Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Séptima Parte. Nambiquara

24. El mundo perdido

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEn la plazuela Réaumur-Sébastopol se prepara una expedición etnográfica al Brasil central. Encontramos reunidos a los comerciantes mayoristas en artículos de costura y de moda: allí es donde uno espera descubrir los productos apropiados para satisfacer el difícil gusto de los indios.

Un año después de la visita a los bororo, yo había satisfecho todas las condiciones requeridas para ser un etnógrafo: bendición de Lévy-Bruhl, Mauss y Rivet —otorgada retroactivamente—, exposición de mis colecciones en una galería del faubourg Saint-Honoré, conferencias y artículos. Gracias a Henri Laugier, que presidía los jóvenes destinos del servicio de investigación científica, obtuve fondos suficientes para una empresa más amplia. En primer lugar necesitaba equiparme; tres meses de intimidad con los indígenas me habían informado con respecto a sus exigencias, asombrosamente semejantes de un extremo al otro del continente sudamericano.

En un barrio de París, que era para mí tan desconocido como el Amazonas, me entregaba a extrañas actividades bajo la mirada de importadores checoslovacos. Como ignoraba todo lo referente a su comercio, me faltaban los términos técnicos para precisar mis necesidades. Sólo podía aplicar los criterios indígenas. Me empeñé en seleccionar las más pequeñas de entre las cuentas llamadas abalorios, cuyas pesadas madejas llenaban los estantes. Traté de romperlas con los dientes para comprobar su resistencia, las chupé para verificar si estaban coloreadas totalmente y si no corrían el riesgo de desteñirse al primer baño en el río; variaba la importancia de mis lotes dosificando los colores de acuerdo con el canon indígena: primero el blanco y el negro, con el mismo valor, luego el rojo, mucho después el amarillo y, para no tener cargos de conciencia, un poco de azul y verde, que probablemente serían desdeñados.

Las razones de todas estas predilecciones son fáciles de comprender. Como fabrican sus cuentas a mano, los indios les conceden un valor tanto más alto cuanto más pequeñas son, es decir, cuanto más trabajo y habilidad exigen: como materia prima utilizan la corteza de las nueces de palma, el nácar lechoso de las conchillas de los riachos, y tratan de lograr efectos con la alternancia de los dos tonos. Como todos los hombres, aprecian especialmente lo que conocen; así pues, yo tendría éxito con el blanco y el negro. El amarillo y el rojo constituyen a menudo para ellos una sola categoría lingüística a causa de las variaciones de la tintura de urucú que, según la calidad de los granos y su estado de maduración, oscila entre el bermellón y el amarillo anaranjado; el rojo, sin embargo, lleva ventaja por su cromatismo intenso, que se aprecia en ciertos granos o plumas. En cuanto al azul o al verde, estos colores fríos se encuentran a menudo representados en estado natural por vegetales perecederos; doble razón que explica la indiferencia indígena y la imprecisión del vocabulario que utilizan para designar esos matices: según las lenguas, el azul es asimilado al negro o al verde.

Las agujas debían ser lo suficientemente gruesas para admitir un hilo fuerte, pero no demasiado, porque las cuentas que iba a enhebrar eran muy pequeñas. En cuanto al hilo, yo lo quería bien teñido, de preferencia rojo (los indios colorean el de ellos con urucú) y fuertemente retorcido para conservar el aspecto artesanal. En general, había llegado a desconfiar de la pacotilla: el ejemplo de los bo-roro me había llenado de un profundo respeto por las técnicas de los indígenas. La vida salvaje somete los objetos a duras pruebas; para no resultar desacreditado entre los indígenas —por paradójico que esto pueda parecer— necesitaba los aceros mejor templados, el vidrio teñido por completo, y un hilo que ni el jaecero de la corte de Inglaterra hubiera desaprobado.

