Historia verdadera de la conquista de Nueva España

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Bernal Díaz del Castillo



Portada de la edición del Reyno, Madrid, 1632.

Capítulos:  1 a 28 29 a 56 57 a 84 85 a 112

Prólogo, de Bernal Díaz del Castillo.

Capítulo 1
Comienza la relación de la historia.

Capítulo 2
Cómo descubrimos la provincia de Yucatán.

Capítulo 3
Cómo seguimos la costa adelante hacia el poniente, descubriendo puntas y bajos y ancones y arrecifes.

Capítulo 4
Cómo Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba, ordenó de enviar una armada a las tierras que descubrimos y fue Capitán General de ella un hidalgo que se decía Juan de Grijalva, pariente del dicho gobernador Velázquez y otros tres Capitanes que más adelante diré sus nombres.

Capítulo 5
De cómo llegamos al río de Tabasco, que le llaman río de Grijalva, y de lo que allí nos avino.

Capítulo 6
Cómo seguimos la costa adelante, hacia donde se pone el sol, y llegamos al río que llaman de Banderas, y lo que en él pasó que diré adelante.

Capítulo 7
Cómo llegamos (a) aquella isleta que ahora se llama San Juan de Ulúa. Y a qué causa se le puso aquél nombre. Y de lo que allí nos aconteció.

Capítulo 8
Cómo venimos con otra armada a las tierras nuevas descubiertas. Y por capitán de la armada el valeroso y esforzado Hernando Cortés, que después del tiempo andando fue Marqués del Valle y de las contrariedades que tuvo para estorbarle que no fuese capitán el dicho Hernando.

Capítulo 9
Cómo Diego Velázquez envió a un criado, que se decía Gaspar de Garnica, con mandamientos y provisiones para que en todo caso se prendiese a Don Hernando Cortés y se le tomase la armada.

Capítulo 10
Cómo Cortés se hizo a la vela con toda su compañía de caballeros y soldados para la isla de Cozumel, y de lo que allí nos avino luego diré.

Capítulo 11
Cómo Cortés supo de dos españoles que estaban en poder de indios en la Punta de Cotoche, y sobre lo que ello se hizo. Y de otras cosas.

Capítulo 12
Cómo Cortés repartió los navío y señaló capitanes para ir en ellos. Y así mismo se dió la instrucción de lo que habían de hacer los pilotos, y las señales de los faroles de noche y otras cosas más que en aquellos lugares acontecieron.

Capítulo 13
Cómo el español que estaba en poder de los indios (que) se llamaba Jerónimo de Aguilar, supo cómo habíamos arribado a Cozumel, y que luego se vino a nuestro real. Y lo que después aconteció.

Capítulo 14
Cómo llegamos al río de Grijalva, que en lengua de indios llaman Tabasco, y de la guerra que nos dieron y de lo que más con ellos aconteció.

Capítulo 15
Cómo vinieron a hablar con Hernando Cortés todos los caciques y calachonis del río Grijalva, y trajeron un presente. Y lo que sobre ello pasó.

Capítulo 16
Cómo Doña Marina era cacica e hija de grandes señores de pueblos y vasallos, y de la manera que la dicha Doña Marina fue traída a Tabasco.

Capítulo 17
Cómo llegamos con todos los navíos a San Juan de Ulúa. Y de lo que ahí nos aconteció luego.

Capítulo 18
Cómo fue tendile a hablar con Montezuma y a llevar presentes, y lo que se hizo en nuestro real.

Capítulo 19
Cómo alzamos a Hernando Cortés por Capitán General y Justicia Mayor de estas tierras hasta que su majestad mandase lo que hubiere menester y conviniera. Y de lo que en ello se hizo.

Capítulo 20
Cómo acordamos de poblar la Villa Rica de la Vera Cruz y de hacer una fortaleza en unos prados, junto a unas salinas y cerca del puerto del nombre feo, donde estaban anclados nuestros navíos, y de otras cosas más que allí se hicieron.

Capítulo 21
Cómo Cortés mandó hacer un altar y se puso una imagen de Nuestra Señora y una cruz, y se dijo la santa misa y se bautizaron las ocho indias.

Capítulo 22
Cómo volvimos a nuestra Villa Rica de la Vera Cruz, y de otras cosas más que allí sucedieron.

Capítulo 23
Cómo nuestros procuradores, con buen tiempo, desembocaron el Canal de Bahama y en pocos días llegaron a Castilla y lo que en la Corte les pasó.

Capítulo 24
Cómo después de que partieron nuestros embajadores en el real se hizo y la justicia que nuestro Capitán Cortés mandó que se hiciera.

Capítulo 25
De un razonamiento que Cortés hizo después de haber dado con los navíos de través, y (cómo) aprestábamos nuestra ida para México.

Capítulo 26
Cómo ordenamos de ir a la ciudad de México, y por concejo del cacique fuimos por Tlaxcala, y de lo que nos acaecio, asi de reencuentros de guerra como otras cosas quenos avinieron.

Capítulo 27
De las guerras y batallas muy peligrosas que tuvimos con los tlaxcaltecas y otras cosas más.

Capítulo 28
De la gran batalla que hubimos con el poder de los tlaxcaltecas, y quiso Dios Nuestro Señor que en ella hubiésemos victoria, y lo que más pasó.

Capítulo 29
Cómo otro día enviamos mensajeros a los caciques de Tlaxcala, rogándoles con la paz, y lo que sobre estas cosas y de otras ellos hicieron.

Capítulo 30
Cómo después que volvimos con Cortés de Zumpancingo con bastimentos, hallamos en nuestro real ciertas pláticas, y lo que Cortés respondió.

Capítulo 31
Cómo vino Xicotenga, Capitán General de Tlaxcala, a entender en las paces con Don Hernando.

Capítulo 32
Cómo vinieron a nuestro real los caciques viejos de Tlaxcala a rogar a Cortés y a todos nosotros que luego nos fuésemos con ellos a su ciudad para nos a entender, y lo que más pasó.

Capítulo 33
Cómo fuimos a la ciudad de Tlaxcala, y lo que los caciques viejos hicieron, de un presente que nos dieron, y cómo trajeron sus hijos y sobrinos.

