La Población Indígena de América

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IV. La población indígena hacia 1650.

La Población Indígena de AméricaNos vamos internando en el campo de la hipótesis. En el siglo XVII, en 1631, fray Buenaventura Salinas, un franciscano, asignaba a América una población probable de 30 millones de indios68. Al mismo tiempo, en 1639, Pedro Mexía de Ovando, que había recorrido gran parte de América, afirmaba que de los muchos naturales de antes no quedaban dos millones en todo el continente 69. Luego, en 1661, el geógrafo italiano Riccioli calculaba una población americana de 200 millones de habitantes dentro de una población mundial de 1.000 millones70. En las postrimerías del siglo, en 1696, King, un estudioso inglés, se contentaba con 65 millones de americanos71.

Ya en el siglo XVIII, Süssmilch calculaba 150 millones de habitantes en América y 1.080 millones en todo el mundo. Y no ha faltado un teólogo y matemático eminente, Whiston, que ha calculado para el año 1700 una población mundial de 4.000 millones de habitantes: partía del Diluvio universal, de las ocho personas del Arca de Noé, y suponía que la población se duplicaba en el término de sesenta años 72. Damos estas noticias como simple curiosidad histórica, para mostrar con cuánta ligereza se barajan cifras, aun en épocas relativamente recientes 73. Pasemos ahora a la investigación científica.

Walter Willcox, que ha consagrado tantos años al estudio de los problemas demográficos, ha analizado el desarrollo de la población americana desde el siglo XVIII 74. Incluyendo la población de todas las razas, llega a las siguientes cifras:

Año Habitantes
1800 24.550.000
1750 12.424.000
1650 13.111.000

Los cálculos de Willcox sobre mediados del siglo XVII se basan en una serie de datos parciales recogidos por el geógrafo Schmieder 75. Hoy, con materiales mucho más cuantiosos, aunque, desde luego, siempre insuficientes, hemos elaborado, con carácter hipotético y provisional, el siguiente cuadro de la población americana hacia 1650 76:

3. POBLACIÓN DE AMÉRICA HACIA 1650

Blancos Negros Mestizos Mulatos Indios Población
Total
I. América al norte de Méjico 120.000 22.000

860.000 1.002.000
II. Méjico, Centroamérica y Antillas

Méjico 200.000 30.000 150.000 20.000 3.400.000 3.800.000
América Central 50.000 20.000 30.000 10.000 540.000 650.000
Antillas 80.000 400.000 10.000 114.000 10.000 614.000
Total 330.000 450.000 190.000 144.000 3.950.000 5.064.000
III. América del sur            
Colombia 50.000 60.000 20.000 20.000 600.000 750.000
Venezuela 30.000 30.000 20.000 10.000 280.000 370.000
Guayanas 4.000 20.000 3.000 3.000 70.000 100.000
Ecuador 40.000 60.000 20.000 10.000 450.000 580.000
Perú 70.000 60.000 40.000 30.000 1.400.000 1.600.000
Bolivia 50.000 30.000 15.000 5.000 750.000 850.000
Brasil 70.000 100.000 50.000 30.000 700.000 950.000
Paraguay 20.000 10.000 15.000 5.000 200.000 250.000
Uruguay         5.000 5.000
Argentina 50.000 10.000 20.000 10.000 250.000 340.000
Chile 15.000 5.000 8.000 2.000 520.000 550.000
Total 399.000 385.000 211.000 125.000 5.225.000 6.345.000
Total de América hacia 1650 849.000 857.000 401.000 269.000 10.035.000 12.411.000
Porcentaje 6,84 % 6,90 % 3,23 % 2,17 % 80,85 % 100 %


Tenemos, pues, hacia mediados del siglo XVII, una población de 10.035.000 indios dentro de una población americana de 12.411.000 habitantes. Se plantean, ante todo, dos interrogantes: ¿Cómo es posible que en la inmensa extensión del continente, donde viven hoy 270 millones de hombres, no hubiera entonces más que 12 millones? ¿Cómo se explica, además, esa disminución de 1.400.000 indios desde 1650 hasta 1825, en casi dos siglos, en un período en que la población total del continente casi se ha triplicado? Analicemos rápidamente ambas cuestiones.

Las cifras de Riccioli y de King representan la repercusión europea de dos realidades: 1°, la enorme extensión del continente nuevo (40 millones de kilómetros cuadrados); 2°, la densidad de los dos grandes núcleos de la civilización americana, el Virreinato de la Nueva España y el Virreinato del Perú. Y quizá también de algo más: los relatos fantásticos que llegaban a Europa sobre la grandeza y la riqueza americanas77. En 1653, cuando el P. Bernabé Cobo, después de 57 años de permanencia en América, se pone a escribir su Historia del Nuevo Mundo, dedica un capítulo a estudiar «de cómo una tierra tan extendida, rica y fértil como ésta y de quien tantas grandezas y maravillas ha publicado la fama por todo el mundo, fuese tan poco poblada»78. Y lo explica por causas diversas: la falta de agua en unas regiones, el exceso de agua en otras, la abundancia de montes, el rigor del clima, los salitrales, las tierras arenosas, fragosas y empinadas, y las guerras entre los indios. En aquella época los viajeros que se alejaban de los dos grandes centros virreinales recibían la impresión de un vasto desierto, y las expediciones misioneras o conquistadoras caían en el desamparo y en la indigencia. Aun hoy no es otra la impresión que se recoge apenas traspone uno el umbral de las grandes capitales, enteramente modernas. Es aleccionador el ejemplo de los Estados Unidos. Los cálculos sobre la población que albergaba el actual territorio estadounidense antes de la llegada del blanco oscilan entre 400.000 y dos millones (846.000 calcula un investigador tan autorizado como James Mooney). ¿Está ello en relación con los 130 millones de la población de 1940?. La faz de América se ha transformado a tal punto que las regiones más desiertas de la época del descubrimiento son hoy las más ricas y pobladas. En los cálculos hay que atenerse, pues, a las condiciones históricas, y no proyectar al pasado las imágenes de la actualidad.

Además, las cifras de Riccioli y de King no fueron la única repercusión europea de la realidad americana. La escasa población de América preocupó a los naturalistas y pensadores europeos desde el día siguiente de la conquista. Bacon la explicaba por un diluvio reciente; Buffon porque había sido poblada en época cercana a la llegada de los españoles; Voltaire porque estaba cubierta de pantanos que infestaban el aire y llena de un número prodigioso de ponzoñas. Raynal se apiadaba de «este hemisferio baldío y despoblado» 79.

Dos pensadores europeos del siglo XVIII dicen algo más. Montesquieu atribuye la despoblación a la conquista española: "Los españoles, desesperando de retener en la fidelidad a las naciones vencidas, tomaron el partido de exterminarlas y de enviar en su lugar, desde España, pueblos fieles. ¡Jamás un designio tan horrible fué ejecutado más puntualmente! Y así se vió que un pueblo tan numeroso como todos los de la Europa juntos desaparecía de la tierra a la llegada de esos bárbaros, que parecían, al descubrir las Indias, no haber pensado más que en descubrir a los hombres cuál era el último extremo de la crueldad". Después de cumplido puntualmente ese designio, habían fracasado — por una fatalidad que llama justicia divina — en la repoblación, «porque los destructores se destruyen a sí mismos y se consumen todos los días». Con más hondura se ocupaba de América Adam Smith. Después de analizar el grado de cultura material de la América precolombina, se refiere especialmente a Méjico y el Perú: «A pesar de la disminución que no pudo menos de ocasionar en sus naturales el hecho de la conquista, estos dos imperios están al presente mucho más poblados que lo que pudieron estar antes de ella; porque no podemos negar que las colonias españolas son por muchos respectos y ventajas muy superiores al estado de los antiguos indios» 80.

Si la imaginación europea pudo deslumbrarse con los fantásticos relatos de la jornada de Cortés hasta Méjico o de Pizarro hasta el Cuzco, y aun enceguecerse con el fulgor de sus triunfos, la mirada serena debía ver también la expedición de Cabeza de Vaca o de Hernando de Soto a la Florida, la de Ambrosio Alfinger a Venezuela, la de Almagro a Chile, la de Garcilaso a la Buenaventura, la de Gonzalo Pizarro a la Canela o la de Pedro de Mendoza al Río de la Plata. Penurias tales no las conoció la historia de las empresas humanas en ninguna otra región del globo.

En 1650 era todavía raro en América el empleo de un rudimentario arado introducido por el colonizador europeo. Subsistían en casi todas partes los instrumentos de madera o de piedra de la agricultura indígena. América había hecho enormes progresos en el cultivo ganadero, de introducción europea (antes de Colón sólo se criaban llamas y alpacas en el Perú). La mayor parte del continente era selva o estepa. Inmensas regiones de los Estados Unidos, Canadá y la Argentina, hoy el granero del mundo, desconocían enteramente la agricultura y estaban casi despobladas. Los restos del imperio azteca y del imperio incaico constituían un oasis dentro del inmenso desierto americano 81. En Europa persistía, sin embargo, el espejismo de la grandeza americana. Con Cervantes, que intentó en vano venir a América, suena ya la nota de desencanto: las Indias, "engaño común de muchos y remedio particular de pocos".

