La Población Indígena de América

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios
Análisis de Gonzalo Aguirre Beltrán

Publicado en el Boletín Bibliográfico de Antropología Americana (1937-1948) Vol. 8, No. 1/3, ENERO - DICIEMBRE 1945

Gonzalo Aguirre BeltránGonzalo Aguirre Beltrán
México, (1908 - 1996)

Antropólogo y médico. Desempeñó varios cargos públicos y académicos. Fue director del Centro Coordinador Tzetal–tzoltzil (1951); subdirector del Instituto Nacional Indigenista (1952); rector de la Universidad de Veracruz (1956–1963); diputado federal (1961–1964); director del Instituto Indigenista Interamericano (1966); subsecretario de Cultura Popular (1970–1974); y, director del INI (1971–1972).

En antropología se destacó en los estudios afroamericanos y en la construcción del paradigma integrativo del indio en México.

El autor formado en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires pasó a completar sus estudios en el Seminario Románico de la Universidad de Berlín y se encontraba trabajando en Madrid cuando publicó el esbozo de lo que había de ser más tarde la presente obra. En "Tierra Firme", revista de la Sección Hispánica del Centro de Estudios Históricos de Madrid publicó en 1935 el ensayo titulado "El Desarrollo de la Población Indígena de América". El autor se planteó como problema preliminar las interesantes preguntas: ¿Cuántos habitantes hablan hoy las lenguas indígenas? ¿Cuántos las hablaban en épocas anteriores? Partiendo así de las trascendentes interrogaciones penetró de lleno en el campo de la Demografía, dedicando su atención a la búsqueda de todos los datos que sobre esta población existen en fuentes contemporáneas y modernas. Arrancando de lo conocido hacia lo mero hipotético, Rosenblat inició su trabajo tratando de llegar a un cálculo aproximado sobre la población indígena que vegeta en la actualidad, o para ser más exactos, en 1930.

El autor, sin embargo, no se limitó a un estudio cerrado de la población indígena, sino que enmarcándola dentro del panorama de la población total de América incluyó cálculos relativos a las poblaciones blanca, negra y mestiza. En esta forma el estudio de Rosenblat, que por el título aparentemente queda circunscrito a un solo grupo étnico, en realidad vino a convertirse en un precioso ensayo sobre la población americana en su totalidad. El proceso de investigación y la técnica seguida por el autor fueron especialmente notables por la gran rigurosidad científica con que agotó todas las fuentes existentes, alcanzando en la mayoría de los casos, cálculos ponderados que difícilmente podrán ser rebatidos. Aun más, el ensayo propiamente dicho, al ser publicado comprendía sólo una veintena de páginas, mientras que el espacio dedicado a notas y referencias bibliográficas encerraba lo más voluminoso y seguramente también lo más sólido del estudio, sirviendo así a los interesados como una guía valiosísima para emprender estudios parciales, ya que para cada nación del Continente anotaba cifras y procedencias de naturaleza prácticamente exhaustiva. Pero tan maravilloso estudio no iba en concordancia con la doctrina sostenida por el autor que, en ocasiones, tenía un tinte sospechosamente racista.

Sostuvo entonces Rosenblat como tesis nuclear de su ensayo la desindianización de América. Predijo la total desaparición del Indio en el futuro y consideró que la "incorporación del indio", como política seguida en diversos países americanos, era sinónimo de desindianización. Para el autor los núcleos indígenas y aun los negros existentes, cuya importancia numérica era innegable, vivían en su vida histórica "dentro de los moldes culturales, políticos y económicos de Europa". Llegaba así a la conclusión de que culturalmente el Continente estaba ganado para la "raza blanca". El indígena y el negro, según esto, cuando más "podrían poner su matiz, su estilo en la gran obra colectiva y universal de nuestra cultura"; pero su sino estaba definitivamente fijado: el Continente se encontraba ganado para la "raza blanca". En este primer ensayo se descubrían desde luego dos fallas: la una relativa al mestizaje biológico, hibridización; la otra relativa al mestizaje cultural, aculturación.

