Nicolás de Ovando

Biografías de Pueblos Originarios
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Florentino Ameghino

España

1451 ~ 1511

Monumento en Santo Domingo

Estatua en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.
Educado en un ambiente de máxima religiosidad, había nacido en 1451 en del pueblo de Brozas, provincia de Cáceres.

Era pariente lejano, de Hernán Cortés, y cuando éste marchó por vez primera a las Indias, en 1504, llevó cartas de recomendación para Ovando, que entonces gobernaba la isla Española, el cual le acogió muy bien, ayudándole y favoreciendo.

Ovando fue uno de los diez hombres designados por los Reyes Católicos para acompañar al príncipe don Juan en la corte preparada para él en Almazán. Fueron escogidos por su importancia en la guerra, en los asuntos públicos, en las letras, en las artes y por su religiosidad. Como colaborador de los reyes, fue nombrado dos veces visitador de la Orden, y se encargó de la reconstrucción de la ciudad de Alcántara, muy deteriorada por la guerra de Sucesión castellana.

En 1498, al partir Colón para su tercer viaje, se ofreció a acompañarle, no siendo aceptado por el Almirante.

Nombrado gobernador de las Islas y Tierra Firme el 3 de septiembre de 1501, en la ciudad de Granada, donde entonces se hallaba la Corte.

Embarcó el 13 de Febrero de 1502, en San Lúcar, llevando 32 naves con 2.500 hombres. Mandaba la flota Antonio Torres, a los siete días de navegación, se esencadenó un violento temporal. Una de las mayores naves, la "Rábida", se fue a pique; las demás tuvieron que arrojar al agua gran parte de su cargamento, y sólo así lograron llegar, dispersas y malparadas, unas a las costas de África y otras a las islas Canarias.

Pasado el huracán y reunidos los navíos en la isla Gomera, adelantóse Ovando, entrando sin otro contratiempo en el Puerto de Santo Domingo el 15 de Abril. Antonio de Torres, con la otra mitad de la flota, llegó unos quince días después.

Entre las instrucciones que llevaba Ovando para la administración de la isla, se le recomendaba que tomara residencia a Bobadilla y lo enviase a España, también a Francisco Roldán y demás personas que se habían sublevado contra Bartolomé Colón; que pusiera en orden los asuntos del Almirante, restituyéndole todos los bienes y riquezas, y que reglamentase la explotación y tributación de las minas bajo ciertas condiciones alteradas indebidamente por Bobadilla

Tomada la residencia a Bobadilla, y cuando éste se disponía a embarcarse para España en la flota que había llevado Ovando, se aproximó a Santo Domingo, en Junio de aquel año, Cristóbal Colón que emprendía su cuarto y último viaje. Teniendo necesidad de cambiar uno de los cuatro navíos que llevaba por otro que tuviera mejores condiciones de estabilidad y resistencia, envió en una barca al capitán Pedro de Terreros para que, pidiendo permiso al Gobernador, les dejase entrar en el puerto.

Nicolás de Ovando, se lo negó en absoluto. Es cierto que los Reyes habían dicho al Almirante no tocase en la Española sino en caso de extrema necesidad; probable es que Ovando tuviera análogas instrucciones, a fin de evitar que Colón se encontrase allí con sus enemigos; pero nada de esto impedía que el Gobernador le hubiera facilitado un navío, esto era lo menos que podía hacer una autoridad española con una flota que iba al servicio de España.

Colón a pesar del desaire, le sugirió que no dejase salir la flota que llevaba Bobadilla porque se preparaba una gran tormenta. No se hizo caso de sus advertencias, la catástrofe se produjo, el 2 de Julio un huracán destruyó la ciudad de Santo Domingo, en la tragedia se hunden 25 de los 30 barcos que se dirigían a España, entre los desaparecidos se encontaban el jefe de la Armada, Antonio de Torres, y el ex-gobernador Bobadilla. Pese a este revés, en lo sucesivo, Ovando hizo pública su oposición abierta a los consejos del Almirante Colón y se intensificó la enemistad entre ambos.

Casa de Nicolás de Ovando

Las arcadas son parte del interior de la llamada "Casa de Nicolás de Ovando", posiblemente erigida en el año de 1506. Hoy la casa ha sido convertida en un Hostal del mismo nombre. Sin embargo no existe realmente la certeza de que fuera esta la casa del gobernador, aunque los estudios arqueológicos señalen que posiblemente fuera esta una de las tantas casas construidas en el momento del traslado de Santo Domingo desde la parte oriental del río Ozama.

