La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert Southey

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II. Don Fernando de Guzmán elegido rey por los amotinados. Sucesos hasta su asesinato.

Habiendo consumado así su propósito, los asesinos volvieron a los alojamientos del gobernador, donde para entonces se había congregado el resto del grupo. Ahí acudieron también todos los demás que oyeron el alboroto, con intención de socorrer a Ursúa; pero como llegaron de uno en uno y en desorden, los incorporaron a la fuerza a las filas de los amotinados sin que ningún hombre osara resistirse, porque todos se sentían solos y no sabían en quién podían confiar. Cuando la mayor parte de la tropa estuvo así reunida, algunos de los cabecillas, al frente de una partida bastante amplia, se precipitaron en busca de los que todavía permanecían en sus chozas; y haciéndolos salir, a unos con amenazas, a otros con promesas, y encontrando a otros más bastante dispuestos a unírseles, los llevaron a todos al alojamiento del gobernador a contemplar su cadáver y a participar de la culpa ayudando a enterrarlo, lo cual se hizo sin más ceremonia que cavar un hoyo en la choza en la que había sido asesinado, y colocar el uno encima del otro su cadáver y el de su lugarteniente. Los jefes del motín nombraron entonces general a Guzmán, y a Aguirre maestre de campo; no hicieron más nombramientos porque, según dijeron, la siguiente tarea era matar a los amigos y favoritos de Ursúa. Esto lo prohibió Guzmán; pensó que era mejor comenzar mostrando clemencia, y además no era tan perversa su naturaleza como para recrearse infligiendo la muerte. Sin embargo, se dio orden de que ningún hombre hablara en voz baja so pena de muerte, por temor a que pudiera prepararse una conspiración para tomar venganza; y esa noche no se permitió separarse a los hombres. Se sacó la pequeña reserva de vino que tenía Ursúa para su uso propio y para la misa, y se distribuyó entre ellos para que pudieran divertirse después del esfuerzo del asesinato. Así pasó esa noche miserable. Por la mañana procedieron a tomar nuevas disposiciones. Vandera fue nombrado capitán de la guardia; Villena, alférez mayor; Zalduendo, capitán de infantería; se crearon cargos para los amigos más respetables de Ursúa, que estos no se atrevieron a rechazar; pero cuando fue nombrado justicia mayor del campamento, Diego de Valcázar declaró al aceptar la vara de mando que la recibía en nombre de su señor el rey Felipe, y de nadie más. Todavía quedaba por evitar un peligro; como Sancho Pizarro no había regresado de su expedición, se dispuso vigilancia para que nadie le pudiera llevar las nuevas, no fuera a ser que él y su partida volviesen con intención de vengar a Ursúa, y se les unieran los que sólo bajo coacción habían dado su consentimiento a las medidas de los amotinados. La precaución tuvo éxito; a su regreso, Pizarro se vio sorprendido y rodeado; se le dijo que le habían reservado el cargo de sargento mayor, y se vio sin más alternativa que aceptarlo con fingida satisfacción. Lo único que había descubierto eran dos poblaciones desiertas en la selva, más allá de las cuales no había rastro humano.

La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert SoutheyA continuación, Guzmán reunió en asamblea a los jefes del ejército para deliberar sobre su futuro proceder. Expuso que, en su opinión, debían perseverar en el descubrimiento y conquista de El Dorado; y que entonces, de tener éxito, el rey fácilmente perdonaría lo que habían hecho; y aconsejó que se redactase un escrito de justificación, incluyendo una declaración y pruebas de que Ursúa estaba ocasionando graves daños a la expedición con su dejadez y negligencia, y que la única forma de evitar que la tropa, hastiada, diese media vuelta había consistido en infligirles a él y a su lugarteniente su merecido castigo; y esto, dijo, debían firmarlo todos los hombres del campamento. Vandera y Montoya aprobaron la medida; Aguirre permaneció en silencio, y los que pertenecían a su facción le imitaron; así se pergeñó el documento y se reunió a los soldados para que lo firmaran. Guzmán, como general, fue el primero; después se entregó la pluma a Aguirre como maestre de campo, segundo en la jerarquía, y firmó «Lope de Aguirre, Traidor». En cuanto se supo esto, se alzó un murmullo general, pues hasta los más temerarios se quedaron atónitos; hubo algunos que le reconvinieron, pero él se volvió hacia la asamblea y dijo: «Caballeros, ¿qué locura es esta? ¡Como si lo que hemos hecho fuera un mero pasatiempo, y no obra de hombres resueltos y sensatos! ¿No hemos dado muerte al gobernador del rey, quien representaba a su persona y tenía plenos poderes y autoridad? ¿Y vamos a pretender ahora quedar absueltos de toda culpa por medio de escritos y procesos que hemos pergeñado nosotros mismos, como si el rey y sus jueces no fuesen a entender de dónde salen? Todos hemos participado en la muerte del gobernador, y todos nos hemos alegrado de ella; quien no lo sienta así, que se lleve la mano al corazón y lo diga; así pues, todos hemos sido traidores. Supongamos, pues, que encontramos esta tierra que estamos buscando, y que la conquistamos y nos asentamos en ella, y que fuera diez veces más rica que el Perú, y mejor colonizada que la Nueva España, y que el rey fuera a sacar mayor provecho de ella que de todo el resto de las Indias... El primer bachiller y letradillo que llegara con una comisión de Su Majestad a hacer pesquisas sobre nuestra conducta nos cortaría a todos la cabeza; ¡esa sería la recompensa que nos valdrían nuestros servicios! Por consiguiente, como las vidas ya las tenemos perdidas, es mi consejo que las vendamos caras, y nos adelantemos a los que quieran destruirnos dirigiéndonos a una buena tierra que todos conocemos bien y donde tenemos bastantes amigos, los cuales, cuando vean el propósito con el que hemos vuelto, nos recibirán con los brazos abiertos y se unirán a nosotros y nos defenderán hasta la muerte. Ese es el camino que nos corresponde tomar, y por esta razón he firmado como Traidor».

Apenas hubo terminado Aguirre su discurso, se puso en pie Villena para aplaudirle; y añadió que quienquiera que diese otro consejo al general sólo podía hacerlo con la intención de perderlo. No era posible que Vandera escuchase esto en silencio; repuso inmediatamente que no era traición matar a Ursúa, porque había sido por el bien común y en servicio del rey; y que así sería reconocido en cuanto hubieran llevado a feliz término la expedición que, bajo su mala dirección, habría fracasado. «El rey», dijo, «no sólo olvidará esta necesaria acción, sino que incluso nos recompensará con su real liberalidad: tal es mi opinión, y si alguien dice que soy un traidor por sostenerla, digo que ese hombre miente, y lucharé con él a muerte por esto.» Aguirre y sus partidarios mucho se alteraron al oír esto, y la cosa habría acabado en tumulto de no haber mediado Guzmán y otros. Con todo, cuando se calmó el alboroto, Vandera aún añadió: «Decidid lo que gustéis hacer, pero que ningún hombre piense que lo que he dicho ha sido por miedo a morir; haré lo que hagan los demás. Pues habéis de saber que tengo un cuello tan bueno para el patíbulo como el mejor de vosotros». Aquí terminó el concilio, y la reunión se levantó sin que se hubiera adoptado ninguna decisión.

Cinco días después del asesinato, reemprendieron su camino como si fueran a cumplir el objetivo de la expedición según los deseos de Guzmán. Aguirre no se opuso, pues el camino que pensaba seguir era río abajo; pero se las ingenió para hundir una de las barcazas antes de partir, y otra cuando echaron el ancla por la noche ante un poblado abandonado. Esto hizo absolutamente necesario construir nuevas barcas, y se detuvieron ahí con ese propósito. Del poblado se lo habían llevado todo, y ni siquiera encontraron pucheros para preparar la comida. Al otro lado del río, que aquí tenía una legua de ancho, crecía mandioca silvestre; tuvieron que recogerla y prepararla por sí mismos porque para entonces la mayor parte de los indios, de ambos sexos, que habían traído del Perú, o que habían apresado por el camino, habían muerto de resultas del trabajo forzado y de la falta de comida. No eran lo bastante hábiles para pescar en cantidad, o acaso no hubiese peces en esa parte del río; las frutas silvestres que, como dice Pedro Simón, son más comida de monos que de hombres, se convirtieron en su principal sustento en cuanto hubieron dado cuenta de los perros, caballos y aves que llevaban consigo para poblar las nuevas provincias. Aguirre y los suyos animaban a la gente a comérselos, para así hacer impracticable cualquier plan de conquista y asentamiento. Fue entonces cuando este monstruo, que hasta ahí sólo había igualado en culpa a otros muchos, comenzó a dar rienda suelta a su apetito de sangre. Arce fue su primera víctima; sólo porque había sido amigo de Ursúa, Aguirre mandó que le dieran garrote, diciéndole a Guzmán que era por el bien de la tropa. Valcázar fue el siguiente en caer: bien se recordaba la protesta leal que expresó al aceptar la vara de la justicia, aunque en el momento no se comentara abiertamente. Lo cogieron en la cama, pero cuando lo llevaban a ejecutar, se zafó, y con la esperanza de suscitar al menos tumulto suficiente para favorecer su huida, gritó: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey!». Pero nadie se le unió; los pocos leales de corazón estaban completamente sojuzgados por el terror, y no le quedó más salida que meterse en el río. Se le buscó por la mañana, y comoquiera que Guzmán proclamase que no debía hacérsele daño, salió de su escondite, librándose por el momento.

Había llegado la hora del justo castigo. A dos miserables que habían sido de los principales instigadores del asesinato de Ursúa, Aguirre los hizo ajusticiar por el mero rumor de que estaban conspirando contra Guzmán. Surgieron disputas entre Vandera y él a cuenta de sus cargos respectivos, y de cuál de los dos ocupaba el más alto; el general, que favorecía a Vandera, pensó zanjar la cosa nombrándole maestre de campo, y dándole a su rival el cargo inferior de capitán de la caballería, al tiempo que hacía a Zalduendo capitán de la guardia. No faltaron quienes le dijeran a Guzmán que a Aguirre no se le ofendía impunemente, por muy bien que disimulase su resentimiento; y que se ofreciesen a prevenir cualquier daño mayor matándolo; pero Guzmán pensó que podría ganárselo, y así pactó que su hermano don Martín de Guzmán, que se había quedado en el Perú, se casara con una hija mestiza que Aguirre había traído consigo. A ella le entregó como regalo de esponsales un vestido largo de rica seda que había pertenecido a Ursúa; desde ese momento el general la trató como a su cuñada, y honró a su padre con el título de «don». Este hombre, de fama tan desdichada en la historia de América, se había ganado el pan en el Perú domando caballos. Participó tan activamente en la rebelión de don Sebastián de Castilla, que fue sentenciado a muerte, y con toda seguridad habría sido ejecutado si hubiesen podido prenderle; pero cuando se les concedió el perdón a todos los alzados que se unieran bajo el estandarte del rey contra Girón, se acogió a la proclama y salió de su escondite. Por alguna otra villanía fue condenado de nuevo junto con Zalduendo, y le hubieran colgado en Cuzco; pero se escapó de la cárcel y permaneció en la selva hasta que encontró la oportunidad de unirse a Ursúa. Tenía la esperanza de que Ursúa se rebelara; desengañado de esto, urdió un plan para asesinarlo y poner al mando a ese don Martín, quien a raíz de los consejos de Linasco, y quizá por alguna sospecha de estas sus miras, había sido expulsado del ejército. En general, tan irregular había sido su conducta, que en el Perú se le llamaba comúnmente el loco Aguirre; y, ciertamente, las atrocidades que cometió después fueron tales, que sólo a la locura pueden achacársele.

El proyectado matrimonio no trajo la reconciliación de Aguirre y Vandera, y cada uno estaba decidido a deshacerse del otro. Vandera salió repetidas veces en busca de su enemigo, pensando sorprenderlo y matarlo; pero Aguirre nunca estaba, ni de día ni de noche, sin sus partidarios a mano, e incluso dormía con la armadura puesta. Los planes de Aguirre resultaron más hábiles. Vandera y Zalduendo rivalizaban por doña Inés; este último, por lo tanto, se alió con Aguirre y entre los dos hicieron correr la voz de que Vandera planeaba asesinar a Guzmán y proclamarse general. Con todo lo débil de carácter que era, Guzmán no creyó el rumor, que sabía nacer de Aguirre, hasta que Zalduendo le aseguró bajo juramento que tenía confirmación de esa intención de labios del propio Vandera; y que de salir con éxito este nuevo motín, el cargo de maestre de campo se le daría a Cristóbal Hernández, un hombre que se había distinguido de muy mala manera en las rebeliones de Gonzalo Pizarro y Girón. El sentimiento de culpa había vuelto desconfiado a Guzmán, y la desconfianza lo volvió cruel: invitó a estos dos a jugar a los naipes, hizo saber a Aguirre cuándo debía entrar con una partida de esbirros, y así los hizo asesinar tan a traición como ellos habían asesinado a Ursúa. El principal promotor de esta mala acción fue entonces repuesto en su cargo de maestre de campo.

La siguiente medida adoptada por consejo de este hombre fue convocar a los soldados, a los que Guzmán arengó: Bien pudiera ser, les dijo, que como sólo unos pocos caballeros le habían designado para ser general suyo, no gozase su elección de la general aprobación que la confirmase; mas resultaba conveniente, habiendo tantos buenos soldados, que el mando se le entregase a uno elegido con el consentimiento de todos; él, por lo tanto, renunciaba a su autoridad. Dejó de lado la partesana1 que llevaba, como si fuese la vara de mando, y rogó a los soldados que procediesen a una nueva votación, prometiendo obedecer fielmente a cualquiera que eligiesen. De la misma manera, todos los oficiales que había nombrado se despojaron de la insignia de sus mandos respectivos. El final de la farsa fue el esperado; algunos estaban en el ajo, a otros los engañó; los que no eran ni víctimas ni cómplices advirtieron la trampa que se les tendía y, todos a una, le pidieron a Guzmán que reasumiese el mando. Este declaró entonces que su intención era llegar a ser amo del Perú, y que necesitaba que todos sus seguidores le jurasen que harían la guerra contra el rey de Castilla en esa tierra, a sangre y fuego, y que le serían fieles y leales a él, su general, en todas las cosas; «pero», dijo, «no deseo forzar la inclinación de ningún hombre; si algunos de vosotros no quisierais uniros a esta rebelión contra el rey, por escrúpulos de conciencia, declarad de inmediato vuestras intenciones; si sois suficientes para poder defenderos, os dejaremos en algún lugar de la región con armas y pertrechos completos; si fuerais pocos para esto, os llevaremos con nosotros como hermanos, y os dejaremos en el primer poblado amigo que encontremos, para que dispongáis de vosotros mismos de la manera que mejor os parezca. Que ningún hombre tema declarar abiertamente sus deseos, pues os doy mi palabra de honor de que nadie sufrirá daño alguno por hacerlo». Incluso en este ejército, compuesto por los rufianes más rastreros del Perú, resultó haber tres hombres no tan ingenuos como para creerse las promesas de Guzmán, y sí lo bastante honrados para arrostrar las evidentes consecuencias de proclamar su lealtad, pues preferían morir, dijeron, antes que convertirse en traidores. Se llamaban Francisco Vázquez, Juan de Cabañas y Juan de Vargas Zapata. Inmediatamente, se les dijo que, puesto que no pensaban tomar parte en la guerra, no tendrían ocasión de necesitar sus armas, y se las quitaron.

El juramento se prestó al día siguiente. El provisor no tuvo valor suficiente para negarse a celebrar la ceremonia, por lo que, sosteniendo en las manos el altar portátil, con el misal encima, tomó sobre él el juramento de traición. A continuación se les pidió a los hombres que firmaran; esta formalidad no se cumplió de forma demasiado estricta: algunos no sabían escribir; y otros, pensando que si las cosas acababan mal podría servirles de descargo alegar que nunca habían tocado ese papel, se quedaron atrás, mientras otros más se adelantaban en tropel para añadir su firma al pacto. Aguirre aún no estaba satisfecho; convocó otra reunión, declaró que no se conformarían con la conquista del Perú, sino que se apoderarían de todas las Indias; que para un reino semejante era necesario un rey y, por lo tanto, les correspondía elegir inmediatamente a Guzmán como su señor y príncipe. «Yo», dijo, «por mi parte, hago así públicamente renuncia de mi lealtad al rey de España, y tomo a don Fernando de Guzmán por príncipe, rey y señor; en prueba de ello, le beso ahora la mano. ¡Quienes no sigan mi ejemplo, otros pensamientos tienen en el corazón bien distintos de los que sus palabras y sus juramentos han manifestado!». No hizo falta ninguna otra amenaza; la mayor parte le siguió voluntariamente, y el resto disimulando, a los aposentos de Guzmán, el cual no consintió que le besaran la mano, sino que abrazó a todos, uno por uno. El nuevo rey nombró inmediatamente el servicio de su casa; un gentilhombre de cámara, un camarero mayor, trinchante, pajes y caballeros, y a todos les asignó salarios a cuenta del tesoro del Perú. Se le servía a la mesa con toda la pantomima de una corte real, y sus órdenes eran dadas ahora en nombre de don Fernando de Guzmán, por la gracia de Dios, Rey de la Tierra Firme y del Perú, y se le escuchaba con el sombrero en la mano. Ya estaba dispuesto el plan de campaña; se proponían dirigirse a la isla Margarita, donde sabían que no podían oponerles resistencia, y donde podrían aprovisionarse. Allí se quedarían no más de cuatro días, y tras reclutar a cuantos aventureros decidiesen acompañarles, seguirían hasta Nombre de Dios, durante la noche desembarcarían en el río Saor, se apoderarían de los pasos de la sierra de Capira, cortando así toda comunicación con Panamá; después se dirigirían a la ciudad y la destruirían por completo. Su siguiente empresa sería apoderarse de Panamá y de cuantos barcos hubiera en el puerto; esperaban que allí se les unieran muchos voluntarios de Veragua y Nicaragua, amén de los negros que por entonces se habían alzado en armas; y desde allí, llevándose la artillería de esas dos ciudades, seguirían hasta Perú, en donde, aunque se hubiese dado la alarma antes de llegar ellos, no había tropas capaces de resistir una fuerza como la suya. Tan grande era su confianza en el éxito, que se solicitaron y otorgaron tierras en propiedad; y estos rufianes convinieron entre ellos qué mujeres les quitarían a sus maridos y padres, fijando todo de antemano para que no hubiese disputas por este asunto.

Permanecieron tres meses en este lugar, que llamaron Pueblo de los Bergantines por los dos bergantines que allí construyeron, de trescientas toneladas cada uno. En ese tiempo, terminaron los cascos, y sin esperar a poner las cubiertas, probablemente porque escaseaban ya las provisiones, continuaron su camino. Aguirre sabía bien que, a pesar de los juramentos y las firmas, había muchos en la expedición totalmente opuestos a sus planes sediciosos, y que se alegrarían de quedarse en la primera tierra acogedora que encontrasen; y temiendo que prevaleciera esta opinión si daban con esa tierra de los omaguas que habían salido a buscar, y que según sus guías brasiles estaba ya cerca y en la ribera meridional, al día de partir se adentró en un brazo septentrional del río. En tres días llegaron a unas cuantas chozas desiertas en un terreno pantanoso, donde el aire estaba infestado de mosquitos, y nada parecía adecuado para la vida humana. Las casas estaban techadas con paja, cosa notable, porque durante muchas leguas no habían visto llanuras donde hubiera podido crecer la hierba, y todas las viviendas que habían tenido ocasión de ocupar desde hacía tiempo estaban cubiertas con alguna especie de hoja de palma. Aquí encontraron a algunos nativos, demasiado enfermos para haber huido con los demás; pero nada se les preguntó respecto al territorio, pues Aguirre y su partida no querían información, y los demás temían preguntar alguna cosa que pudiera hacer creer que su deseo era instalarse allí. Aquí permanecieron ocho días; entre tanto, Montoya y un escuadrón fueron enviados a buscar víveres en canoa. El río abundaba en pescado, que los nativos, superada su alarma, traían para comerciar; iban desnudos, y sus armas y lenguaje eran como los de los machiparos 2 . Sucedió en este lugar que Pedro Alonso Casto, que había sido el alguacil de Ursúa, se quejó a uno de sus amigos de que un cargo que había solicitado le había sido denegado, y mesándose las barbas, repitió una frase de Virgilio, Audaces fortuna juvat, timidoque repellit, la fortuna favorece a los audaces y abandona a los tímidos. Uno de los esbirros de Aguirre, al oír esto, le trasladó a este la información, y Aguirre ordenó que se los agarrotara a los dos. En cuanto Guzmán se enteró de esas órdenes, mandó suspender la ejecución, pero Casto ya estaba muerto; su compañero se libró por el momento. Desde ahí, un día de marcha los condujo al poblado más grande que hubiesen visto hasta entonces; era una isla sita entre el río y las tierras bajas inundadas, de casi dos leguas de largo y con una hilera de casas de punta a punta; en su parte más ancha medía apenas la distancia de un tiro de ballesta. Los nativos huyeron, pero pronto cedieron a la tentación de volver para comerciar con los soldados y robarles, que en ambas artes eran igual de osados y diestros. El castigo de aquellos que eran sorprendidos con las manos en la masa ni los disuadía ni les ofendía; sus compañeros traían manatíes, tortugas y otra comida para pagar su rescate; y en cuanto el preso quedaba en libertad, volvía a robar de nuevo. Se ofrecían para realizar cualquier trabajo ancilar; pero era tal su codicia que aun cuando los tiránicos amos a quienes servían llegaron a matar con crueldad a varios de sus paisanos, no pareció producirles la más mínima impresión. Se dice que en este lugar había tabernas; otro tanto se afirma en el Viaje de Orellana, y allí se las situaba en la misma parte del río; el hecho resulta dudoso, porque se corresponde muy poco con la vida salvaje; este pueblo, sin embargo, parece haber estado muy dominado por el amor al lucro, y la taberna acaso sea uno de los primeros establecimientos comerciales. Habían recogido estos indios gran cantidad de madera de cedro, de la que arrastraba el río, para hacer canoas y vigas para sus casas; al verlo, los españoles decidieron terminar sus bergantines ahí con ayuda de esos materiales.

El desgraciado rey de esta tragedia, cuyo papel estaba ya por llegar a su fin, eligió para su corte la choza mayor y más cómoda, que resultó estar en el extremo más lejano de la isla. Montoya se alojó en el otro extremo, a dos leguas de distancia; y Aguirre se situó en el centro, donde tenía los bergantines anclados cerca de su alojamiento para que, según dijo, el trabajo se realizara con mayor diligencia bajo su supervisión inmediata. Aquí se les colocó la cubierta a los barcos, se levantaron las bordas, y se lastraron, preparándolos para la navegación en alta mar. En la expedición había cinco o seis carpinteros, amén de veinte negros que también conocían el oficio. Aparte de ellos, sólo algunos más podían tomar parte en esta tarea; el resto tenía tiempo para la reflexión. Para entonces, Guzmán era ya del todo consciente del peligro que corría con Aguirre; la farsa de su fingida realeza empezó a parecerle lo que era, y el miedo pudo con la ambición; y en ese estado de ánimo, volvió a dar en la opinión de que lo mejor que podía hacer era proseguir la conquista y con sus servicios expiar el daño que se había hecho. Por su propio interés, todos sus amigos compartían esta opinión; pues aunque la culpa de Guzmán pudiera ser demasiado grande para ser perdonada, la suya sería ignorada. Se celebró una reunión secreta en su alojamiento; resolvieron encontrar a los omaguas, persiguiendo el objetivo para el que se habían embarcado, y dar muerte a Aguirre; porque era ya evidente que mientras viviese, nada podría hacerse en contra de sus deseos. Propusieron mandarlo llamar de inmediato, y ejecutar la sentencia sin dilación. Mas su hora aún no había llegado; y Montoya comentó que este paso podría resultar peligroso porque, sin duda alguna, acudiría acompañado de algunos de sus partidarios, y no se le podría matar sin un derramamiento de sangre mayor del deseable. «Mejor», dijo, «diferirlo hasta que nos embarquemos de nuevo; y entonces, la primera vez que suba solo a bordo del bergantín del príncipe, se le podrá despachar sin dificultad ni peligro». Fatalmente para todos los allí presentes, fue este el consejo que prevaleció; le pareció bien a Guzmán, cuyos crímenes nacían más de su mortecina inteligencia que de su corazón corrupto, y que estaba muerto de remordimientos por el sufrimiento que, ahora lo sabía, era su consecuencia.

Si estos hombres no hubiesen estado tan ciegos a su propia condena, habrían visto que Aguirre a diario tomaba medidas para afianzarse y fortalecerse. Si alguno en quien no podía confiar lucía buenas armas, se las quitaba con el pretexto de que no estaban todo lo limpias que debieran, y se las confiaba a uno de sus partidarios, y así, hasta que de un modo u otro hubo desarmado a todos aquellos que pudieran oponérsele de entre la soldadesca. Reorganizó el ejército, de forma que ningún capitán tuviera más de cuarenta soldados bajo su mando; esto lo hizo para poder escoger su propia compañía, y formar las otras de manera que los soldados fueran su garantía frente a los oficiales. El mayordomo mayor de Guzmán, Gonzalo Duarte, fue la única persona que hizo algún intento para obstaculizar su carrera, y le rogó al príncipe diera órdenes de que nadie pudiera pronunciar sentencia alguna, fuera de él. En cuanto oyó esto Aguirre, ordenó que apresaran a Duarte y lo agarrotasen, pero Guzmán en persona fue a ponerlo en libertad. Al ver esto, Aguirre corrió como un loco a su presencia, se tiró al suelo y declaró que no se levantaría hasta que no se le entregase a Duarte para castigarlo por sus muchas y graves faltas; de otra manera, dijo, bien podían cortarle la cabeza allí mismo, tal como estaba, y con ese fin le ofreció la espada. Guzmán, en lugar de aprovechar la oportunidad, le ordenó que se calmara y se alzase; los presentes intervinieron para favorecer una reconciliación, y el propio Duarte dijo que no merecía ese trato por parte de Aguirre después de haber guardado tan bien su secreto; «Pues cuando antes de embarcarnos», dijo, «tú querías matar a Ursúa y nombrar general a don Martín, por muy amigo que yo era de Ursúa, nunca hasta hoy revelé tu intención, ni dejé que el secreto escapase de mis labios». Esto pareció apaciguar al miserable; reconoció que Duarte había guardado su secreto lealmente y prometió corresponderle por ello; y así este tumulto terminó sin sangre derramada. La siguiente víctima fue Zalduendo; el asesinato de Vandera lo había dejado sin rival por doña Inés, y había conseguido hacerla su amante. En la expedición había una mestiza, de nombre doña María de Soto, que era su amiga y dama de compañía, y Zalduendo, deseando acomodarlas lo mejor posible ahora que los bergantines estaban terminados, pidió la venia de Aguirre para ponerles unas camas a bordo. Brutal en todo, este respondió que no debía haber a bordo ninguna cama, porque ocupaban el sitio que se necesitaba para cosas de mayor importancia. Cuando Zalduendo regresó con las mujeres después de su infructuosa gestión, dejó escapar expresiones de disgusto por el inesperado contratiempo, y sus palabras fueron inmediatamente repetidas a Aguirre, que tenía espías por todas partes. También se le dijo que la víspera, en el funeral de una mestiza, doña Inés había exclamado entre llantos: «¡Dios tenga misericordia de ti, hija mía! Tendrás compañía de sobra antes de que pasen muchos días». Esto era provocación más que suficiente para un miserable que se deleitaba en el asesinato, e inmediatamente convocó a sus rufianes. Enterado de esto, Zalduendo supo con qué fin se habían reunido y corrió a contarle sus temores a Guzmán y a pedirle protección. Guzmán lo instó a que no tuviera cuidado y envió a uno de sus capitanes a Aguirre para apaciguarlo, y obtener de él la promesa de que no planeaba ninguna violencia.

Por el camino, el capitán se encontró a Aguirre con su banda de asesinos; escucharon su mensaje, y enterándose así de donde se había refugiado su víctima, se dirigieron al alojamiento de Guzmán, y a pesar de sus órdenes, gritos e incluso súplicas, mataron a Zalduendo ante sus ojos. Después, el miserable mandó a un mestizo, llamado Francisco Carrión, y a Antón Llamoso, uno de sus sargentos, a matar a doña Inés para que, en el futuro, no surgieran más problemas por su causa. Estos rufianes, no contentos con matarla, la apuñalaron repetidamente después de muerta, como si el destrozar una forma que había sido tan hermosa les deparase algún placer contranatural. Después, se repartieron sus efectos, que eran de considerable valor, como salario de su sangriento trabajo. Mientras tanto, Aguirre se quedó con Guzmán, respondiendo a los indignados reproches y exclamaciones del supuesto rey con nuevos improperios, echándole en cara que no sabía nada de cómo se gobierna un ejército, y que si hubiera tenido la cautela debida, nunca habría confiado en un sevillano sabiendo lo ruines que son; esto a Guzmán, que era de Sevilla. Le encareció ser más prudente en el futuro, y le pidió que si alguna vez decidía convocar un consejo de guerra, se lo advirtiese con tiempo, para que pudiera llevar consigo cincuenta hombres de confianza armados, preparados para lo que pudiese ocurrir, pues estaban rodeados de enemigos. Después de descargar su rabia en consejos como este y en burlas soeces de insolente maldad, se retiró de su presencia. Sin embargo, como todavía no era su intención renunciar a toda muestra de respeto por el títere que había instituido, volvió al poco y dijo que Su Excelencia no tenía razón alguna para quejarse de lo que había hecho en su propia defensa, pues Zalduendo le habría dado muerte si él no se hubiese adelantado matándolo; y aunque los dos eran amigos de Guzmán, el que había sobrevivido era el más leal, y el que mejor podría servirle y protegerle en todas las ocasiones. Con estos discursos se reconcilió con su desgraciado príncipe, el cual quedó más aterrado que aliviado, y desde ese momento no perdió la palidez mortal que entonces le sobrevino, ni volvió a sonreír ni a mostrar alegría, sino que lució la apariencia de uno que ha visto algo espantoso; tampoco le quedaron el juicio ni el valor suficientes para tomar medida alguna contra la atroz tiranía de Aguirre o intentar luchar en defensa propia.

Esta pusilanimidad precipitó su destrucción. Guiral y Villena, dos de sus amigos que habían tomado parte en el consejo secreto en el que se había decidido la muerte de Aguirre, creyendo que un secreto tal no podría serlo durante mucho tiempo, pensaron prevenir las consecuencias del inevitable descubrimiento revelándoselo todo en persona al tirano. La noticia sobresaltó a Aguirre, que hasta este momento había despreciado demasiado a Guzmán para pensar en él con temor; desde entonces, cuando se le convocaba a un consejo, contestaba que no era momento de convocar ninguno, y que debían excusarle. Los bergantines ya estaban terminados; dispuso que se amarrasen todas las canoas junto a ellos, dando órdenes expresas de que ninguna fuera apartada de allí sin su permiso; e hizo subir a bordo su equipaje y el de sus seguidores para, en caso de que se adivinaran sus intenciones, embarcarse y abandonar a Guzmán y a los suyos en la isla. Dos noches antes de la hora fijada para la partida de la tropa, reunió a sus adeptos; y después de poner una guarda para cortar toda comunicación con el extremo inferior de la isla, donde se alojaba Guzmán (lo que en un brazo de tierra tan estrecho era fácil de conseguir), les dijo que necesitaba su ayuda para castigar a ciertos capitanes que conspiraban contra el príncipe, por lo que pedía que le siguieran y que hiciesen lo que era menester. Con esto los condujo a los alojamientos de Montoya y Miguel Boledo, el almirante, que estaban en el extremo superior de la isla, entraron en ellos por sorpresa, y los apuñalaron a ambos. Hecho esto, volvió y le dijo a su gente que el mismo trabajo había que hacerlo en el otro extremo del campamento, y nombró a las personas a las que se debía dar muerte allí, designando un grupo de diez para cada asesinato. Se señaló que en la oscuridad podían confundirse unos con otros y producirse algún desaguisado; accedió pues a esperar hasta el amanecer, dejando una guarda tal que no pudiera darse la voz de alarma. Con todo, se mostró tan precavido que, en lugar de pasar la noche en la ribera, él y el resto de sus hombres subieron a bordo de los bergantines, donde se mantuvieron vigilantes, dispuestos a cortar las amarras en un momento y dejarse llevar río abajo. Por la mañana bajaron a tierra para rematar la tarea; a dos de sus confidentes más íntimos les comunicó su intención de matar a Guzmán, confiándoles su ejecución; se llamaban Juan de Aguirre y Martín Pérez. Diríase que no se atrevió a que su intención fuese de todos conocida, pues cuando iban camino del cuartel general, el desgraciado les recomendó a sus rufianes que mostrasen especial reverencia hacia su príncipe; y les recalcó que si Su Excelencia, de natural compasivo como era y desconocedor de la traición que sus capitanes habían cometido, intentase protegerlos, debían tener mucho cuidado de no herirle por accidente en el cumplimiento de su misión. La primera víctima a la que despacharon fue Henao, el sacerdote que había tomado el juramento de traición. Luego entraron en los aposentos de Guzmán; estaba en la cama, pero se incorporó al oírlos, y al ver a Aguirre, exclamó: «¿Qué pasa, padre mío?», pues desde que había sido concertado el matrimonio acostumbraba a dirigirse a él en esos términos. El miserable rogó a Su Excelencia que nada temiese, y pasó al aposento interior, donde asesinó a Serrano, Duarte y Baltasar Cortés Cano; mientras tanto, sus dos confidentes descargaron sus arcabuces contra el cuerpo de Guzmán y luego lo apuñalaron repetidas veces; así concluyó su miserable y desgraciada parte de realeza.


Notas:

1. «Arma ofensiva, especie de alabarda, de la cual se diferencia en tener el hierro en forma de cuchillo de dos cortes y en el extremo una como media luna. Era insignia de los Cabos de Esquadra de infantería». Diccionario de Autoridades.

2. En la traducción de Bollaert, nota 1, p. 80, se dice: «Estos indios pudieron haber sido los uaupes del río Negro, descritos por Wallace; o, más probable, los juris. Estos habitaban la zona entre los ríos Putumayu y Yapura, y también se encuentran en el Río Negro. Sus chozas están bardadas con hojas de palma. En 1775 los gobernaba un jefe llamado Machiparo». Southey, Brazil, iii, p. 721. Wallace, p. 510. (Alfred R. Wallace, 18231913. A Narrative of Travels on the Amazon and Rio Negro. Londres, Reeve & Co., 1853.)

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