Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Primera Parte. El fin de los viajes.

2. Abordo

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEn todo caso, no imaginábamos que durante los cuatro o cinco años siguientes nuestro pequeño grupo estaba destinado a constituir —salvo raras excepciones— el efectivo íntegro de la primera clase en los paquebotes mixtos de la Compagnie des Transports Maritimes que hacían el servicio de América del Sur. Nos proponían la segunda en el único barco de lujo que hacía esa ruta o la primera en los navios más modestos. Los intrigantes se decidían por aquélla y pagaban la diferencia de su bolsillo; de esa manera, esperaban codearse con los embajadores y obtener así dudosas ventajas. Nosotros tomábamos los barcos mixtos, que tardaban seis días más, pero donde éramos los amos y, por otra parte, hacían muchas escalas.

Hoy quisiera que veinte años antes hubiera sido capaz de apreciar en su justo valor el lujo inaudito, el real privilegio de que ocho o diez pasajeros ocupáramos con exclusividad el puente, las cabinas, el salón de fumar y el comedor de la primera clase, en un barco destinado a acomodar a ciento o ciento cincuenta. En alta mar, durante diecinueve días, este espacio, que por la ausencia de otras personas se volvía sin límites, nos parecía tan grande como una provincia; nuestro patrimonio se movía con nosotros. Cada dos o tres travesías nos reencontrábamos con nuestros barcos, con nuestras costumbres; aun antes de subir a bordo conocíamos por sus nombres a todos esos excelentes camareros marselleses, bigotudos y calzados con zapatos de sólidas suelas, que exhalaban un fuerte olor a ajo en el preciso momento en que depositaban en nuestros platos las supremas de pollo y los filetes de rodaballo. Las comidas, ya previstas para ser pantagruélicas, lo eran más aún a causa de que éramos pocos para consumir el amplio surtido de la cocina de a bordo.

El fin de una civilización, el comienzo de otra, el súbito descubrimiento de que quizá nuestro mundo comience a ser demasiado pequeño para los hombres que lo habitan..., todas estas verdades no se me hacen tan evidentes por las cifras, las estadísticas o las revoluciones como por la respuesta telefónica que recibí hace algunas semanas, cuando acariciaba la idea —después de quince años— de volver a encontrar mi juventud mediante una nueva visita al Brasil. No había más remedio que reservar el pasaje con cuatro meses de anticipación.

Y yo que creía que después de haberse inaugurado los servicios aéreos para pasajeros entre Europa y América del Sur sólo algunos excéntricos viajarían en barco... ¡Ay! Es ilusionarse demasiado pensar que la invasión de un elemento libera a otro. El hecho de que haya «Constellations» no devuelve al mar su tranquilidad, así como tampoco los loteos en serie de la Costa Azul no devuelven su aspecto pueblerino a los alrededores de París.

Pero entre las travesías maravillosas del período de 1935 y ésta a la que me apresuraba a renunciar hubo otra, en 1941, que tampoco sospeché hasta qué punto constituiría un símbolo de tiempos futuros. Al día siguiente del armisticio, la amigable atención prestada a mis trabajos etnográficos por Robert H. Lowie y A. Métraux, unida al interés de parientes instalados en los Estados Unidos, me habían valido una invitación de la New School for Social Research, de Nueva York, en el marco del plan de salvamento elaborado por la Fundación Rockefeller para los sabios europeos amenazados por la ocupación alemana. Había que ir, ¿pero cómo? Mi primera idea fue llegar al Brasil para proseguir mis investigaciones de preguerra. En la pequeña planta baja de Vichy donde se había instalado la Embajada brasileña se desarrolló una breve y para mí trágica escena, cuando intentaba renovar mi visado. El embajador, Luis de Souza Dantas, a quien yo conocía bien, y que aun no conociéndome hubiera actuado de la misma manera, había levantado un sello y se preparaba a estamparlo en mi pasaporte, cuando un consejero cortés y glacial lo interrumpió observándole que esa atribución acababa de serle retirada por nuevas disposiciones legislativas. Durante algunos segundos el brazo permaneció en el aire. Con una mirada ansiosa, casi suplicante, el embajador intentó conseguir que su colaborador desviara la vista, de modo que él pudiera utilizar el sello, permitiéndome así, ya que no entrar en el Brasil, por lo menos salir de Francia. Pero el consejero nada hizo; sus ojos permanecieron fijos en la mano que, finalmente, volvió a caer inactiva junto al documento. Ya no tendría mi visación; el pasaporte me fue devuelto con un gesto de desconsuelo.