Cuando Nicolás de Ovando llegó a La Española, había sólo 300 españoles en la isla, repartidos en cuatro villas: Santo Domingo, Concepción, Santiago y Bonao; pero el mismo huracán que hizo naufragar la flota de Bobadilla destruyó casi toda la población de Santo Domingo, cuyas casas, entonces, eran de madera y paja. El Comendador la hizo reedificar al otro lado del río Ozama, a la derecha, adoptó el modelo castellano de la Baja Edad Media de hacer calles anchas, rectilíneas y perpendiculares.

Mandó también que se empezasen varios edificios de mampostería, entre otros el llamado La Fortaleza, para residencia de la primera autoridad, el monasterio de San Francisco, el hospital de San Nicolás.

Los hombres llevados por Ovando, iban atraídos por las maravillas contadas de las Indias, iban con el único objeto de acaparar oro sin trabajos ni penalidades, y volver rápidamente a España con su preciado botín. Aquellas fértiles comarcas, que cultivadas hubieran podido proporcionar alimento y enriquecer a este número y muchos más, eran miradas casi con desprecio, y nadie se preocupaba de arrancar a la corteza de la tierra lo que suponían hallar gratuitamente en sus entrañas. Así es que en cuanto llegaron, después de proveerse de las herramientas precisas y de algunos víveres, salieron en interminable procesión buscando las codiciadas minas y creyendo que sólo necesitaban llegar a ellas para recoger el rico vellocino. Esto dio pronto sus fatales y necesarias consecuencias.

Los útiles, las ropas y los alimentos, se encarecieron de un modo increíble; las minas necesitaban un trabajo rudo y penoso para dar algún oro, que nunca correspondía a sus esperanzas; y como no sabían explotarlas, ni iban dispuestos a trabajar, la mayor parte regresaron a Santo Domingo desengañados, hambrientos y llenos de deudas. Para aumentar su desgracia, se incubaron en ellos las enfermedades, a tal extremo, que en poco tiempo murieron más de mil.

Los que quedaron, medio desnudos, sin víveres y enfermos, sufrieron una gran miseria, y sólo algunos previsores, que no se habían dejado deslumbrar por el brillo del oro, escaparon con suerte en medio de tantas calamidades.

Castigo parece éste providencial para aquellos que se lanzaron a las costas de América, llevando la codicia como único norte. Ovando tenía, pues, que atender a tanto clamor como se levantaba pidiendo protección y ayuda, sin contar con medios suficientes para socorrer tamañas desdichas. No podía tampoco dejar de apremiar a los que explotaban las minas, para que pagasen el tributo debido a la corona, tributo que su antecesor había abolido, y que Ovando estableció a su llegada por mandato de los Reyes. Sabía muy bien que en España se apreciaba el mérito de las Indias y de sus Gobernadores, principalmente por el oro que remitían. Consiguió, sin embargo, que los Reyes en diversas ocasiones rebajasen la parte de oro que a ellos correspondía, desde la mitad, que era en un principio, hasta la quinta parte.

La primer noticia que dieron los castellanos que allí se encontraban a los recién llegados con Ovando, fue la de que estaban sublevados los indios de la provincia de Higüey, la parte más oriental de la isla. Los nativos se sublevaban, cansados de los vejámenes, tropelías y abusos cometidos con ellos, huían a las montañas y cavernas para librarse del despótico yugo de sus opresores.

Ovando envió a Juan de Esquivel con 400 hombres, uno de los primeros capitulos de la destrucción de las indias es así relatado por Bartolomé de las Casas: "...señoreábalo una reina vieja que se llamó Higuanamá. A ésta ahorcaron; e fueron infinitas las gentes que yo vide quemar vivas y despedazar e atormentar por diversas y nuevas maneras de muertes e tormentos y hacer esclavos todos los que a vida tomaron..."

La masacre de Jaragua

Muy poco tiempo después los españoles que anhelaban la guerra por la impunidad con que la hacían y las ventajas que les reportaba, se quejaron con insistencia al Gobernador de que los indios de la provincia de Jaragua, al oeste de la isla, proyectaban un alzamiento general contra los cristianos.

Ovando receloso, aunque nada probaba ciertamente el denunciado intento, se dispuso a escarmentarlos con un terrible castigo que resonara en toda la isla y aterrase a los sencillos indígenas.