¿En qué circunstancias se produce el retroceso de la población indígena de América en este período? Estaban cumplidas las grandes empresas conquistadoras del siglo XVI, y la obra colonizadora abarcaba ya los grandes núcleos de la civilización americana. Pero no estaba terminada la conquista, que, en rigor, se prolonga hasta nuestros días.

En 1606 se inició la colonización inglesa en América, que adquirió en seguida caracteres violentos; el colono no se propuso convivir con el indio, sino desalojarlo; aunque hubo tentativas de convivencia pacífica y se firmaron tratados de paz y alianzas militares (el hecho más notable en este sentido fué el casamiento, en Virginia, de Pocahontas, hija del cacique Powhatan, con un gentilhombre inglés) y hasta se reguló la compra de tierras, la guerra fué casi continua en los siglos XVII y XVIII, y la frontera se desplazaba cada vez más hacia el oeste; los indios capturados se vendían como esclavos, y así llegaron hasta los puertos de Marruecos, Argelia, Túnez y Trípoli; los incidentes de frontera provocaban expediciones punitivas, que alguna vez se organizaron con la idea de exterminar a los pieles rojas; se acusa a los colonos de haber difundido bebidas alcohólicas, de haber puesto veneno en los alimentos y bebidas, y hasta de haber llegado a propagar entre los indios, intencionalmente, epidemias de viruelas; en la lucha con los indios los colonos adoptaron la costumbre indígena de traer como trofeo de guerra las cabelleras de los vencidos, práctica defendida en Parlamento inglés por Lord Suffolk, Secretario de Estado, y hasta se dedicaron a la caza de cabelleras, estimulada a buen precio; el país fué ganado para el colono blanco y para el esclavo negro; el indio quedó confinado en las reservas 82.

En el Brasil, sertanistas y bandeirantes abrían el camino del interior, asaltando las poblaciones indígenas a sangre y fuego y capturando indios esclavos para venderlos en los puertos de la costa y hasta en los puertos de Portugal; todavía en el XVIII se acusa a los portugueses de haber utilizado perros en la cacería de indios, de haber envenenado los comestibles de los indios y de haber llevado su espíritu de venganza hasta el punto de atar indios en la boca de los cañones.83 Se hizo proverbial en el Brasil que los indios necesitaban tres p: palo, paño, pan (pao, paño, päo). Pero no todo es historia luctuosa: un cacique tupí de Río de Janeiro y otro cacique pitiguar, llamado Antonio Philippe Camarao, recibieron título de condes por servicios prestados a la corona portuguesa.

En el Río de la Plata y en Chile alternaban dos políticas, según las circunstancias: a veces la política de mano tendida, la prohibición del repartimiento y del servicio personal, la conquista pacífica y, cuanto más, la guerra defensiva; otras veces la campaña exterminadora, sin cuartel, la caza de indios esclavos, a los que se llegó a marcar en la frente 84. Los siglos XVII y XVIII están llenos de incursiones de los indios contra las poblaciones blancas (malones) para robar caballos, ganado o cautivas o para vengar agravios, y de expediciones contra los indios (malocas) para cazar esclavos y hasta para exterminar tribus rebeldes, en las que casi siempre pagaban justos por pecadores, tribus pacíficas por tribus guerreras. A mediados del siglo XVII, Chile — la más rebelde de las colonias españolas — se transformó en campo de cacería; la venta de indios era remuneradora, y ante la dificultad de apresar indios rebeldes se empezó a vender indios pacíficos85.

La guerra de fronteras era general en toda la periferia del imperio colonial. En el Orinoco los misioneros organizaban periódicamente incursiones entre los indios infieles y se apoderaban de niños, mujeres y viejos; asignaban los niños a las misiones como poitos —dice Humboldt—, «de hecho esclavos durante ocho o diez años, hasta que se casaban» 86. Y en todo el continente proseguían su marcha las pequeñas expediciones, fundadoras de pueblos y fortines y pacificadoras de indios bravos, o las entradas, no siempre pacíficas, de los misioneros para engrosar con indios cimarrones o montaraces la población fluctuante de las reducciones.

En la conquista del interior del continente y en la pacificación del indio bravo el conquistador blanco contó siempre con la ayuda de los indios de paz o los indios amigos, que en las malocas, en las incursiones de los bandeirantes o en las cacerías de los anglosajones se ensañaron a veces más que el europeo en acciones de venganza. Indios tuvo también el blanco como auxiliar en la lucha contra otros blancos: en las guerras entre españoles e ingleses, entre ingleses y franceses, entre portugueses y españoles, entre portugueses y franceses, entre portugueses y holandeses. Y es curioso señalar que en la expedición holandesa a África para conquistar Sao Paulo de Loanda participaron 200 guerreros tapuyos del Brasil como tropas auxiliares87.

La historia se detiene a veces con especial delectación en el relato de los actos de crueldad y de barbarie, en los hechos monstruosos, en las arbitrariedades e injusticias, en lo catastrófico. Las luchas fronterizas entre colonos e indios, con sus contornos de ferocidad, no se pueden reducir esquemáticamente una lucha entre civilización y barbarie: la frontera fué muchas veces la frontera de dos barbaries. Pero de todos modos es más decisiva, en el destino de la población indígena del continente, la situación del indio en la zona nuclear, en las vastas regiones del imperio colonial español. Veamos el reflejo de la obra colonizadora de España en uno de los núcleos fundamentales de la América india: el Virreinato del Perú.

Al superponerse las pequeñas huestes de conquistadores sobre las jerarquías caciquiles del régimen indígena, el indio se transformó en abastecedor de mano de obra. La política colonial — por imperativos de subsistencia — procuró mantener y aumentar esa mano de obra. La historia del indio en este período es la historia del régimen de trabajo, en lo fundamental de la encomienda y la mita.

El viejo sistema del repartimiento, que tan malos frutos había dado en las Antillas, se había modificado bastante en el proceso de adaptación a las nuevas ideas jurídicas de España y a las condiciones americanas 88. Se había llegado a prohibir, en general, el reparto de indios con servicio personal, antiguo trofeo de la conquista, aunque circunstancialmente se aplicó en muchas regiones contra las disposiciones legales89. El que tenía una cantidad de indios en encomienda o bien el rey, recibía del indio el pago de un tributo: en general un peso y media fanega de maíz al año por cada indio de dieciocho a cincuenta años; a veces el monto del tributo lo tasaban a su arbitrio las autoridades locales. La encomienda se había transformado, pues, en un medio de recaudación en beneficio de particulares o de la corona. En 1631, por ejemplo, las encomiendas de particulares de toda la América española tributaban la cantidad de 871.000 ducados90, que se cobraban en dinero, en especie o bajo la forma de trabajo personal. La corona empezó poco a poco a absorber las encomiendas de particulares, hasta que las abolió por Real Cédula del 12 de julio de 1720; en Chile se restablecieron en 1724 y fueron abolidas definitivamente en 1789. Supervivencias de la encomienda quedaron, sin embargo, hasta las postrimerías del régimen colonial. La administración empezó a vender las tierras. De las formas señoriales el indio fué pasando al régimen de la propiedad privada.

Pero en la medida en que la encomienda dejó de resolver el apremiante problema de la mano de obra, surgió el servicio personal forzoso, que en el Perú se hizo célebre con el nombre indígena de mita (en Méjico se llamó cuatequil). El indio tuvo que servir periódicamente, por tandas (palabra también indígena), en la explotación minera, en la agricultura, en los obrajes, en la pesquería de perlas, en el transporte, en las plantaciones, en obras públicas y hasta en el servicio doméstico.

Los testimonios sobre la práctica de la mita son divergentes. Por un lado hablan de miles de indios reclutados militarmente, que abandonan sus tierras y marchan, con sus mujeres y sus hijos, con su ganado y sus provisiones, a través de centenares de quilómetros, para ir a trabajar medio año en las minas, en condiciones que no les permitían el regreso y los obligaban a continuar el trabajo para poder vivir. Y así don Diego de Luna, hacia 1630, en un memorial dirigido a Su Majestad91, afirma que sólo quedaba un tercio de los indios apartados por el virrey Toledo para trabajar en las minas de mercurio de Huancavelica y que la mita amenazaba con la extinción total de los indios. Por el otro lado testimonios de una mita bienhechora, que en el servicio doméstico duraba de ocho a quince días, que ofrecía salarios razonables, aun durante el viaje de ida y vuelta, y que se desenvolvía en condiciones de trabajo mejores que las europeas de la época.

Y no falta quien presenta al indio ofreciéndose voluntariamente para la mita minera: el indio prolonga por sí solo el trabajo «y hasta se convida a doblarlo» para ganar más 92. Las dos imágenes responden sin duda a una visión de propaganda, sin matices. La historia del trabajo humano confirma más bien la primera que la segunda.

