Tristes Trópicos. Claude Lévi-Strauss

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Cuarta Parte. La tierra y los hombres

15. Muchedumbres

Tristes Trópicos. Claude Lévi-StraussYa se trate de las ciudades momificadas del Viejo Mundo o de los conglomerados fetales del Nuevo, estamos acostumbrados a asociar con la vida urbana nuestros valores más altos tanto en el plano material como en el espiritual. En las grandes ciudades de la India, sin embargo, aquello de lo cual nosotros tenemos vergüenza como de una tara, aquello que consideramos como una lepra, es el hecho urbano llevado a su máxima expresión: la aglomeración de individuos cuya razón es la de aglomerarse por millones, cualesquiera que sean las condiciones reales. Basura, desorden, promiscuidad, rozamientos; ruinas, barracones, barro, inmundicia; humores, excrementos, orina, pus, secreciones, rezumaderos: todo eso contra lo cual la vida urbana nos parece ser la defensa organizada, todo eso que nosotros odiamos, todo eso de lo que nos protegemos a tan alto precio, todos esos subproductos de la cohabitación, aquí no alcanzan jamás un límite. Más bien forman el medio natural que la ciudad necesita para prosperar. La calle, sendero o callejón, proporciona a cada individuo un hogar donde se sienta, duerme y junta esa basura viscosa que es su comida. Lejos de repugnarle, adquiere una especie de status doméstico por el solo hecho de haber sido exudada, excretada, pateada y manoseada por tanta gente.

Cada vez que salgo de mi hotel en Calcuta, bloqueado por las vacas y con ventanas que sirven de aseladero a las aves de rapiña, me transformo en el centro de un ballet que resultaría cómico si no inspirara tanta piedad. Se pueden distinguir en él varias entradas, cada una de ellas afianzada por un gran papel:

el lustrabotas, que se echa a mis pies;

el muchachito gangoso que se precipita: «¡One anna, apa, one anna!»;

el inválido, casi desnudo para que sus muñones puedan verse mejor;

el proxeneta: British girl, very nice...;

el vendedor de clarinetes;

el repartidor de New-Market, que suplica que compre todo, no porque esté directamente interesado sino porque si me sigue los annas que ganará le permitirán comer. Describe el catálogo con la misma concupiscencia que manifestaría si todos esos bienes le estuvieran destinados: Suit cases? Shirts? Hose?...

En fin, toda la compañía de hombrecitos: «enganchadores» de rickshaws, degharris, de taxis. En la acera, a una distancia de tres metros, se tienen todos los que se deseen. Pero, ¿quién sabe? Yo puedo ser un personaje tan importante que ni siquiera me digne tenerlos en cuenta... Sin contar la cohorte de vendedores, tenderos, traperos, a quienes nuestro paso anuncia el Paraíso: quizá les compremos algo.

¡Cuidado!, reírse o irritarse equivaldría a un sacrilegio. Esos gestos grotescos, esas muecas..., vano sería censurarlos y criminal ridiculizarlos en lugar de ver en ellos los síntomas clínicos de una agonía. Una sola obsesión, el hambre, inspira esas conductas de desesperación, la misma que echa a las gentes de los campos y hace que Calcuta haya pasado en pocos años de 2 a 5 millones de habitantes; hacina a los fugitivos en el callejón sin salida de las estaciones, donde se los ve desde los trenes, por la noche, dormidos sobre los andenes y envueltos en la tela de algodón blanco que hoy es su vestido y mañana será su sudario; confiere su intensidad trágica a la mirada del mendigo que se cruza con la nuestra a través de los barrotes metálicos del compartimiento de primera que, como el soldado armado que se agacha sobre el estribo, nos protege de esa reivindicación muda de uno solo de ellos, que podría fácilmente transformarse en aullante motín si la compasión del viajero, más fuerte que la prudencia, mantuviera a esos condenados en la esperanza de una limosna.

El europeo que vive en América tropical se plantea problemas. Observa las relaciones originales entre el hombre y el medio geográfico, y las modalidades mismas de la vida humana le ofrecen sin cesar motivos de reflexión. Pero las relaciones de persona a persona no adoptan nueva forma, son del mismo orden de las que él siempre conoció. En el Asia meridional, por el contrario, cree hallarse más aquí o más allá de lo que el hombre tiene derecho a exigir del mundo y del hombre.

