Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Octava Parte. Tupi-Kawaib

35. Amazonia

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussAl llegar a Urupá, donde comienza la navegación de motor, encontré a mis compañeros instalados en una espaciosa cabana de paja levantada sobre estacas y dividida en varios compartimientos por medio de tabiques. No teníamos nada más que hacer, excepto vender los restos de nuestro material a la población local o intercambiarlos por pollos, huevos o leche —pues había algunas vacas—, vivir perezosamente y recuperar nuestras fuerzas esperando a que el río, crecido a causa de las lluvias, permitiera al primer navio de la estación subir hasta allí, lo cual llevaría sin duda unas tres semanas. Cada mañana, disolviendo en la leche nuestras reservas de chocolate, desayunábamos contemplando a Vellard, que extraía astillas de hueso de la mano de Emydio y le iba dando forma. El espectáculo tenía algo de nauseabundo y de fascinante; se combinaba en mi pensamiento con el de la selva, pleno de formas y amenazas. Me puse a dibujar, tomando mi mano izquierda por modelo, paisajes con manos que emergían de cuerpos retorcidos y enmarañados como lianas. Después de una docena de bosquejos, desaparecidos casi todos durante la guerra (¿en qué granero alemán están hoy olvidados?), me sentí consolado y volví a la observación de las cosas y de las gentes.

Desde Urupá hasta el río Madeira, los puestos de la línea telegráfica están junto a cabanas de buscadores de caucho que dan razón de ser al poblamiento esporádico de las orillas. Parecen menos absurdos que los de la meseta y el género de vida que allí se lleva comienza a perder su carácter de pesadilla. Por lo menos se matiza y se diversifica en función de los recursos locales. Se ven huertas de sandías, nieve tibia y rosada de los trópicos; corrales de tortugas cautivas que aseguran a las familias el equivalente del pollo dominical. En los días de fiesta, éste aparece también bajo la forma de galinha em molho pardo ('gallina en salsa oscura'), y se completa con un bolo podre (literalmente: 'pastel podrido'), con un chá de burro ('tisana de asno' es decir maíz con leche) y de baba de mofa ('saliva de moza': queso blanco bañado en miel). El jugo tóxico de la mandioca, fermentado durante semanas con pimientos, proporciona una salsa fuerte y aterciopelada. Es la abundancia: Aqui só falta o que nao tem: aquí sólo falta lo que no se tiene.

Todos estos platos son «colosales» delicias —pues el lenguaje amazónico se complace en los superlativos—. Por regla general, un remedio o un plato son buenos o malos «como el demonio»; una caída de agua es «vertiginosa»; una pieza de caza, «un monstruo»; y una situación, «abisínica». La conversación proporciona una sabrosa muestra de deformaciones lugareñas. Tal la inversión de los fonemas: percisa por precisa; precitamente por perfeitamente; Tribucio por Tiburcio. También se acompaña por largos silencios, cortados solamente por solemnes interjecciones: «¡Sim Senhor!» o «¡Disparate!», que se refieren a toda clase de pensamientos confusos u oscuros, como la selva.

Algunos comerciantes ambulantes, regataos o mascates —generalmente sirios o libaneses— llevan, después de semanas de viaje en piragua, medicamentos y diarios viejos, igualmente deteriorados por la humedad. Por un número abandonado en la choza de un buscador de caucho me enteré, con cuatro meses de retraso, de los acuerdos de Munich y la movilización. También las fantasías de los habitantes de la selva son más ricas que las de los habitantes de la sabana. Están los poetas, como esa familia en la que el padre y la madre, llamados Sandoval y María, respectivamente, componen los nombres de los niños a partir de ese conjunto de sílabas. Las niñas se llaman Valma, Valmaria y Valmarisa; los muchachos Sandomar y Marival, y en la generación siguiente: Valdomar y Valkimar. Los pedantes llaman a sus hijos Newton y Aristóteles y se entregan al paladeo de esos medicamentos tan populares en Amazonia que se llaman: Tintura preciosa, Tónico oriental, Específico Gordona, Pildoras de Brístol, Agua inglesa y Bálsamo celeste. A veces toman, con fatales consecuencias, biclorhidrato de quinina en lugar de sulfato de sodio; contraen tal grado de hábito que necesitan tomar de golpe un tubo entero de aspirinas para calmar un dolor de muelas. De hecho, un pequeño depósito en el curso inferior del Machado parecía expedir apenas simbólicamente, por piragua, río arriba, tan sólo dos especies de mercaderías: rejas sepulcrales e irrigadores.

