La Población Indígena de América

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios
III. La población indígena al declararse la independencia hispanoamericana (1810-1825)

La Población Indígena de AméricaLa población indígena de este período se puede obtener, en forma relativamente satisfactoria, de dos obras de Alejandro de Humboldt: el Ensayo político de la Nueva España (1811) y el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo (1816-1830)32. Puede dudarse de la exactitud de muchas de las cifras por la insuficiencia de los cálculos y porque enormes regiones del continente estaban inexploradas y eran casi inaccesibles. Puede parecer reducida la cantidad de indios que calculaba en estado de independencia (820.000 en total). Pero Humboldt había recorrido gran parte de América desde 1799 a 1804, internándose hasta el corazón del continente y deteniéndose en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Méjico y los Estados Unidos; tenía además una visión objetiva de sus problemas, dispuso de fuentes excepcionales de información, revisó escrupulosamente manuscritos y estadísticas, analizó los registros de nacimientos y defunciones y elaboró científicamente las cifras oficiales. Sus cifras de conjunto pueden considerarse, pues, bastante aproximadas. Con los materiales dispersos (a veces divergentes) de ambas obras de Humboldt y con los datos complementarios que hemos podido reunir, hemos compuesto el cuadro siguiente33:

2. LA POBLACIÓN AMERICANA HACIA 1825

  Indios % Blancos % Negros % "Castas"
(Mestizos,
Mulatos, etc)
% Población
Total
I. América al norte de Méjico                  
Groenlandia 6.000 100 Incl. en indios       Incl. en indios   6.000
Alaska 17.000 95,32 835 4,68     Idem.   17.835
Canadá 400.000 3,47 550.000 80,89     Idem   680.000
Estados Unidos 8.575.000 79,65 1.920.000 17,83 Idem y negros   10.765.000
Total 423.000 3,68 9.125.835 79,57 1.920.000 16,75     11.468.8355
II. Méjico, Centroamérica y Antillas                  
Méjico 3.700.000 54,48 1.230.000 18,12 Incl. en mul.   1.860.000 27.40 6.800.000
Antillas Extinguidos   482.000 16.95 1.960.000 68,95 401.000 14,10 2.843.000
Centroamérica 880.000 55,70 280.000 17,72 Incl. en mul.   420.000 26,58 1.600.000
Total 4.580.000 40,85 1.992.000 17,76 1.960.000 17,48 2.681.000 23,91 11.243.000
III. América del Sur                  
Venezuela (Cap. General de Caracas) 120.000 15,00 212.000 26,00 62.000 8,00 408.000 51,00 800.000
Colombia (Aud. Santa Fe) 700.000 35,38 430.000 21,73 Incl. en mest.   848.000 42,87 1.327.000
Ecuador (Aud. Quito)   550.000

Guayanas

Inglesa 20.000 8,36 8.965 3,75 190.421 79,53 20.000 8,36 239.386
Holandesa
Francesa 701 4,05 1.035 5,98 15.579 89,97 En neg. e incl.   17.315
Perú 1.130.000 46,16 465.000 19,00 Incl. en mest.   853.000 34,84 1.400.000
Chile   1.100.000
Argentina 200.000 31,74 320.000 13,55 Id.   742.000 31.41 630.000
Bolivia 1.000.000     1.716.000
Paraguay 100.000  

 

Uruguay 600 1,50 40.000
Brasil 360.000 9,14 920.000 23,35 1.960.000 49,75 700.000 17,76 4.000.000
Total 3.631.301 30,96 2.357.000 20,10 2.228.000 18,48 3.571.000 30,46 11.819.701
Total de América hacia 1825 8.634.301 25,10 13,474,835 39,16 6.046.000 17,57 6.252.000 18,17 34.531.536

Durante el período 1810-1825 se desarrolló intermitentemente la guerra de la Independencia, con las trabas consiguientes para el crecimiento demográfico. Puede admitirse, en general, que la población indígena de Hispanoamérica permaneció más o menos estacionaria en esos quince años y que las cifras del cuadro representan la herencia que dejó a los países nacientes el régimen colonial.

Comparando las cifras de ese cuadro con las de 1940 se desprenden las siguientes conclusiones:

1a. La población indígena ha pasado de 8.634.301 a 16.211.670, es decir, que ha aumentado en 7.577.369. En cambio el .porcentaje se ha reducido del 25,10 al 5,91, y, si se consideran únicamente los países hispanoamericanos (excluyendo las Antillas), del 43,2 por ciento al 14,4 por ciento. Aumento absoluto, disminución relativa.

2a La población total ha crecido desproporcionadamente en las tres Américas, que tenían entonces casi la misma población (aproximada a la de España, que se calculaba en 11.446.000): al Norte de Méjico, de 11.468.835 a 143.181.636; Méjico, Centroamérica y Antillas, de 11.468.835 a 42.309.452; América del Sur, de 11.819.701 a 88.784.023.

Se ve que en el último siglo no ha habido una indianización del continente, sino un blanqueamiento progresivo de la población 34. Ese blanqueamiento hay que atribuirlo fundamentalmente a la inmigración, que en gran parte ha tenido el valor de una segunda colonización de América.

Las cifras plantean varias cuestiones, que vamos a tratar en detalle. El aumento de la población indígena ¿es una consecuencia del régimen independiente?

La desproporción en el crecimiento de las tres Américas ¿indica que la población india ha sido un peso muerto en el crecimiento demográfico?

Veamos la actitud de los hombres de la Revolución hacia el indio. Miranda, uno de los precursores, presentó al ministro inglés Pitt, en 1790, un proyecto de Federación de toda la América española con un Inca hereditario, llamado emperador. Esta idea era una repercusión del movimiento insurreccional de Túpac Amaru, que los ingleses habían seguido con atención y hasta con esperanzas, y que llegó a conmover a amplios sectores criollos. Luego, en su plan de 1808, Miranda abandonó sus planes monárquicos y propuso que el Poder Ejecutivo estuviese en manos de dos personas elegidas por el Cuerpo Legislativo. Esas dos personas se llamarían Incas, «nombre venerable en el país». Los gobernadores provinciales se llamarían curacas, otro nombre quechua. Pero su indigenismo no se limitaba a la terminología. El plan disponía el reemplazo de las autoridades españolas por cabildos y ayuntamientos, «a los cuales ingresaría una tercera parte escogida entre los indios y el pueblo de color de la Provincia»35.

Iniciada la lucha, el impulso anti-español buscó asidero en el pasado indígena. Los llamados españoles americanos abominaron de la conquista, renegaron de la tradición española, identificaron su causa con la causa del indio y trataron de hacer revivir la tradición indígena. La literatura de la época, tan apegada a las formas del neoclasicismo español, exaltó contra España la grandeza precolombina e hizo renacer de sus tumbas, con aureola de héroes y de mártires, a Moctezuma, Guatimozín, Atahualpa, Caupolicán, Lautaro, Túpac Amaru. De aquel momento quedan testimonios en el Himno Nacional Argentino de Vicente López y en el Canto a Junín de Olmedo. Pero la actitud indianista no fué sólo desbordamiento lírico.