La vida cotidiana parece ser un permanente repudio de la noción de relaciones humanas. Allí todo lo ofrecen, a todo se comprometen, pregonan toda clase de competencias cuando en realidad nada saben. Así, de pronto, uno se ve obligado a negar al otro la calidad humana, que reside en la buena fe, en el sentido de compromiso y en la capacidad de obligarse. Los rickshaw boys ofrecen llevarnos a cualquier parte aunque ignoren el itinerario más que nosotros. Así pues ¿cómo no impacientarse y, a pesar de los escrúpulos que despierta el subir a su vehículo para dejarse arrastrar, no tratarlos como a animales, ya que sus desatinos obligan a considerarlos como tales?

La mendicidad general desconcierta aún más. Ya no nos animamos a cruzar una mirada abiertamente por la pura satisfacción de tomar contacto con otro hombre: la menor detención será interpretada como una debilidad, un botín ganado por la imploración. El tono del mendigo que llama: «sa-hib» es asombrosamente semejante al que nosotros empleamos para amonestar a un niño: «¡a ver!», amplificando la voz y bajando el tono en la última sílaba, como si dijera: «Pero es evidente, asombrosamente claro, ¿no estoy yo aquí, mendigándote, adquiriendo sobre ti un crédito por este solo hecho? Entonces, ¿qué piensas? ¿dónde tienes la cabeza?» La aceptación de una situación de hecho es tan completa que consigue hacer desaparecer el elemento de súplica. No hay más que la comprobación de un estado objetivo, de una relación natural entre el otro y yo, de la cual la limosna debería desprenderse con la misma necesidad que une las causas y los efectos en el mundo físico.

También aquí el otro nos obliga a negarle la humanidad que tanto querríamos reconocerle. Todas las situaciones iniciales que definen las relaciones entre personas están falseadas, las reglas del juego social, burladas; no hay manera de comenzar; porque aunque uno quisiera tratar a esos desgraciados como a iguales, ellos protestarían contra la injusticia; no quieren ser iguales; suplican y conjuran que uno los aplasta con su soberbia pues precisamente de la dilatación de la distancia esperan ellos alguna migaja (los ingleses dicen con acierto: bribery) tanto más sustanciosa cuanto más distendida se halle nuestra relación; cuanto más alto me ubiquen, tanto más podrán esperar que esa nada que me piden se convierta en algo. No reivindican un derecho a la vida; el solo hecho de sobrevivir les parece una limosna inmerecida, apenas justificada por el homenaje que rinden a los poderosos.

Por lo tanto, ni sueñan con presentarse como iguales. Esa presión incesante, esa ingeniosidad siempre alerta para engañar, para «agarrarlo» a uno, para obtener algo por medio de astucias, mentiras o robo, es insoportable en seres humanos. Y sin embargo ¿cómo puede uno endurecerse? Porque todas esas conductas —y aquí nuestra comprensión queda atacada— son diversas modalidades del ruego, Y justamente porque la actitud fundamental que se nos manifiesta es la del ruego, hasta cuando se nos roba, la situación resulta tan acabadamente, tan completamente insoportable: por más que me avergüence no puedo evitar confundir a los refugiados —a quienes desde las ventanas de mi palacio oigo gemir y llorar todo el día a la puerta del Primer Ministro, en vez de verlos amotinados, echándonos de nuestras estancias que podrían alojar varias familias— con esos cuervos negros con gorguera gris que graznan sin cesar en los árboles de Karachi.

Al principio, esta alteración de las relaciones humanas resulta incomprensible al espíritu europeo. Concebimos las oposiciones entre las clases en forma de lucha o de tensión, como si la situación inicial —o ideal— correspondiera a la resolución de esos antagonismos. Pero aquí el término «tensión» no tiene sentido. Nada hay de tenso; hace mucho tiempo que todo lo que podía estar tendido se ha roto. La rotura está al comienzo y esa falta de una «hermosa época» a la cual referirse para encontrar sus rastros o soñar con su retorno nos deja frente a una sola convicción: todas esas gentes con quienes nos cruzamos en la calle van en camino de perderse. ¿Bastará con privarse de algo para detenerlos en la pendiente?

