Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Octava Parte. Tupi-Kawaib

31. Robinson

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussHabíamos remontado la corriente durante cuatro días; los rápidos eran tan numerosos que hubo que descargar, llevar y volver a cargar hasta cinco veces en el mismo día. El agua corría entre formaciones rocosas que la dividían en muchos brazos; en el medio, los arrecifes habían retenido árboles a la deriva con todas sus ramas, tierra y montones de vegetación. Sobre estos islotes improvisados, esa vegetación volvía a encontrar la vida tan rápidamente que ni siquiera se manifestaba afectada por el estado caótico en que la había dejado la última crecida. Los árboles se desarrollaban en todos los sentidos; las flores se abrían a través de las cascadas; ya no se sabía si el río servía para irrigar ese prodigioso jardín, o si sería colmado antes por la multiplicación de las plantas y de las lianas, a las cuales todas las dimensiones del espacio, no sólo la vertical, parecían ofrecerse por la supresión de las distinciones habituales entre la tierra y el agua. Ya no había más río, ya no había más orilla, sino un dédalo de ramilletes refrescados por la corriente, mientras que el suelo crecía a ras de la espuma. Esa amistad entre los elementos se extendía hasta los seres; las tribus indígenas tienen necesidad de enormes superficies para subsistir; pero aquí una superabundancia de vida animal atestiguaba que desde hacía decenios el hombre era impotente para perturbar el orden natural. Los árboles temblaban más a causa de los monos que de las hojas; se hubiera dicho que en sus ramas bailaban frutos vivientes. Bastaba con extender la mano hacia las rocas a flor de agua, para rozar el plumaje de jade de un gran mutum con pico de ámbar o de coral, o de un jacamim, tornasolado en azul, como el labrador. Esos pájaros no huían de nosotros; pedrerías vivientes que erraban entre las lianas chorreantes y los torrentes frondosos contribuían a reconstruir delante de mis ojos asombrados ese cuadro del taller de los Brueghel, donde el Paraíso, ilustrado por una tierna intimidad entre las plantas, los animales y los hombres, lleva a la edad en que el universo de los seres aún no había consumado su escisión.

En la tarde del quinto día, una delgada piragua amarrada en la orilla señaló la llegada. Un bosquecillo ralo se ofrecía para el campamento. La aldea indígena se encontraba a un kilómetro hacia el interior: huerta de unos cien metros en su parte más larga, que ocupaba un terreno baldío ovoide donde se elevaban tres chozas colectivas de forma hemisférica, por encima de las cuales el poste central se prolongaba como un mástil. Las dos chozas principales estaban frente a frente en la parte ancha del óvalo, bordeando un terreno de danza con el suelo apisonado. La tercera se encontraba en la punta, unida al lugar por un sendero que atravesaba la huerta.

La población comprendía veinticinco personas más un muchachito de unos doce años que hablaba otra lengua y que, según entendí, era un prisionero de guerra, pero se lo trataba como a los niños de la tribu. La vestimenta de los hombres y de las mujeres era tan reducida como la de los nambiquara, salvo que todos los hombres tenían el estuche peniano cónico, igual al de los bororo, y que el penacho de paja por encima de las partes sexuales, conocido también por los nambiquara, era en ellos de uso más generalizado. Hombres y mujeres llevaban en los labios barritas de resina endurecida de aspecto ambarino, y collares de discos o de placas de nácar brillante o también de conchillas enteras pulidas. Las muñecas, los bíceps, los muslos y los tobillos eran comprimidos por bandas de algodón. Las mujeres tenían el septum nasal agujereado para que entrara allí una barrita compuesta por discos alternativamente blancos y negros enhebrados y apretados en una fibra rígida.

La apariencia física es muy diferente de la de los nambiquara: cuerpos rechonchos, piernas cortas y piel muy clara, la cual contribuía, con los rasgos débilmente mongólicos, a dar a algunos indígenas una apariencia levemente caucásica. Los indios se depilan de manera muy minuciosa: las pestañas, con la mano; las cejas, con cera que dejan endurecer sobre ellas varios días antes de arrancarlas. Adelante el cabello va cortado, o más exactamente, quemado en redondo, despejando la frente. Las sienes se despejan mediante un procedimiento que no he visto en ninguna otra parte y que consiste en meter los cabellos en el lazo de un cordel retorcido sobre sí mismo. Una extremidad se toma entre los dientes del operador; con una mano tiene el lazo abierto, con la otra tira del extremo libre de tal manera que los dos filamentos de la cuerda se enrollen más estrechamente y arranquen los cabellos al encogerse.

