La Población Indígena de América

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II. Población Indígena en la Actualidad.

La Población Indígena de AméricaLas dificultades para calcular satisfactoriamente la actual población aborigen de América prueban el valor relativo de todos los cálculos sobre el pasado. Se presenta, ante todo, una dificultad: ¿qué es hoy un indio? En la estadística norteamericana, la designación tiene un valor político: indio es el miembro de la tribu, el que vive en las «reservas», bajo la tutela del Estado, aunque no tenga a veces ni 1/64 de sangre indígena15. En la estadística mejicana de 1910 y de 1921 tiene un valor lingüístico: indio es el que habla exclusivamente la lengua indígena. En ninguna parte tiene la designación un valor étnico riguroso: más que un tipo racial, indio designa por lo común una forma de vida o de cultura16.

Mucho más difícil aún es un cálculo de la población mestiza, y hay que resignarse a cifras más o menos hipotéticas. En algunos países no se hace distinción entre mestizo e indio: en otros — la mayoría — entre mestizo y blanco. Se ha llegado a hablar en alguno de una raza mestiza como raza oficial, y hasta —con cierta altisonancia — de una «raza cósmica». Las designaciones se entrecruzan en las estadísticas y en el habla regional: mestizo llaman en Yucatán al indio, como en casi todas partes llaman moreno al negro; en parte de Centroamérica el mestizo se llama por lo común ladino, nombre que se aplica en otras regiones al indio que sabe hablar español, y aun, en otras, al negro adaptado a la vida del país. El censo limeño de 1931, por ejemplo, señala: «es corriente que los mestizos e indios se anoten como blancos, los negros como morenos o trigueños, etcétera». Las fronteras entre indio, mestizo y blanco o entre negro, mulato y blanco son muy inestables, y el funcionario del censo tiene que resolver rápidamente por su cuenta lo que pondría muchas veces en apuros a un antropólogo profesional. El criterio cambia también de un país a otro. Alguien lo ha expresado con una fórmula, que resume además una actitud: en los Estados Unidos es negro el que tiene una gota de sangre negra; en la América latina es blanco el que tiene una gota de sangre blanca. Las estadísticas reflejan, más que la realidad, el ideal de cada país o las aspiraciones de sus habitantes.

Agréguese la inexactitud y el anacronismo del sistema estadístico de algunos países, alguno de los cuales no tiene ni un censo en toda su historia17. Los datos proceden así muchas veces de cálculos aproximados y no de censos, que, por lo demás, cuando existen, tampoco son siempre muy rigurosos.

Con todas estas reservas, y para tener una idea aproximada de la población actual, con sus componentes étnicos fundamentales, hemos elaborado el cuadro de la población americana en 1940 y en 1930. Muchas de las cifras tienen carácter hipotético (lo indicamos en cada caso en el Apéndice I- N. de W.: No incluido en esta digitalización), y nos hemos decidido a darlas por la necesidad de llenar las lagunas y porque siempre pueden servir de guía, o al menos de estímulo para rectificaciones o para cálculos más exactos. Veamos ahora los dos cuadros18:

1. LA POBLACIÓN AMERICANA EN 1940

Indios % Mestizos % Negros Mulatos TOTAL
I. Al norte de Méjico

Groenlandia 17.557 97,54 Ind. en indios       18.000
Alaska 32.464 44,86 Idem.

150 Incl. en negros 72.361
Canadá 128.000 1,12 Idem.

20.559 Idem. 11.422.000
Estados Unidos 361.816 0,27 Idem.

13.455.988 Idem. 131.669.275
Total 539.837 0,37

13.476.697

143.181.636
II. Méjico, Antillas y América Central

Méjico 5.427.396 27,91 10.619.496 54,61 80.000 40.000 19.446.065
Antillas 200 0,07 10.000

5.500.000 3.000.000 14.000.000
Guatemala 1.820.872 55,44 985.280 30,00 4.011 2.000 3.284.269
Honduras Británica 2.938 5,00 5.875 10,00 15.000 20.000 58.759
Honduras 105.732 9,54 775.501 70,00 55.275 10.000 1.107.859
El Salvador 348.907 20,00 1.308.401 75,00 100 100 1.744.535
Nicaragua 330.000 23,90 828.172 60,00 90.000 40.000 1.380.287
Costa Rica 4.200 0,64 65.612 10,00 26.900 20.000 656.129
Panamá 64.960 10,28 135.604 21,47 82.871 271.208 631.549
Total 8.105.205 19,03 14.733.941 34,82 5.854.157 3.403.308 42.309.452
III. América del Sur

Colombia 147.300 1,60 4.234.890 46,00 405.076 2.205.382 9.206.283
Venezuela 100.000 2,79 2.000.000 55,86 100.000 1.000.000 3.580.000
Guayana Inglesa 15.000 4,39 10.000 2,93 100.000 80.000 341.237
Guayana Holandesa 60.000 33,71 10.000 5,61 17.000 20.000 177.980
Guayana Francesa 10.000 25,00 2.000 0,50 1.000 1.000 40.000
Ecuador 1.000.000 40,00 900.000 36,00 50.000 150.000 2.500.000
Perú 3.247.196 46,23 2.247.395 32,00 29.054 80.000 7.023.111
Bolivia 1.650.000 50,00 990.000 30,00 7.800 5.000 3.300.000
Brasil 1.117.132 2,70 4.135.660 10,00 5.789.924 8.276.321 41.356.605
Paraguay 40.000 4,16 672.000 70,00 5.000 5.000 960.000
Uruguay Extinguida

100.000 4,66 10.000 50.000 2.145.545
Chile 130.000 2,58 3.014.123 60,00 1.000 3.000 5.023.539
Argentina 50.000 0,38 1.312.972 10,00 5.000 10.000 13.129.723
Total 7.566.628 8,52 19.629.040 22,10 6.520.854 11.885.703 88.784.023
Total de América en 1940 16.211.670 5,91 34.362.981 12,52 25.851.708 15.289.011 274.275.111

