Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Quinta Parte. Caduveo

17. Paraná

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussAcampantes, haced alto en el Paraná. O mejor, no: absteneos. Reservad para los últimos parajes de Europa vuestros desperdicios, vuestros frascos irrompibles y vuestras latas de conservas despanzurradas. Extended por la tierra la herrumbre de vuestras carpas. Pero más allá de la franja pionera, y hasta que expire el tan corto plazo que nos separa de su destrucción definitiva, respetad los azotados torrentes de espuma nueva que bajan saltando por los escalones excavados en los flancos violetas de los basaltos. No holléis las espumas volcánicas de agria frescura; titubeen vuestros pasos en el umbral de las praderas deshabitadas y de la gran selva húmeda de coniferas que rompe la trabazón de las lianas y de los heléchos para elevar al cielo formas inversas a las de nuestros abetos: no conos afilados en la cima sino al contrario —regularidad vegetal que encantaría a Baudelaire— bandejas hexagonales de ramas escalonadas alrededor de un tronco, ensanchándose hasta la última, que se abre en una gigantesca umbela. Virgen y solemne paisaje que parece haber preservado intacto durante millones de siglos el rostro del carbonífero, y al que la altura, unida al alejamiento del trópico, libra de la confusión amazónica para prestarle una majestad y una disposición inexplicables, a menos que se vea allí el efecto de un desgaste inmemorial, hecho por una raza más sabia y poderosa que la nuestra, a cuya desaparición debemos el poder penetrar en ese parque sublime, hoy caído en el silencio y el abandono.

En esas tierras que dominan las dos riberas del río Tibagí, a unos 1000 metros sobre el nivel del mar, tuve mi primer contacto con los salvajes, cuando acompañaba en su gira a un jefe de distrito del Servicio de Protección de los Indios.

En la época del descubrimiento, toda la zona sur del Brasil era el habitat de grupos emparentados por la lengua y la cultura, que se clasifican bajo el nombre de «ge». Al parecer habían sido rechazados por invasores recientes de lengua tupí que ocupaban ya toda la banda costera y contra los cuales luchaban. Los ge del sur de Brasil, protegidos por su replegamiento a regiones de difícil acceso, sobrevivieron durante algunos siglos a los tupíes, que fueron rápidamente liquidados por los colonizadores. En las selvas de los Estados meridionales —Paraná y Santa Catarina— algunas pequeñas bandas salvajes sobrevivieron hasta el siglo xx; quizás algunas subsistieron hasta 1935, pero tan ferozmente perseguidas en el curso de los cien últimos años, que se hicieron invisibles; sin embargo, la mayor parte de ellas fue reducida y fijada en varios centros por el gobierno brasileño alrededor de 1914. Al principio se esforzaron por integrarlos a la vida moderna. En la aldea de Sao Geronymo, que me servía de base, había una cerrajería, un aserradero, una escuela y una farmacia. El puesto recibía herramientas regularmente: hachas, cuchillos, clavos; se distribuían vestidos y mantas. Veinte años más tarde esas tentativas se abandonaron. Dejando a los indios librados a sus propios recursos, el Servicio de Protección daba testimonio de la indiferencia que le demostraban los poderes públicos (luego volvió a tener cierta autoridad); sin habérselo propuesto, se vio de esa manera obligado a probar otro método, que incitaba a los indígenas a encontrar alguna iniciativa y los obligaba a retomar su propia dirección.

De su efímera experiencia de civilización, los indígenas sólo conservaron sus vestidos brasileños, el hacha, el cuchillo y la aguja de coser. El resto fue un fracaso. Se les construyeron casas y vivían fuera; se intentó fijarlos en aldeas y continuaron nómadas; rompían las camas para hacer fuego y se acostaban en el suelo. Las vacas que el gobierno había enviado vagaban a la ventura, en manadas; y ellos rechazaban con asco su carne y su leche. Los morteros de madera movidos mecánicamente por medio de un recipiente fijado a un brazo de palanca que se llenaba y se vaciaba alternativamente (dispositivo frecuente en el Brasil, donde se lo conoce con el nombre de monjolo, y que seguramente los portugueses importaron de Oriente) se pudrían, inútiles, ya que la práctica general seguía siendo el triturado a mano.