Y si se quiere pensar en términos de tensión el cuadro al que se llega no es menos sombrío. Pues entonces habrá que decir que todo está tan tenso que ya no existe equilibrio posible: en los términos del sistema, y a menos que se empiece por destruirlo, la situación ha llegado a ser irreversible. De golpe nos encontramos en desequilibrio frente a mendicantes que hay que rechazar, no porque se los desprecie, sino porque nos envilecen con su veneración; nos desean más majestuosos, más poderosos aún, con la extravagante convicción de que cada ínfima mejoría de su suerte sólo puede provenir de una mejoría cien veces multiplicada de la nuestra. ¡Cómo se esclarecen las fuentes de la llamada crueldad asiática! Esas hogueras, esas ejecuciones y esos suplicios, esos instrumentos quirúrgicos concebidos para infligir incurables heridas, ¿no resultan de un juego atroz, aderezo de esas relaciones abyectas en las que los humildes nos transforman en cosa para cosificarse ellos, y recíprocamente? La distancia entre el exceso de lujo y el exceso de miseria hace trizas la dimensión humana. Sólo queda una sociedad donde aquellos que no son capaces de riada sobreviven esperándolo todo (¡qué sueño tan oriental el de los genios de Las Mil y Una Noches!) y aquellos que lo exigen todo no ofrecen nada.

En tales condiciones no sorprende que relaciones humanas inconmensurables con aquellas que nos gusta pensar (demasiado a menudo ilusoriamente) como definitorias de la civilización occidental, nos aparezcan alternativamente inhumanas y subhumanas, como las que observamos al nivel de la actividad infantil. En ciertos aspectos al menos ese pueblo trágico nos parece, en efecto, infantil, comenzando por la simpatía de sus miradas y de sus sonrisas, siguiendo por la indiferencia que manifiestan con relación a los modales y al lugar, palpable entre toda esa gente que se sienta o se acuesta en cualquier situación; el gusto por la baratija y el oropel, las conductas ingenuas y obsequiosas de hombres que se pasean de la mano, orinan acurrucados en público y succionan el humo azucarado de sus chilam; el prestigio mágico de los testimonios y de los certificados y esa creencia común de que todo es posible, que en los cocheros, por ejemplo (y en general en todos aquellos cuyos servicios se contratan) se traduce por pretensiones desmesuradas que satisfacen rápidamente con poca cosa. «¿De qué tienen que quejarse?», hizo preguntar una vez a su intérprete el gobernador de Bengala oriental a los indígenas de las colinas de Chittagong, acabados por la enfermedad, la subalimentación, la pobreza y ladinamente perseguidos por los musulmanes. Reflexionaron largo rato y luego respondieron: «Del frío...»

Todo europeo en la India se ve, quiéralo o no, rodeado de un respetable número de servidores, hombres para todo trabajo, que se llaman bearers. ¿Qué es lo que explica su deseo de servir? ¿El sistema de castas, la desigualdad social tradicional o las exigencias de los colonizadores? No lo sé, pero la obsequiosidad de que hacen gala consigue que la atmósfera se haga muy pronto irrespirable. Serían capaces de postrarse en tierra para que uno no apoyara el pie sobre el piso; ofrecen diez baños por día: cuando uno se suena la nariz, cuando come una fruta, cuando se ensucia el dedo... A cada instante rondan implorando una orden. Hay algo de erótico en esta angustia de sumisión. Y si nuestra conducta no responde a sus expectativas, si uno no actúa a la manera de sus antiguos amos británicos, su universo se desmorona: ¿no desea budín? ¿se baña después de la cena en lugar de hacerlo antes? Ya no hay más Dios... La confusión se pinta en sus rostros; retrocedo precipitadamente, renuncio a mis hábitos o a las ocasiones más extraordinarias. Comeré una pera dura como una piedra, un custard1 gelatinoso, ya que debo pagar, con el sacrificio de un ananá, la salvación moral de un ser humano.

Durante algunos días me alojé en el Circuit House de Chittagong, palacio de madera al estilo de los chalets suizos, donde ocupaba una habitación de 9 por 5 metros y 6 de altura. No había menos de doce conmutadores: araña, pilones murales, iluminación indirecta, baño, dressing-room, espejo, ventiladores, etc... ¿No era éste el país de las luces de Bengala? Con este desenfreno eléctrico, quizás algún maharaja se reservó la delicia de un juego de artificio íntimo y cotidiano.

Un día, en la ciudad baja, detuve el automóvil puesto a mi disposición por el jefe del distrito, delante de una tienda de buena apariencia donde me dispuse a entrar: Royal Huir Dresser, High class cutting, etc. El chófer me miró horrorizado: How can you sit there! En efecto, ¿qué ocurriría con su propio prestigio frente a los suyos si el Master se degradaba, y al mismo tiempo lo degradaba, sentándose junto a los de su raza...? Desalentado, dejo a él mismo el cuidado de organizar el ritual del corte de pelo para un ser de esencia superior. Resultado: una hora de espera en el automóvil hasta que el peluquero hubo terminado con sus clientes y reunido su material; retorno juntos al Circuit House en nuestro Chevrolet. No bien llegué a mi habitación de los doce conmutadores, el bearer preparó un baño para que yo pudiera limpiarme de la contaminación de esas manos serviles que habían rozado mi cabello.

