Historia verdadera de la conquista de Nueva España

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Bernal Díaz del Castillo



Portada de la edición del Reyno, Madrid, 1632.

Capítulos:  1 a 28 29 a 56 57 a 84 85 a 112

Prólogo, de Bernal Díaz del Castillo.

Capítulo 1
Comienza la relación de la historia.

Capítulo 2
Cómo descubrimos la provincia de Yucatán.

Capítulo 3
Cómo seguimos la costa adelante hacia el poniente, descubriendo puntas y bajos y ancones y arrecifes.

Capítulo 4
Cómo Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba, ordenó de enviar una armada a las tierras que descubrimos y fue Capitán General de ella un hidalgo que se decía Juan de Grijalva, pariente del dicho gobernador Velázquez y otros tres Capitanes que más adelante diré sus nombres.

Capítulo 5
De cómo llegamos al río de Tabasco, que le llaman río de Grijalva, y de lo que allí nos avino.

Capítulo 6
Cómo seguimos la costa adelante, hacia donde se pone el sol, y llegamos al río que llaman de Banderas, y lo que en él pasó que diré adelante.

Capítulo 7
Cómo llegamos (a) aquella isleta que ahora se llama San Juan de Ulúa. Y a qué causa se le puso aquél nombre. Y de lo que allí nos aconteció.

Capítulo 8
Cómo venimos con otra armada a las tierras nuevas descubiertas. Y por capitán de la armada el valeroso y esforzado Hernando Cortés, que después del tiempo andando fue Marqués del Valle y de las contrariedades que tuvo para estorbarle que no fuese capitán el dicho Hernando.

Capítulo 9
Cómo Diego Velázquez envió a un criado, que se decía Gaspar de Garnica, con mandamientos y provisiones para que en todo caso se prendiese a Don Hernando Cortés y se le tomase la armada.

Capítulo 10
Cómo Cortés se hizo a la vela con toda su compañía de caballeros y soldados para la isla de Cozumel, y de lo que allí nos avino luego diré.

Capítulo 11
Cómo Cortés supo de dos españoles que estaban en poder de indios en la Punta de Cotoche, y sobre lo que ello se hizo. Y de otras cosas.

Capítulo 12
Cómo Cortés repartió los navío y señaló capitanes para ir en ellos. Y así mismo se dió la instrucción de lo que habían de hacer los pilotos, y las señales de los faroles de noche y otras cosas más que en aquellos lugares acontecieron.

Capítulo 13
Cómo el español que estaba en poder de los indios (que) se llamaba Jerónimo de Aguilar, supo cómo habíamos arribado a Cozumel, y que luego se vino a nuestro real. Y lo que después aconteció.

Capítulo 14
Cómo llegamos al río de Grijalva, que en lengua de indios llaman Tabasco, y de la guerra que nos dieron y de lo que más con ellos aconteció.

Capítulo 15
Cómo vinieron a hablar con Hernando Cortés todos los caciques y calachonis del río Grijalva, y trajeron un presente. Y lo que sobre ello pasó.

Capítulo 16
Cómo Doña Marina era cacica e hija de grandes señores de pueblos y vasallos, y de la manera que la dicha Doña Marina fue traída a Tabasco.

Capítulo 17
Cómo llegamos con todos los navíos a San Juan de Ulúa. Y de lo que ahí nos aconteció luego.

Capítulo 18
Cómo fue tendile a hablar con Montezuma y a llevar presentes, y lo que se hizo en nuestro real.

Capítulo 19
Cómo alzamos a Hernando Cortés por Capitán General y Justicia Mayor de estas tierras hasta que su majestad mandase lo que hubiere menester y conviniera. Y de lo que en ello se hizo.

Capítulo 20
Cómo acordamos de poblar la Villa Rica de la Vera Cruz y de hacer una fortaleza en unos prados, junto a unas salinas y cerca del puerto del nombre feo, donde estaban anclados nuestros navíos, y de otras cosas más que allí se hicieron.

Capítulo 21
Cómo Cortés mandó hacer un altar y se puso una imagen de Nuestra Señora y una cruz, y se dijo la santa misa y se bautizaron las ocho indias.

Capítulo 22
Cómo volvimos a nuestra Villa Rica de la Vera Cruz, y de otras cosas más que allí sucedieron.

Capítulo 23
Cómo nuestros procuradores, con buen tiempo, desembocaron el Canal de Bahama y en pocos días llegaron a Castilla y lo que en la Corte les pasó.

Capítulo 24
Cómo después de que partieron nuestros embajadores en el real se hizo y la justicia que nuestro Capitán Cortés mandó que se hiciera.

Capítulo 25
De un razonamiento que Cortés hizo después de haber dado con los navíos de través, y (cómo) aprestábamos nuestra ida para México.

Capítulo 26
Cómo ordenamos de ir a la ciudad de México, y por concejo del cacique fuimos por Tlaxcala, y de lo que nos acaecio, asi de reencuentros de guerra como otras cosas quenos avinieron.

Capítulo 27
De las guerras y batallas muy peligrosas que tuvimos con los tlaxcaltecas y otras cosas más.

Capítulo 28
De la gran batalla que hubimos con el poder de los tlaxcaltecas, y quiso Dios Nuestro Señor que en ella hubiésemos victoria, y lo que más pasó.

Capítulo 29
Cómo otro día enviamos mensajeros a los caciques de Tlaxcala, rogándoles con la paz, y lo que sobre estas cosas y de otras ellos hicieron.

Capítulo 30
Cómo después que volvimos con Cortés de Zumpancingo con bastimentos, hallamos en nuestro real ciertas pláticas, y lo que Cortés respondió.

Capítulo 31
Cómo vino Xicotenga, Capitán General de Tlaxcala, a entender en las paces con Don Hernando.

Capítulo 32
Cómo vinieron a nuestro real los caciques viejos de Tlaxcala a rogar a Cortés y a todos nosotros que luego nos fuésemos con ellos a su ciudad para nos a entender, y lo que más pasó.

Capítulo 33
Cómo fuimos a la ciudad de Tlaxcala, y lo que los caciques viejos hicieron, de un presente que nos dieron, y cómo trajeron sus hijos y sobrinos.