La idea de colocar a un descendiente de los incas en el trono de la América independiente llegó a seducir a una de las cabezas más preclaras de la Revolución, la de Manuel Belgrano. Las amarguras de la lucha civil, los temores de intervención europea y el espectáculo de la vida política inglesa llevaron a Belgrano al monarquismo constitucional. En 1816 se decidió por una dinastía incaica. Los diputados del Alto Perú al Congreso de Tucumán eran partidarios decididos de la idea y pedían que la capital de las Provincias Unidas del Río de la Plata se trasladara al Cuzco, antiguo centro imperial. El 6 de julio de 1816, Belgrano se presentó al Congreso en sesión secreta y sostuvo en un largo discurso: «La forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada, llamando la dinastía de los Incas, por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta casa, tan inicuamente despojada del trono, por una sangrienta revolución que se evitaría para en lo sucesivo con esta declaración y el entusiasmo general de que se poseerían los habitantes del interior con la sola noticia de un paso para ellos tan lisonjero». En el Congreso hubo asentimiento general. El 31 de julio, proclamada ya la Independencia, el doctor Castro Barros declaró que debían «ser llamados los Incas al trono de sus mayores, del que habían sido despojados por la usurpación de los Reyes de España». La idea la llegó a aceptar San Martín: «Ya digo a Laprida — escribe el 22 de julio de 1816 — lo admirable que me parece el plan de un Inca», aunque Mitre cree que hay cierto dejo irónico en la carta36. Belgrano, general en jefe del ejército del Norte, consideró que la restauración estaba asegurada, y el 2 de agosto se dirigió en una proclama a los pueblos del Perú: «Ya nuestros padres del Congreso han resuelto revivir y reivindicar la sangre de nuestros Incas para que nos gobiernen. Yo, yo mismo he oído a los padres de nuestra patria reunidos hablar y resolver, rebosando de alegría, que pondrán de nuestro rey a los hijos de nuestros Incas». Hasta el general Güemes lo aceptó y preconizó. Se llegó a hablar de unir a un descendiente de la casa de los Incas con una descendiente de la casa de Braganza. Pero la opinión de Buenos Aires ridiculizó el propósito de la restauración, y el proyecto naufragó en el mismo Congreso de Tucumán37. De las veleidades incaicas sólo quedó un símbolo: el sol de los Incas pasó al escudo argentino y a la bandera nacional.

Nunca se había llegado a concretar qué descendiente de los Incas iniciaría la dinastía, y si quedaba realmente alguno, y el plan — como dice Mitre — se había reducido a proclamar la sombra de una sombra. Todavía en octubre de 1822 un «quinto nieto del último emperador del Perú», llamado Juan Bautista Túpac Amaru, que decía haber pasado cuarenta años de padecimientos en las prisiones españolas, obtuvo de Rivadavia, Secretario de Gobierno, una pensión vitalicia38. También en Méjico surgió en varias ocasiones la idea de restaurar el Imperio azteca, aunque ninguno de los planes tuvo la grandeza de concepción del proyecto de Belgrano39. Por más ilusorios que hayan sido todos esos proyectos, atestiguan, como la poesía de la época, los ideales y sentimientos de los hombres de la Revolución y el peso político de la población indígena. Los gobiernos de la Revolución procuraron atraerse al indio a su causa. Las proclamas y decretos invocaban la fraternidad americana y suprimían los tributos, la encomienda, la mita, los pongos, los yanaconazgos y toda forma de servidumbre personal. Las repúblicas recién constituidas se apresuraron a proclamar la emancipación del indio y su igualdad jurídica con el blanco. Fueron más lentas, en general, para proclamar la libertad del negro

Ya el 8 de junio de 1810 la Junta de Buenos Aires convocó a los oficiales indios que hasta entonces habían estado agregados a las castas de pardos y morenos. El secretario, don Mariano Moreno, que se había doctorado en Chuquisaca con una tesis sobre el servicio personal de los indios, les leyó la siguiente orden del día: «La Junta no ha podido mirar con indiferencia que los naturales hayan sido incorporados al cuerpo de castas, excluyéndolos de los batallones españoles a que corresponden. Por su clase, y por expresas declaratorias de S. M., en lo sucesivo no debe haber diferencia entre el militar español y el militar indio: ambos son iguales y siempre debieron serlo, porque desde los principios del descubrimiento de estas Américas quisieron los Reyes Católicos que sus habitantes gozasen los mismos privilegios que los vasallos de Castilla» 40.La Junta incorporó las compañías de indios a los regimientos de criollos de la Capital, bajo sus mismos oficiales, "sin diferencia alguna y con igual opción a los ascensos", ordenó luego que se hiciese lo mismo en todas las provincias, que se considerase a los indios tan capaces de optar a todos los grados, ocupaciones y puestos como cualquier otro de los habitantes y que se promoviese por todos los caminos su ilustración, su comercio y su libertad. Luego, ampliada la Junta con representantes de las provincias, dispuso que además de los diputados que debían elegir las villas y ciudades para el próximo Congreso, que debía dictar la Constitución, se eligiera en cada Intendencia (excepto en Córdoba y Salta) "un representante de los indios, que, siendo de su misma capacidad y nombrado por ellos mismos, concurra al Congreso con igual carácter y representación que los demás diputados" 41. Más adelante, el 1° de septiembre de 1811, la misma Junta, en vista del «estado miserable y abatido de la desgraciada raza de los indios», que son «los hijos primogénitos de América», resuelve adelantarse a las decisiones del futuro Congreso y suprimir el tributo, «signo de la conquista»: "Desde hoy en adelante para siempre queda extinguido el tributo que pagaban los indios a la corona de España en todo el distrito de las provincias unidas al actual gobierno del Río de la Plata y [las] que en adelante se le reuniesen y confederasen bajo los sagrados principios de su inauguración"42. La Asamblea General de 1813 sancionó ese decreto, abolió además la mita, la encomienda, el yanaconazgo y todo servicio personal, y declaró que los indios eran libres e iguales a todos los demás ciudadanos43. La Constitución de 1819 consagró estos principios: «Siendo los indios iguales en dignidad y en derechos a los demás ciudadanos, gozarán de las mismas preeminencias y serán regidos por las mismas leyes. Queda extinguida toda tasa o servicio personal, baxo cualquier pretexto o denominación que sea. El Cuerpo Legislativo promoverá eficazmente el bien de los naturales por medio de leyes que mejoren su condición, hasta ponerlos al nivel de las demás clases del Estado» (Artículo CXXVIII). Todas esas medidas iban dirigidas a la pacificación de los indios de la provincia de Buenos Aires, que eran un peligro constante para las poblaciones de la campaña44, y a la captación de los indios del Alto Perú, que estaban en gran parte al servicio de los realistas.