Junto a esa medicina «sabia» existe otra popular, que consiste en resguardos ('prohibiciones') y oragoes ('oraciones'). Mientras la mujer está encinta no está sujeta a ninguna prohibición alimentaria. Después del parto y durante los ocho primeros días tiene derecho a carne de pollo y de perdiz. Hasta el cuadragésimo día, además de los precedentes, come ciervo y algunos peces (pacú, piava, sardinha). A partir del cuadragésimo primer día puede reanudar las relaciones sexuales y agregar a su régimen alimentario el jabalí y los peces llamados «blancos». Durante un año le están prohibidos el tapir, la tortuga terrestre, el ciervo rojo, el mutum, los peces «de cuero»: jatuarama y curimata. Lo que los informadores comentan así:

Isso é mandamento da lei de Deus, isso é do inicio do mundo, a mulher só é purificada depois de 40 días. Se nao faz, o fim é triste. Depois do tempo da menstruagáo, a mulher fica immunda, o homem que anda com ela fica immundo também; é a leí de Deus para mulher. Como explicación final: E uma cousa muita fina, a mulher.

[Es el mandamiento de la ley de Dios; esto viene del comienzo del mundo. La mujer es purificada sólo al cuadragésimo día. Si esto no se hace, la consecuencia es triste. Después de la menstruación, la mujer está inmunda, y el hombre que la frecuenta se vuelve inmundo también; es la ley que Dios ha hecho para la mujer. La mujer es algo muy delicado.]

He aquí ahora, en los confines de la magia negra, la «Oragáo do sapo seco», que se encuentra en un libro de buhonería, el Livro do Sao Cypriano. Se consigue un gran sapo cururú o sapo leiteiro; se lo entierra hasta el cuello un viernes, se le dan brasas, él las traga. Ocho días después se lo puede ir a buscar: ha desaparecido. Pero en el mismo lugar nace un «cepo de árbol de tres ramas», de tres colores. La rama blanca es para el amor, la roja para la desesperación, la negra para el duelo. El nombre de la oración se debe a que el sapo se seca; ni siquiera lo comen las aves de rapiña. Se recoge la rama que corresponde a la intención del oficiante y se la esconde: e cousa muita occulta. La oración se pronuncia en el momento de enterrar el sapo:

Eu te enterro com palma de chao lá dentro.
Eu te prende baixo de meus pés até como fór o possivel.
Tens que me livrar de tudo quanto e perigo.
So soltarei vocé quando terminar minha missáo.
Abaixo de Sao Amaró será o meu protetor.
As undas do mar seráo meu livramento.
Na pólvora do sol será meu descanso.
Anjos da minha guarda sempre me accompanham.
E o Satanaz nao terá, forga me prender.
Na hora chegada no pinga de meio dia Esta oragáo sera ouvida.
Sao Amaró vocé e supremes senhores dos animaes crueis.
Sera o meu protetor Mariterra (?). Amen.

[Yo te entierro bajo un pie de tierra, aquí abajo. /
Te tomo bajo mis pies tanto como sea posible. /
Debes liberarme de todo cuanto sea peligro. /
Sólo te liberaré una vez que termine mi misión. /
Mi protector se encontrará bajo la invocación de Sao Amaro. /
Las olas del mar serán mi liberación. /
En el polvo de la tierra estará mi reposo. /
Angeles de mi guarda, acompañadme siempre. /
Y Satán no tendrá la fuerza de asirme. /
Cuando sea exactamente la hora de mediodía esta oración será oída. /
Sao Amaro, tú y los supremos señores de los animales crueles. /
Será mi protector Mariterra (?). / Amén.]

También se practica la Oragáo da fava ('del haba') y la Oragáo do morcego ('del murciélago').

En las inmediaciones de los ríos navegables por pequeñas embarcaciones de motor, allí donde la civilización —representada por Manaos— ya no es un recuerdo casi borrado sino una realidad con la cual es posible retomar contacto, quizá dos o tres veces en el curso de una existencia, están los frenéticos y los inventores. Así, ese jefe de puesto que abre gigantescos cultivos en plena selva para él, su mujer y sus dos hijos, fabrica fonógrafos y toneles de aguardiente. Contra él se encarniza el destino: su caballo es atacado todas las noches por vampiros. Le hace un arnés con tela de carpa, pero el caballo lo desgarra contra las ramas; entonces intenta pintarlo con pimiento, luego con sulfato de cobre, pero los vampiros «secan todo con sus alas» y siguen chupando la sangre del pobre animal. El único medio eficaz fue vestir al caballo de jabalí por medio de cuatro pieles cortadas y cosidas. Su imaginación, que nunca es pobre, lo ayuda a olvidar una gran decepción: la visita a Manaos, donde todas sus economías desaparecen entre los médicos, que lo explotan, el hotel, que lo mata de hambre, y sus niños, que vacían las tiendas con la complicidad de los proveedores.