Capítulo 34
Cómo fuimos a la ciudad de Cholula en doce de octubre de 1519 años. Y del gran recibimiento que nos hicieron los naturales de aquellas tierras.

Capítulo 35
Cómo el gran Montezuma nos envió otros embajadores con un presente de oro y mantas, y lo que dijeron a Cortés y lo que él les respondió.

Capítulo 36
Del grande y solemne recibimiento que nos hizo el gran Montezuma a Cortés y a todos nosotros en la entrada de la gran ciudad de Tenustitlán.

Capítulo 37
Cómo el gran Montezuma vino a nuestros aposentos con muchos caciques que le acompañaban, y de la plática que tuvo con nuestro Capitán.

Capítulo 38
De la manera y persona del gran Montezuma, y de cómo vivía y de cuán grande señor era.

Capítulo 39
Cómo nuestro Capitán salió a ver la ciudad de México y el Tatelulco, que es la plaza mayor, y el gran Cú de su Uichilobos.

Capítulo 40
Cómo hicimos nuestra Iglesia y altar en nuestro aposento, y una cruz fuera del aposento, y de lo que más pasamos, y hallamos la sala y recámara del tesoro del padre de Montezuma. Y de cómo tomamos acuerdo de prender al gran Montezuma.

Capítulo 41
Cómo fue la batalla que dieron los capitanes mexicanos a Juan de Escalante, y cómo le mataron a él y al caballo y a seis soldados y a muchos amigos indios totonaques que también murieron.

Capítulo 42
De la prisión del gran Montezuma y de otras cosas más que sobre dicha prisión nos acontecieron.

Capítulo 43
Cómo Cortés mandó hacer dos bergantines de mucho sostén y veleros para andar en la laguna, y cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le diese licencia para ir a hacer su oración a sus templos, y lo que Cortés le dijo. Y cómo le dió la licencia. Y otras cosas más que adelante diré.

Capítulo 44
Cómo los sobrinos del gran Montezuma andaban convocando y atrayendo a sí las voluntades de otros señores para venir a México y sacar de la prisión al gran Montezuma y echarnos de la gran ciudad de México y matarnos a todos nosotros.

Capítulo 45
Cómo volvieron los capitanes que nuestro Cortés había enviado para que viesen las minas y para sondar el río de Guazaqualco, y otras cosas más.

Capítulo 46
Cómo Cortés dijo al gran Montezuma que mandase a todos los caciques de toda su tierra que tributasen a Su Majestad, pues comunmente sabían que tenían oro. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 47
Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como era debido a hija de tan gran señor como era él.

Capítulo 48
Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro Capitán Cortés que se saliese de México con todos los soldados, porque se querían levantar los caciques y los papas y darnos guerra hasta matarnos, porque así estaba acordado y dado consejo por sus ídolos. Y lo que se hizo sobre ello.

Capítulo 49
Cómo Pánfilo de Narváez llegó al puerto de San Juan de Ulúa, que se dice de la Veracruz, con toda su armada, y las cosas que sucedieron luego.

Capítulo 50
Cómo Pánfilo de Narváez envió con cinco personas de su armada a requerir a Gonzalo de Sandoval, que estaba por Capitán en la villa rica, que se diese luego con todos los vecinos de la dicha villa rica. Y lo que sobre ello acontecio.

Capítulo 51
Cómo Cortés, después de bien informado de quién era Capitán y quién y cuántos venían en la armada, y los pertrechos de guerra que traían, y de los tres nuestros falsos soldados que a Narváez se pasaron, escribió al Capitán y a otros sus amigos, especialmente (a) Andrés de Duero, secretario de Diego Velázquez. Y las palabras que le envió a decir Montezuma; y de cómo venía en aquella armada el licenciado Lucas Vázquez de Ayllon, oidor de la Audiencia Real de Santo Domingo, y la instrucción que traía.

Capítulo 52
Cómo llegó Juan Velázquez de León y un mozo de espuelas de Cortés, que se decía Juan del Río, al real de Pánfilo de Narváez, y lo que en el pasó.

Capítulo 53
Del concierto y orden que se dió en nuestro Real para ir contra Narváez, y del razonamiento que Don Hernando nos hizo y lo que le resolvimos.

Capítulo 54
Cómo Cortés envió al puerto al Capitán Francisco Lugo, y en su compañía dos soldados que habían sido maestres de navíos, para que luego trajesen allí a Cempoal todos los maestres y pilotos de los navíos y flota de Narváez y que les sacasen las velas y timones y agujas, porque no fuesen a dar mandado a la isla de Cuba a Diego Velázquez de lo acaecido. Y cómo puso almitante de la mar, y otras cosas que pasaron.

Capítulo 55
Cómo fuimos a grandes jornadas así Cortés con todos sus Capitanes y todos los de Narváez, excepto Salvatierra y Pánfilo de Narváez, que quedaron presos en la Villa Rica de la Vera Cruz.

Capitulo 56
Cómo nos dieron guerra en México, y los combates que nos daban, y otras cosas que pasamos.

Capítulo 57
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 58
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 59
Cómo fuimos a la provincia de Tepeaca y lo que en ella hicimos. Y otras cosas que pasamos.

Capítulo 60
Cómo vino un navío de Cuba que enviaba Diego Velázquez, que venía en él por Capitán Pedro Barba, y la manera que el almirante que puso nuestro Cortés por guarda de la mar tenía para prenderlos, y que es de esta manera.

Capítulo 61
Cómo aporto al peñol y puerto que esta junto a la Villa Rica de la Vera Cruz un navío de los de Francisco Garay, que había enviado a poblar el río Pánuco, y lo que sobre ello paso.

Capítulo 62
Cómo se recogieron todas las mujeres y esclavas y esclavos de todo nuestro Real que habíamos habido en aquello de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, y en Castil Blanco, y en sus tierras, para herrarse con el hierro que hicieron en nombre de Su Majestad. Y de lo que sobre ello paso.

Capítulo 63
Cómo demandaron licencia a Cortés los Capitanes y personas más principales de los que Narváez había traído en su compañía para volverse a la isla de Cuba, y Cortés se la dió, y se fueron, y cómo despachó Cortés embajadores para Castilla y para Santo Domingo y Jamaica. Y sobre lo que cada cosa acaecio.