Reinaba en Jaragua, por muerte del cacique Behechio, su hermana Anacaona. Todos los historiadores de Indias se ocupan de esta mujer excepcional, que tenía fama entre indígenas y españoles por su extraordinaria belleza y su talento nada común.

Seis años antes había estado Bartolomé Colón en su reino para concertar tributos, y tanto ella como su hermano dispensaron alos españoles una entusiasta acogida, agasajándoles con cuanto tenían de más precio y valor.

No faltaban a Anacaona motivos de resentimiento para con los cristianos. Habían preso a su marido, el poderoso cacique Caonabó, siendo causa de su muerte, habían cometido toda clase de atropellos con sus pacíficos vasallos; y sin embargo, comprendiendo ella, los fatales resultados que producía hacer cara a los castellanos, soportaba con paciencia todos sus desmanes, pagaba con puntualidad los tributos concertados y no permitía que se hiciese el menor daño a los pocos españoles que, restos de las pasadas sublevaciones, aun vivían en su territorio con los indios.

Ovando se encaminó con 300 infantes y 70 caballos a Jaragua. Al saber Anacaona que el Gobernador se aproximaba para hacerle una visita, pues así se habían anunciado, mandó llamar a todos los Señores de su Estado y salió a recibirlo con 300 de ellos, luciendo sus más vistosas galas y acompañada de las 30 doncellas más hermosas de su servidumbre, para que marchasen delante del Gobernador bailando los areytos, que eran sus cantos populares y legendarios, y en la composición de los cuales sobresalía la misma Anacaona.

Como regalos y presentes les ofrecían pan y tortas de cazabí, hutías guisadas de diferentes maneras, frutas, caza, pesca y cuanto tenían de más sabroso y agradable.

Aposentaron a Ovando en la mejor y más espaciosa casa del pueblo, y a los demás en las restantes. La comarca entera se despobló para venir a ver los cristianos y las fiestas que organizaba tan poderosa Reina en su obsequio. Juegos de pelota, en el cual se distinguían mucho los indios, simulacros de guerra, bailes, canciones del país y otras muchas de sus habilidades lucieron a fin de hacer grata la visita a sus huéspedes.

A un hombre de corazón más sensible, hubieran desarmado seguramente estas muestras de afecto y simpatía, dadas por una multitud que, indefensa, desnuda y sin sospechar la terrible catástrofe que se preparaba, acudía allí con la tranquilidad y confianza de los que nada tienen que temer, porque nada malo han imaginado.

Ovando se mostró inexorable. Dadas las instrucciones a los suyos, anunció un domingo, después de comer, que sus caballeros iban a celebrar unas justas o cañas a usanza de Castilla. Esto regocijó mucho Anacaona y su gente, porque no habían visto semejante juego y eran aficionados a los simulacros de batallas. Invitó Ovando a los principales Señores para que entraran en la casa donde se encontraban él y la Reina y presenciasen desde allí la fiesta. Una vez dentro, asomóse a una ventana, puso la mano sobre la cruz de Alcántara que ostentaba en su pecho, y era la señal convenida, e inmediatamente rodearon la casa multitud de españoles, mientras que otros en el interior sujetaban a Anacaona.

Atados a los troncos que sustentaban la techumbre, y fuera ya los castellanos con Anacaona, prendieron fuego a la habitación, que compuesta de madera y paja, bien pronto se convirtió en inmensa hoguera.

En tanto que aquellos desdichados expiaban así la sospecha de una sublevación y atronaban el aire con sus lamentos y las rojizas llamas lamían sus cuerpos retorcidos por el dolor, los jinetes embistieron furiosos sin piedad, pisotearon con sus caballos mujeres y niños, persiguieron sin descanso a los inermes indios que, llenos de terror, huían despavoridos hacia las montañas y las costas, y no cesaron su matanza, hasta que, llegados al mar, algunos pudieron salvarse en canoas y otros se arrojaron al agua, pensando que las amargas y revueltas olas habían de ser más compasivas que aquellos crueles y despiadados enemigos.

A Anacaona se le concedió el honor de ser ahorcada, y así tuvo fin aquella hermosa mujer, cuya belleza y discreción no pudieron salvarla del furor de los españoles, A los cuales tantas consideraciones había siempre guardado.

Este suceso resonó en toda la isla, llenando de espanto a sus naturales.