Tales actitudes están arraigadas en un país cuya cultura tradicional inspira a cada uno el deseo de hacerse rey con relación a otro cualquiera, por poco que éste descubra o crea ser un inferior. Así como desearía que yo lo tratara, el bearer tratará al peón que pertenece a las scheduled castes, es decir las más bajas, las «inscriptas», según decía la administración inglesa, con derecho a su protección, ya que la costumbre casi les rehusaba la calidad humana; y en efecto, hombres son esos barrenderos y basureros que por sus funciones se ven obligados a permanecer acurrucados todo el día, ya sea porque recogen el polvo con sus manos, ayudándose con una escobilla sin mango en las escalinatas de las habitaciones o porque piden al ocupante del toilet, martillando la parte inferior de la puerta a puñetazos, que termine pronto con ese monstruoso utensilio que los ingleses llaman commode, como si, siempre contraídos y corriendo como cangrejos a través del patio, también ellos encontraran, arrebatando al amo su esencia, el medio de afirmar una prerrogativa y de adquirir un status.

Será necesaria otra cosa muy distinta de la independencia y el tiempo para borrar este hábito de servidumbre. Me di cuenta de ello una noche, en Calcuta, al salir del Star Theater, donde asistí a la representación de una obra bengalí, Urboshi, inspirada en un tema mitológico. Un poco perdido en ese barrio periférico de una ciudad a donde acababa de llegar, vi a una familia local de buena burguesía que se me adelantaba para tomar el único taxi que pasaba. El chófer no lo entendió así; en el curso de una animada conversación que se entabló entre él y sus clientes, y en la que la palabra Sahib era repetida con insistencia, parecía subrayar la inconveniencia de rivalizar con un blanco. Con un discreto malhumor, la familia se fue a pie en la noche y el taxi me recogió; quizás el chófer esperaba una propina más sustanciosa; pero, de acuerdo con lo que mi rudimentario bengalí me permitió entender, la discusión versaba sobre algo muy diferente: un orden tradicional que debía ser respetado.

Me quedé tanto más desconcertado cuanto que la función me había dado la ilusión de que algunas barreras estaban superadas. En esa gran sala destartalada que tenía tanto de galpón como de teatro tuve ocasión de ser el único extranjero, al tiempo que me encontré mezclado con la sociedad local. Esos tenderos, comerciantes, empleados y funcionarios perfectamente dignos, algunos acompañados por sus esposas, cuya encantadora seriedad demostraba que no tenían la costumbre de salir con frecuencia, me manifestaban una indiferencia que tenía algo de bienhechora después de la experiencia del día; por negativa que fuera su actitud, y quizás hasta por esa razón, instauraba entre nosotros una discreta fraternidad.

La pieza, de la cual yo comprendía sólo unas migajas, era una mezcla de Broadway, Chátelet y Belle Héléne. Había escenas cómicas y domésticas, escenas de amor patéticas, el Himalaya, un amante decepcionado que vivía allí como ermitaño y un dios portador de tridente con una mirada fulminante que lo protegía de un general con grandes bigotes; en fin, una compañía de coristas, la mitad de las cuales parecía componerse de mujerzuelas de cuartel y la otra, de preciosos ídolos tibetanos. En el entreacto se servía té y limonada en cubiletes de cerámica que se tiraban después de usarse —como se hacía hace 4000 años en Harappa, donde siempre se encuentran pedazos—, mientras los altavoces difundían una música vulgar, movediza, aire entre chino y pasodoble.

Mirando las idas y venidas del joven primer actor, cuyo liviano ropaje abría paso a rizos, doble mentón y formas regordetas, me acordaba de una frase que había leído días antes en la página literaria de un diario local, y que transcribo aquí sin traducir, para no dejar escapar el sabor indescriptible del angloindio: «...and the young girls who sigh as they gaze into the vast blueness of the sky, of what are they thinking? Offat, prosperous suitors...» Esa referencia a los «rollizos pretendientes» me había asombrado, pero mientras contemplaba al presuntuoso héroe que hacía ondear en el escenario los repliegues de su estómago, y recordaba los mendigos hambrientos que iba a encontrar en la puerta, comprendí mejor este valor poético de la repleción para una sociedad que vive en una intimidad tan lancinante con la penuria. Los ingleses entendieron, por otra parte, que el medio más seguro para implantar aquí a los superhombres era convencer a los indígenas de que necesitaban una cantidad de comida muy superior a la que satisface a un hombre ordinario.