Capítulo 64
Cómo caminamos con todo nuestro ejército camino de la ciudad de Tezcuco, y lo que pasó en el camino. Y otras cosas, que nos acontecieron.

Capítulo 65
Cómo fue Gonzalo de Sandoval a Tlaxcala por la madera de los bergantines, y lo que más en el camino hizo en un pueblo que le pusimos por nombre el pueblo morisco, y lo que más pasó.

Capítulo 66
Cómo se herraron los esclavos en Tezcuco y cómo vino nueva que había venido al puerto de la Villa Rica un navío, y los pasajeros que en él vinieron y otras cosas que pasaron dire adelante.

Capítulo 67
Cómo nuestro Capitán Cortés fue (a) una entrada y se rodeo de laguna y todas las ciudades y grandes pueblos que alrededor hallamos. Y lo que más pasó en aquella entrada y otras cosa dire.

Capítulo 68
De la gran sed que tuvimos en este camino, y del peligro en que nos vimos en Xochimilco con muchas batallas y reencuentros que con los mexicanos y con los naturales de aquella ciudad tuvimos, y de otros muchos reencuentros de guerras que hasta a volver a Tezcuco nos acaecieron.

Capítulo 69
Cómo de que llegamos con Cortés a Tezcuco con todo nuestro ejército y soldados de la entrada de rodear los pueblos de la laguna tenían concertado entre ciertas personas de los que habían pasado con Narváez de matar a Cortés y todos los que fuésemos en su defensa, y quien fue primero autor de aquella chirinola fue uno que había sido de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, el cual soldado Cortés le mandó ahorcar por sentencia, y cómo se herraron los esclavos y se apercibio todo el real y los pueblos de nuestros amigos, y se hizo alarde y ordenanzas, y otras cosas que mas pasaron allí como adelante dire.

Capítulo 70
Cómo Cortés mandó a todos los pueblos nuestros amigos que estaban cercanos de Tezcuco que hiciesen almacen de saetas y casquillos de cobre para ellas, y lo que en nuestro real se ordeno.

Capítulo 71
Cómo se hizo alarde en la ciudad de Tezcuco en los patios mayores de aquella ciudad, y los de a caballo y ballesteros y escopeteros y soldados que se hallaron, y las ordenanzas que se pregonaron, y otras cosas más que se hicieron allí.

Capítulo 72
Cómo Cortés mandó que fuesen tres guarniciones de soldados a caballo y ballesteros y escopeteros por tierra a poner cerco a la gran ciudad de México, y los capitanes que nombró ara cada guarnición, y los soldados y de a caballo y ballesteros y escopeteros que les repartió, los sitios en que sentaríamos nuestros reales.

Capítulo 73
Cómo Cortés mandó repartir los doce bergantines, y mandó se sacase gente del más pequeño bergantín, el busca ruido, y lo que más pasó.

Capítulo 74
De la manera que peleamos, y de muchas batallas que los mexicanos nos daban. Y las pláticas que con ellos tuvimos, y de cómo nuestros amigos se nos fueron a sus pueblos y de otras cosas más.

Capítulo 75
Cómo Cortés envió tres principales mexicanos que se habían prendido en las batallas pasadas a rogar a Guatemuz que tuviésemos paces, y lo que Guatemuz respondió. Y de otras cosas que pasaron.

Capítulo 76
Cómo Guatemuz tenía concertado con las provincias de Mataltzingo y Tulapa y Malinalco y otros pueblos que le viniesen a ayudar y diesen ennuestro real, que es el de Tacuba, y en el de Cortés, y que saldría todo el poder de México, entretanto que peleasen con nosotros, y nos darían por las espaldas. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 77
Cómo Gonzalo de Sandoval entro con los doce bergantines a la parte que estaba Guatemuz y se prendió. Y de todo lo más que sobre ello paso.

Capítulo 78
Cómo después de ganada la muy gran ciudad de México y preso Guatemuz y sus capitanes, lo que don Hernando mando que en ello se hiciese.

Capítulo 79
Cómo vinieron cartas a Cortés como en el puerto de la Veracruz había llegado Cristobal de Tapia con dos navíos, y traía provisiones de Su Majestad para que gobernase la Nueva España. Y lo que sobre ello se acordo y luego se hizo.

Capítulo 80
Cómo Gonzalo de Sandoval Llegó con su ejército a un pueblo que se dice Tustepeque, y lo que allí hizo, y después pasó a Guazacualco, y todo lo más que le vino; entiéndase que uno es Tustepeque y que otro es Tututepeque, que son dos.

Capítulo 81
Cómo vino Francisco de Garay de Jamaica con grande armada para Pánuco, y lo que acontecía. Y muchas cosas que pasaron que luego dire.

Capítulo 82
Cómo Cortés envió a Pedro de Alvarado a la provincia de Guatemala para que poblase una villa y los atrajese de paz, y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 83
Cómo Cortés envió una armada para que pacificase y conquistase las provincias de Hibueras y Honduras, y envió por capitán a Cristobal de Olid. Y otras cosas que pasaron diré adelante.

Capítulo 84
Cómo fueron ante Su Majestad Pánfilo de Narváez y Cristobal de Tapia y un piloto que se decía Gonzalo de Imbria, y otro soldado que se llamaba Cárdenas, y con favor del Obispo de Burgos, y aunque no tenía cargo de entender en cosas de Indias, que ya le habían quitado el cargo y se estaba en Toro, todos los por mi memorados dieron ante Su Majestad el Emperador muchas quejas de Cortés, y lo que sobre ello pasó diré adelante.

Capítulo 85
En lo que Cortés entendio después que le vino la gobernación de la Nueva España, cómo y de qué manera repartió los pueblos de indios, y otras cosas que pasaron. Y una manera de platicar entre personas doctas que sobre ello dijeron.

Capítulo 86
Cómo el capitán Hernando Cortés envió a Castilla a Su Majestad ochenta mil pesos en oro y plata, y envió un tiro que era una culebrina muy ricamente labrada de muchas figuras, y en toda ella, y en la mayor parte, era de oro bajo revuelto con plata de Michoacán, que por nombre se decía El Fenix, y también envió a su padre, Martín Cortés, sobre cinco mil pesos de oro. Y de otras cosas que sobre ello avino adelante diré.

