Historia verdadera de la conquista de Nueva España

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Bernal Díaz del Castillo



Portada de la edición del Reyno, Madrid, 1632.

Capítulos:  1 a 28 29 a 56 57 a 84 85 a 112

Prólogo, de Bernal Díaz del Castillo.

Capítulo 1
Comienza la relación de la historia.

Capítulo 2
Cómo descubrimos la provincia de Yucatán.

Capítulo 3
Cómo seguimos la costa adelante hacia el poniente, descubriendo puntas y bajos y ancones y arrecifes.

Capítulo 4
Cómo Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba, ordenó de enviar una armada a las tierras que descubrimos y fue Capitán General de ella un hidalgo que se decía Juan de Grijalva, pariente del dicho gobernador Velázquez y otros tres Capitanes que más adelante diré sus nombres.

Capítulo 5
De cómo llegamos al río de Tabasco, que le llaman río de Grijalva, y de lo que allí nos avino.

Capítulo 6
Cómo seguimos la costa adelante, hacia donde se pone el sol, y llegamos al río que llaman de Banderas, y lo que en él pasó que diré adelante.

Capítulo 7
Cómo llegamos (a) aquella isleta que ahora se llama San Juan de Ulúa. Y a qué causa se le puso aquél nombre. Y de lo que allí nos aconteció.

Capítulo 8
Cómo venimos con otra armada a las tierras nuevas descubiertas. Y por capitán de la armada el valeroso y esforzado Hernando Cortés, que después del tiempo andando fue Marqués del Valle y de las contrariedades que tuvo para estorbarle que no fuese capitán el dicho Hernando.

Capítulo 9
Cómo Diego Velázquez envió a un criado, que se decía Gaspar de Garnica, con mandamientos y provisiones para que en todo caso se prendiese a Don Hernando Cortés y se le tomase la armada.

Capítulo 10
Cómo Cortés se hizo a la vela con toda su compañía de caballeros y soldados para la isla de Cozumel, y de lo que allí nos avino luego diré.

Capítulo 11
Cómo Cortés supo de dos españoles que estaban en poder de indios en la Punta de Cotoche, y sobre lo que ello se hizo. Y de otras cosas.

Capítulo 12
Cómo Cortés repartió los navío y señaló capitanes para ir en ellos. Y así mismo se dió la instrucción de lo que habían de hacer los pilotos, y las señales de los faroles de noche y otras cosas más que en aquellos lugares acontecieron.

Capítulo 13
Cómo el español que estaba en poder de los indios (que) se llamaba Jerónimo de Aguilar, supo cómo habíamos arribado a Cozumel, y que luego se vino a nuestro real. Y lo que después aconteció.

Capítulo 14
Cómo llegamos al río de Grijalva, que en lengua de indios llaman Tabasco, y de la guerra que nos dieron y de lo que más con ellos aconteció.

Capítulo 15
Cómo vinieron a hablar con Hernando Cortés todos los caciques y calachonis del río Grijalva, y trajeron un presente. Y lo que sobre ello pasó.

Capítulo 16
Cómo Doña Marina era cacica e hija de grandes señores de pueblos y vasallos, y de la manera que la dicha Doña Marina fue traída a Tabasco.

Capítulo 17
Cómo llegamos con todos los navíos a San Juan de Ulúa. Y de lo que ahí nos aconteció luego.

Capítulo 18
Cómo fue tendile a hablar con Montezuma y a llevar presentes, y lo que se hizo en nuestro real.

Capítulo 19
Cómo alzamos a Hernando Cortés por Capitán General y Justicia Mayor de estas tierras hasta que su majestad mandase lo que hubiere menester y conviniera. Y de lo que en ello se hizo.

Capítulo 20
Cómo acordamos de poblar la Villa Rica de la Vera Cruz y de hacer una fortaleza en unos prados, junto a unas salinas y cerca del puerto del nombre feo, donde estaban anclados nuestros navíos, y de otras cosas más que allí se hicieron.

Capítulo 21
Cómo Cortés mandó hacer un altar y se puso una imagen de Nuestra Señora y una cruz, y se dijo la santa misa y se bautizaron las ocho indias.

Capítulo 22
Cómo volvimos a nuestra Villa Rica de la Vera Cruz, y de otras cosas más que allí sucedieron.

Capítulo 23
Cómo nuestros procuradores, con buen tiempo, desembocaron el Canal de Bahama y en pocos días llegaron a Castilla y lo que en la Corte les pasó.

Capítulo 24
Cómo después de que partieron nuestros embajadores en el real se hizo y la justicia que nuestro Capitán Cortés mandó que se hiciera.

Capítulo 25
De un razonamiento que Cortés hizo después de haber dado con los navíos de través, y (cómo) aprestábamos nuestra ida para México.

Capítulo 26
Cómo ordenamos de ir a la ciudad de México, y por concejo del cacique fuimos por Tlaxcala, y de lo que nos acaecio, asi de reencuentros de guerra como otras cosas quenos avinieron.

Capítulo 27
De las guerras y batallas muy peligrosas que tuvimos con los tlaxcaltecas y otras cosas más.

Capítulo 28
De la gran batalla que hubimos con el poder de los tlaxcaltecas, y quiso Dios Nuestro Señor que en ella hubiésemos victoria, y lo que más pasó.

