Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Quinta Parte. Caduveo

18. Pantanal

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussDespués de este bautismo, preparado para las verdaderas aventuras. La ocasión se presentaría en el período de las vacaciones universitarias, que en Brasil tienen lugar de noviembre a marzo, es decir, en la estación de las lluvias. A pesar de ese inconveniente, hice el proyecto de tomar contacto con dos grupos de indígenas, uno muy mal estudiado y quizá ya desaparecido en sus tres cuartas partes: los caduveo de la frontera paraguaya; el otro, más conocido pero aún lleno de promesas: los bororo, en el Mato Grosso central. Además, el Museo Nacional de Rio de Janeiro me sugería la inspección de un paraje arqueológico que se encontraba en mi camino y que desde hacía tiempo se mencionaba en los archivos sin que nadie hubiera podido ocuparse aún de él.

Desde entonces viajé muy a menudo de Sao Paulo al Mato Grosso, ya en avión, ya en camión, ya, finalmente, en tren o en barco. En 1935 y 1936 estos últimos fueron los medios de transporte que utilicé; en efecto, el yacimiento del que acabo de hablar estaba cerca del ferrocarril, no lejos del punto terminal, al que alcanzaba en Porto Espe-ranca, sobre la margen izquierda del río Paraguay.

Hay poco que decir sobre este viaje agotador; primero la compañía ferroviaria de la Noroeste llevaba hasta Baurú, en plena zona pionera; allí se tomaba el «nocturno» de Mato Grosso, que atravesaba el sur del Estado. En suma, tres días de viaje en un tren de vapor a velocidad reducida, que se detenía a menudo y durante largo tiempo para abastecerse de combustible. Los vagones eran de madera y medianamente desunidos: al despertar, uno tenía la cara cubierta de una película de arcilla endurecida: el fino polvo rojo del sertáo que se insinuaba en cada arruga y en cada poro. El coche comedor era ya fiel al estilo alimentario del interior: carne fresca o desecada, según la ocasión, arroz y habas negras con farinha para absorber el jugo; esta farinha era pulpa de maíz o de mandioca fresca, deshidratada al calor y triturada hasta formar un polvo grueso; finalmente, el sempiterno postre brasileño: una tajada de dulce de membrillo o de guayaba acompañado con queso. En todas las estaciones muchachitos vendían a los viajeros, por pocos centavos, ananás jugosos de pulpa amarilla que procuraban un refrigerio providencial.

Se entra en el Estado de Mato Grosso poco antes de la estación de Tres Lagoas atravesando el río Paraná, tan ancho que, a pesar de las lluvias que ya han comenzado, todavía permite en muchos lugares ver el fondo. En seguida comienza un paisaje que se me hará a la vez familiar, insoportable e indispensable durante mis años de viaje por el interior, pues es característico de Brasil desde el Paraná hasta la cuenca amazónica: mesetas sin modelado o débilmente onduladas, horizontes lejanos, vegetación matosa, de tanto en tanto manadas de cebúes que se desbandan al paso del tren. Muchos viajeros caen en un contrasentido cuando traducen Mato Grosso por «selva grande»: la palabra 'selva' se expresa con el femenino mata, en tanto que el masculino expresa el aspecto complementario del paisaje sudamericano. Por lo tanto, Mato Grosso es exactamente «matorral grande», y ningún término podría ser más apropiado para esta comarca salvaje y triste, pero cuya monotonía tiene algo de grandioso y exaltante.

Es verdad que también traduzco sertáo por «matorral», pero el término tiene una connotación diferente. Mato se refiere a un carácter objetivo del paisaje: el matorral en su contraste con la selva; en tanto que sertáo se refiere a un aspecto subjetivo: el paisaje en su relación con el hombre. El sertáo designa por lo tanto el matorral cuando se opone a las tierras habitadas y cultivadas: son las regiones donde el hombre no posee instalación duradera. La jerga colonial quizá tiene un equivalente exacto en bled.

