Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Cuarta Parte. La tierra y los hombres

12. Ciudades y campos

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEn Sao Paulo, los domingos podían dedicarse a la etnografía. No ciertamente entre los indios de los suburbios, sobre los cuales me habían prometido el oro y el moro; en los suburbios vivían sirios o italianos, y la curiosidad etnográfica más cercana, que quedaba a unos quince kilómetros, consistía en una aldea primitiva cuya población harapienta traicionaba un cercano origen germánico, con su cabello rubio y sus ojos azules; en efecto, alrededor de 1820, grupos de alemanes se instalaron en las regiones menos tropicales del país. Aquí, en cierto modo, se perdieron y confundieron con el miserable paisanaje local, pero más al sur, en el Estado de Santa Catarina, las pequeñas ciudades de Joinville y de Blumenau perpetuaban bajo las araucarias el ambiente del siglo pasado; las calles, bordeadas de casas con techos muy inclinados, tenían nombres alemanes y se hablaba solamente esa lengua; en la explanada de las cervecerías, viejecitos con patillas y mostachos fumaban largas pipas con hornillo de porcelana.

Alrededor de Sao Paulo vivían también muchos japoneses. Era difícil abordarlos. Había empresas de inmigración que los reclutaban, que aseguraban su pasaje, su alojamiento temporario a la llegada y su posterior distribución en granjas del interior, que tenían algo de campamentos militares. En ellas se reunían todos los servicios: escuela, talleres, enfermería, tiendas y distracciones. Los inmigrantes pasaban allí largos períodos de reclusión parcialmente voluntaria y sistemáticamente estimulada, reembolsando su deuda a la compañía, en cuyas arcas depositaban sus ganancias. Después de muchos años, ésta se encargaba de reintegrarlos a la tierra de sus antepasados para que pudieran morir allí o, si la malaria había dado cuenta de ellos antes, de repatriar sus cuerpos. Todo estaba organizado de tal manera para que esa gran aventura se desarrollara sin que ellos experimentaran jamás el sentimiento de haber dejado el Japón. Pero no es cierto que las preocupaciones de los empresarios fueran simplemente financieras, económicas o humanitarias. Un examen atento de los mapas revelaba las estratégicas intenciones que habían inspirado la implantación de las granjas. La enorme dificultad que existía para llegar hasta las oficinas de la Kaigai-Iju-Kumiai o de la Brazil-Takahoka-Kumiai, y más aún a las cadenas casi clandestinas de hoteles, hospitales, fábricas de ladrillos, aserraderos, con los que la inmigración podía bastarse a sí misma, así como también a los centros agrícolas, ocultaba tortuosas intenciones, de las cuales la segregación de los colonos en lugares bien elegidos y las investigaciones arqueológicas (seguidas metódicamente durante los trabajos agrícolas, con el fin de subrayar ciertas analogías entre los vestigios indígenas y los del neolítico japonés) no parecían ser sino los eslabones extremos.

Tristes Trópicos. Figura 1



Figura 1
. Figo. antigua, tallada en Pompeya (la extremidad del pulgar está rota).