Capítulo 34
Cómo fuimos a la ciudad de Cholula en doce de octubre de 1519 años. Y del gran recibimiento que nos hicieron los naturales de aquellas tierras.

Capítulo 35
Cómo el gran Montezuma nos envió otros embajadores con un presente de oro y mantas, y lo que dijeron a Cortés y lo que él les respondió.

Capítulo 36
Del grande y solemne recibimiento que nos hizo el gran Montezuma a Cortés y a todos nosotros en la entrada de la gran ciudad de Tenustitlán.

Capítulo 37
Cómo el gran Montezuma vino a nuestros aposentos con muchos caciques que le acompañaban, y de la plática que tuvo con nuestro Capitán.

Capítulo 38
De la manera y persona del gran Montezuma, y de cómo vivía y de cuán grande señor era.

Capítulo 39
Cómo nuestro Capitán salió a ver la ciudad de México y el Tatelulco, que es la plaza mayor, y el gran Cú de su Uichilobos.

Capítulo 40
Cómo hicimos nuestra Iglesia y altar en nuestro aposento, y una cruz fuera del aposento, y de lo que más pasamos, y hallamos la sala y recámara del tesoro del padre de Montezuma. Y de cómo tomamos acuerdo de prender al gran Montezuma.

Capítulo 41
Cómo fue la batalla que dieron los capitanes mexicanos a Juan de Escalante, y cómo le mataron a él y al caballo y a seis soldados y a muchos amigos indios totonaques que también murieron.

Capítulo 42
De la prisión del gran Montezuma y de otras cosas más que sobre dicha prisión nos acontecieron.

Capítulo 43
Cómo Cortés mandó hacer dos bergantines de mucho sostén y veleros para andar en la laguna, y cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le diese licencia para ir a hacer su oración a sus templos, y lo que Cortés le dijo. Y cómo le dió la licencia. Y otras cosas más que adelante diré.

Capítulo 44
Cómo los sobrinos del gran Montezuma andaban convocando y atrayendo a sí las voluntades de otros señores para venir a México y sacar de la prisión al gran Montezuma y echarnos de la gran ciudad de México y matarnos a todos nosotros.

Capítulo 45
Cómo volvieron los capitanes que nuestro Cortés había enviado para que viesen las minas y para sondar el río de Guazaqualco, y otras cosas más.

Capítulo 46
Cómo Cortés dijo al gran Montezuma que mandase a todos los caciques de toda su tierra que tributasen a Su Majestad, pues comunmente sabían que tenían oro. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 47
Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como era debido a hija de tan gran señor como era él.

Capítulo 48
Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro Capitán Cortés que se saliese de México con todos los soldados, porque se querían levantar los caciques y los papas y darnos guerra hasta matarnos, porque así estaba acordado y dado consejo por sus ídolos. Y lo que se hizo sobre ello.

Capítulo 49
Cómo Pánfilo de Narváez llegó al puerto de San Juan de Ulúa, que se dice de la Veracruz, con toda su armada, y las cosas que sucedieron luego.

Capítulo 50
Cómo Pánfilo de Narváez envió con cinco personas de su armada a requerir a Gonzalo de Sandoval, que estaba por Capitán en la villa rica, que se diese luego con todos los vecinos de la dicha villa rica. Y lo que sobre ello acontecio.

Capítulo 51
Cómo Cortés, después de bien informado de quién era Capitán y quién y cuántos venían en la armada, y los pertrechos de guerra que traían, y de los tres nuestros falsos soldados que a Narváez se pasaron, escribió al Capitán y a otros sus amigos, especialmente (a) Andrés de Duero, secretario de Diego Velázquez. Y las palabras que le envió a decir Montezuma; y de cómo venía en aquella armada el licenciado Lucas Vázquez de Ayllon, oidor de la Audiencia Real de Santo Domingo, y la instrucción que traía.

Capítulo 52
Cómo llegó Juan Velázquez de León y un mozo de espuelas de Cortés, que se decía Juan del Río, al real de Pánfilo de Narváez, y lo que en el pasó.

Capítulo 53
Del concierto y orden que se dió en nuestro Real para ir contra Narváez, y del razonamiento que Don Hernando nos hizo y lo que le resolvimos.

Capítulo 54
Cómo Cortés envió al puerto al Capitán Francisco Lugo, y en su compañía dos soldados que habían sido maestres de navíos, para que luego trajesen allí a Cempoal todos los maestres y pilotos de los navíos y flota de Narváez y que les sacasen las velas y timones y agujas, porque no fuesen a dar mandado a la isla de Cuba a Diego Velázquez de lo acaecido. Y cómo puso almitante de la mar, y otras cosas que pasaron.

Capítulo 55
Cómo fuimos a grandes jornadas así Cortés con todos sus Capitanes y todos los de Narváez, excepto Salvatierra y Pánfilo de Narváez, que quedaron presos en la Villa Rica de la Vera Cruz.

Capitulo 56
Cómo nos dieron guerra en México, y los combates que nos daban, y otras cosas que pasamos.

Capítulo 57
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 58
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 59
Cómo fuimos a la provincia de Tepeaca y lo que en ella hicimos. Y otras cosas que pasamos.

Capítulo 60
Cómo vino un navío de Cuba que enviaba Diego Velázquez, que venía en él por Capitán Pedro Barba, y la manera que el almirante que puso nuestro Cortés por guarda de la mar tenía para prenderlos, y que es de esta manera.

Capítulo 61
Cómo aporto al peñol y puerto que esta junto a la Villa Rica de la Vera Cruz un navío de los de Francisco Garay, que había enviado a poblar el río Pánuco, y lo que sobre ello paso.

Capítulo 62
Cómo se recogieron todas las mujeres y esclavas y esclavos de todo nuestro Real que habíamos habido en aquello de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, y en Castil Blanco, y en sus tierras, para herrarse con el hierro que hicieron en nombre de Su Majestad. Y de lo que sobre ello paso.

Capítulo 63
Cómo demandaron licencia a Cortés los Capitanes y personas más principales de los que Narváez había traído en su compañía para volverse a la isla de Cuba, y Cortés se la dió, y se fueron, y cómo despachó Cortés embajadores para Castilla y para Santo Domingo y Jamaica. Y sobre lo que cada cosa acaecio.