A veces la meseta se interrumpe para dejar lugar a un valle boscoso, herboso, casi risueño bajo el cielo liviano. Entre Campo Grande y Aquidauana, una fractura más profunda deja aparecer los farallones flamígeros de la sierra de Maracajú, cuyas gargantas, ya en Corrientes, abrigan un garimpo, es decir, centro de buscadores de diamantes. Y he aquí que todo cambia. Una vez que Aquidauana se deja atrás se entra en el pantanal, el aguazal más grande del mundo, que ocupa la cuenca del río Paraguay.

Desde el avión, esta región de ríos que serpentean a través de las tierras planas es un espectáculo de arcos y meandros donde se estancan las aguas. El lecho mismo del río aparece rodeado de curvas pálidas, como si la naturaleza hubiera titubeado antes de darle su actual y temporario trazado. En el suelo, el pantanal se vuelve un paisaje de ensueño donde los rebaños de cebúes se refugian en la cima de los cerros como sobre arcos flotantes; en tanto que, en los pantanos anegados, las bandadas de grandes pájaros —flamencos, garcetas, garzas reales— forman islas compactas, blancas y rosas, menos plumosas aún que el follaje en abanico de las palmeras caranda, que en sus hojas segregan una preciosa cera, y cuyos bosquecillos diseminados son los únicos en romper la perspectiva engañosamente risueña de ese desierto acuático.

El lúgubre y mal llamado Porto Esperanza subsiste en mi memoria como el paraje más lúgubre que pueda encontrarse en la superficie del globo, con excepción quizá de Fire Island en el Estado de Nueva York, cuyo recuerdo suelo unir al anterior, pues ambos lugares ofrecen la analogía de juntar los datos más contradictorios, pero en claves diferentes. Ambas expresan el mismo absurdo geográfico y humano, aquí cómico, allá siniestro.

¿Habrá Swift inventado Fire Island? Es una flecha de arena desprovista de vegetación que se extiende a lo largo de Long Island. Toda ella se va en largo; no tiene ancho: 80 kilómetros en un sentido, 200 o 300 metros en otro. Del lado del océano el mar es libre pero tan violento que uno no se anima a bañarse; hacia el continente, apacible pero tan poco profundo que no es posible sumergirse. Así, uno pasa el tiempo pescando peces no comestibles; hay avisos a intervalos regulares a lo largo de las playas, que intiman a los pescadores a que los entierren en la arena una vez que los sacan del agua para evitar que se pudran. Las dunas de Fire Island son tan inestables y tan precario su emplazamiento sobre el agua, que otros avisos prohiben caminar sobre ellas por temor a que se hundan. Aquí, al revés de Venecia, la tierra es fluida y los canales sólidos: para poder circular, los habitantes de Cherry Grove, aldea que ocupa la parte media de la isla, deben recurrir obligatoriamente a una red de pasadizos de madera que constituyen una vialidad sobre estacas.

Para completar el cuadro, Cherry Grove está principalmente habitada por parejas masculinas atraídas sin duda por la inversión general de todos los términos. Como en la arena sólo crece la hiedra venenosa, en forma de anchas placas, hay que abastecerse una vez por día en la tienda del único comerciante instalado al pie del desembarcadero. En las callejuelas, más altas y más estables que la duna, se ven parejas estériles que regresan a su cabana empujando cochecitos (únicos vehículos compatibles con la estrechez de las vías) ocupados sólo por las botellas de leche del week-end, que ningún niño tomará.

Fire Island da la impresión de una bufonada alegre, de la que Porto Esperanca proporciona una réplica al estilo de una población aún mejor condensada. Nada justifica su existencia excepto la estación terminal, contra el río, de una línea ferroviaria que atraviesa 1 500 kilómetros de un país deshabitado en sus tres cuartas partes; a partir de allí, las relaciones con el interior sólo se hacen por barco, y los rieles se interrumpen sobre un ribazo barroso, apenas consolidado por las tablas que sirven de desembarcadero a los pequeños vapores fluviales.