Ouizá más que la mita misma, lo que repercutía desfavorablemente sobre el desarrollo de la población era el traslado de los indios de unas regiones a otras. Todavía en 1804 observaba Humboldt que los campos del Perú, al menos en su parte más meridional, se despoblaban a causa de la mita, «ley bárbara que fuerza al indio a dejar sus hogares y trasplantarse a provincias lejanas, en donde faltan brazos para beneficiar las riquezas subterráneas». Pero agrega: «No es tanto el trabajo como la mudanza repentina de clima lo que hace la mita tan perniciosa para la conservación de los indios». Aunque la legislación colonial — que prolongaba en esto la política incaica — estipulaba que los indios no debían ser trasladados de un clima a otro contrario, en la práctica las disposiciones se desatendieron con frecuencia, ocasionando lo que Carlos Monge llama «la agresión climática». En 1621 el Príncipe de Esquilache se quejaba de que se permitiera que los indios «se muden a servir de unos temples a otros», y hacia fines del siglo, Melchor de Liñán (1678-1681) decía que los indios de la Sierra trasladados a los Llanos se mueren o se vuelven 93.

El régimen de trabajo involucraba también formas políticas. Del engranaje colonial — Rey, Consejo de Indias, Virrey, Audiencia — el indio conoció poco. Para él el régimen era el corregidor, en el que convergían atribuciones ejecutivas, legislativas y judiciales. Al corregidor le correspondía — directamente o por medio de tenientes — la recaudación de los tributos, la vigilancia de las encomiendas y de la mita y la fiscalización del comercio local. Además, mantener la paz, asegurar el orden y contribuir a la propagación del cristianismo entre los indios. Agréguese que se transformaron en comerciantes, a favor de una autorización limitada, y que, comerciantes privilegiados, tuvieron a su servicio todos los los resortes del poder para imponer la mercancía. La ley hizo de ellos -dice Solórzano— «ángeles custodios de las provincias e indios». La realidad los transformó — es la expresión de un virrey — en «diptongos de comerciantes y jueces. En 1688 la marquesa de Barinas, en carta al Rey, decía — jugando con las cifras, como era habitual — que la crueldad de los corregidores y de otros funcionarios había exterminado a unos 12 millones de indios en Hispanoamérica 94. No es extraño, pues, que en 1780, Túpac Amaru, al querer vengar los agravios de su raza, ordene continuamente a sus subordinados el exterminio de los corregidores. Y pretende hacerlo en nombre del rey de España: «Tengo orden superior para extinguir corregidores» 95.

La sociedad colonial estaba estructurada en una serie de castas, delineadas con más nitidez en Méjico y Lima que en las restantes regiones, aunque sin llegar nunca, desde luego, al rigor de las castas de la India. Había varias castas principales: 1° los blancos o españoles, entre los cuales se distinguían los españoles europeos, llamados en Méjico vulgarmente gachupines y en el Perú chapetones, y los españoles americanos, llamados también simplemente americanos o criollos; 2° los indios; 3° los mestizos, mezcla de indios y blancos; 4° los negros que podían ser libres o esclavos; 5° los mulatos, descendientes de negro y blanco, que también podían ser libres o esclavos; 6° los zambos o zambaigos, descendientes de negro e indio. Los mestizos, mulatos y zambos, así como los resultados de la mezcla de estos tres, se designaban con el nombre de casta de mezcla. Los distintos resultados del mestizaje tenían designaciones variadísimas, algunas muy pintorescas: castizo, morisco, albino, tornaatrás o saltaatrás, lobo, cambujo, albarazado, barcino, coyote, chamizo, ahí te estás, tente en el aire, no te entiendo y muchas otras, sin contar la nomenclatura, de apariencia más científica: tercerón, cuarterón, quinterón, etcétera96. El indio se estaba diluyendo en el mestizaje. Legalmente era libre — salvo, como hemos visto, el indio apresado en guerra —, y su situación jurídica era superior a la del negro o el mulato.

La introducción del negro, destinada en parte a relevar al indio de ciertas formas de trabajo, vino a empeorar la situación de la población indígena El negro fracasó en el trabajo minero, pero desplazó al indio de las plantaciones, lo desalojó de la costa y lo sustituyó en gran parte del trabajo urbano, Los negros y mulatos llegaron hasta las poblaciones apartadas del interior participando aun en el trabajo agrícola. Las autoridades y los particulares preferían los negros esclavos a los indios, protegidos por la legislación. Aun en un país de gran población indígena como el Perú, Mendo de Mota y el Conde de Villamar se dirigen a Felipe III señalando la escasez de gente para la labranza, " porque fueron faltando los naturales de la tierra y los españoles no se ocupan de esos servicios" y defendiendo la introducción de negros esclavos, "que son de grandísima utilidad"97. Pero ya a los ocho meses de la fundación de Lima el Cabildo de la Ciudad daba ordenanzas sobre los daños que los negros, que debían trabajar en las haciendas de la costa, hacían a los indios. Y en las trágicas guerras del Perú hubo negros esclavos que sembraron el espanto entre los pobladores. Las Leyes de Indias (Recopilación, libro VI, título III, ley XXI) tuvieron que prohibir que los negros y mulatos viviesen en pueblos de indios. En 1615 dice el marqués de Montesclaros, virrey del Perú: «Cada uno de estos negros y mulatos es rayo contra los indios»98. El indio quedó relegado a la gleba, y su industria fué suplantada por la industria occidental, en la que era más hábil el blanco y más resistente el negro.

La población indígena disminuía. En las postrimerías del régimen colonial estudiaba Humboldt las causas que detenían periódicamente el crecimiento de la población mejicana, especialmente de la india. Señala entre esas causas las viruelas, el matlazáhuatl (una especie de fiebre amarilla, de origen indígena) y sobre todo el hambre. En 1779 las viruelas mataron más de 9.000 personas en la ciudad de Méjico. El matlazáhuatl, que se manifestaba de siglo en siglo, se desencadenó en 1736-1737, y a él se atribuye — sin duda reiteradamente — la muerte de las dos terceras partes de la población del virreinato; el terror persistió durante varias generaciones99. En la noche del 2S de agosto de 1784 se heló la cosecha de maíz, y la falta de alimentos causó enfermedades asténicas que ocasionaron la muerte de más de 300.000 personas en todo el reino de la Nueva España100. Las enfermedades del viejo mundo - viruelas, sarampión, escarlatina, malaria, difteria, influenza, tuberculosis, cólera —, para algunas de las cuales el europeo tenía cierta inmunidad, fueron particularmente mortíferas para los indios, y es opinión general que causaron más estragos que las armas europeas. El indio tuvo un extraño privilegio: el matlazáhuatl — de origen americano — no atacaba al blanco. Esa vulnerabilidad del indio ante las epidemias, en contraste con su extraordinaria resistencia para los malos tratos y para el trabajo, se expresó en una fórmula, que se remonta a Cosme Bueno: «los indios tienen los huesos duros y las carnes blandas».

El indio no contempló impasible y manso el juego de las fuerzas destructoras. ¿Podía ser una raza caduca y decadente la que, desde la conquista hasta nuestros días, no ha abandonado la esperanza de restaurar el imperio de sus antepasados y se ha lanzado tantas veces a vengar agravios y abusos, con el ansia de sobreponerse a la servidumbre económica y política y volver a ser dueña de su tierra? Las guerras de los creeks contra los norteamericanos, las sublevaciones siempre renovadas de los araucanos, las múltiples tentativas para restaurar el imperio de Moctezuma y de Atahualpa o la monarquía de los mayas y de los zipas, los levantamientos repetidos en toda la amplitud del continente y a todo lo largo de la historia moderna101, representan, sin duda, la lucha por la existencia de una raza dotada de vitalidad. Se estrellaron—y no podía ser de otro modo — ante la enorme superioridad política y militar de la organización europea.

Sin embargo, por sombríos que sean los colores con que se pinte la mita y las condiciones de trabajo del régimen colonial, por abusivos que imaginemos a los corregidores, por violenta que haya sido la represión de las sublevaciones y de las incursiones indígenas, por frecuentes que hayan sido las epidemias y los períodos de hambre, ello no explica por sí solo esa disminución de casi un millón y medio de indios. Un enorme continente como el americano ofrece, para todos esos factores, como hemos visto en el estudio del siglo XIX, un amplio margen de nivelación. Por otra parte, la mita no abarcaba — así rezan las ordenanzas — más que 1/7 de los indios del Perú, 1/4 en la Nueva España, 1/3 en Chile, 1/12 en el Paraguay, Tucumán y Río de la Plata. Las minas, a las que se ha atribuido gran parte de la obra exterminadora (alguien ha llegado a calcular que han muerto 8.285.000 indios en las minas peruanas)102 ocupaban relativamente muy pocos indios: la mita del «maldito Cerro de Potosí» oscilaba, desde 1583 hasta 1633, entre 4.000 y 4.500 indios (en 1688 se redujo a 1.674); en la época de Humboldt no llegaba a 30.000 el número de personas que trabajaban en las explotaciones mineras de todo el reino de la Nueva España, es decir, menos de 1/200 de la población total103. Además, la mita no existía en la Nueva España en la época de Humboldt y el indio no trabajaba en las minas si no le convenía. Antonio de Ulloa, que había estado en el Perú y que no ha idealizado de ningún modo las excelencias del régimen, decía en sus Noticias americanas, publicadas en 1772: «El aguardiente mata cada año cincuenta veces más indios que las minas». A pesar de la minería, la economía mejicana y la economía peruana eran fundamentalmente agrícolas. Y hay un hecho evidente: en las postrimerías del régimen colonial las comunidades indígenas, casi intactas, conservaban sus tierras.