A veces caía entre comerciantes que se entusiasmaban con este exotismo adaptado a su saber. Junto al canal Saint-Martin, un fabricante de anzuelos me cedió a bajo precio todos sus saldos. Durante un año, paseé por todo el matorral varios kilos de anzuelos que nadie quería, pues eran demasiado pequeños para los pescados dignos del pescador amazónico. Finalmente los liquidé en la frontera boliviana. Todas esas mercaderías deben cumplir una doble función: regalos y material de intercambio para los indios y medio de asegurarse víveres y servicios en regiones apartadas donde rara vez penetran los comerciantes. Como al final de la expedición se me habían acabado los recursos, para permanecer algunas semanas más abrí una tienda en una aldea de buscadores de caucho. Las prostitutas del lugar me cambiaban un collar por dos huevos, y no sin regatear.

Me proponía pasar un año entero en el matorral y había dudado mucho sobre el objetivo. Sin poder sospechar que el resultado contrariaría mi proyecto, más preocupado por conocer América que por profundizar la naturaleza humana fundándome sobre un caso particular, había decidido operar una especie de corte a través de la etnografía (y de la geografía) brasileña, atravesando la parte occidental de la meseta, desde Guiaba al río Madeira. Hasta una época reciente esta región era la menos conocida del Brasil. Los exploradores paulistas del siglo xvii apenas habían ido más allá de Guiaba, rechazados por la desolación de la comarca y el salvajismo de los indios. A comienzos del siglo xx, los 1500 kilómetros que separan Guiaba del Amazonas eran aún tierra prohibida, a tal punto que para ir de Guiaba a Manaos o a Belem, en el Amazonas, lo más sencillo era pasar por Rio de Janeiro y continuar hacia el norte por mar, tomando el río desde su estuario. Sólo en 1907, el general entonces coronel Cándido Mariano da Silva Rondón comenzó la penetración; ésta le llevaría ocho años, que transcurrieron en la exploración y la implantación de un hilo telegráfico, de interés estratégico, que unía por primera vez, por Guiaba, la capital federal con los puestos fronterizos del noroeste.

Los informes de la Comisión Rondón (que aún no han sido íntegramente publicados), algunas conferencias del general, los recuerdos viajes de Theodore Roosevelt, que lo acompañó en el transcurso de una de sus expediciones, y, en fin, un encantador libro del malogrado Roquette-Pinto (entonces director del Museo Nacional) titulado Rondonia (1912) daban indicaciones sumarias sobre poblaciones muy primitivas descubiertas en esa zona. Pero desde entonces la vieja maldición parecía haber recaído sobre la meseta. Ningún etnógrafo profesional se había aventurado. Si se seguía la línea telegráfica, o lo que quedaba de ella, resultaba tentador tratar de averiguar quiénes eran exactamente los nambiquara, lejos, hacia el norte, esas poblaciones enigmáticas que nadie había visto desde que Rondón se había limitado a mencionarlas.

En 1939, el interés hasta ese momento limitado a las tribus de la costa y de los grandes valles fluviales —vías tradicionales de penetración en el interior del Brasil— comenzaba a desplazarse hacia los indios de la meseta. Entre los bororo me convencí del excepcional grado de refinamiento, en los planos sociológico y religioso, de tribus antaño consideradas como poseedoras de una cultura muy grosera. Se sabían los primeros resultados de las investigaciones de un alemán actualmente desaparecido —Kurt Unkel—, quien había adoptado el nombre indígena Nimuendajú y, después de muchos años de vida en las aldeas ge del Brasil central, confirmaba que los bororo no representan un fenómeno aparte, sino más bien una variación sobre un tema fundamental que tienen en común con otras poblaciones. Por lo tanto, las sabanas del Brasil central se encontraban ocupadas, en una extensión de casi 2000 kilómetros hacia adentro, por los sobrevivientes de una cultura notablemente homogénea, caracterizada por una lengua diversificada en dialectos de la misma familia, y un nivel de vida material relativamente bajo en contraste con una organización social y un pensamiento religioso muy desarrollados. ¿No habría quizá que reconocer en ellos a los primeros habitantes del Brasil que, olvidados en el fondo del matorral, o rechazados poco tiempo antes de la conquista hacia tierras más pobres por poblaciones belicosas de origen desconocido, estarían intentando la conquista de la costa de los valles fluviales?

