Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Séptima Parte. Nambiquara

25. En el sertao

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussEn Guiaba, a donde vuelvo después de dos años, me propongo averiguar cuál es exactamente la situación en la línea telegráfica, quinientos o seiscientos kilómetros hacia el norte.

Allí detestan la línea y hay muchas razones para ello. Desde la fundación de la ciudad en el siglo xvm, los pocos contactos con el norte se hacían en la dirección del curso medio del Amazonas, por vía fluvial. Para procurarse su estimulante predilecto, la guaraná, los habitantes de Cuiabá lanzaban expediciones en piragua por el Tapajoz, que duraban más de seis meses. La guaraná es una pasta dura de color marrón preparada casi exclusivamente por los indios maué con los frutos triturados de una liana: la Paullinia sorbilis. Se ralla una salchicha compacta de esta pasta sobre la lengua huesosa del pez pirarucú, que se guarda en una vaina de cuero de ciervo. Estos detalles tienen su importancia, pues el empleo de un rallador metálico o de otra clase de cuero haría perder sus virtudes a la preciosa sustancia. Con el mismo sentido, los Guiábanos explican que el tabaco en cuerda debe ser desgarrado y desmenuzado en la mano y no cortado con cuchillo, para que no se estropee al contacto con el aire. El polvo de guaraná se echa en agua azucarada, donde entra en suspensión sin disolverse: se bebe esa mezcla, de sabor débilmente chocolatado. Personalmente jamás sentí el menor efecto, pero entre las gentes del Mato Grosso central y septentrional la guaraná ocupa un lugar comparable al del mate en el sur.

Sin embargo, las virtudes de la guaraná justificaban tanta pena y esfuerzos. Antes de afrontar los rápidos, algunos hombres quedaban en la costa para desmontar un rincón de selva donde se plantaría maíz y mandioca. De esa manera, la expedición encontraría víveres frescos a su regreso. Pero desde el desarrollo de la navegación a vapor la guaraná llegaba a Cuiabá más rápidamente o en mayor cantidad desde Rio de Janeiro, donde los barcos de cabotaje la traían por mar desde Manaos o Belem. Así pues, las expediciones a lo largo del Tapajoz pertenecían a un pasado heroico, casi olvidado.

Sin embargo, cuando Rondón anunció que abriría a la civilización la región del noroeste, esos recuerdos se reanimaron. Se conocían un poco los accesos a la meseta donde dos caseríos antiguos, Rosario y Diamantino, a cien y ciento setenta kilómetros al norte de Guiaba respectivamente, llevaban una vida soñolienta desde que sus filones y sus canteras se habían agotado. Más allá hubiera sido necesario atravesar por tierra los riachos que van a formar los afluentes del Amazonas cortándolos sucesivamente en vez de descenderlos en piragua —empresa temible en un trayecto tan largo—. Hacia 1900, la meseta septentrional seguía siendo una región mítica, de la cual hasta llegaba a afirmarse que poseía una cadena de montañas, la «Serra do Norte», que la mayor parte de los mapas aún siguen nombrando.

Esta ignorancia, combinada con los relatos de la aún reciente colonización del Far West americano y de la fiebre del oro, inspiró locas esperanzas a la población del Mato Grosso y también a la de la costa. Siguiendo a los hombres de Rondón que plantaban su hilo telegráfico, una ola de inmigrantes invadiría territorios de recursos insospechados, para edificar algo así como una Chicago brasileña. Hubo que reducir las pretensiones: al igual que el noroeste, donde se encuentran las tierras malditas del Brasil que Euclides da Cunha describe en Os Sertóes, la «Serra do Norte» se revelaría como una sabana semidesértica y una de las zonas más ingratas del continente. Además, el nacimiento de la radiotelegrafía, que coincidió hacia 1922 con la terminación de la línea, hizo perder todo su interés a esta última, promovida al carácter de vestigio arqueológico de una edad científica caduca en el momento mismo en que acababa de ser concluida. Conoció un momento de gloria, en 1924, cuando la insurrección de Sao Paulo contra el gobierno federal cortó las comunicaciones de éste con el interior. Por medio del telégrafo, Rio continuó en comunicación con Guiaba, vía Belem y Manaos. Después, fue la decadencia: el puñado de entusiastas que había solicitado un empleo refluyó o se dejó olvidar. Cuando yo llegué allá, hacía muchos años que no se los reabastecía. No se animaban a cerrar la línea; pero los postes podían caerse, el hilo podía enmohecer, ya nadie se interesaba por ella. En cuanto a los últimos sobrevivientes de los puestos sin coraje ni medios para partir, se extinguían lentamente, corroídos por las enfermedades, el hambre y la soledad.