La misma actitud se encuentra en el otro extremo de la América española. El 29 de noviembre de 1810, desde su cuartel de Guadalajara, el Padre de la Independencia Mejicana, don Bartolomé Hidalgo, declaró abolida la esclavitud y dispuso que las castas de la antigua legislación no pagaran tributos; el 5 de diciembre ordenó a los jueces y justicia del distrito que las tierras de las comunidades fueran para goce exclusivo de los naturales en sus respectivos pueblos. Morelos, en 1813, dictó en varias ocasiones disposiciones análogas: declaró abolida la esclavitud y la distinción de castas; mandó por bando que quedase abolida «la hermosísima jerigonza de calidades, indio, mulato, mestizo, tente en el aire, etcétera, y que sólo se distinguiese la regional, nombrándose todos generalmente americanos». En 1821 el Plan de Iguala, que sirvió de base para la Independencia mejicana y para la proclamación del Imperio, declaraba en el artículo 12: «Todos los habitantes de Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos ni indios, son ciudadanos de esta monarquía, con opción a todo empleo según su mérito y virtudes».

Consecuente con los mismos principios, el general San Martín, al penetrar en el Perú, decretó el 17 de agosto de 1821: «En adelante no se denominará a los aborígenes, indios o naturales; ellos son hijos y ciudadanos del Perú, y con el nombre de peruanos deben ser conocidos». Y el 28 de agosto declaró extinguido el servicio personal de los indios.

El mismo espíritu anima los decretos de Simón Bolívar. El 8 de abril de 1824, en Trujillo, dispuso la venta de las tierras del Estado, pero excluyó las que estaban en manos de los indios, a los cuales declaró propietarios de ellas con el derecho de venderlas o enajenarlas; estableció que las tierras de comunidad se repartieran entre los indios que no tuvieran tierras, asignando más a los casados, y de tal manera que ningún indio quedara sin una parcela de tierra propia. En decreto del 4 de julio de 1825, en el Cuzco, quiso poner en práctica las disposiciones anteriores y reparar las usurpaciones de caciques y recaudadores contra la propiedad de los indios: «Se devolverán a los naturales, como propietarios legítimos, todas las tierras que formaban los resguardos, según sus títulos, cualquiera que sea el que aleguen para poseerla los actuales tenedores». Estableció, además, la división de las tierras por familias, y que la propiedad indígena no pudiera venderse hasta el año 1850. Estas medidas se extendieron al Alto Perú por decreto del 29 de agosto de 1825. Finalmente, por decreto del 22 de diciembre de 1825, suprimió la tasa o tributo que pesaba sobre el indio como un signo de vasallaje y degradante humillación45.

Los decretos, proclamas y llamamientos iban muchas veces escritos en la propia lengua indígena, como en otros tiempos el catecismo de los misioneros46. Y el indio respondió en parte a la nueva empresa catequizadora. Los indios de Méjico, conducidos por los gobernadores de los pueblos y los capitanes de las cuadrillas de las haciendas, fueron a engrosar la infantería del ejército revolucionario de Hidalgo, en su marcha desde Dolores hasta la capital, divididos por pueblos, armados con palos, flechas, hondas y lanzas, y llevando consigo mujeres y niños. Y lucharon con valor en la batalla del Monte de las Cruces, en donde algunos afirman que murieron unos 20.000 indios. El jefe realista Calleja se asombraba de que Morelos reuniera a su lado, en cada nueva empresa, "la indiada de veinte pueblos en circunferencia". En la historia mejicana se han hecho célebres los regimientos de indios mayos, del estado de Sonora. Y en las Provincias Unidas, el general Pueyrredón, en su proclama del 12 de noviembre de 1811, detalla una serie de pueblos del Perú, donde los naturales, en la lucha contra los españoles, «se cubrieron de gloria inmortal»47. Pero también pueden señalarse hechos contrarios: «Los indios estaban de parte de los españoles— dice Sarmiento — o eran indiferentes». Belgrano, después de la batalla de Salta, tomó prisioneros 3.000 indios y les dió libertad bajo palabra de honor de no volver a tomar las armas, pero volvieron a alistarse — agrega Sarmiento —-«porque no sabían lo que es honor y porque los españoles los requerían de nuevo»48. Los indios de la región oriental de Venezuela, por la prédica de los misioneros — según señala Julio C. Salas — fueron realistas, y también lo fueron los de las comarcas occidentales: los caquetíos de Coro, los chiguaraes de Mérida, los pastusos de Nueva Granada. Don Juan Reyes Vargas, indio puro, sirvió la causa realista hasta 1812 y mereció honores de Fernando VII 49. También en la guerra de la Independencia norteamericana y en la guerra de 1812 a 1815 entre Inglaterra y los Estados Unidos, hubo tropas de indios de ambos lados, como auxiliares o aliadas50. Del mismo modo, en los tres siglos de la colonia, los indios lucharon al servicio de un conquistador contra otro, y aun al servicio del conquistador contra otros indios.

La realidad hispanoamericana del siglo XIX no coincide del todo con los principios proclamados. El nuevo régimen no significó de ninguna manera la liberación del indio. Su situación real no se puede juzgar a través de la legislación, que no pasó muchas veces de ser una simple enunciación de ideales jurídicos51. ¿No habían proclamado la libertad del indio las declaraciones de Isabel la Católica y de Carlos V? ¿No habían abolido la encomienda y la servidumbre personal las Leyes Nuevas de 1542?

El tributo abolido por Hidalgo en 1810 se pagaba todavía en Chiapas en 1824, en monedas de plata o en especie52. El tributo abolido en el Perú por San Martín y por Bolívar fué reemplazado, en vista de las necesidades del fisco, por una contribución especial que debía pagar el indígena. Las disposiciones de Bolívar no pudieron llevarse a la práctica, y en 1868 los decretos antiindigenistas del presidente Melgarejo provocaron en el Perú una sublevación sangrienta. Todo el siglo XIX transcurrió en el esfuerzo, a veces heroico, por acomodar la realidad a los principios. Lo más frecuente fué el divorcio entre los principios y la realidad.

Más que por las proclamas y decretos, la política hispanoamericana del siglo XIX se caracteriza por una nueva estructuración de la propiedad rural y la constitución del latifundio. Enormes extensiones de tierra, que eran antes campos de caza, de recolección o de producción agrícola extensiva y rudimentaria, pasaron a manos de propietarios nuevos. Se disolvió paulatinamente la propiedad comunal: el ejido de Méjico, el resguardo de Colombia, el aillo del Perú. Las tierras de las comunidades indígenas cayeron en gran parte en poder de los terratenientes, usufructuarios de la Revolución. Los indios fueron desalojados violentamente o se transformaron en peones, abrumados de trabajos y de deudas. En lugar de corregidores tuvieron subprefectos, gobernadores y comisarios; en lugar de encomenderos, tuvieron hacendados y gamonales. La época independiente ha significado la incorporación a la vida económica de enormes zonas donde el indio campaba a sus anchas. La empresa moderna ha llegado hasta el corazón mismo de la selva en busca de oro, de petróleo, de caucho.

Dentro de este proceso no hubo más que dos posibilidades: la proletarización del indio pacífico y el exterminio del indio bravo.

