La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert Southey
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| I. Fábulas referentes a los omaguas. Una expedición equipada para el descubrimiento y conquista de El Dorado. Pedro de Ursúa, su capitán. Se adentra en el Orellana y es asesinado. |
En el año 1560, el río Orellana se convirtió en escenario de una de las tragedias más extrañas de la historia de América. Una horda de salvajes brasiles, primero vagando en busca de cobijo lejos del alcance de los portugueses, y más tarde huyendo de los enemigos que iban haciendo en su errar, acabó por abrirse paso, tras diez años de marcha, hasta la provincia de Quito. Entre los españoles del Perú nunca escasearon las historias sobre poderosos reinos del interior donde abundaba el oro, y tan fáciles de domeñar como el gran imperio que ya habían conquistado; para confirmar estas esperanzas corrió por el mundo el relato que de su periplo hicieron estos brasiles.
Se dijo que habían atravesado el país de los omaguas1, y que lo habían encontrado lleno de grandes ciudades en las que había calles enteras de orfebres; fueron acogidos amistosamente, y al ver los habitantes que tenían hierro, les preguntaron dónde lo habían conseguido; cuando respondieron que de una nación de hombres blancos con barba que vivían en la costa, hacia el este, los omaguas dijeron que otra nación como esa habitaba hacia el oeste, les dieron escudos recubiertos de oro e incrustados de esmeraldas a cambio de su hierro, y les pidieron que dijeran a esos blancos del oeste que acudieran para comerciar con ellos del mismo modo. En este grupo de errantes había dos portugueses, y no tendría nada de extraño que contribuyeran a engañar a una gente tan dispuesta a ser engañada.
La primera noticia que tenemos de los omaguas es la que dio Orellana de un jefe poderoso, a quien llamó Aomagua, que moraba en, o cerca de, las riberas del gran río, en la parte superior de su curso. El suyo era, al parecer, el territorio más rico y más civilizado de todos los que había atravesado Orellana; pero tanto era en apariencia su poder, que este había hecho poco más que poner el pie en sus tierras. La siguiente relación llegó de Venezuela y del Nuevo Reino. Felipe de Utre 2 uno de los aventureros alemanes, había salido de Coro en el año 1541 en busca de El Dorado, convencido de que era la tierra de un pueblo que algunos de sus informadores indios llamaban ditaguas, y otros omeguas. La historia que él y sus camaradas contaron a su vuelta fue esta: llegaron a una tierra llamada Matacoa, cuyo cacique los recibió como amigos, y habiendo llegado con el tiempo a sentir sincero afecto por sus huéspedes, les rogó que no persistieran en una empresa tan superior a sus fuerzas, pues los omeguas, dijo, eran una nación valerosa y terrible, continuamente en guerra, bien con sus vecinos o entre sí. No iban desnudos ni eran asustadizos, como otros indios; tampoco se los hacía desbandarse sin más, como a esos otros, con unos cuantos hombres a caballo, pues también tenían animales de monta. Vivían en grandes ciudades y tenían oro y plata en abundancia; pero atacarlos con sólo cuarenta españoles era pura locura. Sin embargo, Felipe de Utre no estaba dispuesto a desistir de su empeño, y el cacique consintió al fin en guiarlo con cien de sus guerreros hasta el primer poblado de este pueblo formidable.
Después de cinco días de viaje por caminos anchos, pero a través de territorio deshabitado, llegaron a un poblado de unas cincuenta casas que, según les dijo el cacique, pertenecía a las personas encargadas de custodiar las plantaciones de los omeguas, pues este pueblo era uno de sus graneros. Desde las alturas se veía una ciudad muy grande, cuya extensión, pese a estar cerca de ellos, no se podía precisar. Sus calles eran rectas, y las casas estaban cerca unas de otras; en medio de la ciudad se levantaba un edificio alto y grande que el cacique, su guía, les dijo era la vivienda de Quarica, el señor de ese lugar, y también el templo; en ese templo, les aseguró, había muchos ídolos, uno de los cuales era el de una diosa, del tamaño de una mujer hecha y derecha, y otros eran tan grandes como niños de cuatro años, y todos de oro macizo. Más allá, dijo, había otras ciudades mucho más grandes que esa, y otros caciques cuyo poder superaba en mucho al de Quarica. En el poblado, Utre intentó capturar a un indio para sonsacarle más información. El indio lo hirió de gravedad con una lanza; otros nativos corrieron a la ciudad y dieron la alarma. Los españoles retrocedieron; los persiguió un ejército de omeguas, a los que derrotaron milagrosamente; a su regreso, contaron esta historia de cuya total falsedad no cabe dudar ahora, pero que entonces, y por espacio de casi dos siglos más, gozó de pleno crédito.
Así pues, como el nombre de los omaguas estaba relacionado con la creencia popular, y con las esperanzas más codiciosas de los españoles, el relato que hicieron los brasiles de sus aventuras produjo gran revuelo en el Perú. Al marqués de Cañete3, entonces virrey, se le encomendó que enviase una expedición a conquistar El Dorado, ya que ahora con toda seguridad iba a poder ser encontrado; y se alegró de tener así ocasión de librar al país de espíritus turbulentos, de los que había por demás, y de quienes siempre cabía recelar nuevas rebeliones. Tampoco se puede desechar la idea de que el mismo virrey participase de la credulidad general; aportó dinero del Tesoro para la expedición, y algo más, que pidió fiado, por su propia cuenta; y puso al mando a Pedro de Ursúa.
