Atahualpa

 
 
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Atahualpa

Ampliar imagenObra del pintor, escritor e historiador peruano Amilcar Salomón Zorrilla.

Inca

1500 - 1533

Los Sapa Inca

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Hijo del emperador Huayna Cápac y de Túpac Paclla, princesa de Quito.

Cuando Atahualpa contaba con dieciséis años de edad, su padre decide dejar el Cuzco y marchar con él y su hermano Ninan Cuyochi hacia Quito al mando de 50.000 soldados, dejando a su hijo Huáscar en Cuzco junto a sus hermanos Paullo Túpac y Manco Inca.

En Quito Huayna Cápac encarga a Atahualpa la conquista de la región del Yaguarcocha junto a 20.000 soldados. En la batalla Atahualpa sufre una derrota, por lo que tuvo que retirarse del combate, recibiendo finalmente el apoyo de las tropas de su padre.

Atahualpa participa en la lucha donde tiene por misión proteger la retirada de los orejones en el asalto a la fortaleza de los caranguis.

Antes de morir Huayna Cápac, decidió dejarle el reino de Quito, la parte septentrional del Imperio Inca, en perjuicio de su hermanastro Huáscar, el heredero legítimo, al cual correspondió el reino de Cuzco.

Aunque inicialmente las relaciones entre ambos reinos fueron pacificas, la madre del inca cuzqueño, Mama-Ragua-Ocllo, inició una campaña de intrigas e incitaciones con el objeto de que Huáscar se lanzara contra su hermano. La corte del Cuzco no admitía perder injerencia en tierras tan ricas como las de Quito.

Los hermanastros condujeron al imperio Inca a una guerra civil.

En 1532, informado de la presencia de los españoles en el norte del Perú, Atahualpa intentó sin éxito pactar una tregua con su hermanastro. Huáscar salió al encuentro del ejército quiteño, pero fue vencido en la batalla de Cotabamba y apresado en las orillas del río Apurímac cuando se retiraba hacia Cuzco.

Posteriormente, Atahualpa ordenó asesinar a buena parte de los familiares y demás personas de confianza de su enemigo y trasladar al prisionero a su residencia, en la ciudad de Cajamarca. En ese momento, el emperador inca recibió la noticia de que se aproximaba un reducido grupo de gentes extrañas, razón por la que decidió aplazar su entrada triunfal en Cuzco, hasta entrevistarse con los extranjeros.

El 15 de noviembre de 1532, los conquistadores españoles llegaron a Cajamarca y Francisco Pizarro, su jefe, concertó una reunión con el soberano inca. Al día siguiente, en sus andas reales, guarnecidas de multicolores plumas de papagayo y de láminas de oro y plata, a hombros de ochenta "orejones" vestidos de cortas túnicas azules, se presentó Atahualpa en la plaza de Cajamarca, seguido por su guardia de cañaris y por sus mejores tropas, al mando de Rumiñahui, así como de sus consejeros y altos funcionarios que se hacían transportar en bamboleantes hamacas. Le precedía un escuadrón de mil indios con túnicas de cuadros blancos y encarnados.

En la fortaleza, cuatro piezas de artillería disimuladas hábilmente, esperaban la señal de la matanza, y en las calles a la plaza se ocultaban tres grupos de caballería, al mando de Hernando Pizarro, Sebastián de Benalcázar y Hernando de Soto.

El dominico Valverde se acercó a las andas reales, acompañado del intérprete indio Felipillo y comenzó a exponer su requerimiento en el que intimaba al Inca la sumisión al Papa y a Carlos V. En medio de su perorata, el fraile le entregó su breviario explicándole la esencia de la doctrina cristiana. El Emperador arrojó el libro al suelo con un gesto y dijo, entre otras cosas: "...Tenéis por Dios a Cristo y decís que murió; pues yo adoro al Sol que no ha muerto jamás, no morirá..."

El fraile indignado se retiró apresuradamente a la fortaleza y fue a comunicar las palabras de Atahualpa a Pizarro y arengar a las tropas: "¡Los evangelios entierra, salid cristianos que yo os absuelvo!".

Los soldados emboscados empezaron a disparar y la caballería cargó contra los desconcertados e indefensos indígenas..

Los nativos no se defendieron, pues habían venido con ánimo de paz. Al filo de la espada perecieron los ochenta portadores de las andas reales. Los acompañantes del cortejo se dispersaron en medio de un confuso griterío. Al escuchar las trompetas y los cañones, su terror fue tan grande que derribaron uno de los muros de la ciudad en su huída.