1 bis. LA POBLACIÓN AMERICANA EN 1930

Indios % Mestizos % TOTAL
I. Al norte de Méjico

Groenlandia 16.222 97,54 Incl. en indios

16.630
Alaska 29.983 50,58 Idem.   59.278
Canadá 127.374 1,24 Idem.   10.217.903
Estados Unidos 332.397 0,27 Idem.   122.698.191
Total 505.976 0,38 Incl. en indios

132.992.002
II. Méjico, Antillas y América Central

Méjico 4.620.886 27,91 9.040.590 54,61 16.552.722
Antillas 200   10.000 0,09 11.000.000
Guatemala 1.500.000 60,00 750.000 30,00 2.500.000
Honduras Británica 2.567 5,00 5.134 10,00 51.347
Honduras 100.000 11,63 601.832 70,00 859.761
El Salvador 287.522 20,00 1.006.327 70,00 1.437.611
Nicaragua 300.000 33,33 540.000 60,00 900.000
Costa Rica 3.193 0,60 53.225 10,00 532.259
Panamá 42.897 9,17 116.864 25,00 467.459
Total 6.857.265 19,99 12.123.972 35,34 34.301.159
III. América del Sur

Colombia 150.000 1,87 3.680.000 46,00 8.000.000
Venezuela 136.147 4,23 1.700.000 52,86 3.216.000
Guayana Inglesa 15.000 4,71 10.000 3.14 318.312
Guayana Holandesa 60.605 43,33 10.000 7.15 139.869
Guayana Francesa 10.000 22,62 2.000 4,52 44.202
Ecuador 960.000 48,00 800.000 40,00 2.000.000
Perú 3.200.000 52,05 1.967.040 32,00 6.147.000
Bolivia 1.635.000 54,50 927.000 30,90 3.000.000
Brasil 1.250.000 3,10 4.430.091 11,00 40.272.650
Paraguay 50.000 5,55 630.000 70,00 900.000
Uruguay Extinguida   100.000 5,25 1.903.083
Chile 101.118 2,35 2.213.606 51,63 4.287.445
Argentina 50.000 0,41 1.200.000 10,00 12.000.000
Total 7.617.870 9,26 17.669.737 21,48 82.228.561
Total de América en 1930 14.981.III 6,00 29.793.709 11,94 249.521.722

Las cifras de 1940 nos dan algo más de 16 millones de indios, un 5,91 por ciento, perdidos dentro de la enorme población del continente (unos 275 millones). Pero ese 5,91 por ciento de indios, aun sumado al 12,52 por ciento de mestizos, no da idea de la verdadera magnitud del problema. Sumemos aisladamente los resultados de Méjico, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia, y obtendremos 13.145.464 indios y 15.742.171 mestizos. De modo que en cinco países hispanoamericanos tenemos el 81 por ciento de la población aborigen del continente. Pero aún hay más. Dentro de esos países la población indígena está concentrada en los distritos rurales en proporción que pasa muchas veces del 90 por ciento, y hasta hay grandes regiones, habitadas por miles de indios, adonde no ha llegado aún el blanco. Bastan las cifras, por sí solas, para evocar un cúmulo de problemas políticos y culturales.

Limitémonos por ahora a uno de esos problemas: ¿Tiende la población indígena a aumentar o a disminuir? Veamos, como ilustración, unos datos parciales.

Los lacandones de Méjico, que según don Manuel Gamio se contaban por millares hace pocos años, no pasan hoy de 250, y por su aislamiento, su economía miserable, su bajo nivel cultural y sus hábitos endogámicos están en franca desaparición, igual que los indios seris, también de Méjico. Los cayapos del Brasil, en número de cinco a seis mil en 1896, no pasaban de 1.500 a 2.000 en 1906, eran apenas 50 en 1929 y actualmente han desaparecido, según Vellard. La tribu marawa, del Amazonas meridional, contaba con 60 individuos en 1908 y con 12 en 1920, según el Padre Tastevin. Lo mismo se afirma de los caingang y carajás del Brasil, de los motilones de Colombia, de los jíbaros de Ecuador, de los pilagás del Chaco argentino. Fué análoga la suerte de los indios fueguinos y patagónicos: de unos 3.000 yahganes en 1860, reducidos a unos 1.000 en 1884, cuando los evangelizó el Padre Bridges, quedaban 100 en 1913, unos 60 en 1931 y unos 30 en 1939; de los onas, los afamados «patagones o gigantes» de las antiguas crónicas, se calculaban, en 1891, 2.000 indios; Martín Gusinde los visitó en 1919 y encontró 279 supervivientes, de la tribu de los Selknam; al volver en 1931, sólo quedaban 84, que llevaban una vida miserable.19

Esas cifras son expresión fría de un proceso histórico. La conquista de Tierra del Fuego, posterior a 1880, está llena de episodios luctuosos; un gobernador chileno de Magallanes, en 1895, mandó a la isla Dawson un piquete, que sorprendió a los indios alacalufes, exterminó a la mayor parte y llevó el resto a Punta Arenas, donde los vendieron en subasta, como esclavos; un aventurero rumano, Popper, buscador de oro, se dedicaba a cazar indios y hasta se hizo retratar en actitud de cazarlos; se dice que en Ushuaia un capataz pagaba dos libras por cada oreja de indio20; a principios de este siglo los colonos blancos, para vengar el robo de ovejas, se dedicaron a una persecución sin cuartel y a una matanza sistemática de indios; ha habido explorador que ha llegado a matar indios para enriquecer con sus esqueletos los museos de Europa, y una familia ona fué embarcada a la fuerza y llevada a Europa para exhibirla en jardines zoológicos. Estos episodios, que abundan en relatos de misioneros católicos y protestantes, han encontrado su expresión literaria en La Australia Argentina de Roberto J. Payró y en Archipiélago de Ricardo Rojas.