Volví a mi casa de los Cevennes, no lejos de la cual, en Mont-pellier, el azar de la retirada hizo que yo fuera desmovilizado. Fui a Marsella. Mientras deambulaba me enteré, por ciertas conversaciones escuchadas en el puerto, de que un barco partiría pronto para la Martinica. De dársena en dársena, de oficina en oficina, averigüé finalmente que el barco en cuestión pertenecía a la misma Compagnie des Transports Maritimes de la cual la misión universitaria francesa en el Brasil se había constituido en clientela fiel y muy exclusiva durante los años precedentes. Un día de cierzo invernal, en febrero de 1941, encontré, en unas oficinas sin calefacción y en parte desocupadas, a un funcionario que antaño nos presentaba los saludos de la compañía. Sí, el barco existía; sí, iba a partir; pero era imposible que yo viajara en él. ¿Por qué? ¿No me daba cuenta? El no podía explicármelo, no sería como antes. Pero, ¿cómo? ¡Oh!, muy largo, muy penoso, él no podía ni siquiera imaginarme allí.

El pobre hombre veía aún en mí a un modesto embajador de la cultura francesa; yo, por mi parte, ya me sentía prisionero en un campo de concentración. Por lo demás, acababa de pasar los dos años anteriores primero en la selva virgen, después, de acantonamiento en acantonamiento, en una retirada descabellada que me había conducido desde la línea Maginot a Béziers, pasando por Sarthe, Corréze y Aveyron, de trenes de ganado a rediles; los escrúpulos de mi interlocutor me parecían incongruentes. Me veía en los océanos, retomando mi existencia errante, compartiendo los trabajos y las frugales comidas de un puñado de marineros lanzados a la aventura en un barco clandestino, durmiendo sobre el puente y librado durante largos días a la benefactora intimidad con el mar.

Finalmente obtuve mi pasaje para el Capitaine-Paul-Lemerle, pero sólo empecé a comprender el día del embarque cuando atravesé los cercos de guardias móviles encasquetados y con ametralladora calada, que encuadraban el muelle y cortaban cualquier contacto de los pasajeros con los parientes y amigos que habían venido a despedirlos, abreviando los adioses con empujones e injurias; era verdaderamente una aventura solitaria o, más bien, una partida de galeotes. Aún más que la manera en que se nos trataba, lo que me llenaba de estupor era el excesivo número de pasajeros: se hacinaban alrededor de trescientas personas en un vapor que —en seguida iba a comprobarlo — solamente tenía dos cabinas, con siete literas en total. Una de ellas había sido asignada a tres señoras; la otra sería compartida por cuatro hombres, entre los que yo me contaba —exorbitante favor que se debió a que M. B. (gracias le doy desde aquí) se sentía imposibilitado para transportar, como si se tratara de ganado, a uno de sus antiguos pasajeros de lujo—; todos mis compañeros restantes —hombres, mujeres y niños— eran amontonados en bodegas sin aire ni luz, donde algunos calafates habían improvisado camas superpuestas provistas de jergones. De los cuatro varones privilegiados, uno era un comerciante en metales, austríaco, que sólo él sabía, sin duda, lo que le había costado esta ventaja; otro, un joven beké —rico criollo— separado por la guerra de su Martinica natal, que merecía un tratamiento especial, ya que en el barco era el único no reputado como presunto judío, extranjero o anarquista; el último, finalmente, un singular personaje oriundo de África del Norte, que pretendía ir a Nueva York sólo por unos días (extravagante proyecto si se tiene en cuenta que tardaríamos unos tres meses para llegar); llevaba un Degas en la valija y, aunque judío como yo, aparecía como persona grata frente a todos los policías, gendarmes y servicios de seguridad de las colonias y protectorados: asombroso misterio en esas circunstancias, que nunca llegué a penetrar.

La canalla —como decían los gendarmes— comprendía, entre otros, a André Bretón y a Víctor Serge. André Bretón, muy incómodo en esa galera, deambulaba en todas direcciones por los pocos espacios vacíos del puente; vestido de felpa, parecía un oso azul. Iba a comenzar entre nosotros, en el transcurso de ese interminable viaje, una durable amistad, con intercambio de correspondencia que se prolongó durante bastante tiempo y donde discutiríamos sobre las relaciones entre belleza estética y originalidad absoluta.

