Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios

Octava Parte. Tupi-Kawaib

30. En piragua

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEn junio dejé Cuiabá. Ahora estamos en setiembre. Desde hace tres meses deambulo a través de la meseta, acampando con los indios mientras los animales descansan, o revisando las etapas cumplidas mientras me interrogo sobre el sentido de mi empresa; el paso entrecortado de mi mula mantiene mis magulladuras, tan familiares que en cierto modo se han incorporado a mi ser físico, y las extrañaría si no las encontrara cada mañana. La aventura se diluyó en el aburrimiento. Durante semanas, la misma sabana austera se extiende ante mis ojos; tan árida, que las plantas vivas se distinguen con dificultad de la hojarasca de algún campamento abandonado. Las huellas ennegrecidas de las fogatas parecen el fin natural de esa marcha unánime hacia la calcinación.

Fuimos de Utiarití a Juruena y después a Juina, Campos Novos y Vilhena; ahora avanzamos hasta los últimos puestos de la meseta: Tres Buritis y Barao de Melgado, que se encuentra al pie de aquélla. En casi todas las etapas perdemos uno o dos bueyes, vencidos por la sed o la fatiga, o hervado, es decir, envenenado por pastos tóxicos. Unos cuantos cayeron al agua con los equipajes mientras atravesábamos un río sobre un puentecillo podrido, y a duras penas pudimos salvar el tesoro de la expedición. Pero tales incidentes son raros; cada día se repiten los mismos gestos: instalación del campamento, de las hamacas y los mosquiteros, ubicación de los equipajes y de los bastos al abrigo de las termitas, vigilancia de los animales, y al día siguiente preparativos en orden inverso. O bien, cuando viene una banda indígena se establece una rutina diferente: recensamiento, nombres de las partes del cuerpo, términos de parentesco, genealogías, inventarios. Siento que me he transformado en burócrata de la evasión.

Hace cinco meses que no llueve y no hay caza. Felices cuando conseguimos matar algún loro escuálido o algón gordo lagarto tupi-nambís para hervirlo en nuestro arroz, o cuando podemos hacer hervir una tortuga terrestre en su caparazón o un tatú de carne aceitosa y negra. Por lo común hay que contentarse con xarque, esa misma carne secada preparada hace meses por un carnicero de Cuiabá: cada mañana desenrollamos al sol, para desinfectarlas, gruesas lonjas hormigueantes de gusanos, para encontrarlas probablemente en el mismo estado al otro día. Pero una vez alguien mató un cerdo salvaje; esa carne sanguinolenta nos pareció más embriagadora que el vino; devoramos casi una libra cada uno y entonces comprendí esa pretendida glotonería de los salvajes, citada por tantos viajeros como prueba de su grosería. Basta con haber compartido su régimen para conocer semejante hambre canina; cuando se aplaca, no se experimenta una sensación de hartazgo sino que se alcanza la felicidad.

Poco a poco, el paisaje se modificaba. Las viejas tierras cristalinas o sedimentarias que forman la meseta central dejaban lugar a suelos arcillosos. Después de la sabana comenzaban a atravesarse zonas de selva seca, con castaños (no los nuestros sino los del Brasil: Bertholletia excelsa) y copayeros, grandes árboles que segregan un bálsamo. Los arroyos, de límpidos, se transforman en barrosos, con aguas amarillas y pútridas. Por todas partes se notan hundimientos: cuchillas erosionadas al pie de las cuales se forman pantanos con sapézalis (hierbas altas) y buritizalis (palmerales). Las mulas corretean por sus flancos a través de campos de ananás salvajes, esos pequeños frutos de color amarillo anaranjado, con pulpa llena de gordas semillas negras, cuyo sabor se parece al del ananá de cultivo mezclado con la más rica frambuesa. Del suelo sube ese olor, olvidado desde hace meses, a cálida tisana chocolatada. No es otro que el olor de la vegetación tropical y la descomposición orgánica; un olor que súbitamente hace comprender cómo ese suelo puede dar nacimiento al cacao, así como en la alta Provenza, los hálitos de un campo de alhucema semimarchita explican que la misma tierra pueda también producir la trufa. Una nueva saliente conduce al borde de una pradera que cae a pique sobre el puesto telegráfico de Barao de Melgado: hasta donde da la vista, es el valle de Machado que continúa en la selva amazónica, la cual sólo se interrumpirá 1500 kilómetros más adelante, sobre la frontera venezolana.