Pedro de Ursúa era un caballero de Navarra que había venido de España en el año 1543 con su tío Miguel Díaz de Armendáriz. Armendáriz era colegial mayor de San Bartolomé de Salamanca, y se le había enviado a desempeñar la más alta autoridad judicial, como visitador de los gobiernos de Cartagena, Santa Marta, Popayán, el Río de San Juan y el Nuevo Reino de Granada, entonces recién conquistado y en un estado muy agitado, presa de la rapacidad de sus conquistadores, los cuales estaban enfrentados entre sí, y en cuya fidelidad a la Corona de España se podía confiar tan poco como en la de sus compañeros de aventuras en Perú. Retenido en Cartagena por asuntos apremiantes, Díaz de Armendáriz delegó en Ursúa, demasiado joven para carga tan pesada, para que obrase en su nombre en el Nuevo Reino; el comportamiento de Ursúa en el desempeño de esta ardua tarea se distinguió más por el valor y la prontitud que por la imparcialidad y la prudencia. Su siguiente cometido fue militar, cuando Gonzalo Jiménez de Quesada (el conquistador de Bogotá y Tunja) le envió a reprimir a unos indios que se habían alzado en gran número contra sus opresores. En esta expedición adquirió Ursúa gran reputación como soldado; y aunque el excesivo rigor con que castigó a los indios por lo que los españoles llamaban su rebelión fue censurado por el mismo Quesada, no era probable que una falta de esta clase hiciera disminuir la buena opinión que sus compatriotas y sus compañeros de milicia tenían de él. El siguiente episodio en el que aparece Ursúa es a la cabeza de una expedición a la provincia de los Chitareros en busca de El Dorado y de la Casa del Sol. El mando se lo confió su tío, y se comenta que ningún otro nombramiento podía haber sido mejor acogido. La tropa consistía en cien soldados de infantería española y treinta y seis de caballería; fuerza que se consideraba suficiente contra los indios. Encontraron muestras de oro, que más tarde condujeron al descubrimiento de algunas de las minas más productivas; y Ursúa, siguiendo las instrucciones recibidas, fundó una ciudad a la que en memoria de Navarra le dio el nombre de Pamplona. Se eligió bien su ubicación, y la ciudad se convirtió en una de las más florecientes del Nuevo Reino. En el aspecto militar, no menos éxito tuvo en su siguiente aventura, al frente de una fuerza similar contra los muzos, los cuales habían conseguido rechazar a tres capitanes españoles de gran reputación, labrada en las guerras con los indios.
Ursúa venció a los muzos y fundó un asentamiento en esa región que, con sentimiento navarro, llamó Tudela. Pero los pobladores españoles que dejó allí fueron expulsados en unas pocas semanas, y muchos perecieron durante su retirada.
Esta desgracia resultó, en cierta medida, achacable al propio Ursúa. Le habían prometido a su regreso el mando de otra expedición para la conquista de El Dorado, y en su anhelo por esa aventura había dejado el trabajo a medias. Así pues, en lugar de obtener ese mando tan codiciado, le nombraron justicia mayor de Santa Marta. Salió de esa ciudad con cuarenta soldados de a pie y doce de caballería para subyugar a los tayronas, una de las tribus nativas más guerreras. En su territorio se forjaban todos aquellos ornamentos de oro que, para su desgracia, lucían las tribus de la costa desde el cabo de la Vela hasta el golfo de Darién, y que les habían acarreado a los indios todas las infinitas desgracias que los conquistadores les infligían. Los tayronas engañaron a Ursúa enviándole un rico presente de polvo de oro, y cuando ya había emprendido el regreso, enfermo con unas fiebres cuartanas y confiado en que los dejaba amigos de los españoles, le atacaron por sorpresa y en gran número en un paso peligroso.
A costa de extraordinarios esfuerzos personales, salió con bien de ese peligro, e infligió a los indios una señalada derrota. Una vez repuesto, viendo lo pequeña que era la fuerza que se podía reunir en Santa Marta para operaciones ofensivas, volvió a Santa Fe con la esperanza de emprender desde allí el descubrimiento de la tierra del oro, hacia lo que desgraciadamente se inclinaban sus deseos.