Capítulo 64
Cómo caminamos con todo nuestro ejército camino de la ciudad de Tezcuco, y lo que pasó en el camino. Y otras cosas, que nos acontecieron.

Capítulo 65
Cómo fue Gonzalo de Sandoval a Tlaxcala por la madera de los bergantines, y lo que más en el camino hizo en un pueblo que le pusimos por nombre el pueblo morisco, y lo que más pasó.

Capítulo 66
Cómo se herraron los esclavos en Tezcuco y cómo vino nueva que había venido al puerto de la Villa Rica un navío, y los pasajeros que en él vinieron y otras cosas que pasaron dire adelante.

Capítulo 67
Cómo nuestro Capitán Cortés fue (a) una entrada y se rodeo de laguna y todas las ciudades y grandes pueblos que alrededor hallamos. Y lo que más pasó en aquella entrada y otras cosa dire.

Capítulo 68
De la gran sed que tuvimos en este camino, y del peligro en que nos vimos en Xochimilco con muchas batallas y reencuentros que con los mexicanos y con los naturales de aquella ciudad tuvimos, y de otros muchos reencuentros de guerras que hasta a volver a Tezcuco nos acaecieron.

Capítulo 69
Cómo de que llegamos con Cortés a Tezcuco con todo nuestro ejército y soldados de la entrada de rodear los pueblos de la laguna tenían concertado entre ciertas personas de los que habían pasado con Narváez de matar a Cortés y todos los que fuésemos en su defensa, y quien fue primero autor de aquella chirinola fue uno que había sido de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, el cual soldado Cortés le mandó ahorcar por sentencia, y cómo se herraron los esclavos y se apercibio todo el real y los pueblos de nuestros amigos, y se hizo alarde y ordenanzas, y otras cosas que mas pasaron allí como adelante dire.

Capítulo 70
Cómo Cortés mandó a todos los pueblos nuestros amigos que estaban cercanos de Tezcuco que hiciesen almacen de saetas y casquillos de cobre para ellas, y lo que en nuestro real se ordeno.

Capítulo 71
Cómo se hizo alarde en la ciudad de Tezcuco en los patios mayores de aquella ciudad, y los de a caballo y ballesteros y escopeteros y soldados que se hallaron, y las ordenanzas que se pregonaron, y otras cosas más que se hicieron allí.

Capítulo 72
Cómo Cortés mandó que fuesen tres guarniciones de soldados a caballo y ballesteros y escopeteros por tierra a poner cerco a la gran ciudad de México, y los capitanes que nombró ara cada guarnición, y los soldados y de a caballo y ballesteros y escopeteros que les repartió, los sitios en que sentaríamos nuestros reales.

Capítulo 73
Cómo Cortés mandó repartir los doce bergantines, y mandó se sacase gente del más pequeño bergantín, el busca ruido, y lo que más pasó.

Capítulo 74
De la manera que peleamos, y de muchas batallas que los mexicanos nos daban. Y las pláticas que con ellos tuvimos, y de cómo nuestros amigos se nos fueron a sus pueblos y de otras cosas más.

Capítulo 75
Cómo Cortés envió tres principales mexicanos que se habían prendido en las batallas pasadas a rogar a Guatemuz que tuviésemos paces, y lo que Guatemuz respondió. Y de otras cosas que pasaron.

Capítulo 76
Cómo Guatemuz tenía concertado con las provincias de Mataltzingo y Tulapa y Malinalco y otros pueblos que le viniesen a ayudar y diesen ennuestro real, que es el de Tacuba, y en el de Cortés, y que saldría todo el poder de México, entretanto que peleasen con nosotros, y nos darían por las espaldas. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 77
Cómo Gonzalo de Sandoval entro con los doce bergantines a la parte que estaba Guatemuz y se prendió. Y de todo lo más que sobre ello paso.

Capítulo 78
Cómo después de ganada la muy gran ciudad de México y preso Guatemuz y sus capitanes, lo que don Hernando mando que en ello se hiciese.

Capítulo 79
Cómo vinieron cartas a Cortés como en el puerto de la Veracruz había llegado Cristobal de Tapia con dos navíos, y traía provisiones de Su Majestad para que gobernase la Nueva España. Y lo que sobre ello se acordo y luego se hizo.

Capítulo 80
Cómo Gonzalo de Sandoval Llegó con su ejército a un pueblo que se dice Tustepeque, y lo que allí hizo, y después pasó a Guazacualco, y todo lo más que le vino; entiéndase que uno es Tustepeque y que otro es Tututepeque, que son dos.

Capítulo 81
Cómo vino Francisco de Garay de Jamaica con grande armada para Pánuco, y lo que acontecía. Y muchas cosas que pasaron que luego dire.

Capítulo 82
Cómo Cortés envió a Pedro de Alvarado a la provincia de Guatemala para que poblase una villa y los atrajese de paz, y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 83
Cómo Cortés envió una armada para que pacificase y conquistase las provincias de Hibueras y Honduras, y envió por capitán a Cristobal de Olid. Y otras cosas que pasaron diré adelante.

Capítulo 84
Cómo fueron ante Su Majestad Pánfilo de Narváez y Cristobal de Tapia y un piloto que se decía Gonzalo de Imbria, y otro soldado que se llamaba Cárdenas, y con favor del Obispo de Burgos, y aunque no tenía cargo de entender en cosas de Indias, que ya le habían quitado el cargo y se estaba en Toro, todos los por mi memorados dieron ante Su Majestad el Emperador muchas quejas de Cortés, y lo que sobre ello pasó diré adelante.

Capítulo 85
En lo que Cortés entendio después que le vino la gobernación de la Nueva España, cómo y de qué manera repartió los pueblos de indios, y otras cosas que pasaron. Y una manera de platicar entre personas doctas que sobre ello dijeron.

Capítulo 86
Cómo el capitán Hernando Cortés envió a Castilla a Su Majestad ochenta mil pesos en oro y plata, y envió un tiro que era una culebrina muy ricamente labrada de muchas figuras, y en toda ella, y en la mayor parte, era de oro bajo revuelto con plata de Michoacán, que por nombre se decía El Fenix, y también envió a su padre, Martín Cortés, sobre cinco mil pesos de oro. Y de otras cosas que sobre ello avino adelante diré.