En Baráo de Melgado había praderas de hierba verde rodeadas de selva húmeda donde resonaban los fuertes trompetazos del jacu, el pájaro-perro. Era suficiente con cazar dos horas allí para volver al campamento completamente cargados. Fuimos presa de un frenesí alimentario; pasamos tres días cocinando y comiendo. De aquí en adelante nada nos faltaría. Las reservas preciosamente ahorradas de azúcar y de alcohol se habían evaporado; al mismo tiempo probábamos comidas amazónicas, sobre todo los tocari o nueces del Brasil, cuya pulpa rallada es una crema blanca y untuosa que sirve para espesar las salsas. He aquí el detalle de esos ejercicios gastronómicos, tal como lo encuentro en mis apuntes:

— colibríes (que en portugués se dice beija-flor, 'besa-flor') asados «allo spiedo» y quemados al whisky;
— cola de caimán a la parrilla;
— loro asado y quemado al whisky;
— guiso de jacú en compota de frutas de la palmera assai;
— guiso de mutum (especie de pava salvaje) y brotes de palme ras con salsa de tocari y pimienta;
— jacú asado al caramelo.

Después de esos desenfrenos y de las abluciones no menos necesarias —pues a menudo pasamos varios días sin poder cambiarnos, ni sacarnos las botas y el casco— emprendí la tarea de hacer los planes para la segunda parte del viaje. En lo sucesivo preferiríamos los ríos a las picadas de la selva, invadidas por la vegetación. Además, sólo quedan diecisiete bueyes de los treinta y uno que llevamos al principio, y su estado es tal que no podrán continuar ni siquiera por terreno fácil. Nos dividiremos en tres grupos. Mi jefe de tropa y algunos hombres irán por tierra hasta los primeros centros de buscadores de caucho, donde esperamos vender los caballos y una parte de las mulas. Otros hombres se quedarán en Baráo de Melgado con los bueyes, para que éstos se recuperen en los pastaderos de capim-gordura; Tiburcio, su viejo cocinero, los mandará, tanto más de buen grado cuanto que es querido por todos; lo llaman preto na feigao, branco na acgao, «negro por el color, blanco por el valor», pues es notoriamente mestizo de africano. El paisano brasileño, como se ve, no está libre de prejuicios raciales. En Amazonia, una muchacha blanca cortejada por un negro grita: «¿Soy una carroña tan blanca para que un urubú venga a descolgarse sobre mis tripas?». De esa manera evoca el espectáculo habitual de un cocodrilo muerto, a la deriva por el río, mientras un ave de rapiña de plumas negras navega durante días sobre el cadáver y se alimenta de él.

Cuando los bueyes se restablezcan la tropa volverá sobre sus pasos hasta Utiarití; pensamos que sin dificultad, pues los animales quedarán liberados de sus cargas, y las lluvias, ahora inminentes, habrán transformado el desierto en pradera. Finalmente, el personal científico de la expedición y los últimos hombres se encargarán de los equipajes, que conducirán en piragua hasta las regiones habitadas, donde nos dispersaremos. Yo personalmente cuento con pasar a Bolivia por el Madeira, atravesar la región en avión, volver a Brasil por Corumbá y de allí ganar Cuiabá y luego Utiarití alrededor del mes de diciembre, tiempo en que volveré a encontrar a mi comitiva—mi equipo y mis animales— para liquidar la expedición.