El doctor Rosenblat pasó posteriormente a realizar estudios en el Instituto de Etnología de París y estuvo en contacto directo con el amerindio cuando desempeñó la cátedra de filología en la Universidad Central del Ecuador. Mientras tanto la guerra y el triunfo de las Democracias, que trajo aparejado el descrédito de la pseudociencia nazi que abogaba por una supuesta superioridad racial de la "raza blanca", hicieron su impacto en el autor. A la luz de estas nuevas experiencias Rosenblat agregó a su antiguo ensayo un capítulo más titulado. "El Mestizaje y las Castas Coloniales", que adicionó como un apéndice a su obra, publicada esta vez en forma de libro por la Institución Cultural Española de Buenos Aires como parte de la serie Stirps Quaestionis, bajo el rubro que encabeza este artículo. Además el autor intercaló en el antiguo texto párrafos que modificaban su tesis primitiva dando importancia local al mestizaje biológico como resultado final del contacto del blanco con el indio y el negro.

El hecho de que la tesis anterior estuviera a nuestra juicio en contradicción completa con la sostenida por el autor a la luz de sus nuevas investigaciones y de que las nuevas opiniones fueran adicionadas sin modificar en lo esencial las primitivas, explica el conflicto de ideas antagónicas que se halla presente en cada página del libro. En efecto, el capítulo "El Mestizaje y las Castas Coloniales" que aunque aparece como apéndice de la obra forma en realidad la médula del ensayo, es un magnífico alegato antirracista que sitúa al mestizo, en lo biológico, en el marco que le corresponde de acuerdo con las investigaciones antropológicas más modernas. El referido capítulo es un ejemplo de buena técnica, de paciente búsqueda, que arranca de las fuentes contemporáneas de la Conquista estudiando la mezcla del blanco y del indio, del blanco y el negro, y sus productos, desde la época del descubrimiento de América hasta la actualidad. Demuestra en él Rosenblat, podríamos decir hasta la saciedad, el proceso de miscegenación (mezcla de razas) resultante de causas fundamentales que cuajaron en padrones de cultura fuertemente arraigados, de los cuales señala los tres más importantes, a saber: ausencia de un verdadero prejuicio racial entre los pobladores; reconocimiento en España y en América de los hijos naturales, y no inmigración en número apreciable de mujeres españolas al Nuevo Mundo. El texto del ensayo, en cambio, no está en modo alguno de acuerdo con estos hallazgos. Acepta ahora el autor que la América India y la Negra han incorporado a la Americana muchos elementos de la cultura material y espiritual; que el indio no ha muerto sino que ha sido incorporado a la vida social y cultural americana y que su aportación ha sido fecunda desde la primera generación americana; pero sigue sosteniendo que el Continente está ganado para la "raza blanca".

