Alfarería Chaqueña. Artículo de E. Palavecino.

Arte Precolombino
Portada Pueblos Originarios Secciones Pueblos Originarios Facebook Pueblos Originarios Twitter Pueblos Originarios

plusCultura Toba (Qom)

plusGran Chaco Sudamericano

Reproducimos el artículo ALFARERÍA CHAQUEÑA de Enrique Palavecino (1943):

Todas las tribus chaquenses sin excepción poseen recipientes de barro cocido. La alfarería es arte practicado exclusivamente por las mujeres.

El proceso de fabricación de la alfarería comienza con la extracción de la tierra considerada apta para la manufactura. Esta no siempre se halla en las proximidades de las viviendas y en tal caso las indias emprenden caminatas bastante largas para procurarse el material requerido. Entre los Mataco Vejoz la extracción de la tierra se verificaba hasta hace poco tiempo dando al dueño de la tierra, Honatwuk, una compensación consistente en una tira de trapo rojo o hilos del mismo color.

La tierra se saca del yacimiento en terrones y se transporta en bolsa de caraguatá hasta las viviendas donde se practica la primera fase de la elaboración que consiste en la moltura practicada sobre un cuero con la ayuda de una mano de mortero. Triturados los terrones, se procede al tamizado de la tierra, el cual se realiza pasando el polvo a través de una bolsa de caraguatá de malla fina que se extiende sobre la boca de un mortero o de un cántaro.

Por separado se prepara el antiplástido que está constituido por trozos de alfarería molidos en mortero y también tamizados hasta formar un polvo lo más fino posible. Con el fin de preparar antiplástido las mujeres indias guardan todos los trozos de cacharros rotos; pero si por casualidad llegaran a faltarles amasan un trozo de barro y lo cuecen al fuego para molerlo después. Entre los Toba orientales el antiplástido preferido es el que obtienen con huesos calcinados y pulverizados.

La mezcla de antiplástido y de tierra tamizada se verifican en seco y sus proporciones respectivas son por partes iguales más o menos. Luego se agrega agua para formar la masa. El amasado se hace con los dedos hasta que la pasta tiene la consistencia requerida, la cual es comprobada durante la operación por la alfarera quien forma entre las palmas de sus manos pequeños cilindros que enseguida quiebra y del aspecto y grado de resistencia que sus sensibles dedos notan deduce el punto de la pasta y sabe si para mejorarlo requiere el agregado de mayor cantidad de agua o la alteración de las proporciones de tierra y antiplástido.

Los indios Mataco del Pilcomayo prefieren preparar una gran cantidad de barro de una sola vez y lo ponen a secar formando grandes bolas las cuales se guardan para su uso ulterior volviendo a practicar la moltura y el tamizado.

En los demás grupos de Mataco a la preparación del barro sigue su utilización inmediata.

La primera fase del modelado consiste en la formación del fondo del recipiente. Para esto toman una porción de barro y forman una bola que luego aplastan entre las palmas de las manos hasta darle una forma discoidal. En seguida colocan este disco sobre una superficie plana y proceden a levantar un reborde hasta que queda formado una especie de plato. Sobre este reborde se comienza un sucesivo agregado de anillos constituidos por largos cilindros de barro arrollados. Cada anillo es cuidadosamente incorporado al borde, primero mediante presión del índice y del pulgar en todo el contorno y en seguida con un proceso de alisado hecho con los nudillos, o bien con una valva de molusco por la parte interna y con un marlo de maíz por la parte externa. Este alisado borra cualquier huella de separación entre el anillo últimamente agregado y el precedente, y al mismo tiempo, adelgaza la pared del vaso dándole el espesor que se adopta desde el comienzo de acuerdo con el tamaño de la pieza que ha de confeccionarse.

Alfarería Chaquense. Lamina I
Alfarería Chaquense. Lámina III
Alfarería Chaquense. Lámina IV
Alfarería Chaquense. Lámina v

Durante toda la operación de modelado la alfarera humedece frecuentemente los bordes de su obra tanto para facilitar la adhesión de nuevas partes, como para favorecer el pulimento. La pasta también se mantiene húmeda y plástica golpeándola frecuentemente con los nudillos.

