La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert Southey

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V. Alarma en el Nuevo Reino. Aguirre desembarca en Burburata y avanza hacia Valencia.

Mientras tanto, el provincial había informado al licenciado Pablo Collado, gobernador de Venezuela, de las andanzas de Aguirre y de la probabilidad de que intentara abrirse camino hasta el Perú a través del Nuevo Reino. La noticia fue enviada con toda rapidez a Santa Fe, donde causó gran alarma en la Audiencia Real de esa ciudad. No cabía dudar de la rebelión de Aguirre ni del carácter desesperado de este; pero no se sabía cuánto había disminuido el número de sus tropas por sus propias crueldades delirantes; ni lo poco capaz que era, en el estado de frenesí al que lo había llevado su desaforada maldad, de trazar un plan de operaciones razonable y llevarlo a cabo con habilidad y sentido común. Los oidores sabían que era un soldado con gran experiencia en las Indias, y no creían posible por ello que soñara con marchar a través del continente hasta el Perú. Argüían que su plan debía de consistir en tomar Nombre de Dios y adueñarse así de Panamá; pero esto no creían que pudiera conseguirlo ya, una vez dada la alarma por el provincial; por la fuerza de las circunstancias, pues, tendría que desembarcar en Burburata, el puerto más cercano, donde no se le podía oponer resistencia; y el curso que probablemente tomaría sería el de establecerse en alguna provincia rica, Mérida, pensaron, o Pamplona. Había en el Nuevo Reino demasiados espíritus descontentos que se le unirían en tropel; y aunque no se sabía con exactitud con qué fuerza contaba ya, la prudencia y el sentido común dictaban que debía de ser formidable, y que tendrían que prepararse en consonancia. La expedición original se había organizado en un territorio en el que no faltaban ni hombres ni armas; y su propósito era la conquista del poderoso imperio de los omaguas, objetivo que necesariamente exigía un dispositivo militar de considerable poderío. Por consiguiente, les correspondía levantar contra él toda la fuerza del reino, cuidando sólo de no dejar sin medios de defensa a pueblos y ciudades; y no debían olvidar nunca que, por disparatada que pareciese la intención de continuar hacia el Perú, no sabían qué decisiones desesperadas podría adoptar un hombre como Aguirre si el Perú fuese su objetivo original, y no hubiese ningún otro camino abierto hasta allí.

La expedición de Ursúa y los crímenes de Aguirre. Robert SoutheyPor lo tanto, los oidores enviaron recado a los gobernadores de Cartagena, Santa Marta y Popayán, para que estuvieran sobre aviso por si Aguirre penetrase en sus provincias. Ordenaron a Pedro Bravo de Molina que no saliese de Mérida, ciudad fundada hacía poco; haría mejor servicio quedándose a defender el lugar y enviando oportunamente información sobre los movimientos de los rebeldes, que uniéndose al gobernador de Venezuela con la pequeña fuerza que tenía a su disposición. Dispusieron que todos los demás pueblos y ciudades tuviesen preparadas sus tropas para llevarlas a cualquier sitio donde pudieran hacer falta, reservándose sólo los hombres necesarios para su propia seguridad. Se estimó que las tropas que podrían reunirse en campaña de este modo eran unos doscientos jinetes, cuatrocientos lanceros, doscientos cincuenta arcabuceros y otros tantos hombres armados con espada y escudo, sumando entre todos mil quinientos. Se le confió el mando al conquistador don Gonzalo Jiménez de Quesada, que tenía por entonces rango de mariscal. Los preparativos se hicieron con tan buena voluntad, y con gastos tan considerables en armas, caballos y aderezos militares, a expensas de los particulares (pues la gente corría con todos los gastos, sin el menor desembolso por parte del gobierno), que los habitantes de Santa Fe cargaron durante mucho tiempo con el peso de las deudas que entonces contrajeron. Se tomó la sabia precaución de prender a todas las personas que habían estado implicadas en las rebeliones peruanas y en la de Álvaro de Hoyón en Popayán. Se deliberó sobre cuál sería el lugar más conveniente para presentar batalla al rebelde. Algunos propusieron el valle de Cerinza, a unas cincuenta millas de la ciudad de Tuja, como el mejor sitio, porque allí podrían servirse de los caballos por estar en campo abierto. Otros creían más conveniente enfrentarse a él antes de que hubiese avanzado tanto tierra adentro, por lo que pensaban que era mejor sitio el valle de Cúcuta; el terreno presentaba las mismas ventajas que Cerinza, y además, para cuando llegara allí, el enemigo ya estaría fatigado por la aspereza y dificultad del trayecto que acababa de hacer. Estas opiniones enfrentadas fueron defendidas de forma muy exaltada; de resultas de ello surgieron disputas y desafíos, y Quesada se vio por último obligado a prohibir cualquier discusión sobre el particular bajo pena de muerte, y en tanto no se recibiese más información sobre los movimientos de Aguirre.