Capítulo 87
Cómo vinieron al puerto de la Veracruz doce frailes franciscos de muy santa vida, y venía por su vicario y guardian fray Martín de Valencia, y era tan buen religioso que había fama que hacía milagros; era natural de una villa de tierra de campos que se dice Valencia de don Juan. Y sobre lo que en su venida el capitán Cortés hizo.

Capítulo 88
Cómo sabiendo Cortés que Cristobal de Olid se había alzado con la armada y había hecho compañía con Diego Velázquez, gobernador de Cuba, envió contra él a un capitán que se decía Francisco de las Casas. Y lo que sucedió diré luego.

Capítulo 89
Cómo Hernando Cortés salió de México para ir camino de las Hibueras en busca de Cristobal de Olid y de Francisco de las Casas y de los demás capitanes y soldados que envió; y de los caballeros y que capitanías sacó de México para ir en su compañía, y del aparato y servicio que llevó hasta llegar a la villa de Guazcualco. Y de otras cosas que pasaron y lo que luego se hizo.

Capítulo 90
De lo que Cortés ordenó después que se volvió el factor y veedor a México, y del trabajo que llevamos en el largo camino, y de los grandes puentes que hicimos, y hambre que pasamos en dos años y tres meses que tardamos en el viaje.

Capítulo 91
En lo que Cortés entendió después de llegado a Acala, y como en otro pueblo más adelante, sujeto al mismo Acala, mando ahorcar a Guatemuz, gran cacique de México, y a otro cacique, señor de Tacuba, y la causa por qué. Y otras cosas más que pasaron sobre ello que diré adelante.

Capítulo 92
Cómo Cortés entró en la villa adonde estaban poblados los de Gil de Avila, y de la gran alegría que los vecinos hubieron, y lo que Cortés ordenó.

Capítulo 93
Cómo Cortés se embarcó con todos los soldados, cuantos había traido en su compañía y los que habían quedado en San Gil de Buena Vista, y fue a poblar a donde ahora llaman Puerto de Caballos, y le puso nombre La Natividad, y otras cosas que pasaron y que diré lo que allí se hizo.

Capítulo 94
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval comenzó a pacificar aquella provincia de Naco, y lo que más se hizo. Y de otras cosas más que pasaron.

Capítulo 95
Cómo Cortés desembarcó en el Puerto de Trujillo, y cómo todos los vecinos de aquella villa lo salieron a recibir y se holgaron mucho de que hubiera ido. Y de lo más que allí hizo Cortés.

Capítulo 96
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval, que estaba en Naco, prendió a cuarenta soldados españoles que venían de a provincia de Nicaragua y hacían mucho daño y robos a los indios de los pueblos por donde pasaban. Y otras cosas más.

Capítulo 97
Cómo el Licenciado Zuazo envió una carta desde la Habana al capitán Hernando Cortés, y lo que esa carta contenía es lo que ahora diré.

Capítulo 98
Cómo yendo Cortés por la mar la derrota de México tuvo tormenta y dos veces tornó (a) arribar al Puerto de Trujillo, y lo que allí le avino.

Capítulo 99
Cómo Cortés envió un navío a la Nueva España y por capitán de él a un criado suyo que se decía Martín Dorantes, y con cartas y poderes para que gobernasen Francisco de las Casas y Pedro de Alvarado, si allí estuviesen, y si no que gobernase Alonso Estrada y Albornoz, hasta él volver.

Capítulo 100
Cómo el tesorero con otros muchos caballeros rogaron a los frailes franciscos que enviasen a un fray Diego Altamirano, que era deudo de Cortés, que fuese en un navío a Trujillo y lo hiciese venir, y lo que en ello sucedió diré luego.

Capítulo 101
Cómo Cortés se embarcó en la Habana para ir a la Nueva españa y con buen tiempo llego a la Veracruz, y de las alegrias que todos hicieron con su venida a estas tierras, y lo que luego paso.

Capítulo 102
Cómo vinieron cartas a Cortés de España del Cardenal de Sigüenza, don Garcia de Loaisa, que era a Castilla, y le trajeron nuevas que era muerto su padre, Martín Cortés, y el pesar que de ello tuvo, y otras cosas.

Capítulo 103
Cómo entretanto que Cortés estaba en Castilla con el título de Marqués del Valle vino la Real Audiencia a Nueva España y en lo que entndio.

Capítulo 104
Cómo llegó la Real Audiencia a la Nueva españa y lo que se hizo muy justificadamente en México.

Capítulo 105
Cómo vino don Hernando Cortés, Marqués del Valle, de España, casado con la señora doña Juana de Zuñiga y con título de Marqués del Valle y Capitán General de la Nueva España y de la Mar del Sur, y del recibimiento que aquí se le tributo.

Capítulo 106
De los gastos que el Marqués don Hernando Cortés hizo en las armadas que envió a descubrir y cómo en lo demás que hizo no tuvo ventura.

Capítulo 107
Cómo en México se hicieron grandes fiestas y banquetes y alegria de las paces del cristianisimo emperador Nuestro Señor, de gloriosa memoria, con el rey don Francisco de Francia, cuando las vistas que tuvieron sobre Aguas Muertas.

Capítulo 108
De lo que el Marqués del valle don Hernando Cortés hizo después que estuvo en Castilla.

Capítulo 109
De las cosas que aquí van declaradas cerca de los méritos que tenemos los verdaderos conquistadores, las cuales serán apacibles de oirlas.

Capítulo 110
Cómo los indios de toda la Nueva España tenían muchos sacrificios y torpedades, y se los quitamos y les impusimos en las cosas santas de la fe.

Capítulo 111
Cómo pusimos en muy buenas y santas doctrinas a los indios de la Nueva España, y de su conversión, y de cómo se bautizaron y volvieron a nuestra santa fe, y les enseñamos oficios que se usan en Castilla y a tener y administrar justicia.

Capítulo 112
De otras cosas y provechos que se han seguido de nuestras ilustres conquistas y duros trabajos.

Capítulo 77
Cómo Gonzalo de Sandoval entro con los doce bergantines a la parte que estaba Guatemuz y se prendió. Y de todo lo más que sobre ello paso.