Ciertos mercados de los barrios populares, en el corazón de la ciudad, eran atendidos por los negros. Con más exactitud —ya que tal epíteto casi no tiene importancia en un país donde una gran diversidad racial acompañada por muy pocos prejuicios, al menos en el pasado, permitió mezclas de todo tipo— uno podía ejercitarse allí en distinguir los mestigos, cruza de blanco y de negro, los caboclos, de blanco y de indio, y los cafusos, de indio y de negro. Los productos en venta conservaban un estilo más puro: peneiras, tamices de harina de mandioca, de factura típicamente india, hechas con un enrejado flojo de bambúes hendidos y rodeados de listones de madera; abanicos para avivar el fuego, heredados también de la tradición indígena, y cuyo estudio resulta divertido, pues cada tipo representa una solución ingeniosa para transformar, por medio del trenzado, la estructura permeable y enmarañada de una hoja de palmera en una superficie rígida y continua, apropiada para desplazar el aire cuando es agitada violentamente. Como hay muchas maneras de resolver el problema y muchos tipos de hojas de palmera, resulta posible combinarlas para determinar todas las formas imaginables y coleccionar seguidamente los ejemplares que ilustran esos pequeños teoremas tecnológicos. Existen dos especies principales de palmas: los folíolos pueden estar distribuidos simétricamente a ambos lados de un tallo mediano o bien divergir en abanico. El primer tipo sugiere dos métodos: o bien doblar todos los folíolos hacia el mismo lado del tallo y trenzarlos juntos, o trenzar cada grupo aisladamente, replegando los folíolos en ángulo recto sobre sí mismos insertando las extremidades de unos en la parte inferior de los otros y recíprocamente. Se obtienen de esa manera dos clases de abanicos: en forma de ala o en forma de mariposa. En cuanto al segundo tipo, ofrece varias posibilidades que siempre, aunque en grados diversos, son una combinación de los otros dos, y el resultado, en forma de cuchara, de paleta o de rosetón, parece por su estructura algo así como un gran rodete aplastado. Otro objeto particularmente atrayente de los mercados paulistas era la figa. Se llama figo, (higa) a un antiguo talismán mediterráneo en forma de antebrazo terminado por un puño cerrado, la punta de cuyo pulgar emerge entre las primeras falanges de los dedos del medio. Sin duda se trata de una simbolización del coito. Las figas que se encontraban en los mercados eran dijes de ébano o de plata, o bien objetos grandes como estandartes, ingenuamente esculpidos y abigarrados de vivos colores. Yo colgaba alegres conjuntos de estas figas en el cielo raso de mi casa: mansión pintada de ocre, al estilo romano del 1900, situada en lo alto de la ciudad. Se entraba en ella bajo una bóveda de jazmines, y al fondo había un vetusto jardín en cuyo extremo el propietario, a mi pedido, había plantado un bananero para recordar que me hallaba en los trópicos. Unos años más tarde el bananero simbólico se transformó en una pequeña selva donde yo podía hacer mi cosecha.

En los alrededores de Sao Paulo se podía, finalmente, observar y recoger un rústico folklore: fiestas de mayo en que las aldeas se adornaban con verdes palmas, luchas conmemorativas fieles a la tradición portuguesa entre mouros y cristaos; procesión de la nau cata-rineta —navío de cartón aparejado con velas de papel—; peregrinación a lejanas parroquias que protegían leprosos donde, en los desenfrenados efluvios de la pinga (alcohol de caña de azúcar, muy diferente del ron, que se toma solo o en batida, es decir, mezclado con jugo de limón), bardos mestizos, calzados y vestidos de oropeles e increíblemente borrachos, se desafiaban al son de los tambores a duelos de canciones satíricas. También era importante anotar las creencias y las supersticiones: cura del orzuelo por la imposición de un anillo de oro; división de todos los alimentos en dos grupos incompatibles: comida quente, comida fria, o sea, comida caliente y comida fría. Y otras asociaciones maléficas: pescado y carne, mango con bebida alcohólica o banana con leche.

Sin embargo en el interior del Estado era aún más apasionante interesarse no tanto por los vestigios de las tradiciones mediterráneas como por las formas singulares que una sociedad en gestación favorecía. El tema era el mismo, se trataba también del pasado y del presente, pero a la inversa de la investigación etnográfica clásica que intenta explicar éste por aquél, aquí era el presente fluido quien parecía reconstituir etapas muy antiguas de la civilización europea. Como en tiempos de la Francia merovingia, se veía nacer la vida comunal y urbana en una campiña de latifundios.

Las aglomeraciones que surgían no eran como las ciudades de hoy —tan desgastadas que resulta difícil descubrir en ellas el sello de su historia particular—, confundidas en una forma cada vez más homogénea donde solamente se afirman las distinciones administrativas. Por el contrario, las ciudades podían ser escrutadas de la misma manera que los botánicos escrutan las plantas, reconociendo en el nombre, aspecto y estructura de cada una su pertenencia a tal o cual gran familia de un reino agregado por el hombre a la naturaleza: el reino urbano.

En el transcurso de los siglos xrx y xx el anillo móvil de la franja pionera se había desplazado lentamente de este a oeste y de sur a norte. Hacia 1836 sólo su parte norte, es decir, el territorio comprendido entre Rio y Sao Paulo, se encontraba sólidamente ocupada y el movimiento iba ganando la zona central del Estado. Veinte años más tarde, la colonización alcanzaba, por el noroeste, la zona de Mogiana y la Paulista; en 1886 se introducía en la de Araraquara, la Alta Sorocabana y la región noroeste. En estas últimas, aún en 1935, la curva de crecimiento de la población iba unida a la de producción de café, mientras que en las viejas tierras del norte la caída de la una anticipaba en medio siglo la declinación de la otra: el decrecimiento demográfico comienza a hacerse sentir a partir de 1920, en tanto que, desde 1854, las tierras agotadas se abandonan.