En cuanto a Víctor Serge, su pasado como compañero de Lenin me intimidaba, al tiempo que experimentaba la mayor de las dificultades para integrarlo en su personaje, que más bien evocaba una vieja señorita de ciertos principios. Ese rostro lampiño, esos rasgos finos, esa voz clara unida a maneras afectadas y prudentes, presentaban el carácter casi asexuado que más tarde iba a reconocer entre los monjes budistas de la frontera birmana, muy alejado del temperamento viril y de la superabundancia vital que la tradición francesa asocia con las actividades subversivas. Ocurre que tipos culturales que se reproducen con bastante semejanza en cada sociedad, porque se construyen en torno de oposiciones muy simples, son utilizados por cada grupo para llenar funciones sociales diferentes. El de Serge había podido actualizarse en una carrera revolucionaria en Rusia. ¿Qué hubiera sido de él en otra parte? Sin duda, las relaciones entre dos sociedades se facilitarían si, por medio de una especie de gráfico, fuera posible establecer un sistema de equivalencias entre las maneras como cada uno utiliza tipos humanos análogos para llenar funciones sociales diferentes. En lugar de limitarse, como se hace hoy, a confrontar médicos y médicos, industriales e industriales, profesores y profesores, quizá surgiría la evidencia de que existen correspondencias más sutiles entre los individuos y los papeles.

Además de su carga humana, el barco transportaba no sé qué material clandestino; pasamos una enorme cantidad de tiempo en el Mediterráneo y en la costa occidental de África refugiándonos de puerto en puerto para escapar, según parecía, de la fiscalización de la flota inglesa. A veces, los titulares de pasaportes franceses eran autorizados a descender a tierra; los otros permanecían encerrados en los pocos decímetros cuadrados de que cada uno disponía, sobre un puente que el calor —creciente a medida que nos acercábamos a los trópicos y que volvía intolerable la permanencia en las bodegas— transformaba progresivamente en una combinación de comedor, dormitorio, sala de lactantes, lavadero y solario. Pero lo más desagradable era lo que en el regimiento se llama «el aseo». Simétricamente, a lo largo del empalletado, a babor para los hombres y a estribor para las mujeres, la tripulación había construido dos pares de barracas de tablas, sin aire ni luz; una de ellas incluía algunas duchas alimentadas sólo por la mañana, la otra, provista de un largo desaguadero de madera groseramente forrada de cinc por dentro, que desembocaba en el océano, servía a los fines que se adivinan; los enemigos de una promiscuidad demasiado grande y aquellos a quienes les repugnaba acuclillarse en conjunto, cosa que, por otra parte, el balanceo volvía inestable, no tenían más remedio que despertarse muy temprano; durante toda la travesía se organizó una especie de carrera entre los delicados, de modo que, finalmente, sólo podía esperarse una relativa soledad a eso de las tres de la mañana, no más tarde. Terminamos por no acostarnos. Dos horas más o menos, y ocurría lo mismo con las duchas, donde si bien no intervenía la misma preocupación por el pudor, sí existía la de hacerse un lugar en la turbamulta, donde un agua insuficiente y como vaporizada al contacto de tantos cuerpos húmedos ni siquiera descendía hasta la piel. En ambos casos existía el apuro por terminar y salir, pues esas barracas sin ventilación estaban construidas con tablas de abeto fresco y resinado que, impregnadas de agua salada, de orina y de aire marino, fermentaban bajo el sol exhalando un perfume tibio, azucarado y nauseabundo que unido a otros olores se volvía pronto intolerable, sobre todo si había oleaje.

Cuando al cabo de un mes de travesía se distinguió, en medio de la noche, el faro de Fort-de-France, no fue la esperanza de una comida aceptable, de una cama con sábanas ni de una noche apacible lo que ensanchó el corazón de los pasajeros. Toda esta gente que hasta el momento de embarcarse había gozado de lo que los ingleses llaman graciosamente las «amenidades» de la civilización, había sufrido más que hambre, cansancio, insomnio, promiscuidad o desprecio: había sufrido suciedad forzada, agravada aún más por el calor que había hecho durante esas cuatro semanas. Había a bordo mujeres jóvenes y bonitas; se habían esbozado flirteos, se habían producido acercamientos. Para ellas, mostrarse finalmente bajo un aspecto favorable antes de la separación era más que una preocupación de coquetería, era un documento que levantar, una deuda que pagar, la prueba lealmente debida de que ellas no eran de verdad indignas de las atenciones que, con conmovedora delicadeza, consideraban que tan sólo se les habían hecho a crédito. Por lo tanto, no solamente había un aspecto cómico sino también algo discretamente patético en ese grito que subía de todos los pechos y reemplazaba el «¡tierra! ¡tierra!» de los relatos tradicionales de navegación: «¡Un baño! ¡finalmente un baño! ¡mañana un baño!», se oía por todas partes al tiempo que se procedía al inventario febril del último pedazo de jabón, de la toalla limpia, de la prenda reservada para esa gran ocasión.