Esos indios, que se designan a sí mismos con el nombre de mundé,jamás han sido mencionados antes en la literatura etnográfica. Hablan una lengua alegre, cuyas palabras terminan en sílabas acentuadas: zip, zep, pep, zet, tap, kat, que subrayan el discurso como golpes de címbalo. Esta lengua se parece a los dialectos del Bajo Xingú, hoy en día desaparecidos, y a otros que han sido recogidos recientemente en los afluentes de la margen derecha del Guaporé, de cuyas fuentes los mundé se encuentran muy cerca. Por lo que sé, nadie ha vuelto a ver a los mundé después de mi visita, salvo una misionera que encontró algunos de ellos, un poco antes de 1950, en el Alto Guaporé, donde se habían refugiado tres familias. Pasé una placentera semana entre ellos, pues rara vez he visto anfitriones más simples, pacientes y cordiales. Me llevaban a admirar su huerta, donde crecían el maíz, la batata, la mandioca, el maní, el tabaco, el zapallo y diversas especies de habas y porotos. Cuando desmontan, respetan las cepas de palmera, donde proliferan gordas larvas blancas que comen con placer: curioso corral, donde la agricultura y la cría de animales se confunden.

Las chozas redondas dejaban pasar una luz difusa tachonada por el sol que atravesaba los intersticios. Estaban cuidadosamente construidas con pértigas enclavadas en círculo y curvadas en la horqueta de unos postes plantados oblicuamente, formando arbotantes en el interior, entre los cuales estaban suspendidas unas diez hamacas de algodón anudado. Todas las pértigas se unían a unos cuatro metros de altura, atadas a un poste central que atravesaba la techumbre. Completaban el esqueleto unos círculos horizontales de ramas soportados por una cúpula de palmas cuyos folíolos habían sido aplastados del mismo lado y se superponían a manera de tejas. El diámetro de la choza más grande era de doce metros; allí vivían cuatro familias, y cada una disponía de un sector comprendido entre dos arbotantes. De éstos había seis, pero los dos sectores que correspondían a las puertas opuestas se dejaban libres para permitir la circulación. Yo pasaba mis días allí, sentado sobre uno de esos banquitos de madera que utilizan los indios, construidos con la mitad de un leño de palmera vaciado, y plantado en el suelo con la cara plana hacia abajo. Comíamos granos de maíz asados en una fuentecilla de barro cocido y bebíamos chicha de maíz —bebida intermedia entre la cerveza y la sopa— en calabazas ennegrecidas en su interior con una sustancia carbonosa y decoradas en su parte externa con líneas, zigzags, círculos y polígonos grabados o pirograbados.

Aun sin conocer la lengua, y sin intérprete, yo podía intentar comprender ciertos aspectos del pensamiento y de la sociedad indígenas: composición del grupo, relaciones y nomenclatura de parentesco, nombres de las partes del cuerpo, vocabulario de los colores, según una escala de la que jamás me separaba. Los términos de parentesco, los que designan las partes del cuerpo, los colores y las formas (por ejemplo las grabadas sobre las calabazas) tienen a menudo propiedades comunes que los ubican entre el vocabulario y la gramática: cada grupo forma un sistema, y la manera como las diferentes lenguas eligen separar o confundir las relaciones que allí se expresan autoriza a formular cierto número de hipótesis; cuando no a extender los caracteres distintivos de tal o cual sociedad bajo esta relación.

Sin embargo, esta aventura, que comencé con entusiasmo, me dejó una impresión de vacío.