Esta situación pesaba tanto más sobre la conciencia de los cuiabanos cuanto que las esperanzas burladas habían asimismo acarreado un efecto moderado pero tangible, que consistía en la explotación del personal de la línea. Antes de partir, los empleados debían elegirse en Guiaba un procurador, es decir, un representante que cobraría los salarios, libre de utilizarlos según las instrucciones de los beneficiarios. Esas instrucciones se limitaban generalmente a encargos de balas de fusil, querosén, gas, agujas de coser o telas.

Todas esas mercaderías se debitaban a alto precio, gracias a combinaciones entre los procuradores, los comerciantes libaneses y los organizadores de caravanas. De tal manera que los desgraciados perdidos en su matorral podían tanto menos pensar en el retorno cuanto que al cabo de algunos años se encontraban endeudados más allá de sus recursos. Decididamente, más valía olvidar la línea, y mi proyecto de utilizarla como base no fue objeto de manifestaciones de aprobación. Me puse a la tarea de encontrar suboficiales en retiro que ya habían sido compañeros de Rondón, sin poder sacarles otra cosa que una sombría letanía: um país ruim, muito ruim, mais ruim que qualquer outro... «un país inmundo, absolutamente inmundo, más inmundo que cualquier otro». Y sobre todo, que ni se me ocurriera meterme.

Y después estaba el problema de los indios. En 1931, el puesto telegráfico de Pareéis, situado en una región relativamente frecuentada, 300 kilómetros al norte de Guiaba y a 80 kilómetros de Diamantino, había sido atacado y destruido por indios desconocidos que habían salido del valle del Rio do Sangue, al cual se creía deshabitado. Esos salvajes habían sido bautizados belfos de pau ('hocicos de palo') por los discos que llevaban encajados en el labio inferior y en los lóbulos de las orejas. Desde entonces, sus incursiones se habían repetido a intervalos irregulares, de tal manera que había sido necesario correr el camino unos ochenta kilómetros hacia el sur. En cuanto a los nambiquara —nómades que frecuentan de manera intermitente los puestos desde 1909—, sus relaciones con los blancos habían tenido suertes diversas. Al principio bastante buenas, empeoraron progresivamente, hasta que en 1925 siete trabajadores fueron convidados por los indígenas a visitar sus aldeas, y desaparecieron. A partir de ese momento los nambiquara y la gente de la línea se evitaron. En 1933, una misión protestante se instaló no lejos del puesto de Juruena; parece que las relaciones se enfriaron rápidamente pues los indígenas no se contentaron con los presentes —insuficientes, según dijeron— mediante los cuales los misioneros reconocieron su ayuda para la construcción de la casa y el jardín. Algunos meses más tarde un indio afiebrado se presentó a la misión y recibió públicamente dos comprimidos de aspirina que tomó; después de eso se fue a bañar al río, tuvo una congestión y murió. Como los nambiquara son envenenadores expertos concluyeron que su compañero había sido asesinado: tuvo lugar un ataque de represalia, en el curso del cual los seis miembros de la misión fueron asesinados, entre ellos una criatura de dos años. Sólo una mujer fue encontrada viva por una expedición de socorro que partió de Guiaba. Su relato, tal como me lo repitieron, coincide exactamente con el que me hicieron los autores del ataque, que durante varias semanas me sirvieron de informantes y compañeros.