Capítulo 29
Cómo otro día enviamos mensajeros a los caciques de Tlaxcala, rogándoles con la paz, y lo que sobre estas cosas y de otras ellos hicieron.

Capítulo 30
Cómo después que volvimos con Cortés de Zumpancingo con bastimentos, hallamos en nuestro real ciertas pláticas, y lo que Cortés respondió.

Capítulo 31
Cómo vino Xicotenga, Capitán General de Tlaxcala, a entender en las paces con Don Hernando.

Capítulo 32
Cómo vinieron a nuestro real los caciques viejos de Tlaxcala a rogar a Cortés y a todos nosotros que luego nos fuésemos con ellos a su ciudad para nos a entender, y lo que más pasó.

Capítulo 33
Cómo fuimos a la ciudad de Tlaxcala, y lo que los caciques viejos hicieron, de un presente que nos dieron, y cómo trajeron sus hijos y sobrinos.

Capítulo 34
Cómo fuimos a la ciudad de Cholula en doce de octubre de 1519 años. Y del gran recibimiento que nos hicieron los naturales de aquellas tierras.

Capítulo 35
Cómo el gran Montezuma nos envió otros embajadores con un presente de oro y mantas, y lo que dijeron a Cortés y lo que él les respondió.

Capítulo 36
Del grande y solemne recibimiento que nos hizo el gran Montezuma a Cortés y a todos nosotros en la entrada de la gran ciudad de Tenustitlán.

Capítulo 37
Cómo el gran Montezuma vino a nuestros aposentos con muchos caciques que le acompañaban, y de la plática que tuvo con nuestro Capitán.

Capítulo 38
De la manera y persona del gran Montezuma, y de cómo vivía y de cuán grande señor era.

Capítulo 39
Cómo nuestro Capitán salió a ver la ciudad de México y el Tatelulco, que es la plaza mayor, y el gran Cú de su Uichilobos.

Capítulo 40
Cómo hicimos nuestra Iglesia y altar en nuestro aposento, y una cruz fuera del aposento, y de lo que más pasamos, y hallamos la sala y recámara del tesoro del padre de Montezuma. Y de cómo tomamos acuerdo de prender al gran Montezuma.

Capítulo 41
Cómo fue la batalla que dieron los capitanes mexicanos a Juan de Escalante, y cómo le mataron a él y al caballo y a seis soldados y a muchos amigos indios totonaques que también murieron.

Capítulo 42
De la prisión del gran Montezuma y de otras cosas más que sobre dicha prisión nos acontecieron.

Capítulo 43
Cómo Cortés mandó hacer dos bergantines de mucho sostén y veleros para andar en la laguna, y cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le diese licencia para ir a hacer su oración a sus templos, y lo que Cortés le dijo. Y cómo le dió la licencia. Y otras cosas más que adelante diré.

Capítulo 44
Cómo los sobrinos del gran Montezuma andaban convocando y atrayendo a sí las voluntades de otros señores para venir a México y sacar de la prisión al gran Montezuma y echarnos de la gran ciudad de México y matarnos a todos nosotros.

Capítulo 45
Cómo volvieron los capitanes que nuestro Cortés había enviado para que viesen las minas y para sondar el río de Guazaqualco, y otras cosas más.

Capítulo 46
Cómo Cortés dijo al gran Montezuma que mandase a todos los caciques de toda su tierra que tributasen a Su Majestad, pues comunmente sabían que tenían oro. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 47
Cómo el gran Montezuma dijo a Cortés que le quería dar una hija de las suyas para que se casase con ella y lo que Cortés le respondió, y todavía la tomó, y la servían y honraban como era debido a hija de tan gran señor como era él.

Capítulo 48
Cómo el gran Montezuma dijo a nuestro Capitán Cortés que se saliese de México con todos los soldados, porque se querían levantar los caciques y los papas y darnos guerra hasta matarnos, porque así estaba acordado y dado consejo por sus ídolos. Y lo que se hizo sobre ello.

Capítulo 49
Cómo Pánfilo de Narváez llegó al puerto de San Juan de Ulúa, que se dice de la Veracruz, con toda su armada, y las cosas que sucedieron luego.

Capítulo 50
Cómo Pánfilo de Narváez envió con cinco personas de su armada a requerir a Gonzalo de Sandoval, que estaba por Capitán en la villa rica, que se diese luego con todos los vecinos de la dicha villa rica. Y lo que sobre ello acontecio.

Capítulo 51
Cómo Cortés, después de bien informado de quién era Capitán y quién y cuántos venían en la armada, y los pertrechos de guerra que traían, y de los tres nuestros falsos soldados que a Narváez se pasaron, escribió al Capitán y a otros sus amigos, especialmente (a) Andrés de Duero, secretario de Diego Velázquez. Y las palabras que le envió a decir Montezuma; y de cómo venía en aquella armada el licenciado Lucas Vázquez de Ayllon, oidor de la Audiencia Real de Santo Domingo, y la instrucción que traía.

Capítulo 52
Cómo llegó Juan Velázquez de León y un mozo de espuelas de Cortés, que se decía Juan del Río, al real de Pánfilo de Narváez, y lo que en el pasó.

