... Yangá en México.
Nicolás Ngou-Mve Extraído de: AMERICA NEGRA. Expedición humana a la zaga de la América Oculta. Índice 1. El cimarrón y la sociedad colonial americana. 2. Hechos y actores de la rebelión de Yangá 3. Antecedentes y atmósfera general 4. Los hechos y sus protagonistas 5. Yangá, o la expresión del África bantú en América |
4. Los hechos y sus protagonistas
Esta es la atmósfera en la que llegó a Veracruz, hacia 1579, uno de los cientos de jóvenes africanos, al que llamaban “Yangá”. Poco tiempo después, el pequeño cautivo huyó al monte, volviéndose cimarrón y uniéndose a las numerosas pandillas cimarronas que andaban por entonces en las cercanías del puerto de Veracruz.
Sobre esta época, los archivos mexicanos están repletos de notas referentes a los cimarrones: quejas de las autoridades locales, respuestas del virrey o del mismo Rey de España, medidas de represión contra los rebeldes, etc. En forma particular, llama la atención la crueldad de estas medidas, como la siguiente ordenanza de don Martín Enríquez mandando que:
"... qualquier esclauo negro que aueriguare auerse uydo del seruicio de su amo y se allare en los montes por el mismo caso sea preso y capado sin que sea necesario aueriguación de otro delito ni exceso..." 1
Medidas jurídicas como esta ordenanza se combinaron con ataques frontales a los palenques. Estos asaltos militares, realizados a veces con medios financieros considerables, se multiplicaron con el tiempo, sin llegar nunca a acabar con el problema. Al contrario, se tiene la impresión de que la multiplicación de estos ataques contra los cimarrones tenía como consecuencia la extensión del fenómeno. Los ataques eran infructuosos porque los negros, poco antes de la “entrada” de los españoles, abandonaban el palenque y se escapaban a la selva, dispersándose en pequeños grupos inalcanzables que se volvían a encontrar más tarde en otro palenque o creaban uno nuevo. Así pueden explicarse, no solamente el constante fracaso de los españoles en su intento de erradicar el cimarronaje por las armas, sino también la difusión del fenómeno a través de lo que es hoy el Estado de Veracruz. En efecto, el 13 de junio de 1607, don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros y virrey de Nueva España, daba comisión al capitán Álvaro Baena para castigar a los cimarrones de esta región. Este texto nos da una idea clara de la extensión y de la virulencia del cimarronaje, que se encontraba:
"... en las dichas jurisdicciones de la vieja y nueva Veracruz, Río Blanco y Punta de Antón Yzardo, como en las juridicciones de Mizantla, Tlacotlalpa, Tlaliscoya, Zongolica, la Rinconada, Guatusco, Sant Antonio Orizaba, Xalapa, Río Medellín y todas sus estancias, montes poblados y despoblados y otras qualesquier partes y lugares de las dichas jurisdicciones..." 2
Uno de estos ataques, que entró en la historia por sus felices conclusiones para los negros, fue lanzado el martes 23 de febrero de 1609, a las ocho de la mañana, por el capitán Pedro González de Herrera, al mando de un ejército de cerca de 600 hombres. Entre estos, se encontraban dos sacerdotes jesuitas, encargados de poner a los asaltantes en buenos términos con Dios: los padres Juan Laurencio y Juan Pérez. Gracias al informe del primer citado, se conocen los pormenores de esta contienda 3.
La tropa salió del puerto de Veracruz el día 23 de enero de 1609, constituida básicamente por los soldados de esta ciudad. Para no darles aviso a los cimarrones, varios días antes se les había prohibido a los negros de Veracruz salir de la ciudad, y se había guardado secreto el destino de la expedición. En camino, se le fueron juntando a la tropa más hombres de guerra: 150 indios flecheros, 100 españoles pagados por el Rey y gran número de aventureros, entre negros, indios, blancos y mestizos. Llama la atención el que todos estos hombres anduvieron casi un mes en la selva, buscando a los rebeldes negros, mientras que éstos no paraban sus ataques a los viajeros del Camino Real y a los hacendados españoles de esta zona.
Por su lado, y a pesar de todas las precauciones tomadas por los españoles para sorprender a los cimarrones, éstos se habían enterado muy temprano de lo que se preparaba y recorrían toda la región en busca del Capitán González de Herrera y de sus hombres. En esta búsqueda del enemigo y del enfrentamiento, los negros rebeldes mataron a un hacendado español que no les quiso ayudar. Capturaron a otro y a unas mujeres indígenas para llevárselos a su palenque. El prisionero español fue presentado a Yangá, el ya viejo jefe de los cimarrones, quien decidió perdonarle la vida, encargándole más bien la misión de entregar al capitán González una carta de desafío en la que le invitaba al combate, divulgando incluso el camino que conducía al palenque: ¡para que el español no perdiera más tiempo...!