Después de ese incidente y de algunos otros que siguieron, la atmósfera que reinaba a lo largo de la línea era tensa. En cuanto fue posible entrar en comunicación con las principales estaciones (cosa que cada vez tardaba más días) desde la Dirección de Puestos de Guiaba, recibíamos las noticias más deprimentes: aquí los indios habían hecho una aparición amenazante, allá no se los había visto desde hacía tres meses (lo cual también era mala señal), en tal otro lugar, donde antes trabajaban, se habían vuelto bravos ('salvajes'), etcétera. Única indicación animosa, o que me fue dada como tal: desde hacía algunas semanas, tres padres jesuítas intentaban instalarse en Juruena, en el límite de la región nambiquara, a seiscientos kilómetros al norte de Guiaba. Yo podía ir allí para informarme por medio de ellos y hacer mis planes definitivos después.

Así pues, pasé un mes en Guiaba organizando la expedición; ya que me dejaban partir, había resuelto ir hasta el fin: seis meses deviaje durante la estación seca a través de una meseta que me describieron como desértica, sin pastoreo y sin caza; por lo tanto, había que proveerse de toda la comida no sólo para los hombres sino también para las muías que nos servirían de montura (una muía que no come maíz no está lo suficientemente fuerte como para viajar), antes de alcanzar la cuenca del Madeira, desde donde podríamos continuar en piragua. Para transportar los víveres había que contar con bueyes, que son más resistentes y se conforman con lo que encuentran: hierbas amargas y hojarasca. Asimismo tenía que estar preparado para que un lote de mis bueyes muriera de hambre y de fatiga, y por lo tanto, debía procurarme el número suficiente. Y como se necesitan boyeros para conducirlos, cargarlos y descargarlos en cada etapa, mi tropa se aumentaría en la misma medida y al mismo tiempo aumentaría la cantidad de muías y de víveres, la cual reclamaría bueyes suplementarios... Era un círculo vicioso. Finalmente, después de conferencias con los expertos —antiguos empleados de la línea y caravaneros—, me detuve en la cifra de quince hombres, otras tantas muías y unos treinta bueyes. En cuanto a las mulas, no había posibilidad de elección: en un radio de cincuenta kilómetros alrededor de Guiaba, no había más de quince mulas para vender, y yo compré todas a precios que variaban entre 150 y 1000 francos la pieza (en 1938), según su calidad. Como jefe de expedición, me reservé el animal más majestuoso: una gran mula blanca adquirida al carnicero nostálgico y amante del elefante, de quien antes hablé.

El verdadero problema comenzaba con la elección de la gente; al principio, la expedición se componía de cuatro hombres, que constituíamos el personal científico, y sabíamos bien que nuestro éxito, nuestra seguridad y hasta nuestras vidas dependerían de la fidelidad y de la competencia del equipo que yo comprometiera. Durante días enteros estuve despidiendo a la hez de Guiaba —malos tipos y aventureros—. Finalmente, un viejo «coronel» de los alrededores me indicó a uno de sus antiguos boyeros, que vivía retirado en una choza perdida, a quien me describió como pobre, sensato y virtuoso. Fui a visitarlo y me conquistó con su natural nobleza, frecuente entre los paisanos del interior. En vez de suplicarme, como los otros, que le concediera el privilegio inaudito de un año de salario, me impuso condiciones: ser el único encargado de la elección de hombres y caballos y autorizarlo a llevar algunos caballos que él esperaba vender a buen precio en el norte. Yo ya había comprado una tropa de diez bueyes a un caravanero de Guiaba: me sedujeron su altura y más aún las sillas y arneses de cuero de tapir en un estilo ya antiguo. Además, el obispo de Guiaba me había impuesto como cocinero a uno de sus protegidos (al cabo de algunas etapas descubrimos que se trataba de un veado branca —'venado blanco'—, es decir, un pederasta, que sufría de hemorroides hasta el punto de no poder montar a caballo). Se puso muy contento cuando nos dejó. Pero los maravillosos bueyes que, sin yo saberlo, acababan de viajar 500 kilómetros, ya no tenían una pulgada de grasa en el cuerpo. Uno tras otro comenzaron a rechazar la silla, cuyo roce les desgastaba la piel. A pesar de la habilidad de los arrieiros, empezaron a perder el cuero a la altura del espinazo: se les abrían allí anchas ventanas sanguinolentas, hormigueantes de gusanos, que dejaban ver la columna vertebral. Esos esqueletos purulentos fueron los que primero perdimos.