Esta esperanza se vio frustrada por los reveses de fortuna de su tío, Armendáriz, quien cayendo bajo la jurisdicción de un poder como aquel con el que él había sido investido, fue enviado preso a Cartagena por un apasionado e inicuo visitador. Ursúa, con dos de sus deudos y algunos amigos, acudió para prestarle ayuda en sus dificultades; y al permanecer allí en cumplimiento de este deber, se libró del naufragio de la expedición en la que de otro modo hubiera tomado parte. Cuando Armendáriz se vio libre de sus tribulaciones, Ursúa, que ya no tenía ni protector ni influencia en el Nuevo Reino, se dirigió al Perú con la intención de probar fortuna en ese territorio. A su llegada a Panamá, encontró al nuevo virrey, el marqués de Cañete, que se hallaba en esa ciudad esperando pasaje para Lima. Su reputación en esa parte de las Indias españolas era muy superior a la de cualquier otro hombre de su categoría; y a propuesta del virrey, el cabildo de Panamá le confió el mando en la dura guerra contra los negros cimarrones. Más de seiscientos cimarrones se habían aprovechado de las oportunidades que les había ofrecido ese territorio. Habían elegido rey a un valiente llamado Bayano, y establecidos en las montañas, hacían del paso del istmo asunto tan peligroso que sólo podían acometerlo grandes destacamentos bien armados. Para esta misión se reunió una fuerza de doscientos hombres; la mayor parte eran soldados sin nada que perder; algunos habían sido desterrados allí por haber tomado parte en la última rebelión en el Perú; otros se habían refugiado en este lugar huyendo del castigo aún más severo al que eran acreedores por el mismo motivo. Se les perdonó con la condición de que se alistaran para esta difícil misión. Ursúa estuvo empeñado dos años en esta guerra, y fueron necesarias toda su perseverancia, habilidad e intrepidez para llevarla a buen término, pues se enfrentaba a enemigos resueltos y desesperados. Consiguió por último que se vieran obligados a pedir la paz; esta se concluyó para los vencidos en mejores términos de los que se habrían concedido de no estar los españoles tan cansados de la contienda. Ursúa siguió entonces al virrey hasta Lima, y no llevaba mucho tiempo en el Perú cuando le fue concedido su mayor deseo, al nombrársele al frente de una expedición que iba a partir en busca de ese reino imaginario, y con cuyo descubrimiento y conquista esperaba elevarse hasta el mismo rango que Cortés, Pizarro y Quesada.
Tales habían sido las andanzas de Pedro de Ursúa previas a este nombramiento, que obtuvo no por favoritismo o influencias, sino porque se pensó que ninguna otra persona reunía tantas cualidades para ese mando. El desdichado destino del ejército de Gonzalo Pizarro había puesto en guardia a Ursúa contra el intento de avanzar por tierra; designó un asentamiento nuevo, llamado Santa Cruz de Capocoba, como lugar de encuentro con sus seguidores; y allí, en el río de los Motilones, comenzó a construir dos bergantines y nueve barcazas, capaces de transportar doscientos hombres y cuarenta caballos cada una. Este río, que nace a espaldas de Tama-bamba en la provincia de Huanuco, se llamaba así por una tribu que, contrariamente al uso habitual entre los indios, llevaba el pelo corto. La tribu todavía existe, pero al río ya no se le conoce por este nombre; es una de las fuentes del Guallaga. La fuerza que se reunió consistía en trescientos españoles, de los cuales unos cuarenta eran hombres de categoría, y un centenar de mestizos. Tantos de estos aventureros habían tenido alguna parte en las últimas rebeliones que el gobierno, viéndolos reunidos, comenzó a temer las consecuencias de su propia política; y no faltaron maliciosos que se esforzaran en hacer parecer sospechoso al mismo Ursúa. Los amigos de éste, con razón, temieron por su seguridad; y uno de ellos le escribió encareciéndole no se empecinara en cerrar los ojos ante el peligro, sino que licenciase de entre todos aquellos aventureros a unos cuantos de los que más motivo había de temer malas intenciones, nombrando en particular a un tal don Martín, a Lorenzo de Zalduendo, Lope de Aguirre, Juan Alonso de la Vandera, Cristóbal de Chaves y algunos más. «Si», decía este verdadero amigo cuyo nombre era Pedro de Linasco, «no quieres licenciarlos por su pobreza, no permitas que ese sentimiento compasivo te lo impida; antes bien, envíamelos a mí, que yo los mantendré lo mejor que pueda hasta que hayas adelantado en tu conquista, y los podrás volver a llamar cuando estés en condición de ofrecerles empleo sin peligro, y otorgarles cualesquiera beneficios estés dispuesto a dar.» Linasco también le rogó que no se llevase consigo a su amante, doña Inés de Atienza, una hermosa viuda. La cosa en sí no estaba bien, le dijo; era un mal ejemplo para su gente, y podía acarrear consecuencias aun peores de las que pudiese imaginar siquiera; y se ofreció a buscarle una colocación adecuada, y a arreglar el asunto de manera que ella no creyese que se la dejaba atrás por voluntad de Ursúa. Mas tales consejos fueron prodigados en vano; Ursúa a la postre rechazó a don Martín, pero mantuvo a los demás en su compañía, perseveró en su intención de llevarse consigo a Inés, y no dio respuesta a la carta de Linasco.