La Independencia abrió el camino para la incorporación del indio a la vida nacional. Desde la aldea indígena emergieron algunas figuras de indios que llegaron al primer plano de la vida eclesiástica, cultural y política. Para no hablar más que de Méjico, se pueden citar cuatro nombres significativos: Próspero María Alarcón, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano y Benito Juárez. Un indio zapoteca como Benito Juárez pudo llegar a ser presidente, el más grande de los presidentes de Méjico. Pero a pesar de las medidas protectoras que tomó a favor de la población indígena, la política liberal de su tiempo inició la gran ofensiva de los terratenientes mejicanos contra la propiedad comunal, que culminó con la época de Porfirio Díaz (1876-1911)53. Se ha llegado a sostener que el régimen independiente fué perjudicial para el indio. Las repúblicas nuevas disolvieron las «repúblicas indígenas», casi intactas después de tres siglos de colonia, y muchas «naciones» — como se llamaba entonces a las tribus — naufragaron al constituirse las naciones modernas.

El indio no sólo intervino en la guerra de la Independencia, sino también en la guerra civil, atraído por las promesas de los caudillos, arrastrado por los dueños de las haciendas o por las autoridades. Los indios de Yucatán aprendieron así a manejar las armas de fuego, a despreciar a los blancos y a adquirir la conciencia de su propia fuerza. El 15 de agosto de 1847 se sublevaron en la ciudad de Valladolid, la tomaron a viva fuerza y desencadenaron «la guerra de castas», bajo el grito de exterminio de los blancos. Se apoderaron de casi toda la península de Yucatán y de parte de Campeche, devastaron las haciendas y llevaron una lucha feroz, que se prolongó casi quince años. La represión fué despiadada. Se refiere que el coronel José Dolores Zetina — la versión está recogida en México a través de Los siglos — capturó multitud de hombres, mujeres y niños en Tekax, los encerró en la Casa Consistorial y de allí los hizo arrojar de modo que cayeran sobre las bayonetas de los soldados, que descansaban sobre las armas al pie del edificio. Y si este episodio macabro quizá no responda a la verdad y sea sólo un testimonio del horror de la represión misma, sí está documentado otro hecho, grave sin duda. El gobierno de Yucatán vendió los indios prisioneros a los traficantes de Cuba, que los llevaron cargados en barcos para los trabajos agrícolas. Esa venta no cesó a pesar de la prohibición terminante del gobierno nacional. En 1853 el gobernador de Yucatán, Rómulo Díaz de la Vega, autorizó y regularizó la venta de yucatecos sublevados, disimulada en la forma de un contrato que firmaban las autoridades en nombre de los indios. Se despertó la codicia de las autoridades y de los jefes de cantón, y, como resultaba difícil capturar sublevados, se apresaban familias enteras de indios pacíficos, a los que se declaraba rebeldes. Los contratistas de la Habana instalaron un agente comercial en Mérida. Así un gobierno criollo, a medio siglo de las proclamas de Hidalgo, obtenía pingües ganancias de la venta de indios yucatecos, descendientes de una de las civilizaciones más brillantes de América54.

Este episodio no fué único en la historia mejicana del siglo XIX. Bajo el régimen de Porfirio Díaz los indios yaquis de Sonora fueron reducidos a la esclavitud, vendidos al precio de 65 dólares por cabeza y llevados a trabajar en las haciendas de Yucatán. Al caer Porfirio Díaz, todo el país se conmovió con la penosísima odisea de esos indios al regresar a sus montañas del norte 55.

Ilustremos ahora la historia del indio en el siglo XIX con algunas cifras. La Argentina contaba, a principios del siglo pasado, con una población indígena de unas 200.000 almas, y el indio llegaba casi hasta las puertas de la ciudad de Buenos Aires. Hoy apenas quedan unos 50.000 indios, relegados a las regiones periféricas del país. Este resultado es obra del régimen independiente, y en «la pacificación del desierto» pudieron el tirano Rosas y el general Roca adquirir laureles militares y acrecentar sus timbres políticos56. A esa pacificación ha contribuido también el aluvión de inmigrantes europeos, que Ka desalojado de las zonas agrícolas al indio y también, en parte, al mestizo.

En el Uruguay quedaban aún, a principios del siglo pasado, más de medio millar de indios, resto de los charrúas que habían batallado indomables contra españoles y portugueses, y que según Azara habían dado más trabajo que los ejércitos de los aztecas y de los Incas 57. Su extinción absoluta es consecuencia de una campaña del ejército de la Revolución, en 1832, ordenada por el general Rivera a ruegos de una junta de hacendados. Los últimos tres ejemplares de ese pueblo murieron en Europa, después de haber satisfecho, en las ferias francesas, los intereses del empresario y la curiosidad del público58. Lo cual no obsta para que los uruguayos actuales se complazcan a menudo en llamarse charrúas.

De manera análoga, Chile ha arrojado a los indios hacia el sur del Bío-Bío, y otros países — Perú, Ecuador — los han desalojado enteramente de las costas. Los revolucionarios de Venezuela habían encontrado albergue entre los indios de los Llanos en momentos de adversidad. ¿Y qué queda hoy de los indios del Orinoco? Los otomacos, por ejemplo, tan afamados por su valor como por el hábito de comer grandes cantidades de tierra, sobre todo en las épocas de escasez (el hecho ha sido comprobado por todos los viajeros, entre ellos por Humboldt), eran bastante numerosos en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando rivalizaban en catequizarlos capuchinos y jesuitas. Su número se calculaba en 4.000; hoy quedarán algunas familias dispersas59.

En el Brasil se han descrito las matanzas de indios en Minas Geraes, Espíritu Santo y Rio Grande do Sul en la primera mitad del siglo XIX. Las tropas brasileñas asaltaban las aldeas de noche y tomaban indios esclavos o volvían con centenares de orejas o de cráneos como trofeos de guerra. La caza de indios prosiguió hasta la segunda mitad del siglo XIX en las capitanías del norte, en Marañón, Pará y toda la cuenca del Amazonas 60.

En los Estados Unidos el proceso ha sido aún más violento. Exceptuando las presidencias de Washington, Adams y Jefferson, toda la política norteamericana fué antiindigenista. Los indios fueron empujados rápidamente hacia el oeste. La cuestión indígena estuvo a cargo del Ministerio de Guerra hasta 1824. En 1822 se llegó a presentar al Congreso un proyecto completo de exterminio de los indios. En 1825 fueron disueltas las reservas del este del Misisipi, y el presidente Monroe comenzó a establecerlas del otro lado del río. De 1831 a 1849 se produjo la expropiación y desplazamiento, por la fuerza y en malas condiciones, de los creeks, choctaws, seminoles y cherokees. En el lejano Oeste continuó la caza del indio. En todo el siglo se relegó al indio a regiones cada vez más pequeñas, se le destruyó su economía, su estructura social y su cultura, se le confinó en reservas en las regiones más áridas del país. De las poderosas «cinco tribus civilizadas» de 1830 sólo quedan hoy tres pequeños grupos: uno de cherokees en la región montañosa de Carolina del Norte, los seminoles en Florida y unos pocos indios choctaws en Misisipi. De las «seis naciones iroquesas», tan poderosas todavía a principios del XIX, quedan hoy débiles restos en pequeñas reservas de la región agrícola del lago Ontario y norte del estado de Nueva York61. La nueva política norteamericana se ha propuesto hoy reparar las injusticias y errores de ese pasado.