La primera intención de Aguirre había sido dirigirse a Nombre de Dios, cruzar a Panamá, y desde allí invadir el Perú. Pero sabiendo, como lo sabía ya, que esas ciudades del istmo debían haber sido alertadas y que los pasos estarían ocupados, inmediatamente decidió acometer una empresa infinitamente más difícil: la de desembarcar en Burburata, como había previsto el provincial, y avanzar a través del Nuevo Reino de Granada y Popayán, conquistando todo a su paso. Sin embargo, en el momento en que se decidió por este proyecto desesperado, era tan escasa la confianza que tenía en su gente, que no permitió que ningún barco, fuera del suyo, tuviera brújula o carta de marear, y ordenó que los otros lo siguieran. Había tan poco viento que les tomó ocho días un pasaje que normalmente se hacía en dos; el loco unas veces culpaba de esta tardanza a sus pilotos y a la tripulación, otras a su Hacedor, y manifestaba su impaciencia en las blasfemias más extrañas. Unas veces, decía que si Dios había hecho el cielo para una colección de pobres desgraciados como los que lo acompañaban, no tenía el menor deseo de ir allí nunca; otras veces, alzaba la vista y exclamaba: «¡Dios, si tienes algún bien que hacerme, hazlo ahora mismo y guarda la salvación para tus santos!». Y aún otras veces, viendo que seguía la calma chicha, juraba que Dios era un chaquetero, pues primero había estado de su parte y ahora se había pasado a la del rey. La octava noche, echaron el ancla en el puerto de Burburata, y desembarcaron de inmediato. De la misma manera que lo último que había hecho Aguirre antes de embarcar había sido cometer un asesinato, también aquí fue un asesinato lo primero que hizo en cuanto pisó tierra firme. Un portugués, uno de aquellos que se le habían unido en Margarita, preguntó al desembarcar si estaban en una isla o en la Tierra Firme; y como si la ignorancia fuese un crimen, el tirano ordenó que lo mataran. Todas las casas estaban abandonadas, pues la alarma era general a lo largo de la costa, y todos los habitantes habían huido en cuanto vieron aparecer sus embarcaciones. En el puerto había un barco mercante cuyos propietarios, al verlos acercarse, habían hundido después de llevarse todo lo que podían cargar; estaba en aguas poco profundas, por lo que parte de la obra viva estaba seca. Aguirre le prendió fuego, y esa noche se aposentaron en la playa a la luz de las llamas. El tirano no perdía la esperanza de que los habitantes fueran a verle y trajesen víveres para congraciarse con él; pero viendo que nadie aparecía, por la mañana envió una partida a registrar la ciudad. Sólo encontraron a Francisco Martín, uno del destacamento de Monguía que había desertado del provincial con la intención de reunirse con los marañones en cuanto se le presentase la oportunidad. Aguirre lo recibió con alegría, y enterado de que algunos de sus compañeros que andaban por los alrededores tenían las mismas intenciones, lo mandó a buscarlos prometiéndoles grandes recompensas por su fidelidad.