Quisiera poder evocar más largamente esos penosos personajes de la vida amazónica, alimentados de excentricidad y de desesperanza. Héroes o santos como Rondón y sus compañeros, que siembran el mapa de territorios inexplorados con los nombres del calendario positivista; muchos de ellos se dejaron asesinar antes que responder a los ataques de los indios. Cabezas huecas que corren al fondo de los bosques a extrañas citas con tribus que sólo ellos conocen, cuyas humildes cosechas saquean antes de haber sido alcanzados por una sola flecha. Soñadores, que edifican en algún valle descuidado un imperio efímero. Maniáticos, que despliegan en la sociedad el género de actividad que a otros les valió antaño un virreinato. Víctimas, en fin, de esa embriaguez mantenida por gentes más poderosas que ellos y cuyo extraño destino es ilustrado por los buscadores de aventuras del río Machado, al borde de las selvas que ocupan los mundé y los tupí-kawaíb.

Transcribiré aquí un relato, torpe pero no desprovisto de grandeza, que recorté un día de una gaceta amazónica.

Extracto de A Pena Evangélica (1938)

En 1920 el precio del caucho declinó, y el gran jefe (coronel Raymundo Pereira Brasil) abandonó los seringaes que, aquí, a orillas del Igarapé Sao Thomé permanecían vírgenes o casi vírgenes. El tiempo pasaba. Desde que dejara las tierras del coronel Brasil, mi alma de adolescente había conservado, grabado en caracteres indelebles, el recuerdo de esas fértiles selvas. Despertaba de la apatía en que nos había sumergido la súbita caída del caucho y yo, que ya estaba bien entrenado y habituado a la Bertholletia Excelsa, recordé de golpe los castanhaes que veía en Sao Thomé.

En el Grand Hotel de Belem do Pará encontré un día a mi antiguo patrón, el coronel Brasil. Aún tenía las huellas de su antigua riqueza. Le pedí permiso para ir a trabajar «sus» castaños. Y él con benevolencia me dio la autorización; habló y dijo: «Todo eso está abandonado; está muy lejos y allí ya no quedan más que los que no pudieron escaparse. No sé cómo viven, y ni siquiera me interesa. Tú puedes ir allá.»

Reuní unos pequeñísimos recursos, pedí la aviagáo [así se llama la mercadería comprada a crédito] a las casas J. Adonias, Adelino G. Bastos y Gongalves, Pereira y Compañía; compré un pasaje en un barco de la Amazon River, y emprendí el curso del Tapajoz. Nos volvimos a encontrar en Itaituba: Rufino Monte Palma, Melentino de Telles de Mendonga y yo. Cada uno de nosotros llevaba cincuenta hombres. Nos asociamos y triunfamos. Llegamos pronto a la desembocadura del Igarapé Sao Thomé. Allí encontramos toda una población abandonada y sombría: viejos embrutecidos, mujeres casi desnudas, niños anquilosados y temerosos. Una vez que construimos los cobertizos, y cuando todo estuvo preparado, reuní a mi personal y a toda esa familia y les dije: «He aquí la boia para cada uno, cartucho, sal y harina. En mi barraca no hay ni reloj ni calendario; el trabajo comienza cuando podemos distinguir los contornos de nuestras manos callosas y la hora del reposo viene con la noche que Dios nos ha dado. Los que no estén de acuerdo no comerán; deberán conformarse con sopa de nueces de palmera y sal de brotes de anaja de cabeza gorda [del brote de esta palmera se extrae, haciéndolo hervir, un residuo amargo y salado]. Tenemos provisiones para sesenta días, y debemos aprovecharlas; no podemos perder una sola hora de este tiempo precioso.» Mis socios siguieron mi ejemplo y sesenta días más tarde teníamos mil cuatrocientas veinte barricas [cada barrica contiene aproximadamente 130 litros] de castañas. Cargamos las piraguas y descendimos con la tripulación conveniente hasta Itaituba. Yo me quedé con Rufino Monte Palma y el resto del grupo para tomar el barco de motor Santelmo, que nos hizo esperar quince días enteros. Una vez que llegamos al puerto de Pimental nos embarcamos con las castañas y todo el resto en la gaiola Sertanejo, y en Belem vendimos las castañas a 47 muréis 500 el hectolitro [2 dólares 30]. Desgraciadamente murieron cuatro en el viaje. Nunca más volvimos. Pero hoy en día, con los precios, que van hasta 220 muréis el hectolitro —el mayor precio alcanzado según los documentos que poseo, durante la temporada 1936-37—, ¿qué ventajas no nos promete el trabajo de la castaña, que es una cosa cierta y positiva, no como el diamante subterráneo, con su eterna incógnita? Mirad, amigos cuiabanos, cómo se hace castaña de Pará en el Estado de Mato Grosso.

Todavía éstos, en sesenta días, ganaron para 150 o 160 personas un total equivalente a 3500 dólares. Pero, ¿qué decir de los buscadores de caucho, a cuya agonía pude asistir en mis últimas semanas de permanencia?

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