Y, con todo, la población indígena del continente casi se ha duplicado en el curso de un siglo. Es evidente que junto al violento proceso de extinción ha habido en otras regiones un proceso de aumento. Si observamos de nuevo nuestros cuadros, vemos que Méjico tenía, en 1825, 3.700.000 indios, y en cambio 4.620.886 en 1930; Centroamérica tenía 880.000, y sólo en Guatemala hay 1.820.872 en 1940; el Perú tenía más o menos un millón, y en 1940 tiene 3.247.196 indios. Volvemos, pues, a encontrar, junto a la zona de extinción, que hemos llamado periférica, una zona de aumento, la zona nuclear. La población indígena ha aumentado, pero el área indígena se ha reducido considerablemente. En gran parte del continente las epidemias, las guerras, las nuevas formas de trabajo y de vida y la acción violenta de las autoridades y de las empresas han eliminado la población indígena o la han ahuyentado. En cambio, en la zona propiamente indígena, el indio ha seguido su desarrollo, a ritmo lento, es verdad, pero ha logrado compensar todas las pérdidas de la otra zona, y casi se han duplicado sus efectivos totales. En esta zona, además, el crecimiento de la población indígena se explica, sin duda, por las mismas causas que han producido el aumento prodigioso de la población europea y mundial en el último siglo: mayor rendimiento de la agricultura, multiplicación de los medios de producción y subsistencia, descubrimiento de nuevas fuentes de riqueza y progreso de la medicina y de la profilaxis, que han quitado a las epidemias, sobre todo a la de viruelas, su carácter exterminador y han reducido en todas partes el índice de mortalidad.62 En 1804 se introdujo la vacuna en las colonias españolas. Si se la hubiera conocido desde el siglo XVI — dice Humboldt — se habría salvado la vida a muchos millones de indios, víctimas, más que de la viruela misma, del mal sistema curativo. El movimiento de ascenso de la población se remonta a los fines del siglo XVIII. Humboldt observaba que los progresos de la agricultura eran muy visibles desde hacía veinte años y que la población indígena de Méjico, lejos de extinguirse, como se creía en Europa, estaba aumentando considerablemente desde hacía cincuenta años, a juzgar por los registros del tributo personal63. A fines del siglo XVIII se inicia una época de optimismo económico y de progreso, que repercute sobre las postrimerías del período colonial y se manifiesta luego en la época independiente. El aumento de la población indígena es una manifestación de esta nueva etapa. En suma, el mismo proceso que ha multiplicado la mano de obra barata en los grandes países europeos.

Europa tenía, hacia 1825, unos 200 millones de habitantes, y toda América unos 35 millones. En 1800 la población de los Estados Unidos y de Méjico era aproximadamente la misma: algo más de 5 millones de habitantes. Un viajero predecía que Méjico tendría, en 1913, 112 millones de habitantes y los Estados Unidos 140 millones. Humboldt, no tan optimista, observaba que la población de los Estados Unidos se había duplicado en 25 años y la de Méjico en menos de 45, aun bajo el régimen colonial, y dice: «Sin entregarse uno a esperanzas demasiado halagüeñas sobre el porvenir, se puede admitir que en menos de un siglo y medio la población de América igualará a la de Europa». Hoy Europa tiene unos 500 millones, a pesar de sus guerras y de la enorme corriente migratoria hacia todas las regiones del mundo (lo que Ratzel llamó «la europeización de la tierra») 64 y América unos 270 millones. De este crecimiento americano corresponde una proporción enorme a los Estados Unidos, que reúnen hoy más de la mitad de la población del continente. Una gran parte del aumento norteamericano se debe a la inmigración (de 1881 a 1890, por ejemplo, entraron 5.246.613 inmigrantes).65 Pero lo fundamental ha sido el crecimiento vegetativo. ¡Qué lejos está Méjico, en cambio, de los generosos vaticinios del siglo pasado! En 1940 tenía 19 millones de habitantes, frente a 131 millones de los Estados Unidos. También pronosticaba Humboldt que Méjico superaría a Rusia, porque no había comparación posible entre el fértil suelo de la Nueva España, productor de los vegetales más preciosos, y las estériles llanuras del imperio moscovita, sepultadas bajo la nieve durante seis meses del año» 66. En 1940 las antes estériles llanuras del imperio moscovita albergaban unos 190 millones de habitantes. ¿Hay que admitir entonces que en el desarrollo demográfico de Méjico y de los demás países indoamericanos la población indígena ha sido un peso muerto?

No lo ha sido en el caso de El Salvador, cuya población, sin aporte inmigratorio, sin el aliciente de minas de oro o de petróleo, simplemente por desarrollo biológico natural, sobre la base del mestizaje, se ha decuplicado en el siglo y medio último, para ser hoy el país de mayor densidad de la América continental67. Hay que considerar, entonces, para explicarse esa desigualdad de desarrollo, las condiciones históricas del siglo pasado, y, sobre todo, las condiciones económicas. El auge demográfico de los Estados Unidos — como el de los grandes países industriales de Europa, en contraste con el de España — es resultado, en lo esencial, de su portentoso desarrollo económico. Los restantes países de América fueron creciendo en la medida en que se fueron incorporando al ritmo de la economía moderna. El crecimiento de la población indígena de América en el siglo pasado es un débil reflejo de ese mismo movimiento, que tanto repercutió sobre el desarrollo de la población mundial.

II. Población indígena en la actualidad (1945)II. Población indígena
en la actualidad (1945)
IV. La población indígena hacia 1650IV. La población indígena
hacia 1650

Notas:

32 Ensayo político de la Nueva España, Madrid, 1818; Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Monde, París, 1816-1831, 13 vols. (t. IX, 1825, 160-183; XI, 1826, 55-75, 86-103). Hemos utilizado también otras ediciones por no tener ahora a mano las ediciones originales: del Ensayo, la de París, 1836, 5 tomos; del Viaje, la de Caracas, tomos I, II, III, 1941, y la de París, 1826, 5 tomos.

33 Los porcentajes del cuadro están calculados, no sobre la población total, que a veces está dada en números redondos, sino sobre la suma rigurosa. Los 420.000 indios independientes de Sudamérica que da Humboldt los hemos distribuido hipotéticamente: 20.000 en las Guayanas, 100.000 en Colombia y Ecuador, 100.000 en Perú y Chile, 100.000 en Paraguay y 100.000 en el Brasil.
Los cuadros exactos de Humboldt y todos los datos que sobre esta época hemos podido recoger para cada país los damos al final de este volumen en nuestro Apéndice II (N. de W.: No incluido en esta digitalización).

34 Tampoco puede hablarse de una africanización. La población negra ha pasado de 6.046.000, o sea el 17,57 % de la población, a 25.262.095, o sea el 13,96 %. Hay que agregar en rigor los mulatos: en 1825 había por lo menos un millón y medio, aproximadamente el 5 %, incluidos entre las castas, cifra que ha pasado en 1940 a 13.229.321.