Pues como dicho tengo, Cortés vió que el trabuco no aprovechó cosa ninguna, antes hubo enojo con el soldado que le aconsejó que le hiciese; y, viendo que no quería paces ningunas Guatemuz y sus capitanes, mandó a Gonzalo de Sandoval que entrase con bergantines en el sitio de la ciudad adonde estaba retraído Guatemuz con toda la flor de sus capitanes y personas más nobles que en México había, y le mandó que no matase ni hiriese a ningunos indios, salvo sino le diesen guerra, y, aunque se la diesen, que solamente se defendiese y no les hiciese otro mal; y que le derrocase las casas y muchas barbacoas que habían hecho en la laguna. Y Cortés se subió en el cú mayor del Tatelulco para ver cómo Sandoval entraba con los bergantines que le estaban acompañando y asimismo estaban con Cortés, Pedro de Alvarado y Francisco Verdugo, y Luis Marín y otros soldados. Y como Sandoval entró con gran furia con los bergantines en aquel paraje donde estaban las casas de Guatemuz, y desde que se vió cercado Guatemuz tuvo temor no le prendiesen o matasen, y tenía aparejadas cincuenta grandes piraguas con buenos remeros para que, en viéndose en aprieto, salvarse e irse a meter en unos carrizales, y desde ahí a tierra, y esconderse en otros pueblos; y asimismo tenía mandado a sus capitanes y a la gente de más cuenta que consigo tenía en aquella parte de la ciudad que hiciesen lo mismo; y como vieron que les entraban entre las casas, se embarcan en las cincuenta canoas, y ya tenían metida su hacienda y oro y joyas y toda su familia y mujeres, y se mete en ellas y tira por la laguna adelante, acompañado de muchos capitanes, y como en aquel instante iban otras muchas canoas, llena la laguna de ellas, y Sandoval luego tuvo noticia que Guatemuz iba huyendo, mandó a todos los bergantines que dejasen de derrocar casas y barbacoas y siguiesen el alcance de las canoas y mirasen que tuviesen tino a qué parte iba Guatemuz, y que no le ofendiesen ni le hiciesen enojo ninguno sino que buenamente le procurasen de prender.

Y como un García Holguín, que era capitán de un bergantín amigo de Sandoval y era muy suelto y gran velero su bergantín, y traía buenos remeros, le mandó Sandoval que siguiese a la parte que le decían iba con sus grande piraguas Guatemuz huyendo; y le mandó que si le alcanzase que no le hiciese enojo ninguno, más de prenderlo; y Sandoval siguio por otra parte con otros bergantines que le acompañaban. Y quiso nuestro Señor Dios que García Holguín alcanzó a las canoas y piraguas en que iba Guatemuz, y en el arte y riqueza de él y sus toldos y asiento en que iba le conoció que era Guatemuz, el gran señor de México, e hizo por señas que aguardasen, y no querían aguardar, e hizo como que le querían tirar con las escopetas y ballestas, y Guatemuz cuando lo vió hubo miedo y dijo: No me tires, que yo soy el rey de esta ciudad y me llaman Guatemuz; lo que te ruego es que no llegues a cosas mías de cuantas traigo ni a mi mujer ni parientes, sino llévame luego a Malinche. Y Como Holguín lo oyó, se gozó en gran manera y con mucho acato le abrazó y le metió en el bergantín a él y a su mujer y a treinta principales, y les hizo asentar en la popa en unos petates y mantas, y les dió de lo que traían para comer, y a las canoas donde llevaba su hacienda no les tocó en cosa ninguna, sino que juntamente las llevó con su bergantín.

En aquella sazón Gonzalo de Sandoval había mandado que todos los bergantines se recogiesen, y supo que Holguín había preso a Guatemuz y que lo llevaba a Cortés; y desde que aquello oyó da mucha prisa en que remasen los que traía en el bergantín en que él iba y alcanzó a Holguín y le demandó al prisionero; y Holguín no se lo quiso dar, porque dijo que él le había preso y no Sandoval; y Sandoval le respondió que así es verdad, mas que él es capitán general de los bergantines y García Holguín iba debajo de su mano y bandera, y que por ser su amigo le mandó que siguiese tras Guatemuz, porque era más ligero su bergantín. y le prendiese, y que a él como general le había de dar el prisionero; y Holguín todavía porfiaba que no quería; y en aquel instante fue otro bergantín a gran prisa a Cortés a demandarle albricias, que estaba muy cerca en el Tatelulco, mirando desde lo alto del cú cómo entraba Sandoval; y entonces le dijeron la diferencia que traía con Holguín sobre tomarle el prisionero.

Y desde que Cortés lo supo, luego despachó al capitán Luis Marín y a Francisco Verdugo que llamasen a Sandoval y a Holguín, así como venían en sus bergantines, sin más debatir y trajesen a Guatemuz y su mujer y familia con mucho acato, porque él determinaría cuyo era el prisionero y a quién se había de dar la honra de ello y entretanto que lo llamaron mandó aparejar un estrado lo mejor que en aquella sazón se pudo haber con petates y mantas y asentaderos, y mucha comida de lo que Cortés tenía para sí; y luego vino Sandoval y Holguín con Guatemuz, y le llevaron entrambos dos capitanes ante Cortés; y de que se vió delante de él le hizo mucho acato, y Cortés con alegría le abrazó y le mostró mucho amor a él y a sus capitanes; y entonces Guatemuz dijo a Cortés: Señor Malinche: ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad y vasallos, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él; y el mismo Guatemuz le iba a echar mano de él. Y esto cuando se lo decía, lloraba muchas lágrimas y sollozos, y también lloraban otros grandes señores que consigo traía. Y Cortés le respondió con doña Marina y Aguilar, nuestras lenguas, muy amorosamente, y le dijo que por haber sido tan valiente, y volver por su ciudad le tenía en mucho más su persona, y que no era digno de culpa ninguna, y que antes se le ha de tener a bien que a mal, y que lo que él quisiera era que, cuando iba de vencida, antes que más destruyéramos aquella ciudad ni hubiera tantas muertes de sus mexicanos, que viniera de paz y de su voluntad, y pues ya es pasado lo uno y lo otro, que no hay remedio ni enmienda en ello, y que descanse su corazón y de todos sus capitanes, y que él mandará a México y a sus provincias como de antes. Y Guatemuz y sus capitanes dijeron que lo tenían en merced.