Yo había querido llegar hasta el extremo límite del salvajismo; ¿no me bastaban esos graciosos indígenas que nadie antes que yo había visto, que nadie quizá vería después? Al término de un excitante recorrido, tenía mis salvajes. ¡Y qué salvajes! Como no supe de su existencia hasta el último momento, no había podido reservarles el tiempo indispensable para conocerlos. Los recursos limitados de que disponía, el descalabro físico en que estábamos mis compañeros y yo —y que las fiebres consecutivas a las lluvias agravarían— sólo me permitieron hacer una pequeña «rabona» en vez de un mes de estudio. Ellos estaban allí, dispuestos a enseñarme sus costumbres y sus creencias, y yo no sabía su lengua. Tan próximos de mí como una imagen en el espejo, podía tocarlos, pero no comprenderlos. Recibía al mismo tiempo mi recompensa y mi castigo: ¿no era culpa mía y de mi profesión suponer que hay hombres que no son hombres? ¿que algunos merecen más interés y atención porque el color de su piel y sus costumbres nos asombran? Con sólo que logre adivinarlos, perderán su cualidad de extraños; y tanto me habría valido permanecer en mi aldea. O bien, como en este caso, conservar esa cualidad; y entonces de nada me sirve, puesto que no soy capaz de aprehender qué los hace tales. Entre esos dos extremos ¿qué casos equívocos nos proporcionan las excusas de las que vivimos? En esa confusión que se engendra en nuestros lectores por observaciones, profundizadas hasta el límite mismo de la inteligibilidad, pero interrumpidas a mitad de camino, ya que sorprenden a seres semejantes a aquellos para los cuales esos usos son habituales, ¿quién es, finalmente, el verdadero burlado? ¿El lector que cree en nosotros, o nosotros mismos, que no tenemos derecho a quedar satisfechos antes de llevar a disolver ese residuo que proporciona un pretexto a nuestra vanidad?

Que hable, pues, este suelo, a falta de los hombres que se rehusan más allá de los prestigios que me han seducido a lo largo de este río, que me responda finalmente, y me entregue la fórmula de su virginidad. ¿Dónde yace ésta? ¿detrás de esas confusas apariencias que son todo y no son nada? Anticipo escenas; las destaco; ¿es este árbol, esta flor? Podrían estar en otra parte. ¿Es también una mentira este todo que me transporta y del que cada parte, tomada aisladamente, se sustrae? Si debo confesarlo como real, por lo menos quiero alcanzarlo por completo, hasta su último elemento. Rechazo el inmenso paisaje, lo ciño, lo limito hasta esta playa de arcilla y hasta esta brizna de hierba: nada prueba que mi vista, ampliando su horizonte, no pudiera reconocer el bosque de Meudon alrededor de esta insignificante parcela diariamente pisoteada por los más verídicos salvajes, pero donde, sin embargo, falta la impronta de Viernes.

El descenso se hizo con notable rapidez. Los remeros, todavía bajo el encanto de nuestros anfitriones, descuidaban el transporte. A cada rápido, apuntaban la nariz de la piragua hacia la masa turbulenta. Durante algunos segundos nos veíamos detenidos y sacudidos con violencia mientras huía el paisaje. Bruscamente todo se calmaba: estábamos en las aguas muertas, habíamos franqueado el rápido y sólo entonces nos alcanzaba el vértigo.

En dos días llegamos a Pimenta Bueno, donde concebí un nuevo plan que no puede ser juzgado sin algunas aclaraciones. Hacia el final de su exploración, en 1915, Rondón descubrió muchos grupos indígenas de lengua tupí y pudo tomar contacto con tres de ellos, pues los otros se mostraron irreductiblemente hostiles. El más importante de esos grupos estaba instalado en el curso superior del río Machado, a dos días de marcha de la orilla izquierda, y junto a un afluente secundario, el Igarapé do Leitáo ('Arroyo del Lechón"). Era la banda, o el clan Takwatip ('del bambú'). No es cierto que convenga el término de «clan», pues las bandas tupí-kawaíb formaban generalmente una sola aldea, poseían un territorio de caza con fronteras celosamente guardadas y practicaban la exogamia, más por la preocupación de contraer alianzas con las bandas vecinas que por aplicación de alguna regla estricta. Los takwatip eran conducidos por el jefe Abaitara. Del mismo lado del río había, al norte, una banda que sólo era conocida por el nombre de su jefe, Pitsara; al sur, junto al río Tamuripa, los ipotiwat (nombre de una liana), cuyo jefe se llamaba Kamandjara; luego, entre este último riacho y el Igarapé del Cacoal, los jabotifet ('pueblos de la tortuga'), con su jefe Maira. Sobre la orilla derecha del Machado, en el valle del río Muquí vivían los paranawat ('pueblos del río'), que siempre están, pero contestan con flechazos cuando se intenta un acercamiento; y un poco más al sur, sobre el Igarapé de Itapici, hay otra banda desconocida. Tales son los datos que pude recoger en 1938 entre los buscadores de caucho que estaban en la región desde la época de las exploraciones de Rondón, el cual, en sus relatos sobre los tupí-kawaíb, sólo dio informaciones fragmentarias.