También en este caso tenemos un aumento de cifras absolutas, pero una disminución relativa, aun limitándonos a los países más afroamericanos; las Antillas, los Estados Unidos y el Brasil. Claro que es difícil separar en la estadística los negros de los mulatos. Muchos millones de los que pasan por negros (para la estadística norteamericana todos son negros) tienen gran proporción de sangre blanca.

35 Véase Wllliam Spence Robertson, Francisco de Miranda y la revolución de la América española, Biblioteca de Historia Nacional, vol. XXI, Bogotá, 1918, págs. 95, 279, 281

36 Quizá estuviera esa idea de acuerdo con sus miras políticas. Antes de emprender la campaña de los Andes reunió en Mendoza a los caciques araucanos, y al proponerles la alianza, les dijo: «Yo también soy indio». También fué idea suya editar por suscripción popular los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, obra prohibida por el régimen colonial y que influyó sin duda sobre muchos de los hombres de la Revolución.

37 Véanse Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano (Obras completas, t. VII, Buenos Aires, 1940, 351-383, cap. XXIX); Asambleas Constituyentes Argentinas publicadas por Emilio Ravignani, Buenos Aires, I 1937, págs. 481-482.

38 Véase El Argos de Buenos Aires, 26 de octubre de 1822, pág. 332. Juan Bautista Túpac Amaru publicó un folleto, describiendo sus padecimientos; ese folleto se lo escribió alguien que estaba muy impregnado del estilo panfletario de la época. La pensión la cobró hasta su muerte, a los 90 años de edad, en septiembre de 1827. La idea de que era un impostor, sostenida por Juan Canter, El raro folleto de un impostor (en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, t. XVIII, año XIII, 1934-1935, 378-390), parece hoy abandonada (véanse José Torre Revello en el Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, n°3 89-92, julio 1941 - junio 1942, 314-319, y Boleslao Lewin, en la Revista de Historia, Buenos Aires, diciembre de 1942, 205-209).

39 En 1821, don Guadalupe Victoria presentó a Iturbide, en la hacienda del Colorado, un plan de restauración de la dinastía azteca. En 1834 un cura y un fraile concibieron en Chicontla una plan análogo; el artículo 5° decía: «El Congreso elegirá doce jóvenes célibes, nacidos y actualmente existentes en el territorio mexicano, de los que acrediten completamente ser descendientes inmediatos del emperador Moctezuma, de los cuales se sacará por suerte al que la Providencia destine para ser emperador de México: éste deberá ser coronado inmediatamente por el Congreso, previo juramento de sostener la religión católica, apostólica, romana, y dentro de seis meses deberá estar casado, si es indio prieto con una mujer blanca, y si al revés, con una prieta». Uno de los autores fué detenido y el otro huyó. El plan fué ridiculizado. (Véase México a través de los siglos, IV, 357).

40 Gaceta de Buenos Aires, tomo I, pág. 15.

41 Oficio de la Junta al Exmo. señor doctor don Juan José Castelli, 10 de enero de 1811. El texto del oficio es como sigue: «No satisfechas las miras liberales de esta Junta con haber restituido a los indios los derechos que un abuso intolerable había obscurecido, ha resuelto darles un influxo activo en el Congreso para que, concurriendo por sí mismos a la Constitución que ha de regirlos, palpen las ventajas de su nueva situación y se disipen los resabios de la depresión en que han vivido. A este efecto ha acordado la Junta que, sin perjuicio de los diputados que deben elegirse en todas las ciudades y villas, se elija en cada Intendencia, exceptuando la de Córdoba y Salta, un representante de los indios, que, siendo de su misma calidad y nombrado por ellos mismos, concurra al Congreso con igual carácter y representación que los demás diputados. La forma de esta elección debe ofrecer graves dificultades, que solamente podrán allanarse con presencia del estado de los pueblos y actuales deseos de sus habitantes; por eso la Junta prescinde de prefixarla, confiando enteramente este punto a los conocimientos y prudencia de V. E., quien combinará los términos de la elección de un modo que se eviten errores perniciosos y entorpecimientos para la celebración del Congreso. Solamente recomienda la Junta a V. E. que la elección recaiga en los indios de acreditada probidad y mejores luces, para que no deshonren su elevado encargo ni presenten embarazos en las importantes discusiones que deben agitarse en el Congreso; haciendo al mismo tiempo que se publique en forma solemne esta resolución para que, convencidos los naturales del interés que toma el gobierno en la mejora de su suerte y recuperación íntegra de sus derechos imprescriptibles, se esfuercen por su parte a trabajar con celo y firmeza en la grande obra de la felicidad general» (Gaceta de Buenos Aires, 24 de enero de 1811). En el mismo número de la Gaceta hay un comentario de esa disposición, del que entresacamos las siguientes frases: "En el lenguaje de nuestra jurisprudencia el indio es ciudadano y se halla bajo la protección de las leyes. De este rasgo de prudencia, tan conforme a los principios de humanidad, espera la Junta recoger la dulce consolación de ver salir a los indios de su oscuro abatimiento, y que, infundidas las generaciones, dividamos bajo unos mismos techos los frutos de la vida civil".

42 Damos a continuación el texto completo de este importante decreto:

«La Junta Provisional Gubernativa de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a nombre del Sr. D. Fernando VII.

«Nada se ha mirado con más horror desde los primeros momentos de la instalación del actual gobierno como el estado miserable y abatido de la desgraciada raza de los indios. Estos nuestros hermanos, que son ciertamente los hijos primogénitos de la América, eran los que más excluidos se lloraban de todos los bienes y ventajas que tan liberalmente había franqueado a su suelo patrio la misma naturaleza, y, hechos víctimas desgraciadas de la ambición, no sólo han estado sepultados en la esclavitud más ignominiosa, sino que desde ella misma debían saciar con su sudor la codicia y el luxo de sus opresores.

«Tan humillante suerte no podía dexar de interesar la sensibilidad de un gobierno empeñado en cimentar la verdadera felicidad general de la patria, no por proclamaciones insignificantes y de puras palabras, sino por la execución de los mismos principios liberales a que ha debido su formación y deben producir su subsistencia y felicidad.

«Penetrados de estos principios los individuos todos del gobierno, y deseosos de adoptar todas las medidas capaces de reintegrarlos en sus primitivos derechos, les declararon desde luego la igualdad que les correspondía con las demás clases del estado; se incorporaron sus cuerpos a los de los españoles americanos que se hallaban levantados en esta capital para sostenerlos, se mandó que se hiciese lo mismo en todas las provincias reunidas al sistema y que se les considerase tan capaces de optar todos los grados, ocupaciones y puestos que han hecho el patrimonio de los españoles, como cualquiera otro de sus habitantes, y que se promoviese por todos caminos su ilustración, su comercio, su libertad, para destruir y aniquilar en la mayor parte de ellos las tristes ideas que únicamente les permitía formar la tiranía. Ellos los llamaron por último a tomar parte en el mismo gobierno supremo de la nación.

