Manco Inca

 
 
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Inca

1515 - 1544

Manco Inca

Ampliar imagenEstatua en Ollantaytambo

Los Incas de Vilcabamba
Choquequirao

El valle de Vilcabamba situado entre los ríos Apurímac y Urubamba, en una zona de muy difícil acceso, constituyó el último bastión de resistencia Inca frente a la invasión española. La inició Manco Inca y la continuarían sucesivamente tres de sus hijos.

En la imagen la fortaleza de Choquequirao.

Los cuatro rebeldes:
Manco Inca (1533 - 1544)
Sayri Túpac (1544 - 1558)
Titu Cusi Yupanqui (1558 - 1570)
Túpac Amaru (1570 - 1572)
Videos. "Sucedió en el Perú" (TV Perú):
El inicio de la Rebelión. Duración 10:01
Manco Inca y Sayri Túpac. Duración 07:53
Titu Cusi y Túpac Amaru. Duración 07:22
Hijo de Huayna Cápac y hermanastro de Atahualpa y Huáscar, al parecer se mantuvo al margen de las disputas por el trono que sostuvieron éstos al morir su padre.

En 1533, tras el asesinato de Huáscar, ordenado por Atahualpa, y el de éste por Francisco Pizarro, fue reconocido como inca Túpac Huallpa, quien a los pocos meses fue envenenado por el general quiteño Calcuchimac. Ante este nuevo magnicidio, Manco Inca se alió con los españoles en la lucha contra los quiteños comandados por Quisquis uno de los principales generales de Atahualpa.

Francisco Pizarro, convencido de no ser aceptado por el pueblo vencido y de no poder ganar la confianza de aquellas gentes, decidió entronizar a Manco Inca. Este anuncio fue recibido con entusiasmo por el pueblo que amaba la memoria de su ilustre padre y se complacía de ser gobernado por un monarca de la antigua rama del Cuzco.

Se observaron escrupulosamente las ceremonias de la coronación, el joven príncipe guardó las vigilias y los ayunos prescritos, en el día señalado los nobles, el pueblo y toda la tropa española se reunieron en la gran plaza del Cuzco para terminar la ceremonia. El padre Valverde celebró la misa, y Manco Inca recibió la mascaypacha de las manos de Pizarro.

Despues los indios prestaron su obediencia en la forma acostumbrada, y luego el notario real leyó un documento en que se aseguraba la supremacía de la corona de Castilla y se exigió a todos los presentes que rindieran homenaje a su autoridad.

Explicado el documento por un intérprete, se verificó la ceremonia del homenaje, saludando a la bandera de Castilla con la mano. Luego, Manco Inca brindó con Pizarro en una copa de oro con chicha, el jefe español despues de haber abrazado cordialmente al nuevo monarca, dio la señal a las trompetas para anunciar el fin de la ceremonia. Sus sonidos eran de humillación, anunciaban que los extranjeros habían tomado los palacios incas, que la ceremonia de la coronación era una farsa, que el príncipe solo era un instrumento en manos del conquistador, y que la gloria de los hijos del Sol había desaparecido.

El pueblo se dejó llevar fácilmente de sus ilusiones y se apresuró a aceptar esta imagen de su antigua independencia. El advenimiento del joven monarca al trono fue solemnizado con las fiestas y regocijos de costumbre. Sacáronse a la plaza con gran pompa las momias de sus regios antepasados, cubiertas de los ornamentos que se les hablan dejado y servidas por numeroso séquito que desempeñaba para con ellas todos los oficios que hubieran desempeñado para con los vivos. Cada uno de los cadáveres fue colocado en su silla delante de la mesa del banquete.

Los abusos españoles pronto comenzaron, tenían constantes demandas de oro y plata, e intolerancia con las creencias e instituciones locales. Manco Inca, ofendido profundamente con las humillaciones a que estaba expuesto, reclamó reiteradamente ante Pizarro. Este desestimaba con evasivas, los reclamos eran incompatibles con sus proyectos ambiciosos. El joven inca debía esperar la hora de la venganza.

La rebelión

En abril de 1536 y tras los saqueos que caracterizaron la toma del Cuzco, Manco Inca se enfrentó abiertamente a los españoles. Ante esta actitud fue mantenido cautivo en su palacio. Un día el Inca, después de haber prometido a Hernando Pizarro traerle unas estatuas de oro macizo, pudo dejar la ciudad y se dirigió a Yucay donde convocó un gran ejército, abriendo tres frentes: una expedición de castigo a los pueblos huancas del valle de Mantaro (por apoyar a Pizarro y sus hombres), otra contra la población de Lima y una tercera y muy importante contra el Cuzco, al que mantuvo bajo sitio durante casi un año.

Con su ataque a la capital del Cuzco, en el cual la mayor parte de ella fue demolida, dio un golpe terrible a las armas de Pizarro y por un momento la suerte de los conquistadores estuvo en suspenso en la balanza del destino. Aunque derrotado al fin por la ciencia superior de su adversario, continuó con frecuentes excursiones a las plantaciones vecinas, destruía las construcciones, daba muerte a los habitantes, y se llevaba los ganados. Otras veces atacaba a los viajeros que caminaban solos o en pequeñas caravanas. Varios destacamentos fueron enviados contra él, de unos escapó, y a otros derrotó.