En la costa, los viajeros del siglo xvi habían encontrado por todas partes representantes de la gran cultura tupí-guaraní que también ocupaban la casi totalidad del Paraguay y el curso del Amazonas, como en un anillo de 3000 kilómetros de diámetro, apenas interrumpido en la frontera paraguayo-boliviana. Estos tupí, que presentan oscuras afinidades con los aztecas —pueblos tardíamente instalados en el valle de México—, eran también recién venidos; en los valles del interior del Brasil su emplazamiento continuó hasta el siglo xix. Quizá se hayan movilizado algunos cientos de años antes del descubrimiento, impulsados por la creencia de que en algunas partes existía una tierra sin muerte y sin dolor. Tal era aún su convicción al término de sus migraciones, cuando pequeños grupos desembocaron a fines del siglo xix en el litoral paulista; avanzando bajo la dirección de sus hechiceros, bailando y cantando las alabanzas del país donde no se muere y ayunando durante largos períodos para merecerlo. En el siglo xvi, en todo caso, se disputaban duramente la costa con ocupantes anteriores; sobre éstos tenemos pocos datos pero es posible que sean nuestros ge.

En el noroeste del Brasil los tupí coexistían con otros pueblos: los caribes o carib, que se les parecían mucho por la cultura aunque diferían de ellos por la lengua; éstos estaban empeñados en conquistar las Antillas. También tenemos a los arawak. Este último grupo es bastante misterioso; más antiguo y más refinado que los otros dos, constituía el grueso de la población de las Antillas y había avanzado hasta Florida; se distinguía de los ge por una cultura material muy alta —sobre todo en la cerámica y en la madera esculpida—, y era semejante a ellos en la organización social, que parecía ser del mismo tipo. Los caribes y los arawak parecen haber precedido a los tupí en la penetración del continente: se encontraban concentrados en el siglo xvi en las Guayanas, el estuario del Amazonas y las Antillas. Pero en el interior subsisten siempre pequeñas colonias en algunos afluentes de la margen derecha del Amazonas (Xingu y Guaporé). Los arawak tienen descendientes hasta en la alta Bolivia. Probablemente fueron ellos quienes llevaron el arte de la cerámica a los mbayá-caduveo, ya que los guana, reducidos a la servidumbre por estos últimos, hablan un dialecto arawak.

Yo suponía que atravesando la parte menos conocida de la meseta encontraría en la sabana a los representantes más occidentales del grupo ge; y me proponía, una vez que llegara a la cuenca del Madeira, estudiar los vestigios inéditos de otras tres familias lingüísticas, en la zona misma de su gran vía de penetración: Amazonia.

Mi esperanza sólo se realizó en parte a causa del modo simplista con que encarábamos la historia precolombina de América. Actualmente, después de los descubrimientos recientes y gracias, en lo que me concierne, a los años consagrados al estudio de la etnografía norteamericana, me doy cuenta de que el hemisferio occidental debe ser considerado como un todo. La organización social, las creencias religiosas de los ge repiten las de las tribus de los bosques y predios de América del Norte; por otra parte, hace mucho tiempo que se han observado —aunque sin deducir consecuencias— analogías entre las tribus del Chaco (como los guaycurú) y las de las llanuras de los Estados Unidos y Canadá. Además, las civilizaciones de México y Perú se comunicaron ciertamente en muchos momentos de su historia por el cabotaje a lo largo de la costa del Pacífico. Todo esto no ha sido tenido muy en cuenta porque los estudios americanos, durante mucho tiempo, han permanecido dominados por la convicción de que la penetración del continente era un fenómeno reciente, de una fecha no anterior a cinco o seis mil años antes de nuestra era, y enteramente imputable a civilizaciones asiáticas que penetraron por el estrecho de Bering.