Capítulo 87
Cómo vinieron al puerto de la Veracruz doce frailes franciscos de muy santa vida, y venía por su vicario y guardian fray Martín de Valencia, y era tan buen religioso que había fama que hacía milagros; era natural de una villa de tierra de campos que se dice Valencia de don Juan. Y sobre lo que en su venida el capitán Cortés hizo.

Capítulo 88
Cómo sabiendo Cortés que Cristobal de Olid se había alzado con la armada y había hecho compañía con Diego Velázquez, gobernador de Cuba, envió contra él a un capitán que se decía Francisco de las Casas. Y lo que sucedió diré luego.

Capítulo 89
Cómo Hernando Cortés salió de México para ir camino de las Hibueras en busca de Cristobal de Olid y de Francisco de las Casas y de los demás capitanes y soldados que envió; y de los caballeros y que capitanías sacó de México para ir en su compañía, y del aparato y servicio que llevó hasta llegar a la villa de Guazcualco. Y de otras cosas que pasaron y lo que luego se hizo.

Capítulo 90
De lo que Cortés ordenó después que se volvió el factor y veedor a México, y del trabajo que llevamos en el largo camino, y de los grandes puentes que hicimos, y hambre que pasamos en dos años y tres meses que tardamos en el viaje.

Capítulo 91
En lo que Cortés entendió después de llegado a Acala, y como en otro pueblo más adelante, sujeto al mismo Acala, mando ahorcar a Guatemuz, gran cacique de México, y a otro cacique, señor de Tacuba, y la causa por qué. Y otras cosas más que pasaron sobre ello que diré adelante.

Capítulo 92
Cómo Cortés entró en la villa adonde estaban poblados los de Gil de Avila, y de la gran alegría que los vecinos hubieron, y lo que Cortés ordenó.

Capítulo 93
Cómo Cortés se embarcó con todos los soldados, cuantos había traido en su compañía y los que habían quedado en San Gil de Buena Vista, y fue a poblar a donde ahora llaman Puerto de Caballos, y le puso nombre La Natividad, y otras cosas que pasaron y que diré lo que allí se hizo.

Capítulo 94
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval comenzó a pacificar aquella provincia de Naco, y lo que más se hizo. Y de otras cosas más que pasaron.

Capítulo 95
Cómo Cortés desembarcó en el Puerto de Trujillo, y cómo todos los vecinos de aquella villa lo salieron a recibir y se holgaron mucho de que hubiera ido. Y de lo más que allí hizo Cortés.

Capítulo 96
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval, que estaba en Naco, prendió a cuarenta soldados españoles que venían de a provincia de Nicaragua y hacían mucho daño y robos a los indios de los pueblos por donde pasaban. Y otras cosas más.

Capítulo 97
Cómo el Licenciado Zuazo envió una carta desde la Habana al capitán Hernando Cortés, y lo que esa carta contenía es lo que ahora diré.

Capítulo 98
Cómo yendo Cortés por la mar la derrota de México tuvo tormenta y dos veces tornó (a) arribar al Puerto de Trujillo, y lo que allí le avino.

Capítulo 99
Cómo Cortés envió un navío a la Nueva España y por capitán de él a un criado suyo que se decía Martín Dorantes, y con cartas y poderes para que gobernasen Francisco de las Casas y Pedro de Alvarado, si allí estuviesen, y si no que gobernase Alonso Estrada y Albornoz, hasta él volver.

Capítulo 100
Cómo el tesorero con otros muchos caballeros rogaron a los frailes franciscos que enviasen a un fray Diego Altamirano, que era deudo de Cortés, que fuese en un navío a Trujillo y lo hiciese venir, y lo que en ello sucedió diré luego.

Capítulo 101
Cómo Cortés se embarcó en la Habana para ir a la Nueva españa y con buen tiempo llego a la Veracruz, y de las alegrias que todos hicieron con su venida a estas tierras, y lo que luego paso.

Capítulo 102
Cómo vinieron cartas a Cortés de España del Cardenal de Sigüenza, don Garcia de Loaisa, que era a Castilla, y le trajeron nuevas que era muerto su padre, Martín Cortés, y el pesar que de ello tuvo, y otras cosas.

Capítulo 103
Cómo entretanto que Cortés estaba en Castilla con el título de Marqués del Valle vino la Real Audiencia a Nueva España y en lo que entndio.

Capítulo 104
Cómo llegó la Real Audiencia a la Nueva españa y lo que se hizo muy justificadamente en México.

Capítulo 105
Cómo vino don Hernando Cortés, Marqués del Valle, de España, casado con la señora doña Juana de Zuñiga y con título de Marqués del Valle y Capitán General de la Nueva España y de la Mar del Sur, y del recibimiento que aquí se le tributo.

Capítulo 106
De los gastos que el Marqués don Hernando Cortés hizo en las armadas que envió a descubrir y cómo en lo demás que hizo no tuvo ventura.

Capítulo 107
Cómo en México se hicieron grandes fiestas y banquetes y alegria de las paces del cristianisimo emperador Nuestro Señor, de gloriosa memoria, con el rey don Francisco de Francia, cuando las vistas que tuvieron sobre Aguas Muertas.

Capítulo 108
De lo que el Marqués del valle don Hernando Cortés hizo después que estuvo en Castilla.

Capítulo 109
De las cosas que aquí van declaradas cerca de los méritos que tenemos los verdaderos conquistadores, las cuales serán apacibles de oirlas.

Capítulo 110
Cómo los indios de toda la Nueva España tenían muchos sacrificios y torpedades, y se los quitamos y les impusimos en las cosas santas de la fe.

Capítulo 111
Cómo pusimos en muy buenas y santas doctrinas a los indios de la Nueva España, y de su conversión, y de cómo se bautizaron y volvieron a nuestra santa fe, y les enseñamos oficios que se usan en Castilla y a tener y administrar justicia.

Capítulo 112
De otras cosas y provechos que se han seguido de nuestras ilustres conquistas y duros trabajos.

Capítulo 53
Del concierto y orden que se dió en nuestro Real para ir contra Narváez, y del razonamiento que Don Hernando nos hizo y lo que le resolvimos.

