Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Cuarta Parte. La tierra y los hombres

14. La alfombra voladora

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEl recuerdo del gran hotel de Goiánia se une a otros en mi memoria que testimonian —en los dos polos del lujo y la miseria— lo absurdo de las relaciones que el hombre acepta entablar con el mundo, o más bien, que de manera creciente le son impuestas. Me encontré de nuevo con el hotel de Goiánia pero en una escala desproporcionadamente grande, en otra ciudad no menos arbitraria: en 1950, los cálculos políticos y el desarraigo sistemático de las poblaciones habían hecho que Karachi pasara de 300 000 a 1 200 000 habitantes en el curso de tres años; eso también ocurría en pleno desierto, en la extremidad oriental de esa llaga árida que, desde Egipto hasta la India, despoja de su epidermis viva a una inmensa superficie de nuestro globo.

Karachi, en su origen, fue una aldea de pescadores; la colonización inglesa la hizo pequeño puerto y ciudad mercantil, y en 1947 se vio promovida al rango de capital. En las largas avenidas del antiguo acantonamiento, bordeadas de cuarteles colectivos o individuales (estos últimos, residencias privadas de funcionarios o de oficiales) todos aislados en su encierro de vegetación polvorienta, hordas de refugiados dormían al aire libre y vivían una existencia miserable sobre la calzada cubierta de escupitajos de betel mientras los millonarios parsis construían palacios babilónicos para los hombres de negocios occidentales. Durante meses, desde el alba hasta la noche, procesiones de hombres y mujeres harapientos desfilaban (en los países musulmanes la segregación de las mujeres no es tanto una práctica religiosa como una marca de prestigio burgués; los más pobres no tienen siquiera derecho a un sexo) con canastas de hormigón fresco que volcaban en el encofrado y que, sin pausa, volvían a llenar en las mezcladoras para cumplir un nuevo circuito. Cada sector, apenas terminado, se cedía a la clientela, pues la habitación con pensión costaba diariamente más de lo que una obrera ganaba por mes; así, en nueve meses se amortizaba el precio de construcción de un hotel de lujo. Por lo tanto había que andar con rapidez y los capataces casi ni se preocupaban de que los diferentes bloques encajaran exactamente. Sin duda, nada había cambiado desde que los sátrapas obligaban a los esclavos a verter el barro y apilar los ladrillos para edificar palacios cojos, adornados con frisos a los cuales el desfile de las canasteras, recortándose sobre el cielo en lo alto de los andamios, había podido siempre servir de modelo.

Una clientela de comerciantes, industriales y diplomáticos, alejados de la vida indígena (que en ese desierto era una creación artificial de la colonización) por algunos kilómetros, infranqueables a causa de la insoportable humedad de un monzón siempre abortado, y más aún por el miedo a la disentería —«Karachi tummy», como dicen los ingleses—, languidecía de calor y aburrimiento en esas cubas de cemento al descubierto que les servían de habitación (el proyecto de éstas parecía haber atendido, más que a la economía, a una comodidad cada vez que cambiaba el espécimen humano que se había inmovilizado allí durante algunas semanas o meses). Y mi recuerdo franquea en seguida tres mil kilómetros para yuxtaponer a esta imagen, otra imagen recogida en el templo de la diosa Kali, el más antiguo y venerado santuario de Calcuta. Allí, cerca de un pantanto y en esa atmósfera de milagrería y de despiadada explotación comercial en que se desarrolla la vida religiosa popular de la India, cerca de negocios rebosantes de cromolitografías piadosas y de divinidades de yeso pintado, se levanta la moderna caravanera construida por los empresarios del culto para alojar a los peregrinos: es el rest-house, larga nave de cemento dividida en dos cuerpos— uno para los hombres, otro para las mujeres— a lo largo de los cuales hay cornisamientos, también de cemento al desnudo, que están destinados a servir de lechos. Me muestran los canales de desagüe y las tomas de agua; cuando la carga humana se despierta y se la envía a prosternarse para implorar la curación de sus chancros y sus úlceras, de sus supuraciones y sus llagas, se lava todo con surtidores: la tablajería refrescada ya está lista para recibir la nueva mercancía; nunca —salvo en los campos de concentración— se confundió hasta tal punto a seres humanos con carne de carnicería.