«Faltaba, sin embargo, el último golpe a la pesada cadena que arrastraban en la extinción del tributo. El se pagaba a la corona de España como un signo de la conquista; y debiendo olvidarse día tan aciago, se les obligaba con él a recompensar como un beneficio el hecho , más irritante, que pudo privarlos desgraciadamente de su libertad. Y esta sola aflictiva consideración debía oprimirlos mucho más cuando, regenerado por una feliz revolución el semblante político de la América y libres todos sus habitantes del feroz despotismo de un gobierno corrompido, ellos solos quedaban aún rodeados de las mismas desgracias y miserias que hasta aquí habían hecho el asunto de nuestras quejas.

«La Junta, pues, ya se hubiera resuelto hace mucho tiempo a poner fin a esta pensión y romper un eslabón ignominioso de aquella cadena que oprimía más su corazón que a sus amados hermanos que la arrastraban; pero su calidad de provisoria y la religiosa observancia que había jurado de las leyes hasta el Congreso General, le había obligado a diferir y reservar a aquella augusta Asamblea, seguramente superior a todas ellas, el acto soberano de su extinción.

«Sin embargo hoy, que se hallan reunidos en la mayor parte los diputados de las provincias y que una porción de inevitables ocurrencias van demorando la apertura del referido Congreso General, no ha parecido conveniente suspender por más tiempo una resolución que con otras muchas debe ser la base del edificio principal de nuestra regeneración.

«Baxo tales antecedentes, y persuadidos de que la pluralidad de las provincias representadas por ellos les da la suficiente representación y facultades para hacerlo, que ésta es, hace mucho tiempo, la voluntad expresa de toda la nación, a cuyo nombre deben sufragar en el Congreso General, y baxo la garantía especial que han ofrecido de que en la mencionada respetable asamblea se sancionará tan interesante determinación, la Junta ha resuelto:

«Lo 1°, que desde hoy en adelante para siempre queda extinguido el tributo que pagaban los indios a la corona de España, en todo el distrito de las provincias unidas al actual gobierno del Río de la Plata y que en adelante se le reuniesen y confederasen baxo los sagrados principios de su inauguración.

«Lo 2°. Que para que esto tenga el más pronto debido efecto que interesa, se publique por bando en todas las capitales y pueblos cabeceras de partidos de las provincias interiores y cese en el acto toda exacción desde aquel día: a cuyo fin se imprima inmediatamente el suficiente número de ejemplares en castellano y quichua y se remitan con las respectivas órdenes a las Juntas Provinciales, subdelegados y demás justicias a quienes deba tocar.

«Buenos Aires y Setiembre 1° de 1811 - Domingo Mateu - Atanasio Gutiérrez - Juan Alagón - Dr. Gregorio Funes - Juan Francisco Tarragona - Dr. José García de Cossio - José Antonio Olmos - Manuel Ignacio Molina -Dr. Juan Ignacio de Gorriti - Dr. José Julián Pérez - Marcelino Poblet - José Ignacio Maradona - Francisco Antonio Ortiz de Ocampo - Dr. Juan José Passo, Secretario - Dr. Joaquín Campana, Secretario».
Publicado en la Gaceta de Buenos Aires, del 10 de septiembre de 1811.

43 Decreto del 12 de marzo de 1813: «La Asamblea General sanciona el decreto expedido por la Junta Provisional Gubernativa de estas provincias en 1° de septiembre de 1811, relativo a la extinción del tributo, y además derogada la mita, las encomiendas, el yanaconazgo y el servicio personal de los indios baso todo respecto y sin exceptuar aún el que presta a las iglesias y sus párrocos o ministros, siendo la voluntad de esta Soberana corporación el que del mismo modo se les haya y tenga a los mencionados indios de todas las Provincias Unidas por hombres perfectamente libres, y en igualdad de derechos a todos los demás ciudadanos que las pueblan, debiendo imprimirse y publicarse este Soberano decreto en todos los pueblos de las mencionadas Provincias, traduciéndose al efecto fielmente en los idiomas guaraní, quechua y aymará, para la común inteligencia» {Asambleas Constituyentes Argentinas, publicadas por Emilio Ravignani, I, Buenos Aires, 1957, pág. 24). Publicado, con el texto en las tres lenguas indígenas y con otros documentos, por la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios, Buenos Aires, 1934, publicación n.° 1.

44 El 5 de octubre de 1811, Chiclana, presidente de turno del Triunvirato, recibió a los caciques de diversas tribus de la provincia que acudieron a la ciudad a felicitar al nuevo gobierno y ratificar la paz. Chiclana pronunció un discurso señalando la hermandad de sangre de los criollos y los indios, y haciéndoles un llamamiento a la paz y la unión. Los caciques prestaron obediencia y reiteraron la paz (Vicente G. Quesada, en la Revista de Buenos Aires, V, 192-194). Casi todo el siglo XIX está lleno de momentos fugaces de paz y períodos duraderos de guerra.

45 Véase La política indigenista en el Perú, Ministerio de Salud Pública, Trabajo y Previsión Social, Lima, 1940, que transcribe todas las leyes, decretos y resoluciones a favor del indio desde 1821 a 1940.

46 Sobre textos quechuas, aimaras y guaraníes, véanse Rodolfo Schuller, Apuntes para una bibliografía de las lenguas indígenas de la América del Sur (Revista histórica, Lima, VIII, 1925, 51-60); Rodolfo Lehmann-Nitsche, Anciennes feuilles volantes de Buenos Aires ayant un caractére politique, redigées en langues indigenes américaines (Journal de la Société des Américanistes de Paris, XXII, 1930, 199-206), y José Toribio Medina, Bibliografía de las lenguas quechua y aymará, Nueva York, 1930, nos 50-57.

47 El 12 de noviembre de 1811, el general Pueyrredón, jefe del ejército del Norte, desde su cuartel general de Salta, en vista de la conducta de los naturales en una serie de pueblos del Perú, que en guerra contra los españoles «se cubrieron de gloria inmortal, sin armas, sin táctica ni idea de aquellas evoluciones que deciden el triunfo de las armas», declara que los indios están libres de todo pago de tributo (aplicación del decreto de la Junta del 1° de septiembre), de toda contribución a los párrocos y curatos, ni aun para fiestas, funerales, servicios personales, etc., ordena que las autoridades decidan las quejas y pleitos de los indios sin percibir derecho alguno y proclama que los indios «gozarán de la igualdad civil que ha decidido el Superior Gobierno, con opción a todos los empleos, gracias y beneficios que concede la patria, sin distinción alguna, en igualdad con los americanos españoles» (Gaceta de Buenos Aires, III, 1811, pág. 9).

48 Conflicto y armonía de razas, en Obras Completas, t. XXXVII, pág. 74. Fernando Márquez Miranda, El indio argentino ante la legislación y la realidad, en el Boletín de la Sociedad Argentina de Antropología, n° 5-6, noviembre de 1943, pág. 70, dice que el indio permaneció al margen del movimiento revolucionario, ajeno a él e inerte, salvo en la llamada Guerra de las Republiquetas, sostenida sin embargo más por mestizos que por indios. Véase la Publicación n.° 1 de la Comisión Honoraria de Reducciones de Indios, Buenos Aires, 1934, págs. 22-23.

