La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert Southey

Textos y Documentos
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios
VI. Preparativos del gobernador de Venezuela. La carta de Aguirre al rey. Deserción de sus hombres. Su muerte. 

Pablo Collado estaba en la ciudad de Tocuyo cuando los habitantes de Burburata le avisaron del desembarco de Aguirre. Inmediatamente solicitó ayuda a Mérida, no sólo a Pedro Bravo de Molina, que estaba allí al mando, sino también a Diego García de Paredes, hombre de cierto prestigio entre los conquistadores, quien a raíz de una desavenencia con el gobernador se había retirado allí disgustado. Collado le instó a que ante esta emergencia dejase a un lado las rencillas particulares y acudiera en su ayuda, prometiendo darle plena satisfacción en el asunto de la disputa. Paredes respondió a esta llamada como correspondía a un español valiente y leal: salió con catorce compañeros hacia Trujillo, un asentamiento fundado por él, para reunir más ayuda. Desobedeciendo las órdenes que había recibido de la Real Audiencia, el capitán Pedro Bravo le siguió inmediatamente con veinticinco hombres: pensó que obedecer esas instrucciones y quedarse de brazos cruzados no casaba bien ni con su sentido del deber ni con su honor, máxime cuando ya se conocían las fuerzas del rebelde, y cuando prontas medidas en su contra pudieran acaso tener un éxito decisivo. Obrando en consecuencia en este punto bajo su propia responsabilidad, no pudo despachar información a Santa Fe, como se le había ordenado, porque habría sido necesaria una escolta para el mensajero hasta la ciudad de San Cristóbal, y enviar esos hombres hubiese supuesto dejar Mérida desguarnecida ante los indios. Entre tanto, Collado, al ser un inválido incapaz de entrar en campaña, puso a Gutierre de la Peña al mando de la fuerza que consiguiese alzar en Tocuyo.

La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert SoutheyEstando en Valencia, Aguirre recibió informes, en parte fidedignos y en parte meras conjeturas, acerca de esos movimientos. El bellaco del alcalde Chaves, suponiendo gozar todavía del favor del rebelde y deseoso de ganárselo aún más, le envió un mensaje comunicándole que el gobernador de Venezuela estaba reclutando un ejército en Tocuyo; que había enviado a por ayuda hasta el Nuevo Reino de Granada; que había nombrado maestre de campo suyo a Diego García de Paredes; y que se hablaba de presentarle batalla en Barquisimeto o Tocuyo. Esta información hizo que Aguirre decidiese partir sin tardanza hacia esas ciudades, y atacar al enemigo antes de que pudiera recibir refuerzos. Contreras, el pobre cura de Margarita, tuvo la suerte de lograr su libertad antes de que partieran; entre la tropa había hecho amigos que intercedieron por él, y el tirano finalmente consintió en dejarle volver, a condición de que jurase del modo más solemne que enviaría una carta en su nombre al rey de Castilla. La carta se ha conservado1, y es tan extraordinaria como las circunstancias en que se compuso.

«Rey Felipe», comenzaba, «natural de España, hijo de Carlos el Invencible, yo, Lope de Aguirre, vuestro vasallo, cristiano viejo, de padres pobres pero nobles, y nativo del pueblo de Oñate en Vizcaya, vine joven al Perú a trabajar lanza en mano. Os presté grandes servicios en la conquista de las Indias. Luché por vuestra gloria sin pedir paga a cambio, como prueban los libros de vuestra tesorería. Creo firmemente, Rey Cristiano y Señor, tan desagradecido a mis compañeros y a mí, que todos los que os escriben desde estas tierras mucho os engañan, porque veis las cosas desde demasiado lejos. Os recomiendo que seáis más justo con los buenos vasallos que tenéis en este país; pues yo y los míos, cansados de las crueldades e injusticias que vuestro virrey, vuestros gobernadores y vuestros jueces cometen en vuestro nombre, hemos resuelto dejar de obedecer. Ya no nos consideramos españoles. Os hacemos una guerra cruel, porque no aguantaremos más la opresión de vuestros ministros, que para dar puestos a sus sobrinos y a sus hijos disponen a su antojo de nuestras vidas, nuestra reputación y nuestra fortuna. Estoy cojo del pie derecho a causa de dos disparos de arcabuz que recibí en el valle de Coquimbo, luchando a las órdenes del mariscal Alonso de Alvarado contra Francisco Hernández Girón, que era entonces un rebelde, como yo lo soy ahora, y siempre lo seré; pues desde que vuestro virrey, el marqués de Cañete, hombre cobarde, ambicioso y afeminado, ahorcara a nuestros guerreros más valientes2 , me importa vuestro perdón tanto como los libros de Martín Lutero.

»No está bien que vos, rey de España, os mostréis desagradecido con vuestros vasallos: pues fue mientras vuestro padre, el Emperador Carlos, permanecía tranquilamente en Castilla, cuando ellos consiguieron para vos tantos reinos y extensos territorios. Recordad, rey Felipe, que no tenéis derecho a recibir rentas de estas provincias, cuya conquista se ha hecho sin peligro para vos, más que en la medida en que recompenséis a los que os han prestado tan señalados servicios. Estoy seguro de que al cielo van pocos reyes. Por ello, nos sentimos muy felices de estar aquí en las Indias, preservando en toda su pureza los mandamientos de Dios y de la Iglesia de Roma; y aunque pecadores en esta vida, aspiramos a llegar a ser algún día mártires para mayor gloria de Dios.

»Pero la corrupción de la moral entre los frailes es tan grande en esta tierra, que es necesario castigarla severamente.

No hay aquí un eclesiástico que no se considere a sí mismo por encima del gobernador de la provincia. Os ruego, gran rey, que no creáis lo que os dicen los frailes allá lejos, en España. Están siempre hablando de los sacrificios que hacen, así como de la vida tan dura y amarga que están forzados a vivir en América, mientras ocupan las tierras más ricas y los indios cazan y pescan para ellos todos los días. Si vierten lágrimas ante vuestro trono es para que los enviéis acá a gobernar provincias. ¿Sabéis la clase de vida que llevan aquí? Se entregan al lujo; adquieren posesiones; venden los sacramentos; son a la vez ambiciosos, violentos y glotones; esa es la vida que llevan en América. Con tan malos ejemplos se resiente la fe de los indios. Si no cambiáis todo esto, ¡oh, rey de Castilla!, vuestro gobierno no será estable.» No hay razón para que Aguirre adoptara entonces un tono hipócrita; quizá estén expresados en esta carta sus verdaderos sentimientos de forma más fehaciente que en sus blasfemas baladronadas.

A continuación, procedía con gran frialdad a informar al rey de sus hazañas: «En el año 1559», decía, «el marqués de Cañete envió a Pedro de Ursúa, navarro, o más bien francés, al Amazonas. Navegamos por los ríos más largos del Perú hasta que llegamos a un gran golfo de agua dulce. Habíamos recorrido ya trescientas leguas cuando matamos a ese malvado y ambicioso capitán. Elegimos como Rey a un caballero de Sevilla, Fernando de Guzmán, y le juramos lealtad como se hace con vos. Fui nombrado maestre de campo, y porque no consentí a su voluntad en todas las cosas, quiso matarme; pero fui yo quien maté a este nuevo rey, al capitán de su guardia, a su lugarteniente general, a su capellán, a una mujer, a un caballero de la orden de Rodas, a su alférez, y a cinco o seis criados del supuesto monarca. Entonces decidí castigar a vuestros ministros y a vuestros oidores. Nombré capitanes y sargentos; estos, de nuevo, quisieron matarme, pero los hice ahorcar a todos. En el transcurso de estas aventuras, navegamos durante once meses hasta llegar a la desembocadura del río. Navegamos más de mil quinientas leguas. Sabe Dios cómo atravesamos esa gran masa de agua. Os aconsejo, ¡oh, gran Rey!, que nunca mandéis flotas españolas por ese maldito río. Que Dios os proteja y os guarde».

Con esta carta se permitió partir al sacerdote, agradecido a la providencia de que se le hubiese perdonado la vida con condiciones de tan fácil cumplimiento. En su última noche en Valencia, Aguirre, por miedo a que alguno aprovechase la oportunidad para desertar, ordenó a sus hombres que durmiesen en el patio de su alojamiento; y sospechando de uno en particular, porque tenía un pariente en el Nuevo Reino, y de otros dos, porque parecían obedecer con escasa buena voluntad, los mandó agarrotar en secreto. Hecho esto, reemprendió la marcha. Había rastreadores acechando sus movimientos, y en cuanto lo vieron adentrarse en las montañas corrieron a Barquisimeto, advirtiendo que el tirano llegaría allí ese mismo día. Los aterrorizados habitantes huyeron a la selva, y se dio la alarma en Tocuyo.

El gobernador y el general Gutierre de la Peña se hallaban por entonces en esa ciudad, deliberando sobre qué curso seguir. Habían decidido apartar el ganado, y en la medida de lo posible, todas las provisiones, del camino que debían seguir los rebeldes, y ofrecer el perdón a cuantos marañones abandonaran al traidor y se acogiesen al estandarte real para servir contra él. En estas deliberaciones estaban, cuando aparecieron los espantados oteadores con el aviso de que Aguirre iba camino de Barquisimeto. El general salió al instante con toda la fuerza que tenía allí preparada para hacerle frente; y la ansiedad de Collado se vio en buena medida rápidamente disipada por la llegada de Paredes con treinta y cuatro hombres. La importancia de este refuerzo se valorará en poco, si no se tiene en cuenta el estado de la conquista en aquellos momentos. En cuanto se había elegido el emplazamiento para fundar una ciudad, se levantaba un patíbulo con todas las formalidades que la ley requería, el sitio recibía nombre de ciudad y se designaba un concejo municipal, antes de haber construido una sola choza. Los veinte hombres que Paredes había traído consigo de Trujillo eran probablemente la mayor parte de sus habitantes. En cuanto vio a Paredes, Pablo Collado le pidió perdón por el disgusto que le había causado, y le rogó que aceptase el cargo de maestre de campo, diciendo que había nombrado capitán a Gutierre de la Peña porque la emergencia del caso no admitía demora alguna; pero que de haber estado él presente, ciertamente habría sido el preferido. Por su parte, Paredes aceptó al punto el puesto inferior, y salió inmediatamente tras los pasos de Gutierre de la Peña.

Cuando este comandante llegó a Barquisimeto, no encontró ni enemigos ni habitantes; así que acuarteló a sus hombres en la ciudad y lo festejaron con las provisiones que sus propietarios habían abandonado al huir. Los rastreadores que habían dado la alarma se habían dejado llevar por el pánico, olvidando que corre más un hombre con miedo que un ejército en marcha. Bosques, montañas y rutas tan escasamente hollados que no se habían formado caminos, frenaban el avance de los rebeldes. Diez de estos aprovecharon este terreno salvaje para desertar; pero recelaban tanto unos de otros que se escabulleron uno a uno. Cuando Aguirre se enteró de su huida ya no se podía pensar en perseguirles; entonces, por primera vez, parece haber experimentado sensación de peligro: lo manifestó en sus ademanes cada vez más enloquecidos, pataleando, echando espumarajos por la boca, profiriendo las imprecaciones más horrendas, y alzando la mano contra el cielo con gesto amenazador, «¡Ah, marañones», exclamaba, «acaso no dije hace mucho que me abandonaríais en el momento de mayor necesidad, y que me vería obligado a continuar la guerra con los monos de la selva! ¡Más me hubiera valido haber muerto que someterme a una raza tan despreciable como esta gente de Venezuela! ¡Oh, mi profeta Antonio, en verdad vaticinaste lo que iba a ocurrirme; y si te hubiera creído, estos marañones no habrían huido ahora de mí!». Esto dijo porque tenía consigo un muchacho llamado Antonio por quien sentía mucho afecto, y que a menudo le decía que no confiase en los marañones, pues lo abandonarían en el momento de mayor necesidad y lo dejarían solo. A esto su almirante, Juan Gómez, saltó: «¡Cuerpo de Cristo, señor general,» dijo, «su señoría está haciendo el tonto! ¡Si en lugar de los tres que agarrotó el otro día, hubieran sido treinta, su bando sería ahora perfecto y sin temor de enemigo alguno; pero, por vida de Dios, aquí tenemos a mano muchos árboles y muy buenos!». En otros tiempos, Aguirre nunca había necesitado que nadie lo instigara a asesinar; pero parecía estar atemorizado y pendiente sólo de su peligrosa situación, por lo que la sugerencia fue hecha en vano.

