Anacaona (Poema épico)
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con sus crímenes por ley;
pero los ecos del bosque
llevaron a sus oídos,
los ayes y los gemidos
de la aborígene grey.
Vió que unas tribus errantes
por las montañas huían,
mientras otras combatían
por la dulce libertad,
y el arijuna engreído
soberbios muros alzando
y al indiano esclavizando
con frenética impiedad.
Y el primero fué que ardiendo
en sed de justa venganza,
hizo con Caonabo alianza
y a la lucha se prestó,
y de Marién al cacique,
vendido a la turba extraña,
en su patriótica saña
cruda guerra declaró.
Cuando supo en sus comarcas
que al cacique de Maguana
de infame traición villana
víctima hizo el invasor,
convocando a los caudillos
de das tribus no vendidas,
dió batallas repetidas
combatiendo con valor.
Pero no, que todavía
los extraños invasores
aquella región de flores
tranquila dejan vivir.
Y no han ido, de su tribu,
devastando los hogares,
de otro culto los altares
en sus campos a erigir.
XXI
En desconsuelo, con faz llorosa
y opresa el alma por penas duras,
va de Jaragua por las llanuras
la de Maguaná reina infeliz.
Contra su seno trémula estrecha
cándida niña de rostro bello,
que el adorado materno cuello
con dulce brazo ciñe infantil.
Mas en su fuerte grande canoa (las naves españolas)
cruzó los mares el arijuna,
y mi Caonabo fué sin fortuna
llevado lejos a otra región.
Corrí a la playa, del mar desierto
miré tendidas las aguas solas,
y al verme alzaron tristes las olas
hondo murmullo sollozador.
Crucé las selvas y las montañas,
y ven, ¡Caonabo! ¡ven! — repetía;—
y sólo el eco me respondía
cual yo gimiendo: ¡Caonabo, ven!
Desesperada llegué a la gruta
y ante el sagrado zemí rendida,
que de Caonabo sobre la vida
velara siempre le supliqué.
En honda gruta que con su sombra
cubren mameyes, cedros y palmas,
la silenciosa paz de las almas
¡cuántos caciques durmiendo están!
Pero Caonabo no ve extenderse
sombra de palmas sobre su tumba,
y va en el viento que triste zumba
para su sueño pidiendo paz ...
XXII
Calló la indiana reina, y el anciano
levantándose al punto de su asiento,
— ¡guerra sin tregua al invasor tirano!—
clamó indignado con robusto acento.
¡Dadme la fuerte clava del guerrero,
al combate volemos, y seguros
ahoguemos en su sangre al extranjero,
y caigan con estrépitos sus muros!...
— Tu empeño es vano, de Caonabo mira
el destinó fatal, la suerte insana;
traidora muerte le valió su ira,—
le responde la reina de Maguana.