No hay otra población que los empleados de la línea, ni otras casas que las suyas. Son barracas de madera construidas en pleno pantano. Se llega a ellas por medio de tablas vacilantes que surcan la zona habitada. Nos instalamos en un chalet que la compañía pone a nuestra disposición: caja cúbica que hace las veces de pequeña habitación suspendida sobre altos pivotes, a la que se sube mediante una escala. La puerta se abre al vacío por encima de una vía muerta; al alba nos despierta súbitamente el pito de la locomotora que nos servirá de vehículo particular. Las noches son penosas: el calor húmedo, los gordos mosquitos de los pantanos que asaltan nuestro refugio, y hasta los mosquiteros cuya concepción tan sabiamente estudiada antes de la partida se revela ahora defectuosa, todo contribuye a hacer el sueño imposible. A las cinco de la mañana, cuando la locomotora trasfunde vapor a través de nuestro delgado suelo, el calor de la jornada anterior está aún allí. Nada de bruma, a pesar de la humedad, sino un cielo plomizo, una atmósfera como entorpecida por un elemento suplementario que parecería haberse agregado al aire para volverlo irrespirable. Felizmente la locomotora va rápido y, sentados al aire, balanceando las piernas por encima de la barredera, conseguimos sacudir la indolencia nocturna.

La única vía (pasan dos tres por semana), andamio frágil que la locomotora parece propensa a abandonar a cada instante, está sumariamente plantada a través del pantano. A uno y otro lado de los rieles, un agua fangosa y repugnante exhala una hediondez insípida. Sin embargo, es esta agua la que beberemos durante semanas.

Por todas partes se elevan arbustos espaciados, como en un huerto; el alejamiento los confunde en masas sombrías, mientras que bajo sus ramas el cielo reflejado por el agua .produce manchas reverberantes. Parece como si todo se gestara lentamente en una tibieza propia a lentas maduraciones. Si pudiéramos permanecer durante milenios en este paisaje prehistórico y percibir su flujo, asistiríamos sin duda a la transformación de las materias orgánicas en turba, en hulla o en petróleo. Hasta creí ver que este último surgía a la superficie, tiñendo el agua de irisaciones delicadas. Nuestros peones se rehusaban a admitir que nos tomábamos, y les exigíamos a ellos, tanto trabajo por unos pocos cachivaches; alentados por el valor simbólico que adjudicaban a nuestros cascos de corcho, emblema de los «ingenieros», concluían que la arqueología servía de pretexto para cáteos más importantes.

A veces, el silencio era turbado por animales a quienes el hombre no asustaba mucho: un veado, asombrado corzo de cola blanca, grupos de emus —pequeños avestruces— o los blancos vuelos de garcetas que rozaban la superficie del agua.

En el camino, los trabajadores alcanzan la locomotora y se trepan junto a nosotros. Alto: es el kilómetro número 12; la vía secundaria se interrumpe, ahora hay que alcanzar la obra a pie. Se la ve desde lejos, con su aspecto característico de capáo.

Contrariamente a lo que parece, el agua del pantanal es ligeramente corriente; arrastra conchillas y limo que se acumulan en los puntos donde arraiga la vegetación. Así, el pantanal se encuentra salpicado de matas de verdor llamadas capóes, donde los antiguos indios levantaban sus campamentos, y donde se descubren sus rastros.

Así pues, diariamente llegábamos a nuestro capáo por un sendero arbolado que habíamos fabricado con traviesas amontonadas cerca del camino; allí pasábamos jornadas agobiantes, respirando penosamente y bebiendo el agua del pantano recalentado por el sol. Al crepúsculo venía a buscarnos la locomotora o también uno de esos vehículos llamados zorras, impulsados por obreros que, de pie en las cuatro esquinas, golpean con un botador en el balastro como gondoleros. Cansados y sedientos, volvíamos, para no dormir, al páramo de Porto Esperanca.