El tercer día después de su salida de Valencia llegaron a unos cobertizos que había junto a las minas de oro, de donde se lo habían llevado todo excepto algo de maíz; fue una provisión muy oportuna, pero a Aguirre le habría complacido más que se le hubiesen unido los mineros negros. Tenía con él a unos veinte negros al mando de un capitán de su raza, y había contado con que sus hermanos se unirían a su bandera en cuanto vieran que no hacía distinción de color. Al día siguiente, cuando estaban esforzándose en ascender la montaña, cayó una lluvia torrencial; las mulas se resbalaban a cada paso y no podían continuar; el tirano, impaciente, estalló en nuevas blasfemias... «¿Cree Dios que porque llueva no iré al Perú y destruiré el mundo? ¡Entonces tendré que desengañarlo!» Cuando se le pasó el arrebato, hizo que sus hombres cavaran escalones en la colina para que las bestias pudieran afianzar el paso; y así, con infinito esfuerzo, por fin coronaron la cumbre. La vanguardia de la tropa, no habiendo considerado las dificultades que el bagaje ocasionaría a los de atrás, se había perdido ya de vista; con alguna zozobra, Aguirre apretó el paso para darles alcance. Iba con su mayordomo y amigo particular, Juan de Aguirre, y el capitán de su guardia, Roberto de Susaya, y les habló de esta guisa: «¡Veo venir, caballeros, que como en esta provincia no se nos unan cuarenta o cincuenta soldados, tan mal está el ánimo de mis marañones que ya nunca alcanzaremos el Nuevo Reino!». Siguió hasta reunirse con los hombres de la vanguardia, a los que echó en cara su falta de precaución, y los hizo retroceder al pie de la montaña, donde pasaron esa noche. Desde allí continuaron hasta entrar en el Valle de las Damas, donde encontraron un granero de maíz en las riberas del Aracui, y se detuvieron un día.

Aguirre, que empezaba a temer el peligro que había menospreciado de lejos, mostraba su estado de ánimo en los excesos verbales. Algunas veces exhortaba a su gente a que de ninguna manera dejaran, por miedo al infierno, de gratificar sus inclinaciones, pues el mero hecho de creer en Dios era suficiente para que fueran al cielo. Algunas veces decía de sí mismo que estaba seguro de su condena eterna, y que ya estaba padeciendo en vida el fuego del infierno y, por consiguiente, así como el cuervo no puede ser de color más negro que sus alas, él cometería tales atrocidades que el mundo entero sabría de él. Y aquí, junto al Aracui, reunió a los partidarios en quienes tenía mayor confianza, y les propuso, por motivos de seguridad, que mataran a los enfermos y a aquellos de quienes tuviesen cualquier sospecha; en total, cuarenta personas. Pero le replicaron que una medida así redundaría en perjuicio de su seguridad, porque los que se salvasen temerían ser considerados sospechosos a su vez, y ese miedo los empujaría a la deserción. La razón era válida en sí, aunque es probable que quienes la adujeron estuvieran ellos mismos empezando a pensar en desertar.

Se conocían ya en Barquisimeto todos los movimientos de Aguirre. Pedro Galeas estaba allí con las tropas. Fajardo lo había despachado inmediatamente a Burburata en una canoa, y él, tras extender la alarma a lo largo de la costa, había llegado a ese lugar justo después de Gutierre de la Peña. Al principio se lo miró con desconfianza; pero esta pronto desapareció en cuanto se advirtieron sus modales y el auténtico horror que expresaba por aquellos hechos de los que había sido espectador involuntario. Le aseguró al general que Aguirre no tenía más de cincuenta hombres que le siguieran voluntariamente; todos los demás iban forzados, y desertarían en cuanto apareciese quien pudiera protegerlos; y su consejo fue que no se le debía atacar, diciendo que sólo era necesario no perderlo de vista; la victoria podría ganarse sin arriesgar la vida de un solo hombre. Esta información brindó no poco alivio al general y a su puñado de hombres a medio armar. Pues ha de tenerse en cuenta que si bien la fuerza de Aguirre puede parecernos insignificante en nuestros tiempos, en aquellos y en aquella tierra bien hubiera podido bastar para su propósito, si su conducta hubiera sido menos atroz y sus soldados más leales. Se habían hecho grandes esfuerzos para juntar fuerzas en su contra; sin embargo, no había todavía reunidos más de setenta y cinco hombres, y tan pobremente equipados que media docena de veteranos habrían pensado que era un juego de niños atacar a un regimiento entero de soldados así. Es verdad que todos tenían montura, pero eran caballos que no habían sido entrenados nunca para la guerra y con los arneses más mezquinos; ellos mismos, dice Pedro Simón, eran más bien carga de caballos que caballeros. Entre todos no tenían más que dos arcabuces; a uno le faltaba la cazoleta y para el otro había escasamente pólvora suficiente. No tenían más armas que puntas de lanza oxidadas colocadas en varas largas hechas por ellos; y en lugar de yelmos, llevaban un ridículo sombrero, entonces de moda en esa parte de la conquista, cuya copa era de cuatro colores diferentes cosidos en cuatro partes, y el ala de otros tantos, de tela y adornada con ribetes de algodón. Con unos quince soldados de estos, el maestre de campo Paredes, que era muy buen oficial, salió de reconocimiento en pos de los marañones. Al cruzar un bosque en el valle, donde el sendero era tan estrecho que dos caballos no podían ir juntos, se toparon inesperadamente con el enemigo. Ninguna de las dos partes estaba preparada para este encuentro; los hombres de Aguirre hicieron alto para tomar las armas y encender las mechas; los del maestre de campo se retiraron tan de prisa que algunos dejaron caer las toscas lanzas, y cuando las ramas les tiraron los fantásticos sombreros, no se atrevieron a pararse a recogerlos. Tales armas y tales yelmos brindaron a los marañones materia de diversión cuando, a la caída de la tarde, se detuvieron tres o cuatro horas al lado de un riachuelo, hasta que salió la luna.

Entre tanto, Paredes, al salir del bosque y llegar a la llanura, pensó en preparar una emboscada en su linde; pero su plan se vio frustrado al aguardar Aguirre a que saliera la luna, así que el maestre de campo retrocedió a toda velocidad a Barquisimeto. Se tomó entonces la decisión de abandonar la ciudad, donde los caballos no se podían usar con provecho, y donde los arcabuceros del enemigo podrían con seguridad causarles dificultades si se apostaban en las casas. El general mandó recado al gobernador Collado, en Tocuyo, y dejó tras de sí proclamas firmadas por este en las que invitaba a los marañones a volver a su lealtad al rey, y les daba su palabra de conseguirles el indulto por todos los delitos que hasta entonces habían cometido. En el Perú, el presidente Gasca había aplicado con éxito una medida similar contra Gonzalo Pizarro. A Aguirre se le dirigió una carta más larga; no se le podía prometer el perdón de forma igual de perentoria, pero el gobernador se comprometía, si no persistía en la rebelión, a que no se le haría ningún daño en esa tierra, sino que él mismo lo pondría allende el mar a los misericordiosos pies de Su Majestad, y sería fiel mediador en su favor. Por si estas razones tan persuasivas no lograsen conmoverlo, Collado le rogaba que ahorrase las vidas, que de otra forma se perderían en la lucha, y aceptase dirimir la victoria en singular combate con él. Tras dejar la carta donde necesariamente habría de ser vista, y esparcir indultos por todas las casas, el general se retiró a una media legua y acampó con los suyos en la pradera, junto a un riachuelo.

Mientras tanto, Aguirre siguió avanzando hasta el mediodía; entonces se detuvo, como a legua y media de la ciudad, cargó y dispuso la artillería en caso de ataque, y envió a un indio con una carta para los habitantes de Barquisimeto; en ella les rogaba que no se alarmasen, ni huyeran de sus viviendas, pues todo lo que necesitaba era que lo proveyesen de alimentos y caballos a un precio justo. Si hubiera soldados dispuestos a unirse a él y continuar al Perú, él les daría empleo honorable; pero si encontraba la plaza abandonada a su llegada, le prendería fuego, acabaría con todo el ganado y las plantaciones, y daría muerte en el tormento a todo el que cayese en sus manos. No hubo respuesta. A la mañana siguiente, avanzó hacia la ciudad, después de dar orden de que a cualquier soldado que se apartara tres pasos de su puesto, le pegara un tiro el que estuviera junto a él. Cuando ya estaban cerca, apareció Gutierre de la Peña con su caballería y se apostó en una hondonada cercana a la ciudad, fuera de alcance de los mosquetes. Aguirre les disparó, más para asustarlos que con la esperanza de que la andanada surtiese efecto, y luego entró en la ciudad con los colores al viento. Algunos de los soldados del rey entraron al mismo tiempo por el otro extremo, y por un momento dudaron si atacar a los rebeldes, pero comprendieron la sabiduría de su determinación primera, y de nuevo se retiraron. Sin embargo, Paredes hizo una incursión rápida con ocho de sus jinetes y soltó a cuatro de las acémilas, en parte cargadas de pólvora.

En la zona más alta de la ciudad había una casa rodeada por un muro de adobe con almenas todo alrededor; fortaleza suficiente contra los indios, y un puesto de observación ventajoso para tropas mejores. Aquí se alojó Aguirre, y aquí mantuvo a sus hombres listos para la batalla hasta que anocheció y vio que Gutierre, dejando centinelas para vigilarlo, se retiraba a su posición primera; permitió entonces a sus hombres saquear la ciudad. Sólo encontraron los indultos y la carta dirigida a él, que le trajeron. Al ver esto, los reunió y les dijo: «Señores, habréis visto papeles en los que el gobernador trata de persuadiros para que desertéis, y promete el perdón para todos vuestros crímenes. Soy un hombre con alguna experiencia en estas cosas, y esto puedo afirmar: que los estragos que habéis causado han sido tales que ni en España, ni aquí en las Indias, ni en ninguna otra parte del mundo, se ha tenido noticia nunca de hombres que los hayan cometido parecidos; y aunque el rey en persona estuviese dispuesto a perdonaros, no sé si podría hacerlo; mucho menos, por lo tanto, un licenciado con sólo dos nombres como Pablo Collado. Acordaos de lo poco que les sirvieron a Piedrahita, Tomás Vázquez y otros capitanes indultos como éste; también eran en nombre del rey, a quien habían servido toda la vida, y después llegó un letradillo del que nunca se había oído hablar y les cortó la cabeza. Estos papeles son doradas píldoras ponzoñosas. Lo que tenemos que hacer es mantenernos unidos y cumplir con nuestro deber; cualesquiera que sean las fatigas que tengamos que soportar ahora, en el Perú hay abundancia de todas las cosas, y allí ya disfrutaremos de ellas con sosiego». Después les ordenó quemar la ciudad, dejando sólo algunas casas, que ofrecerían ventaja a sus arcabuceros. Los centinelas enemigos, sabiendo con qué intención las había dejado, las quemaron a su vez; las llamas pasaron a la iglesia, que como el resto del pueblo era de cañas, y no quedó nada en pie excepto el fuerte del que se había apoderado Aguirre. Blasfemo como era, en esta ocasión dio alguna muestra de sentimiento católico, y cuando vio que la iglesia estaba en peligro, ordenó retirar las imágenes y llevarlas a lugar seguro para dar alguna indicación, dice Piedrahita, de que había nacido en Vizcaya.