Además, junto a los factores destructivos, que respondían al juego natural de las fuerzas económicas, el régimen se esforzó, por imperativos naturales de subsistencia, en estimular el crecimiento de la población. Las misiones mejoraron sin duda la situación material de los indios, y en la región del Río de la Plata las misiones jesuíticas llegaron a reunir alrededor de 100.000 indios durante un siglo y medio (1610-1768). Las autoridades peninsulares y americanas veían con angustia la disminución de los indios, y al anhelo de conservarlos respondía la legislación, muchas veces tutelar. Las medidas profilácticas y sanitarias amortiguaron a veces la mortalidad de las epidemias, y ya en las postrimerías de la colonia, en 1804, llegaron a América las comisiones reales encargadas de introducir la vacuna. El régimen colonial introdujo, además, nuevos procedimientos agrícolas y nuevos productos (desde el segundo viaje de Colón), destinados a revolucionar la agricultura del Nuevo Mundo: trigo, cebada, arroz, caña de azúcar, vid, olivo, lino, naranja, etcétera. Además, el ganado vacuno, lanar, porcino y caballar y las aves domésticas de Europa, que proliferaron extraordinariamente (ya en los siglos XVII y XVIII había ganado salvaje abundante en algunas regiones), proporcionaron nuevos medios de subsistencia y fueron con el tiempo la base de nuevas industrias y de nueva riqueza, con el consiguiente desarrollo demográfico. Aunque el cambio en el régimen alimenticio produjo algunos trastornos iniciales (los indios se quejaban de que las comidas calientes y el exceso de carne acortaban la duración de la vida), la población se fué adaptando en gran parte. Ya en los documentos de los siglos XVI y XVII es frecuente encontrar noticias de caciques dueños de tierras y de ganado. Y hemos visto que Humboldt, que registraba el grado de barbarie, abyección y miseria del indio americano a fines del siglo XVIII, decía que la población indígena de Méjico no había cesado de aumentar en el último siglo.

Nada más falso que una imagen rectilínea del crecimiento de los pueblos, Se ha querido estudiar el desarrollo de la colectividad humana como el de los hongos en un medio de cultivo, pero los pueblos crecen de manera irregular, con períodos de estancamiento y de retroceso. En América, en el curso de los últimos siglos, se extinguieron, sin dejar rastros, pueblos antes florecientes; otros, en cambio, transformados de nómades en agricultores, alcanzan hoy un desarrollo que nunca tuvieron. Hemos visto que, a pesar de todos los factores destructivos, la población indígena ha aumentado en el siglo XIX y sigue aumentando en la actualidad. Los hechos catastróficos no son por sí solos una causa de descenso demográfico. La población del mundo, que se calcula hoy en algo más de 2.000 millones de habitantes, ¿no ha aumentado en unos 500 millones desde 1914? El crecimiento vertiginoso de la población es un fenómeno moderno, ligado al desarrollo de la riqueza, a la expansión comercial e industrial y al surgimiento de grandes centros urbanos. En los siglos XVII y XVIII las condiciones eran muy distintas. Willcox, que calculaba la población total de América, en 1650, en 13.111.000 habitantes, cree que un siglo después, en 1750, sólo llegaba a 12.424.000; en 1825 esa población ascendía a unos 35 millones. La misma población europea ha tenido un ritmo lento en ese período: Willcox calcula 100 millones de habitantes para 1650 y 140 millones para 1750, o sea un aumento anual medio de 400.000. De 1750 a 1800 se calcula, en cambio, un aumento anual medio de 940.000 habitantes 104. Veamos en especial el desarrollo de la población de España.

Las voces sobre la despoblación de la Península se hacen oír en los siglos XVII y XVIII con el mismo tono angustioso que en los memoriales enviados desde América 105. A fines del siglo XV (censo de los Reyes Católicos) se calculaban unos 10 millones de habitantes; hacia 1594, ocho millones; hacia 1610, siete millones y medio, y, de nuevo, en la época de Carlos III (censo de 1787) 10.409.8791106 ¿Cómo se explican las oscilaciones? No basta la expulsión de judíos y moriscos, ni la emigración a América,107 ni las guerras, ni la carestía de la vida y los impuestos, ni otros hechos episódicos o externos. Es indudable que ésos fueron factores de disminución, pero ¿por qué no los compensó y superó la vida española? Un pueblo dotado de condiciones biológicas de supervivencia presenta históricamente, según esté animado o no de un impulso de expansión vital, épocas de proliferación y de estancamiento. El crecimiento o el retroceso demográfico son índices de prosperidad o de decadencia (sólo episódicamente se deben a causas catastróficas como guerras, epidemias, etc.). Decadencia y despoblación tienen la misma causa. Decadencia es factor de despoblación y despoblación es factor de decadencia. La disminución de la población indígena de América desde 1650 hasta 1825 ¿no será, como las oscilaciones de la población peninsular, un signo más de la decadencia de España?

Como empresa económica las Indias ya no eran lo que habían sido. El Inca Garcilaso podía, a principios del siglo XVII, enorgullecerse de que el Perú había enriquecido a España y a todo el Viejo Mundo: «Es cosa cierta y notoria — dice — que dentro de pocos días que la armada del Perú entra en Sevilla, suena su voz hasta las últimas provincias del viejo orbe; porque como el trato y contrato de los hombres se comunique y pase de una provincia a otra y de un reino a otro, y todo esté colgado de la esperanza del dinero, y aquel Imperio sea un mar de oro y plata, llegan sus crescientes a bañar y llenar de contento y riquezas a todas las naciones del mundo» 108. Se calcula que entre 1590 y 1600 el producto neto de la explotación española del Nuevo Mundo llegó a siete millones de pesos anuales. En 1651 bajó a un millón de pesos109.

De todos modos, de esa disminución de un millón y medio de indios sólo corresponde poco más de medio millón a la América española. El resto se distribuye entre la América portuguesa, inglesa, francesa, holandesa y danesa.

La población indígena al declararse la independencia hispanoamericana (1810-1825)III. La población indígena al declararse
la independencia hispanoamericana (1810-1825)
V. La población indígena hacia 1570V. La población indígena hacia 1570

Notas:

68 Memorial de las historias del Nuevo Mundo, Lima, 1631, pág. 291. Dice en la página 288: «cuando se descubrieron las Indias de todo el Occidente avía en ellas más de 170 millones de indios naturales, como lo afirman Pedro Fernández de Quirós, en sus memoriales a Felipe III; Juan Metello, a quien cita Suingero, y lo afirma en su Teatro de la vida humana, vol. 12, libro 3».

69 Pedro Mexía de Ovando, Libro o memorial práctico del Nuevo Mundo, Madrid, 1639 (ms. 3083 de la Biblioteca Nacional de Madrid, fol. 106). Lo mismo dice en su Epítome del Gobierno de Indias, ms. de 1638, fol. 38 r.: «De más de ducientos millones que había de indios tributarios en la Nueva España, en el Pirú, Nuevo Reino y las islas referidas [las Antillas], apenas se hallan dos millones, porque se han consumido y retirado muchos dellos a los llanos, con los gentiles, por justos juicios» (cit. por Manuel Serrano y Sanz, en el prólogo de la Ovandina, tomo XVII de la Colección de libros y documentos referentes a la historia de América, Madrid, 1915, pág. xlv). Las cifras de Mexía de Ovando no tienen valor objetivo. Forman parte de un alegato violento contra los abusos de la colonización, y hay que interpretarlas como las del P. Las Casas.

70 V. B. Riccioli, Geographiae et Hydrographiae Reformatae, Libri Duodecim, Bolonia, 1661, Venecia, 1672, Appendix: De Verisimili Hominum Numero, págs. 630-634 (cit. por Willcox, op. cit., 641). Calculaba 100 millones en Europa, 500 en Asia, 100 en Africa y 100 en Oceanía.

71 G. King, Natural and political observations and conclusions upon the state and condition of England, 1696 (cit. por Willcox, op. cit.). Calculaba una población mundial de 700 millones: 100 en Europa, 340 en Asia, 95 en Africa, 65 en América, 100 en Oceanía

72 Encyclopédie Francaise, París, 1936, tomo VII, cuaderno 78, pág. 4.

73 No es extraña esa disparidad de cifras para América si se observa la disparidad de cifras para Europa: Riccioli, en 1661, calculaba unos 100 millones de habitantes; Vossius. en 1685, unos 30 millones (Savoignan, en Scientia, 1° de octubre de 1935).