A mediodía ordenó a sus hombres que se acuartelaran en la ciudad; él se quedó atrás con sus partidarios más leales y prendió fuego a las naves. Pero al tiempo que imitaba a Cortés cortándose todo medio de retirada, juzgó necesario tener una guardia personal, precaución que nunca antes había tomado; ahí en Tierra Firme, pensó, los que en su fuero interno seguían siendo leales al rey tenían una esperanza razonable de escapar; y era de temer que algunos, alentados por esta esperanza, atentasen contra su vida. Francisco Martín volvió de buscar a sus camaradas sin haber descubierto ni a uno solo. Se enviaron entonces partidas a reunir caballos para cargar el equipaje; pero en esto tuvieron poco éxito; cogieron noventa, pero la mayoría eran yeguas de cría sin domar; y algunos de los soldados cayeron en fosas con estacas recubiertas de tierra, preparadas por los indios a instancias de los colonos, y volvieron gravemente heridos. El tirano se enfureció tanto con esto que ordenó que se proclamase la guerra a sangre y fuego contra el rey de Castilla, y declaró que toda persona que no se le uniera voluntariamente perdería la vida, y ordenó a sus soldados que no dieran cuartel, bajo pena de muerte. Esta proclama se leyó por las calles de Burburata al son de tambores y trompetas. Entre tanto, una partida de exploradores de Aguirre llegó a una plantación propiedad de Benito de Chaves, el alcalde de Burburata, que se había retirado allí con su esposa e hija, una joven casada con don Julián de Mendoza; los marañones las dejaron allí, se apoderaron de todo el botín que pudieron transportar, y se llevaron a Chaves para que les diera información sobre el terreno. Otro grupo trajo a un infeliz comerciante, llamado Pedro Núñez, a quien Aguirre preguntó qué decía la gente de la comarca de él y de sus compañeros. El mercader tuvo miedo de contestar hasta que, persuadido por promesas de impunidad, replicó que todo el mundo tomaba a su señoría y a los que le seguían por un grupo de sanguinarios luteranos. Aguirre se quitó el yelmo exclamando: «Loco e idiota, ¿tan tonto eres como para decirme esto?», y estuvo a punto de abrirle los sesos con el yelmo, pero se contuvo. Esto, sin embargo, sólo le proporcionó un corto respiro a Pedro Núñez. En el saqueo general, un soldado encontró una orza de olivas que había enterrado este hombre, y en la que había escondido algunas monedas de oro; el comerciante fue lo bastante insensato como para ir a ver a Aguirre y pedirle que le devolviesen el oro, pues las olivas ya estaban comidas. Aguirre hizo llamar al soldado, que admitió haber encontrado la orza de olivas, pero negó el oro. Le preguntaron entonces a Núñez con qué había cerrado la orza, y replicó que con brea; el soldado dijo que era falso, y enseñó el tapón de arcilla como prueba de su negativa; el tirano hizo notar que así como Núñez le había mentido en esta circunstancia, le mentiría en otras, y mandó que le dieran garrote.

Era necesario permanecer en Burburata hasta que estuvieran domados los caballos que tenían que cargar el equipaje. Mientras tanto, los soldados, registrando por todas partes, descubrieron varios toneles de vino en el bosque: hirvieron su comida en vino con el fin de aprovechar el que no se podían beber, y hubo quienes quitaron las tapas y se bañaron en los barriles. A unas siete leguas al este había una ciudad llamada Nueva Valencia; allí envió Aguirre cartas ordenándoles a los habitantes que le proporcionaran cada uno un caballo, que pagaría, y diciéndoles que con ese acto de acatamiento evitarían las terribles consecuencias de su ira, y todos los males a los cuales podrían verse expuestos si él y sus hombres tuviesen que tomar la plaza en su camino. No recibió respuesta alguna, y esto le hizo decidir ir hasta allí para castigarlos.

