Relación de Michoacán
TERCERA PARTE XVI. Cómo muría el cazonci y las cirimonias con que le enterraban. |
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Siendo muy viejo el que era cazonci, en su vida empezaba a mandar algún hijo suyo, que le había de subceder en el reino, y no dejaba de ser del todo rey el viejo, mas tenían esta costumbre; pues estaba enfermo el cazonci viejo, y llegábanse a curalle todos sus médicos, que eran muchos, entonces enviaba por médicos de toda la provincia y venían a curalle, y trabajaban mucho por curalle, y como vían questaba peligroso y de muerte, inviaban a llamar todos los caciques de la provincia, y todos los señores y valientes hombres, y todos los gobernadores, y los que tenían cargos del cazonci y venían todos a visitalle, el que no venía teníanle por traidor; y saludábanle todos, y dábanle sus presentes, si estaba muy al cabo. Ya que era de muerte, no dejaban entrar allá a nadie, donde él estaba, aunque fuesen señores, y estaban todos en el patio, delante sus casas, y los presentes que traían, cuando no se los rescibían, poníanlos en un portal, donde estaba su silla y insignias de señor. Pues moría el cazonci, sabiéndolo los señores questaban en el patio, alzaban grandes voces llorando por él, y abrían las puertas de su casa, y entraban donde estaba, y ataviábanle. Primeramente bañábanle todos los señores que andaban allí, muy diligentes y los viejos sus continuos y bañaban todos aquellos que había de llevar consigo y ataviábanle desta manera; puníanles junto a las carnes, una camiseta de las que usaban los señores, muy delgada, y una cotaras de cuero, y poníanle al cuello unos huesos de pescados blancos muy preciados entre ellos, y cascabeles de oro en las piernas y en las muñecas piedras de turquesas, y un tranzado de plumas, y unos collares de turquesas al cuello, y una orejeras grandes de oro en las orejas, y dos brazaletes de oro en los brazos, y un bezote grande de turquesas, y hacíanle una cama de muchas mantas de colores muy alta, y ponían aquellas mantas en una tablas anchas, y a él poníanle encima y atábanle con una trenzas, y cobríanle con muchas mantas encima, como que estuviese en su cama, y atravesaban por debajo unos palos, y hacían otro bulto encima dél, de mantas con su cabeza, y ponían en aquel bulto un gran plumaje de muchas plumas muy largas verdes, muy ricas, y unas orejeras de oro, y sus collares de turquesas, y sus brazaletes de oro, y su tranzado muy bueno, y poníanle sus cotaras de cuero y su arco y flechas y su carcax de cuero de tigre, y todas sus mujeres daban gritos y lloraban por él.
Componían así mismo, toda la gente de hombres y mujeres que había de llevar consigo, los cuales su hijo había señalado para que matasen con él. Llevaba siete señoras: una llevaba todos sus bezotes de oro y de turquesas, atados en un paño, y puestos al pescuezo; otra su camarera; otra que guardaba sus collares de turquesas; otra que era su cocinera; otra que le servía del vino; otra que le daba agua a manos, y le tenía la taza mientras bebía; otra que le daba el orinal, con otras mujeres que servían destos oficios. De los varones llevaba uno que llevaba sus mantas a cuestas; otro que tenía cargo de hacelle guirnaldas de trébol; otro que le entranzaba y otro que llevaba su silla; otro que llevaba a cuestas sus mantas delgadas; otro que llevaba sus hachas de cobre para hacer leña; otro que llevaba un aventadero grande para sombra; otro que llevaba su calzado y cotaras; otro que llevaba sus canutos de olores; un remero, un barrendero de su casa, y otro que bruñía sus aposentos; un portero; otro portero de las mujeres; un plumajero, de los que le hacían sus plumajes, un platero de los que hacían sus bezotes; uno de los que le hacían sus flechas; otro de los que le hacían sus arcos; dos o tres monteros, algunos de aquellos médicos que le curaban y no le pudieron sanar; uno de aquellos que le decían novelas; un chocarrero; un tabernero, que entre todos serían más de cuarenta, y ataviábanlos y componíanlos a todos, y dábanles mantas blancas, y llevaban todos estos consigo, todo aquello de sus oficios de que servían al cazonci muerto. Y llevaban ansímismo un bailador y un tañedor de sus atabales, y un carpintero de sus atambores, y querían ir otros sus criados y no los dejaban ir. Decían que habían comido su pan, y que quizá no los trataría como él el señor