El jefe del puesto de Melgado nos presta dos galiotes —livianas barcas de tablas— y remeros; ¡adiós mula! Ahora sólo nos resta dejarnos llevar por el río Machado. A causa de los meses de sequía, la primera noche no nos preocupamos por cubrir nuestras hamacas; las suspendimos entre los árboles del ribazo. La tempestad se desencadenó en plena noche con el estrépito de un caballo al galope; aun antes de despertarnos las hamacas se transformaron en bañeras; a tientas desplegamos una lona para abrigarnos, pero fue imposible estirarla bajo ese diluvio. Ni pensar en dormir; agachados en el agua y soportando la tela con nuestras cabezas, debíamos vigilar constantemente los bolsillos que se llenaban, y volcar el agua antes de que penetrara. Para matar el tiempo los hombres contaban historias; recuerdo la que contó Emydio. Hela aquí:

Historia de Emydio

Un viudo tenía sólo un hijo, ya adolescente. Un día lo llama y le dice que ya es tiempo de casarse. «¿Qué hay que hacer para casarse?», pregunta el hijo. «Es muy simple —contesta su padre—; no tienes más que visitar a los vecinos y tratar de gustar a su hija.» «¡Pero no sé cómo se hace para gustar a una muchacha!» «¡Y bueno! ¡Toca la guitarra, sé alegre, ríe y canta!» El hijo se decide. Llega en el momento en que el padre de la señorita acaba de morir; su actitud es juzgada indecorosa y se lo echa a pedradas. Vuelve junto a su padre y se queja. El padre le explica qué conducta debe seguir en casos semejantes. El hijo vuelve a casa de los vecinos; justamente, están matando un cerdo. Pero, fiel a su última lección, solloza: «¡Qué tristeza! ¡Era tan bueno! ¡Lo queríamos tanto! ¡Jamás encontraremos uno mejor!» Exasperados, los vecinos lo echan. Cuenta a su padre esta nueva desventura y recibe de él las indicaciones sobre la conducta apropiada. A su tercera visita, los vecinos están ocupados en descocar el jardín. Siempre con una lección de atraso, el joven exclama: «¡Qué maravillosa abundancia! ¡Deseo que estos animales se multipliquen en vuestras tierras! ¡Que nunca os falten!» Lo echan.

Después de este tercer fracaso, el padre ordena a su hijo construir una cabana. Va a la selva para cortar la leña necesaria. El duende-lobo pasa por allí durante la noche y juzga el lugar a su gusto para edificar allí su morada; se pone a trabajar. Al día siguiente por la mañana el muchacho pasa por la obra y la encuentra muy avanzada; «Dios me ayuda», piensa satisfecho. Así, el muchacho de día y el duende de noche, edifican. La cabana queda terminada.

Para inaugurarla, el muchacho decide comerse un corzo y el duende un muerto. Uno trae el corzo durante el día, el otro el cadáver por la noche. Y cuando el padre viene al día siguiente para participar en el festín, ve sobre la mesa un muerto a guisa de asado: «Decididamente, hijo mío, nunca servirás para nada...»

Al día siguiente seguía lloviendo y llegamos al puesto de Pimenta Bueno achicando el agua de las barcas. Este puesto está situado en la confluencia del río que le da su nombre y el Machado. Se componía de unas veinte personas; algunos blancos del interior e indios de extracciones diversas que trabajaban en el mantenimiento de la línea: cabishí del valle del Guaporé y tupí-kawaíb del río Machado. Ellos me proporcionarían importantes informaciones. Algunas se referían a los tupí-kawaíb aún salvajes, que según ciertos relatos ya habían desaparecido completamente; volveré sobre esto. Los otros concernían a una tribu desconocida que vivía —según decían— a varios días de piragua, junto al río Pimenta Bueno. Inmediatamente resolví ir a verlos, pero ¿cómo? Se presentaba una circunstancia favorable; de paso por el puesto se encontraba un negro llamado Bahía, comerciante ambulante un poco aventurero, que todos los años cumplía un prodigioso viaje: descendía hasta el Madeira para procurarse las mercancías en los depósitos ribereños, remontaba el Machado en piragua y, durante dos días, el Pimenta Bueno. Allí, un camino por él conocido le permitía arrastrar durante tres días las piraguas y las mercancías a través de la selva, hasta un pequeño afluente del Guaporé donde podía evacuar su stock a precios tanto más exorbitantes cuanto que la región estaba muy desprovista. Bahía se declaró dispuesto a remontar el Pimenta Bueno más allá de su itinerario habitual si yo le pagaba en mercaderías y no en dinero. Buena especulación de su parte, ya que los precios mayoristas del Amazonas son superiores a los que yo había pagado en Sao Paulo. Le cedí varias piezas de franela roja: me había hartado de ella después de haber ofrecido una a los nambiquara en Vilhena: al día siguiente estaban cubiertos con ella de la cabeza a los pies, incluso los perros, los monos y los jabalíes domésticos; una hora más tarde, el placer de la comedia había terminado: los trozos de franela se arrastraban por el matorral y nadie más les hizo caso.