En mis conversaciones con los tupí-kawaíb civilizados del puesto de Pimienta Bueno, los nombres de clanes ascendieron a veinte. Por otra parte, las investigaciones de Kurt Nimuendajú —erudito y etnógrafo— aclaran un poco el pasado de la tribu. El término «kawaíb» recuerda el nombre de una antigua tribu tupí, los cabahiba, a menudo citada en los documentos de los siglos xviii y xix y localizada entonces en el curso superior y medio del río Tapajoz. Parece que ésta fue progresivamente desplazada del lugar por otra tribu tupí, los mundu-rucú, y que desplazándose hacia el oeste se deshizo en varios grupos, de los cuales sólo se conocen a los parantintin, en el curso inferior del Machado, y los tupí-kawaíb, más al sur. Por lo tanto, hay grandes posibilidades de que esos indios sean los descendientes de las grandes poblaciones tupí del curso medio e inferior del Amazonas, éstas mis-mas emparentadas con las de la costa, que los viajeros de los siglos xvi y xvii conocieron en su época de esplendor. Los relatos de dichos viajeros se ubican en el comienzo de la toma de conciencia etnográfica de los tiempos modernos: por su involuntaria influencia, la filosofía política y moral del Renacimiento tomó el camino que la conduciría a la Revolución Francesa. Ser quizás el primero en penetrar en una aldea tupí aún intacta era unirse, a una distancia de cuatrocientos años, con Léry, Staden, Soares de Souza, Thevet, y hasta Montaigne, quien meditó en los Essais —en el capítulo sobre los caníbales— acerca de una conversación con indios tupí que encontró en Rouen. ¡Qué tentación!

Cuando Rodon tomó contacto con los tupí-kawaíb, los takwatip, bajo el impulso de un jefe ambicioso y enérgico, extendían su hegemonía sobre muchas otras bandas. Después de meses en las soledades casi desérticas de la meseta, los compañeros de Rondón fueron «deslumbrados» por los «kilómetros» (el lenguaje del sertáo usa hipérboles con frecuencia) de plantaciones abiertas por la gente de Abaitara en la selva húmeda o en los igapós (orillas inundables), gracias a las cuales aquéllos pudieron abastecer sin dificultad a los exploradores, que hasta el momento habían vivido bajo la amenaza del hambre.

Dos años después de haberlos encontrado, Rondón persuadió a los takwatip para que trasladaran su aldea a la orilla derecha del Machado; al lugar indicado siempre como aldeia dos indios, frente a la embocadura del río Sao Pedro (11,5°S y 62,3°O), en la Carta Internacional del Mundo 1:1000000. Así era más cómodo para la vigilancia y el abastecimiento, y para asegurarse la colaboración de los indios como piragüeros, pues, en sus ligeras naves de corteza, ellos eran expertos navegantes por estos ríos cortados por rápidos y estrechos.

También conseguí que me describieran esa nueva aldea, hoy desaparecida. Como lo había notado Rondón cuando visitó la aldea de la selva, las chozas eran rectangulares, sin paredes, y consistían en una techumbre de palma a dos aguas, soportada por troncos plantados en tierra. Unas veinte chozas (de aproximadamente 4 x 6 m) se encontraban dispuestas sobre un círculo de veinte metros de diámetro, alrededor de dos habitaciones más espaciosas (18 X 14 m), una de las cuales estaba ocupada por Abaitara, sus mujeres e hijitos, la otra por su hijo más joven, casado. Los dos mayores, solteros, vivían, como el resto de la población, en chozas periféricas y, como los otros solteros, recibían la comida en la morada del jefe. Varios gallineros estaban dispuestos en el espacio libre entre las habitaciones centrales y las del perímetro.

