Anacaona (Poema épico)
|
Así de Higuenamota
fijar la suerte ansia,
y ya de lo futuro
tras lo ignorado mira
crecer y perpetuarse
su trono y su familia.
XXX
Cogiendo flores que brota
de la montaña la falda,
mientras libre al aura flota
su cabello, una guirnalda
va tejiendo Higuenamota.
Serena es su frente hermosa
como las aguas tranquilas,
y la niñez candorosa
aun destella en sus pupilas
con viva lumbre radiosa.
Más que el lirio perfumado
embriaga su puro aliento,
y es armonioso su acento
como el eco regalado
del ave que cruza el viento.
Por la tendida pradera
pasa cogiendo las flores
alegre, esbelta, ligera,
a los pálidos fulgores
de la tarde placentera.
Un rumor las hojas mece
de la arboleda cercana,
luego un guerrero aparece
ante la virgen indiana
y estático permanece.
La virgen mira serena
al joven de faz extraña;
es de la raza que amena
a veces en su cabaña
contempla de gozo llena.
— Hija herniosa de las flor
dice el gallardo extranjero,
—el pecho llenan de amores
con deleite lisonjero
tus encantos seductores.
De la virtud al camino
por tu amor volveré ufano,
yo que en loco desatino
busqué placeres en vano
del mundo en el torbellino.
Angel de paz e inocencia,
¿quieres que dicha cumplida
una suerte, una creencia,
en dulce unión bendecida
confunda nuestra existencia?
Responde, flor inocente
de los valles de Jaragua,
acoge mi amor ardiente
y que del bautismo el agua
descienda sobre tu frente;
y suave lazo de flores
estreche nuestras dos almas,
y los pájaros cantores
sobre las ceibas y palmas
celebren nuestros amores—
En la del joven guerrero
pone la virgen su mano,
y — ven, dice, este sendero
que oculta el bosque cercano
lleva a mi choza, extranjero.
—No en vano, virgen indiana
te formó el cielo tan bella,
si en esa frente lozana
la regia altivez descuella
de una estirpe soberana.
Condúceme adonde habita
tu excelsa madre preclara,
y su pasión infinita
que allí Hernando de Guevara
con emoción te repita.—
Y por la calle tortuosa
que oculta la selva umbría,
va la pareja dichosa
rebosando de alegría
y platicando amorosa.
XXXI