Dos piraguas que tomamos en el puesto, cuatro remeros y dos de nuestros hombres constituían nuestra tripulación. Estábamos listos para partir a esta aventura improvisada.

No existe perspectiva más excitante para un etnólogo que la de ser el primer blanco que penetra en una comunidad indígena. En 1938 esta recompensa suprema sólo podía obtenerse en pocas regiones del mundo, lo suficientemente escasas para poder contarlas con los dedos de una mano. Desde entonces esas posibilidades han disminuido más aún. Así, pues, yo reviviría la experiencia de los antiguos viajeros y, a través de ella, ese momento crucial del pensamiento moderno en que, gracias a los grandes descubrimientos, una humanidad que se creía completa y acabada recibió de golpe, como una contrarrevelación, el anuncio de que no estaba sola, de que constituía una pieza en un conjunto más vasto, y de que para conocerse debía contemplar antes su irreconocible imagen en ese espejo desde el cual una parcela olvidada por los siglos iba a lanzar, para mí solo, su primero y último reflejo.

Este entusiasmo, ¿se manifiesta aún en el siglo xx? Por poco que se conociera a los indios del Pimenta Bueno, yo no podía esperar que me conmovieran igual que a los grandes autores: Léry, Staden, Thevet, que pusieron su planta hace cuatrocientos años sobre territorio brasileño. Lo que ellos vieron entonces nunca más lo veremos nosotros. Las civilizaciones que ellos vieron por vez primera se habían desarrollado de acuerdo con líneas distintas de las nuestras; no por ello dejaron de alcanzar toda la plenitud y perfección compatibles con su naturaleza. Las sociedades que podemos estudiar hoy —en condiciones que sería ilusorio comparar con las que prevalecían hace cuatro siglos— sólo son cuerpos débiles y formas mutiladas. A pesar de enormes distancias y de toda especie de intermediarios (de una extrañeza a veces desconcertante cuando se llega a reconstruir la cadena), han sido alcanzadas por el monstruoso e incomprensible cataclismo que fue, para tan amplia e inocente fracción de la humanidad, el desarrollo de la civilización occidental; ésta se equivocaría si olvidara que este fenómeno le da un segundo rostro, no menos verídico e indeleble que el otro.

A excepción de los hombres, sin embargo, las condiciones del viaje eran las mismas. Después de la desesperante cabalgata a través de la meseta, me entregaba al encanto de esta navegación por un río risueño, cuyo curso es ignorado por los mapas, pero cuyos menores detalles me recordaban relatos que aprecio mucho.

Primeramente había que recordar el adiestramiento adquirido tres años atrás en el Sao Lourenzo: conocimiento de los diferentes tipos y méritos respectivos de las piraguas, talladas en un tronco de árbol o fabricadas con tablas de madera unidas, que según la forma y la talla se llaman montaria, canoa, ubá o igarité; el hábito de pasar horas arrodillados en el agua que se insinúa a través de las grietas de la madera, y que se evacúa continuamente con una pequeña calabaza; una extrema lentitud y mucha prudencia en cada movimiento provocado por la anquilosis, que puede hacer zozobrar la embarcación: agua nao tem cabelos ('el agua no tiene cabello'); el que cae por la borda, no tendrá de dónde asirse; en fin, la paciencia, frente a cada accidente del lecho del río, de descargar las provisiones y el material tan minuciosamente estibados, de transportarlos junto con las piraguas por la orilla rocosa para recomenzar la operación pocos cientos de metros más adelante.