Unos cien kilómetros más adelante se encontraba una explotación agrícola que habíamos elegido como base para alcanzar desde allí a los caduveo. La Fazenda francesa, como se la llamaba en la línea, ocupaba una franja de alrededor de 50 000 hectáreas por donde el tren andaba durante 120 kilómetros. Por esta extensión de maleza y de pastos secos vagaba un lote de 7000 cabezas (en zona tropical, de 5 a 10 hectáreas son justamente suficientes para cada animal) periódicamente exportado hacia Sao Paulo, gracias al ferrocarril que hacía dos o tres paradas en los límites del dominio. (La que servía a la estancia se llamaba Guaycurús, como recuerdo de las grandes tribus belicosas que antaño reinaron sobre estas comarcas y de las cuales los caduveo son los últimos sobrevivientes en territorio brasileño.)

La explotación era llevada por dos franceses junto con algunas familias de vaqueros. No recuerdo el nombre del más joven; el otro, que se acercaba a los cuarenta, se llamaba Félix R. —don Félix, como se le decía familiarmente—. Murió hace algunos años, asesinado por un indio.

Nuestros huéspedes habían crecido o habían servido durante la Primera Guerra Mundial; su temperamento y sus aptitudes los destinaban a transformarse en colonos marroquíes. Yo no sé qué especulaciones lucrativas los llevaron a una aventura más incierta en una región desheredada del Brasil. Sea lo que fuere, diez años después de su fundación la Fazenda francesa se extinguía, a causa de la insuficiencia de los primeros capitales absorbidos por la compra de tierras, sin margen disponible para el mejoramiento del ganado y el equipamiento. En un vasto bungalow a la inglesa, nuestros huéspedes llevaban una vida austera, mitad criadores de ganado, mitad almaceneros. En efecto, el despacho de la fazenda representaba el único centro de aprovisionamiento en 100 kilómetros a la redonda, o más o menos. Los empregados, es decir, los empleados —trabajadores o peones—, venían allí a gastar con una mano lo que habían ganado con la otra; un juego de libros permitía transformar su crédito en deuda, y en este sentido toda la empresa funcionaba casi sin dinero. Como los precios de las mercaderías eran fijados, de acuerdo con la costumbre, al doble o al triple de lo normal, el negocio hubiera podido marchar bien si este aspecto comercial no hubiera sido secundario. Los sábados había algo de lastimoso en el espectáculo de los obreros que volvían con un montoncito de caña de azúcar, lo prensaban en el engenho de la fazenda —máquina hecha con troncos groseramente descortezados, donde los tallos de caña son aplastados por la rotación de tres cilindros de madera— y hacían evaporar el jugo al fuego en grandes baldes de lata antes de colarlo en los moldes, donde se cuajaba en bloques descoloridos de consistencia granulosa: la rapadura. Depositaban entonces el producto en el almacén y allí, transformados en compradores, iban a adquirirlos a alto precio esa misma noche para ofrecer a sus niños esa única golosina del sertáo.

Nuestros huéspedes tomaban filosóficamente ese oficio de explotadores; sin contacto con sus empleados fuera del trabajo y sin vecinos de su clase (ya que entre ellos y las plantaciones más próximas en la frontera paraguaya se extendía la reserva indígena) se imponían una vida muy estricta cuya observancia era, sin duda, la mejor protección contra el desaliento. Las únicas concesiones al continente eran la ropa y la bebida; en esa región fronteriza donde se mezclaban las tradiciones brasileña, paraguaya, boliviana y argentina, habían adoptado la vestimenta de la pampa: sombrero boliviano de paja morena finamente trenzada, con anchos bordes vueltos hacia arriba y casquete alto, y el chiripá, especie de pañal para adultos, de algodón de colores suaves, rayado de malva, rosa o azul, que deja los muslos y las piernas desnudos fuera de las botas blancas, de gruesa tela, que suben hasta las pantorrillas. Los días más frescos, reemplazan el chiripá por la bombacha: pantalones ahuecados a la zuava, ricamente bordados en los flancos.