Capítulo 53
Del concierto y orden que se dió en nuestro Real para ir contra Narváez, y del razonamiento que Don Hernando nos hizo y lo que le resolvimos.

Capítulo 54
Cómo Cortés envió al puerto al Capitán Francisco Lugo, y en su compañía dos soldados que habían sido maestres de navíos, para que luego trajesen allí a Cempoal todos los maestres y pilotos de los navíos y flota de Narváez y que les sacasen las velas y timones y agujas, porque no fuesen a dar mandado a la isla de Cuba a Diego Velázquez de lo acaecido. Y cómo puso almitante de la mar, y otras cosas que pasaron.

Capítulo 55
Cómo fuimos a grandes jornadas así Cortés con todos sus Capitanes y todos los de Narváez, excepto Salvatierra y Pánfilo de Narváez, que quedaron presos en la Villa Rica de la Vera Cruz.

Capitulo 56
Cómo nos dieron guerra en México, y los combates que nos daban, y otras cosas que pasamos.

Capítulo 57
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 58
Después que fue muerto el gran Montezuma, acordó Cortés de hacerlo saber a sus Capitanes y principales que nos daban guerra. Y lo más que pasó.

Capítulo 59
Cómo fuimos a la provincia de Tepeaca y lo que en ella hicimos. Y otras cosas que pasamos.

Capítulo 60
Cómo vino un navío de Cuba que enviaba Diego Velázquez, que venía en él por Capitán Pedro Barba, y la manera que el almirante que puso nuestro Cortés por guarda de la mar tenía para prenderlos, y que es de esta manera.

Capítulo 61
Cómo aporto al peñol y puerto que esta junto a la Villa Rica de la Vera Cruz un navío de los de Francisco Garay, que había enviado a poblar el río Pánuco, y lo que sobre ello paso.

Capítulo 62
Cómo se recogieron todas las mujeres y esclavas y esclavos de todo nuestro Real que habíamos habido en aquello de Tepeaca y Cachula y Tecamachalco, y en Castil Blanco, y en sus tierras, para herrarse con el hierro que hicieron en nombre de Su Majestad. Y de lo que sobre ello paso.

Capítulo 63
Cómo demandaron licencia a Cortés los Capitanes y personas más principales de los que Narváez había traído en su compañía para volverse a la isla de Cuba, y Cortés se la dió, y se fueron, y cómo despachó Cortés embajadores para Castilla y para Santo Domingo y Jamaica. Y sobre lo que cada cosa acaecio.

Capítulo 64
Cómo caminamos con todo nuestro ejército camino de la ciudad de Tezcuco, y lo que pasó en el camino. Y otras cosas, que nos acontecieron.

Capítulo 65
Cómo fue Gonzalo de Sandoval a Tlaxcala por la madera de los bergantines, y lo que más en el camino hizo en un pueblo que le pusimos por nombre el pueblo morisco, y lo que más pasó.

Capítulo 66
Cómo se herraron los esclavos en Tezcuco y cómo vino nueva que había venido al puerto de la Villa Rica un navío, y los pasajeros que en él vinieron y otras cosas que pasaron dire adelante.

Capítulo 67
Cómo nuestro Capitán Cortés fue (a) una entrada y se rodeo de laguna y todas las ciudades y grandes pueblos que alrededor hallamos. Y lo que más pasó en aquella entrada y otras cosa dire.

Capítulo 68
De la gran sed que tuvimos en este camino, y del peligro en que nos vimos en Xochimilco con muchas batallas y reencuentros que con los mexicanos y con los naturales de aquella ciudad tuvimos, y de otros muchos reencuentros de guerras que hasta a volver a Tezcuco nos acaecieron.

Capítulo 69
Cómo de que llegamos con Cortés a Tezcuco con todo nuestro ejército y soldados de la entrada de rodear los pueblos de la laguna tenían concertado entre ciertas personas de los que habían pasado con Narváez de matar a Cortés y todos los que fuésemos en su defensa, y quien fue primero autor de aquella chirinola fue uno que había sido de Diego Velázquez, gobernador de Cuba, el cual soldado Cortés le mandó ahorcar por sentencia, y cómo se herraron los esclavos y se apercibio todo el real y los pueblos de nuestros amigos, y se hizo alarde y ordenanzas, y otras cosas que mas pasaron allí como adelante dire.

Capítulo 70
Cómo Cortés mandó a todos los pueblos nuestros amigos que estaban cercanos de Tezcuco que hiciesen almacen de saetas y casquillos de cobre para ellas, y lo que en nuestro real se ordeno.

Capítulo 71
Cómo se hizo alarde en la ciudad de Tezcuco en los patios mayores de aquella ciudad, y los de a caballo y ballesteros y escopeteros y soldados que se hallaron, y las ordenanzas que se pregonaron, y otras cosas más que se hicieron allí.

Capítulo 72
Cómo Cortés mandó que fuesen tres guarniciones de soldados a caballo y ballesteros y escopeteros por tierra a poner cerco a la gran ciudad de México, y los capitanes que nombró ara cada guarnición, y los soldados y de a caballo y ballesteros y escopeteros que les repartió, los sitios en que sentaríamos nuestros reales.