Estamos lejos de las vastas moradas tupí que describen los autores del siglo xvi, y más aún de los 500 y 600 habitantes de la aldea de Abaitara. En 1925, Abaitara fue asesinado. La muerte de ese emperador del Alto Machado iba a abrir un período de violencias en una aldea ya reducida —por la epidemia de gripe de 1918-20— a 25 hombres, 22 mujeres y 12 niños. En el mismo año 1925, cuatro personas (entre ellas el asesino de Abaitara) encontraron la muerte en venganzas, frecuentemente de origen amoroso. Poco después los sobrevivientes decidieron abandonar la aldea y reunirse, a dos días de piragua río arriba, con el puesto de Pimenta Bueno; en 1938 su efectivo sólo era de cinco hombres, una mujer y una niñita, que hablaban en portugués rústico y aparentemente se confundían con la población neobrasileña del lugar. Parecía que la historia de los tupí-kawaíb había terminado, al menos en la orilla derecha del Machado, a excepción de un grupo irreductible de paranawat sobre la orilla izquierda, en el valle del río Muqui.

Sin embargo, al llegar a Pimenta Bueno en octubre de 1938, supe que tres años antes había aparecido en el río un grupo desconocido de tupí-kawaíb; se los vio dos años más tarde, y el último hijo sobreviviente de Abaitara (que se llamaba como su padre y será llamado así en este relato), instalado en Pimenta Bueno, se había ido a su aldea, aislada en plena selva, a dos días de marcha de la orilla derecha del Machado, y sin ningún sendero que condujera a ella. Entonces había obtenido del jefe de ese grupito la promesa de visitarlo con sus gentes el próximo año, es decir, más o menos en la época cuando nosotros mismos llegamos a Pimenta Bueno. Esta promesa era de gran importancia para los indígenas del puesto, pues, como no tenían mujeres (sólo una mujer adulta por cada cinco hombres), habían atendido particularmente al informe del joven Abaitara que señalaba un excedente de mujeres en la aldea desconocida. El mismo, viudo desde hacía tiempo, contaba con que el establecimiento de relaciones cordiales con sus salvajes congéneres le permitiría procurarse una esposa. En estas condiciones fue como, no sin resistencias (pues temía las consecuencias de la aventura), lo decidí a adelantar el encuentro y a servirme de guía.

El punto por donde debíamos penetrar en la selva para alcanzar a los tupí-kawaíb se encuentra a tres días de piragua del puesto de Pimenta Bueno, río abajo, en la embocadura del Igarapé do Porquinho. Es un fino arroyo que se vuelca en el Machado. No lejos de la confluencia localizamos un pequeño claro natural al abrigo de las inundaciones, pues la costa en ese lugar era más alta. Desembarcamos allí nuestro material: algunas cajas de presentes para los indígenas, y provisiones de carne desecada, porotos y arroz. Instalamos un campamento un poco más sólido que de costumbre, ya que debía durar hasta nuestra vuelta. El día transcurrió en esos trabajos y en la organización del viaje. La situación era bastante complicada. Como dije, me había separado de una parte de mi grupo. Para mayor desgracia,

Jean Vellard, nuestro médico, atacado de una crisis de paludismo, había tenido que adelantársenos hasta un pequeño centro de buscadores de caucho, donde estaba en reposo, a tres días de piragua río arriba (cuando se remontan esos ríos difíciles hay que doblar o triplicar el tiempo). Por lo tanto, nuestro efectivo quedaría reducido a Luis de Castro Faria —mi compañero brasileño—, Abaitara, yo y cinco hombres, dos de los cuales cuidarían el campamento y tres nos seguirían a la selva. Limitados de esa manera, y cada uno con su hamaca, mosquitero y frazada, amén de sus armas y municiones, ni pensar en cargarse de víveres, salvo un poco de café, carne seca y farinha d'agua (hecha con mandioca pisada en el río —de allí su nombre— y luego fermentada; se presenta en forma de pedazos duros como arena gruesa pero que, convenientemente empapados, desprenden un sabroso gusto a manteca). Fuera de eso, contamos con los tocan (nueces del Brasil), abundantes en esos parajes, y de las cuales un solo ourigo ('erizo', cascara esférica y dura que puede matar a un hombre si cae desde las ramas de 20 o 30 m de altura), sostenido entre los pies y diestramente golpeado con un tergado, proporciona a varias personas un alimento de 30 o 40 gordas nueces triangulares de pulpa lechosa y azulada.

La partida tiene lugar antes del alba. Primero atravesamos los lageiros, espacios casi descarnados donde la roca de la meseta que se hunde progresivamente bajo el suelo aluvional todavía aflora en placas; luego campos de altas hierbas lanceoladas, los sapesais. Al cabo de dos horas, penetramos en la selva.

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