Relación de Michoacán
TERCERA PARTE IX. De la muerte de los caciques y cómo se ponían otros. |
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Muriendo algún cacique en los pueblos de la provincia venían sus hermanos y parientes a hacello saber al cazonci, y traíanle su bezote de oro y orejeras y brazaletes y collares de turquesas, que eran las insinias de señor que le había dado el cazonci cuando le criaban señor, y como traían aquellas joyas, llevabánlas e poníanlas con las joyas del cazonci, y decía el cazonci: «Ya murió el pobre, sea como han quisido los dioses, pues que quedó la gente no es mucho: barra su mujer su casa y esté aderezada como si él fuera vivo, y porque no se devidan y se desperdicie la gente de aquel pueblo, pruebe otro a tener su oficio.» Y poníanle delante cinco o seis parientes suyos, y hermanos del muerto, o de sus hijos o sobrinos, y decía el cazonci: «¿Quién destos será?» Decíanle al cazonci: «Señor, tú lo has de mandar» y encomendaba aquel oficio al más discreto, el que tiene más tristezas consigo, según su manera de decir, que es el más experimentado, y el que era más obidiente y llamaba el cazonci a los sacerdotes llamados curitiecha y decíales: «Llevalde al pueblo y contadle la gente que ha de tener en cargo.» Y mandábale dar entonces el cazonci otro bezote nuevo de oro y orejeras y brazaletes, y decíale: «Toma esto por insinia de honra que traigas contigo»; y amonestábale lo que había de hacer y decíale desta manera: «Oyeme esto que te dijere: see obediente y trae leña para los cúes, porque la gente común esté fija, porque si tú no traes leña ¿qué ha de ser dellos, si tú eres malo? Entra en las casas de los papas a tu oración, y retén los vasallos de nuestro dios Curicaueri, que no se vayan a otra parte, y no comas tú solo tus comidas; mas llama la gente común y dales de lo que tuvieres; con esto guardarás la gente y los regirás. No hagas mal a la gente, porque te tengan reverencia, ya has oído esto que te he dicho: guarda estas palabras. Basta esto hermano que te he dicho; vete a tu casa». Respondía el que había de ser cacique y decía: «Ansí será, señor, como mandas; quiero probar yo cómo lo haré.» Acabando el cazonci su amonestación, decíale su gobernador o el sacerdote mayor al cacique nuevo: «Vete, hermano, y ya has oído al rey: no se te olvide lo que te ha dicho; no tomes las mujeres del cacique muerto y vee que tu has de entender en las guerras; ten más cuidado en esto que en tomar mujeres», y respondía: «Sea ansí agüelo, yo me iré»; y iba un sacerdote con él, de los que se llamaban curitiecha a metelle en el señorío, y dábale mantas el cazonci, y a su mujer naguas, y llegaban al pueblo y ayuntábase toda la gente, saludaban al sacerdote y al nuevo cacique, y decíales desta manera aquel sacerdote estando en pie: «Oídme, gente del pueblo, ya murió el pobre de vuestro cacique, que os tenía en cargo, cómo, ¿matóle alguno con alguna cosa? Ninguno le mató, mas él murió de su muerte natural y de su enfermedad, lo cual supo el rey, y mandó a éste que está aquí, que os ha de tener a todos en cargo, que no es de agora ponelles regidores a la gente común, que de muchos tiempos es, mirá que no empecéis a desobedecelle a éste por ser muchacho, mirá que se quejará al cazonci, y que os matará por su mandado, si no fuéredes obedientes; obedecelde y entrar en la casa de los papas la vuestras velas y tened fuertemente sus azadas, que es hacedle sementeras, y no seáis perezosos en las guerras, y mirá que nunca han de cesar de acompañar en las guerras a nuestro dios Curicaueri. ¿Dónde se ha de ir a otra parte que aquí tiene su vivienda Curicaueri? No os arrepintáis después de lo que os viniere, por ser perezosos. Esto es ansí: no os juntéis, ni mudéis con otros principales, porque seréis tomados y muertos por ello, y los que fuéredes adúlteros y hechiceros. Mirá que sois de muchos pareceres, gente común: esto es ansí. Mirá que no fue agora fingido este oficio de caciques; mas esto ordenaron y mandaron ansí los señores leñadores, que traían mucha leña para los cúes Hirípan y Tangáxoan: ellos lo empezaron, ninguno lo fingió que fuesen caciques en esta casa de los señores en el tiempo pasado.» Y decía al cacique nuevo: «No ansí fácilmente se hacían caciques a todos, mas aquellos que fuertemente tienen las azadas, quienes hacían las sementeras de los cazoncies y eran muy obidientes. «Trabaja, ¿con qué has de regir la gente si no entiendes de hacer sementeras? ¿Qué has de dar de comer a los que entraren en tu casa?» decía a los principales: «No os apartéis del cacique, vosotros principales.»