El mensaje llegó al capitán González y a su gente que, de hecho, estaban cerca sin saberlo. Era el día 22 de febrero, se lo pasaron los asaltantes reconociendo el terreno, instalando su campamento y debilitando las fuerzas cimarronas por la destrucción de las sementeras y fuentes de agua que tenían cerca del palenque.
Al día siguiente, 23 de febrero de 1609, a las ocho de la mañana, se dio el asalto al palenque de Yangá. Poco antes los españoles habían escuchado misa y recibido la bendición del padre Laurencio. Se dividió la tropa en dos escuadras: la de los arcabuceros y la de los indios flecheros. Un grupo se adelantó a descubrir las emboscadas. Una de éstas fue reconocida por un perrito que llevaban los expedicionarios. Allí estaban efectivamente emboscados unos ochenta negros rebeldes, detrás de una especie de muralla de piedras, esperando a los españoles.
Situado en la cumbre de un cerro, el palenque de Yangá era de difícil acceso, por la aspereza de la pendiente, la espesura de la selva y la angostura del sendero. Estas características no podían ser fortuitas. Por motivos estratégicos y defensivos, seguramente habían sido determinantes en la elección del sitio. Ahí los cimarrones no podían ser atacados totalmente por sorpresa; porque además de estas disposiciones topográficas, tenían en el centro del palenque un árbol gigante en la cima del cual habían instalado una especie de atalaya de donde observaban todos los movimientos efectuados a varias leguas de allí. Además de esta explotación ingeniosa de la naturaleza, los cimarrones habían dispuesto a lo largo del único sendero que conducía a su pueblo, una serie de trampas y obstáculos como esta muralla de piedras detrás de la que estaban emboscados, esperando a que los españoles llegasen al alcance de sus armas. Y en esto, en sus armas, residía principalmente su debilidad.
En efecto, según el mismo padre Laurencio, los cimarrones no tenían más armas que unas galgas, flechas y guadañas; es decir, simples proyectiles de mano que ellos se disponían a arrojar sobre los asaltantes mientras los veían subir lenta y penosamente. De hecho, esta estrategia era muy parecida a la de los indios, muchos de los cuales por entonces andaban también alzados en varios lugares de la Nueva España. En realidad, sobran ejemplos de una estrecha colaboración guerrillera entre los negros y los indios en su lucha contra la dominación española. Uno de ellos es el de la rebelión de los indios de Guachinango, cerca de Guadalajara, en 1550: a esta rebelión típicamente indígena, se habían ido uniendo varios de los negros que se huían de las minas de esta región 4.
Otra debilidad de los negros era el reducido número de sus guerreros: unos 80 hombres contra los 600 que constituían la expedición española.
Estas son las condiciones en que se entabló la refriega. Los negros hicieron caer sobre los atacantes una lluvia de piedras, flechas y hasta troncos de árboles. De las bajas, el padre Laurencio no da ningún detalle, ni por un lado ni por el otro. Pero, hablando de los españoles, concluye que “... finalmente fueron muchos los heridos de piedras y flechas...”. Fácilmente superados, los cimarrones se retiraron a su palenque, situado todavía a media legua atrás, perseguidos por los españoles. Sin embargo, esta “huida” era un auténtico embuste porque el camino estaba sembrado de trampas y obstáculos cuyo propósito parece haber sido para los cimarrones, no tanto de matar a más españoles, como de frenar su progresión: puertas atrancadas, pasos estrechos sobre abismos, etc. Y cuando por fin los españoles llegaron al palenque, al anochecer, éste por supuesto ya estaba vacío de sus habitantes. La decepción de los españoles se lee en las siguientes palabras del padre Laurencio:
"Cuando venimos a entrar y ganar el pueblo, ya toda la gente de él se había acogido en la espesura del monte que tenían cerca. Y para que nuestros soldados no les pudieran seguir el alcance, tenían aquí prevenida otra fuerte palizada..."
A los españoles no les quedó otro remedio sino echar su furia sobre los restos dejados por los cimarrones. Quemaron las 60 casas del palenque, arrasaron los platanares y otros numerosos árboles frutales que allí tenían plantados, etc. También se hicieron de la comida y de las armas abandonadas por los cimarrones, antes de acogerse a la iglesia que se encontraba en el palenque.