Más de dos mil cadáveres quedaron en la plaza y los sobrevivientes huyeron a refugiarse en la Cordillera. Los españoles hicieron muchos prisioneros. Pizarro en persona, asió a Atahualpa por el cuello, del cual pendía un collar de esmeraldas, mientras que el soldado Astete le arrancaba la imperial borla carmesí.

La mañana siguiente, soldados españoles salieron como buitres a hurgar entre los muertos y a rematar los heridos en busca de objetos de valor. Así reunieron ochenta mil pesos de oro, siete mil marcos de plata y catorce esmeraldas. Francisco Pizarro se adueño de la gran placa de oro -con la figura del sol- que adornaba las andas de Atahualpa, y que pesó más de veinticinco mil castellanos. El asiento de las andas "era un hermoso tablón de oro" cubierto con un cojín de lana de varios colores todo guarnecido de piedras preciosas.

La codicia de Pizarro creció, le prometió vida y libertad si le llenaba una vez de oro y dos veces de plata el aposento de siete metros por cinco que le servía de prisión, hasta una línea blanca trazada en el muro "a la altura de un hombre con el brazo levantado". Atahualpa hace traer desde distintos puntos del imperio valiosos cargamentos, hecho que provocó que el afán de riquezas de los españoles aumentara.

A los pocos días, Atahualpa, temeroso de que sus captores pretendieran restablecer en el poder a Huáscar, ordenó desde su cautiverio el asesinato de su hermanastro.

Una denuncia del cacique de Cajamarca, quien acusaba a Atahualpa de haber usurpado el trono de Huáscar y de haber asesinado a su hermano, fue la excusa para instruirle proceso "un pésimamente organizado y peor escrito documento, esbozado por un sacerdote sin principios, un torpe notario sin conciencia y otros de igual talla", según relatara Fernández de Oviedo.

Fue condenado a la muerte en la hoguera, pena que el Inca vio conmutada por la de garrote, al abrazar la fe católica antes de ser ejecutado, el 26 de julio de 1533. La noticia de su muerte dispersó a los ejércitos incas que rodeaban Cajamarca, lo cual facilitó la conquista del imperio y la ocupación sin apenas resistencia de Cuzco por los españoles, en el mes de noviembre de 1533.

El primer ajedrecista americano.

Entre los conquistadores españoles el ajedrez era un signo de cultura, un pasaporte de hidalguía; en sus ocho meses y medio de cautiverio, Atahualpa aprende el juego; la tradición popular asegura que de haber permanecido ignorante no habría sido ejecutado.

Los capitanes Hernando de Soto, Juan de Rada, Francisco de Chaves, Blas de Atienza y el tesorero Riquelme se congregaban todas las tardes, en Cajamarca, en el aposento que sirvió de prisión al inca Atahualpa. Allí, para los cinco nombrados y tres o cuatro más, funcionaban dos tableros, toscamente pintados, sobre la respectiva mesa de madera. Las piezas eran hechas del mismo barro que empleaban los indígenas para la fabricación de idolillos y demás objetos de alfarería aborigen.

Atahualpa todas las tardes tomaba asiento junto a Hernando de Soto, su amigo y protector, sin dar señales de comprender el juego.

Una tarde, en las jugadas finales de una pareja partida entre Soto y Riquelme, hizo ademán Hernando de movilizar el caballo y el inca, tocándole ligeramente en el brazo, le dijo en voz baja:

-No, capitán, no ... ¡El castillo!

La sorpresa fue general. Hernando, después de breves segundos de meditación, puso en juego la torre, como le aconsejara Atahualpa, y pocas jugadas después sufría Riquelme inevitable mate.

Después de aquella tarde, y cediéndole siempre las piezas blancas en muestra de respetuosa cortesía, el capitán don Hernando de Soto invitaba al inca a jugar una sola partida, y al cabo de un par de meses jugaban de igual a igual.

Los otros ajedrecistas españoles, con excepción de Riquelme, invitaron también al inca: pero éste se excusó siempre de aceptar, diciéndoles por medio del intérprete Felipillo:

-Yo juego muy poquito y vuestra merced juega mucho.

La tradición dice que Atahualpa pagó con la vida el mate que por su consejo sufriera Riquelme en memorable tarde. En el famoso consejo de veinticuatro jueces, convocado por Pizarro, se impuso a Atahualpa la pena de muerte por trece votos a once. Riquelme fue uno de los trece que suscribieron la sentencia.

Tradiciones Peruanas Completas - Ricardo Palma


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