Esos accidentes son de diversos tipos: secos, lechos sin agua; cachoeiras, rápidos; saltos, caídas. Cada uno es bautizado en seguida por los remeros con un nombre evocador: detalles del paisaje tales como castanhal, palmas, o un incidente de caza: veado, queixada, araras, u otro con una significación más personal al viajero: criminosa: 'la criminal'; encrenca: sustantivo intraducibie que expresa el hecho de estar 'atascado'; apertada hora: 'la hora constreñida' (con el sentido etimológico de «angustiosa»); vamos ver: 'vamos a ver'...

La partida nada tiene de inédito. Dejamos que los remeros cumplan los ritmos prescritos: primero una serie de golpecitos: pluf, pluf, pluf...; después la puesta en marcha, donde, entre los golpes de remo, se intercalan dos choques secos sobre el borde de la piragua: tra-pluf, tra; tra-pluf, tra...; en fin, el ritmo de viaje en el cual el remo sólo se hunde una vez de cada dos, retenido la vez siguiente por un simple acariciar de la superficie, pero siempre acompañado de un choque y separado del siguiente movimiento por otro choque: tra-pluf, tra, sh, tra; tra-pluf, tra, sh, tra... Así, los remos muestran alternativamente la cara azul y la cara anaranjada de su paleta, tan ligeros sobre el agua como el reflejo, al cual parecen reducirse, de los grandes vuelos de guacamayos que atraviesan el río, haciendo destellar todos juntos, a cada voltereta, su vientre de oro o su lomo azul. El aire ha perdido la transparencia de la estación seca. Al alba, todo se confunde en una gruesa espuma rosada, bruma matinal que sube lentamente del río. Ya hace calor, pero poco a poco esa temperatura indirecta se precisa. Antes era difusa y ahora es un golpe de sol sobre determinada parte de la cara o de las manos. Se comienza a saber por qué se suda. El rosado gana en matices. Surgen islotes azules. Parece como si la bruma se enriqueciera, aun cuando no hace más que disolverse.

Navegamos dificultosamente río arriba y los remeros deben descansar. La mañana transcurre en sacar del agua, por medio de una línea grosera cebada con bayas salvajes, la cantidad de peces necesaria a la peixada, que es la bullabesa amazónica: pacús amarillos de grasa, que se comen en tajadas, sosteniéndolas por el espinazo, como un hueso de chuleta; piracanjubas plateadas, de carne roja; dorados bermellón; cascudos, con una coraza tan fuerte como la de un bogábante, pero negra; piaparas tachonadas; mandí, piava curim-bata, jatuarama, matrinxao...; pero, cuidado con las rayas venenosas y los peces eléctricos —puraké— que se pescan sin cebo, pero cuya descarga derriba a un mulo; y... más aún con esos peces minúsculos que, según los lugareños, remontan el chorro y penetran en la vejiga del imprudente que se atreva a orinar en el agua... A veces a través del gigantesco moho verde que forma la selva sobre la orilla se vislumbra la animación súbita de una bandada de monos de mil nombres: guariba, aullador; coatá, con miembros de arácnidos, capuchino o mono «de clavo»; zog-zog, que una hora antes del alba despierta a la selva con sus llamadas: con sus grandes ojos de almendra, su porte altanero, su abrigo sedoso y fofo, parece un príncipe mongol; y todas las tribus de monitos: saguim (para nosotros 'tití'); macaco da noite: 'mono de noche', con ojos de gelatina oscura; macaco de cheiro: 'mono perfumado'; gogó de sol: 'gola de sol', etc. Basta una bala en medio de sus bandas saltarinas para abatir alguno casi con seguridad; asado, se vuelve una momia de niño con las manos crispadas, y en guiso tiene el sabor de la oca.