Por lo tanto, sólo se disponía de unos millares de años para explicar el hecho de que esos nómadas se hubieran ubicado de un extremo al otro del hemisferio occidental adaptándose a climas diferentes, que hubieran descubierto y luego domesticado y difundido a través de enormes territorios las especies salvajes que entre sus manos se transformaron en tabaco, mandioca, porotos, batata, papa, maní, algodón y, sobre todo, maíz; y finalmente, que hubieran nacido y se hubieran desarrollado civilizaciones sucesivas en México, América Central, los Andes, de las que los aztecas, los mayas y los incas son herederos lejanos. Para hacerlo, había que disminuir cada uno de los desarrollos para que entrara en el intervalo de pocos siglos: la historia precolombina de América se transformaba en una sucesión de imágenes caleidoscópicas donde el capricho del teórico provocaba a cada instante la aparición de espectáculos nuevos. Todo era como si los especialistas de más allá del Atlántico hubieran tratado de imponer a la América indígena esa ausencia de profundidad que caracteriza la historia contemporánea del Nuevo Mundo.

Estas perspectivas han sido trastrocadas por descubrimientos que hacen retroceder considerablemente la fecha en que el hombre penetró en el continente. Sabemos que conoció y cazó una fauna hoy en día desaparecida —perezoso terrestre, mamut, camello, caballo, bisonte arcaico, antílope—, junto con cuyas osamentas se encontraron armas e instrumentos de piedra. La presencia de algunos de esos animales en lugares como el valle de México implica condiciones climáticas muy diferentes de las que prevalecen en la actualidad, y que han necesitado muchos milenios para modificarse. El empleo de la radiactividad para determinar la fecha de los restos arqueológicos ha confirmado este hecho. Por lo tanto, hay que admitir que el hombre estaba en América hace 20 000 años; en ciertos puntos cultivaba el maíz hace más de 3000 años. En América del Norte se encuentran por todas partes vestigios de quince a veinte mil años de antigüedad. Simultáneamente, las fechas de los principales yacimientos arqueológicos del continente, obtenidas por la medida de la radiactividad residual del carbono, se ubican de quinientos a mil quinientos años antes de lo que se suponía. Como esas flores japonesas de papel comprimido que se abren cuando se las sumerge en agua, la historia precolombina de América adquiere de golpe el volumen que le faltaba.

Tristes Trópicos. Figuras 44 y 45

Figuras 44 y 45. Antiguos mexicanos. Izquierda: México del sudeste (American Museum of Natural History). Derecha: Costa del Golfo (Exposición de arte mexicano, París, 1952).

Ahora bien, a causa de esto nos encontramos frente a una dificultad inversa de la que tuvieron nuestros antepasados: ¿cómo llenar esos inmensos períodos? Comprendemos que los movimientos de población que intentaba delinear hace un momento se sitúan en la superficie y que las grandes civilizaciones de México o los Andes han sido precedidas por otra cosa. Ya en el Perú y en diversas regiones de América del Norte se sacaron a luz los vestigios de los primeros ocupantes: tribus sin agricultura seguidas por sociedades campesinas y cultivadoras, pero que aún no conocían ni el maíz ni la cerámica; luego surgen agrupaciones que practican la escultura en piedra y el trabajo de los metales preciosos en un estilo más libre e inspirado que cualquiera de los que les sucederán. Los incas del Perú, los aztecas de México, a quienes creímos portadores del florecimiento de toda la historia americana, están tan alejados de esas fuentes vivas como nuestro estilo Imperio lo está de Egipto y de Roma (de los que tanto tomó), artes totalitarias en los tres casos, ávidas de una grandeza que obtuvieron en medio de la grosería y la indigencia, expresión de un Estado preocupado por afirmar su poder concentrando sus recursos sobre algo diferente (guerra o administración) de su propio refinamiento. Aun los monumentos de los mayas aparecen como la llameante decadencia de un arte que alcanzó su apogeo un milenio antes.

Tristes Trópicos. Figuras 46 y 47

Figuras 46 y 47. Izquierda: Chavín, norte de Perú (según Tello). Derecha: Monte Alban, sur de México (bajo relieves llamados "los bailarines").