El colono blanco no quería vecinos que pudieran robarle las ovejas o discutirle el derecho de primer ocupante de las tierras. Así desapareció casi por completo el indio patagónico. Y lo mismo pasó y sigue pasando en otras regiones del continente. Cuenta Reclus que el gobernador mejicano de Chihuahua paso a precio las cabezas de los indios salvajes: cien pesos la de hombre, cincuenta la de mujer, veinticinco la de niño. Por aislados que puedan ser algunos episodios, y aun admitiendo que en muchos casos los relatos son fruto de una imaginación afiebrada y macabra, es un hecho indiscutible que en amplias zonas del continente la desaparición del indio prosigue en nuestros días. A través de la selva ha resonado la voz angustiosa de los indios (y de los mestizos) agonizando bajo el régimen de trabajo de las caucherías. Aún hoy el indio del Perú y de otros países entrega sus hijos a las familias de la ciudad, con la única condición de que los mantengan. En Méjico, el país que más se ha distinguido por una política indianista, la insurrección de los yaquis en 1926-1927, durante la presidencia del general Obregón, motivó una campaña exterminadora que recuerda las de Porfirio Díaz, del mismo modo que la represión de los levantamientos indígenas del Ecuador, Perú y Bolivia. Frente a una política nacional indianista coexiste; casi siempre una política regional o local antiindianista, o, por encima de toda política, la arbitrariedad de las autoridades, de los particulares y de las empresas. En la práctica sigue en vigor el viejo dicho: «el mejor indio es el indio muerto».21

Así se repite hoy el proceso que condujo a la extinción de los indios de las Antillas y del Uruguay, y que los desalojó, en toda América, en la hispano-portuguesa como en la anglosajona, de las costas y de las regiones en que el suelo ofrecía mayor rendimiento. Pero junto a esas cifras hay otras que presentan un panorama diferente: los indios navajos de los Estados Unidos, que sumaban 12 a 13.000 en 1869, llegan a 21.000 en 1889, a 39.064 en 1930 y a cerca de 50.000 en 1940, y en conjunto la población indígena de los Estados Unidos pasa de 332.397 almas en 1930 a 394.280 en 1940; si volvemos a tomar en conjunto los cinco países «indoamericanos», veremos que de 11,915.886 indios y 13.484.630 mestizos en 1930 han pasado a 13.145.464 indios y 15.742.171 mestizos en 1940; y si tomamos en conjunto todo el continente, de 14.981.111 indios y 29.793.709 mestizos en 1930 hemos pasado a 16.211.670 indios y 34.362.981 mestizos. Aun sin asignar a esas cifras extraordinaria exactitud, es evidente que puede hablarse, en números absolutos, de un aumento de la población india en los últimos tiempos.

Hay, pues, en la actualidad, un doble proceso: uno de extinción, otro de aumento. El de extinción se produce en lo que podríamos llamar zona periférica. Es la zona de conflicto o de choque con el blanco. La población indígena, en núcleos poco densos (casi siempre cazadores nómades o que alternan la caza con la agricultura), se siente arrollada por la población blanca, que se apodera de las tierras y de los campos de caza para someterlos a nuevas formas de producción. El indio se repliega hacia regiones más pobres e inaccesibles o se extingue lenta o rápidamente por inadaptación a condiciones de vida impuestas, por falta de inmunidad para las enfermedades occidentales, por la acción violenta del colonizador o la acción continuada y pacífica del mestizaje. En gran parte de esa zona el indio ha sido suplantado por el negro, más adaptable, en las costas y en las regiones tropicales y subtropicales, al trabajo moderno. Y así, en gran parte del continente, una enorme población negra y mulata (25.851.708 negros y 15.289.011 mulatos en 1940), concentrada sobre todo en los Estados Unidos, las Antillas y el Brasil, y luego en casi toda la costa del Caribe y parte de la del Pacífico, testimonia con su presencia la desaparición de la población autóctona, nunca muy densa en esas regiones.

Pero junto a esa zona periférica, en la que continúa la penetración exterminadora del hombre occidental, conquistador hoy como entonces, hay otra, que podríamos llamar zona nuclear. En ella la población india ha podido aumentar numéricamente, compensando, con ligero exceso, las bajas de la zona periférica. Esta zona abarca los grandes núcleos de población indígena del continente, los más densos, los que alcanzaron en otro tiempo las formas superiores de organización política y de producción agraria. El blanco tiene la hegemonía, pero como minoría superpuesta, fundamentalmente en las ciudades, manteniéndose casi intactas las formas de producción antiguas y hasta las instituciones y autoridades indígenas. Así pudo subsistir hasta nuestros días el calpuli o la comunidad mejicana y el ayllu peruano22. Así pudieron subsistir las lenguas indígenas y aun extenderse en algunos casos, como ha pasado con el quechua en la selva oriental del Perú y del Ecuador. Y hasta hay regiones de esta zona — algunas regiones altas de Bolivia, por ejemplo — donde el blanco se indianiza, absorbido paulatinamente por la población indígena23. Al mismo tiempo el indio — casi la única mano de obra en grandes regiones — se ha transformado en parte en proletariado urbano o rural. En el Ecuador, por ejemplo, indios e indias, con una resistencia física que parece sobrehumana, trabajan en las plantaciones, en la edificación, en el transporte de pesadas cargas24 y hasta en la construcción de carreteras. En general, el desarrollo de la población indígena de estas regiones se parece al desarrollo de la población obrera y campesina de las regiones más pobres de la tierra y es compatible con cierto crecimiento demográfico. En esta zona podemos incluir también las «reservas» de los Estados Unidos, en las cuales, a favor de una legislación tutelar, han mejorado las condiciones de vida en los últimos años25.