Y Cortés preguntó por la mujer y por otras grandes señoras mujeres de otros capitanes que le habían dicho que venían con Guatemuz, y el mismo Guatemuz respondió y dijo que había rogado a Gonzalo de Sandoval y a García Holguín que las dejase estar en las canoas donde venían hasta ver lo que Malinche les mandaba. Y luego Cortés envió por ellas y a todos les mandó dar de comer lo mejor que en aquella sazón había en el real, y porque era tarde y comenzaba a llover, mandó Cortés que luego se fuesen a Coyoacán, y llevó consigo a Guatemuz y a toda su casa y familia y a muchos principales, y asimismo mandó a Pedro de Alvarado y a Gonzalo de Sandoval y a los demás capitanes que cada uno fuese a su estancia, y real, y nosotros nos fuésemos a Tacuba, y Sandoval a Tepeaquina, y Cortés a Coyoacán. Prendióse (a) Guatemuz y sus capitanes en trece de agosto, a hora de vísperas, en día de señor San Hipólito año de mil quinientos veintiún años. Gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora la Virgen Santa María, su bendita madre. Amén.

Llovió y relampagueó y tronó aquella tarde y hasta medianoche mucho más agua que otras veces. Y después que se hubo preso Guatemuz quedamos tan sordos todos los soldados como si de antes estuviera un hombre encima de un campanario y tañese muchas campanas, y en aquel instante que las tañían cesasen de tañerlas, y esto digo al propósito porque todos los noventa y tres días que sobre esta ciudad estuvimos, de noche y de día daban tantos gritos y voces unos capitanes mexicanos apercibiendo los escuadrones y guerreros que habían de batallar en las calzadas, otros llamando a los de las canoas que habían de guerrear con los bergantines y con nosotros en las puentes, otros en hincar palizadas y abrir y ahondar las aberturas de aguas y puentes y en hacer albarradas y otros en aderezar vara y flecha, y las mujeres en hacer piedras rollizas para tirar con las hondas; pues desde los adoratorios y torres de ídolos los malditos atambores y cometas y atabales dolorosos nunca paraban de sonar. Y de esta manera de noche y de día teníamos el mayor ruido, que no nos oíamos los unos a los otros, y después de preso Guatemuz cesaron las voces y todo el ruido; y por esta causa he dicho como si de antes estuviéramos en campanario.

Dejemos esto y digamos cómo Guatemuz era de muy gentil disposición, así de cuerpo como de facciones, y la cara algo larga, alegre y los ojos más parecían que cuando miraba que era con gravedad que halagüeños, y no había falta en ellos, y era de edad de veintiséis años, y la color tiraba su matiz algo más blanco que a la color de indios morenos, y decían que era sobrino de Montezuma, hijo de una su hermana, y era casado con una hija del mismo Montezuma, su tío, muy hermosa mujer y moza.

Y antes que más pasemos adelante digamos en qué paró el pleito de Sandoval y de Garda Holguín sobre la prisión de Guatemuz, y es que Cortés les contó un cuento y dijo: que los romanos tuvieron otra contienda ni más ni menos que esta entre Mario, Comelio y Sila, y fue cuando Sila trajo preso a Yugurta, que estaba con su suegro el rey Bocos y cuando entraban en Roma triunfando de los hechos y hazañas que hacían, pareció ser, Sila metía en su triunfo a Yugurta con una cadena de hierro al pescuezo, y Mario dijo que no le había de meter sino él, y ya que le metiese que había de declarar que él Mario le dió aquella facultad y le envió por él para que en su nombre le trajese preso, y se lo dió el rey Bocos en nombre de Mario, pues Mario era capitán general y que debajo de su mano y bandera militaba, y Sila, como era de los patricios de Roma, tenía mucho favor, y Mario, como era de una villa cercana a Roma que se decía Arpino y (ad) venedizo, puesto que había sido siete veces cónsul, no tuvo el favor que Sila, y sobre ello hubo las guerras civiles entre Mario y Sila, y nunca se determinó a quién había de dar la honra de la prisión de Yugurta.

Volvamos a nuestro hilo y propósito, y es que Cortés dijo que él haría relación de ello a Su Majestad, y a quién fuese servido hacer merced de dárselo por armas, que de Castilla traerían sobre ello la determinación, y desde a dos años vino mandado por Su Majestad que Cortés tuviese por armas en sus reposteros siete reyes, que fueron: Montezuma, gran señor de México; Cacamatzin. señor de Tezcuco, y los señores de Ixtapalapa y de Coyoacán y Tacuba, y otro gran señor que era sobrino de Montezuma, a quien decían que le venía el cacicazgo y señorío de México, que era señor de Mataltzingo y de otras provincias, y a este Guatemuz, sobre que fue el pleito.

Dejemos esto y digamos de los cuerpos muertos y cabezas que estaban en aquellas casas adonde se había retraído Guatemuz; digo que juro, amén, que todas las casas y barbacoas de la laguna estaba llena de cabezas y cuerpos muertos, que yo no sé de qué manera lo escriba, pues en las calles y en los mismos patios del Tatelulco no había otra cosa, y no podíamos andar sino entre cuerpos y cabezas de indios muertos. Yo he leído la destrucción de Jerusalén; mas si fue más mortandad que ésta, no lo sé cierto, porque faltaron en esta ciudad tantas gentes, guerreros que de todas las provincias y pueblos sujetos a México que allí se habían acogido, todos los más murieron, que como ya he dicho, así el suelo y laguna y barbacoas todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir, y a esta causa luego como se prendió Guatemuz cada uno de nuestros capitantes se fueron a nuestros reales, como ya dicho tengo, y aun Cortés estuvo malo del hedor que se le entró en las narices y dolor de cabeza en aquellos días que estuvo en el Tatelulco.

