Relación de Michoacán
SEGUNDA PARTE XXIX. Cómo Taríacuri envió sus sobrinos amonestar y avisar un cuñado suyo, que no se emborrachase, y cómo los rescibió mal, y a la vuelta lo que le aconteció a Hirípan con un árbol en el monte. |
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Envió a llamar Taríacuri a sus sobrinos e hijo Hiquíngare, y venidos, díjoles: «Hijos, que haremos; ¿cómo no iríades al señor llamado Hiuacha, hijo de mi tío Zurumban, que cada día se emborracha muy malamente, y dicen que no come pan, mas el vino sólo tiene por comida? Id a él, y llevadle este pescado: decidle que coma primero y que después empezará a beber, y tomará una taza, y luego cornerá tras ella pan, porque no se muera, que le mataran estando borracho. Id a él y amonestadle, que yo hablé con su padre desta manera.» Partiéronse sus sobrinos e hijo, todos tres juntos, y llegaron donde estaba Hiuacha, que había salido del baño, y se había bañado, y estaba asentado a un lado y saludolos y díjoles: «Bien seáis venidos, chichimecas.» Y pusieron allí el pescado delante dél, y antes que hablasen, ni le dijesen lo que les había dicho Taríacuri, anticipose Huacha y díjoles: «¿Qué venís a decir? ¿Cómo no venís a hablar de guerra? Esperad, contaremos los días: el día de la caña y el día del agua, y el día de la mona y de la navaja, que yo Hiuacha no peleo más con mantas: compro los esclavos.» Acostumbran los mexicanos contar sus meses e días, por unas figuras que tenían pintadas en unos papeles, una caña y agua, y una mona, y una navaja. Así hay veinte figuras, un perro y un venado. Y contando por allí los días, tomaban sus agüeros para pelear, y para ver el nacimiento de cada uno. Y esta cuenta paresce que la tenía este señor Hiuacha, y no los chichimecas, y por esto dice que contarán el día de la caña y del agua. Oyendo lo que hablo Hiuacha, Tangáxoan no se pudo contener, y dijo: «¿Quién te dijo que cuentes los días? Nosotros no peleamos contando desa manera los días: mas traemos leña para los cúes, y el sacerdote llamado Curi y el sacrificador toman olores para la oración de los dioses. Dos noches estamos en nuestra vela para mirar cómo va la gente y para despedillos, y con esto peleamos.» Y tomaron sus arcos y asentáronse todos en el patio y sacaron de comer, y no les dieron a ellos, mas pasáronse de largo los que daban la comida, y dieron a los suyos, y sacaron mantas y camisetas y hizo merced Hiuacha no más de a los suyos, y a ellos no les dieron nada, y como no hacían caso dellos, dijeron: «Vámonos a nuestro pueblo.» Y tomaron todos sus arcos, y íbanse, y un viejo que era mayordomo de Hiuacha entró en una troj, y sacó un cañuto muy gordo de cañaheja, que estaba lleno de plumajes, y se fue tras ellos y íbalos llamando y decía: «Señores chichimecas, esperaos ahí, que os quiero decir un poco.» Y dijo Tangáxoan a su hermano: «Señor Hirípan, ¿qué viene deciendo aquel viejo?» Dijo Hirípan: «Dice que esperemos aquí, que nos quiere decir un poco. Venga a ver qué quiere.» Y llegó a ellos y saludáronle y dijéronle: «Bien seas venido, agüelo», que ansí decían a los viejos y a los sacerdotes. Y él también los saludó y quebrantó el cañuto de cañaheja y sacó dél muchos plumajes y púsoselos en la mano a Hirípan y díjoles: «Hijos, llevad estas plumas a Curicaueri vuestro dios, que destas plumas hace sus atavíos: ochocientas son. Estas trujeron de las islas de la laguna en rescate de xicales, y ruégoos que sean para apartarme a mí y a mis parientes: que los libertéis, que no acertó en lo que dijo Hiuacha, que ya no tenemos cabezas con nosotros, porque muy fuertemente conquistará la tierra vuestro dios Curicaueri. Ruégoos que me libertéis y apartéis de los cativos». Díjole Hirípan: «¿Cómo te llamas, agüelo?» Dijo el viejo: «Señor, llámome Parangua, y un hermano mío menor, se llama Tzipaqui.» Díjole Hirípan: «Bien, bien, habla a todos los tuyos y escoge todos tus parientes; que así será como dices.» Y fuéronse su camino y llegaron a Pátzquaro y no hablaron a Taríacuri; mas fuéronse todos enojados de largo al cu nuevo, a Queretaro, donde tenían su asiento en Michuacán. Y como llegaron, fuéronse al monte a cortar leña para los cúes, ellos y los isleños que andaban juntos. Y Hirípan subió en un árbol que no era gordo y abrazose con las ramas y y doblegolas y aquel árbol estaba comido de carcoma o gusanos y quebrantose y vino abrazado con las ramas, y cayó con ellas tendido en el suelo boca abajo y amorteciose, y como le vio su hermano Tangáxoan, dijo: «¡Ay, ay, que