Es evidente que este doble proceso de descenso y ascenso no se puede producir al margen del desarrollo político y económico de cada país. Estamos en presencia, en todo el continente, de un activo movimiento indianista e indianófilo, que se expresa en el arte y en la política. Escritores y pintores han descubierto en el indio—en su alma, en su vida—un nuevo mundo. La arqueología, la historia y la lingüística han reconstruido gran parte del pasado indígena, han desenterrado ciudades sumergidas por el tiempo, han vuelto a levantar monumentos y pirámides, han descifrado viejos códices. Escritores, sociólogos y políticos quieren forjar además un pasado mítico, tratan de cimentar las nacionalidades nuevas en una grandeza pasada y sacar ejemplaridad de una idealizada edad de oro precolombina. Se ha lanzado la denominación de Indoamérica, como enunciación de una unidad cultural y étnica, frente a Hispanoamérica o Latinoamérica. La tradición del Tahuantinsuyo, subsistente a través de los siglos entre los indios, se extiende a todas las esferas de la población peruana. Hay quienes quieren, en el Perú, estructurar toda la organización política alrededor del ayllu, la comunidad indígena. Hasta se oyen las voces exaltadas de un nuevo racismo, de un retorno al Imperio de los incas y de los aztecas. Los poetas del Paraguay alternan sus rimas hispánicas con versos en lengua guaraní. El folklorismo, la etnografía, el cinematógrafo y una rica producción literaria y plástica — de calidad muy variada — han despertado en toda América la conciencia de que el indio existe, de que hay un problema indígena apremiante y hasta una deuda moral con el indio. Méjico y los Estadios Unidos se ponen al frente del nuevo movimiento. Surgen todos los días instituciones nuevas para estudiar al indio, para proteger al indio, para educar al indio. Por convención de los gobiernos de Costa Rica, Cuba, Panamá. Paraguay y Perú, y con la ratificación del Ecuador, El Salvador, los Estados Unidos. Honduras, Méjico y Nicaragua, se ha constituido el Instituto Indigenista Americano, que celebró el Primer Congreso Indianista de América en Pátzcuaro. en abril de 1940. En casi todos los países han surgido Institutos oficiales de defensa del indio: el Instituto Indigenista Nacional de Méjico, el National Indian Institute de los Estados Unidos, el Servicio de Protecao aos Indios del Brasil. Se ha instituido el 19 de abril como Día del Indio. Nacen todos los días sociedades para el fomento de las artes e industrias indígenas, de la danza y la música. EL Estado moderno asume, con fines laicos, la antigua obra misionera de las órdenes religiosas. En Méjico se han creado, en 1940, Misiones de Mejoramiento Indígena para fijar a los indios en mejores lugares, y además Centros agropecuarios, Centros de capacitación económica, Centros de capacitación técnica, para mejorar la situación de los indios. Surge una nueva política indianista; mejorar la economía de las poblaciones indígenas, proveyéndolas de tierras, agua, crédito, recursos técnicos; estudiar el régimen alimenticio de los indios v sus enfermedades endémicas para aplicar medidas generales de saneamiento: respetar la cultura indígena, las creencias, la lengua, la mentalidad, mantener al indio como indio. Por otra parte los partidos políticos, sobre todo el movimiento obrero y socialista, procuran atraerse al indio a su causa y enfocan el problema indígena como un aspecto del problema social,26 Y, en efecto, el indio asoma en el panorama político como un elemento más del despertar de las masas, de «la rebelión de las masas».

El actual movimiento indianista llega a más: proclama la capacidad del indio para todas las actividades de la vida moderna. Es verdad que se señala en general su indolencia, su falta de iniciativa, su degeneración por el alcohol o las enfermedades; es verdad que se le encuentra muchas veces en un estado intermedio entre el animal y el hombre. Pero eso es estado y no ser. Los estudios modernos afirman la capacidad del indio: encuestas y «tests» sobre niños indígenas indican una aptitud parangonable a la del blanco, quizá menor para la abstracción mental, quizá mayor para el trabajo manual. Y en ello se basan los esfuerzos actuales para educar al indio, para atraer al indio.

Los países nacientes de América procuraban hasta hace poco ignorar al indio y borrar sus huellas de la vida nacional para aparecer como países de corte europeo. El indio desaparecía, como una mancha del pasado, hasta de las estadísticas. Ahora, en cambio, se exalta con orgullo el pasado indígena y se buscan en ese pasado las raíces de una nueva nobleza y hasta de una nueva conciencia nacional. Se proclama al indio como «el primer hijo de América», como «el hombre olvidado de América». Y si antes el indio trataba muchas veces de pasar por blanco, no es raro que hoy el blanco trate de pasar por indio.

Si la población indígena sobrevivió a cuatro siglos y medio de dura servidumbre, ¿puede admitirse — como cree don Manuel Gamio — que al recobrar hoy todos sus derechos se desarrolle libre y vigorosamente la cultura autóctona, elaborada durante millares de años bajo la influencia del ambiente americano? ¿Estamos en vísperas de un renacimiento de las civilizaciones indias de América, o al menos, en algunos países, de una cultura general de sentido indígena? ¿Nos encontramos — como se ha dicho alguna vez en el caso de Méjico — ante una indianización progresiva y general?

La población indígena aumenta actualmente, como indican las estadísticas, pero no nos engañemos con los números. Ese aumento es infinitamente menor que el del resto de la población, y esos indios son cada vez menos indios, son cada vez más mestizos. Hasta en un país tan reacio como los Estados Unidos, se calculaba en 1910 que la tercera parte de los indios eran mestizos; actualmente sólo el 59 por ciento de los indios son de raza pura, con tendencia a un aumento del mestizaje (en Nuevo Méjico y Arizona el 97 por ciento de los indios son puros, pero en Minnesota sólo el 17 por ciento). En Groenlandia ya casi no quedan esquimales puros. En Alaska, había en 1900 unos 2.500 mestizos sobre 29.536 indígenas. En los países hispanoamericanos el proceso es más rápido, y en algunos, como Honduras, El Salvador, Nicaragua y Paraguay, casi toda la población es ya mestiza. En general, la población mestiza aumenta en los países «indoamericanos» más que la blanca y la india. En algunos países el mestizo domina toda la vida nacional: economía, política y cultura. En ese mestizaje, que representa lo autóctono fundido con la sangre de Europa, tratan de sustentar algunos países su orgullo nacional. Pero el mestizo se orienta cada vez más hacia las normas de la cultura occidental. Es la supervivencia y, en el futuro, la superación del indio.

Ninguna tribu vive hoy la vida de sus antepasados. Elementos de la cultura europea, y hasta africana, se han incorporado a la vida indígena hasta convertirse en patrimonio propio. Viajeros que han llegado hasta aldeas lejanas se han sorprendido de ver bailar a los indios con ritmos de fox-trot. Hay un proceso permanente de europeización cultural. La vida indígena está atravesando un momento de profunda transformación. Las carreteras, la aviación y la radio llegan a afectar la vida de las tribus más aisladas. Misioneros de distintas órdenes y de distintas nacionalidades—ingleses, alemanes, holandeses, españoles — se establecen en las regiones más inhospitalarias. Las tribus nómades — cazadoras, pescadoras, recolectoras — desaparecen o se transforman en agricultoras. El telar europeo suplanta al telar nativo, y el arado de hierro y las máquinas transforman la agricultura del indio en moderna agricultura intensiva. Las fronteras entre blancos, mestizos e indios se borran cada vez más, y aun en sus reductos más profundos se conmueve la quietud secular del indio, en peligro de verse arrastrado al ritmo moderno.

