Datos antropológicos sobre los Pijao

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Religión 

La cúspide del Panteón Pijao está ocupada por dos deidades, Locomboo y Nacuco. La primera es benévola y tiene el significado (¿lingüístico o religioso?) de abuela del tiempo y abundancia del mismo. Posiblemente se trata de tiempo estacional, de variaciones anuales, ya que un tiempo cronológico es difícil de encontrar en una cultura como la Pijao. Locomboo es eterno e infinito y es el creador “de las cosas”. No conocemos su ámbito creativo, pues el término “cosas” no está especificado y además no parece que se refiera al mundo, que fue hecho por Nacuco. Otro aspecto curioso es la posibilidad de que se trate de una deidad femenina, como la palabra “abuela” parece indicar.

Existía entre los Pijao una celebración anual al tiempo, que muy bien pudiera ser parte del culto a Locomboo. Consistía en confeccionar la figura de un hombre (¿quizá mujer?) con paja menuda, relleno de legumbres, frutos y masato. Se llevaba a una ladera muy inclinada y los indios marcaban el lugar hasta el que, según su opinión, podría rodar la figura. Por último, se lanzaba ésta y tras ella todos los indios, monte abajo. Los que llegaran al lugar marcado antes que la representación del tiempo, serían afortunados durante el año siguiente. La fiesta tenía un jefe de ceremonias, encargado del esplendor de la misma, en cuya casa se hacían las libaciones y se elegía al sucesor, por medio de comunicaciones espirituales. El cargo debía de ser anual.

Nacuco parece ser un dios malévolo, al que se atribuye la creación del mundo, cosas muy difíciles de conjugar. Nacuco existió en realidad y fue un indio (¿creado por Locomboo?), poseedor de dotes sobrenaturales, que predecía los acontecimientos y hacía milagros. Tenía la cabeza herida, lo que quizá pueda entenderse como expresión psicológica de su maldad, y podía transformarse a voluntad. Su perdición fue enamorarse de una india llamada Ibamaca, que lo engañó hábilmente para defender su castidad. Simulando acceder a sus deseos, le citó en una cueva, que taponó tan pronto como Nacuco entró en ella, con piedras y tierra. En este lugar, que está en la sierra de Ytaima, en la jurisdicción de Ibagué, camino a Cartago, salieron dos fuentes, una de agua caliente y otra de agua fría.

Mito realmente curioso es el del indio reformador o de Quetzalcoatl, como se llama en Americanística por similitud con el registrado entre los Azteca. Un indio de la provincia de Anaima, de nombre desconocido, comenzó a peregrinar por los lugares públicos, especialmente mercados y sitios donde se libaba, pocos años antes de la llegada de los españoles. Predicaba una reforma de las costumbres morales, especialmente el repudio a la antropofagia, pues de no hacerse así vendrían unos hombres blancos, cabalgando sobre leones (¿tigres?), con armas de truenos y rayos, para exterminar y esclavizar a los Pijao.

El segundo nivel del Panteón estaba ocupado por una gran cantidad de ídolos, algunos de los cuales quizá fueran tan importantes como las deidades anteriores, ya que la jerarquía religiosa de este pueblo resulta muy confusa, debido a que posiblemente no todas las tribus tenían el mismo sistema. Un detalle importante en este sentido nos lo ofrece Fray Pedro Simón al decirnos que los Pijao sostuvieron guerras anteriormente, por la supremacía de sus ídolos.

Los ídolos eran de dos tamaños: grandes y pequeños. Los primeros podían tener hasta la altura de un hombre y resulta extraño que la arqueología practicada en la región no haya podido encontrar ningún ejemplar. Los segundos eran portátiles y se llevaban a la guerra para proteger a los combatientes. En cuanto a los materiales más importantes eran madera, barro y piedra. Se les pintaba con franjas rojas y amarillas, los colores que también empleaban los mohanes. Las ofrendas que se les hacían eran chicha, masato, comidas y frutos de la tierra.

La figura de los ídolos debía de ser antropo y zoomorfa. La primera clase corresponde a un ejemplar que los españoles vieron en la provincia de Otaima y que era la representación de un Pijao. En los Organos vieron otro ídolo antropomorfo, si bien con múltiples extremidades y cabezas. Zoomorfo parece ser el adorado en las provincias de Cacataima y Otaima, que Simón describe como un “bulto feísimo, como suelen pintar al demonio” (¿tendría forma caprina?).

Los ídolos más importantes fueron Lulomoy, venerado en los Organos, y cuyo nombre quería decir “dios grande”, y Eliani, de los Otaima y Nacataima. El primero tenía 6 brazos, 6 piernas y tres cabezas. El segundo es el mencionado “bulto feísimo”.

Supervivencia de metempsicosis encontramos en el caso del indio Chaguala, quien condenado a muerte por los españoles dijo que después de morir comería hierba, ya que su alma entraría en el cuerpo de un venado.

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1 Manuel Lucena Salmoral nació en Madrid en 1933. Historiador español, especialista en historia y antropología americana.

Ejerció como periodista y posteriormente se licenció en Historia de América en la Universidad Central de Madrid. Formó parte del Instituto Colombiano de Antropología, que le encargó diversas comisiones de estudio de grupos indígenas.

Falleció en el año 2018.