Así pues, con gran pena de mi parte, los indios del Tibagí no eran enteramente «verdaderos indios» ni (sobre todo) «salvajes». Pero, despojando de su poesía la imagen ingenua que el etnógrafo principiante se forma de sus experiencias futuras, me daban una lección de prudencia y objetividad. Al encontrarlos menos intactos de lo que esperaba, me daría cuenta de que encerraban mucho más misterio de lo que su apariencia exterior dejaba suponer. Ilustraban plenamente esa situación sociológica —que cada vez es más exclusiva del observador de la segunda mitad del siglo xx— de «primitivos» a quienes la civilización les fuera impuesta con violencia y de quienes, una vez superado el temor del peligro que se los suponía representar, aquélla se había desinteresado por completo. Su cultura, constituida, por una parte, por antiguas tradiciones que resistieron la influencia de los blancos (como la práctica del limado y de la incrustación dentarias, tan frecuente aún entre ellos) y por otra de elementos de la civilización moderna, constituía un conjunto original cuyo estudio, por más que careciera de rasgos pintorescos, no me ubicaba, sin embargo, frente a una escuela menos válida que la de los puros indios que abordaría ulteriormente.

Pero, en primer lugar, desde que esos indios se encontraban librados a sus propios recursos, asistíamos a un extraño trastorno del equilibrio superficial entre cultura moderna y cultura primitiva. Reaparecían antiguos modos de vida o técnicas tradicionales surgidas de un pasado cuya viviente proximidad hubiera sido un error olvidar. ¿De dónde provienen esos morteros de piedra admirablemente pulidos que encontré en las casas indias mezclados con platos enlozados, cucharas baratas y a veces hasta restos esqueléticos de una máquina de coser? ¿Intercambios comerciales, en el silencio de la selva, con esas poblaciones de la misma raza pero salvajes, cuya actividad belicosa hacía que ciertas regiones del Paraná estuvieran prohibidas a los rozadores? Para contestar habría que conocer exactamente la odisea de ese viejo indio bravo que por entonces se había retirado a la colonia del gobierno.

Esos objetos que nos dejan pensativos subsisten en las tribus como testigos de una época en la que el indio no conocía ni casa, ni vestidos, ni utensilios metálicos. Y en los recuerdos semiconscien-tes de los hombres también se conservan las viejas técnicas. Antes que los fósforos —muy conocidos pero caros y difíciles de obtener—, el indio sigue prefiriendo la rotación o la fricción de dos pedazos de delicada madera de palmito. Y los vetustos fusiles y pistolas que antaño distribuyera el gobierno se encuentran muy a menudo colgados en la casa abandonada mientras que el hombre caza en plena selva con arcos y flechas, con una técnica tan segura como la de los pueblos que jamás han visto un arma de fuego. Así, los antiguos géneros de vida, apenas recubiertos por los esfuerzos oficiales, se abren nuevamente camino con la misma lentitud y la misma certidumbre que esas filas de indios que surcan los senderos minúsculos de la selva mientras los techos se van hundiendo en las aldeas abandonadas.

Durante unos quince días viajamos a caballo por imperceptibles huellas a través de extensiones de selva tan vastas que a menudo marchábamos hasta muy entrada la noche para alcanzar la choza donde haríamos etapa. Cómo los caballos llegaban a ubicar sus cascos a pesar de la oscuridad que una vegetación cerrada a 30 metros por sobre nuestras cabezas hacía impenetrable, no lo sé. Sólo recuerdo las horas de marcha sacudida por el paso de nuestras cabalgaduras. Por momentos, al descender un talud abrupto, éstas nos precipitaban hacia adelante de tal manera que para evitar la caída la mano debía estar atenta a aferrarse al alto arzón de las sillas paisanas; por la frescura que venía del suelo y por el chapoteo sonoro adivinábamos que pasábamos un vado. Luego, como volcando la balanza, el caballo trepa trastabillando el ribazo opuesto y parece que con sus movimientos desordenados y poco comprensibles en medio de la noche quisiera desembarazarse de silla y jinete. Una vez restablecido el equilibrio, sólo hay que permanecer despierto para no perder el beneficio de esa presciencia singular que, por lo menos la mitad de las veces, nos permite bajar la cabeza para evitar a tiempo el azote de una invisible rama baja.

Pronto, un sonido se precisa a lo lejos; no ya el rugido del jaguar que por un instante habíamos oído en el crepúsculo. Esta vez es un perro que ladra; el descanso está cerca. Unos minutos más tarde nuestro guía cambia de dirección; penetramos tras él en un pequeño apartadero donde vallas de troncos aserrados delimitan una manga; frente a una choza de palmeras separadas y coronadas por un techado de paja, se agitan dos formas vestidas con liviano algodón blanco: nuestros hospedadores, el marido, frecuentemente de origen portugués, la mujer, india. Al resplandor de una mecha empapada en querosén, el inventario se puede hacer rápidamente: suelo de tierra apisonada, una mesa, un jergón sobre tablas, algunas cajas que sirven de asientos y, en el fogón de arcilla seca, una batería de cocina compuesta por tachos y latas de conserva restauradas. Se apresuran a tender las hamacas pasando las cuerdas por los intersticios de las paredes; a veces nos vamos a dormir afuera, al paiol, cobertizo bajo el cual se apila la cosecha de maíz al abrigo de la lluvia. Por sorprendente que parezca, un montón de espigas secas aún provistas de sus hojas proporciona un lecho confortable; todos esos cuerpos oblongos encajan unos en otros y el conjunto se adapta a la forma del durmiente. El fino olor herboso y azucarado del maíz seco es maravillosamente sedante. El frío y la humedad, sin embargo, nos despiertan al amanecer; una bruma lechosa sube del claro; entramos rápidamente en la choza, donde el hogar brilla en el perpetuo claroscuro de esa habitación sin ventana, cuyas paredes son más bien tapias agujereadas. La patrona prepara el café, tostado hasta el negro brillante sobre un fondo de azúcar, y una pípoca, granos de maíz reventados en copos con lonjitas de tocino; se reúnen los caballos, se los ensilla, y partimos. En pocos instantes la selva chorreante se vuelve a cerrar en torno de la choza olvidada.