Clavigero, Storia antica del Messico, IV, 271, dice que Riccioli calcula para América 300 millones de habitantes y Süssmilch en una ocasión 100 millones y en otra 150 millones. Ambos cálculos le parecen exagerados; en cambio le parece demasiado reducido el cálculo de Pauw, que asigna al continente de 30 a 40 millones de verdaderos americanos.

74 Increase in the population of the earth and of the continents, en International Migrations, vol. II, National Bureau of Economic Research, Washington, 1931, págs. 33-82..

75 Oscar Schmieder, en University of California Publications in Geography, vol. II (1926-1928). Cit. por Willcox, op. cit. Sólo algunos de esos datos están incorporados a la reciente obra de Schmieder, Landerkunde Siidamerikas, Leipzig-Viena, 1932..

76 La población de cada país está calculada, en lo posible, dentro de las fronteras actuales. Todos los materiales complementarios de este cuadro los reunimos, ordenados por países, en nuestro Apéndice III, al final de este volumen (N. de W.: No incluido en esta digitalización).

77 Dice Humboldt, Ensayo, II, 98 (libro III, cap. VIII): «La vanidad nacional se complace en ensanchar los espacios y apartar, si no en la realidad, al menos en la imaginación, los límites del país ocupado por los españoles. . . Por la misma razón, y sobre todo para concillarse el favor de la corte, los conquistadores, los frailes misioneros y los primeros colonos dieron nombres grandes a cosas pequeñas. Más arriba hemos descrito un reino, cual es el de León, cuya población entera no iguala al número de los frailes franciscanos de España. Algunas chozas reunidas toman muchas veces el pomposo título de ciudades. Una cruz, plantada en los bosques de la Guayana, figura en los mapas de las misiones que se han enviado a Madrid y a Roma como un pueblo habitado por indios. Sólo cuando se ha vivido mucho tiempo en las colonias españolas, y se han visto de cerca estas ficciones de reinos, ciudades y lugares, puede el viajero formar una escala de proporción para reducir los objetos a su justo valor».

La tendencia a magnificar la realidad americana, o a magnificarla en los informes enviados a Europa, se remonta a los primeros momentos de la conquista y de la colonización. Sobre las fundaciones del XVI hay una sátira de Mateo Rosas de Oquendo: refiere en sus versos que una vez salió con una expedición militar por el Tucumán, y después de caminar tres días fundaron una ciudad, «si son ciudad cuatro corrales»; se juntaron en cabildo y escribieron al virrey un pliego relatando cómo estuvieron tres días combatiendo contra 20.000 indios cayapanes, y pidiendo por lo tanto como recompensa libertades y franquicias, cuando «la verdad fué que los infelices naturales nos dieron de muy buena gana su tierra, sus chozas y sus pobres ajuares, y de sangre no se derramó una onza» (citado por Alfonso Reyes, Sobre Mateo Rosas de Oquendo, en Revista de Fitología Española, Madrid, 1917, IV, pág. 343).

El comandante Oña, en el siglo XVIII, definía así lo que llaman fuerte en el Río de la Plata: «llaman fuerte un corral. . .; toda su fortificación se reduce a cuatro frentes, los dos de 25 pasos y los otros dos de a 40: éstos cubiertos con maderas que hasta ahora mantienen la misma tosquedad con que se criaron, muy desiguales. . ., y unos cueros que sirven de parapetos» (cit. por Vicente G. Quesada, en Historia, I, pág. 385)

78 P Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo, ed. de Sevilla, 1890-1893, 4 volúmenes. Véase t. III, pág. En la página 5 dice: es <muy poca la gente que la habitaba y menos la que tiene al presente».

79 Véase el magnífico libro de Antonello Gerbi, Viejas polémicas sobre el Nuevo Mundo, Lima, 1944, Págs. 34, 37, 50, 57.

80 Montesquieu, Lettres persanes (carta CXX1; también carta CXVIII); Adam Smith, Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, libro IV, cap. VII. Los dos pasajes los cita Rodolfo Barón Castro, La población de El Salvador, Madrid, 1942, págs. 126, 142-143.

81 Sobre agricultura y ganadería coloniales véanse Emilio A. Coni, La agricultura, ganadería e industrias, en Historia de la Nación Argentina, IV, 1° sección, 357-371 (se refiere al Río de la Plata); Ricardo Levene, Riqueza, industrias y comercio durante el virreinato, en Ibíd., 373-429. Ricardo Cappa, Estudios críticos acerca de la dominación española en América: dedica los volúmenes V y VI a estudiar la Industria agrícola-pecuaria llevada a América por los españoles, Madrid, 1890.

82 Sobre la conquista y la colonización de los Estados Unidos y la actitud del conquistador anglosajón frente al indio, comparada con la del francés, véanse la Cambridge Modern History, VII, págs. 2-3, 6, 7, 8, 18, 27, 32, 59, 42, 75, 97, 98, 101, 159, 171, 172, 174-175, 194, 220, 239, 337 y sigs. También John Bartlet Brebner, The explorers of North America, 1492-1806, Londres, 1933, págs. 117, 119-120, 124, 126, 139-140, 151, 153-154, 157, 158,171, 194; Justin Winsor, Narrative and critical history of America, Boston, 1889 (un capítulo sobre tratamiento de los indios por ingleses y franceses); R. R. McMahon, The Anglo-Saxon and the North-American Indian, Baltimore, 1876; Friederici, Der Charakter der Entdeckung und Eroberung Amerikas durch die Europaer, III, Stuttgart. 1936, 345-427; Theodor Waitz, Anthropologie der Naturvolker, Leipzig, III, 1862, 241-299. Tenemos noticia de los siguientes trabajos que no hemos podido manejar: James A. James, English institutions and the American Indian, Johns Hopkins University Studies in Historical and Political Sciences, Baltimore, 1894; Ellery B. Crane. The treatment of the Indians by the colonists, Proccedings of the Worcester Society of Antiquity, Worcester, Mass., 1904; Thomas P. Christensen, The historie trail of the American Indians, Iowa, Laurance Press Co.,. 1953, 193 págs.; Foreman Grant, Indian removal. The emigration of the Jive civilired tribes of Indians, University of Oklahoma, 1932.

Igualmente implacable fué la actitud de los conquistadores ingleses en las Antillas menores. Según el Pere du Tertre, el gobernador inglés de Montserrat, para impedir que los indios huyeran del trabajo, les hizo sacar los ojos (Fernando Ortiz, en la Introducción a la Historia de la esclavitud de Saco, págs. XXXV a XXXVI).

83 Sobre la conquista portuguesa véase Friederici, op. cit., II, 150-191, 198-224; Euclides da Cunha, Los sertones, Buenos Aires, 1938, 2 tomos; Enrique de Gandía, Las misiones jesuíticas y los bandeirantes paulistas, Buenos Aires, 1936; Theodor Waitz, Anthropologie, III, 448-467, etc.

Bandeiras «banderas» se llamaban las compañías, a veces de unos cuarenta hombres organizados por iniciativa personal, que salían en busca de oro, piedras preciosas e indios esclavos (resgatar indios); los miembros de las bandeiras se llamaban bandeirantes (es el nombre que tenían en el Sur, en S. Pablo, por ejemplo; los españoles los llamaban generalmente paulistas). Sertao era «la comarca inexplorada del interior», y se llamaban sertanistas los exploradores o conquistadores del interior que se dedicaban a capturar indios.

Pedro MexÍa de Ovando, Libro o memorial práctico del Nuevo Mundo, año 1639, se ocupa en el Título XXI de las incursiones de los mamelucos o paulistas (resumido por Serrano y Sanz en el prólogo a la Ovandina, el cual cita además los informes del P. Ruiz de Montoya, P. Techo y Colección de documentos inéditos, CIV, 305-343).

La colonización portuguesa tuvo también su P. Las Casas: el P. Antonio Vieira, de la Compañía de Jesús. Su sermón contra los esclavistas en 1653, en la iglesia de S. Luis de Marañón, se ha comparado con el célebre sermón de Fr. Antonio Montesinos en la iglesia de S. Domingo.

84 Las Ordenanzas de Alfaro (del oidor D. Francisco de Alfaro), aprobadas por Su Majestad en 1621, prohibían la guerra ofensiva contra los indios. Luego se concedió permiso para hacerles guerra, cautivarlos y repartirlos, autorizándose (Real Cédula del 16 de abril de 1625) a marcarlos con hierro candente y venderlos dentro y fuera del país (Feliú Cruz y Monge Alfaro, Las encomiendas, 176).

Dice D. Rafael Altamira: «El Estado español fué el primero en el mundo y en la historia que proclamó jurídicamente el reconocimiento sobre base de igualdad de un pueblo de los que entonces (y ahora) se estimaban como "inferiores"; y el primero también que reaccionó contra la teoría llamada "aristotélica"» (Resultados generales en el estudio de la historia colonial americana. Criterio histórico resultante. XXI Congreso Internacional de Americanistas, La Haya, 1924, pág. 431).