¿De dónde provenían los fundadores? Después de la certidumbre de antaño, nos vemos ahora obligados a confesar que nada sabemos de ello. Los movimientos de población en la zona del estrecho de Bering han sido muy complejos: los esquimales participan de ellos en una fecha reciente; durante 1000 años más o menos fueron precedidos por paleoesquimales cuya cultura semeja la de China arcaica o la de los escitas; y en el trascurso de un período muy largo, que va quizá del octavo milenio hasta la víspera de la Era Cristiana, hubo allí poblaciones diferentes. Por esculturas que remontan al primer milenio antes de nuestra era, sabemos que los antiguos habitantes de México presentaban tipos físicos muy distintos de los de los indios actuales: gordos orientales de rostro lampiño, débilmente modelado, y personajes barbudos de rasgos aquilinos que recuerdan perfiles del Renacimiento. Trabajando con materiales de otro orden, los genetistas afirman que por lo menos cuarenta especies vegetales, salvajes o domesticadas por los americanos precolombinos, tienen la misma composición cromosómica que las especies correspondientes de Asia, o una composición derivada de ella. ¿Hay que concluir de esto que el maíz, que figura en esta lista, vino del sudeste de Asia? ¿Pero cómo puede ser esto, si los americanos lo cultivaban hace ya cuatro mil años, en una época en que el arte de la navegación era ciertamente rudimentario?

Tristes Trópicos. Figura 48

Figura 48. Cultura Hopewell, este de Estados Unidos (según Charles C. Willoughby. The Turner Group of Eartworks, Papers of the Peabody Museum, Harvard University, Vol. III N° 3, 1922).

Sin seguir a Heyerdahl en sus audaces hipótesis sobre un poblamiento de Polinesia por indígenas americanos, se debe admitir no obstante, después del viaje de la Kon-Tiki, que han podido producirse, y a menudo, contactos transpacíficos. Pero, sin embargo, cuando ya florecían en América otras civilizaciones, hacia comienzos del primer milenio antes de nuestra era, las islas del Pacífico estaban aún vacías; por lo menos nada se ha encontrado como para probar lo contrario. Por lo tanto debemos mirar más allá de la Polinesia, hacia la Melanesia, quizá ya poblada, y hacia la costa asiática tomada en su totalidad. Hoy estamos seguros de que las comunicaciones entre Alaska y las Aleutianas por una parte, y Siberia por otra, nunca se interrumpieron. Sin conocer la metalurgia, en Alaska se empleaban herramientas de hierro hacia comienzos de la Era Cristiana; desde la región de los grandes lagos americanos hasta Siberia central se encuentra la misma cerámica y también las mismas leyendas, los mismos ritos y los mismos mitos. Durante el tiempo en que Oriente vivió replegado en sí mismo, parece que todas las poblaciones septentrionales, desde Escandinavia hasta El Labrador, pasando por Siberia y Canadá, tenían contactos muy estrechos. Si los celtas hubieran tomado algunos de sus mitos de esta civilización subártica de la cual no conocemos casi nada, se comprendería por qué el ciclo del Graal presenta un parentesco mayor con los mitos de los indios de las selvas de América del Norte que con cualquier otro sistema mitológico. Y quizá tampoco sea casual el hecho de que los Japones construyan siempre carpas cónicas idénticas a las de estos últimos.

Tristes Trópicos. Figura 49

Figura 49. Chavín, norte de Perú (según Tello).

Las civilizaciones americanas despiertan otros ecos al sur del continente asiático. Las poblaciones de las fronteras meridionales de la China, que están calificadas de bárbaras, y más aún las tribus primitivas de Indonesia, presentan extraordinarias afinidades con las americanas. En el interior de Borneo se han recogido mitos indiscernibles de otros que son los más difundidos en América del Norte. Ahora bien, hace mucho tiempo que los especialistas vienen llamando la atención sobre las semejanzas entre los documentos arqueológicos que provienen del Asia sudoriental y los que pertenecen a la protohistoria de Escandinavia. Por lo tanto, hay tres regiones —Indonesia, noroeste americano y países escandinavos— que de alguna manera constituyen los puntos trigonométricos de la historia precolombina del Nuevo Mundo.