Este ciclo de utilización del espacio correspondía a una evolución histórica cuyo rastro era igualmente pasajero. Sólo en las grandes ciudades de la costa —Rio y Sao Paulo— la expansión urbana parecía tener una base suficientemente sólida para mostrarse irreversible: Sao Paulo contaba 240.000 habitantes en 1900, 580.000 en 1920, pasaba el millón en 1928 y hoy ya dobla ese tope. Pero en el interior, las especies urbanas nacían y desaparecían; la provincia se iba despoblando al tiempo que poblaba. Desplazándose de un punto a otro, aunque sin acrecentarse necesariamente, los habitantes cambiaban de tipo social, y la observación conjunta de ciudades fósiles y de ciudades embrionarias permitía, en el plano humano y en límites temporales extremadamente cortos, el estudio de transformaciones tan apasionantes como las que observa el paleontólogo que compara las fases a lo largo de las capas geológicas, contemplando los millones de siglos de la evolución de los seres organizados.

No bien se dejaba la costa era necesario recordar permanentemente que desde hacía un siglo el Brasil se transformaba más de lo que se desarrollaba.

En la época imperial la implantación humana era débil pero relativamente bien repartida. Si bien las ciudades litorales o sus vecinas eran pequeñas, las del interior tenían una vitalidad mayor que en la actualidad. Por una paradoja histórica que se olvida con demasiada frecuencia, la insuficiencia general de los medios de comunicación favorecía a los peores de entre éstos; cuando no existía otro recurso que el caballo, era preferible prolongar estos viajes durante meses e internarse donde sólo la muía podía arriesgarse, antes que hacerlos durar días o semanas. El interior del Brasil vivía solidariamente con una vida sin duda lenta pero continua; se navegaba por los ríos en fechas fijas y en pequeñas etapas que duraban varios meses; caminos por completo olvidados en 1935, como el de Guiaba a Goiás, servían todavía a un tránsito intenso de caravanas que cien años atrás contaban con 50 a 200 muías cada una.

A excepción de las regiones más apartadas, el abandono en el cual había caído el Brasil central a principios del siglo xx de ninguna manera reflejaba una situación primitiva; era el precio que se pagaba por la intensificación del poblamiento y de los intercambios comerciales en las regiones costeras, en razón de las condiciones de vida moderna que en ellas se instauraban; el interior, como el progreso era allí demasiado difícil, retrocedía en lugar de seguir el movimiento de ritmo lento que lo caracteriza. La navegación de vapor, que acorta los trayectos, acabó en todo el mundo con puertos de escala tradicionalmente célebres.

Nos preguntamos si la aviación, invitándonos a jugar al rango por sobre las etapas antiguas, no está llamada a desempeñar el mismo papel. Después de todo, está permitido soñar que el progreso mecánico arranca de sí mismo el rescate donde mora nuestra esperanza, que lo obliga a dar una monedita de soledad y de olvido a cambio de la intimidad cuyo goce nos arrebata completamente.

En escala reducida el interior del Estado de Sao Paulo y las regiones vecinas ilustraban esas transformaciones. Sin duda, ya no quedaba huella de esas ciudades-fortines cuya implantación aseguraba antaño la posesión de una provincia y que constituyen el origen de tantas ciudades brasileñas de la costa o de los ríos: Rio de Janeiro, Victoria, Florianópolis en su isla, Bahía y Fortaleza sobre el cabo; Manaus y Obidos al borde del Amazonas, o también Villa Bella de Mato Grosso, cuyas ruinas, periódicamente invadidas por los indios nambiquara, subsisten cerca de Guaporé, antaño famosa guarnición de un capitáo do mato ('capitán del matorral') en la frontera boliviana, es decir sobre la línea misma que el papa Alejandro VI había trazado simbólicamente en 1493, a través del Nuevo Mundo aún desconocido, para desempatar la rivalidad codiciosa entre las Coronas de España y Portugal.