Luego Manco Inca se retiró a Ollantaytambo. Hernando Pizarro trató de capturarlo. Eligió unos ochenta de sus mejores caballos con un pequeño cuerpo de infantes, y dando un largo rodeo por los desfiladeros menos frecuentados de la montana llegó delante de Tambo sin ser notado por el enemigo. Pero encontró la plaza más fortificada de lo que creía. El palacio, o más bien el fuerte de los incas, estaba situado en un promontorio, cuyos escarpados lados, por el punto a que se aproximaron los españoles, estaban cortados en mesetas defendidas por fuertes muros de piedra y adobes. Por aquel sitio la plaza era inexpugnable. Por el lado opuesto que miraba hacia el Yucay, el terreno descendía en gradual declive hasta la llanura en que corre aquel río por una margen estrecha pero de mucha profundidad. Este era el punto mas susceptible de ataque.

Los españoles cruzando la corriente con gran dificultad, al acercarse a las defensas exteriores, que como en la fortaleza del Cuzco consistían en un parapeto de piedra de gran magnitud construido alrededor del recinto, apresuró el paso confiando encontrar a la guarnición sepultada todavía en el sueño. Pero millares de ojos estaban fijos en él; y así que los españoles llegaron a tiro de flecha, levantáronse de repente detras del parapeto multitud de oscuras formas, mientras que Manco Inca a caballo y con una lanza en la mano dirigía las operaciones.

Al mismo tiempo se oscureció el aire con innumerables piedras, javelinas y flechas y caían como un huracán sobre las tropas mientras las vecinas montañas retumbaban con el salvaje grito de guerra del enemigo. Los españoles, tomados de sorpresa, y muchos de ellos gravemente heridos, se desordenaron, y aunque inmediatamente volvieron a estrechar sus filas e hicieron dos tentativas para renovar el asalto, se vieron por último obligados a retroceder, no pudiendo resistir la violencia de la tempestad. Para aumento de confusión el terreno más bajo adonde se retiraban estaba inundado por las aguas del río, pues los indios abriendo las compuertas le habían hecho salir de madre.

Retrato de Huaman Poma

Dibujo de Guaman Poma de Ayala en "Nueva crónica y buen gobierno" (1615).

No era posible ya sostenerse en aquella posición. Celebróse un consejo de guerra y se decidió abandonar el ataque como desesperado y retirarse en el mejor orden posible.

En estos vanos esfuerzos se había pasado el día, Hernando aprovechándose de la oscuridad de la noche, envió delante la infantería y los bagajes, tomó el mando del centro, y confió la retaguardia a su hermano Gonzalo. Cruzóse de nuevo el río sin accidente, aunque el enemigo confiando en su fuerza salió de sus parapetos y siguió a los españoles incomodándoles con repetidas descargas de flechas.

Más de una vez les estrecharon tanto que Gonzalo Pizarro y su caballería se vieron obligados a volver caras y a dar desesperadas cargas que castigaban su atrevimiento y paralizaban por algún tiempo la persecución.

Pero el enemigo, victorioso todavía, continuó picando la retaguardia de los españoles hasta que estos salieron de los desfiladeros y llegaron a dar vista a los ennegrecidos muros de la capital. Este fue el último triunfo del Inca.

Vilcabamba

A pesar de la victoria, Manco consideró que debía replegarse a la región montañosa de Vilcabamba, al norte del Cuzco, donde los incas tenían una serie de establecimientos, para replantear su estrategia y asimilar la nueva situación.

Manco Inca se estableció en Vilcabamba y a pesar de que los españoles conocían su paradero no fueron tras él debido a que se encontraban en guerras intestinas por el control político del territorio y posteriormente por la guerra entre los encomenderos y los representantes de la corona española. No le dieron mucha importancia a la presencia de Manco Inca y su hueste pues sabían que su accionar era limitado y su poder de convocatoria había disminuido.

Así pasaron casi 30 años que en este reducto incaico pervivió una parte de la élite incaica. Vilcabamba era de alguna manera una fortaleza natural rodeada de abismos y cañones. Sus principales centros poblados eran Vitcos (Rosaspata o Ñustahispanan) y Espíritu Pampa (la posible "Vilcabamba la Vieja" de la que hablan las crónicas). Desde allí Manco gobernó una especie de gobierno inca en el exilio, manteniendo las instituciones, ritos y tradiciones andinas y lanzando eventuales incursiones contra los españoles cuya influencia se extendía inexorablemente entre las antiguas naciones andinas que los incas conquistaron.

Durante las disputas que entonces surgieron entre los conquistadores Pizarro y Almagro, Manco acogió a un grupo de almagristas bajo su tutela pero fue traicionado y asesinado por ellos en 1544, lo sucedería su hijo Sayri Túpac.


Fuentes:

Historia de la conquista del Perú ~ Guillermo H. Prescott. Madrid. 1851

Juan de Betanzos: El gran cronista del Imperio Inca
Mª Carmen Martín Rubio. Universidad Complutense Madrid