una llanura pantanosa, pequeños mogotes cónicos de arcilla anaranjada, luciente bajo la hierba verde, sostienen bungalows solitarios —fortalezas de los ricos que se protegen del calor agobiante y de la piojería de los bajos fondos—. En Rio de Janeiro es al revés: esos casquetes globulosos, donde el granito parece hierro fundido, reflejan tan violentamente el calor que la brisa que circula en el fondo de los desfiladeros no puede ascender a las alturas. Quizás el urbanismo haya resuelto hoy el problema, pero en 1935, en Rio, el lugar que cada uno ocupaba en la jerarquía social se medía con el altímetro: tanto más bajo cuanto más alto era el domicilio. Los míseros vivían asentados en los morros, en las favelas, donde una población de negros cubiertos de andrajos desteñidos inventaba en la guitarra esas melodías avispadas que en los días de Carnaval bajan de las alturas e invaden el centro de la capital junto con ellos.

A lo lejos, la ciudad cambia tanto como hacia arriba. Cuando uno se introduce en una de esas calles urbanas que hunden sus meandros entre las colinas, todo toma aspecto de barrio. Botafogo, al final de la avenida Rio Branco, es todavía la ciudad elegante, pero después de Flamengo uno creería estar en Neuilly; hace veinte años, los alrededores del túnel de Copacabana parecían Saint-Denis o Le Bourget, pero además, con un aspecto de campiña como podría ser nuestro suburbio antes de la guerra de 1914. En Copacabana, hoy en día un erizo de rascacielos, yo sólo veía un pueblecito provinciano con su comercio y sus tiendas.

Ultimo recuerdo de Rio de Janeiro, cuando ya lo abandonaba definitivamente, en la cuesta del Corcovado: un hotel donde visitaba a algunos colegas norteamericanos; se llegaba por medio de un funicular sencillamente construido en medio de las piedras; parecía un poco garaje, un poco refugio de alta montaña, con puestos de mando a cargo de servidores atentos: una especie de Luna-Park. Todo eso para alcanzar, en lo alto de la colina y luego de haberme elevado a lo largo de los terrenos baldíos abandonados y rocosos que a menudo se acercan a la vertical, una pequeña residencia del período imperial, casa terrea, o sea de una sola planta, decorada con estucos y retocada con ocre, donde se comía en una plataforma transformada en terraza, por encima de una mezcla incoherente de obras de hormigón, casuchas y conglomerado urbano. Y al fondo, en lugar de las chimeneas de fábrica que uno esperaba ver como límite de ese paisaje heterogéneo, un mar tropical, satinado y brillante, coronado por un claro de luna monstruoso.

Vuelvo a bordo. El barco se pone en marcha y chisporrotea con todas sus luces; desfila frente al mar que se retuerce, y semeja pasar revista a un trozo ambulante de calleja. Por la tarde hubo una tormenta y el mar reluce a lo lejos como un vientre de animal. Empero, la luna está disimulada por jirones de nubes que el viento transforma en zigzags, en cruces y en triángulos. Esas figuras extravagantes parecían iluminadas desde el interior; sobre el fondo negro del cielo parecían algo así como una aurora boreal en estilo tropical. De tanto en tanto, a través de esas apariciones humosas, se ve un fragmento de luna rojiza que pasa, vuelve y desaparece, como una linterna errante y angustiada.

Capítulo anterior Siguiente capítulo

Notas:

1. Cuento infantil en el que las casas, los árboles y todos los objetos cotidianos son comestibles. (N. de la T.)