Capítulo 73
Cómo Cortés mandó repartir los doce bergantines, y mandó se sacase gente del más pequeño bergantín, el busca ruido, y lo que más pasó.

Capítulo 74
De la manera que peleamos, y de muchas batallas que los mexicanos nos daban. Y las pláticas que con ellos tuvimos, y de cómo nuestros amigos se nos fueron a sus pueblos y de otras cosas más.

Capítulo 75
Cómo Cortés envió tres principales mexicanos que se habían prendido en las batallas pasadas a rogar a Guatemuz que tuviésemos paces, y lo que Guatemuz respondió. Y de otras cosas que pasaron.

Capítulo 76
Cómo Guatemuz tenía concertado con las provincias de Mataltzingo y Tulapa y Malinalco y otros pueblos que le viniesen a ayudar y diesen ennuestro real, que es el de Tacuba, y en el de Cortés, y que saldría todo el poder de México, entretanto que peleasen con nosotros, y nos darían por las espaldas. Y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 77
Cómo Gonzalo de Sandoval entro con los doce bergantines a la parte que estaba Guatemuz y se prendió. Y de todo lo más que sobre ello paso.

Capítulo 78
Cómo después de ganada la muy gran ciudad de México y preso Guatemuz y sus capitanes, lo que don Hernando mando que en ello se hiciese.

Capítulo 79
Cómo vinieron cartas a Cortés como en el puerto de la Veracruz había llegado Cristobal de Tapia con dos navíos, y traía provisiones de Su Majestad para que gobernase la Nueva España. Y lo que sobre ello se acordo y luego se hizo.

Capítulo 80
Cómo Gonzalo de Sandoval Llegó con su ejército a un pueblo que se dice Tustepeque, y lo que allí hizo, y después pasó a Guazacualco, y todo lo más que le vino; entiéndase que uno es Tustepeque y que otro es Tututepeque, que son dos.

Capítulo 81
Cómo vino Francisco de Garay de Jamaica con grande armada para Pánuco, y lo que acontecía. Y muchas cosas que pasaron que luego dire.

Capítulo 82
Cómo Cortés envió a Pedro de Alvarado a la provincia de Guatemala para que poblase una villa y los atrajese de paz, y lo que sobre ello se hizo.

Capítulo 83
Cómo Cortés envió una armada para que pacificase y conquistase las provincias de Hibueras y Honduras, y envió por capitán a Cristobal de Olid. Y otras cosas que pasaron diré adelante.

Capítulo 84
Cómo fueron ante Su Majestad Pánfilo de Narváez y Cristobal de Tapia y un piloto que se decía Gonzalo de Imbria, y otro soldado que se llamaba Cárdenas, y con favor del Obispo de Burgos, y aunque no tenía cargo de entender en cosas de Indias, que ya le habían quitado el cargo y se estaba en Toro, todos los por mi memorados dieron ante Su Majestad el Emperador muchas quejas de Cortés, y lo que sobre ello pasó diré adelante.

Capítulo 85
En lo que Cortés entendio después que le vino la gobernación de la Nueva España, cómo y de qué manera repartió los pueblos de indios, y otras cosas que pasaron. Y una manera de platicar entre personas doctas que sobre ello dijeron.

Capítulo 86
Cómo el capitán Hernando Cortés envió a Castilla a Su Majestad ochenta mil pesos en oro y plata, y envió un tiro que era una culebrina muy ricamente labrada de muchas figuras, y en toda ella, y en la mayor parte, era de oro bajo revuelto con plata de Michoacán, que por nombre se decía El Fenix, y también envió a su padre, Martín Cortés, sobre cinco mil pesos de oro. Y de otras cosas que sobre ello avino adelante diré.

Capítulo 87
Cómo vinieron al puerto de la Veracruz doce frailes franciscos de muy santa vida, y venía por su vicario y guardian fray Martín de Valencia, y era tan buen religioso que había fama que hacía milagros; era natural de una villa de tierra de campos que se dice Valencia de don Juan. Y sobre lo que en su venida el capitán Cortés hizo.

Capítulo 88
Cómo sabiendo Cortés que Cristobal de Olid se había alzado con la armada y había hecho compañía con Diego Velázquez, gobernador de Cuba, envió contra él a un capitán que se decía Francisco de las Casas. Y lo que sucedió diré luego.

Capítulo 89
Cómo Hernando Cortés salió de México para ir camino de las Hibueras en busca de Cristobal de Olid y de Francisco de las Casas y de los demás capitanes y soldados que envió; y de los caballeros y que capitanías sacó de México para ir en su compañía, y del aparato y servicio que llevó hasta llegar a la villa de Guazcualco. Y de otras cosas que pasaron y lo que luego se hizo.

Capítulo 90
De lo que Cortés ordenó después que se volvió el factor y veedor a México, y del trabajo que llevamos en el largo camino, y de los grandes puentes que hicimos, y hambre que pasamos en dos años y tres meses que tardamos en el viaje.

Capítulo 91
En lo que Cortés entendió después de llegado a Acala, y como en otro pueblo más adelante, sujeto al mismo Acala, mando ahorcar a Guatemuz, gran cacique de México, y a otro cacique, señor de Tacuba, y la causa por qué. Y otras cosas más que pasaron sobre ello que diré adelante.

Capítulo 92
Cómo Cortés entró en la villa adonde estaban poblados los de Gil de Avila, y de la gran alegría que los vecinos hubieron, y lo que Cortés ordenó.

Capítulo 93
Cómo Cortés se embarcó con todos los soldados, cuantos había traido en su compañía y los que habían quedado en San Gil de Buena Vista, y fue a poblar a donde ahora llaman Puerto de Caballos, y le puso nombre La Natividad, y otras cosas que pasaron y que diré lo que allí se hizo.

Capítulo 94
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval comenzó a pacificar aquella provincia de Naco, y lo que más se hizo. Y de otras cosas más que pasaron.

Capítulo 95
Cómo Cortés desembarcó en el Puerto de Trujillo, y cómo todos los vecinos de aquella villa lo salieron a recibir y se holgaron mucho de que hubiera ido. Y de lo más que allí hizo Cortés.

Capítulo 96
Cómo el capitán Gonzalo de Sandoval, que estaba en Naco, prendió a cuarenta soldados españoles que venían de a provincia de Nicaragua y hacían mucho daño y robos a los indios de los pueblos por donde pasaban. Y otras cosas más.

Capítulo 97
Cómo el Licenciado Zuazo envió una carta desde la Habana al capitán Hernando Cortés, y lo que esa carta contenía es lo que ahora diré.

Capítulo 98
Cómo yendo Cortés por la mar la derrota de México tuvo tormenta y dos veces tornó (a) arribar al Puerto de Trujillo, y lo que allí le avino.

Capítulo 99
Cómo Cortés envió un navío a la Nueva España y por capitán de él a un criado suyo que se decía Martín Dorantes, y con cartas y poderes para que gobernasen Francisco de las Casas y Pedro de Alvarado, si allí estuviesen, y si no que gobernase Alonso Estrada y Albornoz, hasta él volver.

Capítulo 100
Cómo el tesorero con otros muchos caballeros rogaron a los frailes franciscos que enviasen a un fray Diego Altamirano, que era deudo de Cortés, que fuese en un navío a Trujillo y lo hiciese venir, y lo que en ello sucedió diré luego.

Capítulo 101
Cómo Cortés se embarcó en la Habana para ir a la Nueva españa y con buen tiempo llego a la Veracruz, y de las alegrias que todos hicieron con su venida a estas tierras, y lo que luego paso.

Capítulo 102
Cómo vinieron cartas a Cortés de España del Cardenal de Sigüenza, don Garcia de Loaisa, que era a Castilla, y le trajeron nuevas que era muerto su padre, Martín Cortés, y el pesar que de ello tuvo, y otras cosas.

Capítulo 103
Cómo entretanto que Cortés estaba en Castilla con el título de Marqués del Valle vino la Real Audiencia a Nueva España y en lo que entndio.

Capítulo 104
Cómo llegó la Real Audiencia a la Nueva españa y lo que se hizo muy justificadamente en México.

Capítulo 105
Cómo vino don Hernando Cortés, Marqués del Valle, de España, casado con la señora doña Juana de Zuñiga y con título de Marqués del Valle y Capitán General de la Nueva España y de la Mar del Sur, y del recibimiento que aquí se le tributo.

Capítulo 106
De los gastos que el Marqués don Hernando Cortés hizo en las armadas que envió a descubrir y cómo en lo demás que hizo no tuvo ventura.

Capítulo 107
Cómo en México se hicieron grandes fiestas y banquetes y alegria de las paces del cristianisimo emperador Nuestro Señor, de gloriosa memoria, con el rey don Francisco de Francia, cuando las vistas que tuvieron sobre Aguas Muertas.

Capítulo 108
De lo que el Marqués del valle don Hernando Cortés hizo después que estuvo en Castilla.

Capítulo 109
De las cosas que aquí van declaradas cerca de los méritos que tenemos los verdaderos conquistadores, las cuales serán apacibles de oirlas.

Capítulo 110
Cómo los indios de toda la Nueva España tenían muchos sacrificios y torpedades, y se los quitamos y les impusimos en las cosas santas de la fe.

Capítulo 111
Cómo pusimos en muy buenas y santas doctrinas a los indios de la Nueva España, y de su conversión, y de cómo se bautizaron y volvieron a nuestra santa fe, y les enseñamos oficios que se usan en Castilla y a tener y administrar justicia.

Capítulo 112
De otras cosas y provechos que se han seguido de nuestras ilustres conquistas y duros trabajos.

Capítulo 42
De la prisión del gran Montezuma y de otras cosas más que sobre dicha prisión nos acontecieron.

