Anacaona (Poema épico)
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arranca el oro que busca
para el feroz extranjero,
y rendido de fatiga
se postra y expira luego.
¡Todo es ruina y servidumbre!
¡Todo, exterminio siniestro!
Sólo allá Cotubanama,
el cacique gigantesco,
se sostiene con su tribu
de Iguayagua en el extremo;
y la tierna Anacaona,
la de generoso pecho,
en Jaragua inquieta vela
por la suerte de su pueblo.
XXXVI
Ovando, el jefe inicuoJaragua aniquilada
consigue a duras penas
de su tributo enorme
satisfacer la deuda,
y Ovando a sus esbirros
con intención funesta
convoca y les infunde
la criminal idea
de que rebelde ahora
la poderosa reina
rehúsa del tributo
satisfacer la entrega,
porque en secreto forja
los planes de la guerra.
De Ovando a la visita
dispónese y apresta
los cantos y los juegos,
las diumbas y las fiestas
con que Jaragua ufana
sus huéspedes obsequia.
En palanquín brillante
que adornan flores bellas,
ceñida de jazmines
la altiva frente regia,
avanza rodeada
de vírgenes aéreas,
hermosas cual las cándidas
deidades de la selva,
que cantan los areitos
de paz enhorabuena,
y a Ovando ofrecen palmas,
y flores le presentan.
La tribu sus cabañas
solícita franquea,
y al huésped alevoso
de entrañas de fiereza,
regala a todas horas
y ansiosa le festeja.
Con danzas y cantares repetidos
la tribu candorosa de Jaragua
un día tras otro complaciente obsequia
al falso huésped que su ruina fragua.
Esto a Ovando sugiere un pensamiento
horrible, atroz, que realizar medita,
y a su vez de sus juegos la destreza
el indio incauto a presenciar invita.
Acoge el aborigen inocente
con placer la noticia peregrina,
y el instante fijado, al fatal sitio
la grey en muchedumbre se encamina.
Tributarios caciques numerosos
circundan a la hermosa soberana,
desarmados, gozosos, impacientes
por ver los juegos de la gente hispana.
Rompe la fiesta de atractivos llena;
fascinada la grey sin movimiento
sigue del juego los extraños giros,
y suspende la voz, y hasta el aliento;
cuando el cruel mandatario, endurecido,,
sacrilego y feroz lleva la mano
a la brillante cruz que aleve ostenta
sobre el malvado corazón tirano;
y al punto el eco del clarín responde,
y desnudas espadas centellean,
y a la reina infeliz y sus nitainos
los esbirros satánicos rodean.