La reserva de Sao Geronymo se extiende sobre unas 100 hectáreas pobladas por 450 indígenas que se agrupan en cinco o seis caseríos. Antes de la partida, las estadísticas del lugar me habían permitido medir los estragos causados por la malaria, la tuberculosis y el alcoholismo; después de diez años, el total de nacimientos no había superado los 170, mientras que tan sólo la mortandad infantil alcanzaba a 140 individuos.

Visitamos las casas de madera construidas por el gobierno federal; se agrupaban en aldeas de cinco a diez hogares, a orillas de los cursos de agua; vimos aquellas más aisladas que de vez en cuando construyen los indios: una empalizada cuadrada de troncos de palmitos, ensamblados con lianas y cubiertos por un techo de hojas atado a la pared por las cuatro esquinas. Finalmente penetramos bajo esos cobertizos de ramas donde a veces vive una familia, al lado de la casa inutilizada.

Los habitantes están reunidos junto a un fuego que brilla día y noche. Los hombres generalmente van vestidos con una camisa harapienta y unos viejos pantalones, las mujeres con un vestido de algodón, directamente sobre el cuerpo, o a veces con una simple manta arrollada bajo las axilas; los niños, completamente desnudos. Todos llevan, como nosotros durante el viaje, amplios sombreros de paja, su única industria y su único recurso. En ambos sexos y en todas las edades, es patente el tipo mongólico: estatura pequeña, cara ancha y aplastada, pómulos prominentes, ojos bridados, piel amarilla, cabello negro y lacio —que las mujeres llevan indistintamente largo o corto—, vello ralo, que a menudo falta. Habitan sólo una pieza. Allí comen a cualquier hora las batatas asadas bajo la ceniza, que toman con largas pinzas de bambú; duermen sobre un delgado jergón de heléchos o sobre una estera de paja de maíz, con los pies dirigidos hacia el fuego; en medio de la noche, las pocas brasas que subsisten y la pared de troncos mal unidos constituyen una débil defensa contra el frío glacial, a 1000 metros de altura.

Las casas construidas por los indios se reducen a este cuarto único, pero en las del gobierno también se utiliza una sola pieza. Y allí, a ras del suelo, está toda la riqueza del indio en exposición, en un desorden que escandaliza a nuestros guías — caboclos del sertáo vecino— y donde apenas se distinguen los objetos de origen brasileño de los de fabricación local. Entre los primeros se encuentran generalmente un hacha, cuchillos, platos enlozados y recipientes metálicos, trapos, aguja e hilo de coser, a veces algunas botellas y hasta un paraguas. El mobiliario también es rudimentario; algunos banquillos bajos de madera, de origen guaraní, también empleados por los caboclos; canastas de todos los tamaños y usos, que ilustran la técnica del «enrejado en marquetería» tan frecuente en América del Sur; tamices de harina, mortero de madera, mazas de madera o de piedra, alguna alfarería; en fin, una cantidad prodigiosa de recipientes de formas y usos diversos hechos de abobra, calabaza vaciada y desecada. ¡ Cuánta dificultad para procurarse uno cualquiera de esos pobres objetos! La previa distribución de nuestros anillos, collares y broches de abalorios a toda la familia, a veces es insuficiente para establecer el indispensable contacto amistoso. El ofrecimiento de una cantidad de muréis en desproporción monstruosa con la indigencia del cachivache suele dejar indiferente al propietario. «El no puede.» «Si el objeto fuera de su fabricación lo daría de buen grado, pero él mismo se lo compró hace mucho a una vieja que es la única que sabe hacer este tipo de cosas. Si nos lo da ¿cómo lo reemplazará?» La vieja, por supuesto, nunca se encuentra allí. ¿Dónde? «No lo sabe» —gesto vago—, «en la selva»... Por otra parte, ¿qué valor tienen todos nuestros muréis para ese viejo indio, que tiembla de fiebre a 100 kilómetros del más próximo almacén de los blancos? Uno se avergüenza de arrancar a estos hombres tan desposeídos un pequeño utensilio cuya pérdida constituirá una irreparable merma...