Hacia el norte y hacia el este se percibían algunas ciudades mineras hoy en día desiertas, cuyos monumentos ruinosos —iglesias de un barroco flamígero del siglo xviii— contrastaban por su suntuosidad con la desolación reinante. Rimbombantes durante el tiempo en que las minas eran explotadas, letárgicas hoy, parecían haberse encarnizado en retener en cada cavidad, en cada repliegue de sus columnatas salomónicas, de sus frontones de volutas y de sus estatuas vestidas, parcelas de esa riqueza que engendrara su ruina: la explotación del suelo se pagaba con el precio de la devastación de la campaña, sobre todo de las selvas, cuya madera alimentaba las fundiciones. Las ciudades mineras se extinguieron en su sitio, después de haber agotado su sustancia, como el fuego.

El Estado de Sao Paulo evoca también otros acontecimientos: la lucha que desde el siglo xvi puso frente a frente a jesuítas y plantadores, cada cual defendiendo una manera diferente de poblamien-to. Los primeros querían sustraer a los indios de la vida salvaje mediante las reducciones y agruparlos en un género de vida comunal. En ciertas regiones apartadas del Estado se reconocen aún esas primeras aldeas brasileñas por su nombre de aldeia o de missao y aún más por su trazado amplio y funcional: en el centro la iglesia, que preside una plaza rectangular de tierra trillada invadida por la hierba —el largo da matriz—, alrededor de ésta, calles que se cortan en ángulo recto con casas bajas en lugar de las antiguas chozas indígenas. Los plantadores — fazendeiros— envidiaban el poder temporal de las misiones, que ponía freno a sus exacciones y también los privaba de mano de obra servil. Mandaban expediciones de escarmiento, a continuación de las cuales sacerdotes e indios se desbandaban. De esa manera se explica el singular rasgo que presenta la demografía brasileña: la vida de aldea, heredera de las aldeias, se mantuvo en las regiones más pobres, mientras que en los lugares donde una rica tierra despertaba brutales codicias, la población no tenía otra alternativa que agruparse alrededor de la casa del amo, en las barracas de paja o de argamasa, todas semejantes, donde éste podía vigilar permanentemente a sus colonos. Aún hoy, a lo largo de ciertas líneas de ferrocarril donde por falta de vida comunal los constructores se ven obligados a establecer arbitrariamente estaciones a distancia regular, nombrándolas por orden alfabético —Buarquina, Felicidade, Limáo, Marilia (hacia 1935, la compañía Paulista estaba situada en la letra P), ocurre que durante cientos de kilómetros el tren sólo se detiene en «llaves»: apeaderos que hacen el servicio de comunicación de una fazenda que reúne toda la población: Chave Bananal, Chave Con-ceifáo, Chave Elisa, etc.

Tristes Trópicos. Figura 2


Figura 2
. Calvario rústico, en el interior del Estado de San Pablo, adornado con diversos objetos que representan los usados en la Pasión.

Sin embargo, en otros casos los plantadores, por razones religiosas, decidían dejar las tierras a alguna parroquia. Así nacía un patrimonio, aglomeración reunida bajo la advocación de un santo. Otros patrimonios tenían carácter laico; ocurría cuando algún propietario resolvía hacerse povoador —poblador— y hasta plantador de cidade —plantador, pero de ciudad—. Entonces bautizaba la ciudad con su nombre: Paulópolis, Orlandia, etc. También sucedía que por razones políticas la ponía bajo el patronato de un personaje célebre: Presidente-Prudente, Cornelio-Procopio, Epitacio-Pessoa, etc... Pues aun en el ciclo de vida tan breve que las caracterizaba, esas poblaciones encontraban la manera de cambiar varias veces de nombre, y cada una de esas etapas, al mismo tiempo, es reveladora de su devenir. Primero un simple lugar señalado por un apodo, ya a causa de un pequeño cultivo en medio del matorral — Batatas ('Papas')— ya en razón de una carencia de combustible para calentar la gamella en un paraje desolado — Feijáo-Cru ('Poroto Crudo')— o, finalmente, porque las provisiones faltan al llegar a un paraje lejano — Arroz-sem-sal ('Arroz sin sal')—. Después, un día, un «coronel» —título generosamente distribuido entre los grandes propietarios y los agentes políticos— intenta granjearse una influencia por medio de algunos millares de hectáreas recibidas en concesión; recluta, contrata, asienta una población flotante, y Feijao-Cru se vuelve Leopoldina, Fernandópolis, etcétera. Más tarde, la ciudad que naciera del capricho y la ambición se marchita y desaparece; sólo queda el nombre y algunas casuchas donde se extingue una población minada por la malaria y la anquilos-tomiasis. O bien la ciudad arraiga, adquiere una conciencia colectiva, quiere olvidar que fue el juguete y el instrumento de un hombre: una población tempranamente emigrada de Italia, de Alemania y de alguna otra procedencia, siente necesidad de raíces y va al diccionario a buscar los rudimentos de un nombre indígena, generalmente tupí, que a sus ojos adorna con un prestigio precolombino: Tanabi, Votuporan-ga, Tupao o Aymoré...