Llegados que fuimos al riachuelo que ya he dicho y memorado, que estará obra de una legua de Cempoal y había allí unos buenos prados, y después de haber enviado nuestros corredores del campo, personas de confianza, nuestro capitán Cortés, a caballo, nos envió a llamar, así capitanes como a todos los soldados, y de que nos vió juntos nos dijo que pedía por merced que callásemos, y luego comenzó un parlamento por tan lindo estilo y plática tan bien dicha, cierto otra más sabrosa y llena de ofertas que yo aquí sabré escribir, en que nos trajo luego a la memoria desde que salimos de la isla de Cuba, con todo lo acaecido por nosotros hasta aquella sazón, y nos dijo:

Bien saben vuestras mercedes que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, me eligió por capitán general, no porque entre vuestras mercedes no había muchos caballeros que eran merecedores de ello; ya saben y tuvieron creído que veníamos a poblar, y así se publicaba y pregonó, y, según han visto, enviaba a rescatar. Ya saben lo que pasamos sobre que me quería volver a la isla de Cuba a dar cuenta a Diego Velázquez del cargo que me dió, conforme a sus instrucciones, pues vuestras mercedes me mandaron y requirieron que poblásemos esta tierra en nombre de Su Majestad, como, gracias a Nuestro Señor, la tenemos poblada, y fue cosa muy acertada. Y demás de esto, me hicisteis vuestro capitán general y justicia mayor de ella, hasta que Su Majestad otra cosa sea servido mandar, y, como ya he dicho, entre algunos de vuestras mercedes hubo algunas pláticas de volver a Cuba, que no lo quiero aquí más declarar, pues, a manera de decir, ayer pasó, y fue muy santa y buena nuestra quedada, y hemos hecho a Dios y a Su Majestad gran servicio, que esto claro está. Y ya saben lo que prometimos en nuestras cartas a Su Majestad después de haberle dado cuenta y relación de todos nuestros hechos, que punto no quedó, y que esta tierra es de la manera que hemos visto y conocido de ella, que es cuatro veces mayor que Castilla, y de grandes pueblos, y muy rica de oro y minas, y tiene cerca otras provincias; y cómo enviamos a suplicar a Su Majestad que no la diese en gobernación ni de otra cualquier manera a persona ninguna, y porque creíamos y teníamos por cierto que el obispo de Burgos, don Juan Rodríguez de Fonseca, que era en aquella sazón presidente de Indias y tenía mucho mando, que la demandaría a Su Majestad para Diego Velázquez o algún pariente o amigo del mismo obispo, porque esta tierra es tal o tan buena que convenía darse a un infante o gran señor, y que teníamos determinado de no darla a persona alguna hasta que Su Majestad oyese a nuestros procuradores y nosotros viésemos su real firma; y vista, que con lo que fuere servido mandar, los pechos por tierra. Y con las cartas ya saben que enviamos y servimos a Su Majestad con todo el oro y plata y joyas y todo cuanto teníamos y habíamos habido.

Y más dijo: Bien se les acordará, señores, cuántas veces hemos llegado a puntos de muerte en las guerras y batallas que hemos habido, pues traerlas a la memoria, ¡qué acostumbrados estamos de trabajos y aguas y vientos y algunas veces hambres, y siempre traer las armas a cuestas y dormir por los suelos, así nevando como lloviendo, que si miramos en ello, los cueros tenemos ya curtidos de los trabajos! No quiero decir de más de cincuenta de nuestros compañeros que nos han muerto en las guerras, ni de todas vuestras mercedes cómo estáis entrapajados y mancos de heridas que aun ahora están por sanar; pues que les quiera traer a la memoria los trabajos que trajimos por la mar, y las batallas de Tabasco, y los que se hallaron en lo de Almería y lo de Cingapacinga, y cuántas veces por las sierras y caminos nos procuraban de quitar las vidas; pues en las batallas de Tlaxcala en qué punto nos pusieron y cuáles nos traían; pues la de Cholula, ya tenían puestas las ollas para comer nuestros cuerpos; pues a la subida de los puertos no se les habrá olvidado los poderes que tenía Montezuma para no dejar ninguno de nosotros, y bien vieron los caminos todos llenos de árboles cortados; pues los peligros de la entrada y estada en la gran ciudad de México, cuántas veces teníamos la muerte alojo, ¿quién los podrá componderar? Pues vean los que han venido de vuestras mercedes dos veces primero que no yo, la una con Francisco Hernández de Córdoba y la otra con Juan de Grijalva, los trabajos, hambres y sed y heridas y muertes de muchos soldados que en descubrir estas tierras pasasteis, y todo lo que en aquellbs dos viajes habéis gastado de vuestras haciendas.

Y dijo que no quería contar cosas muchas que tenía por decir por menudo y no habría tiempo para acabado de platicar, porque era tarde y venía la noche; y más dijo: Digamos ahora, señores, cómo viene Pánfilo de Narváez contra nosotros con mucha rabia y deseo de habernos a las manos, y no había desembarcado y nos llamaba traidores y malos, y envió a decir al gran Montezuma, no palabras de sabio capitán sino de alborotador, y demás de esto tuvo atrevimiento de prender a un oidor de Su Majestad, que por sólo este gran delito es digno de ser muy bien castigado. Ya habrán oído cómo han pregonado en su real guerra contra nosotros a ropa franca, como si fuéramos moros. Y luego después de haber dicho esto, Cortés comenzó a sublimar nuestras personas y esfuerzos en las guerras y batallas pasadas; y que entonces peleábamos por salvar nuestras vidas, y que ahora hemos de pelear con todo vigor por vida y honra, pues nos vienen a prender y echar de nuestras casas y robar nuestras haciendas, y que además de esto, que no sabemos si trae provisiones de nuestro rey y señor, salvo favores del obispo de Burgos, 'nuestro contrario.

