Etsa, el Sol, dueño de los animales.

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Etsa, es el señor de los animales terrestres. Su principal manifestación es el Sol, pero también puede aparecer con la forma de cualquiera de los animales diurnos.

Ayuda al shuar dándole el poder para la caza a través de la piedra llamada yuka que encontraban dentro de los animales cazados (un cálculo que a veces se forma en el interior de algún órgano, generalmente del aparato digestivo o urinario). Con ella lo invocaban y la colocaban el los corrales para multiplicar los animales domésticos.

A través de diversos mitos, el personaje transmitió las técnicas de caza, la vida de los animales de la selva y los peligros de la selva. A continuación reproducimos dos de ellos:

Iwia y Etsa

Etsa, el Sol. Dueño de los animales.

Trabajo de Roger Ycaza

Iwia es un demonio terrible. Desde siempre ha tenido la costumbre de atrapar a los shuar y meterlos en su enorme bolsa para después comérselos. Fue así como, en cierta ocasión, atrapó y luego se comió a los padres de Etsa. Entonces raptó al pequeño y le hizo creer que era su padre.

Cuando Etsa creció, todos los días, al amanecer, salía a cazar para el insaciable Iwia que siempre pedía pájaros a manera de postre. El muchacho regresaba con la gigantesca shigra (bolsa) llena de aves de todas las especies, pero una mañana, cuando apenas empezaba su cacería, descubrió con asombro que la selva estaba en silencio. Ya no había pájaros coloridos por ninguna parte. Sólo quedaba la paloma Yápankam, posada sobre las ramas de una Malitagua.

Cuando Etsa y la paloma se encontraron en medio de la soledad, se miraron largamente.

-¿Me vas a matar a mí también? -preguntó Yápankam.

-No -dijo Etsa-, ¿de qué serviría? Parece que he dejado toda la selva sin pájaros, este silencio es terrible.

Etsa sintió que se le iban las fuerzas y se dejó caer sobre el colchón de hojas del piso. Entonces Yápankam voló hasta donde estaba Etsa y, al poco rato, a fuerza de estar juntos se convirtieron en amigos.

La paloma Yápankam aprovechó para contarle al muchacho la manera en que Iwia había matado a sus verdaderos padres. Al principio, Etsa se negó a creer lo que le decía, pero a medida que escuchaba, empezó a despertar del engaño que había tejido Iwia y, entonces, como si lo hubiera astillado un súbito rayo, se deshizo en un largo lamento. Nada ni nadie podía consolarlo: lloraba con una mezcla de rabia y tristeza, golpeando con sus puños el tronco espinoso de la enorme malitagua.

Cuando Yápankam se dio cuenta de que Etsa empezaba a calmarse, le dijo:

-Etsa, muchacho, no puedes hacer nada para devolverle la vida a tus padres, pero aún puedes devolvérsela a los pájaros.

-¿Cómo? -quiso saber Etsa.

La paloma explicó: "Introduce en la cerbatana las plumas de los pájaros que has matado, y sopla."

El muchacho lo hizo de inmediato: desde su larga cerbatana empezaron a salir miles, millones de pájaros de todos los colores que levantaron el vuelo y con su alegría poblaron nuevamente la selva. Desde entonces Etsa, el Sol e Iwia son enemigos mortales.

Etsa y Kujancham

Etsa vivía con los hombres. Tenía bodoquera (cerbatana) y siempre acertaba cuando soplaba las flechas. Enseñó a los hombres a hacer las flechas con cinco clases de palmeras distintas. El cielo estaba, entonces, muy cerca de la tierra. Etsa bajaba y subía al él por una escalera de bejuco que había entre los árboles de la selva. Quiso probar a los hombres y les prohibió que comieran del fruto del toronche (numpi).

Kujancham salió una noche a cazar monos. Pasaban las horas y no aparecía ninguno. Cerca de donde estaba había un árbol de numpi. Los frutos caían del árbol. Tenía hambre. Agarró los frutos que estaban bajo del árbol y los comió. Comenzaron a venir monos. Kujancham tomaba las flechas y disparaba. Antes no le fallaba ninguna flecha, ahora no acertaba. Para que Etsa no se diera cuenta hizo otras flechas iguales a las que le había dado. Se presentó a Etsa y le dijo: aquí están las flechas que me entregaste. Etsa le preguntó si había comido del numpi. Pero él negó. Etsa le dio tabaco y con él, vomito lo que había comido, Kujancham se vio descubierto.

Etsa entonces le maldijo: Ahora sólo los mejores podrán cazar, los demás deberán sufrir para conseguir su alimento. Y al maldecir, soplaba hacia el cielo para indicar que se cumpliría lo que él afirmaba. Enojado se alejó entre los árboles, llegó a la escalera y subió por ella al cielo, no volvió más. Al irse la rompió mordiéndola con los dientes. El cielo se alejó de la tierra desde entonces.


Fuentes:

Mitos y Leyendas Shuar. Domingo Barrueco. Edición Abya-Yala, Ecuador 1985.