En otros aspectos, Ursúa procedió con gran prudencia. Mientras los bergantines y demás barcos estaban en el astillero, hizo adelantarse con treinta hombres a su amigo y confidente García de Arce, al que mandó continuar unas veinte leguas río abajo hasta la provincia de los caperuzos, o indios encapuchados, para hacer allí acopio de cuantas provisiones pudiera y esperar a Juan de Vargas, para luego continuar juntos hasta el río Cocama, y aguardar ahí, pertrechándose de todo cuanto aquella región pudiera proporcionar, hasta que se les uniese el resto de la expedición. En lugar de seguir estas instrucciones, Arce descendió más de doscientas leguas, más allá de la confluencia del Cocama y de otros muchos ríos, desembarcando por último en una isla del río, a la que llamó García en su propio honor. Sus hombres llegaron hambrientos y medio muertos; durante el viaje se habían tenido que contentar con comer los caimanes que Arce cazaba a arcabuzazos, pues era notoria su habilidad como tirador. Aquí se hicieron fuertes tras una empalizada; los nativos, después de padecer numerosas bajas en sucesivos ataques, enviaron a un grupo portador de provisiones como ofrenda de paz. Estos aventureros siempre temían alguna traición, porque siempre estaban dispuestos a cometerla; reunieron pues a los confiados indios en una choza, cayeron sobre ellos y dieron muerte a más de cuarenta. Esta crueldad aterrorizó a toda la región; todos cuantos se creyeron al alcance de los españoles abandonaron sus viviendas, y así Arce pudo conseguir tres meses de vituallas para su gente, hasta que Ursúa se le unió allí.
Mientras tanto, en cuanto estuvo listo uno de los bergantines, Juan de Vargas y sus hombres emprendieron la marcha en él y en canoas. Decepcionados al no encontrar a Arce, continuaron hasta el Cocama, y allí, siguiendo las instrucciones que tenía, Vargas dejó a los menos aptos en el bergantín y remontó el río en busca de provisiones. Siguieron río arriba durante veintidós días, encontrando apenas lo suficiente para atender a las necesidades más inmediatas; más tarde, dieron con algunos asentamientos mejores, donde había maíz en abundancia. Vargas cargó todo lo que se podía embarcar en las canoas que encontró, y también se llevó a todos los habitantes, hombres y mujeres, que pudo, para uso -así se decía- de la expedición, y luego regresó al bergantín, donde en el ínterin habían muerto, de hambre y a causa del clima insalubre, tres españoles y muchos indios. Dos meses largos estuvieron allí esperando a Ursúa: a los hombres se les agotó la paciencia; algunos propusieron matar a Vargas y seguir camino hasta el Perú remontando el Cocama; otros pensaban que era mejor abandonarlo allí y seguir adelante en busca de descubrimientos, pues eran más de cien y creían ser lo suficientemente fuertes. Pero no surgió entre ellos ningún espíritu arrojado que tomara el mando, por lo que sus planes de rebelión y asesinato no fueron más lejos.
Entretanto, Ursúa, con sus generosas virtudes, se había ganado tan por completo las voluntades de los colonos de Santa Cruz, que todos a una consintieron en abandonar el poblado y compartir su suerte. Pero cuando botaron y cargaron los barcos, seis de las nuevas barcazas resultaron ser inservibles; la madera no se había secado bien; en realidad en esa región húmeda no había sido posible curarla; también estaba quebradiza, y cuando sacaron las barcas a la orilla para arreglarlas, se resquebrajaron de tal manera que se hizo imposible su recuperación. Quedarse era ruinoso, pues cada día de retraso suponía el gasto de provisiones imposibles de reponer. Se vieron, pues, obligados a dejar atrás gran parte de la impedimenta y la mayor parte del ganado, y de trescientos caballos sólo pudieron embarcar cuarenta; al resto los abandonaron allí, para que se asilvestraran. Mucho se lamentaron los hombres de perder así lo poco que poseían, e insistieron en que sería mejor volver al Perú. Sin embargo, Ursúa, amenazando a algunos y apaciguando a otros, a todos sedujo con la esperanza de las gloriosas conquistas que estaban por emprender; y añadió que la pérdida era suya, no de ellos, en tanto que él, siendo su jefe, estaba obligado a compensarlos con creces por todo, cuando pluguiere a Dios conducirlos a esa tierra feliz que iban buscando. Tanto éxito tuvieron estos argumentos que ni un solo hombre desertó.
El 26 de septiembre de 1560 partieron del asentamiento, que quedó abandonado, y al segundo día dejaron atrás las montañas y se adentraron en la llanura. El tercer día, el bergantín dio en un bajío y se le rompió una parte de la quilla. Dejando atrás a la tripulación para que reparara el daño como mejor pudiera, Ursúa siguió camino a la provincia de los caperuzos, adonde unos días antes había enviado a Zalduendo en busca de provisiones. Dos días más tarde llegó el bergantín; fue reparado a conciencia, y despachado a unirse a Vargas en el Cocama, pues Ursúa temía que aquellos hombres estuvieran intranquilos por su larga tardanza. Él siguió adelante más despacio con los barcos más pequeños, desembarcando a dormir en la ribera todas las noches, por el peligro que suponían en la oscuridad los bajíos y los troncos de árbol semihundidos. A unas ciento cincuenta leguas río abajo del lugar donde embarcó, el Guallaga se vierte en el río de los Bracamoros, como se le llamaba entonces, el Nuevo Marañón de los mapas actuales. Estos ríos nacen en la misma provincia, y a poca distancia el uno del otro; pero el curso del Nuevo Marañón traza una gran curva, y en el punto donde recibe al Guallaga es tan ancho como este. Aquí se detuvo Ursúa y envió una partida río arriba en busca de comida; pero hasta donde consideraron prudente alejarse, el territorio resultó estar deshabitado. Cien leguas más lejos dieron por fin alcance a Vargas, cuya gente, desde que llegara el bergantín, esperaba con alegría este reencuentro. El Cocama de aquellos días parece ser el Piguena de hoy. Desde ahí continuaron juntos, con gran inquietud por la suerte de Arce, de quien ningún grupo sabía nada todavía.