Y que si por ventura caemos debajo de sus manos de Narváez, lo cual Dios no permita, que todos nuestros servicios que hemos hecho a Dios primeramente y a Su Majestad, tomarán en deservicios y harán procesos contra nosotros, y dirán que hemos muerto y robado y destruido la tierra, donde ellos son los robadores y alborotadores y deservidores de nuestro rey y señor; dirán que le han servido, y pues que vemos por los ojos todo lo que ha dicho, y como buenos caballeros, somos obligados a volver por la honra de Su Majestad y por las nuestras y por nuestras casas y haciendas. Y con esta intención salió de México, teniendo confianza en Dios y de nosotros; que todo lo ponía en las manos de Dios primeramente y después en las nuestras; que veamos lo que nos parece.

Entonces todos a una le respondimos, y también juntamente con nosotros Juan Velázquez de León y Francisco de Lugo y otros capitanes, que tuviese por cierto que, mediante Dios, habíamos de vencer o morir sobre ello, y que mirase no le convenciesen con partidos, porque si alguna cosa hacía fea, que le daríamos de estocadas. Entonces, como vió nuestras vóluntades, se holgó mucho y dijo que con aquella confianza venía. Y alli hizo muchas ofertas y prometimientos que seríamos todos muy ricos y valerosos. Y hecho esto tornó a decir que nos pedía por merced que callásemos y que en las guerras y batallas han menester más prudenda y saber, para bien vencer los contrarios, que con osadía, y que porque tenía conocido de nuestros grandes esfuerzos, que por ganar honra cada uno de nosotros que quería adelantar de los primeros a encontrar con los enemigos; que fuésemos puestos en ordenanza y capitanías, y para que la primera cosa que hiciésemos fuese tomarles la artillería, que eran diez y ocho tiros que tenía asestados delante de sus aposentos de Narváez, mandó que fuese por capitán un pariente suyo de Cortés que se decía Pizarro, que ya he dicho otras veces en aquella sazón no había fama de Perú ni de Pizarros, que no era descubierto: y era Pizarro suelto mancebo, y le señaló sesenta soldados mancebos, y entre ellos me nombraron a mi; y mandó que después de tomada la artillería acudiésemos todos al aposento de Narváez, que estaba en un muy alto cú, y para prender a Narváez señaló por capitán a Gonzalo de Sandoval con otros sesenta compañeros, y como era alquacil mayor, le dió un mandamiento que decía así: Gonzalo de Sandoval, alguaci1 mayor de esta Nueva España por Su Majestad, yo os mando que prendáis el cuerpo a Pánfilo de Narváez y, si se os defendiese, matadle, que así conviene al servicio de Dios y del rey nuestro señor, por cuanto ha hecho muchas cosas en deservicio de Dios y de Su Majestad y le prendió a un oidor. Dado en este real, y la firma: Hernando Cortés, y refrendado de su secretario, Pero Hernández. Y después de dado el mandamiento, prometió que al primer soldado que le echase mano le daría tres mil pesos, y al segundo dos mil, y al tercero mil, y dijo que aquello que prometía que era para guantes, que ya bien veíamos la riqueza que había entre nuestras manos.

Y luego nombró a Juan Velázquez de León para que prendiese al mancebo Diego Velázquez, con quien había tenido la brega, y le dió otros sesenta soldados; y asimismo nombró a Diego de Ordaz para que prendiese a Salvatierra, y le dió otros sesenta soldados, que cada capitán de éstos estaba en su fortaleza y altos cúes; y el mismo Cortés por sobresaliente, con otros veinte soldados para acudir adonde más necesidad hubiese, y dónde él tenía el pensamiento de asistir era para prender a Narváez y a Salvatierra. Pues ya dadas las copias a los capitanes, como dicho tengo, dijo: Bien sé que los de Narváez son por todos cuatro veces más que nosotros; mas ellos no son acostumbrados a las armas, y como están la mayor parte de ellos mal con su capitán y muchos dolientes, y les tomaremos de sobresalto, tengo pensamiento que Dios nos dará victoria, que no porfiarán mucho en su defensa, porque más bienes les haremos nosotros que no su Narváez. Así que, señores, pues nuestra vida y honra está después de Dios en vuestros esfuerzos y vigorosos brazos, no tengo más que pediros por merced ni traer a la memoria sino que en esto está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás, y más vale morir por buenos Que vivir afrentados. Y porque en aquella sazón llovía y era tarde, no dijo más.

Una cosa me he parado después acá a pensar, que jamás nos dijo: tengo tal concierto en el real hecho, ni fulano ni zutano es en nuestro favor, ni cosa ninguna de éstas, sino que peleásemos como varones, y esto de no decirnos que tenía amigos en el real de Narváez fue de muy cuerdo capitán, que por aquel efecto no dejásemos de batallar como muy esforzados y no tuviésemos esperanza en ellos, sino después de Dios en nuestros grandes ánimos. Dejemos de esto y digamos cómo cada uno de nuestros capitanes por mí nombrados estaban con los soldados señalados, cómo y de qué manera habíamos de pelear, y poniéndose esfuerzo los unos a los otros. Pues mi capitán Pizarro, con quien habíamos de tomar la artillería, que era la cosa de más peligro, y habíamos de ser los primeros que habíamos de romper hasta los tiros, también decía con mucho esfuerzo cómo habíamos de entrar y calar nuestras picas hasta tener la artillería en nuestro poder, y después que se la hubiésemos tomado, que con ella misma mandó a nuestros artilleros que se decían Mesa y el Siciliano y Usagre y Arvenga, que con las pelotas que estuviesen por descargar diesen guerra a los del aposento de Salvatierra.

También quiero decir la gran necesidad que teníamos de armas, que por un peto o capacete o casco o babera de hierro diéramos aquella noche cuanto nos pidieran por ello, y todo cuanto habíamos ganado. Y luego secretamente nos nombraron el apellido que habíamos de tener estando batallando, que era, ¡Espiritu Santo, Espíritu Santo!, que esto se suele hacer secreto en las guerras porque se conozcan y apelliden por el nombre que no lo sepan unos contrarios de otros. Y los de Narváez tenían su apellido y voz ¡Santa María, Santa María! Ya hecho todo esto, como yo era gran amigo y servidor del capitán Sandoval, me dijo aquella noche que me pedía por merced que después que hubiésemos tomado la artillería, que si quedaba con la vida, que siempre me hallase con él y le siguiese, y yo se lo prometí y así lo hice. como adelante verán.