Ahora bien, por lo menos éste era un lugar de tránsito. Un poco más lejos, en Narrayanganj, los obreros del yute trabajan en una gigantesca tela de araña: filamentos blanquecinos que penden de los muros y flotan en el aire; al salir de allí se incorporan a los coolie Unes, pilas de ladrillos sin luz y sin piso para seis u ocho personas, alineadas en callejas surcadas de cloacas de bóveda abierta que se irrigan tres veces al día para evacuar la inmundicia. Así el progreso social tiende a sustituir los workers' quarters, prisiones donde dos o tres obreros comparten celdas de 3 m X 4 m, rodeadas de muros, con policías armados que guardan las puertas; con cocina y comedor comunes: cubas de cemento desnudo que se lavan con manguera, donde cada uno prende su hogar y come acurrucado en tierra, en la oscuridad.

Cuando ocupé mi primer puesto profesoral, en las Landas, me mostraron un día los corrales preparados especialmente para el cebado de los gansos; cada uno de ellos, encerrado en una estrecha jaula, quedaba reducido a la condición de tubo digestivo. Aquí sucedía lo mismo, con la diferencia de que en vez de gansos yo veía hombres y mujeres, y en vez de engordarlos, más bien se preocupaban para que enflaquecieran. Pero, en ambos casos, el criador concedía exclusivamente a sus pensionistas una sola actividad, deseable allá o inevitable aquí: esos alvéolos oscuros y sin aire no se prestaban ni al reposo, ni al ocio, ni al amor. Simples puntos de amarre en la orilla de la cloaca comunal, se originaban en una concepción de la vida humana limitada al solo ejercicio de las funciones de excreción.

¡Pobre Oriente! En la recatada Dacca visité casas burguesas; algunas lujosas semejantes a las tiendas de los anticuarios neoyorquinos de la Tercera Avenida; otras cómodas, adornadas con mesitas de junco, carpetas con flecos y porcelanas, como una estancia de jubilado en Bois-Colombes; otras de antiguo estilo, iguales a nuestras pobres cabanas, con un horno de tierra apisonada a guisa de cocina, al fondo de un patiecillo barroso; departamentos de tres piezas para jóvenes parejas, en inmuebles indiscernibles de esos que los servicios de reconstrucción edifican económicamente en Chátillon-sur-Seine o en Givors, salvo que en Dacca las piezas y el baño, con una simple canilla, eran de cemento al desnudo, y el mobiliario más insignificante que el de una habitación de jovencita. Acurrucado en el suelo hormigonado y alumbrado por una débil lamparilla que pendía del techo por un hilo, ¡oh, Mil y Una Noches!, comí allí, con los dedos, una cena llena de suculencias ancestrales: primero el khichuri, arroz y lentejillas llamadas pulse en inglés, de las que en los mercados se ven bolsas llenas, de variedades multicolores; después el nimkor-ma, guisado de ave; el chingri cari, guiso aceitoso y aderezado con camarones gigantes, más otro de huevos duros llamado dimer tak, con una salsa de pepinos, shosha; finalmente el postre, -firni, o sea arroz con leche.

Yo era huésped de un joven profesor; allí estaba su cuñado —que cumplía las funciones de mayordomo—, una sirvienta y un bebé; también estaba la mujer de mi hospedador, que se iba emancipando del pardah: silenciosa cierva asustada, a quien su marido, para afirmar su reciente liberación, abrumaba con sarcasmos cuya torpeza me hacía sufrir tanto como a ella; la obligaba a sacar su ropa interior de un armario de colegial para que yo, como etnógrafo, hiciera el inventario. Un poco más y la hubiera desvestido, tan ansioso estaba de dar prendas a este Occidente que desconocía.

Así veía yo prefigurarse ante mis ojos un Asia de ciudades obreras y de H. L. M. que será la de mañana, que renuncia a todo exotismo y que reencuentra, luego de un eclipse de 5000 años, ese estilo de vida taciturna y eficaz que quizás inventó en el tercer milenio y que se desplazó después por la superficie de la Tierra, inmovilizándose provisionalmente en el Nuevo Mundo en la época contemporánea hasta el punto de que nosotros aún lo identificamos con América, pero que desde 1850 retomó su marcha hacia el oeste, ganando Japón, y encontró hoy su lugar originario después de haber terminado la vuelta al mundo.