Para entonces, las tropas del rey habían recibido un pequeño refuerzo del que lo más valioso eran tres arcabuces; al amanecer, Paredes, para suscitar alarma, se aproximó al fuerte con un destacamento. Aguirre ordenó a cuarenta arcabuceros hacer una salida contra ellos; resistieron el fuego, que no tuvo ninguna consecuencia; y los rebeldes, que evidentemente ya no deseaban persistir en la rebelión, los dejaron retirarse sin perseguirlos. Mientras tanto, Pedro Bravo de Molina llegó a Tocuyo con veinte hombres de Mérida a caballo; y el gobernador, que había reunido entre cuarenta y cincuenta hombres más, animados a entrar en campaña al aparecer este refuerzo, salió con él para unirse a Gutierre de la Peña. Marcharon toda la noche, pues el calor del día era intolerable; por la mañana se encontraron con un mensajero de Aguirre que traía una carta para el gobernador, escrita en el estilo acostumbrado de Aguirre. «Magnífico Señor,» comenzaba, «entre otros papeles de vuestra señoría encontrados en esta ciudad, había una carta dirigida a mí que contenía más promesas y preámbulos que estrellas hay en el cielo. En cuanto al combate singular que me proponéis, si el rey de España fuese a respetar el resultado del mismo, lo aceptaría, e incluso dejaría a vuestra señoría escoger las armas; pero entiendo que todas esas ofertas son tretas como las que se les hacen a esos caballeros que conquistan un país y se asientan en él sólo para que vuestra señoría, con sus dos nombres, pueda venir y apoderarse de lo que ellos han adquirido con tanta penalidad. Lo único que necesitamos son alimentos y caballerías a cambio de nuestro dinero; provéanos de esto vuestra señoría, y guardad vuestro gobierno y ciudades libres de los daños que tendremos que causar si no nos abastecéis. Todo cuanto hemos visto en esta tierra nos sirve de acicate y nos da alas para querer salir de ella lo antes posible; por las lanzas y yelmos que algunos de vuestros soldados dejaron tras de sí cuando salieron huyendo, hemos visto lo débil que es su raza. Decís que nos hemos levantado en armas contra el rey; si alguna vez tuvimos obligación de obedecerle, ya se acabó, pues renunciamos a él hace tiempo y elegimos otro rey; y por lo tanto, siendo vasallos de otro señor, podemos hacerle la guerra al primero sin ser merecedores de ninguno de los baldones que aquí nos imputáis. En guisa de conclusión, no me declaro al servicio de vuestra señoría, porque pensaríais que es una oferta mendaz. Que Nuestro Señor guarde la muy magnífica persona de vuestra señoría.» Una vez leída esta carta, les dijo Collado a sus hombres: «Pluguiera a Dios que el resultado de esta guerra pudiera decidirse entre Aguirre y yo; fanfarrón como es, quizá habría podido yo hacerle a él lo que él dice que habría hecho conmigo; pero que se cumpla la voluntad de Dios, puesto que es su deseo que por nuestras ofensas nos alcancen hasta aquí las chispas del Perú». Dijo esto con lágrimas en los ojos y con un estremecimiento que sus hombres achacaron al miedo, pues el gobernador era un hombre débil y enfermizo, poco reputado por su valentía, e impopular porque no era un espíritu generoso. Por estas causas, su desafío fue visto como una baladronada huera; lo verdaderamente absurdo del mismo lo había expuesto el propio Aguirre al expresar el deseo de que el rey consintiese en obrar de conformidad con su desenlace.

Alrededor de mediodía se reunió Collado con Gutierre de la Peña. Pedro Bravo entró en el campamento diciendo que había dejado en Mérida a un oidor de Santa Fe con quinientos hombres bien armados, pero que había traído con él sólo doscientos, pues creía serían suficientes para controlar al tirano. Dijo esto con la intención de infundirles valor y de desalentar al enemigo, a quien esperaba llegase esta falsa información. Y como bien había supuesto, en cuanto oscureció, un negro corrió a llevarle estas noticias a Aguirre. Él no hizo caso, pero sus hombres se lo creyeron, y empezaron a pensar que su única esperanza se cifraba ya en conseguir el perdón lo antes posible. Receloso, Aguirre no consintió que ningún hombre saliera del fuerte; sin embargo, al tercer día, Juan Rangel y Francisco Guerrero huyeron al campamento; allí declararon que muchos aguardaban únicamente una oportunidad para seguirles, y que sólo era necesario vigilar bien el fuerte e impedir que Aguirre consiguiese provisiones. Ese mismo día, Paredes y Bravo con unos cuarenta jinetes se acercaron a los muros lo suficiente para que les pudiesen oír los rebeldes y, dando una voz, los invitaron a salvar sus vidas sometiéndose a tiempo, pues se había reunido ya en su contra una fuerza tal que, de otro modo, todos serían pasados a cuchillo pronto.

Algunos indios de las tropas rebeldes estaban en ese momento lavando en el riachuelo que corría al pie del fuerte, y el maestre de campo se los llevó sin más, así como toda la ropa. Picado por esta afrenta, Aguirre ordenó a Susaya, el capitán de su guardia, y a Cristóbal García que saliesen de noche con sesenta hombres, como si fuesen a buscar provisiones, y cayeran sobre el campamento al amanecer. Un imprevisto frustró esta intentona: unos jinetes que iban camino del campamento se toparon con unas yeguas con sus potros, que siguieron a los caballos en tropel; los jinetes, al oír en la oscuridad el ruido de los cascos, espolearon sus monturas cuanto pudieron y dieron la alarma en el campamento, diciendo que tenían al enemigo encima. Susaya estaba acercándose por el otro lado, pero a raíz de la alerta se encontró a las tropas del rey armadas y montadas; visto lo cual, retrocedió a un lugar donde lo ocultaba la maleza, y mandó aviso a Aguirre pidiendo ayuda. Aguirre acudió en persona y se intercambiaron algunos disparos; mataron el caballo que montaba e hirieron a dos de sus gentes. Ninguno de sus disparos tuvo consecuencias3. Durante la escaramuza, Tirado, un capitán en quien Aguirre tenía gran confianza, y que había tomado parte muy activa en las atrocidades cometidas, galopó hasta las filas del rey; habiendo sido bien acogido por el gobernador, se unió a la acción en contra de sus propios amigos. A pesar de sentir profundamente su deserción, Aguirre tuvo la presencia de ánimo de disimular, y decirles a sus hombres que Tirado había actuado siguiendo sus instrucciones. «¡Será posible, marañones», exclamó, «que un puñado de pastores con capotillos4 de piel de oveja y escudos de cuero se enfrente a mi gente en el campo de batalla y que no hayáis dado con ellos en tierra!». Pero se daba bien cuenta de que este resultado no se debía tanto a pulsos poco firmes como a corazones amedrentados y voluntades vacilantes; en consecuencia, se retiró al fuerte.

Francisco Caballero había intentado seguir a Tirado, pero su caballo se puso nervioso, y no hubo forma de obligarlo a pasar junto a algo que lo había asustado, por lo que no le quedó más remedio que volverse, con la esperanza de que no se hubiese advertido su intención. Gaspar Dias, un portugués que todavía permanecía fiel al tirano, lo había observado todo; en cuanto lo vio franquear la entrada, lo atacó con su puñal, hiriéndole al tiempo que exclamaba: «Muerte al traidor». Otras armas se levantaron contra él, pero Aguirre, bien porque dudara de que el propósito de Caballero hubiese sido desertar, o porque en su fuero interno admitiese que ese deseo era ya algo demasiado natural para merecer castigo, prohibió que le hiciesen más daño, y dio orden de que se le vendase la herida. Acusó a sus hombres de ser un puñado de miserables afeminados, y les preguntó si luchaban contra el cielo en vez de contra el rey, ya que habían disparado a las estrellas en lugar de hacerlo a sus enemigos, advirtiéndoles por último que si él era derrocado, ellos sufrirían las consecuencias. Se disculparon diciendo que la pólvora era mala. Aguirre, casi al borde de la desesperación, se retiró e hizo una lista de los enfermos, de los que consideraba meros estorbos, y de todos los que suponía que estaban a su lado con poco entusiasmo, entre todos más de cincuenta; se la enseñó a sus partidarios, proponiendo agarrotarlos a todos. Por segunda vez, se le disuadió de este propósito; le dijeron que tal vez podría matar a alguno de sus más firmes seguidores, pues el ejemplo de Tirado debería mostrarle que no siempre los que aparentan ser mejores son aquellos en quienes más se puede confiar. Sin embargo, resolvió desarmarlos a todos, y ordenó a sus amigos que los vigilaran bien y les dieran muerte en el mismo momento en que advirtieran en ellos la menor intención de desertar.

En ese momento, todos los sueños de conquista de Aguirre se habían desvanecido; ningún aventurero se había unido a su estandarte, el avance de sus rufianes veteranos había sido detenido por un puñado de hombres a medio armar, y continuar al Perú era ya manifiestamente imposible. Decidió volver a la costa, apoderarse de embarcaciones allá donde pudiera encontrarlas, y seguir un nuevo rumbo. Mientras tanto, mantenía una estricta vigilancia en el fuerte para que no pudiera escapar ninguno de los suyos, no atreviéndose ni a dejarles salir a buscar provisiones; para tener qué comer, mataron a los perros y a los caballos, y esta crueldad hizo que incluso algunos de sus guardas lo abandonaran. Con la esperanza de reavivar su valor y levantar su ánimo con la acción, ordenó a veinte arcabuceros atacar a Paredes y Pedro Bravo, quienes se habían acercado con algunas de sus gentes para observar los movimientos del enemigo. Los dos grupos se aproximaron lo suficiente como para enzarzarse en provocaciones; hecho este por el que Pedro Bravo reprendió a los suyos, diciendo que no era de valientes insultar a los enemigos de uno; y que obraban especialmente mal al dar la ignominiosa apelación de traidores a unos españoles que, mediando buenas palabras y un trato generoso, bien podrían aún volver a cumplir con su deber; en tanto que, como se advertía, con ese lenguaje se les había provocado y, llevados al extremo, se les había hecho tomar las armas para contestar con pólvora y balas. Mientras hablaba, un mestizo del bando enemigo llamado Juan de Lezcano, notando que parecía un hombre de cierto rango, le apuntó y disparó a su caballo. Pedro Bravo no sufrió herida alguna al ser derribado, pero pensó que sería prudente apartarse del peligro, pues ya era evidente, por lo que sabía de la situación del enemigo, que se les podría reducir sin derramamiento de sangre.

El mismo Aguirre estaba convencido de que, a menos que pudiera retirar a tiempo a su gente, sería ese el desenlace. Así pues, la mañana del quinto día desde su llegada a Barquisimeto, después de quitarles las armas a la mayor parte de los soldados y cargarlas en las caballerías que quedaban, se aprestó a salir. Este último acto de desconfianza selló su ruina: los hombres le preguntaron si es que los conducía al matadero, pues que debían avanzar así, desarmados. También su orgullo estaba herido; era deshonroso, dijeron, retroceder como si les faltase valor para seguir. Estas cosas se dijeron tan alto, y el descontento llevaba tal camino de convertirse en motín declarado, que el tirano en horas bajas les devolvió las armas, pidiendo perdón por lo que había hecho y admitiendo que había sido un error, aunque era el único que había cometido durante toda la expedición. Hubo algunos que, enfadados, se negaron a recoger sus armas hasta que Aguirre accedió a pedírselo en persona.

En ese momento, habiendo sido informados por los desertores de que Aguirre pensaba retirarse, Paredes y Bravo volvieron al fuerte; aleccionaron a los soldados, advirtiéndoles que no se dejasen embaucar por más tiempo por el traidor, sino que se acogieran de inmediato al estandarte del rey mientras todavía podían obtener el perdón incondicional. Otra vez había indios lavando en el río, y Paredes, pensando hacer un segundo pillaje, cabalgó hacia ellos con su pequeño destacamento; ordenó a los que dejaba atrás que le hicieran una señal, levantando la espada desnuda, si algún partidario de Aguirre fuera a atacarle. Desde el fuerte se observaron sus manejos y se despachó a Juan Jerónimo de Espíndola con quince arcabuceros para proteger a los indios. Se dio pues la señal; sin embargo, Paredes únicamente espoleó al caballo para acabar cuanto antes su tarea; pero cuando tuvo a Espíndola a la vista, y se dio cuenta de que sus hombres no podrían hacer frente al superior armamento de los rebeldes, se retiró. Espíndola y su gente aceleraron la marcha, y al acercarse gritaron: «¡Arriba el rey, caballeros, arriba el rey!». Paredes se detuvo de inmediato, sus hombres montaron a los desertores a la grupa, y cabalgaron colina arriba para reunirse con sus camaradas; Espíndola aconsejó entonces avanzar inmediatamente sobre el fuerte. La mayor parte de la gente de Aguirre estaba fuera, ante los muros, para ver el resultado de la salida del destacamento; al ver la deserción, pensaron que se había perdido toda esperanza y que no debían perder ni un momento en asegurarse el perdón; con esta intención avanzaron todos a una. Aguirre creyó que iban a atacar al enemigo, pero los vio mezclarse con la tropa y los oyó gritar «¡Viva por siempre el rey!».

Juan de Aguirre todavía estaba en el fuerte, y tenía la intención de completar sus crímenes matando al tirano, cuyo presto instrumento había sido en tantos asesinatos; pero no encontrándolo a mano, y pensando que cualquier retraso era peligroso, se apresuró a unirse a Paredes; y mientras Aguirre estaba fuera del fuerte, todos los demás, que ya sólo eran aquellos de los que el tirano sospechaba y tenía bajo vigilancia, se escabulleron por una puerta que había sido condenada, pero que tiraron abajo. Uno solo de entre todos los marañones permaneció al lado de Aguirre: fue Llamoso. Ninguno de aquellos miserables le había superado en crímenes, pero fue leal hasta el último momento al tirano al que había jurado servir. Aguirre le preguntó por qué no iba también él a disfrutar del perdón del rey; replicó que había sido su amigo en vida y lo sería en la muerte. Aguirre no respondió, sino que fue a una cámara donde estaba su hija sentada en compañía de una joven, llamada La Torralba, que había venido con ella del Perú. «¡Di tus oraciones, hija mía», dijo, «pues tengo que matarte!». «¿Por qué, señor?», exclamó ella. A lo que él repuso: «Para que nunca vivas para verte ultrajada y llamada hija de un traidor»5. La Torralba tuvo valor suficiente para ponerse en pie y tratar de quitarle el arcabuz, creyendo que así le impediría llevar a cabo su desesperado propósito; mas él, dejándoselo arrebatar sin oponer resistencia, sacó una daga y apuñaló repetidas veces a su hija, hasta que todos sus sufrimientos hubieron acabado para siempre. Entonces salió a la antecámara, donde vio que entraban tropas del rey, y sin intentar resistir, se apoyó en una especie de armazón de cama de caña y aguardó lo que pudiera sobrevenirle. El primero que entró en la cámara, un habitante de Tocuyo, llamó a Paredes: «Aquí, señor; he cogido a Aguirre». El tirano contestó: «¡No me entrego a un villano como tú!», y viendo a Paredes, añadió: «Señor maestre de campo, vos sois un caballero, os suplico que se cumplan las normas conmigo, pues tengo cosas que comunicar que son importantes para el servicio del rey». Pero sus propios hombres gritaron que al maestre de campo le correspondía el honor de cortarle la cabeza antes de que llegara el gobernador, por lo que se ordenó a dos de estos marañones que le disparasen. Se dice que Juan de Chaves y Cristóbal Galindo se adelantaron para prestar este servicio, con el fin de que Aguirre no tuviese tiempo de hacer confesiones que mostrasen lo muy implicados que estaban en las atrocidades que se habían cometido. El primer tiro sólo le hirió de refilón: «Esto está hecho malamente», dijo; el segundo lo recibió en el pecho y exclamó: «Este bastará», cayó6, y murió inmediatamente.** Custodio Hernández, un desgraciado que había disfrutado de su favor, le cortó entonces la cabeza, y la llevó al gobernador con la esperanza de obtener algo por tal servicio.

Paredes salió entonces a recibir al gobernador arrastrando tras de sí los estandartes de los rebeldes. El gobernador ordenó enterrar a la hija de Aguirre en la iglesia; el cuerpo del tirano fue descuartizado, y los pedazos expuestos a lo largo del camino. Enviaron la cabeza a Tocuyo, donde fue expuesta en una jaula de hierro. Cuando Pedro Simón escribió su relato, todavía se conservaba la calavera; también se preservaban en la ciudad los estandartes, además del vestido, el corpiño y la manteleta de seda amarilla, desgarrados por la daga y manchados de sangre, que llevaba puestos su hija cuando la asesinó. Las gentes de Mérida y de Valencia que participaron en la campaña pidieron, en recuerdo de sus leales servicios, un estandarte para cada una de sus ciudades; en su lugar, se le dio a cada grupo una mano del traidor, que se llevaron en la punta de una lanza. Los trofeos se pudrieron por el camino; uno fue arrojado al río Motatán, y el otro se les echó a los perros. Paredes se llevó a España los estandartes y los colgó sobre el monumento a la memoria de su padre7. La casa en que había nacido Aguirre fue destruida por ser el lugar del nacimiento de un traidor, y en su lugar se levantó un monumento recordando sus crímenes y su destino.