Tristes Trópicos. Figura 4

Figura 4. Alfarería kaingang

Pero a menudo el cuento es otro. Esa india, ¿quiere venderme esta vasija? «Por cierto, quiere. Desgraciadamente, no es de ella.» ¿De quién, entonces? Silencio. ¿De su marido? No. ¿De su hermano? Tampoco. ¿De su hijo? Basta: es de la nietecita. La nietecita es inevitablemente la dueña de todos los objetos que queremos comprar. La observamos —tiene tres o cuatro años— acurrucada cerca del fuego, completamente absorbida por el anillo que hace un momento deslicé en su dedo. Y entonces son las largas negociaciones con la señorita, en las cuales los padres no participan para nada. Un anillo y 500 reis la dejan indiferente. Un prendedor y 400 reis la deciden.

Los kaingang cultivan un poco la tierra, pero la pesca, la caza y la recolección constituyen sus ocupaciones esenciales. Los métodos de pesca imitan tan pobremente los de los blancos que su eficacia es necesariamente débil: una rama flexible, un anzuelo brasileño fijado con un poco de resina a la punta de un hilo, a veces un simple trapo a guisa de red. La caza y la recolección rigen esa vida nómada de la selva donde por semanas enteras las familias desaparecen, donde nadie las ha seguido hasta sus retiros secretos y en sus itinerarios complicados. A veces, en un recodo del camino, hemos encontrado un pequeño grupo que salía de la selva para desaparecer en ella inmediatamente; los hombres van a la cabeza, armados del bodoque —arco usado para lanzar proyectiles de arcilla en la caza de pájaros— con el carcaj de cestería que sostienen con una bandolera; los siguen las mujeres cargadas, por medio de una faja de tejido o una ancha correa de corteza apoyada sobre la frente, con toda la fortuna familiar. Así viajan niños y objetos domésticos. Cambiamos unas pocas palabras, nosotros reteniendo los caballos, ellos retardando apenas su paso, y la selva reencuentra su silencio. Sólo sabemos que la próxima casa estará, como tantas otras, vacía. ¿Por cuánto tiempo...?

Esta vida nómada puede durar días o semanas. La estación de la caza, la de los frutos — jabuticaba, naranja y lima— provocan desplazamientos masivos de toda la población. ¿Cuáles son sus abrigos en la espesura? ¿En qué escondites vuelven a encontrar sus arcos y sus flechas, de los que sólo se ven, casualmente, ejemplares olvidados en algún rincón de la casa? ¿Con qué tradiciones se enlazan, con qué ritos, con qué creencias?

La huerta ocupa el último lugar en esta economía primitiva. En plena selva, se atraviesan a veces los desmontes indígenas. Un pobre tapiz verde ocupa algunas decenas de metros cuadrados entre las altas murallas de los árboles: bananeros, batatas, mandioca y maíz. El grano es primeramente secado al fuego y después aplastado en el mortero por las mujeres, que trabajan solas o de a dos. La harina se come directamente o se mezcla con grasa para que forme una masa compacta; a esta comida se agregan las habas negras; la caza y el cerdo semidoméstico proporcionan la carne. Esta se asa siempre sobre el fuego, ensartada en una rama.

Hay que mencionar también los koro, larvas pálidas que pululan en ciertos troncos de árboles en putrefacción. Los indios, humillados por las burlas de los blancos, ya no confiesan su predilección por esos bichos y se privan rigurosamente de comerlos. Basta con recorrer la selva para ver en la tierra la huella de un gran pinheirode 20 o 30 metros de largo abatido por la tormenta, despedazado, reducido al estado de espectro de árbol. Los buscadores de koro pasaron por allí. Y cuando se entra de improviso en una casa india se alcanza a ver, antes de que una mano rápida pueda disimularla, una copa rebosante de la preciosa golosina.

Tampoco es fácil asistir a la extracción de los koro. Meditamos largamente nuestro plan, como conspiradores. Un indio afiebrado y solo en una aldea abandonada parece una presa fácil. Le ponemos el hacha en la mano, lo sacudimos, lo empujamos. Trabajo inútil; parece no saber nada de eso que pretendemos de él. ¿Será un nuevo fracaso? ¡Tanto peor! Lanzamos nuestro último argumento: queremos comer koro. Conseguimos arrastrar a la víctima hasta un tronco. Un hachazo abre millares de canales huecos en lo más profundo del bosque. En cada uno de ellos, un gordo animal color crema, muy semejante al gusano de seda. Ahora hay que decidirse. Bajo la mirada impasible del indio decapito mi presa; del cuerpo sale una grasa blanquecina, que pruebo, no sin titubear: tiene la consistencia y la delicadeza de la manteca y el sabor de la leche de coco.

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