Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Primera Parte. El fin de los viajes.

3. Antillas

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussAlrededor de las dos de la tarde, Fort-de-France era una ciudad muerta; parecían deshabitadas las casuchas que bordeaban una larga plaza de palmeras y pasto, semejante a un terreno baldío, en medio del cual, como olvidada, se veía la estatua enmohecida de Josefina Tascher de la Pagerie (luego Beauharnais). Apenas instalados en un hotel desierto, el tunecino y yo, conmovidos aún por los acontecimientos de esa mañana, nos precipitamos a un coche de alquiler en dirección al Lazareto, para reconfortar a nuestros compañeros y, particularmente, a dos jóvenes alemanas que durante la travesía consiguieron darnos la impresión de tener gran prisa por engañar a sus maridos tan pronto como consiguieran lavarse. Desde ese punto de vista, el asunto del Lazareto aumentaba nuestra decepción.

Mientras el viejo Ford se alzaba en primera a lo largo de pistas accidentadas y yo, con alborozo, encontraba muchas especies vegetales que desde Amazonia me resultaban familiares, aun cuando aquí tuviera que aprender a designarlas de otra manera (caimita, por fruta do conde —algo parecido a un alcaucil dentro de una pera—, corrosol por graviola, papaya por mamao, sapotilla por mangabeira), evocaba las escenas penosas que acababan de producirse y trataba de relacionarlas con otras experiencias del mismo tipo. Para mis compañeros lanzados a la aventura luego de una existencia muchas veces pacífica, esta mezcla de maldad y estupidez aparecía como un fenómeno inaudito, único y excepcional, como la incidencia de una catástrofe internacional sin precedentes históricos sobre su persona individual y la de sus carceleros. Pero a mí, que había visto el mundo y que en los años precedentes había estado en medio de situaciones poco triviales, este género de experiencias no me resultaba del todo extraño. Sabía que lenta y progresivamente iban brotando como agua corrompida, de una humanidad saturada de su propio número y de la complejidad cada vez mayor de sus problemas, como si se le hubiera irritado la epidermis por el frotamiento con intercambios materiales e intelectuales acrecentados por la intensidad de las comunicaciones. En esta tierra francesa, la guerra y la derrota no habían hecho más que apresurar la marcha de un proceso universal, facilitando la instalación de una infección duradera que nunca desaparecería completamente, que recrudecería en un lugar al ceder en otro. Todas esas manifestaciones estúpidas, odiosas e ingenuas que los grupos sociales segregan como un pus cuando la distancia empieza a faltarles, no eran nuevas para mí.

Ayer mismo, por así decirlo, pocos meses antes de la declaración de la guerra y ya en camino a Francia, me paseaba en Bahía por la ciudad alta, de una a otra de las —según se dice— 365 iglesias: una por cada día del año, y cuyo estilo y decoración interior varían a imagen de los días y estaciones. Ocupado en fotografiar detalles de arquitectura, me veo perseguido por una banda de negritos semides-nudos que me suplican: «¡Tira o retrato! ¡Tira o retrato! («¡Sácanos una foto!»). Finalmente, conmovido por tan graciosa mendicidad —antes que unos centavos preferían una foto que jamás verían—, consiento en malgastar una placa para complacer a los niños. No he caminado ni cien metros cuando una mano cae sobre mi hombro: dos inspectores de civil que me siguen paso a paso desde que inicié mi paseo me informan que acabo de cometer un acto de hostilidad hacia el Brasil: esa foto, utilizada en Europa, podría sin duda acreditar la leyenda de que existen brasileños de piel negra y de que los muchachitos de Bahía andan descalzos. Fui arrestado; felizmente por poco tiempo, pues el barco iba a partir.

Decididamente, ese barco me traía mala suerte; pocos días antes había tenido tal aventura y ahora, he aquí que en el momento de embarcarme y todavía amarrado el barco en el puerto de Santos, un comandante de la marina brasileña, con gran uniforme y acompañado por dos marineros armados con fusiles y la bayoneta calada, me detiene en mi cabina apenas un momento después de subir. Allí, cuatro o cinco horas para dilucidar el misterio: la expedición franco-brasileña que yo había dirigido durante un año había sido sometida a la regla del reparto de las colecciones entre ambos países. Este reparto debía hacerse bajo el control del Museo Nacional de Rio de Janeiro, el cual notificó inmediatamente a todos los puertos del país que si yo, abrigando tenebrosos designios, trataba de escapar del país con un cargamento de arcos, flechas y tocados de plumas que excediera la parte atribuida a Francia, debían a cualquier precio detenerme. Pero, al volver la expedición, el Museo de Rio había cambiado de opinión y decidido ceder la parte brasileña a un instituto científico de Sao Paulo. Se me había informado que, como consecuencia de ello, la exportación de la parte francesa debería hacerse por Santos y no por Rio, pero como se olvidó que la cuestión había sido objeto de una reglamentación diferente un año atrás, fui declarado culpable, en virtud de viejas instrucciones que no recordaban sus autores, pero sí los encargados de ejecutarlas.