49 Julio C. Salas, Etnología, Barcelona, 1915, pág. 398.

50 Friederici, Der Charakter der Entdeckung und Eroberung, Leipzig, III, 380

51En cambio en los Estados Unidos la ley que concede el título y los derechos de ciudadano americano a los indios fué promulgada por el presidente Coolidge en junio de 1924. Con todo, la ley debía entrar paulatinamente en vigor, sobre todo en lo referente a los derechos electorales (Journal de la Société des Américanlstes de París, 1925, XVII, pág. 349).

52 Véase Luis Chávez Orozco, en América Indígena, octubre de 1941, pág. 8.

53 Véase Santiago Magariños, El problema de la tierra en Méjico, Madrid, 1932. Véase además Luis Chávez Orozco, Las instituciones democráticas de los indígenas mexicanos en la época colonial, en América Indígena, III, octubre de 1943, págs. 365-382.

54 Véase Carlos R. Menéndez, Historia del comercio de indios, Mérida (Méjico), 1923 (citado por Raúl Carranca y Trujillo, La evolución política de Iberoamérica, Madrid, 1925, pág. 134). Véase además México a través de los siglos, IV, 714 y sigs.
También en 1843 hubo guerra de castas en el Sur de Puebla, y fué también muy cruel.

55 Stuart Chase, México, Nueva York, 1938, pág. 118.

56 Voces de exterminio se oían ya en la primera época de la Independencia. En 1823 el Diario del Ejército pedía en Buenos Aires la guerra contra los indios hasta el exterminio: «En la guerra se presenta el único remedio, bajo el principio de desechar toda idea de urbanidad y considerarlos como a enemigos que es preciso destruir y exterminar». Un coronel alemán llamado Rauch se distinguió desde 1826 en la lucha contra los indios. Rosas fué su sucesor. En 1833 se realizó la gran expedición contra los indios, con la cooperación de las provincias: Rosas dirigía la división de Buenos Aires; Facundo Quiroga la de las provincias andinas y cuyanas; Francisco Reinafé la división de Córdoba; el general José Ruiz Huidobro el ejército del centro. El general Paunero calculaba que había 6.000 indios de pelea en la pampa; en la expedición murieron 1.415 indios y se hicieron numerosos prisioneros. Todavía en Caseros pelearon indios en las filas de Rosas (Vicente G. Quesada, Las fronteras y los indios, en la Revista de Buenos Aires, V, 207 y sigs., VI, 44 y sigs.). La obra de Rosas la consumó el general Roca en 1878-1879': «El mejor sistema de concluir con los indios — había declarado antes de ser Ministro de Guerra —, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva, que es el mismo seguido por Rosas, que casi concluyó con ellos» (Dionisio Schoo Lastra, El indio del desierto, Buenos Aires, 1928). Véase también Roberto H. Marfany, en Historia de la Nación Argentina, VI, Buenos Aires, 1944, págs. 1042-1086.

57 Félix de Azara, Viajes por la América meridional, cap. X. Azara los había conocido a fines del XVIII y dice: «los que existen actualmente y que nos hacen tan cruel guerra no forman hoy, seguramente, más que un cuerpo de unos cuatrocientos guerreros. Para someterlos se han enviado con frecuencia contra ellos más de mil veteranos, ya en masa, ya en diferentes cuerpos».

58 Véase Orestes Araújo, Diccionario popular de historia de la República Oriental del Uruguay, Montevideo, 1901-1903, s. v. charrúas, e Historia de los charrúas y demás tribus indígenas del Uruguay, Montevideo, 1911.

59 Véase Los otomacos y los taparitas de los Llanos de Venezuela, en Tierra Firme, Madrid, II, 1936, pág. 135..

60 Véase Friederici, Der Charakter der Entdeckung und Eroberung, II, 166, etc..

61Véanse Friederici, op. cit., III, 372, etc.; Theodor Waitz, Anthropologie der Naturvolker, Leipzig, III, 1862, 241-299; Foreman Grant, Indian removal: The emlgration of the Five Civitized Tribes of Indians, University of Oklahoma, 1932.

Como en los demás países, hay que tener también en cuenta, en la reducción de los indios, el carácter exterminador de las epidemias de origen europeo, especialmente las viruelas. En los Estados Unidos, por ejemplo, se han señalado, por su carácter mortífero, las de 1781-1782, 1801-1802, 1837-1838; una fiebre, en 1830, mató 70.000 indios de California, y la malaria en Oregón y Columbia, ese mismo año, asoló las tribus de la región y exterminó prácticamente a los indios que hablaban las lenguas de la familia chinook (véase Webb Hodge, op. cit., s. v. Population).

62 El aumento de la población mundial no se debe a aumento de la natalidad, sino a disminución de la mortalidad. El coeficiente de mortalidad era en Inglaterra del 37 ‰ en 1780 y del 11,6 ‰ en 1938. El de Méjico bajó en 1936 al 22,4 ‰y el de Guatemala en 1940 al 20,9 ‰; es seguramente mucho mayor entre la población indígena que entre la blanca o mestiza.

63 Ensayo político de Nueva España, París, I, 145, 155. En la pág. 110 dice que el número de indios estaba creciendo desde hacía un siglo (en la versión francesa, Essai, I, 300, 306-308).

64 Para el desarrollo de la población europea véanse F. Savoignan, en Scientia, 1° de octubre de 1935, pág. 240 y sigs., y M. Carr-Saunders, Población mundial, Fondo de Cultura Económica, México, 1939, págs. 19 y 45.

65 La inmigración del siglo XIXI ha modificado la composición étnica del país. De 1820 hasta 1914 entraron más de 37.950.000 inmigrantes (419.000 en 1854, 1.337.000 en 1907, 1.036.000 en 1910, 1.191.000 en 1913, 1.212.000 en 1914): véase Warren S. Thompson y P. K. Whelpton, Population trends in the United States, Nueva York y Londres, 1933.

También en la Argentina, el Uruguay, el sur del Brasil y Chile la inmigración del siglo XIX rompió el equilibrio a favor del blanco.

66 Al presentar al Virrey Iturrigaray el borrador de su Ensayo político sobre la Nueva España (citado por Carlos Pereyra en el prólogo de La población de El Salvador de Rodolfo Barón Castro, Madrid, 1942, pág. 18). Entre las causas del relativo estancamiento mejicano se han señalado: la aridez de gran parte del territorio, que necesitaría obras de irrigación de gran alcance; la escasez inmigratoria, en parte por las restricciones; la inestabilidad social y política; el aislamiento y atraso de la población indígena.

67 Rodolfo Barón Castro ha estudiado este proceso en su valiosísimo libro: La población de El Salvador. Estudio acerca de su desenvolvimiento desde la época prehispánica hasta nuestros días, Madrid, 1942. La natalidad es excepcional, superior al 40 ‰ (pág. 537); el incremento natural medio de 1936 a 1940 ha sido del 22,6 ‰ sólo superado por Palestina (pág. 548). Entre 1821, año de la independencia, y 1899, en 79 años, la población se ha triplicado (de 250.000 habitantes a 758.945). Toda Centroamérica multiplicó 11,2 veces la población desde 1778 a 1940, El Salvador sobre base mestiza, Guatemala sobre base india, Costa Rica sobre base blanca.