La población es la primera riqueza de un país. La población indígena ha sido hasta hace poco una riqueza inexplotada o mal explotada. El Estado moderno no puede renunciar al aporte de esa enorme masa de población. Mantenerla como mano de obra barata es etapa que tiende a dejarse atrás. Aumentar las necesidades del indio para convertirlo en consumidor activo es ya una etapa más avanzada. Pero hoy se tiende a ir más lejos: transformar la cantidad en calidad.

Con más o menos eficacia, se le quiere convertir en ciudadano, en elemento activo de la sociedad. La escuela tiende a penetrar en la comunidad rural, y, sobre todo en los Estados Unidos y en Méjico, la enseñanza del indio se hace a la vez en lengua indígena y en la lengua del país. El servicio militar no puede exceptuar a la población india, y los Estados Unidos y el Canadá no sólo están tratando de movilizar a toda la población india para una cooperación activa en la guerra actual, sino que incorporan a los indios — como ya lo hicieron en parte en la guerra del 14 — al ejército, a la marina y a la aviación. A principios de 1943 más de 12.000 indios norteamericanos estaban incorporados al ejército, sin contar los que estaban movilizados en minas, fábricas, etc., y las mujeres incorporadas al servicio femenino de guerra. Varios miles de indios norteamericanos y canadienses luchan hoy por la causa aliada en los distintos frentes de guerra, y puede señalarse que un indio osage se ha destacado como general de aviación: el Mayor General Clarence Tinker, muerto en la batalla de Midway. El movimiento vertiginoso de la vida moderna tiende a arrancar al indio de su quietud. El sistema administrativo, el trabajo asalariado, la técnica moderna, el comercio, las carreteras, la invasión de todas las formas de la cultura moderna, entre ellas la danza y la música, y la generalización progresiva del idioma europeo y del traje moderno, son activos elementos de asimilación. «Mantener al indio como indio» puede ser un ideal de folkloristas, pintoresquistas y etnógrafos, jamás un ideal político o cultural de ningún estado moderno. «Incorporación del indio a la vida nacional» fué una consigna de la revolución mejicana de 1910. «Incorporación», «asimilación», es decir, desindianización. 27

Hay todavía más de un millón de indios en Méjico que no saben hablar español y que usan lenguas propias como único medio de comunicación. Es decir, hay más de un millón de mejicanos que no saben que son mejicanos. Pero esta cantidad disminuye continuamente: había 1.960.306 en 1910; 1.820.844 en 1921; 1.185.162 en 193028. El problema indígena es en gran parte, problema de lengua. Más que por la pureza de sus rasgos étnicos, un hombre es indio por su lengua, que es «la sangre del espíritu». Si no habla más que su lengua, puede decirse que es un indio puro, cualquiera que sea su porcentaje de sangre blanca. La medida de su mestizamiento intelectual la da la medida en que se apropie la lengua europea. De los 16 millones de indios de 1940 no hay seguramente 10 millones que manejen las lenguas indígenas, y seguramente no alcanzan a 5 millones los que no hablan más que esas lenguas29. Claro que hay además varios millones de mestizos, y hasta de blancos, que hablan lenguas indígenas: en Asunción toda la gente culta usa habitualmente el guaraní; en la sierra ecuatoriana y peruana mucha gente blanca maneja el quechua en sus relaciones con los indios. Sería ilusorio creer por eso en un triunfo de las lenguas americanas. Al hablar las lenguas indígenas los blancos y los mestizos llevan a ellas elementos de disgregación lingüística. La penetración del español, hasta en las regiones más apartadas, se produce a un ritmo y con una profundidad que asombraban al geógrafo alemán Sapper, al visitar los países centroamericanos con veinticinco años de intervalo. La tendencia actual a enseñar en las escuelas rurales en español y en la lengua indígena, iniciada con entusiasmo, y sin duda con eficacia, en Méjico, producirá con toda seguridad—paradójicamente—un mejor aprendizaje del español. El bilingüismo es la primera etapa en la extinción de una lengua indígena. El español inunda el léxico, la morfología y hasta la sintaxis de las lenguas nativas30. Penetración del español es penetración de la cultura occidental. Es. en el mejor de los sentidos, mestizaje cultural y, de nuevo, desindianización.

Más profundamente aún que la lengua conquistadora se ha impuesto la religión del conquistador. La cristianización del continente, la llamada «conquista espiritual», ha sido casi absoluta, y sólo las tribus inaccesibles de la selva conservan intacto su mundo de creencias. El indio ha adoptado el cristianismo con un fervor religioso que es raro observar hoy entre los europeos, y es impresionante, en la ciudad de Quito por ejemplo, ver la unción con que asisten a los oficios de la Natividad o de la Pasión. Casi siempre sobreviven también sus ídolos, sus hechiceros, sus totems y tabús, sus danzas, pero apenas como reliquia de su viejo mundo, como han persistido en Europa a través de veinte siglos de cristianización. Aunque alguien ha querido, en Méjico por ejemplo, sustituir los Reyes Magos por Ouetzalcóatl, los dioses indios han muerto.

Bienvenida la indianofilia de los últimos tiempos, que nace de un impulso generoso y humanitario. Bienvenido el redescubrimiento del indio y la nueva política indianista, que responde a un sentido más amplio de justicia. Pero es indudable que cuanto más generosa sea la actitud hacia el indio, cuanto más humanitaria sea la sociedad con el indio, más pronto lo incorporará a las actividades de la vida moderna, más pronto lo desindianizará.