85 Sobre el Río de la Plata véanse Vicente G. Quesada, Los indios en las provincias del Río de la Plata, en la revista Historia, Buenos Aires, I, 1903, 305-404 (estudia la lucha entre el español y el indio en los siglos XVII y XVIII); Id., Las fronteras y los indios, en la Revista de Buenos Aires, V, 1864; Rómulo Carbia, Los orígenes de Chascomús, La Plata, 1930; Roberto H. Marfany, Fronteras con los indios en el Sud y fundación de pueblos, en Historia de la Nación Argentina, IV, 1° sección, 443 y sigs.; Id., El indio en la colonización de Buenos Aires, Buenos Aires, 1940; José Torre Revello, en Historia de la Nación Argentina, IV, 1° sección, 529-536.

Sobre Chile véase Guillermo Feliú Cruz y Carlos Monge Alfaro, Las encomiendas según tasas y ordenanzas, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas, N° LXXVII, Buenos Aires, 1941, 90-124.

86 La Recopilación de Leyes de Indias, promulgada en 1680, autorizaba que se hicieran esclavos, por actos de rebelión o crueldad, los caribes, araucanos y mindanaos (véase José María Ots, Sobre la esclavitud de indios y negros en la América española del período colonial, en la Revista Javeriana, julio de 1942, 22-26). Humboldt dice que en Méjico se procedió así con los mecos y los apaches, pero observa que el procedimiento fué cada vez más raro en las postrimerías del período colonial y reprobado por las autoridades eclesiásticas.

87 Véase Friederici, op. cit., III, 36, 380, 381, 384, etc. Continuamente menciona este autor la intervención del indio en las guerras contra otros indios y en las luchas entre las distintas potencias conquistadoras. Los holandeses favorecieron las incursiones de los caribes en la Guayana española, les enseñaron a manejar armas de fuego y les compraban los indios capturados. Los españoles tomaron la Colonia del Sacramento, ocupada por los portugueses, en la Banda Oriental (Uruguay), con un ejército de guaraníes. Con guaraníes también derrotó al gobernador Zabala, en 1735, a los comuneros del Paraguay. A veces los blancos estimulaban la guerra entre las tribus indígenas: los portugueses incitaron a las tribus uruguayas de los yaros, charrúas y mboanes contra los guaraníes (años 1701, 1707, 1798), etc. Sobre la intervención de los indios de las misiones guaraníticas en las luchas de España y Portugal y en expediciones contra otros indios, véase Guillermo Furlong, en Historia de la Nación Argentina, III, 613.

88 Silvio A. Zavala, La encomienda indiana, Madrid, 1935, Sección Hispanoamericana del Centro de Estudios Históricos, vol. II; José María Ots, Instituciones sociales de la América Española en el período colonial. La Plata (Argentina), 1934, págs. 17-20, 35-36, 71-113; Slmpson, The Encomienda in New Spain, Berkeley 1929; Studies in the administration of the indians in New Spain, Berkeley, 1938; Domingo Amunátegui Solar, Las encomiendas de indígenas en Chile, S. de Chile, 1909-1910; Enrique Torres Saldamando, Libro primero de los Cabildos de Lima, Lima, 1888, II, 137-151 (apuntes históricos sobre las encomiendas del Perú): Guillermo Feliú Cruz y Carlos Monge Alfaro, Las encomiendas según tasas y ordenanzas, Publicaciones del Instituto de Investigaciones Históricas, n° LXXVII, Buenos Aires, 1941 (págs. 90-124: La encomienda en Chile)

89 En el Norte de Méjico hubo, en el siglo XVII, una especie de repartimientos, sin fundamento legal, con el nombre de congregas (véase México a través de los siglos, II, 672-673). Vicente G. Quesada, op. cit. menciona casos de repartimientos de indios en el Río de la Plata, desaprobados enérgicamente por la corona.

90 Se distribuían en la siguiente forma: Charcas, 80.000 ducados; Cuzco, 130.000; La Paz, 80.000; Arequipa, 25.000; Guamanga, 8.000; Lima, 60.000; Guánuco, 8.000; Trujillo, 20.000; Piura, 2.000; Guayaquil y Puerto viejo, 2.000; Tucumán, 20.000; Santa Cruz de la Sierra, 4.000; Paraguay, 6.000; Río de la Plata, 2.000; Quixios. 8.000; Chile, 12.000; Nuevo Reino de Granada, 50.000; Popayán, 20.000; Antioquía, 4.000; Los Musos, 2.000; Santa Marta, 4.000; La Grita, 2.000; Cartagena, 2.000; Veragua, 2.000; Venezuela, 12.000; Cumaná, 6.000; Nueva España, 150.000; Yucatán (con los tributos de Montixos), 100.000; Guatemala, 50.000 (ms. 3048 de Biblioteca Nacional de Madrid, fol. 162, al parecer, del lic. Antonio de León.)

91 Ms. del Museo Británico, citado por Means, op. cit., 181-182. Diego de Luna fué, durante cinco años, Protector General de los indios del Perú.

92 Dice Antonio Ulloa, Noticias americanas, Madrid, 1772: «Es vulgaridad muy errada la de que el trabajo de las minas es recio y que aniquila a estas gentes, porque ni uno ni otro sucede, siendo buena prueba la de acudir los mestizos y otros indios a quienes no toca la mita a ofrecerse voluntariamente, y que los mismos mitayos, concluidas las horas de su trabajo, se convidan a doblarlo, que es trabajar noche y día para ganar más, o todos los días seguidos» (cit. por Viñas Mey, en Humanidades, La Plata, VIII, 75).

Sobre la mita véanse Carmelo Viñas y Mey, El estatuto del obrero indígena en la colonización española, Madrid, 1929, págs. 27-90; Id., El derecho obrero en la colonización española, en Humanidades, La Plata, VIII, 1924, 49-102; Jerónimo Becker, La política española en las Indias, Madrid, 1920, 197-204; Ots, op. cit., 21-29; Means, op. cit, 185 y sigs.; Colecc. de doc. inéd. de Torres de Mendoza, Madrid, 1866, VI, 213-220; Feliú Cruz y Monge Alfaro, op. cit., 62-66. El Conde de Salvatierra, virrey del Perú (1648-1659), decía en sus Memorias que «si bien es verdad que todas las provincias de adonde se dan las mitas referidas. . . han venido, desde que se instituyeron, en disminución, se ha reconocido esto con más exceso desde el año de 640» (Memorias de los virreyes del Perú Marqués de Mancera y Conde de Salvatierra, publicadas por José Toribio Polo, Lima, 1899, pág. 37).

Algunas de las imágenes idealizadas del régimen de trabajo surgen, no del conocimiento de la realidad americana, sino del estudio de la Recopilación de leyes de Indias. Pero de la legislación a la realidad, y sobre todo a la realidad americana, había sin duda gran distancia.

93 Citado por Carlos Monge, Política sanitaria indiana y colonial, en los Anales de la Facultad de Ciencias Médicas, Lima, XVII, 1935, 266. En el mismo sentido se expresaba Pedro Mexía de Ovando en su alegato de 1638 contra los repartimientos para las minas, en los que no se reparaba «en lo que más importa a la vida de aquellos tristes, que es no sacarlos de sus temperamentos, porque se mueren». Y agrega: "como ellos son de tan flaca naturaleza y sus comidas son tan pobres, se destemplan luego y mueren de cámaras o pasmo, de ciento en ciento." (Epítome del Gobierno de Indias, cit. por Serrano y Sanz en el prólogo a la Ovandina, pág. XL).

También Fr. Rodrigo de Loaysa, en su Memorial de las cosas del Pirú tocantes a los indios (Madrid, 5 de mayo de 1586): «Sobre todo lo demás, conviene poner remedio en que por ninguna vía ni manera los indios de tierra fría vengan a hacer estas cosas a tierras calientes, porque es su total destrucción, ni vayan los de tierra caliente a la fría. Son tantos los indios que por esta ocasión mueren, que vemos por experiencia que los indios más consumidos y acabados son los que siendo de tierra fría están cercanos a la caliente y los que siendo de tierra caliente están cercanos a la fría, porque con la ocasión que tienen de esta cercanía pasan de una tierra a otra y se mueren y acaban todos; y así se ha de evitar, con todo el rigor posible, de manera que los indios serranos no vengan a los llanos a hacer mitas» {Colecc. de documentos inéditos para la historia de España, t. XCIV, Madrid, 1889, pág. 599).

Carlos Monge observa que la política de mantener a los indios en su clima se desatendió en la época independiente aún más que en la colonial: «El estudio de las guerras de la emancipación y de las repúblicas en la América del Sur revela la ignorancia y el desconocimiento de esa política, que tantos daños ha causado» (Ibíd., 271). Véase también Carlos Monge, Influencia biológica del Altiplano en el individuo, la raza, las sociedades y la historia de América, Lima, Universidad Mayor de San Marcos.

94 Colección de documentos inéditos, 2a serie, XII, Madrid, 1899, 57-63 (cit. por Means, op. cit., 244). Sobre los corregidores y sus atribuciones, véanse Recopilación de leyes de Indias, tít. 2, libro 5; Fr. Miguel de Monsalve. Reducción universal de todo el Pirú [sin fecha], fol. 25; Means, op. cit., 147, 179 y sigs.; Ballesteros, op. cit. VI, 668 y sigs.; Felipe Guaman Poma de Ayala, Nueva crónica y buen gobierno, Institut d'Ethnologie, París. 1956, fols. 487-515.