En el valle del Indo, erré por esos austeros vestigios de la cultura más antigua de Oriente que los siglos, las arenas, las inundaciones, el salitre y las invasiones arias dejaron subsistir: Mohenjo-Daro, Harappa, nudos endurecidos de ladrillos y de tiestos. ¡Qué desconcertante espectáculo el de esas antiguas barracas!1 Calles trazadas a nivel que se cortan en ángulo recto, barrios obreros de albergues idénticos; talleres industriales para la molienda de las harinas, la fundición y el cincelado de los metales y la fabricación de esas vasijas de arcilla cuyos restos cubren el suelo; galpones municipales que ocupaban (o más bien, diríamos, trasponían en el tiempo y el espacio) varios bloques; baños públicos, canalizaciones y cloacas; barrios residenciales de un confort sólido y desabrido. Nada de monumentos, nada de grandes esculturas, pero a 10 o 20 metros de profundidad, estatuillas ligeras y joyas preciosas, índices de un arte sin misterio y sin fe profunda tendiente a satisfacer la necesidad de ostentación y la sensualidad de los ricos. Este conjunto recuerda al visitante los prestigios y las taras de una gran ciudad moderna; prefigura esas formas más avanzadas de la civilización occidental cuyo modelo ve hoy Europa en los Estados Unidos de América.

Al término de 4000 o 5000 años de historia, uno se complace en imaginar que un ciclo se ha cerrado, que la civilización urbana, industrial, burguesa, inaugurada por las ciudades del Indo, en su inspiración profunda, no era tan diferente de aquella que luego de una larga involución en su crisálida europea alcanzaría la plenitud al otro lado del Atlántico. Cuando aún era joven, el más Viejo Mundo esbozaba ya el rostro del Nuevo.

Así pues, desconfío de los contrastes superficiales y de lo aparentemente pintoresco; tienen calidad de efímeros. Lo que llamamos exotismo traduce una desigualdad de ritmo que es significativa durante el espacio de algunos siglos y oculta provisionalmente un destino que también hubiera podido ser solidario con el que concibieron Alejandro y los reyes griegos de las orillas del Jamna con los imperios escita y parto, con las expediciones navales romanas a las costas del Vietnam y con los flujos cosmopolitas de los emperadores mongoles. Una vez que se atraviesa el Mediterráneo, el avión encara Egipto y la vista se sorprende con esa grave sinfonía del verde oscuro de las palmeras, el verde del agua (que desde ahora uno puede llamar «nilo» con toda justicia), la arena color crudo y el limo violeta. El plano de las aldeas visto desde el avión sorprende más aún que el paisaje: mal incluidas en su perímetro, presentan un desorden complicado de casas y de callejuelas que dan testimonio del Oriente. ¿No es esto lo opuesto del Nuevo Mundo, tanto del español como del anglosajón, que ya en el siglo xvi afirma como en el xx su predilección por los planos geométricos?

Después de Egipto el vuelo sobre Arabia va acompañado por una serie de variaciones sobre el mismo tema: el desierto. Primero, rocas semejantes a castillos de ladrillos rojos en ruinas, que se elevan por encima del ópalo de las arenas; luego, los motivos complicados en forma de árboles horizontales —o mejor aún de cristales o de algas—. trazados por el paradójico fluir de los wadi:2 en lugar de unir sus aguas las dispersan en finas ramas. Más lejos, la tierra parece como estrujada por algún monstruoso animal que se hubiera agotado en el esfuerzo de exprimirle el jugo a furiosos talonazos.

¡Qué tiernos colores los de esas arenas! Se diría un desierto de carnes: piel de durazno, nácar, pescado crudo. En Alaska, el agua, a pesar de ser bienhechora, refleja un azul despiadadamente duro, en tanto que los inhabitables macizos rocallosos se funden en matices tornasolados.

Hacia el final de la tarde la arena se borra progresivamente en la bruma: esa arena celeste que se une a la tierra contra el azul verdoso límpido del cielo. El desierto pierde inflexiones y accidentes. Se confunde con la tarde, inmensa masa rosa uniforme apenas más espesa que el cielo. El desierto se hizo desierto en relación a sí mismo. Poco a poco la bruma se extiende; ya no hay más que noche.

Después de la escala de Karachi, el día se levanta sobre el desierto del Thar, lunar, incomprensible; aparecen pequeños grupos de tierra cultivada, aún separados por grandes extensiones desérticas. Con el día los cultivos se sueldan y presentan una superficie continua rosada y verde, como los colores exquisitos y marchitos de una tapicería muy antigua desgastada por un largo uso y zurcida sin descanso. Es la India.