Felizmente, en esa época aún había en el fondo de todo funcionario brasileño un anarquista adormecido, mantenido por esas briznas de Voltaire y de Anatole France que hasta en el corazón del matorral sobrenadaban en la cultura nacional. («¡Ah, señor, usted es francés! ¡Ah, Francia, Francia! ¡Anatole, Anatole!», exclamaba conmovido, estrechándome en sus brazos, un anciano de una aldea interior del país, que jamás se había encontrado con uno de mis compatriotas.) Así, suficientemente experimentado para dedicar todo el tiempo necesario a la demostración de mis sentimientos deferentes hacia el Estado brasileño en general y la autoridad marítima en particular, me esmeré en tocar ciertas cuerdas sensibles; no sin éxito, ya que luego de unas horas de sudores fríos (las colecciones etnográficas estaban en los cajones, mezcladas con mi mobiliario y mi biblioteca, pues dejaba el Brasil definitivamente, y temí por un momento que se los hicera pedazos en los muelles mientras el barco levaba anclas) yo mismo era quien dictaba a mi interlocutor los términos ásperos de un informe en el cual él se atribuía, permitiendo mi partida y la de mi equipaje, la gloria de haber salvado a su país de un conflicto internacional y la consiguiente humillación.

Por otra parte, es posible que no hubiera actuado con tanta audacia si no hubiera estado aún bajo la influencia de un recuerdo que quitaba toda seriedad a los policías sudamericanos. Dos meses antes permanecí bloqueado con un compañero, el doctor J. A. Vellard, esperando una correspondencia que no llegaba, en una población de la baja Bolivia, donde debía cambiar de avión. En 1938, la aviación se parecía poco a lo que es actualmente. En regiones apartadas de América del Sur, saltando algunas etapas del progreso, se había instalado de lleno en el papel de galera para los lugareños que, hasta entonces, por falta de caminos, perdían varios días para dirigirse a la feria vecina, a pie o a caballo. Ahora, un vuelo de algunos minutos (pero a menudo con retraso de un número muy superior de días) les permitía transportar sus gallinas y sus patos, entre los cuales se viajaba acurrucado con la mayor frecuencia, pues los pequeños aviones estaban repletos de una abigarrada mezcla de paisanos descalzos, animales de corral y cajas demasiado pesadas o voluminosas para transitar por los senderos de la selva.

Así, pues, arrastrábamos nuestra desocupación por las calles de Santa Cruz de la Sierra (que tal era la ciudad), transformadas por la estación de las lluvias en torrentes fangosos que se vadeaban sobre grandes piedras colocadas a intervalos regulares, como pasos claveteados, verdaderamente infranqueables para los vehículos, cuando una patrulla notó nuestros rostros poco familiares; razón suficiente para detenernos. Mientras llegaba el momento de las explicaciones, nos encerraron en una pieza de un lujo inusitado; era un viejo palacio de gobernador provincial, con sus paredes recubiertas por boiseries que enmarcaban bibliotecas-vitrinas cuyos estantes se veían adornados por grandes volúmenes ricamente encuadernados, interrumpidos solamente por un tablero, también encuadrado y cubierto por un vidrio, que presentaba esta asombrosa inscripción caligrafiada: «Bajo pena de severas sanciones, está terminantemente prohibido arrancar páginas de los archivos para servirse de ellas con fines particulares o higiénicos. Toda persona que incurra en contravención será castigada».

En honor a la verdad, debo reconocer que mi situación en la Martinica mejoró gracias a la intervención de un alto funcionario de Puentes y Caminos, quien, detrás de una reserva un poco fría, disimulaba sentimientos distintos de los que se perciben en los medios oficiales; quizá también fue por mis frecuentes visitas a un periódico religioso, en cuyas oficinas los Padres de no sé qué Orden habían acumulado cajas llenas de vestigios arqueológicos que se remontaban a la ocupación india y que yo inventariaba en mis ratos de ocio.

Una vez entré en la Corte de Apelaciones, que se hallaba en sesión. Fue mi primera y última visita a un tribunal. Juzgaban a un campesino que durante una riña había mordido y arrancado un pedazo de oreja a un adversario. Acusado, querellante y testigos se expresaban en un criollo caprichoso cuya cristalina frescura, en semejante lugar, tenía algo de sobrenatural. Era traducida a tres jueces que, bajo el calor, soportaban mal unas togas rojas y unas pieles despojadas de su apresto por la humedad del ambiente. Esos hábitos maltrechos colgaban de sus cuerpos como apositos ensangrentados. En cinco minutos exactos el irascible negro se vio condenado a ocho años de prisión. Siempre asocio la justicia a la duda, al crepúsculo, al respeto. Que en un lapso tan breve se pudiera disponer de un ser humano con tal desenvoltura me llenó de estupor. No podía convencerme de que acababa de asistir a un acontecimiento real. Aún hoy, ningún sueño, por fantástico o grotesco que sea, consigue penetrarme de semejante sentimiento de incredulidad.