Para entonces, el bergantín de Vargas se había podrido del todo, tan absolutamente inservible era la madera de esa tierra; apenas acababan de reanudar el viaje cuando comprendieron que era necesario abandonarlo, y repartir la tripulación y la carga entre los demás barcos. Pasaron la desembocadura del Ucayali, y a los ocho días de salir del Cocama alcanzaron la isla donde se habían guarecido Arce y sus compañeros, con el consiguiente regocijo de ambos grupos. Eran estas las primeras viviendas que veían desde que dejaron a los indios caperuzos. Los nativos del lugar eran una raza fuerte y bien proporcionada. Vestían una única prenda de algodón, de buen tejido pintado de muchos colores. Su alimentación principal consistía en pescado, maíz y mandioca, de la que hacían la bebida para sus banquetes; también tenían patatas y otros tubérculos y legumbres.
Sus casas eran grandes y cuadradas; sus armas eran la lanza de madera y un palo arrojadizo. Papa era el título que daban a su jefe. Aquí consiguió Ursúa más canoas para su gente, para suplir la pérdida del bergantín. También aquí, dándose cuenta de la imposibilidad de asumir él solo el mando de tamaña expedición, nombró lugarteniente general suyo a Vargas, y a don Fernando de Guzmán alférez general, o portaestandarte; y una vez más se pusieron en marcha, con toda la expedición reunida.
Un poco más abajo de la isla García, se halla la confluencia del Napo, que fue por donde Orellana entró en el gran río.
A raíz de la crueldad de Arce, los poblados vecinos estaban todos desiertos; sin embargo, en los campos de labranza encontraron comida y aves de corral que los indios habían abandonado en su huida; y entre estas había aves europeas. Al cabo de unos días llegaron a una población, llamada Carari, en la ribera sur. También aquí huyeron los nativos, pero algunos sólo se apartaron un tanto en sus canoas, observando de lejos a los extranjeros, y a los tres o cuatro días se les presentó un cacique con una ofrenda de provisiones; se le dieron a cambio abalorios, cuchillos y espejos, y así quedó establecido el comercio. Ursúa, sabedor de la importancia que tenía que los nativos fueran amistosos, y también cuán probable era que sus hombres pronto se los volvieran en contra con sus desmanes, dio orden de que ninguna de sus gentes, bajo pena de muerte, tuviera trato alguno con los indios, excepto en su presencia y por mano suya; por este medio él velaría por que todas las partes quedaran satisfechas y las provisiones se distribuyeran de forma justa entre los más necesitados. Pese a estas órdenes, algunos de sus soldados tomaban por la fuerza lo que encontraban; así, durante todo su recorrido por esta provincia, los habitantes nunca permanecieron confiadamente en sus casas, sino que alejaban a sus mujeres e hijos, y sólo entonces salían en canoa a tratar con los aventureros.
En este punto, Ursúa pensó que lo mejor sería detenerse unos días y enviar una partida al interior del territorio con la esperanza de obtener así alguna noticia sobre el reino dorado que buscaba. Pedro Galeas recibió el mando del destacamento. Siguieron la orilla de un lago que comunicaba con el río hasta encontrar un sendero que se adentraba en la selva, donde, justo cuando se les acababa el tiempo señalado para seguir avanzando, descubrieron a algunos indios cargados de provisiones. En cuanto los vieron, estos soltaron la carga y huyeron; y los españoles sólo pudieron capturar a una mujer cuya apariencia y lenguaje indicaban que no pertenecía a ninguna tribu que hubieran visto antes. Por sus señas comprendieron que su tierra estaba a cinco días de marcha, y se la llevaron a Ursúa. Para entonces, este había empezado a darse cuenta de qué grupo de miserables desgraciados había reunido. La primera señal de descontento vino de un hombre llamado Alonso de Montoya; se descubrió que había proyectado robar algunas canoas y provisiones suficientes para volver con sus cómplices al Perú. Ursúa no le impuso más castigo que aherrojarlo durante un tiempo con un collar de hierro. Su forma de castigar otras faltas era poner a los infractores a remar unos cuantos días, tarea que en las restantes ocasiones probablemente siempre correspondía a los desdichados indios. Esto tuvo el indeseado efecto de que los demás soldados, unos quizá por mera broma y otros con peor intención, se burlaran de los castigados mientras penaban, preguntándoles en qué eran mejores que galeotes. Galeas no trajo ninguna información que les indujese a avanzar hacia el interior; de los indios que habían visto hasta entonces, nada se pudo averiguar concerniente a la tierra dorada de los omaguas. Por consiguiente, nada podían hacer sino continuar su búsqueda río abajo, después de haberse demorado más de lo previsto, pues en este punto se fue a pique el último malhadado bergantín y se vieron obligados a conseguir más canoas. Según sus cálculos, el territorio habitado se extendía unas ciento cincuenta leguas desde la isla García, y suponían que comprendía las provincias llamadas Caricuri y Manicuri. Como venían del Perú, no cayeron en la cuenta de que esta tierra era demasiado salvaje para estar dividida en provincias; esos eran los nombres de asentamientos o de jefes, y todos los habitantes pertenecían a una misma tribu. Sus poblados distaban unas cuatro o seis leguas entre sí, y según creían, no pasarían de doce mil todos los habitantes. Lucían algo de oro en joyas en las orejas y en la nariz; afortunadamente para ellos, era muy poco, y su tierra no ofrecía tentaciones que retuvieran a los aventureros. Los insectos eran una gran plaga; mosquitos de todas clases en innumerables enjambres atormentaban a los españoles.