Como estaban a punto de partir, a Pedro Arias de Almesta y Diego de Alarcón les pareció que era buen momento para desertar. En lugar de buscarlos, Aguirre mandó traer a la hija y a la esposa del alcalde Chaves, y le dijo a este que las mujeres se quedarían de rehenes por los desertores; que en cuanto consiguiera que se entregara a estos soldados, le serían restituidas su mujer y su hija; y que de otro modo, se las llevaría al Perú. E inmediatamente emprendieron el viaje; estas damas, como la propia hija de Aguirre y todas las mujeres de la expedición que todavía sobrevivían, iban a pie. El tirano permitió que tres de sus hombres enfermos se quedasen en Burburata, acto de clemencia aun más notable si se tiene en cuenta que un día, al ver a uno de sus hombres, de nombre Juan Pérez, tendido al lado de un arroyo, y preguntarle qué hacía allí, Pérez replicó que no se sentía muy bien y mirar al agua corriendo le refrescaba. «Señor Pérez», dijo Aguirre, «si es ese el caso, no podéis emprender esta expedición y es mejor, por lo tanto, que os quedéis en esta ciudad». «Como le plazca disponer a su señoría», fue la respuesta del soldado; pero nada más entrar en la ciudad, Aguirre les dijo a sus verdugos que Pérez estaba enfermo y que procedía curarle; y les ordenó que lo ahorcasen y pusieran en el patíbulo un papel diciendo que se le había quitado de en medio porque no valía para nada. No habían llegado muy lejos cuando, al ascender una pequeña colina, advirtieron una canoa con españoles dirigirse al puerto que acababan de abandonar. Aguirre apresuró la marcha hasta coronar la cima, entonces ordenó detenerse a sus hombres fuera de la vista del puerto, los dejó allí, y volvió con unos treinta arcabuceros para ver si podía sorprender a la tripulación de la canoa. Después de registrar en vano las casas, se sentaron a cenar, y bebieron tanto vino del que había escapado a su anterior despilfarro que Aguirre se emborrachó del todo, y con él la mayoría de sus acompañantes. Tres de ellos, sin embargo, bebieron sólo lo suficiente para darse valor, y aprovecharon la oportunidad para escapar. Cuando el tirano los echó en falta a la mañana siguiente, no intentó buscarlos, sino que se quedó todavía en la ciudad, pensando que aparecería la gente de la canoa; pero antes de que acabara el día llegó un mensajero de la tropa, convocándolo a toda prisa para calmar un alboroto que había estallado. Después de que Aguirre los dejara, sus hombres se adentraron en la selva en busca de agua; sucedió que en esta selva se habían escondido algunos de los habitantes de Burburata; sus indios estaban al acecho, y en cuanto vieron que los españoles iban en esa dirección, se internaron aún más. Se encontraron sus huellas, y se envió en su persecución a unos indios al servicio del ejército; en la búsqueda encontraron algunas chozas desiertas, de donde se llevaron todo lo que sus aterrorizados ocupantes habían abandonado en la huida y, entre otras cosas, una capa reconocida inmediatamente en el campamento como perteneciente a Rodrigo Gutiérrez, uno de los hombres de quien Aguirre había sospechado que fue uno de los más activos en la deserción junto con Monguía y el bergantín, y a quien Francisco Martín le había atribuido un papel destacado en el hecho. Desgraciadamente para Martín, en la caperuza de la capa se encontró un certificado de buena conducta de Gutiérrez, en el que aparecía el nombre de Martín como testigo de su lealtad y de la traición de Aguirre. En cuanto Juan de Aguirre, que había quedado al mando de la tropa, leyó esto, fue a donde estaba este doble desertor y lo apuñaló. Cada vez que se trataba de infligir la muerte, parece como si estos miserables compitieran entre sí para ver quién llegaba más lejos en la ejecución del sangriento trabajo: a Martín le pegaron varios tiros al tiempo, y un disparo hecho por un soldado de nombre Harana mató a otro hombre que estaba arrestado como sospechoso. Se organizó un tumulto; unos acusaron a Harana de haberle disparado al hombre adrede, otros dijeron que había sido un accidente; él declaró que lo había hecho deliberadamente, y que respondería de ello, teniendo la seguridad de que el general lo aprobaría. Sin embargo, la mayoría estaba muy en su contra, por lo que pensó que sería prudente ir a Burburata lo más de prisa posible y traer a Aguirre de vuelta. Su presencia evitó más tumultos, y el asesino quedó impune.