Tristes Trópicos. Figura 50

Figura 50. Cultura Hopewell, este de Estados Unidos (según W.K. Moorehead, The Hopewell mound... Field Museum, Chicago, Anthropol. series, Vol. VI N° 5, 1922.

¿No se podría pensar que ese acontecimiento primordial en la vida de la humanidad, la aparición de la civilización neolítica —con la generalización de la alfarería y del tejido, los comienzos de la agricultura y la ganadería, las primeras tentativas en metalurgia—, que al principio se circunscribió, en el Viejo Mundo, entre el Danubio y el Indo, haya desencadenado una especie de excitación entre los pueblos menos evolucionados de Asia y de América? Es difícil comprender el origen de las civilizaciones americanas sin admitir la hipótesis de una actividad intensa en todas las costas del Pacífico —asiático o americano— que se propagaba gracias a la navegación costera; todo esto durante varios milenios. Antaño negábamos la dimensión histórica de la América precolombina porque la América poscolombina ha sido privada de ella. Quizá tengamos aún que corregir un segundo error, que consiste en pensar que América ha permanecido durante 20 000 años separada del mundo entero, so pretexto de que lo ha estado de Europa occidental. Todo sugiere más bien que al gran silencio atlántico respondía un zumbido de enjambre desde todo el contorno del Pacífico.

Sea como fuere, a principios del primer milenio anterior a nuestra era, un híbrido americano parece haber engendrado tres retoños sólidamente injertados en las variedades dudosas que resultan de una evolución más antigua: en el género rústico, la cultura de Hopewell que ha ocupado o contaminado toda la parte de los Estados Unidos ubicada al este de las praderas, responde a la cultura de Chavín, en el norte del Perú (cuyo eco es Paracas, en el sur); en tanto que Chavín semeja las primeras manifestaciones de la civilización llamada Olmeca y prefigura el desarrollo maya. En los tres casos, estamos en presencia de un arte cursivo, cuya soltura y libertad, el gusto intelectual por el doble sentido (en Hopewell, tanto como en Chavín, ciertos motivos se leen de manera diferente según se los mire al revés o al derecho), apenas comienzan a inclinarse hacia la rigidez angulosa y el inmovilismo que estamos habituados a atribuir al arte precolombino. A veces trato de persuadirme de que los dibujos caduveo perpetúan a su manera esta lejana tradición. ¿Habrá sido quizás en esta época cuando las civilizaciones americanas comenzaron a distanciarse, asumiendo México y Perú la iniciativa y marchando a paso de gigante, mientras el resto se mantenía en una posición intermedia o se arrastraba hasta llegar a un estado semisalvaje? Lo que pasó en América tropical no lo sabremos jamás a causa de las condiciones climáticas desfavorables para la conservación de los vestigios arqueológicos; pero resulta inquietante que la organización social de los ge y hasta el plano de las aldeas bororo se asemejen a lo que el estudio de ciertos yacimientos preincaicos —como el de Tiahuanaco en la alta Bolivia— permite reconstruir de esas civilizaciones desaparecidas.

Lo que precede me ha alejado mucho de la descripción de los preparativos de una expedición al Mato Grosso occidental; sin embargo era necesario hablar de ello, para que el lector respirara esa atmósfera apasionada que impregna toda investigación americanística, ya sea en el plano arqueológico o en el etnográfico. La dimensión de los problemas es tal, los rastros de que disponemos tan frágiles y tenues, el pasado —en paneles inmensos— tan irrevocablemente aniquilado, el asiento de nuestras especulaciones tan precario, que el menor reconocimiento del terreno pone al investigador en un estado inestable en el cual la resignación más humilde lucha contra locas ambiciones: sabe que lo esencial está perdido y que todos sus esfuerzos se reducirán a rascar la superficie; y sin embargo ¿no encontrará siquiera un solo índice, milagrosamente preservado, de donde surja la luz? Nada es posible, por lo tanto, todo es posible. La noche donde tanteamos es demasiado oscura como para que nos asentemos a afirmar nada sobre ella: ni siquiera que está destinada a durar.

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