Felizmente, mi jefe de equipo, Fulgencio (pronunciaban «Frugencio»), pudo completar la tropa con animales flaquísimos pero que llegaron casi todos a destino. En cuanto a los hombres, eligió en su aldea y alrededores adolescentes a quienes había visto nacer y que respetaban su ciencia. En su mayor parte provenían de viejas familias portuguesas, instaladas en el Mato Grosso desde hacía uno o dos siglos y entre las cuales se perpetuaban austeras tradiciones.

Por pobres que fueran, todos poseían una toalla bordada y adornada con encaje, regalo de una madre, de una hermana o de una novia, y durante todo el viaje no consintieron en secarse la cara con ninguna otra cosa. Pero cuando les propuse por primera vez poner una porción de azúcar en su café, me respondieron con orgullo que ellos no estaban viciados. Tuve algunas dificultades con ellos, ya que, con respecto a todos los problemas, tenían ideas tan firmes como las mías: apenas evité una insurrección a propósito de la composición de los víveres del viaje, pues los hombres estaban persuadidos de que morirían de hambre si yo no dedicaba íntegramente la carga útil al arroz y a los porotos. En rigor toleraban la carne desecada, a pesar de su convicción de que la caza no faltaría. Pero el azúcar, las frutas secas y las conservas los escandalizaban. Se hubieran dejado matar por nosotros, pero nos tuteaban con desparpajo y no aceptaban lavar ni un pañuelo que no les perteneciera, ya que el lavado de la ropa era tarea de mujeres. Las bases de nuestro contrato eran las siguientes: durante la expedición cada uno recibiría en préstamo una montura y un fusil; además de la comida se les pagaría el equivalente de 5 francos diarios (siempre en 1938). Para ellos, los 1500 o 2000 francos que tendrían ahorrados al final de la expedición (pues no querían recibir nada durante ella) representaban un capital que a uno le permitiría casarse, a otro comenzar una explotación ganadera, etc. Además habíamos convenido que Fulgencio contrataría también algunos jóvenes indios paressí, semisalvajes, cuando atravesáramos el antiguo territorio de esta tribu, que hoy en día proporciona la mayor parte del personal de mantenimiento de la línea telegráfica, en el límite del territorio nambiquara.

De esa manera se organizaba lentamente la expedición, por grupos de dos o tres hombres y algunos animales, diseminados en las chozas de los alrededores de Guiaba. El encuentro debía realizarse un día de junio de 1938, a las puertas de la ciudad, donde bueyes y jinetes se pondrían en camino bajo la dirección de Fulgencio, con una parte del equipaje. Un buey de carga lleva de 60 a 120 kilos según su fuerza, repartidos a derecha e izquierda, en dos fardos de igual peso, por medio de una silla de madera almohadillada con paja; el conjunto iba cubierto por un cuero seco. La distancia que se recorre cada día es de 25 kilómetros, pero después de algunas semanas de marcha los animales necesitan algunos días de reposo. Así pues, habíamos decidido dejar a los animales andar delante, con la menor carga posible, en tanto que yo iría con un gran camión mientras el camino lo permitiera, es decir hasta Utiarití, a 500 kilómetros al norte de Guiaba: puesto de la línea telegráfica, ya en territorio nambiquara, a orillas del río Papagaio, donde un pontón demasiado débil impediría el paso del camión. En seguida comenzaría la aventura.