Como teníamos acordado el día antes de prender a Montezuma, toda la noche estuvimos en oración rogando a Dios que fuese de tal manera que redundase para su santo servicio, y otro día de mañana fue acordado de la manera que había de ser. Llevó consigo Cortés cinco capitanes, que fueron Pedro de Alvarado, y Gonzalo de Sandoval, Juan Velázquez de León, y Francisco de Lugo y Alonso de Avila, y a mí, y con nuestras lenguas doña Marina y Aguilar; y todos nosotros mandó que estuviésemos muy a punto y los de a caballo ensillados y enfrenados. En lo de las armas no había necesidad de ponerlo yo aquí por memoria, porque siempre de día y de noche, estamos armados y calvados nuestros alpargates, que en aquella sazón era nuestro calzado, y cuando solíamos ir a hablar a Montezuma, siempre nos veia armados de aquella manera, y esto digo puesto que Cortés con los cinco capitanes iban con todas sus armas para prenderle, no lo tenía Montezuma por cosa nueva ni se alteraba de ello. Ya puestos a punto todos, envióle nuestro capitán a hacerle saber cómo iba a su palacio, porque así lo tenía por costumbre, y no se alterase viéndolo ir de sobresalto. Y Montezuma bien entendió, poco más o menos, que iba enojado por lo de Almería, y no (lo) tenía en una castañeta, y mandó que fuese mucho en buena hora. Y como entró Cortés, después de haberle hecho sus acatos acostumbrados, le dijo con nuestras lenguas: Señor Montezuma, muy maravillado de vos estoy que siendo tan valeroso príncipe y haberse dado por nuestro amigo, mandar a vuestros capitanes que teníais en la costa cerca de Tuzapán que tomasen armas contra mis españoles, y tener atrevimiento de robar los pueblos que están en guarda y mamparo de nuestro rey y señor, y demandarles indios e indias para sacrificar, y matar un español, hermano mío, y un caballo. No le quiso decir del capitán ni de los seis soldados, que murieron luego que llegaron a la Villa Rica, porque Móntezuma no lo alcanzó a saber, ni tampoco lo supieron los indios capitanes que les dieron la guerra; y más le dijo Cortés: que teniéndole por tan su amigo, mandé a mis capitanes que en todo lo que posible fuese os sirviesen y favoreciesen, y vuestra merced por el contrario no lo ha hecho, y asimismo en lo de Cholula tuvieron vuestros capitanes con gran copia de guerreros ordenado por vuestro mandado que nos matasen. Helo disimulado lo de entonces por lo mucho que os quiero, y asi mismo ahora vuestros vasallos y capitanes se han desvergonzado y tienen pláticas secretas que nos queréis mandar matar; por estas causas no querría encomenzar guerra ni destruir esta ciudad. Conviene que para todo se excusar que luego, callando y sin hacer ningún alboroto, se vaya con nosotros a nuestro aposento, que allí seréis servido y mirado muy bien como en vuestra propia casa. Y que si alboroto o voces daba, que luego sería muerto de estos mis capitanes, que no los traigo para otro efecto.

Y cuando esto oyó Montezuma, estuvo muy espantado y sin sentido, y respondió que nunca tal mandó que tomasen armas contra nosotros, y que enviaría luego a llamar sus capitanes y se sabría la verdad y los castigaría. Y luego en aquel instante quitó de su brazo y muñeca el sello y señal de Uichilobos, que aquello era cuando mandaba alguna cosa grave y de peso, para que se cumpliese, y luego se cumplía. Y en lo de ir preso y salir de sus palacios contra su voluntad, que no era persona la suya para que tal le mandase, y que no era su voluntad salir. Y Cortés le replicó muy buenas razones, y Montezuma le respondió muy mejores, y que no había de salir de sus casas; por manera que estuvieron más de media hora en estas pláticas. Y desde que Juan Velázquez de León y los demás capitanes vieron que se detenía con él y no veían la hora de haberlo sacado de sus casas y tenerlo preso, hablaron a Cortés algo alterados y dijeron: ¿Qué hace vuestra merced ya con tantas palabras?, o lo llevamos preso, o darle hemos de estocadas. Por eso, tómele a decir que si da voces o hace alboroto que le mataremos porque más vale que de esta vez aseguremos nuestras vidas o las perdamos.

Y como Juan Velázquez lo decía con voz algo alta y espantosa, porque así era su hablar, y Montezuma vió a nuestros capitanes como enojados, preguntó a doña Marina que qué decían con aquellas palabras altas, y como doña Marina era muy entendida, le dijo: Señor Montezuma: lo que yo os aconsejo es que vais luego con ellos a su aposento, sin ruido ninguno, que yo sé que os harán mucha honra, como gran señor que sois, y de otra manera aquí quedaréis muerto, y en su aposento se sabrá la verdad. Y entonces Montezuma dijo a Cortés: Señor Malinche: ya que eso queréis que sea, yo tengo un hijo y dos hijas legítimos. tomadlos en rehenes, y a mí no me hagáis esta afrenta. ¿Qué dirán mis principales si me viesen llevar preso? Tornó a decir Cortés que su persona había de ir con ellos, y no había de ser otra cosa; y en fin de muchas razones que pasaron, dijo que él iría de buena voluntad. Y entonces Cortés y nuestros capitanes le hicieron muchas quiricias y le dijeron que le pedían por merced que no hubiese enojo y que dijese a sus capitanes y a los de su guarda que iba de su voluntad, porque había tenido plática de su ídolo Uichilobos y de los papas que le servían que convenía para su salud y guardar su vida estar con nosotros. Y luego le trajeron sus ricas andas, en que solía salir con todos sus capitanes que le acompañaron; fue a nuestro aposento, donde le pusimos guardas y velas. Y todos cuantos servicios y placeres que le podíamos hacer, así Cortés como todos nosotros, tantos le hacíamos, y no se le echó prisiones ningunas.

Y luego le vinieron a ver todos los mayores principales mexicanos y sus sobrinos a hablar con él y a saber la causa de su prisión, y si mandaba que nos diesen guerra. Y Montezuma les respondía que él holgaba de estar algunos días allí con nosotros de buena voluntad y no por fuerza y que cuando él algo quisiese que se lo diría, y que no se alborotasen ellos ni la ciudad, ni tomasen pesar de ello, porque esto que ha pasado de estar allí, que su Uichilobos lo tiene por bien, y se lo han dicho ciertos papas que lo saben, que hablaron con su ídolo sobre ello. Y de esta manera que he dicho fue la prisión del gran Montezuma; y allí donde estaba tenia su servicio y mujeres, y baños en que se bañaba, y siempre a la contina estaban en su compañia veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo a estar preso sin mostrar pasión en ello, y allí venían con pleitos embajadores de lejanas tierras y le traían sus tributos, y despachaba negocios de importancia.

Acuérdome que cuando venían ante él grandes caciques de lejas tierras, sobre términos o pueblos, u otras cosas de aquel arte, que por muy gran señor que fuese se quitaba las mantas ricas y se ponía otras de henequén y de poca valía, y descalzo había de venir; y cuando llegaba a los aposentos, no entraba derecho, sino por un lado de ellos, y cuando parecía delante del gran Montezuma, los ojos bajos en tierra, y antes que a él llegasen le hacían tres reverencias y le decían: Señor, mi señor, y mi gran señor; entonces le traían pintado y dibujado el pleito o embarazo sobre que venían, en unos paños y mantas de henequén, y con unas varitas muy delgadas y pulidas le señalaban la causa del pleito: y estaban allí junto a Montezuma dos hombres viejos, grandes caciques, y después que bien habían entendido el pleito, aquellos jueces se lo decían a Montezuma, la justicia que tenía; con pocas palabras los despachaba y mandaba quien había de llevar las tierras o pueblos, y sin más replicar en ello se salían los pleiteantes, sin volver las espaldas, y con las tres reverencias se salían hasta la sala, y después que se veían fuera de su presencia de Montezuma se ponían otras mantas ricas y se paseaban por México.

Y dejaré de decir al presente de esta prisión, y digamos cómo los mensajeros que envió Montezuma con su señal y sello a llamar sus capitanes que mataron nuestros soldados, vinieron ante él presos, y lo que con ellos habló yo no lo sé, mas que se los envió a Cortés para que hiciese justicia de ellos; y tomada su confesión sin estar Montezuma delante, confesaron ser verdad lo atrás ya por mí dicho, y que su señor se lo había mandado que diesen guerra y cobrasen los tributos, y que si algunos teules fuesen en su defensa, que también les diesen guerra o matasen. Y vista esta confesión por Cortés, envióselo a hacer saber a Montezuma cómo le condenaban en aquella cosa; y él se disculpó cuanto pudo. Y nuestro capitán le envió a decir que así lo creía, que puesto que merecía castigo, conforme a lo que nuestro rey manda, que la persona que manda matar a otros, sin culpa o con culpa, que muera por ellos; mas que le quiere tanto y le desea todo bien, que ya que aquella culpa tuviese, que antes la pagaría él, Cortés, por su persona, que vérsela pasar a Montezuma. Y con todo esto que le envió a decir, estaba temeroso. Y sin más gastar razones, Cortés sentenció a aquellos capitanes a muerte y que fuesen quemados delante los palacios de Montezuma, y así se ejecutó la sentencia. Y por que no hubiese algún embarazo entre tanto que se quemaban, mandó echar unos grillos al mismo Montezuma. Y desde que se los echaron, él hacía bramuras, y si de antes estaba temeroso, entonces estuvo mucho más.

Y después de quemados fue nuestro Cortés con cinco de nuestros capitantes a su aposento, y él mismo le quitó los grillos y tales palabras le dijo y tan amorosas, que se le pasó luego el enojo; porque nuestro Cortés le dijo que no solamente le tenía por hermano, sino mucho más; y que como es señor y rey de tantos pueblos y provincias, que si él podía, el tiempo andando, le haría que fuese señor de más tierras de las que no ha podido conquistar ni le obedecían y que si quiere ir a sus palacios, que le da licencia para ello. Y decíaselo Cortés con nuestras lenguas, y cuando se lo estaba diciendo Cortés, parecía que se le saltaban las lágrimas de los ojos a Montezuma. Y respondió con gran cortesía que se lo tenia en merced. Empero bien entendió que todo era palabras, las de Cortés, y que ahora al presente que convenía estar allí preso, porque, por ventura, como sus principales son muchos y sus sobrinos y parientes le vienen cada día a decir que será bien darnos guerra y sacado de prisión, que desde que le vean fuera que le atraerán a ello, y que no quería ver en su ciudad revueltas, y que si no hace su voluntad, por ventura querrán alzar a otro señor, y que él les quitaba aquellos pensamientos con decirles que su dios Uichilobos se lo ha enviado a decir que esté preso. Y a lo que entendimos, y lo más cierto, Cortés había dicho a Aguilar que le dijese secreto que aunque Malinche le mandase salir de la prisión, que los demás de nuestros capitanes y soldados no querríamos. Y después que aquello lo oyó Cortés, le echó los brazos encima y le abrazó y dijo: No en balde, señor Montezuma, os quiero tanto como a mí mismo.

Y luego Montezuma le demandó a Cortés un paje español que le servía, que sabía ya la lengua, que se decía Orteguilla, y fue harto provechoso, así para Montezuma como para nosotros, porque de aquel paje inquiría y sabía muchas cosas de las de Castilla, Montezuma, y nosotros de lo que le decían sus capitanes. y verdaderamente le era tan buen servicial el paje, que lo quería mucho Montezuma. Dejemos de hablar de cómo estaba ya Montezuma algo contento con los grandes halagos y servicios y conversación que con todos nosotros tenía, porque siempre que ante él pasábamos, y aunque fuese Cortés, le quitábamos los bonetes de armas o cascos que siempre estábamos armados, y él nos hacia gran mesura y honraba a todos.

Y digamos los nombres de aquellos capitanes de Montezuma que se quemaron por justicia. El principal se decía Quetzalpopoca, y los otros se decían el uno Coate y el otro Quiavit; el otro no me acuerdo el nombre, que poco va en saber sus nombres. Y digamos que como este castigo se supo en todas las provincias de la Nueva España, temieron, y los pueblos de la costa adonde mataron nuestros soldados volvieron a servir muy bien a los vecinos que quedaban en la Villa Rica. Y han de considerar los curiosos que esto leyeren tan grandes hechos que entonces hicimos: dar con los navíos al través; lo otro osar entrar en tan fuerte ciudad, teniendo tantos avisos que allí nos habían de matar después que dentro nos tuviesen; lo otro, tener tanta osadía, osar prender al gran Montezuma, que era rey de aquella tierra, dentro de su gran ciudad, y en sus mismos palacios, teniendo tan gran número de guerreros de su guarda, y lo otro, osar quemar sus capitanes delante sus palacios y echarle grillos entre tanto que se hacía la justicia.

Muchas veces, ahora que soy viejo, me paro a considerar las cosas heroicas que en aquel tiempo pasamos, que me parece las veo presentes, y digo que nuestros hechos que no los hacíamos nosotros, sino que venían todos encaminados por Dios; porque ¿qué hombres (ha) habido en el mundo que osasen entrar cuatrocientos soldados (y aun no llegábamos a ellos), en una fuerte ciudad como es México, que es mayor que Venecia, estando apartados de nuestra Castilla sobre más de mil quinientas leguas, y prender a un tan gran señor y hacer justicia de sus capitanes delante de él? Porque hay mucho que ponderar en ello, y no así secamente como yo lo digo. Pasaré adelante y diré cómo Cortés despachó lueqo otro capitán que estuviese en la Villa Rica como estaba Juan Escalante que mataron.

Cortés envió a la Villa Rica por teniente y capitán a un hidalgo que se decía Alonso de Grado, e hizo alguacil mayor a Gonzalo de Sandoval, y como Alonso de Grado llegó a la villa, mostró mucha gravedad con los vecinos y quería hacerse servir de ellos como gran señor y con los pueblos que estaba de paz, que fueron más de treinta, enviaba a demandarles joyas de oro e indias hermosas, y en la fortaleza no se le daba nada para entender en ella. En lo que gastaba el tiempo era en bien comer y jugar, y sobre todo esto que fué peor que lo pasado, secretamente convocaba a sus amigos y a los que no lo eran para que si viniese aquella tierra Diego Velázquez, de Cuba, o cualquier de su capitán, de darle la tierra y hacerse con él. Todo lo cual muy en posta se lo hicieron saber por cartas a Cortés a México, y como lo supo hubo enojo consigo mismo por haber enviado a Grado, conociéndole sus malas entrañas y condición dañada. Y como tenía siempre en el pensamiento que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, por una parte o por otra había de alcanzar a saber cómo habíamos enviado nuestros procuradores a Su Majestad, y que no le acudiríamos a cosa ninguna, y que por ventura enviaría armada y capitanes contra nosotros, parecióle que sería bien poner hombre de quien fiar el puerto y la villa y envió a Gonzalo de Sandoval, que ya era alguacil mayor por muerte de Juan de Escalante, y llevó en su compañía a Pedro de Ircio, aquel de quien cuenta el coronista Gómara que iba a poblar el Pánuco.

Gonzalo de Sandoval llegó a la Villa Rica y luego envió preso a México con indios que le guardasen a Alonso de Grado, porque así se lo mandó Cortés.

No quiero dejar de traer aquí a la memoria cómo Cortés le mandó a Gonzalo de Sandoval que así como llegase a la Villa Rica, le enviase dos herreros con todos sus aparejos de fuelles y herramientas y mucho hierro de los de los navíos que dimos al través, y las dos cadenas grandes de hierro que estaban ya hechas, y que enviase velas y jarcias, y pez y estopa, y una aguja de marear, y todo otro cualquier aparejo para hacer dos bergantines para andar en la laguna de México, lo cual se lo envió Sandoval muy cumplidamente.