AI corregidor peruano correspondía en Méjico el alcalde mayor, suprimido por la Revolución y reemplazado por los subdelegados.

95 La misma fórmula se repite en una serie de documentos recogidos por Boleslao Lewin, Túpac Amaru, Buenos Aires, 1945.

96 Véase al final de ese volumen nuestro Apéndice VI: "El mestizaje y las castas coloniales". (N. de W.: No incluido en esta digitalización).

97Citado por Ricardo Cappa, Ensayos críticos, VI, 344. En 1586, Fr. Rodrigo de Loaysa, en su Memorial, aconsejaba que cuando faltaran indios para hacer las sementeras, guardar los ganados y edificar las casas, no se llevase indios de otros climas, sino que se buscasen otras soluciones, «pues hay tantos negros, mulatos y zambaigos» (Colección de documentos inéditos para la historia de España, t. XCIV, pág. 599 . El Tratado de Asiento (1713) autorizaba a Inglaterra a introducir en las Indias 4.800 negros por año durante un plazo de 30 años, lo cual equivalía a la introducción de 144.000 negros (Emilio Ravignani, en Historia de la Nación Argentina, IV, 1° Sección, pág. 35); Diego Luis Molinari, La trata de negros, 52-58, registra los asientos firmados por la corona para la introducción de negros desde 1595 hasta 1787 (en este año se instauró la libertad de tráfico).

98 Colección, de documentos inéditos de Torres de Mendoza, Madrid, 1866, VI, 224-225. Véase además Means, op. cit. 203, y Viñas Mey, El estatuto del obrero indígena, 90-93.

Sobre el proceso de desplazamiento del indio en la costa peruana damos el siguiente dato: en el valle de Chimu, donde está Trujillo, había en 1763, sobre 9.289 habitantes, 3.650 negros y mulatos, 2.300 mestizos, 3.050blancos y 199 indios (Feijóo, Relación descriptiva de la ciudad y provincia de Truxillo del Perú, pág. 29).

99 La ciudad de México perdió 40.157 personas según los registros parroquiales, no muy exactos. Puebla perdió 50.000 (Manuel Orozco y Berra, Historia de la dominación española en México, México, IV, 1938, 64-67). Humboldt, Ensayo, IV, 156, menciona otra epidemia de matlazáhuatl, en 1761-1762.

100 Humboldt, Essai, I, 328, 333, 336; Ballesteros, op. cit., V, 351; Coroléu, op. cit., I, 212. En el Perú se ha señalado, en este período, la epidemia de 1700, y sobre todo la de 1718-1719, extendida por todo el virreinato;: las misiones del Paraguay.

Catorce hambres terribles consignan las crónicas de Yucatán en menos de tres siglos de dominación española: 1535, 1550-1552, 1571, 1628, 1651, 1692, 1625-1627, 1765, 1769-1770, 1805, 1807, 1809, 1817 (Mendizábal, La demografía mexicana, 330).

Según el censo mejicano de 1793 las personas de más de 50 años se distribuían así: 8 % blancos, 7 % mulatos, 6,8 % indios, 6 % castas de mezcla (Humboldt, Ensayo, libro II, cap. VII).

Toda la historia americana está llena con el eco de las grandes epidemias:

Una epidemia de viruelas originada en el alto Misisipi en 1781-1782 se extendió hacia el Norte, hacia el Gran Lago de los Esclavos, hacia el Este, hasta el Lago Superior, y hacia el Oeste hasta el Pacífico. Otra, en 1801-1802, asoló desde el Río Grande hasta Dakota, y otra en 1837-38 redujo los efectivos de las tribus de los llanos del Norte aproximadamente a la mitad. Una fiebre en 1830 se calculó oficialmente que había matado 70.000 indios en California; hacia el mismo tiempo una epidemia de malaria en Oregón y en Columbia — producida, según se dice, por el arado de la tierra cerca de los puestos comerciales — asoló las tribus de la región y exterminó prácticamente las de la familia chinook. La destrucción por enfermedades y disipación fué mayor a lo largo de la costa del Pacífico, donde también era más numerosa la población (folleto 23976, sin autor ni título).

En Buenos Aires las pestes de 1535, 1580, 1608, la de indios y ganado en 1609, la de 1621 (murió mucho servicio), 1641 a 1643, la de 1652, la de entre 1652 y 1672, la de 1717, la de 1727, las de 1734 y 1739, la de 1778, la de 1796 (en la cárcel): Alberto B. Martínez, 335-339.

En el Canadá las viruelas aparecieron por primera vez en 1635 entre los montagnais, que habitaban cerca de Tadoussac, en el bajo San Lorenzo, desde donde se difundieron en todas direcciones; hacia 1700 habían llegado a la mitad del continente norteamericano y en 1738 alcanzaron las orillas del Pacífico. Epidemias de viruelas asolaron todas las tribus hasta mediados del XIX; David Thompson cuenta los estragos de 1781. Otras enfermedades que contribuyeron a la disminución de la población fueron el tifus, la escarlatina, la roséola, la tuberculosis y la influenza; el tifus, en 1746, destruyó un tercio de los micmac que habitaban la Acadia; entre 1891 y 1900 los sarceos, que eran más de 200, perdieron 65 individuos por la tuberculosis; graves epidemias de influenza hubo en 1830, en 1918 y en 1928 (en este año, en el valle de Mackenzie, murió de influenza el 10 % de la población): Riccardo Riccardi, Carta dell'attuale distribuzione degli indiani nel Canada, en el Bolletino de la R. Societa Geográfica Italiana, mayo de 1936.

101 He aquí un ligero resumen. En el Perú, en 1742, el indio Juan Santos, presunto descendiente de los incas se hizo coronar con el nombre de Apu-Inca-Atahuallpa, se apoderó de las misiones y desencadenó una insurrección general que continuó hasta 1745; al mismo tiempo se sublevaron los chunchos, que siguieron inquietos hasta 1789; en 1748, un levantamiento de los indios de las provincias de Cauta y Huarochiri, para restaurar el imperio incaico; luego, frecuentes tumultos en las provincias de Chuco, Sicasica y Pacages. En 1771 se levantaron los indios de Chipa y Chilimani. Pero el movimiento de mayor repercusión histórica, por su amplitud, por la figura de su jefe, y sin duda también por su muerte, fué el de Túpac -Amaru. Desde el 4 de noviembre de 1780 hasta 1783 la sublevación indígena mantuvo en jaque a las fuerzas coligadas del Perú y del Río de la Plata.

Los mismos episodios se repitieron en toda América, aun en la anglosajona. En Méjico, en 1660, se sublevaron los indios de Tehuantepec, y, a principios del XVIII, en repetidas ocasiones, los de Nueva Vizcaya, Nayarit, Nuevo Reino de León y California; luego los seris, pimas y pápagos; en 1761 un amplio movimiento de los indios del Yucatán, dirigido por Juan Canec; un panadero que se proclamó rey de los mayas; en 1781, sublevación de los indios de Izúcar; hacia fines del siglo, bajo el gobierno de Bucareli (1777-79), una sublevación de los indios de Chihuahua y Sonora; en 1801-1802, el indio Mariano intentó restaurar la monarquía de Moctezuma. En la América Central, sublevaciones continuas de los indios de Talamanca (desde 1709 hasta mediados de siglo y de los tzentales de Chiapa (1708-1712). En el Nuevo Reino de Granada, sublevación de los indios de los indios de Darién (1733-1737); luego, los indios de Guatavita, Tenjo, Suba, Guasca, Tabio y Chía apoyaron el movimiento de los comuneros, y uno de los criollos' proclamó como jefe de su provincia a un indio de Güepsa, que se decía descendiente de los zipas de Bogotá. En Quito se sublevaron los indios en 1755. En La Paz, un mestizo, Antonio Gallardo, encabezó una sublevación indígena en 1661. En el Río de la Plata, el gran alzamiento calchaquí (1631-1657; en 1657 un segundo alzamiento), las insurrecciones de los indios de Cuyo en 1632, 1658, 1659, etc., y las continuas insurrecciones de los pampas, tehuelches y charrúas (1741-1749). En Chile los indomables araucanos renovaron, durante los siglos XVII y XVIII, sus levantamientos contra el poderío español; en 1655 la sublevación fué general y se extendió a todo el país, desde el Maule al Bío-Bío. En el Paraguay la sublevación guaraní de 1628. Además, durante este período, la población indígena ha servido de instrumento en el juego internacional de las potencias: los ingleses fomentaron durante mucho tiempo las insurrecciones del Darién (hasta 1787) y de mosquitos, zambos y caribes de Nicaragua( 1750-1775); los norteamericanos sostuvieron siempre que la guerra de los creeks (1786) fué provocada por los españoles.