Ocho días después de la partida del grupo (una caravana de bueyes se llama tropa), nuestro camión se desquició con la carga. No habíamos hecho cincuenta kilómetros cuando encontramos a nuestros hombres y a nuestros animales apaciblemente acampados en la sabana mientras que yo los creía en Utiarití o por ahí cerca. Allí tuve mi primer ataque de mal humor, que no sería el único. Pero necesitaría otras decepciones para comprender que la noción de tiempo ya no tenía lugar en el universo donde penetraba. No era yo quien dirigía la expedición, ni Fulgencio; eran los bueyes. Esas bestias pesadas se transformaban en otras tantas duquesas cuyos humos, arranques de humor y momentos de cansancio había que respetar. Un buey no se da cuenta de su fatiga o del peso de su carga: continúa avanzando, y luego, de golpe, se desploma, muerto o extenuado al punto de que necesitaría seis meses de reposo para rehacerse; en ese caso la única solución es abandonarlo. Así pues, los boyeros están a las órdenes de sus animales. Cada uno tiene su nombre, de acuerdo con su color, su porte o su temperamento. Los míos se llamaban: Piano (el instrumento de música), Mafa-Barro ('aplastabarro'), Salino ('gota de sal'), Chicolate (mis hombres, que nunca habían comido chocolate, llamaban así a una mezcla de leche caliente azucarada y yema de huevo), Taruma (una palmera), Galáo ('gallo grande'), Lavrado ('ocre rojo'), Ramalhete ('ramo'), Rochedo ('rojizo'), Lambari (un pez), Acanhaco (un pájaro azul), Carbonate ('diamante impuro'), Caíala (?), Mourinho ('mestizo'), Mansinho ('mansito'), Correto ('correcto'), Duque, Motor (porque, según explicaba su conductor, marchaba muy bien), Paulista, Navigante ('navegante'), Moreno, Figurina ('modelo'), Brioso, Barroso, Pai de mel ('abeja'), Aracá ('arazá'), Bonito, Brinquedo ('juguete'), Pretinho ('negruzco').

Cuando los boyeros lo juzgan conveniente, toda la tropa se detiene. Se descargan las bestias una por una, se arma el campamento. Si la comarca es segura, se permite a los bueyes dispersarse por el campo; en caso contrario hay que llevarlos a pastorear vigilados. Cada mañana, algunos hombres recorren el territorio varios kilómetros a la redonda hasta que la posición de cada animal haya sido reconocida. Esto se llama campiar. Los vaqueiros asignan a sus animales intenciones perversas: a veces se escapan por malicia, se esconden o no se los puede encontrar durante días. Yo mismo estuve inmovilizado durante una semana porque una de las muías, según me dijeron, se había ido al campo caminando, primero de costado, después marcha atrás, con el fin de que sus rastros fueran indescifrables para sus perseguidores.

Reunidos los animales, se deben mirar sus llagas, cubrirlas con ungüentos y modificar las monturas para que la carga no pese sobre las partes heridas. Finalmente hay que ensillar y cargar las bestias. Entonces comienza un nuevo drama: cuatro o cinco días de descanso son suficientes para que los bueyes hayan perdido el hábito del servicio; algunos de ellos, apenas sienten la silla se encabritan y cocean mandando a paseo la carga laboriosamente equilibrada; hay que empezar todo de nuevo. Nos consideramos muy felices si el buey, una vez que se ve libre, no escapa al trote a través del campo; en ese caso será necesario acampar de nuevo, descargar, pastorear, campiar, etcétera, antes de que toda la tropa haya podido reunirse; esto se repite cinco o seis veces hasta que, quién sabe por qué, se obtiene una docilidad unánime.

Menos paciente que los bueyes, necesité semanas enteras para resignarme a esta marcha caprichosa. Dejamos la tropa detrás de nosotros y llegamos a Rosario Oeste, barriada de un millar de habitantes, la mayor parte negros, enanos o enfermos de bocio, alojados en casebres —casuchas de adobe de un rojo fulgurante bajo los techos de palmas claras—, al borde de las avenidas rectas, donde crece una hierba salvaje.