es muerto mi hermano.» Y llamó a Hiquíngare, y vinieron allí todos los isleños, y cercáronle todos en rededor, y aun no se levantaba, questaba todavía tendido, y llegose a él Tangáxoan y tomole de un brazo y Hiquíngare de otro y levantáronle, y estaba asentado y teníanle por las espaldas Tangáxoan y Hiquíngare. Y levantose en pie Hirípan, y dijo muy enojado de sí: «¡Oh Hirípan: aunque soy de tal estatura y tan pequeño, y aunque tengo la cabeza redonda, que no es de valientes hombres, nunca me tengo de olvidar de aquella injuria de Hiuacha!» Y dijo a su hermano Tangáxoan. «¿Cómo tiene las manos Hiuacha de quebrar ramas para los fuegos de los cúes? Mírame las manos, qué de callos tengo: Si las tiene así Hiuacha; ¡que tanta leña cuesta, y que tantos olores ha de costar, y cuán alta ha de ser la leña que ha de cortar! Nunca olvidaré esta injuria.» Acostumbraba esta gente de traer leña para los cúes, y echar olores los sacerdotes, llamados andúmucua en el fuego, porque los dioses les diesen vencimiento contra sus enemigos, y allí en la oración que hacían al dios del fuego, nombraban todos aquellos señores, contra quien hacían aquellos hechizos de aquellos olores. Por eso dice aquí Hirípan, que ha trabajado tanto en traer leña para los cúes, que tiene callos en las manos, los cuales no tenía Hiuacha; y que ya él merescía que los dioses le diesen vencimiento contra él, por aquella leña que había traído para sus cúes, o que él trairía tanta pues que ya tenía callos hechos, que fuese bastante de vencer a Hiuacha, aunque era valiente hombre. Y era de pequeña estatura, y tenía la cabeza redonda. Que los que la tenían de tal manera, no los tenían por valientes hombres, y por eso a los señores les allanaban las cabezas, y se las asentaban y hacían como tortas. Y díjole Tangáxoan a Hirípan: «Hijo, tú no estás tan enojado como yo: yo estoy más enojado que tú: pues que soy de chicos pies y delgado de cuerpo. Vámoslo a hacer saber a nuestro tío, porque no diga que habemos de estar y vivir entrambos; pues que aun vive nuestro tío, verá nuestra muerte, que no tenemos gana de vivir vámosle a decir lo que nos dijo Hiuacha.» Y partiéronse para ir donde estaba su tío Taríacuri, el cual era ya muy viejo y cansado y tenía unas orejeras de oro en las orejas y algunas turquesas al cuello y una guirnalda de trébol en la cabeza. Y estaban arrimadas a él sus mujeres que le tenían, y llegando sus sobrinos, dijo a las mujeres: «Madres, levantadme, que vienen mis sobrinos: que quieren hablar una cosa de importancia.» Y levantáronle y asentáronle en una silla de espaldas y díjoles: «Entraos allá dentro.» Y como llegasen sus sobrinos, saludoles y díjoles: «Seáis bien venidos, hijos.» Y ellos a él así mesmo le saludaron, y quebrantaron aquella cañaheja y sacaron las plumas blancas y pusiéronselas en la mano, y díjoles Taríacuri: «¿Pues qué es esto, hijos?» Y contáronle lo que les dijo Hiuacha el señor de Taríaran, y díjoles Taríacuri: «Pues hijos, ¿qué decís? ¿Pensáis de pelar?» Dijeron ellos: «Sí, padre, que habemos de pelar; pues que estás vivo, vernos has, cómo vamos a morir: porque no digas que queremos estar y vivir, nosotros: Morir queremos, y verás nuestra muerte.» Díjoles Taríacuri: «¿Qué decís, hijos? ¿Quién tenéis en vuestra compañía, para querer pelear y hacer guerra a los otros?» Dijeron ellos: «¿Por qué, padre, no habemos de tener compañía? Muchos somos. Ahí está un prencipal llamado Cuetze y Catzimato y Quiriqui y Quacángari y Anguaziqua y Cupauaxanzi, que son valientes hombres de los nuestros, y de los isleños; ahí están Zapiuátame y Tzanguata y Chapata y Atache-húcane, que eran de los antepasados de don Pedro que es agora gobernador, que se hecieron amigos de los chichimecas. Paréscemos que somos hartos.» Díjoles Taríacuri «¿Qué decís, hijos? Vosotros que tanto ha que entropezastes a querer hacer guerra, como quien dice mucho tiempo ha que empezastes y diestros estáis; no quiero quebrar vuestras palabras y estorbar vuestro parecer. Déjame primero hacérselo saber a Huresta señor de Cumanchén, que es muy creíble, como muchacho, quél será con nosotros y se juntará con vosotros, y si no bastare con esta ayuda, levantarnos hemos todos y iremos todos a un señor llamado Thiuan, por tener favor y guarda en él, que es muy valiente hombre. Torná a pasar la laguna que yo os lo enviaré a hacer saber mañana, y esotro día llegarán y nos juntaremos aquí en un lugar llamado Thiuapu, en lo alto.» Y respondieron ellos: «Sea así, padre.» Y tornaron a pasar la laguna.