Digamos ahora en qué se entendió un rato de la noche, sino en aderezar y pensar en lo que teníamos por delante, pues para cenar no teníamos cosa ninguna, y luego fueron nuestros corredores del campo y se puso espías y velas. A mí Y a otro soldado nos pusieron por velas, y no tardó mucho cuando viene un corredor del campo a preguntarme que si he sentido algo, y yo dije que no. Y luego vino un cuadrillero y dijo que el Galleguillo que había venido del real de Narváez no parecía y que era espía echada de Narváez, y que mandaba Cortés que luego marchásemos camino de Cempoal; y oímos tocar nuestro pifanón y atambor, y los capitanes apercibidos sus soldados, y comenzamos a marchar; y al Galleguillo hallaron debajo de unas mantas durmiendo, que como llovió y el pobre no era acostumbrado a estar al agua ni fríos, metióse allí a dormir. Pues yendo a nuestro paso tendido, sin tocar pífano ni atambor, y los capitanes apercibiendo sus soldados, y comenzamos a marchar como está dicho; y nuestros corredores del campo descubriendo la tierra, llegamos al río donde estaban las espías de Narváez, que ya he dicho que se decían Gonzalo Carrasco y Hurtado, y estaban tan descuidados, que tuvimos tiempo de prender a Carrasco, y el otro fue dando voces al real de Narváez, diciendo: ¡Al arma, al arma, que viene Cortés!

Y acuérdome que cuando pasábamos aquel río, como llovía, venía un poco hondo y las piedras resbalaban algo, y con las picas y armas nos hacía mucho estorbo. Y también me acuerdo, cuando se prendió a Carrasco, decía a Cortés a grandes voces: Mirad, señor Cortés, no vayáis allá, que juro a tal que está Narváez esperándoos en el campo con todo su ejército. Y Cortés le dió en guarda a su secretario, Pedro Hernández. Y como vimos que Hurtado fue a dar mandado, no nos detuvimos cosa, sino que Hurtado iba dando voces y mandando dar ¡ Al arma, al arma! Y Narváez llamando a sus capitanes y nosotros calando nuestras picas y cerrando con la artillería, todo fue uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino a cuatro tiros, y las pelotas algunas de ellas pasaron por alto, y una de ellas mató a tres de nuestros compañeros. Pues en aquel instante llegaron todos nuestros capitanes tocando al arma nuestros pífanos y atambor, y como habia muchos de los de Narváez a caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron a seis o siete; pues nosotros, los que tomamos la artillería, no osábamos desampararla, porque Narváez desde su aposento nos tiraba muchas saetas y escopetas, e hirió siete de los nuestros. Y en aquel instante llegó el capitán Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponía Narváez y le tiraban saetas y escopetas, y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados. Y luego desde que vimos los soldados que ganamos la artillería que no habia quien nos la defendiese, se la dimos a nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitán Pizarro a ayudar a Sandoval, que les hacían los de Narváez venir dos gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó a subirlas. Y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes, y cuando no me acato oímos voces de Narváez que decía: ¡Santa María, váleme, que muerto me han y quebrado un ojo. Y desde que aquello oímos luego dimos voces: ¡Victoria, victoria por los del nombre del Espíritu Santo, que muerto es Narváez! ¡Victoria, victoria por Cortés, que muerto es Narváez! Y con todo esto no les pudimos entrar en el cú donde estaban, hasta que un Martín López, el de los bergantines, como era alto de cuerpo, puso fuego a las pajas del alto cú, y vienen todos los de Narváez rodando las gradas abajo. Entonces prendimos a Narváez, y eh primero que le echó mano fue Pero Sánchez Parfán, y Sandoval yr y yo se lo di a Sandoval, y a otros capitanes que con él estaban y todavía dando voces y apellido: ¡Viva el rey, viva el rey, y en su real nombre Cortés, Cortés! ¡Victoria, victoria, que muerto es Narváez!

Dejemos este combate; vamos a Cortés y a los demás capitanes que todavía estaban batallando cada uno con los capitanes de Narváez que aún no se habían dado porque estaban en muy altos cúes, y con los tiros que les tiraban nuestros artilleros, y con nuestras voces y muerte de Narváez, y como Cortés era muy avisado mandó de presto pregonar que todos los de Narváez se vengan luego a someter debajo de la bandera de Su Majestad y de Cortes en su real nombre, so pena de muerte. Y aun con todo esto, no se daban los de Diego Velázquez el Mozo, ni los de Salvatierra, porque estaban en muy altos cúes y no los podían entrar, hasta que Gonzalo de Sandoval fue con la mitad de nosotros los que con él estábamos, y con los tiros y con los pregones les entraron, y se prendieron así a Salvatierra, como los que con él estaban, y a Diego Velázquez el Mozo. Y luego Sandoval vino con todos nosotros los que fuimos en prender a Narváez a ponerlo más en cobro. Y después que Cortés y Juan Ve1ázquez y Ordaz tuvieron presos a Salvatierra, y a Diego Velázquez el Mozo, y a Gamarra, y a Juan Juste, y a Juan Bono, vizcaíno, y a otras personas principales, se vino Cortés desconocido, acompañado de nuestros capitanes, adonde teníamos a Narváez, y con el calor que hacía grande, y como estaba cargado con las armas y andaba de una parte a otra apellidando nuestros soldados y haciendo dar pregones, venía muy sudado y cansado, y tal que no le alcanzaba un huelgo a otro; y dijo a Sandoval dos veces, que no lo acertaba a decir del trabajo que traía y descansado algo: ¡Ea. cesad! ¿Qué es de Narváez? ¿Qué es de Narváez? Dijo Sandoval: Aquí está, aquí está, y a muy buen recaudo. Y tornó Cortés a decir muy sin huelgo: Mira, hijo Sandoval, que no os quitéis de él, vos y vuestros compañeros, no se os suelte, mientras yo voy a entender en otras cosas, y mirad, esos capitanes que con él traéis presos, que en todo haya recaudo.