Muchísimas veces los levantamientos tenían carácter local, eran explosiones momentáneas contra los abusos. Algunas tuvieron gran ferocidad y se convirtieron en guerras de castas: contra todos los blancos y contra todas sus instituciones, destruyendo las poblaciones y haciendas, aniquilando las formas de producción. Véanse Ballesteros, Historia de España, V, 345-380; Altamira, Historia de España, IV, Barcelona, 1914, 116-121; México a través de los siglos, II, 813-815 (los tomos II, III, IV y V están llenos de noticias sobre sublevaciones en la época colonial y en la independiente); Máximo Soto Hall, en la Historia de la Nación Argentina, V, 1° sección, 208-217; Padre A. Larrouy, Documentos del Archivo de Indias para la historia del Tucumán, I, Buenos Aires, 1923 (págs. 62-147: documentos sobre el alzamiento calchaquí de 1631); Historia de la Nación Argentina, III, 533; Feliú Cruz y Monge Alfaro, ob. cit., 192. Sobre la sublevación de Túpac Amaru hemos utilizado la obra de Boleslao Lewin, Túpac Amaru, Buenos Aires, 1943. Véase también Carlos A. Romero, Rebeliones indígenas en Lima durante la Colonia, en la Revista Histórica, tomo IX, entrega IV, Lima, 1935.

102 Según Miller, citado por Koebel, The romance of the River Plate, Londres, 1914, pág. 178.

103 Descripción geográfica, histórica, física y natural de la Villa Imperial y Cerro Rico de Potosí, por el doctor don Pedro Vicente Cañete y Domínguez, Potosí, 1789, ms. del Archivo de Indias (información de don Jorge Basadre); Humboldt, Essai, I, 339. Carlos Pereyra, L'aeuvre de l' Espagne en Amérique, París, pág. n, dice que no pasaban de 50.000 los mineros de toda la América española.

Viñas Mey, en Humanidades, VIII, 74 y sigs., recoge las siguientes noticias sobre la mita peruana:
Hacia 1609 Alonso de Messía dice que a Potosí iban anualmente 1600 indios a trabajar de 4 a 6 meses;
La cédula real de 1609 dice que hay que traer de lejos 5.000 indios cada cuatro meses para los 15.000 que hacen falta anualmente en Potosí;
Mexía de Ovando, en un Memorial contra la mita, dice que hay en la región de Potosí 20.000 indios trabajadores, estantes y libres, y otros 20.000 indios forasteros.
La mita de Potosí tenía, hacia 1609, 15.000 indios (4.200 permanentes y el resto por turno).
Alonso de Messía, hacia 1609, describe la mita de Chucuyto: de ella salían 2.200 indios cada año, que con sus mujeres y niños serían 7.000 almas. Trabajaban 6 meses, y con viaje de ida y vuelta 10 meses, a razón de 12 horas diarias. Iban a Potosí desde sitios distantes: a veces 130 leguas.
No para todas las minas hubo servicio personal.
La mina de Huancavelica tenía menos, y una cédula de 1682 indica que no se podía completar el número de 620 mitayos porque a los indios de mita se les pagaba menos que a los voluntarios.
La de Castro Virreina tenía 1.600 indios;
La mita de Vilcubamba, 480 indios;
La mita de Salinas, 600 indios.
Según la reglamentación del virrey Toledo, el servicio personal era cada siete años, pero en la época de Messía cada tres años. A medida que aumentaban los indios voluntarios, disminuían los mitayos. En 1609 se ordenó que cesara la mita de las minas pobres y en 1610 se reprendió al príncipe de Esquilache por haber repartido 200 indios para las minas de Anglamarca y 550 para las de Oruro.
Para la segunda mitad del siglo XVI (1579-1580), M. de Mendizábal, La demografía mexicana, en Bol. de la Soc. de Geogr. y Estadística, XLVIII, 309-310, ha elaborado el siguiente cuadro de la población minera de los actuales estados de Alichoacán, Guerrero y México:

  Minas Españoles Esclavos Indios Naborías
Tlalpujahua 5 20 50 200  
Temascaltepec 30 50 250 100 150
Sultepec 10 50 50 250  
Taxco 30 150 600 200 2.300
Zacualpan 5 50 150   150
Espíritu Santo 1 2   50  
Total 81 322 1.100 800 2.600

(Entre indios y naborías eran 3.400; naborías eran indios que estaban en la situación de esclavos, pero que no se podían vender).

104 Tomamos estos datos del trabajo de F. Savoignan sobre el desarrollo de la población de Europa, en Scientia, 1° de octubre de 1935, pág. 240 y sigs. Según Sundbärg el crecimiento medio anual de la población europea es el siguiente: de 1800 a 1850, 1.580.000; de 1850 a 1900, 2.700.000; de 1900 a 1930, 2.800.000.

M. Carr-Saunders, Población mundial, Méjico, 1939, da el siguiente cuadro del aumento de la población europea y americana desde 1650:

  1650 1750 1800 1850 1900 1929 1933
Europa 100 140 187 266 401 478 519
N. América 1 1,3 5,7 26 81 133 137
Centro y Sudamérica 12 11,1 18,9 33 63 106 125

105 En 1619 el rey Felipe III consulta al Consejo de Castilla acerca de la decadencia económica de España y la despoblación, «la mayor que se ha visto y oído en estos reinos» (cit. por Ricardo Levene, en la Historia de América, ed. Jackson, Buenos Aires, III, 1940, 179, que menciona una serie de documentos del siglo XVII sobre los males económicos y la despoblación). Lo mismo que en América, la miseria presente se contrapone hiperbólicamente a una supuesta grandeza pasada: Miguel Álvarez Osorio, en su Apéndice a la Educación popular de Campomanes, después de establecer una relación entre la población y los millones de fanegas de cebada, trigo y centeno, afirma que España tenía 78 millones de personas «y en el tiempo presente habrá catorce millones, con poca diferencia. Por esta cuenta tengo probado se han disminuido en estos reinos setenta y cuatro millones de personas» (citado por Ricardo Levene, op. cit., 182-3).

Sobre la decadencia española del siglo XVII véase Rafael Altamira, en Historia de la Nación Argentina, III, Buenos Aires, 1937, pág. 3 y sigs.

106 Otros cálculos hacen ascender la población, en 1619, a 6 millones, y en 1713 a 4 millones y medio. Véanse Aportación de tos colonizadores españoles a la prosperidad de América, 163-169; Ballesteros, Historia de España, IV, 137-145; Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia, en la recepción pública del señor don Antonio Blázquez y Delgado Aguilera, el día 16 de mayo de 1909, Madrid, 1909, págs. 69-71, 78. Véase también un resumen en la obra ya citada de Rodolfo Barón Castro, La población de El Salvador, Madrid, 1942, págs. 164-166.

107 En el siglo XVII Sancho de Moncada sostuvo que la pobreza de España era una consecuencia del descubrimiento de América; a principios del siglo XVIII el economista español José de Ustáriz observa que las provincias de donde salían más emigrantes para Indias (Asturias, Burgos, Galicia, Cantabria, Navarra) eran las más pobladas (cit. por Ricardo Levene, Historia de América, ed. Jackson, Buenos Aires, III, 182, 183). El embajador de Venecia Andrea Navagero, que había viajado por España en 1525, afirmaba que Andalucía, y sobre todo Sevilla, eran presas de la fiebre de la emigración, hasta el punto de que sólo habían quedado las mujeres (cit. por Max Leopold Wagner, El español de América y el latín vulgar, en Cuadernos del Instituto de Filología, Buenos Aires, I, 1924, pág. 53); Pedro Henriquez Ureña, Sobre el problema del andalucismo dialectal de América, Instituto de Filología, Buenos Aires, 1932, ha estudiado detenidamente la procedencia de más de 13.000 viajeros. Se desconoce el volumen de la emigración española al Nuevo Mundo, pero de ninguna manera puede atribuirse a ella la despoblación de España.

Los registros de Sevilla, el único puerto de embarque autorizado, acusan 150.000 salidas entre 1509 y 1740, pero la inmigración ha sido mayor (Carr-Saunders, op. cit., 48). El Catálogo de pasajeros a Indias durante los siglos XVI, XVII y XVIII publicado por el Archivo General de Indias, vol. I, Madrid, 1930, registra, de 1509 A1553, 4.600 pasajeros (distribuidos en 3.914 cédulas); la 2a edición, Sevilla, 1940, trae noticias de 5.320 viajeros le 1509 a 1534. Se calcula que en el Brasil entraron unos 300.000 portugueses hasta 1822 (Luzzetti, en Cursos y Conferencias, Buenos Aires, agosto de 1941, pág. 462). Pero la prueba de que la emigración no es causa de decadencia la proporciona Inglaterra: se calcula que en los Estados Unidos entraron 1.200.000 inmigrantes hasta mediados del siglo XVIII.

108 Inca Garcilaso de la Vega, Segunda parte de los Comentarios Reales, Córdoba, 1617, libro I, cap. VI.

109 Roland Denis Hussey, Colonial economic life, en Colonial Hispanic America, Washington, 1936, págs. 308-309. Cit. por Kubler, obra cit., 607.