Los españoles decidieron quedarse allí unos días, invitando a los negros, con una bandera blanca a reducirse por la paz. Pero, observa el padre Laurencio, “estos, aunque tan fatigados y acosados, en esta ocasión no la abrazaron”. Frente a este segundo revés, los españoles lanzaron desde el palenque otras excursiones para continuar la persecución. En una de éstas, dieron con otro palenque adonde, una vez más, llegaron demasiado tarde. Sus habitantes ya se habían ido “por una sierra arriba, muy fragosa de peñascos y arboleda espesa, de lo alto iban fatigando con flechas y piedras a los nuestros que iban en su seguimiento”, cuenta el padre Laurencio. En esta nueva persecución, un negro cayó herido de varios balazos, muriendo inmediatamente después. Cansado de esta infructuosa y penosa labor, el capitán González de Herrera volvió a ofrecer la paz a los negros. Y una vez más, la rechazaron.
Hasta ahora no se ha podido saber la manera como Yangá hizo llegar a sus perseguidores las condiciones de su rendición. Lo que sí se sabe, es que durante la preparación de esta expedición, el virrey Luis de Velasco (el hijo) había pedido al Provincial de la Compañía de Jesús, en México, dos misioneros castrenses para que acompañaran a los soldados y que ayudaran, con “los medios de la fe” (es decir con la negociación), a la pacificación de los cimarrones. Después de la participación espiritual de ellos en el combate, el padre Juan Laurencio fue llamado de nuevo a México, dejando a Juan Pérez la conducción del trato con Yangá. Fue probablemente él, quien presentó al virrey el texto de las condiciones de los cimarrones: que sólo podían abandonar la lucha si las autoridades les ofrecían la amnistía, la libertad total y el derecho de crear para sí una villa con suficientes tierras para criar a sus hijos en paz y como buenos sujetos del rey y de la Iglesia; que en este pueblo no debía entrar ningún español; que el gobierno de su pueblo debía quedar en manos del mismo Yangá y, luego de él, en las de sus descendientes; que les daban un plazo de un año (es decir hasta 1610), al cabo del cual reanudarían las hostilidades... Como contrapartida, los cimarrones se comprometieron a ayudar a las autoridades a capturar los esclavos que en adelante se seguirían huyendo de sus amos, renunciando ellos mismos a la rebeldía 5
Todas estas negociaciones llegaron al Consejo de Indias que envió al virrey Luis de Velasco, el día 16 de mayo de 1609, el siguiente texto, firmado por el mismo rey de España:
... hauiéndose entendido en mi Consejo de las Indias que en la que en esta tierra llaman Rrío Blanco están alzados muchos negros y dos perdido el miedo y respeto devido a mis ministros y considerando quánto conviene acudir al remedio de los ynconvenientes grandes que desto se siguen, paresció que se debía hazerlo castigando a los dichos negros alzados como sus delitos y atrevimiento lo meresce. Mas porusar con ellos de mi acostumbrada clemencia, he resuelto que, no sólo se haga esto pero que antes, se trate de su reducción pormedios suabes, presupuesto que conforme a lo que vos me escrivís, estaban ya quietos y ynclinados a reducirse ellos mismos. Y assí os mando que, en la forma y como mejor os pareciere,procure que se reduzcan por bien, aunque sea tomando para esto con ellos el asiento y con las condiciones que más convengan, asegurándoles en mi nombre que todas ellas se les guardarán y cumplirán como por la presente mando que se les guarden y cumplan, sin que falte cosa alguna. 6
En cumplimiento de este mandamiento, el virrey firmó en el mes de agosto de 1609, la ordenanza por la cual se fundaba el pueblo de “San Lorenzo de los negros”, según los términos de las condiciones exigidas por los negros rebeldes de Yangá.
Estas son las condiciones en que nació, dice Arroniz Baez, “el primer perímetro libre de la América sometida a la dominación española... Y Yangá, un africano fue el precursor de la libertad en el Continente Americano” 7. Más tarde, en 1631, el marqués de Cerralvo, virrey de la Nueva España, confirmó el trazado del pueblo, dándole el nombre de “San Lorenzo de Cerralvo”, que hoy se llama simplemente Yangá, con rango de ciudad, situada entre las ciudades de Veracruz y Córdoba.
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Notas:
1 AGI: Ordenanzas 2, Fol. 105-106.
2 AGI: Reales Cédulas Duplicadas, vol. 5, Exp. 803, Fol. 198, vta: Comisión a Alvaro de Baena.
3 Todas las referencias que en adelante se hacen sobre estos acontecimientos son sacadas de: AGN: Historia, vol. 31, fol. 47 y siguientes.
4 Ver AGI: Justicia 350, fol. 1323 y siguientes.
5 AGI: Inquisición, vol. 283, fol. 187-188.
6 AGI: México 1065, Lib. 5, fol. 122-vta.
7 Arroniz Baez, Othón: “Fundación de la Villa”. En. A-Z, número especial dedicado a la fundación de Córdoba. México, No. de Junio 1985, pág. 24.