Mientras viajaba por las colinas de Chittagong, en la frontera birmana, con el hermano de un rajá local que había llegado a ser funcionario, me sorprendió ver la solicitud con la que me hacía cebar por sus servidores: al alba el palancha, o sea el «té en la cama» (si es que el término puede aplicarse a los elásticos pisos de bambú trenzado sobre los que dormíamos en las chozas indígenas), dos horas más tarde, un sólido breakfast, luego la comida del mediodía, a las cinco un té copioso y, finalmente, la cena. Todo eso en aldeas donde la población se alimentaba tan sólo dos veces por día con arroz y calabaza hervida, que los más ricos sazonaban con un poco de salsa de pescado fermentada. Resistí muy poco tiempo, tanto por razones fisiológicas como morales. Mi compañero, aristócrata budista, educado en un colegio angloindio y orgulloso de una genealogía que se remontaba a cuarenta y seis generaciones (se refería a su muy modesto «bungalow» llamándolo «mi palacio» pues en la escuela le habían enseñado que así se llamaba la morada de los príncipes), se mostraba estupefacto y hasta levemente ofendido frente a mi temperancia:Don't you take five times at day? No, yo no «tomaba» cinco veces por día, sobre todo en medio de gentes que se morían de ham-bre. De parte de este hombre, que nunca había visto a un blanco que no fuera inglés, las preguntas chisporroteaban: ¿Qué se comía en Francia? ¿Cuál era la composición de las comidas? ¿El intervalo que las separaba? Yo me esforzaba por informarle como lo haría un indígena concienzudo con la encuesta de un etnógrafo, y a cada una de mis palabras observaba el vuelco que se producía en su mente. Toda su concepción del mundo cambiaba: después de todo, un blanco podía también ser nada más que un hombre.

Sin embargo, hacen falta tan pocas cosas aquí para crear la humanidad... Veamos a un artesano instalado él solo en una acera, donde ha dispuesto algunos trozos de metal y herramientas: se ocupa de una tarea ínfima, de la que obtiene su subsistencia y la de los suyos. ¿Qué subsistencia? En las cocinas al aire libre, pedazos de carne aglomerados alrededor de unas varillas se asan sobre las brasas; preparados de leche van apocándose en baldes cónicos; rodajas de hojas dispuestas en espiral sirven para envolver el chicote de betel; los granos de oro del gram se achicharran en la arena caliente. Un niño pasea algunos garbanzos en una palangana: un hombre compra el equivalente de una cuchara sopera y se agacha en seguida para comerlo, en la misma postura indiferente a los transeúntes que adoptará un instante después para orinar. Los ociosos pasan horas y horas en tabernas de madera bebiendo un té cortado con un poco de leche.

Se necesitan pocas cosas para existir: poco espacio, poca comida, poca alegría, pocos utensilios o herramientas; es la vida en un pañuelo. Pero, en cambio, parece haber mucha alma. Se lo huele en la animación de la calle, en la intensidad de las miradas, en la virulencia de la menor discusión, en la cortesía de las sonrisas que marcan el paso del extranjero, a menudo acompañadas, en tierra musulmana, de un salaam con la mano en la frente. ¿Cómo interpretar de otra manera la facilidad con que estas gentes arraigan en el cosmos? Es la civilización de la alfombra de plegarias que representa al mundo, o del cuadrado dibujado sobre el suelo que define un lugar de culto. Allí están, en plena calle, cada uno en el universo de su pequeña exhibición y dedicados plácidamente a su industria en medio de las moscas, de los transeúntes y del bullicio: barberos, escribas, peinadores, artesanos. Para poder resistir se necesita un lazo muy fuerte, muy personal con lo sobrenatural, y quizás allí es donde reside uno de los secretos del Islam y de los otros cultos de esa región del mundo: cada uno se siente en presencia de su Dios.

Recuerdo un paseo a Clifton Beach, cerca de Karachi, a orillas del océano Indico. Al cabo de un kilómetro de dunas y de pantanos se desemboca en una larga playa de arena oscura, hoy desierta pero a donde los días de fiesta la muchedumbre se vuelca en vehículos arrastrados por camellos más endomingados que sus propios amos. El océano era de un blanco verdoso. El sol se ponía; la luz parecía venir de la arena y del mar, por debajo de un cielo a contraluz. Un anciano enturbantado se había improvisado una pequeña mezquita individual con dos sillas de hierro que había tomado de una taberna vecina donde se asaban los kebab. Solo, en la playa, rezaba.

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Notas:

1. Postre inglés, del tipo del flan. (N. de la T.)