Centenares de pueblos y de lenguas se han extinguido en los últimos cuatro siglos de historia americana. Otros centenares de pueblos y de lenguas han entrado en una agonía más o menos rápida. Los restos del pasado indígena no ofrecen hoy ni unidad étnica, ni lingüística, ni religiosa, ni cultural. No hay una raza indígena, sino grupos raciales distintos, producto de distintas migraciones prehistóricas, entrecruzadas de maneras diversas a través de los siglos. Lingüísticamente el continente es un mosaico de lenguas y dialectos: Paul Rivet ha establecido 26 familias lingüísticas en América del Norte, 20 en América Central y 77 en América del Sur, es decir, 123 familias lingüísticas (de ellas 20 ya enteramente extinguidas), con centenares de lenguas y dialectos. Frente a la gran unidad del quechua, que se habla en la provincia de Santiago del Estero (República Argentina) y luego desde Bolivia hasta el norte del Ecuador, con variantes dialectales, puede presentarse el panorama de otras regiones: sobre el Orinoco, en una pequeñísima región de los Llanos de Venezuela, con una rica red fluvial que ha asegurado las comunicaciones, conviven, en relación más o menos estrecha, los otomacos, los guamos, los yaruros, los salivas y los guajivos, con lenguas completamente independientes, tan alejadas entre sí como el español y el turco, sin que se les haya podido encontrar hasta ahora una relación genealógica con las restantes de América31. Es indudable que un trabajo comparativo más riguroso logrará refundir muchas de esas familias, pero desde 1924, en que Rivet publicó su estudio en Les langues du monde, se han encontrado materiales nuevos que más bien aumentan el número de familias existentes. ¿Puede ese mosaico de lenguas y de culturas mantenerse frente a la portentosa unidad americana del inglés, del portugués y del español?.

¿Cuál es entonces el porvenir de la población indígena de América? Sapper pronosticaba su desaparición en el curso de dos o tres siglos. Dado el ritmo actual en la marcha del mundo, el progreso vertiginoso de la técnica y de los medios de comunicación y transporte, la colonización rapidísima de los últimos rincones de cada país, la explotación intensiva de todos los recursos, la movilización, bajo el signo del nacionalismo moderno, de todos los habitantes para la paz y la guerra, y su incorporación al movimiento social y político, puede asegurarse una dilución rápida del indio en el mestizo y, posteriormente, del mestizo en el blanco. El indio puro podrá subsistir unos siglos más relegado a islotes de poca importancia en regiones casi inaccesibles de la meseta o de la selva. El continente está ganado para la raza blanca.

I. IntroducciónI. Introducción III. La población indígena al declararse la independencia hispanoamericana (1810-1825)III. La población indígena al declararse
la independencia hispanoamericana (1810-1825)

Notas:

15  Después de la reorganización de 1934 cambió el concepto, pero no hay acuerdo entre las autoridades del censo y las del Office of Indian Affairs. Así, para el censo de 1940 es también indio el mestizo que tiene por lo menos un cuarto de sangre indígena cuando lo considera indio la comunidad en que vive. En cambio, el Office considera indio a toda persona de sangre indígena que conserva derechos en su tribu. De esta divergencia de criterio surgen dos estadísticas distintas de la población indígena de los Estados Unidos.

16 Manuel Gamio, que ha señalado las dificultades para hacer un censo étnico y que considera insuficiente el censo lingüístico, propone una clasificación por las características culturales: según usen instrumentos o utensilios precolombinos, postcolombinos o combinen los dos (metate, fonógrafo, silla de montar, machete, huaraches, marihuana, cerámica esmaltada, arado, pala, canoa, etc.). En el censo mejicano de 1940 se especifican algunas características culturales: si el individuo come pan o tortillas de maíz; si va descalzo o con huaraches o con zapatos; si usa pantalón o calzón; si duerme en el suelo, en hamaca, en tapexco, en catre, en cama; si la vivienda es de adobe, barro, mampostería, ladrillo, madera, etc.; si posee radio, máquina de coser, etc. Véase Manuel Gamio, Las características culturales y los censos indígenas, en América Indígena, México, julio de 1942. págs. 15-19.

17 Aun en países que tienen muy bien organizado su servicio estadístico hay una gran desproporción entre los cálculos oficiales y los resultados posteriores del censo. En el Brasil se había calculado para 1939 una población de 44.115.825 habitantes; el censo del 31 de agosto de 1940 arrojó 41.356.605. En el Salvador se calculaban, en 1928, 1.722.579 habitantes; el censo de 1930 arrojó 1.437.611. En Costa Rica se calculaban, en 1926, 532.259 habitantes; el censo de 1927 arrojó 471.524. En los tres casos los cálculos oficiales se podían apoyar en censos recientes (de 1920 y 1930 en el Brasil, de 1901 en el Salvador, de 1892 en Costa Rica). El cálculo peca siempre por exceso, y hay que tenerlo en cuenta para valorar las estadísticas de países como el Ecuador que no cuentan con un solo censo en toda su historia nacional.

18 Las fuentes y los datos en que nos apoyamos para elaborar estos dos cuadros, y una serie de datos complementarios, los reunimos en el Apéndice I, al final de este volumen. (N. de W.: No incluido en esta digitalización).

19 Manuel Gamio, en América Indígena, México, abril de 1942, pág. 20; Boletín Indigenista, marzo de 1944, pág. 60; Journal de la Societé des Americanisltes de Paris, XXI, 1929, 291-2; John M. Cooper, Analytical and critical biblioqraphy of the tribes of Tierra del Fuego, Bureau of American Ethnology, Bulletin 63, Washington, 1917, pág. 4; Martín Gusinde, Die Feuerland-Indianer, I: Die Selk'nam, Mödling bei Wien, 1931, págs. VI, 91; Armando Braun Menéndez, Pequeña historia fueguina, Buenos Aires, 1939, pág. 39 ("Ya no quedan más de treinta yaganes en todo el laberinto del sur fueguino!"); Teodoro Caillet-Bois, El fin de una raza de gigantes, en el Boletín, del Instituto de Investigaciones Históricas, Buenos Aires, julio de 1942 - junio de 1943, nos 93-96, págs. 7-41 (en 1917 inspeccionó parte del territorio argentino de Santa Cruz y encontró unos 300 indios, mezcla de tehuelches y otras razas, agrupados en toldos, en tres o cuatro zonas fiscales; "hoy deben ser muchos menos").