Collado cumplió sus promesas a los marañones con una honorabilidad ejemplar8. Pero al año siguiente vinieron órdenes de Madrid de enviarlos a todos presos a España; habían tenido tiempo de ponerse a salvo. Sin embargo, a Paniagua, el capitán, que había sido uno de los grandes criminales, se le capturó y descuartizó en Mérida; y Llamoso sufrió el mismo fin en Pamplona. La Audiencia Real de Santa Fe buscó a los demás con diligencia y encontró a seis de ellos camino del Perú. Entre estos estaban Carrión, Susaya y Tirado; se les envió al territorio hacia el que viajaban y allí fueron ej ecutados.

Los crímenes de Aguirre causaron una honda impresión en la gente de Venezuela. Había en su carácter algo notable a la vez que monstruoso. La rebelión dejó un recuerdo más duradero por su naturaleza salvaje y aislada, y porque ninguna fábula dramática conoció nunca un desenlace catastrófico tan nítido y tan trágico. En esos países se habla todavía de Aguirre como de «El Tirano»; y cree la gente que su espíritu, tan inquieto ahora como cuando animaba su cuerpo, aún vaga por el escenario de sus crímenes bajo forma de un vapor ardiente que se ve con frecuencia en la isla Margarita y en los llanos de Nueva Andalucía. Y todavía hoy, este visible pero intangible fenómeno recibe en esas tierras el nombre de «Alma del Tirano».

 


Notas:

1. Había muchas copias de la misma en circulación cuando Pedro Simón escribió su historia, pero la consideró demasiado rara y traidora para reproducirla en ella. La traición debe de haber resultado muy inocente sesenta años después de su fecha. Herrera también la había visto, Piedrahita no, pero supuso que contendría algunos de los dichos favoritos de este loco, tales como que el rey de Castilla tendría que enseñarle el testamento de Adán en el que le nombraba heredero de las Indias, y que Dios había hecho el cielo para quien lo mereciese, y el mundo para quien se lo ganase. Oviedo y Baños la imprimió por primera vez en 1723. No he podido conseguir esa obra; pero parte de la carta, probablemente la mayor parte, la da Humboldt en una nota en el libro quinto de su Personal Narrative.

2. Aguirre tenía alguna razón para decir esto. El marqués había hecho ejecutar a varias personas que durante la revuelta de Girón habían aceptado la oferta de indulto y habían pasado bajo el estandarte real. Los procesos contra ellos fueron secretos, y el pretexto en un caso (el de Martín de Robles), escandalosamente insuficiente. Véase Diego Fernández, p. 2. 1. 3. c. 2. [Primera y segunda parte de la Historia del Perú. Sevilla, 1571.]

3. El obispo de Santa Marta dice que tanto en esta ocasión como en la batalla de Pucura, entre las tropas reales y los rebeldes del Perú bajo Francisco Hernández Girón, se produjo un evidente milagro favorable a la causa del rey. Pues las balas, en un caso, parecían sólo burbujas de aire o balones cuando se disparaban, y en el otro se aplastaban cuando alcanzaban a los caballos, como si estuviesen hechas de cera. Esto lo relata el obispo con toda seriedad, como hecho «muy de notar». Piedrahita, p. 581.

4. «Dezía esto porque el uso de la Provincia es de andar a cavallo con capotillos de dos haldas de pieles de León, para defensa del sol». (Piedrahita, p. 582). Pieles de León quizás sean pieles de oveja curtidas con su lana, como las que he visto vestir en León.

5. Castellanos hace a Aguirre decirle a su hija: «¡Muere! Porque yo debo morir».

6. El relato que da Gomberville de las acciones de Aguirre desde que abandona Margarita no contiene más que falsedades, exceptuando la muerte de su hija. Desde la isla, según dice, fue a Cumaná, donde mató a todos los que se le opusieron y cometió crueldades inauditas; después asoló toda la costa de Caracas y todas las provincias que están en los ríos Venezuela y Baccho. Luego fue a Santa Marta, donde mató a todo ser viviente. Entró después en el Nuevo Reino, donde le presentaron batalla y lo vencieron; siéndole imposible escapar, mató a su hija. Después de este último crimen pronto cayó prisionero y lo enviaron a la isla de Trinidad, donde tenía grandes posesiones; allí fue juzgado, condenado y destrozado en la rueda; y sus casas fueron arrasadas y el suelo sembrado de sal (pp. 57, 60). ¡Con este desprecio tan grande por los hechos se ha escrito a veces la historia!

Condamine, de quien se podría pensar que le habría interesado la historia de Aguirre como segundo navegante del gran río, que él mismo recorrió, parece haber seguido a Gomberville en lo poco que dice de él: «Ursúapéritpar la main d’Aguirre, soldat rebelle, qui se fit déclarer Roi. Celui-ci descendit ensuite la riviére, et aprés une longue route, qui n ’est pas encore bien éclaircie, ayantporté en tous lieux le meurtre et le brigandage, il finit par étre écartelé dans l’isle de la Trinité». Relation abrégée, p. 11

7. Diego García de Paredes [1506-1563], un héroe de raza de rufianes, famoso en su tiempo, de quien una historia muy particular escrita por él mismo, se encuentra como anexo a la Crónica del Gran Capitán Gonzalo Hernández de Cordova. Alcalá, 1584.

8. Piedrahita tiene algunos comentarios mezquinos sobre la buena voluntad de Pablo Collado al cumplir con su palabra; son dignos de notarse como los sentimientos de un obispo español de fines del siglo XVII, sancionados y aprobados por los censores de la imprenta: «Más cuerda resolución huviera parecido la de no preferir el cumplimiento de su palabra a la conveniencia general, que interesaba el Reino, en que no le infestasse tan infame semilla. Faltando el Gran Capitán a la seguridad que le tenía dada el Duque Valentín, acreditó en las escuelas de prudencia, que no debió temer el descrédito de faltar a su promesa por apagar el tizón, que ocasionaba los incendios de Italia. Y si en el salvo-conduto que dio a Lutero, nuestro Emperador Carlos V huviera atendido a este exemplar de tan cuerdo vassallo, ni huviera padecido tantas persecuciones la Iglesia, ni tan grande monarca necessitara de ocurrir a losTribunales de la vanidad para encontrar disculpa», p. 586.

 

Capítulo anterior

Fuente:

http://assets.espapdf.com