Recuerdo el jardincito de mi huésped: por lo minuciosamente organizado parecía una habitación. La tierra había sido apisonada y barrida; las plantas estaban dispuestas con el mismo cuidado que los muebles de una sala: dos naranjos, un limonero, un pimiento, diez plantas de mandioca, dos o tres guiabas (nuestros gombos, un hibisco comestible), otras tantas plantas de seda vegetal, dos rosales, un bosquecillo de bananeros y otro de caña de azúcar. Finalmente, había una cotorra en una jaula y tres pollos atados por la pata a un árbol.

En Rosario Oeste, la cocina de lujo es «partida»; nos servían la mitad de un pollo asado y la otra fría, con salsa picante; la mitad de un pescado frita y la otra hervida. Para terminar, la cachaba(alcohol de caña), que se acepta con la fórmula ritual: cemitério, ca-deia e cachafo, nao é feito para urna so pessoa, es decir, «el cementerio, la prisión y el aguardiente (las tres C) no se han hecho para una sola persona». Rosario está ya en pleno matorral; la población se compone de antiguos buscadores de caucho, de oro y de diamantes, que podían darme indicaciones útiles sobre mi itinerario. Con la esperanza de pescar aquí y allá algunas informaciones, escuchaba a mis interlocutores que evocaban sus aventuras; en ellas, leyenda y experiencia se mezclaban inextricablemente.

No podía convencerme de que en el norte existieran gatos valentes ('gatos valientes'), cruza de gatos domésticos y jaguares. Un interlocutor me cuenta otra historia; quizá tenga algo interesante aunque no sea más que el estilo, el espíritu del sertáo.

En Barra-dos-Bugres, villorrio del Mato Grosso occidental, en el alto Paraguay, vivía un curandeiro, ensalmador que curaba las mordeduras de serpientes. Primeramente pinchaba el antebrazo del enfermo con dientes de sucuri (boa); en seguida trazaba una cruz en el suelo con pólvora, que encendía para que el enfermo extendiera su brazo a través del humo. Finalmente tomaba algodón calcinado con un artificio (encendedor de piedra cuya yesca está hecha de hilachas aprisionadas en un receptáculo de cuerno) y lo embebía de cachaca, que el enfermo bebía. Eso era todo.

Un día, el jefe de una turma de poaieros (grupo de recolectores de ipecacuana, planta medicinal) que asistía a esta cura, pide al curandero que espere hasta el domingo siguiente, porque llegarán sus hombres y seguramente querrán hacerse vacunar (a 5 muréis cada uno, o sea 5 francos de 1938). El curandero acepta. El sábado por la mañana se oye ladrar un perro fuera del barracáo (cabana colectiva). El jefe de la turma envía a un camarada a reconocer el campo: se trata de una serpiente de cascabel furiosa. Ordena al curandero que capture al reptil; él se niega. El jefe se enoja, declara que si no lo hace no habrá vacunación. El curandero se decide; tiende la mano hacia la serpiente; ésta lo pica y muere.

El que me cuenta esta historia explica que fue vacunado por el curandeiro y luego se hizo morder para comprobar la eficacia del tratamiento; tuvo pleno éxito. Agrega que, por supuesto, la serpiente elegida no era venenosa.

Transcribo esta historia porque ilustra bien esa mezcla de malicia e ingenuidad, a propósito de incidentes trágicos tratados como pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, que caracteriza el pensamiento popular del interior del Brasil. No hay que engañarse sobre la conclusión, absurda tan sólo en apariencia. Según lo pude ver más tarde, el narrador razonó como el jefe de la secta neomusulmana de los ahmadíes, en el transcurso de una cena a la que me había convidado en Lahore. Los ahmadíes se apartan de la ortodoxia sobre todo por la afirmación de que todos aquellos que en el transcurso de la historia se han proclamado mesías (entre los cuales se cuentan Sócrates y Buda) lo fueron efectivamente; de otro modo Dios los hubiera castigado por su imprudencia. Asimismo, pensaba sin duda mi interlocutor de Rosario, las potencias sobrenaturales provocadas por el curandero, si su magia no hubiera sido real, lo hubieran desmentido volviendo venenosa a una serpiente que habitualmente no lo era. Puesto que la cura era considerada como mágica, en un plano igualmente mágico él la había fiscalizado lo mismo de manera experimental.