20 Es muy difícil en este terreno separar lo histórico de lo que es leyenda macabra. También en Patagonia se habla de los tiempos en que se compraban las orejas de indios. En el Brasil la oreja de indio o de negro cimarrón fué frecuente trofeo de guerra para portugueses y holandeses en el siglo XIII, y aún entre los brasileños en el siglo XIX (véase Friederici, Der Charakter der Enideckang und Eroberunc. II. 166- y III, 38; Gerland, Das Aussterben der Naturvölker, 103). En cambio, los ingleses en Norteamérica prefirieren a usanza indígena, el cuero cabelludo.

21 Véanse Journal de la Société des Américanistes de París, 1927, XIX, 404-5; 1928, XX, 403; 1930, XXII, 390; 1935, XXVII, 260; Moisés Sáenz, Sobre el indio peruano, Méjico, 1933, y Sobre el indio ecuatoriano, Méjico, 1933. Una de las sublevaciones indígenas más curiosas fué la de Panamá en 1925. Mr. Richard O. Marsh, enviado por la Smithsonian Institution y el National Museum de Nueva York para hacer exploraciones, sublevó a los indios y se proclamó emperador del Darién (véase Narciso Gajray, Tradiciones y cantares de Panamá, Bruselas, 1930, págs. 8-11).

22 El ayllu era originalmente un clan o grupo de parientes. El Imperio Incaico lo convirtió en unidad de trabajo sobre la base comunal y en unidad religiosa, política y militar. Hoy sobrevive en casi toda la región serrana del Perú y en algunos valles de la costa, abarcando más de dos millones de personas; se cree que hay más de 3.000 ayllos, 411 de ellos reconocidos por el gobierno peruano en 1936; las tierras pertenecen al ayllo, que las distribuye a las familias; el trabajo puede ser individual o colectivo (Castro Pozo, en América Indígena, abril de 1942, págs. 12 y sigs.). Sobre el ayllo peruano véanse Hildebrando Castro Pozo, Del ayllu al cooperativismo socialista, en Biblioteca de la Revista de Economía y Finanzas, vol. II, Lima, 1936, y Jorge Basadre. Historia del derecho peruano, Editorial Antena, Lima, 1937. Sobre el ayllo en Bolivia véase Arturo Urquidi Morales, La comunidad indígena, Imprenta Universitaria, Cochabamba, 1941. Sobre supervivencia y desintegración del ayllo véase Harold E. Davis, The village of the Chinchero, un hermoso artículo publicado en América Indígena, abril de 1942, págs. 43-50, parte de una obra extensa en que estudia la superposición de los elementos antiguos y modernos en la población indígena de Chinchero. Castro Pozo es partidario de la transformación del ayllo en cooperativa agropecuaria.

23 El blanco es adaptable a cualquier altura después de un período de aclimatación. El conquistador español llegó a todas las regiones de la meseta, pero el indio acabó por absorberlo en las grandes alturas. Dice Carlos Monge: «Si en antropogeografía hay un tipo étnico diferenciado de las demás razas del mundo, éste corresponde esquemáticamente al hombre de los Andes, que rápidamente retorna al tipo ancestral originario. No hay raza blanca, biológicamente hablando, en la altitud» (Política sanitaria indiana y colonial en el Tahuantinsuyu, en Anales de la Facultad de Ciencias Médicas, Lima, 1935, XVII, pág. 249). En el Congreso de Americanistas de Sevilla (octubre de 1935) el Dr. Walter Knoche leyó un trabajo sobre el proceso de indianización en la región de las punas (no sabemos si se ha publicado).

24 Los indios de carga o tamemes fueron prohibidos por Cortés (bajo pena de muerte) y por orden terminante de Carlos V y Felipe II. Hoy subsisten en toda la sierra ecuatoriana; hasta la mujer se dedica al transporte de pesadas cargas.

25 Dentro del nuevo movimiento en favor de la población indígena hay que destacar la actitud de los Estados Unidos. El país se había señalado por su encarnizamiento en destruir las poblaciones indias. El tratamiento del indio — dice un autor norteamericano — es «una de las peores páginas de nuestra historia nacional». La Ley General de Repartimientos de 1887 («General Allotment Act») sirvió para traspasar la tierra a los blancos, y las tierras indígenas pasaron dé 138 millones de acres en 1887 a 52 millones en 1934, más de la mitad tierras desiertas o casi desiertas, además en grave peligro por la erosión del suelo; es lo que se llamó «la era de expoliación de las tierras». Después de la guerra de 1914-1918 el Congreso otorgó a todos los indios la ciudadanía norteamericana como prueba de agradecimiento del país a su valor y lealtad. Desde 1928 mejora la situación indígena y disminuye la mortalidad; la población está aumentando a razón de 1 % anual. Pero una nueva época para el indio norteamericano comienza con el Acta de Reorganización Indígena de 1934, que lleva a los indios la nueva política de Roosevelt: se concedió a las tribus el derecho de usar instrumentos de gobierno propio para atender a sus intereses como comunidades específicas; se aumentaron sus tierras, que llegaron a 55,5 millones de acres en 1941; se protegieron sus parques, sus campos de pastoreo, su fauna; se concedieron créditos para sus industrias y su suelo, y se empezó a desarrollar una activísima labor cultural, con la idea de que el indio no debe desaparecer y tiene derecho a conservar su religión y su cultura. El 85 % de la población indígena ha aceptado ya la nueva ley. Sobre la nueva política indianista véanse Loring Benson Priest, Uncle Sam's stepchildren: The reformatlon of United States Indian policy, 1865-1887, New Brunswick. N. Y., 310 págs.; Joseph C. McCaskill y D'Arcy McNickle, La política de los Estados Unidos sobre los gobiernos tribales y las empresas comunales de los indios, National Indian Institute, Washington, 1942, 26 + XIV págs.; Ward Shepard, La conservación de las tierras indígenas en los Estados Unidos, The National Indian Institute, Washington, 1942, 70 págs.; Los indios en los Estados Unidos por Allan G. Harper, John Collier y Joseph C. McCaskill, publicado por The National Indian Institute, Department of the Interior, Washington, 1942; The changing Indian, edited by Oliver La Farge, from a Symposium arranged by the American Association on Indian Affairs, University of Oklahoma, 1942 (una serie de trabajos de diversos autores sobre el presente y el futuro del indio norteamericano); The North American Indian today, publicado por C. T. Loram y T. F. Mcllwraith, Toronto, 1943 (comentado en América Indígena, enero de 1944, págs. 79-81).