Falto de previsión, Ursúa abandonó este territorio habitado sin indagar dónde terminaba, o cuán extenso era el tramo despoblado por el que tenían que pasar. Así pues, por espacio de nueve días padecieron severamente por la falta de víveres, comiendo sólo el pescado que pudieron capturar, tortugas y sus huevos, espinacas y verdolaga que, por fortuna para ellos, crecían en la zona. El décimo día llegaron a un pueblo. En cuanto los vieron aparecer, los indios cargaron apresuradamente en las canoas a las mujeres y a los niños con sus escasas pertenencias, y los enviaron río abajo mientras los hombres, armados, se aprestaban valerosamente a defender sus casas. Ursúa desembarcó a la cabeza de una partida pequeña para demostrar que no intentaba atacar, pero suficientemente fuerte para sentirse en seguridad. Avanzó un trecho hacia los indios con el arcabuz en una mano y en la otra un lienzo blanco, que extendió como muestra de paz. La señal fue comprendida, un jefe se adelantó y tomó el lienzo. Condujeron a los españoles a la plaza o espacio abierto del poblado, y Ursúa, haciéndose entender por medio de señas, pidió que durante su estancia se les asignase alojamiento a él y a su gente en una parte del poblado, mientras los pobladores y sus familias permanecían seguros en la otra. Accedieron gustosamente; alojaron a los extranjeros en las mejores chozas, y Ursúa dio órdenes de que ningún hombre, bajo pena de muerte, entrase en las viviendas de los indios ni les hiciese el menor agravio. Este lugar se llamaba Machifaro. La gente era de distinta lengua y costumbres que la última tribu que habían visto. Cerca de sus casas, en viveros protegidos por pequeñas empalizadas, criaban tortugas; y había provisiones abundantes de toda clase.
Desde allí, por segunda vez, se envió a Galeas a explorar el territorio; fue por el agua, y se adentró en un gran lago, donde pronto perdió de vista la tierra; se dirigió entonces a la orilla para no perderse, y continuó costeando durante varios días, sin advertir ninguna habitación o señales humanas hasta que llegó la hora de volver de su infructuosa aventura. En su ausencia, había habido guerra en Machifaro. Una extensión desierta que se tarda nueve días en recorrer, incluso con la ayuda de un río rápido, no es distancia suficiente para mantener la paz entre dos tribus salvajes. Hacía tiempo que los indios carari eran enemigos mortales de sus remotos vecinos, y suponiendo que el paso de los españoles los habría alarmado tanto como para distraer por completo su atención, pensaron que la ocasión era buena para vengarse. Así pues, se presentaron una noche ante Machifaro. Allí advirtieron señales de los extranjeros, y decidieron retrasar su ataque hasta el amanecer, no fueran a ganarse enemigos a los que no tenían intención de ofender, y a quienes se sabían incapaces de hacer frente. Por la mañana, al ver que sus temores eran bien fundados, se retiraron; pero al emprender su camino de vuelta río arriba, tocaron sus cuernos y lanzaron desafiantes su grito de guerra, para que sus enemigos supieran que habían estado observándolos. Esto despertó a la tribu dormida, cuyo jefe se apresuró a acudir a Ursúa y pedirle que los ayudase a perseguir a los invasores. Los nuevos amigos de Ursúa no tenían más derecho a pretender su ayuda que los viejos; pero el pasatiempo favorito de estos aventureros era la destrucción, y Vargas, con cincuenta arcabuceros, fue enviado a acompañar a los machifaros. Estos conocían bien la región, y tomando un canal más corto que sus enemigos desconocían, llegaron al caudal principal por encima de ellos, cortándoles así la retirada. Los cararis se prepararon confiadamente para la batalla hasta que vieron a los españoles; entonces hicieron gestos de paz, recordando a sus antiguos huéspedes que no había enemiga entre ellos, y que no esperaban su hostilidad. Por toda respuesta recibieron una descarga de mosquetería, y no tuvieron más remedio que abandonar sus canoas y adentrarse en el bosque, ¡donde los españoles suponían que perecerían de hambre antes de poder llegar a su propia tierra!.