El ferrocarril acabó con los caseríos fluviales, pero de ellos subsisten, aquí y allá, rastros que ilustran un ciclo abortado: al principio, albergue y galpones sobre la orilla para que los piragüeros pasaran la noche al abrigo de las emboscadas indígenas; después, con la pequeña navegación de vapor, los portos de lenha donde, cada 30 kilómetros más o menos, los barcos de gráciles paletas y chimeneas se detenían para recoger leña; en fin, los puertos fluviales a ambas extremidades del trecho navegable y, en los lugares infranqueables por los rápidos o las caídas, los centros de trasbordo.

En 1935, dos tipos de ciudades conservaban un aspecto tradicional al mismo tiempo que permanecían vivas. Eran los pousos, aldeas de encrucijada, y las bocas do sertáo, 'bocas del matorral' al final de los caminos. Ya el camión comenzaba a sustituir los viejos medios de transporte —caravanas de muías o carros de bueyes— tomando sus mismos caminos; éstos, con su precario estado, lo obligaban a andar en primera o en segunda durante cientos de kilómetros, lo reducían al mismo ritmo de marcha que las bestias de carga y lo constreñían a realizar las mismas etapas en las que alternaban chóferes con guardapolvos grasientos y tropeiros enjaezados de cuero.

Los caminos no respondían a las esperanzas que despertaban. Su origen era diverso: antiguas rutas de caravanas que antaño habían servido para el transporte de café, de alcohol y de caña de azúcar, y también cortadas por un registro en pleno matorral —barrera de madera rodeada por algunas chozas donde una dudosa autoridad encarnada en un campesino harapiento reclamaba el precio del peaje — y por otras redes más secretas, las estradas francanas, destinadas a evitar los derechos; finalmente estaban las estradas muladas, rutas para muías, y las estradas boiadas, rutas para carros de bueyes. En éstas solía oírse durante dos o tres horas seguidas el chirrido monótono y desgarrante —al punto de perder la cabeza si no se estaba acostumbrado— de la fricción del eje de un carro que se aproximaba lentamente. Estos carros de modelo antiguo, importados del siglo xvi desde un mundo mediterráneo donde no habían cambiado casi desde los tiempos protohistóricos, se componían de una pesada cabina de timón con paredes de cestería, que apoyaba directamente sobre un eje solidario con ruedas llenas, sin cubo. Las bestias de tiro se agotaban mucho más en vencer la resistencia que el eje oponía a la cabina que en hacer avanzar el carro.

Tristes Trópicos. Figura 3


Figura 3
. Carro de bueyes. Detalle del eje.