Dejemos de esto y pasemos adelante y digamos cómo los soldados que andaban en los bergantines fueron los mejor librados, y hubieron buen despojo, a causa que podían ir a las casas que estaban en ciertos barrios de la laguna, que sentían habría ropa, oro u otras riquezas; y también lo iban a buscar en los carrizales adonde lo llevaban a esconder los mexicanos cuando les ganábamos algún barrio y casas, y también porque so color que iban a dar caza a las canoas que metían bastimento y agua, si topaban algunas en que iban algunos principales huyendo a tierra firme para irse entre los pueblos otomíes, que estaban comarcanos, les despojaban de lo que llevaban; quiero decir que nosotros los soldados que militábamos en las calzadas y por tierra no podíamos haber provecho ninguno, sino muchos flechazos y lanzadas y cuchilladas y vara y piedra, a causa que cuando íbamos ganando algunas casas y los moradores de ellas habían sacado toda cuanta hacienda tenían, y no podíamos ir por agua sin que primero cegásemos las aberturas y puentes, y a esta causa he dicho, en el capítulo que de ello habla, que cuando Cortés buscaba los marineros que habían de andar en los bergantines que fueron los mejor librados que no los que batallamos por tierra, y así pareció claro, porque los capitanes mexicanos y aun Guatemuz dijeron a Cortés, cuando les demandaba el tesoro de Montezuma, que los que andaban en los bergantines habían robado mucha parte de ello.

Dejemos de hablar más en esto hasta más adelante, y digamos que como había tanta hedentina en aquella ciudad, Guatemuz rogó a Cortés que diese licencia para que todo el poder de México que estaban en la ciudad se saliesen fuera por los pueblos comarcanos, y luego les mandó que así lo hiciesen; digo que en tres días con sus noches en todas tres calzadas, llenas de hombres y mujeres y criaturas, no dejaron de salir, y tan flacos y amarillos y sucios y hediondos, que era lástima de verlos; y como la hubieron desembarazado, envió Cortés a ver la ciudad, y veíamos las casas llenas de muertos y aun algunos pobres mexicanos entre ellos que no podían salir, y lo que purgaban de sus cuerpos era una suciedad como echan los puercos muy flacos que no comen sino hierba; y hallóse toda la ciudad como arada y sacadas las raíces de las hierbas buenas, que habían comido cocidas, hasta las cortezas de algunos árboles; de manera que agua dulce no les hallamos ninguna, sino salada. También quiero decir que no comían las carnes de sus mexicanos, si no eran de las nuestras y tlaxcaltecas que apañaban, y no se ha hallado generación en muchos tiempos que tanto sufriese la hambre y sed y continuas guerras como éstas.

Pasemos adelante que mandó Cortés que todos los bergantines se juntasen en unas atarazanas que después se hicieron. Volvamos a nuestras pláticas. Que después que se ganó esta tan grande y populosa ciudad y tan nombrada en el Universo, después de haber dado muchas gracias a Dios Nuestro Señor y a su bendita madre Nuestra Señora, y haber ofrecido ciertas mandas a Dios Nuestro Señor, Cortés mandó hacer un banquete en Coyoacán por alegrías de haberla ganado, y para ello tenía ya mucho vino de un navío que había venido de Castilla al puerto de la Villa Rica, y tenía puercos que le trajeron de Cuba; y para hacer la fiesta mandó convidar a todos los capitanes y soldados que le pareció tener cuenta con ellos de todos tres reales, y cuando fuimos al banquete no había asientos ni mesas puestas para la tercia parte de los soldados y capitanes que fuimos, y hubo mucho desconcierto, y valiera más que no se hiciera aquel banquete por muchas cosas no muy buenas que en él acaecieron, y también porque esta planta de Noé hizo a algunos hacer desatinos, y hombres hubo en él que anduvieron sobre las mesas después de haber comido que no acertaban a salir al patio; otros decían que habían de comprar caballos con sillas de oro, y ballesteros también hubo que decían que todas las saetas y jugaderas que tuviesen en su aljaba que las habían de hacer de oro de las partes que les habían de dar, y otros iban por las gradas abajo rodando. Pues ya que habían alzado las mesas salieron a danzar las damas que había con los galanes cargados con sus armas de algodón, que me parece era cosa que si se mira en ello es cosa de reír, y fueron las damas que aquí nombraré, que no hubo otras en todo el real ni en la Nueva España: primeramente la vieja María de Estrada, que después casó con Pedro Sánchez Farfán, y Francisca de Ordaz, que casó con un hidalgo que se decía Juan González de León; la Bermuda, que casó con Olmos de Portillo, el de México; otra señora, mujer del capitán Portillo, que murió en los bergantines, y ésta por estar viuda no la sacaron a la fiesta, e una fulana Gómez, mujer que fue de Benito de Vegel, y otra señora que se decía la Bermuda y otra señora hermosa que casó con un Hernán Marín que ya no se me acuerda el nombre de pila, que se vino a vivir a Guaxaca, y otra vieja que se decia Isabel Rodríguez, mujer que en aquella razón era de un fulano de Guadalupe, y otra mujer algo anciana que se decla Mari Hemández, mujer que fue de Juan de Cáceres el Rico, de otras ya no me acuerdo que las hubiese en la Nueva España. Dejemos del banquete y bailes y danzas, que para otro día que habían alzado las mesas, hubo sortija, e ansi mesmo valiera más que no la hubiera, sino que en todo se empleara en cosas santas e buenas. (Pues ya) que habían alzado las mesas, hubo mucho regocijo, y se dieron gracias a Dios por los muchos bienes y mercedes que siempre nos hacía y a la contina ha hecho.

Dejemos de hablar en esto, y quiero decir otras cosas que pasaron, que se me olvidaban, y aunque no vengan ahora dichas, sino algo atrás, y es que nuestros amigos Chichimecatecle y los dos mancebos Xicotengas, hijos de don Lorenzo de Vargas, que se solía llamar Xicotenga el Viejo y Ciego, guerrearon muy valientemente contra el gran poder de México y nos ayudaron muy bien, y asimismo un hermano de don Fernando, señor de Tezcuco, muchas veces por mí nombrado, que se decía Estesuchel, que después se llamó don Carlos; éste hizo cosas de muy valiente y esforzado varón, y otro indio capitán, que no se me acuerda el nombre, natural de un pueblo de la laguna, hacía maravillas; y otros muchos capitanes de pueblos de los que nos ayudaban, todos guerreaban muy poderosamente, y Cortés les habló y les dió muchas gracias y loores porque nos habían ayudado y con muchos prometimientos que les haría señores, y les daría el tiempo adelante tierras y vasallos, los despidió, y como estaban ricos y cargados de oro que hubieron y despojos, se fueron a sus tierras, y aun llevaron harta carne de cecina de los mexicanos, que repartieron entre sus parientes y amigos (y) como cosas de sus enemigos la comieron por fiestas.