Se había tenido mucho cuidado en buscar guías para la expedición. Participaban en ella algunos de los brasiles por cuya información se había emprendido, uno de los portugueses que había estado con ellos en sus largos viajes, e incluso uno o dos compañeros de Orellana; todos, sin embargo, estaban desconcertados; estos últimos, porque hacía ya mucho tiempo de su primer viaje, y de un viaje tan largo y en tales circunstancias era imposible que se pudiese conservar algún recuerdo local preciso; aquellos, porque no podían verificar la información falsa que habían dado; lo único que podían decir era que suponían que el país de los omaguas estaba cerca. Ursúa pensaba que esto era probable, porque de acuerdo con su cómputo habían avanzado ya más de setecientas leguas; y creyéndose cerca de su propio gobierno estimó prudente, ya que había holganza para tales arreglos, adoptar las pocas disposiciones que aún quedaban pendientes. De estas, las más importantes eran las relacionadas con las cuestiones espirituales: los sacerdotes de la expedición no estaban de acuerdo el uno con el otro; la mejor manera de remediar esta discordia, pensó, sería poner fin a la igualdad que existía entre ellos y era causa de su enfrentamiento; y teniéndose por representante del rey, y por tanto autorizado a conferir dignidades eclesiásticas, Ursúa nombró a Alonso Henao superior provisor, cura y vicario de la expedición. El primer acto del nuevo superior fue excomulgar a todas las personas que se hubieran apropiado de alguno de los artículos de comercio que pertenecían al gobernador, y que este había destinado al uso público. Esta medida suscitó muchas murmuraciones; se dijo públicamente que Ursúa le había dado al sacerdote esos poderes sólo con ese fin, y que no tenía autoridad para conferir oficios eclesiásticos. Las murmuraciones, como se pretendía, llegaron a sus oídos; él, sin embargo, hizo caso omiso, y el provisor continuó ejerciendo sus funciones. Otra causa de descontento surgió por la conducta de los soldados con los nativos; pues los indios, alarmados por el gasto que hacían estos huéspedes de larga permanencia, escondieron la comida; pero los aventureros, temiendo tener que cruzar otra extensión desierta, no se conformaban con comer bien mientras estaban allí, sino que, todos y cada uno, se apoderaban por la fuerza de cuantas provisiones encontraban, acopiándolas. Ursúa metió a algunos de estos transgresores en prisión; entre ellos había un mestizo criado de Guzmán, su alférez.
Para entonces, el camino tan largo que habían recorrido sin nuevas noticias sobre El Dorado había apagado las esperanzas de los más ardientes, y se extendió el rumor de que, si no querían perecer todos, lo mejor era retroceder y abrirse camino al Perú. Estos rumores los instigaba un grupo cuyo objetivo, de entrada, al unirse a la expedición, había sido volver, bajo el mando de Ursúa, o cualquier otro, e intentar la conquista del Perú, como Gonzalo Pizarro y Francisco Hernández Girón, y revivir así los viejos tiempos de espada y anarquía. Zalduendo, Aguirre, Vandera y Chaves, los hombres contra quienes Ursúa había sido particularmente puesto en guardia por su amigo Linasco, eran de los miembros más destacados de este grupo. Disimulando su verdadera opinión, obraban para indisponer a los demás con la misión; y Ursúa, viendo crecer el descontento, pensó que sería conveniente reunir a aquellos que parecían más contrarios a seguir adelante con la expedición, y hacerles ver la deshonra e ignominia que supondría abandonar con tanta ligereza la empresa en que se habían embarcado: «¿Qué provincia de las Indias -dijo- se ha conquistado sin trabajo y dificultades y sin mucha paciencia? Aunque el más joven de nosotros tuviese que encanecer en esta aventura antes de verla llegar a su término, las inmensas riquezas que obtendremos serán para todos más que amplia recompensa». Su audaz confianza persuadió a los que no tenían otros fines a la vista y, en consecuencia, los agitadores decidieron asesinarlo.
Zalduendo y Vandera habían puesto sus miras en la amante de Ursúa, un mal que Linasco había previsto y contra el que había advertido proféticamente a su malaventurado amigo. Una de las quejas proferidas con más efecto contra Ursúa era que amaba en exceso a esta mujer, como si estuviera embrujado; que ella, y no Ursúa, mandaba la expedición; que a los hombres se les condenaba al remo como galeotes por las ofensas más nimias sólo para que llevaran su canoa; que Ursúa se dedicaba a retozar con ella en lugar de proveer a la bienandanza de la expedición; y que en lugar de alojarse entre los soldados, como le correspondía, siempre tomaba su residencia aparte para que no se le molestase en su solaz. Se formó así un grupo numeroso de conspiradores; eran todos de baja cuna y condición, y necesitaban un jefe respetable desde uno y otro punto de vista para prestarles a sus manejos algún viso de autoridad; pero los hombres de calidad se sentían personalmente unidos al general. El arresto del criado mestizo de Guzmán les brindó a los conspiradores un pretexto para sondear a su amo. Don Fernando de Guzmán era natural de Sevilla y de buena familia; tenía entonces veintiséis años; era bien parecido, de buenos modales, su índole no era mala, pero su falta de principios y de entendimiento lo convirtieron primero en el instrumento, y después en la víctima de hombres harto peores que él. Los conspiradores empezaron a ganárselo, primero fingiendo celo por el servicio del rey y el éxito de la expedición que, según decían, iba a verse comprometido por la mala conducta de Ursúa; se explayaron luego sobre la severidad del general, y en especial sobre el arresto del mestizo de Guzmán, llevado a cabo sin ninguna consideración por el rango y autoridad de su amo; así ganaron para su causa al débil joven. Se celebró entonces una reunión secreta: Guzmán y sus amigos propusieron abandonar allí a Ursúa, continuar el viaje río abajo, y después volver al Perú por el camino acostumbrado; Zalduendo y Aguirre eran partidarios de dar muerte a Ursúa y a Vargas, su lugarteniente, y regresar; pero no por volver sin más, sino para apoderarse del país y hacer a Guzmán su señor. Este no tenía ni virtud ni discernimiento para alarmarse ante esta proposición desesperada; ebrio de ambición, consintió las medidas que estos miserables aconsejaban; se pronunció la sentencia de muerte, y decidieron que debía ser ejecutada a la primera oportunidad.