Me habían asegurado que el camino que conducía a Utiarití no nos daría ninguna sorpresa: en todo caso, nada comparable a las aventuras que habíamos vivido dos años antes en el camino de Sao Lourengo. Sin embargo, cuando llegábamos a la Serra do Tombador, en el lugar llamado Caixa Furada ('caja horadada') se rompió un piñón del árbol de transmisión. Nos encontrábamos a unos treinta kilómetros de Diamantino. Nuestros chóferes, a pie, fueron a telegrafiar a Guiaba, desde donde se encargaría a Rio la pieza por avión; después nos la llevaría un camión. Si la operación andaba bien todo estaría listo en unos ocho días; los bueyes tendrían tiempo de adelantársenos.

Así pues, henos aquí acampando en lo alto del Tombador; este espolón rocoso corona la chapada por debajo de la cuenca del Paraguay, al cual domino desde 300 metros de altura; del otro lado los arroyos ya alimentan los afluentes del Amazonas. En esa sabana espinosa, después de haber encontrauo unos pocos árboles para tender nuestras hamacas y nuestros mosquiteros, ¿qué podíamos hacer sino dormir, soñar y cazar? La estación seca había comenzado desde hacía ya un mes. Estábamos en junio. Aparte de algunas débiles precipitaciones en agosto —las chuvas de cajú (que en ese año faltaron)— no caería una sola gota antes de setiembre. La sabana ya había tomado su fisonomía invernal: plantas ajadas o secas, a veces consumidas por los incendios del matorral, que dejaban ver la arena en anchas placas bajo las ramitas calcinadas. Es cuando la poca caza que vaga a través de la meseta se concentra en los impenetrables bosquecillos redondos, los capóes —cuya cúpula señala el emplazamiento de las fuentes—, donde encuentra pequeños lugarcitos verdes en que pastar.

Durante la estación de las lluvias, de octubre a marzo, cuando las precipitaciones son casi cotidianas, la temperatura se eleva a 42° o 44° durante el día; en la noche hace más fresco y hay una caída súbita y breve al alba. Por el contrario, las fuertes variaciones de temperatura son características de la estación seca. En ese momento no es raro pasar de un máximo diurno de 40° a un mínimo nocturno de 8° o 10°.

Mientras bebemos el mate alrededor de nuestra fogata, escuchamos a los dos hermanos que están a nuestro servicio y a los chóferes, que evocan las aventuras del sertáo. Cuentan cómo el gran oso hormiguero, el tamanduá, cuando está de pie en el campo, no puede mantener el equilibrio, y por lo tanto es inofensivo. En la selva se apoya contra un árbol con su cola, y con sus patas delanteras ahoga a quienquiera que se aproxime a él. El oso hormiguero tampoco teme los ataques nocturnos, «pues cuando duerme repliega su cabeza a lo largo del cuerpo, y ni el mismo jaguar llega a saber dónde la tiene». En la estación de las lluvias siempre hay que estar atento a los cerdos salvajes (caititú) que andan en bandas de 50 o más y cuyo crujido de mandíbulas se oye desde muchos kilómetros de distancia, de aquí el nombre que se da también a estos animales: queixada, de queixo(mentón). Cuando los oye, el cazador no tiene más remedio que huir, pues con que un solo animal sea muerto o herido, todos los demás atacan. Tiene que subirse a un árbol o a un cupim ('hormiguero').

Un hombre cuenta que, una vez, viajando de noche con su hermano, oyó gritos de auxilio. Titubeó en acudir por temor a los indios. Así, ambos esperan el día, mientras los gritos continúan. Al alba encuentran a un cazador colgado de un árbol desde la víspera, su fusil en tierra, cercado por los cerdos.