que había de ser. Poníanse todos guirnaldas en la cabeza de trébol, y amarillábanse las caras e iban tañendo delante, uno, unos huesos de caimanes; otros unas tortugas, y tomábanle en los hombros solos los señores y sus hijos y venían todos sus parientes del apellido de Eneani y Tzacapu-hireti y Uanacace. Iban cantando con él, un cantar suyo que empieza de esta manera: «Utayne uze yoca zinatayo maco, etc.», ques ininteligible, por eso no le declaro, y todos llevaban sus insignias de valientes hombres, y sacábanle a la media noche. Iban delante dél alumbrando unos hachos grandes de teas. Iban tañendo dos trompetas. Iban delante toda aquella gente que llevaba consigo para matar, y iban barriendo delante dél el camino, y decían: «Señor, por aquí has de ir; mira no pierdas el camino.» Y poníanse en procesión todos los señores de la provincia, y gran número de gente, y ansí le llevaban hasta el patio de los cúes grandes, donde ya habían puesto una gran hacina de leña seca, concertada una sobre otra, de rajas de pino, y dábanle cuatro vueltas al derredor de aquel lugar donde le habían de quemar, tañendo sus trompetas, y después poníanle encima de aquella leña, así como le traían, y tornaban aquellos sus parientes a cantar su cantar, y ponían fuego al derredor, y ardía toda aquellas leña, y luego achocaban con porras toda aquella gente que los habían emborrachado primero y enterrábanlos detrás del cu de Curicaueri, a las espaldas, con todas aquellas joyas que llevaban, de tres en tres, y de cuatro en cuatro; y como amanecía estaba ya quemado el cazonci hecho ceniza. Y mientras se quemaba estaban allí todos aquellos señores que habían venido con él; y atizaban el fuego, y juntaban toda aquella ceniza, donde había caído el cuerpo quemado, y algunos hosecitos si habían quedado, y todo el oro que estaba derretido y plata y llevábanlo todo a la entrada de la casa de los papas y echábanlo en una manta y hacían un bulto de mantas con todas aquellas cenizas y oro y plata derretido, y ponían a aquel bulto una máscara de turquesas y sus orejeras de oro y su tranzado de pluma y un gran plumaje de muchas plumas verdes muy ricas en la cabeza, y sus brazaletes de oro y sus collares de turquesas y unas conchas del mar, y una rodela de oro a las espaldas y poníanle al lado su arco y flechas y su cuero de tigre en la muñeza y sus cotaras de cuero y cascabeles de oro en las piernas, y hacían, al pie del cu de Curicaueri, al prencipio de las gradas, debajo, una sepultura de más de dos brazas y media en ancho, algo honda, y cercábanla de petates nuevos por de dentro, y en el suelo, y ponían allí una cama de madera dentro, y tomaban aquellas cenizas, con aquel bulto ansí compuesto, un sacerdote de los que llevaban los dioses a cuestas y poníansele a las espaldas, y ansí le llevaban a la sepoltura donde, antes que le pusiesen, habían cercado aquel lugar de rodelas de oro y plata, por de dentro, y a los rincones ponían muchas flechas, y ponían allí muchas olla y jarros y vino y comida, y, metían allí una tinaja, donde aquel sacerdote ponía aquel bulto dentro de la tinaja, encima de la cama de madera, que mirase hacia Oriente, y ponían allí encima de la tinaja y cama muchas mantas, y echaban allí petacas y muchos plumajes, con que él bailaba, y rodelas de oro y plata, y otras muchas cosas, y ponían unas vigas atravesadas encima la sepultura y unas tablas y envarábanlo todo por encima, y la otra gente que llevaban consigo, como los habían echado en sus sepulturas, echabanles tierra encima y íbanse todos a bañar, todos los que habían llevado al cazonci muerto y toda la gente, porque no se les pegase la enfermedad. Y iban todos los señores y toda la gente, al patio del cazonci muerto delante de sus casas y sacábanles allí mucha comida, que era del cazonci muerto, que la habían hecho para entonces, maíz cocido blanco, y dábanles a todos un poco de algodón blanco con que se limpiasen los rostros, y comían todos y después de comer poníanse todos cada uno por sí, asentados cabiscachos, tristes, y en cinco días ninguno de la cibdad molía maíz en piedras ni hacían lumbre en sus hogares; ninguno hacía tiánguez aquellos días; ni mercadeaba, ni andaba nadie por la cibdad; mas toda la gente estaban tristes por sus casas, y iban todos los caciques de la provincia y los señores, una noche, a las casas de los papas, donde tenían su oración y vela.