Casi todas sus jornadas transcurrían en el corral para «trabajar» los anímales, es decir, examinarlos y escogerlos para su venta en ocasión de reuniones periódicas. Envueltos en una tempestad de polvo, los animales, dirigidos por los gritos guturales del capataz, desfilaban bajo la mirada de los amos para ser separados en varios rediles. Cebúes de largos cuernos, vacas gordas, terneros espantados, se pisoteaban en los pasadizos de tablas, donde a menudo algún toro se rehusaba a entrar. Cuarenta metros de correa finamente trenzada pasan entonces dando vueltas vertiginosamente sobre la cabeza del lacoeiro mientras parece que en un mismo instante el animal cae y el caballo triunfante se encabrita.

Pero dos veces por día —a las once y media de la mañana, y a las siete de la tarde— todo el mundo se reunía bajo la pérgola que rodeaba las habitaciones para el rito bicotidiano del chimarráo, es decir, el mate con bombilla. Se sabe que el mate es un arbusto de la misma familia que nuestra encina, cuyas ramas, ligeramente tostadas al humo de un fogón subterráneo, se muelen hasta formar un polvo grueso, del color de la reseda, que se conserva largo tiempo en barriles. Hablo del verdadero mate, pues el producto que se vende en Europa bajo este nombre generalmente ha sufrido tan maléficas transformaciones que ha perdido toda semejanza con el original.

Hay muchas maneras de tomar mate. Durante el transcurso de expediciones, agotados y demasiado impacientes por gozar del alivio instantáneo que ocasiona, nos conformábamos con echar un grueso puñado en agua fría que hacíamos hervir en seguida, pero que retirábamos del fuego a la primera ebullición, porque si no el mate pierde todo su sabor —esto es lo más importante—. A esto se le llama cha de mate, infusión al revés, verde oscuro, y casi aceitosa, como una taza de café fuerte. Cuando el tiempo falta, uno se contenta con el tereré, que consiste en aspirar con una pipeta el agua fría, con la que se riega un puñado de polvo. También se puede, si se teme el gusto amargo, preferir el mate doce, a la manera de las bellas paraguayas; en este caso hay que acaramelar el polvo mezclándolo con azúcar sobre un fuego vivo, inundar luego esta mezcla con agua hirviente y tamizar. Pero no conozco ningún aficionado al mate que no ponga al chimarráo por encima de todas estas recetas; es a la vez un rito social y un vicio privado, como se practicaba en la fazenda.

Se sientan en círculo alrededor de una niña, la china, que tiene una «pava», un calentador y la cuia, que puede ser una calabaza con un orificio bordeado de plata, o —como en Guaycurús— un cuerno de cebú esculpido por un peón. El receptáculo está lleno de polvo hasta los dos tercios y la niña lo va embebiendo con agua hirviente; cuando la mezcla se hace pasta, la agujerea con una bombilla de plata (terminada en su parte inferior por un bulbo lleno de orificios) y cuidadosamente perfilado un vacío para que la bombilla repose en el fondo, en una menuda gruta donde se acumulará el líquido; el tubo debe conservar el juego exacto como para que el equilibrio de la masa pastosa no se vea comprometido y para permitir que el agua se mezcle adecuadamente. Una vez que el chimarráo se dispone de esa manera, sólo queda saturarlo de líquido antes de ofrecerlo al dueño de casa; después de sorber dos o tres veces, éste devuelve el recipiente y la misma operación se repite para cada uno de los participantes, primero los hombres y luego las mujeres, si las hay. Las vueltas continúan hasta que la «pava» se agota.