Ahora que estoy fuera de los combates y recias batallas que con los mexicanos teníamos de día y de noche, por lo cual doy muchas gracias a Dios que de ellas me libró, quiero contar una cosa que me aconteció después que vi sacrificar y abrir por los pechos los sesenta y dos soldados que llevaron vivos de los de Cortés, y ofrecerles los corazones a los ídolos, y esto que ahora diré parecerá (a) algunas personas que es por falta de no tener muy gran ánimo para guerrear, y por otra parte, si bien se considera, es por el demasiado atrevimiento y gran ánimo en que aquellos días había de poner mi persona en lo más recio de las batallas, porque en aquella sazón presumía de buen soldado y estaba tenido en aquelIa reputación, (vista) cosa era que había de hacer como lo que los más osados soldados eran obligados (a) hacer, y como cada día veía llevar a sacrificar mis compañeros y había visto cómo les aserraban por los pechos y sacarles los corazones bullendo, y cortarles pies y brazos, y se los comieron a los sesenta y dos que he dicho, y de antes habían muerto ochocientos cincuenta de los nuestros compañeros, temía yo que un día que otro me habían de hacer lo mismo, porque ya me habían asido dos veces para llevarme a sacrificar y quiso Dios que me escapé de su poder, y acordándosem de aque]]as feísimas muertes, y como dice el refrán, que cantarillo que muchas veces va a la fuente, etcétera, y a este efecto siempre desde entonces temí la muerte más que nunca; y esto he dicho porque antes de entrar en las batallas se me ponía una como grima y tristeza en el corazón, y orinaba una vez o dos, y encomendándome a Dios y a su bendita madre y entrar en las batallas todo era uno, y luego se me quitaba aquel pavor; y también quiero decir qué cosa tan nueva les parecerá ahora tener yo aquel temor no acostumbrado, habiéndome hallado en muchas batallas, y reencuentros muy peligrosos de guerra, y había de estar curtido el corazón y esfuerzo y ánimo en mi persona, ahora a la postre más arraigado que nunca, porque si bien lo sé contar y traer a la memoria, desde que vine a descubrir con Francisco Hemández de Córdoba y con Grijalva, y volví con Cortés, me hallé en lo de la Punta de Cotoche, y en lo de Lázaro, que en otro nombre se dice Campeche, y en Potonchán, y en la Florida, según más largamente lo tengo escrito, cuando vine a descubrir con Francisco Hernández de Córdoba.

Dejemos esto, volvamos a hablar en lo de Grijalva y en la misma de Potonchán y ahora con Cortés en lo de Tabasco y en la de Cingapacinga, y en todas las batallas y reencuentros de Tlaxcala, y en lo de Cholula, y cuando desbaratamos a Narváez me señalaron y me hallé cuando les fuimos a tomar la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenían cebados con sus piedras y pelotas, los cuales le tomamos, y este trance fue de mucho peligro, y me hallé en el desbarate primero, cuando los mexicanos nos echaron de México, cuando mataron en obra de ocho días sobre ochocientos cincuenta de nuestros soldados; y me hallé en las entradas de Tepeaca y Cachula y sus rededores, y en otros encuentros que tuvimos con los mexicanos, cuando estábamos en Tezcuco, sobre coger las milpas de maíz, y me hallé en lo de Iztapalapa cuando nos quisieron anegar, y me hallé cuando subimos en los peñoles que ahora les llaman las fuerzas o fortalezas que ganó Cortés, y en lo de Xochimilco, cuatro batallas, otros muchos reencuentros; y entré con Pedro de Alvarado de los primeros a poner cerco a México, y les quebramos el agua de Chapultepec, y en la primera entrada que entramos en las calzadas con el mismo Alvarado, y después cuando nos desbarataron por la misma nuestra parte y nos llevaron ocho soldados y a mi me llevaban asido a sacrificar, y en todas las más batallas por mi ya memoradas que cada dia teníamos, hasta que vi, como dicho tengo, las crueles muertes que dieron delante de mis ojos a nuestros compañeros. Ya he dicho que ahora que por mi habían pasado todas estas batallas y peligros de muerte, que no lo había de temer tanto como lo temía ahora a la postre; digan aquí los caballeros que de esto de lo militar se les entiende, y se han hallado en trances peligrosos de muerte, a qué fin echarán mi temor, si es a flaqueza de ánimo o a mucho esfuerzo, porque, como he dicho, sentía en mi pensamiento que había de poner mi persona batallando en parte tan peligrosa que por fuerza había de temer entonces la muerte más que otras veces, y por esta causa temblaba el corazón, porque temía la muerte, y todas estas batallas que aquí he dicho, donde me he hallado, verán en mi relación en qué tiempo y cómo y cuándo y dónde y de qué manera; otras muchas entradas y reencuentros tuve desde allí adelante, que aquí no declaro hasta su tiempo y lugar, lo cual verán adelante en esta relación; y también digo que siempre no estaba muy sano, porque muchas veces estaba mal herido, y a este efecto no podía ir a todas las entradas; pues aún no son nada los trabajos ni riesgos de muerte de que mi persona he recontado, que después que ganamos esta grande y fuerte ciudad de México pasé otros muchos reencuentros de guerra con capitanes con quien salí de México, como adelante verán, cuando venga a coyuntura. Y dejémoslo ya, y diré y declararé por qué he dicho en todas estas guerras mexicanas, cuando nos mataron a nuestros compañeros, lleváronlos y no digo matáronlos, y la causa es ésta: porque los guerreros que con nosotros peleaban aunque pudieran matar a los que llevaban vivos de nuestros soldados, no los mataban luego, sino dábanles heridas peligrosas porque no se defendiesen, y vivos los llevaban a sacrificar a sus ídolos, y aun primero les hacían bailar delante de Uichilobos, que era su ídolo de la guerra, y esta es la causa por qué he dicho lleváronlos. Y dejemos de esta materia, y digamos lo que Cortés hizo después de ganado México.