El mismo Ovando debió comprender lo punible de su hecho y la gran responsabilidad que había contraído, puesto que, algún tiempo después, mandó abrir una información en la ciudad de Santo Domingo, para justificar la pretendida rebelión de los indios y el castigo a que se hicieron acreedores. Irrisorio proceso, en el cual declararon que habían cometido aquella "hazaña", coincidiendo, como era natural, en los atroces crímenes que proyectaban los de Jaragua, y la sabia previsión del Gobernador, que había evitado un desastre para la Española, y casi, casi que se malograra la conquista del Nuevo Mundo.

Las villas ovandinas

Reedificada Santo Domingo, mandó construir otra villa en la costa norte de la isla, a la que llamó Puerto de Plata, a fin de poblar con españoles aquella región, en la que había muchos indios, y también para que las flotas llegadas de España tuviesen un puerto más cómodo y fácil que el del Ozama.

Para asegurar la dominación de la región de Higüey, el Gobernador dispuso se fundaran las ciudades de Salvaleón y Santa Cruz de la Aycayagua.

Después de la masacre de Jaragua, fundó Ovando en la región la población de Santa María de la Vera Paz, comisionó a Diego de Velázquez y Rodrigo Mejía para que persiguieran a los fugitivos que se habían amparado de las montañas. Velázquez edificó las villas de Salvatiera de la Zabana y Yáquimo al suroeste de la isla; Rodrigo de Mejía las de Puerto Real y Lares de Guahaba al noroeste, y otras dos hizo construir Ovando en la provincia de Maguana, llamadas San Juan y Azúa.

En el norte de la isla se erigieron las villas de Puerto Real y Lares.

Villas Ovandinas

Hacia 1508, culminada la época de fundación de ciudades, Ovando se orientó hacia la exploración del resto de las Antillas. Esta iniciativa permitió que la expedición de Sebastián de Ocampo confirmara definitivamente la insularidad de Cuba. A su vez, los viajes de Alonso de Ojeda y los hermanos Camacho se dedicaron a negocios más lucrativos como la búsqueda de oro y el apresamiento de indios, que hicieron pasar por caribes para poder venderlos como esclavos en Santo Domingo.

La afluencia masiva de españoles a las Antillas y la necesidad de obtener una mano de obra que trabajara intensa y permanentemente en la agricultura no fue del agrado de los nativos y muchos de ellos prefirieron huir a los montes. Ante esta actitud, los colonos plantearon a la Corona que los indios les fueran repartidos. El 20 de diciembre de 1503, la reina Isabel firmaba una Real Provisión legalizando los repartimientos de indios en favor de los españoles. Con este documento nació la institución de la encomienda, que fue llamada en un principio "repartimiento". La Corona confiaba cierto número de indígenas a los colonos españoles, convirtiéndolos de esta forma en encomenderos.

Daba derecho a los españoles a exigir de los indios una prestación laboral o un tributo. En contrapartida, los encomenderos estaban obligados a instruirlos en la religión católica y a protegerlos. Entre 1503 y 1505, el Gobernador Ovando generalizó los repartos de indios en La Española, hecho que permitió que se desarrollara a gran escala no sólo la agricultura, sino la extracción aurífera a costa de la explotación de esta mano de obra.

El resultado inmediato del repartimiento de indios en las Antillas no fue su cristianización, como lo denunció Bartolomé de las Casas, sino su progresivo exterminio. Los indios morían masivamente no sólo por el agotamiento en el trabajo, sino por las nuevas enfermedades que les transmitían los españoles. La disminución de la población nativa de Santo Domingo condujo a que el valor de la misma aumentase y a que, con el pretexto de la falta de brazos para la agricultura, Ovando autorizara en su Gobernación el tráfico de indios capturados por los expedicionarios en otras islas aledañas.

La labor colonizadora de Ovando fue evaluada en la época como innovadora y positiva. El 9 de julio de 1509, fue sustituido por Diego Colón en la Gobernación de las Indias. La Española contaba ya con más de 3.000 vecinos en unas quince villas pobladas.

De regreso a España, fue premiado por los Reyes Católicos con la concesión del título de Comendador Mayor de la Orden de Alcántara. Murió el 29 de mayo de 1511 en medio de una Junta Capitular de la referida orden. Fue enterrado en la Iglesia de San Benito de Alcántara.


Fuentes:

Gobierno de Frey Nicolás de Ovando en la Española. Cándido Ruiz Martínez