En cuanto a mis compañeros de a bordo, se vieron liberados gracias a un conflicto entre la autoridad marítima y los comerciantes. Si bien aquélla los consideraba como espías y traidores, éstos veían en ellos una fuente de provecho que la internación en el Lazareto, incluso pagada, no permitía explotar. Estas consideraciones tuvieron más peso que las otras y durante quince días todo el mundo quedó en libertad de gastar los últimos billetes franceses, bajo una vigilancia policial muy activa que tejía alrededor de todos, y particularmente de las mujeres, una red de tentaciones, seducciones y represalias. Al mismo tiempo se imploraban visaciones en el consulado dominicano y se coleccionaban falsos rumores sobre la llegada de hipotéticos barcos que debían sacarnos de allí. La situación cambió nuevamente cuando el comercio pueblerino, celoso de la prefectura, declaró que también tenía derecho a su parte de refugiados. De la mañana a la noche se dio residencia forzosa a todo el mundo en las aldeas del interior; una vez más escapé, pero, ansioso por seguir a mis buenas amigas hasta su nueva residencia al pie del Mont Pelé, tuve que agradecer a esta nueva maquinación policial inolvidables paseos por esa isla, de un exotismo mucho más clásico que el del continente sudamericano: oscura ágata herborizada en una aureola de playas de arena negra salpicada de plata, valles hundidos en una bruma lechosa que apenas dejan adivinar, por un goteo continuo, al oído más aún que a la vista, la gigantesca, plumosa y tierna espuma de los heléchos arborescentes sobre los fósiles vivientes de sus troncos.

Si bien hasta el momento había resultado favorecido en relación a mis compañeros, me preocupaba un problema que tengo que recordar aquí, ya que la redacción misma de este libro dependía de su solución; ésta, como veremos, no dejó de tener dificultades. Por todo patrimonio yo llevaba un baúl con los documentos de mis expediciones: ficheros lingüísticos y tecnológicos, diario de ruta, notas tomadas sobre el terreno, mapas, planos y negativos fotográficos: millares de hojas, fichas y clisés. Tan sospechoso conjunto había pasado la frontera al precio de un considerable riesgo para el portador. Después del recibimiento en la Martinica, deduje que no podía permitir que ni la Aduana, ni la policía ni la segunda oficina del Almirantazgo echaran siquiera un vistazo sobre lo que sin duda creerían instrucciones en clave (los vocabularios indígenas) y levantamientos de dispositivos estratégicos (los mapas, los esquemas y las fotos). Por lo tanto, decidí declarar mi baúl en tránsito y lo enviaron precintado a los depósitos de la Aduana. Así, pues, según me informaron luego, tendría que salir de la Martinica en un barco extranjero, donde el baúl sería trasbordado directamente (aun para conseguir esto tuve que desplegar muchos esfuerzos). Si pretendía dirigirme a Nueva York a bordo del D'Aumale (verdadero barco fantasma que mis compañeros esperaron durante un mes antes de que se materializara un buen día como un gran juguete de otro siglo, pintado de nuevo), el baúl tendría que entrar primeramente en la Martinica y luego volver a salir. Eso no podía ser. Así fue como me embarqué para Puerto Rico en un bananero sueco, de inmaculada blancura, donde durante cuatro días pude saborear, como recuerdo de tiempos ya concluidos, una travesía apacible y casi solitaria, ya que éramos solamente ocho pasajeros a bordo. Hacía bien en aprovecharlo.

Después de la policía francesa, la policía norteamericana. En cuanto pisé Puerto Rico descubrí dos cosas: durante el par de meses transcurridos desde la partida de Marsella, la legislación sobre inmigración había cambiado en los Estados Unidos, y los documentos que la New School for Social Research me había otorgado no correspondían ya a los nuevos reglamentos; además, y sobre todo, la policía norteamericana compartía en grado máximo las sospechas de la policía de la Martinica, de las que tanto me cuidara, con respecto a mis documentos etnográficos. Pues luego de haber sido tratado, en Fort-de-France, de judeo-masón a sueldo de los norteamericanos, tenía la compensación un poco amarga de comprobar que, desde el punto de vista de los Estados Unidos, existían verdaderas posibilidades de que yo fuera un emisario de Vichy y hasta de los mismos alemanes. Mientras se esperaba que la New School (a la cual yo había telegrafiado urgentemente) satisficiera las exigencias de la ley y, sobre todo, que llegara a Puerto Rico un especialista del F. B. I. que leyera francés (yo temblaba pensando en el tiempo que se necesitaría para descubrir un experto, pues mis fichas, en sus tres cuartas partes, incluían términos provenientes de dialectos casi desconocidos del Brasil central), los servicios de Investigación resolvieron internarme, a expensas de la compañía de navegación, en un hotel austero, dentro de la tradición española, donde me alimentaban con buey hervido y garbanzos, mientras dos policías indígenas muy sucios y mal afeitados se alternaban día y noche junto a mi puerta.