El camino que seguían era escarpado y difícil, el clima de un calor opresivo, y las bestias, que no estaban acostumbradas a llevar carga, ya no podían con ella. Para aliviarlas, Aguirre ordenó que cada soldado tomase una parte de la misma, además de la mochila y las provisiones que acarreaban; y para que los oficiales se sintiesen obligados a llevar su parte, él mismo cargó con más de lo que podía. Esto acabó por incapacitarlo; los caminos eran tan difíciles que les llevó seis días recorrer una distancia de poco más de ocho leguas para llegar a Valencia, y el último día Aguirre estaba tan enfermo que no podía sostenerse sobre el caballo; los indios lo transportaron en una hamaca, y los soldados extendieron sobre él una bandera a modo de dosel; pero incluso este movimiento lo fatigaba tanto que los hacía detenerse con frecuencia a la sombra, y a menudo, en la impaciencia del sufrimiento, gritaba: «¡Matadme, marañones, matadme!». Encontraron Valencia desierta de todos sus habitantes, que habían huido a unas islas en el lago de Tacarigua1; su principal riqueza consistía en ganado, que no pudieron llevarse consigo, y que cayó por consiguiente en manos de estos rufianes. Aquí empeoró la enfermedad de Aguirre; entonces le hubiera resultado fácil a cualquiera darle muerte, pues en su indiferencia por la vida ya no tenía guardia a su alrededor, permitiendo que se le acercasen todos sin recelo. La enfermedad lo puso casi al borde de la muerte, pero se dio la desgracia de que se restableciera, y volvieron la violencia y ferocidad acostumbradas de su temperamento. Expresó su decepción al ver que ningún habitante del país se le había unido, cubriéndolos de imprecaciones; los llamaba miserables cobardes por no unirse a quienes ejercían la loable profesión de la guerra, que los hombres habían amado y tenido por honorable desde el principio de los tiempos, que los mismos cuatro elementos seguían ejerciendo, ¡y que hasta los ángeles del cielo habían practicado! Envió a un grupo para atacar las islas y traer todos los prisioneros que pudieran hacer; pero el lago era muy profundo y los fugitivos habían tenido buen cuidado de no dejar ningún barco. La pasión de Aguirre por la sangre pronto comenzó a manifestarse de nuevo; habiendo dado órdenes de que ningún hombre saliera de la ciudad sin su permiso bajo pena de muerte, ejecutó al soldado que tenía el puesto nominal de pagador por contravenir estas órdenes, aunque el hombre jamás se había enterado de las mismas.

Mientras tanto, Chaves, el alcalde de Burburata, buscó con diligencia a los desertores Pedro Arias y Alarcón, y dio con ellos; probablemente tuvieron poco cuidado al esconderse, pues no podían imaginar correr peligro alguno de un magistrado del rey. Les puso al cuello una argolla de hierro y se los entregó a su yerno, don Julián, para que los entregase a Aguirre a cambio de su esposa e hija. Por el camino, Arias iba tan rendido por la fatiga, y todavía más por el miedo, que se tiró al suelo diciendo que no podía continuar. Don Julián replicó que no le importaba que pudiera o no, porque con llevarle su cabeza al general bastaría; a esto el soldado le dijo que entonces podía coger su cabeza, porque él no podía seguir. Sin mediar otra palabra, don Julián desenvainó la espada, levantó las barbas del pobre desgraciado y se dispuso a cortarle la garganta. Pero en cuanto notó el filo de la espada, Pedro Arias recobró el amor a la vida, y pidió misericordia; aunque gravemente herido y convencido de que iba camino de su ejecución, no tuvo valor para morir si podía retrasar la muerte un poco más. Cuando le fueron entregados los prisioneros a Aguirre, y puestas en libertad las mujeres a cambio, dio orden de que Alarcón fuera arrastrado por las calles mientras se leía a su paso la siguiente proclama: «Esta es la justicia que Lope de Aguirre, el bravo capitán de los marañones, ordena se aplique a este hombre por ser leal al rey de Castilla; ordena que sea arrastrado, colgado y descuartizado; ¡quien haga lo mismo que sufra lo mismo!». Se colocó su cabeza en el patíbulo; Aguirre alzó la vista al pasar por allí, y con una de sus risotadas infernales, exclamó: «¡Ah, mi amigo Alarcón! ¿Estás ahí? ¿Cómo es que el rey de Castilla no viene a volverte a la vida?». Pedro Arias tuvo mejor destino del que esperaba; tenía buena letra, y Aguirre, queriendo que fuese su secretario, dio órdenes de que le curasen las heridas de la garganta. Este hombre bien pudo alegrarse de no haber cedido a lo que parecía una razonable desesperación.

El alcalde Chaves parece haber sido un miserable del mismo jaez que Aguirre; debió de pensar que el tirano podría tener éxito en su empresa y resolvió, por tanto, prestarle cuantos servicios pudiera. Se le pueden encontrar atenuantes a la entrega de los dos desertores, aunque no pueda haber excusa, pero Chaves cometió después un acto de crueldad gratuita, pues habiendo capturado a Rodrigo Gutiérrez, mandó recado a Aguirre para hacérselo saber, y decirle que, pensando que le agradaría, lo retendría hasta que llegase una patrulla para llevárselo. Pocas cosas podían haberle dado mayor satisfacción al tirano; al momento despachó a Francisco Carrión con doce hombres para traerle a ese gran criminal. Gutiérrez, adivinando las intenciones del infame magistrado, se acogió a sagrado en la iglesia. Chaves respetaba tan poco la religión como las leyes, y aunque el párroco hizo todo lo que pudo para proteger al fugitivo, allí mismo le pusieron los hierros y una guardia. Los guardias resultaron mejores personas que el miserable que los mandó allí; antes de que llegaran los mensajeros de Aguirre, Rodrigo Gutiérrez se había librado de los grilletes y había huido a la selva. Cuando Carrión volvió sin su víctima, el tirano le reprochó amargamente no haber matado a Chaves por no cuidar mejor de su presa: en verdad, esa era la recompensa que merecía.


Notas:

1. Bollaert, p. 183, nota 1: «Este lago, llamado Tarigua por el padre Simón, es el lago de Valencia o de Tacarigua. (...) la tierra que lo rodea es llana e igual, y tiene quince islas que surgen del agua como machones. Está situado en el rico valle de Aragua, que forma una hondonada entre montañas de granito y calcáreas de mucha altura, separándolo de la costa por un lado y de los llanos del interior por el otro. Los ríos dirigen su curso hacia este lago interior, que está cerrado por todos los lados, donde se evaporan».

«La ciudad de Valencia, en las riberas del lago Tocarigua fue fundada en 1555 por Alonso Díaz Moreno, y es doce años más antigua que Caracas. Al principio fue sólo una dependencia del puerto de Burburata». Humboldt.

 

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