Aparte de que ese sueño hidroterápico implicaba una opinión exageradamente optimista de la obra civilizadora que puede esperarse de cuatro siglos de colonización (pues los baños en Fort-de-France son poco frecuentes) los pasajeros no tardarían en enterarse de que su barco mugriento y abarrotado era todavía una mansión idílica comparado con la acogida que les reservaba, apenas se echara el ancla en la rada, una soldadesca víctima de una forma colectiva de desorden cerebral que hubiera merecido la atención del etnólogo si éste no hubiera estado ocupado en dedicar todos sus recursos intelectuales al único objetivo de sustraerse a sus enojosas consecuencias.

La mayor parte de los franceses había vivido una guerra extravagante; ningún superlativo puede calificar exactamente la de los oficiales en la guarnición de la Martinica; su única misión, que era la de custodiar el oro de la Banca de Francia, se había convertido en una especie de pesadilla de la que el abuso del ponche sólo era parcialmente responsable, ya que correspondía un papel más insidioso, y no menos esencial, a la situación insular, al alejamiento de la metrópoli y a una tradición histórica de recuerdos de piratas, donde la vigilancia norteamericana o las misiones secretas de la flota submarina alemana reemplazaban sin dificultad a protagonistas con aros de oro, ojo tapado y pata de palo. Así fue como se desarrolló un delirio de asedio que, si bien no se produjo ningún encuentro militar y a pesar de que, por razones obvias, jamás se avistó un enemigo, no dejó de engendrar en la mayoría una especie de enloquecimiento. En cuanto a los insulares, sus palabras revelaban de modo más prosaico una trayectoria intelectual del mismo tipo. «No había más bacalao», «La isla estaba liquidada», se oía con frecuencia, mientras otros explicaban que Hitler no era sino Jesucristo de vuelta en la Tierra para castigar a la raza blanca por haber seguido mal sus enseñanzas durante los dos mil años precedentes.

Los oficiales, en el momento del armisticio, lejos de adherirse a la Francia Libre, se sintieron unidos al régimen metropolitano. Iban a continuar «fuera de onda»; su resistencia física y moral, desgastada a lo largo de meses, los hubiera incapacitado para combatir —admitiendo que antes hubieran sido capaces de ello—; su mente enferma hallaba una especie de seguridad en reemplazar un enemigo real, pero tan lejano que había llegado a ser invisible y algo así corno abstracto —los alemanes—, por uno imaginario, pero con la ventaja de estar próximo y palpable —los norteamericanos—. Por otra parte, dos barcos de guerra de los Estados Unidos iban y venían permanentemente frente a la rada. Un hábil auxiliar del comandante en jefe de las fuerzas francesas almorzaba todos los días a bordo, mientras un superior se empeñaba en inflamar a sus tropas odio y rencor contra los anglosajones.

Como enemigos sobre quienes ejercer una agresividad acumulada desde meses atrás, como responsables de una derrota a la que se sentían ajenos, pues habían permanecido al margen de los combates, pero de la que en otro sentido se sentían confusamente culpables (¿acaso no habían ofrecido el ejemplo más acabado, no habían proporcionado la realización más completa de la indiferencia, de las ilusiones y del quebrantamiento de que, al menos en parte, el país cayera víctima?), los pasajeros de nuestro barco constituían para ellos un muestrario particularmente seleccionado. Era un poco como si al permitir nuestro embarque con destino a la Martinica las autoridades de Vichy no hubieran hecho sino remitir a esos señores un cargamento de chivos emisarios para calmar su cólera. La tropa en shorts, encasquetada y armada, que se instaló en la oficina del comandante, parecía entregarse menos a un interrogatorio de desembarco que a un ejercicio de insultos sobre cada uno de nosotros, que comparecíamos solos frente a ella, y que no teníamos más remedio que escuchar. Los que no eran franceses se vieron tratados de enemigos, a quienes lo eran se les negaba groseramente tal calidad, al mismo tiempo que se les acusaba, por su partida, de abandonar cobardemente su país: reproche no sólo contradictorio sino bastante singular en boca de hombres que desde la declaración de guerra habían vivido, de hecho, al amparo de la doctrina Monroe...

¡Adiós baños! Se decidió internar a todo el mundo en un campo llamado «el Lazareto», del otro lado de la bahía. Sólo tres personas fueron autorizadas para descender a tierra: el beké, que era ajeno a la cuestión; el misterioso tunecino, mediante la presentación de un documento; y yo, por un favor especial concedido al comandante por el Control Naval, pues descubrimos que éramos viejos conocidos: él era segundo en uno de los barcos en que yo había viajado antes de la guerra.

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