Tornaba a decir al cacique: «No hagas mal a la gente» y respondían todos, que ansí sería, y levantábase en pie el cacique nuevo, después que había hecho aquel sacerdote nuevo la plática a la gente, decía: «Habéis oído a este sacerdote que es nuestro agüelo: esto que os ha dicho le mandó que os dijese el rey, a la partida; y no le habéis oído a este sacerdote, mas al mismo cazonci, que es rey de todos, y, mira que no me podré sufrir, ni tener esfuerzo en el corazón, si fuéredes de muchos paresceres: yo entonces me quejaré al rey. Ya habéis oído lo que os he dicho; mirá que yo sería vuestro padre y vuestra madre, y os regiría a todos, si sois obidientes, y si me hacéis a mí merced estaríamos y moraríamos en paz en este pueblo divino, y esforzaríamosnos, a veces, y ayudaríamosnos en defender en las guerras a nuestro dios Curicaueri. Si vosotros no me ayudáis ¿qué puedo yo hacer solo? ¿Con quién tengo de estar? Mirá que habíamos de tener las azadas, que es que hagamos sementeras para las guerras, y vosotras mujeres, haced mantas a los dioses, de que les proveamos. Por esto fuimos conquistados, y esto es lo que prometimos en los tiempos pasados, las azadas y los escuadrones de guerra, y que habían de llevar los relieves de Curicaueri: ques que habíamos de llevar su matalotaje a las guerras; por eso hacéme a mí merced en ayudarme, y yo os la haré a vosotros en regiros. Mirá que yo no me tengo de estar todo el día echado, durmiendo al rincón; aquí estáis viejos que sois muy antiguos; vosotros que tenéis sentido de los tiempos pasados, que no hubo aquí en este pueblo caciques perezosos ni gente perezosa, sea gota ansí; quejaos si no fuere ansí yo el que debe ser, si no tomare vuestros consejos. Esto es ansí, viejos; sentid esto que os he dicho; mirá que ya he acetado este oficio, y que estoy de voluntad.» Acabando el cacique, levantábase un viejo antiguo, que estaba en lugar del cacique, y decía a la gente: «Oídme, gente del pueblo, lo que os dijere. Ya habéis oído las palabras que han traído de la cabecera y cibdad de Mechuacán, donde está el rey, en lugar de nuestro dios Curicaueri: no os arrepintáis de lo que os viniere, si no las oís y obedecéis. Mirá que es mancebo el cacique nuevo. Mirá que no lo desimulará; mas quejarse ha al rey, que tiene a todos en cargo.» Y decía al cacique nuevo: «Plega a los dioses, que vengas en verdad; aquí verás nuestra muerte, que somos ya viejos, que no sabemos lo que habemos de vivir: aquí seremos tus padres y hablaremos, en lo que nos encargares.» Y decía a la gente: «¿Qué decís gente que estáis aquí? Ya habernos tornado a hallar padre y madre; y vosotros principales, dadle cuenta de la gente, y contádselos todos los que tenéis encargo de los barrios en que vivís y no escondáis la gente; mirá que no lo disimulará el cacique, mas mataráme a mí, o a vosotros. Hacedle sementeras porque dé de comer, a los que vinieran a su casa. Cómo, ¿ninguno ha de entrar aquí en su casa? Mirá que vendrán mensajeros del cazonci, que inviará y sacerdotes y otros mensajeros; ¿con qué atapará su vergüenza? ¿Qué ha de dar de comer? Buscad mujeres que metamos en su casa, que hagan sus mazamorras a nuestro dios Curicaueri, y después comerá el cacique sus relieves que le harán de comer a él, después de haber hecho las ofrendas de Curicaueri, y harán mantas a Curicaueri, para que se abrigue, y después harán para el cacique, para que se ponga y retenga el frío a Curicaueri puesto a su lado. Esto es lo que os he dicho. Plega a los dioses que lo hayáis entendido. Yo viejo que soy, no hago más de aprobar las palabras del rey.» Y asentábanse, y comían todos en uno, y iba el cacique nuevo con toda la gente a las casas de los papas, a su oración, cuatro días y cuatro noches, y después iban con toda la gente por leña para los cúes, y daba al sacerdote que le había puesto en el señorío mantas y xicales y guirnaldas de hilo, que usaban los sacerdotes, y volvíase a la cibdad de Mechuacán y hacíalo saber al sacerdote mayor, cómo le había puesto en el señorío. Y el sacerdote mayor lo hacía saber al cazonci, y decía el cazonci: «Sea ansí; pruebe a ver; si no lo hiciere bien, quitalle hemos del oficio, y probará otro en su lugar, a ver cómo lo hace.»