Las parcelas son irregulares pero nunca desordenadas en su forma o su color. De cualquier manera que se las agrupe componen un conjunto equilibrado, como si hubieran meditado mucho su trazado antes de realizarlo; algo así como el ensueño geográfico de un Klee. Todo eso tiene una rareza, una preciosidad extrema y arbitraria aun a pesar de recurrir a un tema trinitario que asocia la aldea, los campos reticu-lados y el bosquecillo alrededor de un pantano.

La escala de Delhi presenta, a ras del suelo, la breve idea de una India novelesca, con sus templos en ruinas entre la maleza de un verde violento. Luego, las inundaciones. El agua se ve tan estancada, tan fangosa, tan densa, que más bien parece un aceite sobrenadando aguas que harían las veces de suelo. Volamos sobre Bihar, con sus colinas rocosas y sus selvas; luego comienza el delta: la tierra está cultivada hasta la última pulgada y cada campo parece una joya de oro verde relampagueante y pálido bajo el agua que lo impregna, rodeado por el perfecto reborde sombrío de sus setos. No hay ángulos arriscados, todos los límites son redondeados y sin embargo se ajustan unos con otros como las células de un tejido vivo. Más cerca de Calcuta, los caseríos se multiplican: chozas apiladas como huevos de hormiga en alvéolos de hierba cuyo intenso color resalta aún más por las tejas rojo oscuro de algunos techos. Cuando aterrizamos descubrimos que llueve a cántaros.

Después de Calcuta atravesamos el delta del Brahmaputra, río prodigioso, masa tan tortuosa que parece un animal. En derredor, hasta que la vista se pierde, la campiña se halla obliterada por el agua, salvo los campos de yute que desde el avión forman otros tantos cuadrados, de musgo cuyo verde parece haber exacerbado su frescura. Las aldeas rodeadas de agua emergen como ramos de flores. A su alrededor bullen algunas embarcaciones.

Ubicada entre esa arena sin hombres y esa humanidad sin suelo ¡qué rostro tan equívoco ofrece esta India, tierra de los hombres! La idea que de ella me hago durante las ocho horas que dura la travesía de Karachi a Calcuta, la desprende definitivamente del Nuevo Mundo. No es ni el riguroso embaldosado del Middle West o del Canadá, compuesto por unidades idénticas que sobre uno de los bordes, siempre en el mismo lugar, presentan los montones de granos correspondientes a cada granja, ni menos aún el profundo terciopelo de la selva tropical sobre la cual las regiones pioneras apenas comienzan a hacer mella a fuerza de audaces incisiones. El espectáculo de esta selva dividida en ínfimas parcelas y cultivada hasta el último arapende inspira a Europa, al principio, un sentimiento de familiaridad: esos tonos mezclados, esos contornos desiguales de los campos y de los arrozales que se repiten sin cesar en trazados diferentes, esos bordes indistintos y como remendados..., sin duda es la misma tapicería; sin embargo, cuando la comparamos con las formas y los colores mejor delimitados de la campiña europea, nos parece mirarla del revés.

Simple imagen, pero que traduce bastante bien la posición respectiva de Europa y de Asia con relación a su civilización común (y también de ésta con relación a su retoño americano). Al menos desde el punto de vista de los aspectos materiales, la una parece ser el revés de la otra; ésta siempre ganadora, aquélla siempre perdedora, como si en el ejercicio de una empresa común una hubiera avenado todas las ventajas, dejando a la otra las miserias por toda cosecha. En un caso (pero ¿por cuánto tiempo aún?) una expansión demográfica regular ha permitido el progreso agrícola e industrial, pues los recursos aumentaban con más rapidez que los consumidores. En el otro, la misma revolución, después del siglo xviii, llevó a un descenso constante de las deducciones individuales sobre una masa de bienes que permaneció relativamente estacionaria. Europa, India, América del Norte y América del Sur ¿no agotan las combinaciones posibles entre el marco geográfico y el poblamiento? A la América amazónica, región de trópicos pobres pero sin hombres (esto compensa parcialmente aquello) se opone el Asia del Sur, también tropical y pobre pero superpoblada (esto agrava aquello), de la misma manera que, en la categoría de los países templados, América del Norte, con sus amplios recursos y su población relativamente restringida, corresponde a una Europa de recursos relativamente restringidos pero con una cifra de población elevada. De cualquier manera que se dispongan estas evidencias, Asia del Sur sigue siendo el continente sacrificado.

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Notas:

1. «Corons» en el original: viviendas de emergencia para los obreros, construidas alrededor de una fábrica. (N. de la T.)

2. Palabra árabe que significa «curso de agua» y que designa en especial los cursos temporarios del Sahara. (N. de la T.)