Los primeros sorbos procuran una sensación deliciosa —por lo menos al que está habituado, pues el principiante se quema— que viene del contacto un poco untuoso de la plata escaldada, el agua efervescente, rica de una espuma nutritiva, amarga y olorosa a la vez, como una selva entera concentrada en unas gotas. El mate contiene un alcaloide análogo a los del café, el té y el chocolate, pero cuya dosificación (y el semiverdor del vehículo) explica quizá la virtud apaciguadora y al mismo tiempo vigorizante. Después de algunas vueltas el mate se vuelve insípido, pero prudentes exploraciones permiten alcanzar, con la bombilla, sinuosidades aún vírgenes que prolongan el placer en otras tantas pequeñas apariciones de amargor. En verdad, el mate debe colocarse muy por encima de la guaraná amazónica (de la que hablaré en otra parte) y más aún de la triste coca de la meseta boliviana, esa rumiación de hojas desecadas rápidamente reducidas al estado de bolita fibrosa con gusto a tisana, que insensibiliza la mucosa y transforma la lengua del masticador en un cuerpo extraño. Sólo se puede comparar con el abundante chicote de betel, atiborrado de especias, aunque enloquezca al paladar desprevenido con una aterradora salva de sabores y perfumes.

Los indios caduveo vivían en las tierras bajas de la margen izquierda del río Paraguay, separados de la Fazenda francesa por las colinas de la Serra Bodoquena. Nuestros huéspedes los tenían por perezosos y degenerados, ladrones y borrachos, y los expulsaban ásperamente de los pastaderos cuando intentaban penetrar en ellos. Nuestra expedición les parecía condenada de antemano, y a pesar de la ayuda generosa que nos dieron y sin la cual no hubiéramos podido realizar nuestro propósito, la miraban con desaprobación. ¡Cuál no fue su estupor cuando nps vieron volver, algunas semanas más tarde, con bueyes tan cargados como los de una caravana: grandes jarros de cerámica pintada y grabada, cueros de venados iluminados de arabescos, maderas esculpidas que representaban un panteón desaparecido...! Fue una revelación que provocó en ellos un singular cambio: en ocasión de una visita que don Félix me hizo en Sao Paulo dos o tres años después, creí entender que él mismo y su compañero, tan altaneros antes con la población local, habían —como dicen los ingleses— gone native: el pequeño salón burgués de la fazenda estaba ahora tapizado de pieles pintadas, con alfarerías indígenas en todos los rincones; nuestros amigos jugaban al bazar sudanés o marroquí, a la manera de los buenos administradores coloniales, tal como hubieran debido ser; los indios, transformados en sus proveedores titulares, eran recibidos en la fazenda, donde se los albergaba por familias enteras a cambio de sus objetos. ¿Hasta dónde llegó esta intimidad? Resultaba muy difícil creer que hombres célibes pudieran resistir, conociéndola, la atracción de las muchachitas indígenas, semidesnu-das en los días de fiesta, con el cuerpo pacientemente decorado de finas volutas negras o azules que parecían confundir su piel con una vaina de precioso encaje. Sea como fuere, hacia 1944 o 1945 según creo, don Félix cayó finalmente abatido por uno de sus nuevos familiares, quizá no tanto víctima de los indios como de la perturbación en que diez años antes lo había sumergido la visita de etnógrafos principiantes.

El almacén de la fazenda nos proporcionó los víveres: carne desecada, arroz, habas negras, harina de mandioca, mate, café y rapadura. También nos prestaron las monturas: caballos para los hombres y bueyes para los equipajes, pues llevábamos material de intercambio pensando en las colecciones que reuniríamos: juguetes de niños, collares de abalorios, espejos, brazaletes, anillos y perfumes; en fin, piezas de tela, mantas, vestidos y herramientas. Algunos trabajadores de la fazenda nos servirían de guías, aunque bien contra su voluntad pues los apartaríamos de sus familias durante las fiestas navideñas.

En las aldeas nos esperaban; desde nuestra llegada a la fazenda hubo vaqueiros indios que partieron a anunciar la visita de extranjeros portadores de presentes. Esta perspectiva inspiraba diversas inquietudes a los indígenas; entre ellas predominaba la de que veníamos a tomar conta: a apoderarnos de sus tierras.

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