26 Hay una copiosísima bibliografía, de carácter muy variado. Además de las obras citadas en otras partes de este trabajo, véase Pío Jaramillo Alvarado, El indio ecuatoriano, Quito, 1922.

27 En Méjico es donde mayores han sido los esfuerzos para la incorporación del indio (véase Robert Ricart, L'«incorporation» de l'iridien par l'école au Mlexique, en Journal de la Société des Américanistes de Paris, 1931, XXIII, 47-70, 441-457; una noticia complementaria en el mismo Journal, XXV, 1933, pág. 199). Sobre el mismo problema en otros países, véase Moisés Sáenz, Sobre el indio peruano y su incorporación al medio nacional y Sobre el indio ecuatoriano y su incorporación al medio nacional. Publicaciones de la Secretaría de Educación Pública, México, 1933. Sobre los Estados Unidos véase Willard W. Beatty, La educación de los indios en los Estados Unidos, publicado en 1942 por The National Indian Institute, Department of Interior, Washington, 33 págs. (también en América Indígena, II, abril de 1942, 29-33). Además Emilio Fournié, Encuesta sobre el niño indígena, en el Boletín del Instituto Internacional Americano de Protección a la Infancia, octubre de 1934, págs. 134-143.

28 Según don Manuel Gamio el censo lingüístico de 1940 indica que hay aproximadamente un millón de personas que hablan idiomas autóctonos [exclusivamente] y otro tanto que también habla español, «quedando al margen de la estadística varios millones de individuos que sólo hablan español, pero son indígenas o mestizos por sus características étnicas y culturales» (América Indígena, México, abril de 1942, pág. 18).

El censo mejicano de 1930 arroja los siguientes datos lingüísticos sobre los habitantes de cinco o más años de edad: hablan sólo una lengua indígena 1.185.162; hablan español y una lengua indígena, 1.064.236; hablan español y dos lenguas indígenas 1.684.

Es interesante el siguiente cuadro sobre el desarrollo lingüístico de Méjico (Anuario estadístico de los Estados Unidos Mexicanos, 1939, pág. 80, y 1940, pág. 68), que abarca la población de cinco años o más:

Año 1900 1910 1921 1930
Total 11.673.283 12.984.962 12.368.321 14.028.575
Español 9.852.710 11.250.343 11.663.202 12.835.190
84,40% 96,64% 94,29 % 91,49%
No hablan español 1.820.573 1.734.619 705.119 1.193.385
15,59% 15,55% 5,70% 8,5%
Lenguas indígenas 1.794.293 1.685.864 1.868.892 2.251.086
15,37% 12,98 % 15,11 % 16,04%

Obsérvese que las cifras no coinciden exactamente con las que damos en el texto, y es por la siguiente razón: las cifras del texto indican indios que hablan exclusivamente lenguas indias; las cifras de este cuadro indican habitantes que no hablan español (extranjeros inclusive) o indios que hablan lenguas indígenas (aunque no exclusivamente). Además, no todos los datos de este cuadro son fidedignos.

En Guatemala, según el censo del 7 de abril de 1940, tienen el español como lengua materna 1.777.814 habitantes, y las lenguas indígenas 1.498.745, distribuidos del modo siguiente: 414.130 hablan quiché, 375.896 cachiquel, 299.957 mame, 259.784 quecchí, 28.593 pocomán y 120.385 otras lenguas (Boletín indigenista, II, n° 1, marzo de 1942, págs. 30-31). Véase además la nota siguiente.

29 Renato Biasutti, profesor de geografía de la Universidad de Florencia, calculaba, hacia 1930, ocho o nueve millones de indios que conservaban sus lenguas (Enciclopedia Italiana, II, 920). Da las siguientes cifras: América del Norte 383.000 (algonquinos 91.000; denes y atabascos 53.000; iroqueses 50.000; siux 41.000; esquimales 30.000; muscoges 29.000; salish 18.000; shoshones 17.000; tlingit o coliushi 4.400); Méjico y América Centra} unos 4 millones (cifras poco seguras); América del Sur, unos 3 millones de habla quechua y aymara (casi 4 con los que hablan otras lenguas, y 5,5 millones incluyendo los mestizos), unos 100.000 araucanos en Chile, 20.000 chiriguanos, 10.000 campas del Perú, 20.000 jíbaros del Ecuador, 25.000 huitotos de Colombia, 25.000 goajiros y diversas tribus amazónicas y australes que suman pocos miles de habitantes. Ese cuadro es, desde luego, muy incompleto: no incluye, por ejemplo, los hablantes tupí-guaraníes, que suman muchos millares en el Brasil y la Argentina. John H. Rowe y Gabriel Escobar M., Los sonidos quechuas de Cuzco y Chanca, en Waman Puma, III, n° 15, Cuzco, 1943, pág. 21, calculan 4.893.000 personas de habla quechua (1.250.000 en el Ecuador, 2.893.000 en el Perú, 750.000 en Bolivia y Argentina), con un margen de medio millón de error. Es posible que la cantidad no pase de 4 millones, pero el quechua es de todos modos la lengua indígena más importante de América, numéricamente. En la región sur de los departamentos peruanos de Ayacucho, Apurímac y Cuzco el 98 % de la población habla quechua; el 80 % no habla español. En las ciudades de los departamentos de Cuzco y Puno la mayoría es bilingüe (Ibíd., pág. 22). Para noticias de otras regiones véase nuestra nota anterior.

30 Véanse, por ejemplo, para el náhuatl y el guaraní, los dos trabajos siguientes: Franz Boas, Spanish elemente in modern Nahuatl, en Todd Memorial Volumes, Philological Studies, I, New York, Columbia University Press, 1950, págs. 85-89; Marcos A. MorÍnigo, Hispanismos en el guaraní, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1951, 435 págs.

31 Véase Los otomacos y taparitas de los Llanos de Venezuela, en Tierra Firme, Madrid, 1936, pág. 430.