Además, las rutas eran el efecto totalmente accidental de la nivelación por la acción repetida de animales, carros y camiones que iban más o menos en la misma dirección, pero al azar de las lluvias, de los derrumbamientos o del crecimiento de la vegetación, tratando de abrirse el camino que mejor se adaptara a las circunstancias: complicada madeja de barrancos y pendientes desnudas, a veces reunidas y hasta de cien metros de ancho, como una avenida en pleno matorral, que me recordaba las colinas de los Cevennes; otras veces se disoverse perdido en medio de ciénagas o pantanos, después de treinta kilómetros que costaban muchas horas de peligrosa marcha. En la estación de las lluvias, los caminos, transformados en canales de espeso barro, se volvían intransitables, pero en seguida el primer camión que conseguía pasar cavaba profundos surcos en la tierra arcillosa, a los que la sequía, en tres días, se encargaba de dar la consistencia del cemento. Los vehículos que los seguían no tenían más remedio que ubicar sus ruedas en esas zanjas y dejarse llevar, lo cual era posible si tenían la misma separación en sus ruedas y la misma altura de puente que su predecesor. Si la separación era la misma pero el chasis más bajo, la bóveda del camino levantaba súbitamente el coche, el cual se veía de ese modo asentado sobre un pedestal compacto que uno tenía que desmantelar a golpes de azada. Si la separación era distinta había que andar durante días enteros con las ruedas de un lado hacia abajo, en una ranura, y las otras levantadas, de tal manera que siempre existía el peligro de volcar. Aún recuerdo un viaje en el que René Courtin sacrificó su Ford nuevo. Jean Maugüé y yo nos habíamos propuesto ir tan lejos como el auto lo permitiera. Acabamos a 1500 kilómetros de Sáo Paulo, en la choza de una familia de indios karajá, a orillas del Araguaya; a la vuelta, los elásticos de adelante se rompieron y durante 100 kilómetros anduvimos con el bloque del motor asentado directamente sobre el eje; luego, durante otros 600, conseguimos sostenerlo con una plancha de hierro que un artesano de aldea aceptó preparar. Pero sobre todo recuerdo esas horas de la noche en que manejábamos con ansiedad —pues hay muy pocas aldeas en los límites de Sáo Paulo y Goiás— sin saber si el surco que habíamos elegido como camino entre otros diez, nos traicionaría o no. De pronto, el pouso surgía en la oscuridad acribillada de estrellas temblorosas: lamparillas eléctricas alimentadas por un motorcito cuya pulsación a veces se percibía desde muchas horas antes, pero se confundía con los ruidos nocturnos del matorral. El albergue ofrecía sus camas de hierro o sus hamacas, y desde el alba andábamos por la rua direita de la cidade viajante —ciudad etapa— con sus casas y sus comercios, y su plaza ocupada por los regatóes y los mascates: comerciantes, médicos, dentistas y hasta abogados viajantes.

En los días de feria hay gran animación; para ese acontecimiento, cientos de campesinos aislados abandonan su casucha con toda la familia: viaje de varios días que una vez por año permitirá vender un ternero, una mula, un cuero de tapir o de puma, algunas bolsas de maíz, de arroz o de café, para traer en cambio una pieza de algodón, sal, querosén para la lámpara y algunas balas de fusil.

En lontananza la meseta se extiende cubierta de maleza, con arbustos diseminados aquí y allí. Una reciente erosión (el desmonte comenzó hace medio siglo) la ha limpiado ligeramente, como a discretos golpes de azadilla. Diferencias de nivel de pocos metros circunscriben el comienzo de las terrazas y señalan nacientes colinas. No lejos de un curso de agua ancho pero superficial —más bien inundación caprichosa antes que río ya fijado en el lecho— dos o tres avenidas paralelas bordean los cercados lujuriantes alrededor de los ranchos de adobe, cubiertos de tejas, que hacen relumbrar la blancura cremosa de su revoque de cal, más intensa aún por el marco marrón de los postigos y el resplandor púrpura del sol. Desde las primeras moradas, semejantes a mercados cubiertos por sus fachadas agujereadas con grandes ventanas sin vidrios y casi siempre abiertas, empiezan praderas de pasto duro que el ganado roe hasta la raíz. Los organizadores de la feria han aprovisionado forraje: hojas de caña de azúcar o tiernas palmas comprimidas con ramas o lazos de pasto. Los visitantes, en los intervalos, acampan entre esos bloques cúbicos con sus carros de ruedas llenas y de contornos claveteados. Durante el viaje, paredes de cestería nueva y un techado de cueros de buey abarrotado por sogas, proporcionan un abrigo, completado aquí con un cobertizo de palmas o una carpa de algodón blanco que prolonga la parte posterior del carro. El arroz, los porotos negros y la carne desecada se cocinan al aire libre; los niños desnudos corren entre las patas de los bueyes que mascan las cañas, cuyos tallos flexibles cuelgan fuera de sus bocas como si fueran verdes chorros de agua.

Algunos días después todo el mundo parte; los viajeros se reabsorben en la maleza; el pouso duerme bajo el sol; durante un año la vida campesina se reducirá a la animación semanal de las villas do Domingo, cerradas durante toda la semana: los jinetes se encuentran allí el domingo, en un cruce de caminos donde se ha instalado un despacho de bebidas y algunas chozas.

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