Hacia las tres de la tarde ruge el trueno, se oscurece el cielo, cuya mitad la lluvia oculta en seguida con una gran barra vertical. ¿Vendrá? La barra se estría y se deshilacha y del otro lado aparece un resplandor, dorado primero, luego de un azul lavado. La mitad del horizonte está aún ocupada por la lluvia. Pero las nubes se disuelven, la capa se reduce por la derecha y por la izquierda y finalmente se desvanece. No hay más que un cielo compuesto, formado por masas de azul-negro sobreimpresas en un fondo azul y blanco. Es el momento, antes de que se desencadene otra tormenta, de atracarnos en una costa donde la selva parezca un poco menos densa. Se abre rápidamente un pequeño claro con ayuda del machete: fagao o tergado; se inspeccionan los árboles despejados para ver si entre ellos no se encuentra algún pau de novato ('árbol del novicio': llamado así porque el desprevenido que ate a él su hamaca vería desparramarse sobre sí un ejército de hormigas rojas), algún pau d'alho (con olor a ajo) o también un canela merda (el nombre basta). Puede estar también, con suerte, la soveira, que por una incisión circular en el tronco vierta en pocos minutos más leche que una vaca, cremosa y espumosa, pero que si se la bebe cruda reviste insidiosamente la boca con una película gomosa; el aragá, de fruto violáceo, gordo como una cereza, con gusto a trementina y una acidez tan liviana que el agua con la que se la mezcla parece gaseosa; la ingá, con una vaina llena de una fina plumita azucarada; el bacuri, que es como una pera robada de las huertas del Paraíso; finalmente, el assai, delicia suprema de la selva, cuya decocción, cuando se bebe inmediatamente, es un espeso jarabe aframbuesado, pero que una noche después se coagula y se vuelve como un queso agrio con perfume a frutas.

Mientras unos se entregan a esos trabajos culinarios, los otros instalan las hamacas bajo cobertizos de ramas cubiertos por un ligero techo de palmas. Es el momento de las historias alrededor de la fogata, llenas todas de apariciones y de fantasmas: el lobishomem, duende-lobo; el caballo sin cabeza o la vieja con cabeza de esqueleto. Hay siempre en el grupo algún viejo garimpeiro que tiene nostalgias de esa vida miserable, siempre iluminada por la esperanza de la fortuna: «Yo estaba 'escribiendo' —es decir, colando la arena— y vi deslizarse en la artesa un granito de arroz, pero era como una verdadera luz. ¡Qué causa bounita!, 1 no creo que pueda existir cousa mais bounita... ¡Cuando se la miraba, era como si descargara electricidad en el cuerpo!». Se entabla una discusión: «Entre Rosario y Laranjal hay una piedra que brilla sobre una colina. Se la ve desde kilómetros de distancia, pero sobre todo durante la noche. —¿Quizá es cristal? —No, el cristal no alumbra durante la noche, sino el diamante. —¿Y nadie va a buscarlo? —¡Oh! Los diamantes como ése tienen marcadas desde mucho antes la hora de su descubrimiento y el nombre de su poseedor!».

Los que no desean dormir van a situarse, a veces hasta el alba, al borde del río, donde han descubierto las huellas del jabalí, del capivara o del tapir; intentan vanamente la caza con el batuque, que consiste en golpear el suelo con un bastón grande, a intervalos regulares: pum... pum... pum... Los animales creen que caen frutos y llegan, según parece, en un orden inmutable: primero el jabalí, luego el jaguar...

También suelen limitarse a alimentar el fuego durante la noche. Después de haber comentado los incidentes del día y haber tomado mate, a nadie le queda más por hacer que deslizarse en la hamaca, aislado por el mosquitero. Este se tiende por medio de un complicado juego de varillas y de piolines, medio capullo, medio barrilete, y su faldón debe levantarse desde adentro, para que ninguna parte roce el suelo; así, forma una especie de bolsillo que el pesado revólver mantendrá cerrado con su peso, al mismo tiempo que permanece al alcance de la mano. Poco después la lluvia empieza a caer.

Capítulo anterior Siguiente capítulo

Notas:

1. Respetando la pronunciación rústica de coisa bonita.