Esta contradicción aparece más patente cuando observamos las tablas estadísticas a que llega el autor como resultado de sus investigaciones. Podría suponerse que la nueva luz que arroja el capítulo sobre el Mestizaje necesariamente implicaba la modificación de las cifras y cuadros numéricos; pero, por un extraño e incomprensible apego a las viejas ideas, Rosenblat conserva sus cálculos intocados. Observando el cuadro relativo a 1570 y concretándonos a los datos relativos a la población blanca surge el conflicto existente entre la tesis sostenida por el autor en su tantas veces mencionado capítulo sobre el Mestizaje y los resultados que anota. En efecto, Rosenblat, da para 1570 una población blanca de 140,000 habitantes para toda América. En el capítulo aludido el autor, con razón, hace hincapié en el hecho de que la migración de mujeres al Nuevo Mundo, durante el siglo de la Conquista, fué prácticamente despreciable. Con toda lucidez el autor acumula datos y más datos sobre casamientos y amancebamientos de conquistadores con indígenas y señala el escaso número de pobladores españoles que pasaron a la conquista. En el cuadro de 1570 anota la existencia de 25.704 vecinos en la totalidad del Continente. Resulta pues sin fundamento el guarismo de 140.000 habitantes blancos para el año referido de 1570 cuando, como se ha dicho, los matrimonios y amancebamientos entre hombre y mujer blancos fueron necesariamente escasos. Si en el primer medio siglo de la Colonia esta cifra de población resulta inaceptable, la cifra de esta misma población para 1825, es decir, para fines de la época de la dominación española, que el autor fija en 13.500,000 individuos en números redondos resulta a todas luces inconcebible. Refiriéndonos sólo al dato que señala para México, 1.230,000 individuos, comprenderemos su inexactitud si consideramos que el censo de Revillagigedo, levantado a fines del período colonial, anota la existencia de un poco más de 7,000 europeos, de los cuales sólo el 1% era del sexo femenino. Esta proporción del 1%, que fué la regla durante todo el período colonial en México, hace prácticamente imposible la existencia en Nueva España de más de un millón de blancos a fines de la Colonia. El error, a nuestro parecer, radica en el hecho de que los individuos catalogados como blancas no eran en manera alguna biológicamente blancos. Nosotros hemos adelantado la tesis de que los españoles americanos o criollos, catalogados comúnmente como blancos, eran en realidad mestizos de cultura predominantemente occidental, mientras que los vulgarmente conocidos como mestizas eran biológicamente semejantes a los criollos, sólo que su cultura era predominantemente indígena. La separación, pues, entre blancos y mestizos, no era biológica, sino cultural.

Pero más importantes aún que las disquisiciones en el terreno de la antropología física son las que se refieren a la antropología cultural; y en esto el autor no ha modificado ni siquiera en parte su criterio, y sigue sosteniendo que el Continente está ganado cultural, más que biológicamente, para la "raza blanca". Se basa el autor para afirmar la progresiva y casi total europeización de América en diversos rasgos culturales que interpreta indebidamente. Entre ellos anota la completa cristianización de los grupos indígenas. Los dioses indígenas han muerto, dice Rosenblat, el Indio ha adoptado con un fervor que parece milagroso la religión cristiana. Acaso este mismo pensamiento es el que tiene en lo relativo al negro. La ignorancia del fenómeno de la aculturación es innegable. Quien quiera que esté al corriente de las investigaciones antropológicas acumuladas en los últimos años sabrá cómo éstas han demostrado con toda claridad el mecanismo psicológico por medio del cual las poblaciones indígenas y negras aceptaron con facilidad la imposición del cristianismo. El fenómeno del sincretismo explica la vivencia de las viejas deidades aborígenes y africanas en el culto a los santos del panteón católico. Las viejas danzas con que los indígenas mexicanos honraban a Tonan, Nuestra Madre, no difieren en lo esencial de las que realizan hoy en adoración a Nuestra Señora la Virgen de Guadalupe. Los ejemplos de aculturación podrían repetirse hasta el infinito, el límite de esta reseña nos lo impide. Permítasenos sólo señalar finalmente como aún en otros aspectos culturales, no religiosos, la población americana no se conduce conforme a los patrones europeos, sino que ha reinterpretado viejos patrones para acomodarlos dentro de la cultura occidental que compulsivamente se la impone. El amancebamiento, forma de aparejamiento cuya difusión es demasiado conocida en América, no es en realidad sino una reinterpretación del viejo patrón poligínico.

El Continente Americano, pues, en forma alguna está ganado, como sostiene el autor, para la "raza blanca". Tampoco está ganado, como quisieran otros, para la "raza indígena" o para la "raza negra". En América no existen culturas europeas, indígenas o africanas, sino —como ya se ha hecho notar— una miscegenación, un mestizaje de las tres, que en sus diversas combinaciones no siempre corresponde con los tipos físicos.

VII. Conclusiones generalesVII. Conclusiones generales