Estos hechos no podían llevarse a cabo tan en secreto que no despertasen alguna inquietud entre los amigos del general, aunque ninguno pudo sospechar la magnitud de la traición que se tramaba. Le advirtieron a Ursúa que se preparaba alguna maldad, y le rogaron que tuviese siempre cerca de su persona una guarda de gente en quien pudiera confiar; pero tener siempre a sus amigos alrededor le hubiera impedido estar a solas con doña Inés, y por lo tanto no hizo caso de ese consejo. Dijo que no era necesario, que había tantos vizcaínos y navarros entre los soldados, que con sólo dar una voz en vasco ya estaría a salvo. Un aviso más pavoroso le estaba destinado, pero nunca llegó a sus oídos. Juan Gómez de Guevara, un comendador de la órden de Alcántara, hombre de edad madura, de mucho carácter, y uno de sus mejores amigos, estaba a una hora tardía delante de su choza, contigua a la del general, disfrutando de la frescura del aire nocturno, cuando una figura pasó ante él en la oscuridad, y a continuación oyó una voz que exclamaba: «¡Pedro de Ursúa, gobernador de Omagua y El Dorado, Dios se apiade de ti!». Guevara intentó seguir a la figura, pero esta había desaparecido; pensó que se trataría de algo sobrenatural, y cuando comunicó el aviso a algunos de los amigos de Ursúa, ellos, creyendo lo mismo, convinieron en no mencionárselo entonces a este, porque se encontraba indispuesto. Fue la noche después de decidirse el asesinato cuando se oyó la voz; lo más probable es que alguno de los conspiradores, asustado al verse empujado más allá de la culpa que se había propuesto asumir, pensara alertar de esta forma al general, y poniéndolo en guardia, salvarlo. Mientras permanecieron en Machifaro, los conspiradores no encontraron oportunidad de llevar a cabo su propósito. Abandonaron el lugar el día después de Navidad, y esa misma noche llegaron a otro poblado del mismo nombre a unas ocho leguas de distancia: sus habitantes lo habían abandonado, así que tomaron posesión de él y se acuartelaron allí; y Ursúa de nuevo envió un destacamento a explorar la comarca, a las órdenes de Sancho Pizarro. Para este servicio había elegido a un grupo de hombres leales, y confiado el mando a uno de sus amigos; eran, por ende, otros tantos adversarios fuera del camino de los conspiradores, quienes resolvieron no dejar pasar la ocasión. Para el asesinato se fijó la noche del día de Año Nuevo, porque al ser festivo se pensaba que habría menos vigilancia que de costumbre, la cual en todo momento era pequeña. Su ángel de la guarda todavía hizo un esfuerzo más por salvarlo. Un negro de Vandera descubrió lo que se había decidido; y con riesgo de su propia vida encontró la manera de ir al alojamiento de Ursúa para advertirle del peligro que corría. Pero Ursúa había traído su ruina consigo en aquella infeliz mujer; estaba a solas con ella cuando llegó el negro; ni siquiera con un recado como el que traía consiguió el hombre que lo admitieran en su presencia; no se atrevió a demorarse de más, por lo que comunicó su información a un esclavo negro del general; y el esclavo, acaso porque participaba en la conspiración, o bien porque odiaba a su amo, nunca transmitió el importante mensaje que le habían confiado. Cuando se hizo de noche, los principales conspiradores se reunieron y enviaron a un mestizo en nombre de Guzmán a pedirle a Ursúa un poco de aceite; era un pretexto para saber si estaba solo. Ya tarde, salieron todos precipitadamente; Montoya y Chaves, ansiosos por ser los asesinos, llegaron los primeros y encontraron a Ursúa en su hamaca hablando con un paje. Les preguntó qué querían a esas horas, y lo atravesaron de parte a parte. Herido y todo, se levantó a coger el escudo y la espada, pero entonces entraron los demás y tuvo apenas tiempo de pedir en vano «¡Confesión!, ¡confesión!», y de exclamar «¡Miserere mei Deus!», «¡Dios tenga misericordia de mí!», antes de que lo mataran. Inmediatamente los asesinos se precipitaron fuera gritando «¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Viva el rey! ¡El tirano ha sido asesinado!». Despertado por las voces, Vargas cogió sus armas y se dirigió a los aposentos de Ursúa con la espada, el escudo y su estéril vara de mando en la mano. Los conspiradores, que ahora andaban buscándolo, salieron al encuentro de su víctima y lo rodearon; lo desarmaron, y apenas lo habían despojado de la coraza, cuando Martín Pérez lo acuchilló en el costillar con tal fuerza que la espada, atravesándolo limpiamente, hirió de gravedad al hombre que al tiempo lo estaba desarmando del otro lado.
Notas:
1. Un pueblo muy extendido, especialmente en el río Marañón.
2. Felipe de Utre (1517-1546) [en alemán, Philipp von Hutten], Zeitung aus India Junkhe (1785).
Fuente: