Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Octava Parte. Tupi-Kawaib

36. Seringal

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussLas dos especies principales de árboles de látex, hevea y castilloa, son llamadas respectivamente en la jerga local seringa y caucha; la primera es también la más importante; sólo crece en las inmediaciones de los ríos, cuyas orillas constituyen un dominio impreciso, concedido por una vaga autorización del gobierno, no a propietarios sino a «patrones»; estos patróes do seringal son los terratenientes de un depósito de víveres y provisiones diversas, ya a título independiente, ya, más a menudo, como concesionarios de un empresario o de una pequeña compañía de transporte fluvial que posee el monopolio de la navegación en el curso y los afluentes de un río. El buscador de caucho es, en principio, de manera significativa, un «cliente», y se denomina freguéz. Cliente de la tienda de la zona donde se instala, en la cual se compromete a comprar todas sus mercaderías, la aviagao (que no tiene nada que ver con la aviación), y a vender toda su cosecha, mediante el adelanto de sus herramientas y de una temporada de víveres, que se anota inmediatamente a su cuenta, contra el otorgamiento de un asentamiento llamado colocagao: grupo de itinerarios, las estradas, en forma de argolla, que llega por sus extremos a la choza construida sobre la orilla y que hace el servicio de los principales árboles productores ya localizados en la selva por otros empleados del patrón: el mateiro y el ajudante.

Todas las mañanas, temprano (pues se cree que conviene trabajar en la oscuridad), el seringueiro recorre uno de sus caminos provisto de la faca, cuchillo curvo, y de la coronga, lámpara que lleva fijada en su sombrero, a la manera de un minero. Incide las seringas según técnicas delicadas llamadas «de bandera» o «de espinazo de pescado», pues el árbol mal cortado corre el riesgo de secarse o de agotarse.

Hacia las diez de la mañana han sido trabajados de ciento cincuenta a ciento ochenta árboles; después de almorzar, el seringueiroregresa a su «camino» y recoge el látex que chorreó desde la mañana en los trozos de cinc fijados al tronco, cuyo contenido vuelca en una bolsa, que él mismo confeccionó con algodón basto impregnado de caucho. A la vuelta, hacia las cinco de la tarde, comienza la tercera fase o «engorde» de la bola de caucho que se está formando: la «leche» es lentamente incorporada a la masa ensartada en un palo transversal que se suspende por encima de una fogata. El humo la coagula en capas delgadas que se emparejan haciéndolas girar lentamente alrededor de su eje. Esta unidad se considera terminada cuando alcanza un peso estándar que oscila entre treinta y setenta kilos, según las regiones. La confección de una bola puede llevar varias semanas, cuando los árboles están cansados. Las bolas (de las que existen numerosas variedades según la calidad del látex y la técnica de fabricación) son depositadas a lo largo del río, adonde el patrón viene todos los años a recogerlas para comprimirlas en su depósito, haciendo peles de borracha ('pieles de caucho'); después las amarra en jangadas destinadas a disgregarse al saltar las caídas de agua para ser pacientemente reconstituidas al pie de éstas, hasta la llegada a Manaos o a Belem.

Así pues, para simplificar una situación a menudo compleja, el seringueiro depende del patrón, y éste de la compañía de navegación que fiscaliza las vías principales. Este sistema es una consecuencia de la baja de su cotización en bolsa, que se produjo a partir de 1910, cuando el caucho de plantación de Asia vino a competir con la cosecha silvestre brasileña. En tanto que la explotación propiamente dicha perdía su interés, salvo para los necesitados, el transporte fluvial seguía siendo tanto más remunerador cuanto que las mercaderías se venden en el seringal aproximadamente a cuatro veces su precio de mercado. Los más poderosos abandonaron el caucho para reservarse el flete que les daba el control del sistema sin los riesgos, pues el patráo está doblemente a merced del transportador, ya porque éste decida elevar sus tarifas, ya porque se rehuse a aprovisionarlo. Pues un patrón cuya tienda está vacía pierde sus clientes: desaparecen sin pagar la deuda o bien mueren de hambre en el lugar.

El patrón está en manos del transportador; el cliente, en las del patrón. En 1938, el caucho valía menos de cincuenta veces su propio precio del final del gran boom; a pesar de un alza temporaria de las acciones durante la última guerra mundial, la situación no ha mejorado en la actualidad. Según los años, la cosecha de un hombre, en el Machado, varía entre 200 y 1200 kilos. En la hipótesis más favorable, sus ingresos le permitían, en 1938, comprar más o menos la mitad de las mercaderías básicas: arroz, porotos negros, carne desecada, sal, balas de fusil, querosén y telas de algodón, que son indispensables para su supervivencia. La diferencia se cubre gracias a la caza, por una parte, y por otra, al endeudamiento que comenzó antes de su instalación y que se acrecienta casi siempre hasta su muerte.

Es útil transcribir aquí el presupuesto mensual de una familia de cuatro personas, tal como se establecía en 1938. Las variaciones de precio del kilo de arroz permitirán restablecerlo, si se desea, en valor oro:

  Precio en muréis
  unitario global
4 kilos de grasa de cocina 10,50 42,00
5 kilos de azúcar 4,50 22,50
3 kilos de café 5,00 15,00
1 litro de querosén 5,00 5,00
4 barras de jabón 3,00 12,00
3 kilos de sal (para la caza) 3,00 9,00
20 balas calibre 44 1,20 24,00
4 libras de tabaco 8,50 34,00
5 bloks de papel de cigarrillos 1,20 6,00
10 cajas de fósforos 0,50 5,00
100 gramos de pimienta (para saladuras) 3,00 3,00
2 cabezas de ajo 1,50 3,00
4 cajas de leche condensada (para bebés) 5,00 20,00
5 kilos de arroz 3,50 17,50
30 litros de "harina" de mandioca 2,50 75.00
6 kilos de xarque (carne desecada) 8,00 48,00
TOTAL 341,00

En un presupuesto anual hay que agregar los cortes de algodón, cada uno de los cuales valía —en 1938— de 30 a 120 muréis; el calzado: 40 a 60 muréis el par; el sombrero, 50 a 60 muréis, en fin, las agujas, los botones y el hilo, y los medicamentos que se consumen de manera asombrosa. Para dar una idea, el comprimido de quinina (se necesitaría uno por día para cada miembro de la familia) o de aspirina cuesta 1 muréis. Recordemos que en la misma época, en Machado, una «temporada» muy buena (la cosecha de caucho dura de abril a setiembre, pues la selva es intransitable durante las lluvias) proporciona 2400 muréis (la fina se vende en Manaos, en 1936, a 4 muréis el kilo más o menos, de lo cual el productor recibe la mitad). Si el seringueiro no tiene niños pequeños, si sólo come el producto de su caza y «harina» de mandioca que él mismo cultiva y fabrica al margen de su trabajo temporario, su presupuesto alimentario mínimo absorbe por sí solo esta entrada excepcional.

Ya sea o no dueño de su negocio, el patrón vive en el terror de la bancarrota, y ésta lo acecha si sus clientes desaparecen antes de haber reembolsado sus adelantos. Su contramaestre armado vigila el río. Pocos días después de haber dejado a los tupí-kawaíb, un extraño encuentro que tuvimos en el río quedará en mi recuerdo como la imagen misma del seringal; transcribo según mi diario de viaje, el 3 de diciembre de 1938: «Hacia las diez, el tiempo está gris y hace un calor húmedo. A nuestro encuentro viene una pequeña montariaconducida por un hombre flaco, su mujer —gorda mulata de cabello motoso— y un niño de unos diez años. Están agotados y la mujer termina sus frases llorando. Vuelven de una expedición de seis días por el Machandinho: once cachoeiras (caídas de agua) de las cuales una, Jaburu, exigió la varagao por térra (transporte de la embarcación), en busca de uno de sus freguezes que huyó con su compañera, llevando una piragua y sus cosas, después de haberse provisto de aviagao y haber dejado una nota diciendo que a mercadoria é muito cara e nao tem coragem do pagar a conta ('la mercadería es muy cara y no tiene el coraje de pagar la cuenta'). Los empleados del compadre Gaetano, enloquecidos por su responsabilidad, partieron en busca del fugitivo a fin de aprehenderlo y mandárselo al patrón. Llevan el rifle.»

«Rifle» es el nombre que dan a la carabina, a menudo un Winchester calibre 44, que sirve para cazar y eventualmente para otros usos.

Algunas semanas más tarde recogí el siguiente texto en un cartel, en la puerta de la tienda de la Calama Limitada, situada en la confluencia del Machado y del Madeira:

EL EXTRAORDINARIO ARTICULO DE LUJO

que incluye, grasa, manteca y leche
sólo serán vendidos a crédito con una orden
especial del patrón.En caso contrario sólo
serán vendidos a la vista,
dinero u otro artículo equivalente.

Inmediatamente después se leía este otro cartel:

EL CABELLO LACIO

¡Aun en las personas de color! Por más
motoso u ondulado que sea el cabello
hasta en las personas de color
se vuelve lacio por el uso continuo
de la novísima preparación Alisante.
En venta en «La Grande Bouteille»
rua Uruguayana, Manaos.

En efecto, el acostumbramiento a la enfermedad y a la miseria es tan grande que la vida del seringal no siempre es siniestra. Sin duda, está lejos el tiempo en que los altos precios del caucho permitían la construcción de mesones de madera en las confluencias; estrepitosos garitos donde los seringueiros perdían en una noche la fortuna de algunos años y partían al día siguiente para recomenzar, solicitando la aviagáo a un patráo compasivo. Yo vi una de esas ruinas, aún conocida con el nombre de Vaticano, evocadora de esplendores desaparecidos. El domingo iban allí vestidos con un pijama de seda rayada, sombrero blando y zapatos de charol, para escuchar a virtuosos que ejecutaban aires variados a tiros de revólveres de diversos calibres. Ya nadie puede comprar un pijama de lujo en el seringal. Pero esas jóvenes mujeres que llevan una existencia incierta de concubinato con los seringueiros continúan introduciendo un equívoco encanto. Eso se llama casar na igreja verde, 'casarse en la iglesia verde'. Esta mulherada, es decir, grupo de mujeres, se cotiza a veces para organizar un baile, dando cada una 5 muréis, o el café, o el azúcar, o prestando su barraca un poco más amplia que las otras, o su lámpara preparada para la noche. Llegan con vestido liviano, pintadas y peinadas, y cuando entran besan la mano de los amos de la casa. Pero los afeites no se usan tanto para dar la ilusión de belleza como para aparentar salud. Bajo el rojo y el polvo ellas disimulan su viruela, su tisis y su paludismo. Esa noche llegaron rozagantes, con zapatos de tacón alto, del barragáo de seringueiro donde están instaladas con el «hombre», harapientas y desgreñadas durante todo el resto del año. Pero de todas maneras han tenido que atravesar en vestido de fiesta dos o tres kilómetros de barro por los senderos de la selva. Y para adornarse se han lavado y vestido en los igarapés ('arroyos') sórdidos, bajo la lluvia, pues ha llovido durante todo el día. El contraste entre esas frágiles apariencias de civilización y la realidad monstruosa que espera en la puerta es estremecedor.

Los vestidos torpemente cortados hacen resaltar formas típicamente indias: senos muy altos y ubicados casi bajo las axilas, aplastados bajo la tensión de la tela que debe contener un vientre prominente; bracitos y piernas delgados, de lindo dibujo, muñecas y tobillos muy finos. El hombre, con pantalón de tela blanca, gruesos zapatos y saco de pijama, viene a invitar a su pareja (como se dijo más arriba, estas mujeres no están casadas: son companheiras; ya amasiadas, es decir 'en matrimonio', ya desocupadas, es decir 'disponibles'). La conduce de la mano hasta el medio del palanque de paja de babagu, alumbrada por una ruidosa lámpara de querosén, el farol. Titubean unos segundos esperando el tiempo fuerte marcado por la caracachá, la caja de clavos que agita un bailarín ocioso, y parten: 1, 2-3; 1, 2-3, etc. Los pies se arrastran por el piso montado sobre estacas, que resuena con cada frotamiento.

Se bailan ritmos de otra época. Sobre todo la desfeitera, compuesta de ritornelos entre los cuales la música del acordeón (que acompaña a veces al violáo y al cavaquinho) se detiene para permitir a todos los caballeros, cada uno a su turno, improvisar un dístico pleno de sobreentendidos chanceros o amorosos, a los cuales las damas deben, a su vez, responder de la misma manera, no sin dificultad, por otra parte, pues están confundidas (com vergonha); unas se niegan, ruborizándose, las otras pronuncian rápidamente una copla ininteligible, como niñitas recitando su lección. He aquí uno que improvisaron acerca de nosotros, una noche en Urupá:

Um é médico, outro professor, outro fiscal do Museu, escolhe entr'os tres qual é o seu.

[Uno es médico, otro profesor, otro inspector de Museo; elige entre los tres a aquel que será el tuyo.]

Felizmente, la pobre chica a la cual estaba destinado no supo qué responder.

Cuando el baile dura varios días, las mujeres cambian de ropa todas las noches.

Después que los nambiquara me hubieran llevado a la Edad de Piedra, no fue el siglo xvi lo que vi con los tupí-kawaíb sino, ciertamente, el xviii, tal como puede uno imaginárselo en los puertecitos de las Antillas o sobre la costa. Yo había atravesado un continente. Pero el término de mi viaje, tan próximo, se me hacía en primer lugar más patente por esta ascensión desde el fondo de los tiempos.

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