Ese destino fue menos trágico que el de otro cazador que desde lejos oyó a queixada y se refugió en un cupim. Los cerdos lo cercaron. Tiró hasta que las municiones se le terminaron; después se defendió con el machete (facáó). Al día siguiente partieron en su búsqueda; se lo localizó rápidamente por los urubúes (aves de rapiña) que volaban sobre él. En tierra no quedaba más que su cráneo y los cerdos destripados.

Pasamos a las historias ridiculas: la del seringueiro (buscador de caucho) que encontró un jaguar hambriento; dieron vueltas uno tras otro alrededor de un bosquecillo hasta que, por una falsa maniobra del hombre, se encontraron bruscamente cara a cara. Ninguno de los dos se atreve a moverse; el hombre no se arriesga a gritar: «Y sólo al cabo de media hora, a causa de un calambre, hace un movimiento involuntario, choca con la culata de su fusil y se da cuenta de que está armado».

Desgraciadamente el lugar estaba infestado por los insectos habituales: avispas maribondo, mosquitos, piums y borrachudos, unas diminutas mosquitas chupadoras de sangre que vuelan en nubes; también había los pais-de-mel, 'padres de miel', es decir, las abejas. Las especies sudamericanas no son venenosas; atacan de otra manera: ávidas de sudor, se disputan los lugares más favorables —comisuras de los labios, ojos y narices— y, como ebrias por las secreciones de su víctima, prefieren dejarse destruir en el lugar antes que volar, y sus cuerpos aplastados a ras de piel atraen sin cesar nuevos consumidores. De ahí su sobrenombre de lambe-olhos ('lameojos'). Es el verdadero suplicio del matorral tropical, peor que la infección provocada por los mosquitos o las mosquitas, a la cual el organismo se acostumbra en pocas semanas.

Pero quien dice abeja dice miel, a cuya cosecha está permitido librarse sin peligro, abriendo los nidos de las especies terrestres o descubriendo, en un árbol hueco, estantes de células esféricas, gordas como huevos. Todas las especies producen mieles de sabores diferentes —yo registré trece—, pero siempre tan fuertes que, siguiendo el ejemplo de los nambiquara, aprendimos rápidamente a disolverlas en el agua. Esos perfumes profundos se analizan en varios tiempos, a la manera de los vinos de Borgoña, y su rareza desconcierta. Encontré su equivalente en un condimento del Asia Sudoriental, extracto de glándulas de cucarachas, que valía un Potosí. Una pizca podía dar gusto a un plato. Muy semejante también es el olor que exhala un coleóptero francés de color oscuro llamado procuste chagriné.

Finalmente, el camión de socorro llega con la pieza nueva y un mecánico para colocarla. Partimos de nuevo, atravesamos Diamantino, medio en ruinas en su valle abierto en dirección del río Paraguay; subimos otra vez la meseta —ahora sin incidentes—, bordeamos el río Arinhos, que vuelca sus aguas en el Tapajoz y después en el Amazonas; tomamos al oeste, hacia los valles accidentados del Sacre y del Papagaio, que también contribuyen a formar el Tapajoz, donde se precipitan en caídas de sesenta metros. En Paressí nos detenemos para examinar las armas abandonadas por los beifos de pau, que, según se dice, están nuevamente en los alrededores. Un poco más lejos pasamos una noche en vela en un terreno pantanoso, inquietos por las fogatas indígenas cuyas columnas de humo veíamos a pocos kilómetros, en el cielo límpido de la estación seca. Un día más para ver las cataratas y recoger informaciones en una aldea de indios paressí. Y he allá el río Papagaio, de unos cien metros de ancho, que corre a flor de tierra con aguas tan claras que el lecho rocoso es visible a pesar de su profundidad. Del otro lado, una docena de chozas de paja y de casuchas de adobe: el puesto telegráfico de Utiarití. Descargamos el camión, ponemos las provisiones y el equipaje en el pontón. Damos descanso a los chóferes. En la otra orilla, vemos ya dos cuerpos desnudos: son nambiquara.

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