Recuerdo que fue en el patio de este hotel donde Bertrand Goldschmidt, que había llegado en el mismo barco y era director de la Comisión de Energía Atómica, me explicó una noche el principio de la bomba atómica y me reveló (corría el año 1941) que los principales países estaban empeñados en una carrera científica que aseguraría la victoria al que se clasificara primero.

Al cabo de algunos días, mis últimos compañeros de viaje arreglaron sus dificultades personales y partieron para Nueva York. Yo me quedo solo en San Juan, flanqueado por mis dos policías. Estos, a mi pedido y tan pronto como lo solicito, me acompañan a los tres únicos lugares autorizados: el consulado de Francia, el banco y la oficina de Inmigración. Para cualquier otro desplazamiento debo pedir una autorización especial. Un día obtengo una para ir a la Universidad; mi guardia de servicio tiene la gentileza de no entrar, y para no humillarme me espera en la puerta. Como se aburren, a veces violan el reglamento y por su propia iniciativa me permiten que los lleve al cine. Únicamente durante las últimas cuarenta y ocho horas transcurridas entre mi liberación y mi embarque pude visitar la isla. Amablemente me guiaba el señor Christian Belle, entonces cónsul general, quien, no sin asombro por lo insólito de las circunstancias, se manifestó como colega americano, lleno de relatos de cabotaje en velero a lo largo de las costas sudamericanas. Poco tiempo antes me había enterado, por la prensa matutina, de la llegada de Jacques Soustelle, que recorría las Antillas para conseguir la adhesión de los residentes franceses al general De Gaulle. Para poder verle tuve necesidad de otra autorización.

Pues bien; en Puerto Rico tomé contacto con los Estados Unidos; por primera vez respiré el aliento tibio y el wintergreen (antiguamente llamado «té del Canadá»), polos olfativos entre los que se escalona la gama del confort norteamericano: de los automóviles a los muebles de tocador, pasando por el receptor de radio, los dulces y pasteles y la pasta dentífrica, y traté de descifrar, detrás de la máscara de los afeites, los pensamientos de las señoritas de los drug-stores vestidas de malva y con cabellos de caoba. También allí, en la perspectiva bastante particular de las Antillas Mayores, lo que primero advertí fueron esos aspectos típicos de la ciudad americana: siempre semejante, por la liviandad de la construcción, la preocupación del efecto y la atención que despertaban en el transeúnte, a alguna Exposición Universal que se hubiera transformado en permanente, salvo que aquí uno se creería más bien en la sección española.

El azar de los viajes presenta a menudo ambigüedades como ésa. El haber pasado en Puerto Rico mis primeras semanas en suelo estadounidense me hará reencontrar, desde entonces, América en España. Como también, unos cuantos años después, el haber visitado mi primera Universidad inglesa en el campus de edificios neogóticos de Dacca, en Bengala oriental, me incita ahora a considerar Oxford como una India que hubiera conseguido dominar el fango, el moho y la vegetación invasora.

El inspector del F. B. I. llega tres semanas después de mi desembarco en San Juan. Corro a la Aduana, abro el baúl. El instante es solemne. Un joven cortés se adelanta, saca una ficha al azar. Su mirada se endurece. Se vuelve ferozmente hacia mí: «¡Esto es alemán!» En efecto, se trata de la referencia de la obra clásica de von den Steinen, mi ilustre y lejano predecesor en el Mato Grosso central, Unter den Naturvolkern Zentral-Brasiliens, Berlín, 1894. Inmediatamente, apaciguado por esta explicación, el experto tanto tiempo esperado se desinteresa de todo el asunto. Suficiente, O. K., me admiten en suelo norteamericano, estoy libre.

Tengo que detenerme. En mi recuerdo, cada una de estas aventuras hace surgir otras. Algunas relativas a la guerra, como la que se acaba de leer, pero otras anteriores, como las que relaté anteriormente. Podría agregar otras más recientes, si recurriera a la experiencia de viajes por Asia que realicé en estos últimos años. En cuanto a mi gentil inspector del F. B. I., hoy en día no quedaría tan fácilmente satisfecho. Tan pesado se vuelve el ambiente en todas partes.

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