Y luego se fue, y manda dar otros pregones, que so pena de muerte, que todos los de Narváez luego en aquel punto se vengan a someter debajo de la bandera de Su Majestad, y en su real nombre Hernando Cortés, su capitán general y justicia mayor, y que ninguno trajese ningunas armas, sino que todos se las diesen y entregasen a nuestros alguaciles. Y todo esto era de noche, que no amanecía, y aun llovía de rato en rato, y entonces salía la luna, que cuando allí llegamos hacia muy oscuro y llovía, y también la oscuridad ayudó, que como hacía tan oscura había muchos cocuyos, que así los llaman en Cuba, que relumbran de noche; los de Narváez creyeron que eran mechas de escopetas.

Dejemos esto y pasemos adelante, que como Narváez estaba muy mal herido y quebrado el ojo, demandó licencia a Sandoval para que un su cirujano que traía en su armada, que se decía maestre Juan, le curase el ojo a él y a otros capitanes que estaban heridos, y se la dió. Y estándole curando llegó allí cerca Cortés, disimulado que no le conociese, a verle. Dijéronle al oído a Narváez que estaba allí Cortés, y como se lo dijeron. dijo Narváez: Señor capitán Cortés: tener en mucho esta victoria que de mí habéis habido, y en tener presa mi persona. Y Cortés le respondió que daba muchas gracias a Dios que se la dió, y por los esforzados caballeros y compañeros que tiene, que fueron parte para ello, y que una de las menores cosas que en la Nueva España ha hecho es prenderle y desbaratarle; que si le ha parecido bien tener atrevimiento de prender a un oidor de Su Majestad. Y después que hubo dicho esto se fue de allí, que no le habló más, y mandó a Sandoval que le pusiese buenas guardas y que él no se quitase de él con personas de recaudo. Ya le teníamos echado dos pares de grillos, y le llevamos a un aposento, y puestos soldados que le habíamos de guardar, y a mí señaló Sandoval por uno de ellos, y secretamente me mandó que no dejase hablar con él a ninguno de los de Narváez hasta que amaneciese, y Cortés le pusiese más en cobro.

Dejemos esto y digamos cómo Narváez había enviado cuarenta de a caballo para que nos estuviesen aguardando en el paso cuando viniésemos a su real, como dicho tengo en el capítulo que de ello habla, y supimos que andaban todavía en el campo, tuvimos temor no nos viniesen (a) acometer para quitarnos a sus capitanes y al mismo Narváez que teníamos presos, y estábamos muy apercibidos. Y acordó Cortés de enviarles a pedir por merced que se viniesen al real, con grandes ofrecimientos que a todos prometió, y para traerlos envió a Cristóbal de Olid, que era nuestro maestre de campo, y a Diego de Ordaz, y fueron en unos caballos que tomaron de los de Narváez, que todos los nuestros de caballo no trajeron ninguno, que atados quedaron en un montecillo junto a Cempoal, que no trajimos caballos sino picas y espadas y rodelas y puñales; y fueron al campo con un soldado de los de Narváez, que les mostró ei rastro por donde habían ido, y se toparon con ellos, y en fin, tantas palabras de ofertas y prometimientos les dijeron por parte de Cortés, que los trajeron. Y ciertos caballeros de ellos le tenían voluntad, y antes que llegasen a nuestro real, que era de día claro, y sin decir cosa ninguna Cortés ni ninguno de nosotros a los atabaleros que Narváez traía, comenzaron a tocar los atabales y a tañer sus pífanos y tamborinos, y decían: ¡Viva, viva la gala de los romanos, que, siendo tan pocos, han vencido a Narváez y a sus soldados! Y un negro que se decía Guidela, que fue muy gracioso truhán, que traía Narvaez, daba voces y decía: Mira que los romanos no han hecho tal hazaña. Y por más que les decíamos que callasen y no tocasen sus atabales, no querían, hasta que Cortés mandó que prendiesen al atabalero, que era medio loco y se decía Tapia.

Y en ese instante vino Cristóbal de Olid y Diego de Ordaz, y trajeron a los de caballo que dicho tengo, y entre ellos venía Andrés de Duero y Agustín Bermúdez, y muchos amigos de nuestro capitán; y así como venían iban a besar las manos a Cortés, que estaba sentado en una silla de caderas con una ropa larga de color como naranjada con sus armas debajo, acompañado de nosotros. Pues ver la gracia con que les hablaba y abrazaba, y las palabras de tantos cumplimientos que les decía, era cosa de ver, y qué alegre estaba, y tenía mucha razón, de verse en aquel punto tan señor y pujante. Y así como le besaron las manos se fueron cada uno a su posada.

Digamos ahora de los muertos y heridos que hubo aquella noche. Murió el alférez de Narváez, que se decía fulano de Fuentes, que era un hidalgo de Sevilla; murió otro capitán de Narváez, que se decía Rojas, natural de Castilla la Vieja; murieron otros dos de Narváez; murió uno de los tres soldados que se le habían pasado que habían sido de los nuestros, que llamábamos Alonso Garda el Carretero; y heridos de los de Narváez hubo muchos. Y también murieron de los nuestros otros cuatro, y hubo más heridos, y el cacique gordo también salió herido, porque como supo que veníamos cerca de Cempoal, se acogió al aposento de Narváez, y allí le hirieron. Y luego Cortés le mandó curar muy bien y le puso en su casa, y que no se le hiciese enojo. Pues Cervantes el Loco, y Escalonilla, que son los que se pasaron a Narváez que habían sido de los nuestros, tampoco libraron bien, que Escalona salió bien herido, y Cervantes bien apaleado, y ya he dicho que el Carretero (fue) muerto. Vamos a los del aposento de Salvatierra, el muy fiero, que dijeron sus soldados que en toda su vida vieron hombre para menos ni tan cortado de muerte. Cuando nos oyó tocar al arma y cuando decíamos: ¡Victoria, victoria, que muerto es Narváez!, dizque luego dijo que estaba muy malo del estómago, y que no fue para cosa ninguna. Esto lo he dicho por sus fieros y bravear. Y de los de su capitanía también hubo heridos. Digamos del aposento de Diego Velázquez y otros capitanes que estaban con él y también hubo heridos. Y nuestro capitán Juan Velázquez de León prendió a Diego Velázquez, aquel con quien tuvo las bregas estando comiendo con Narváez, y le llevó a su aposento y le mandó curar y hacer mucha honra. Pues ya he dado cuenta de todo lo acaecido en nuestra batalla, digamos ahora lo que más se hizo.