La cara interna de las alfarerías está bien pulida cuando la boca del vaso es amplia, pero cuando la forma del recipiente es estrecha progresivamente hasta terminar en una abertura de escaso diámetro, como ocurre en los botijos para el agua, la cara interna carece del pulido interior en la parte superior y conserva las huellas de su construcción anular.

Una vez terminado el modelado se procede a exponer la pieza al sol durante unas cuantas horas hasta que toma un hermoso color gris; seco ya el vaso sufre la última fase de su elaboración manual que consiste en un pulimento final realizado con la ayuda de un pequeño canto rodado de forma alargada.

De inmediato se procede a la cocción. Para la cocción de un vaso prefieren los Mataco el combustible de cortezas de árboles y maderas podridas muy secas, o bien, excremento de vaca.

Los Mataco depositan la pieza en el suelo y colocan el combustible alrededor formando una especie de cono. Si hay viento construyen una pequeña mampara que lo templa sin atajarlo, o bien encienden el fuego en una excavación de poca profundidad. Entre los Toba he visto quemar un botijo bastante grande con leña cortada en trozos de unos cuarenta centímetros de largo cuidadosamente apilada en hexágono en torno a la pieza.

La cocción da a veces por resultado el resquebrajamiento de la pieza en cuyo caso las trozos son guardados para antiplástido Las piezas de mejor cocción se reservan para el uso personal de la alfarera y de su familia, en tanto que las más imperfectas se venden a los turistas o a otros indios. La cocción a veces, sin ser mala, da a la pieza un color desparejo por cuya razón creen las indias que sus hijos nacen con la mancha mongólica.

En las formas de la alfarería nativa del Chaco hay tres que considero típicas y fundamentales. Son el plato, la olla y el botijo. Otras formas son adquiridas por contacto con indios Chiriguano o modeladas imitando las formas de los recipientes de los blancos, unas veces por iniciativa propia y otras a pedido de los mismos.

El plato llamado "aset" en Mataco y "koyit" en Toba, es de forma y dimensiones variadas. Los hay grandes y pequeños, su diámetro oscila entre 10 y 15 centímetros. Generalmente tienen el fondo plano y su borde es casi siempre liso aunque en algunos ejemplares aparecen festoneados y a veces reforzados con una banda saliente de un espesor mayor que de las paredes (Lámina I).

En la forma del contorno prevalece la circular, pero abundan mucho las formas elipsoidales, algunas de las cuales imitan la cáscara del quirquincho o están adornadas con apéndices en forma de cola de pescado o tienen escotaduras de carácter ornamental en su parte central.

Alfarería Chaquense. Lámina IIEntre los Mataco del Pilcomayo he recogido una cantidad de estas piezas de las cuales algunas eran de una curiosa fantasía.

Las ollas llamadas "towej" y "tachi", en Mataco y en Toba, respectivamente, tienen tamaños y dimensiones diversas (Lámina II). La forma que considero más típica es una de fondo redondeado, cuerpo globuloso, boca ancha y corto cuello cilíndrico con borde ligeramente extravertido. Su capacidad es de dos o tres litros. En los grupos más sedentarios se advierte la tendencia a modelar piezas de mayor tamaño en las que almacenan grasa de pescado derretido o guardan agua para el consumo diario. Tratándose de cántaros de dimensiones mayores las formas parecen ser imitaciones de las análogas chiriguanas.

El botijo es una pieza más típicamente chaqueña. Su nombre es en Mataco "ioté" y en Toba "nákona"; a pesar de su enorme difusión su filiación más remota parece ser andina (Lámina III).

Esencialmente el botijo está constituido por un cuerpo subesférico dotado de un pequeño cuello cilíndrico. Dos pequeñas asas colocadas más o menos en la zona ecuatorial sirven para pasar el cordón de suspensión (Lámina IV).

Su capacidad varía entre uno y diez litros. Las formas derivadas adoptan variantes que consisten en la presencia de un fondo plano, en la mayor o menor estrangulación de la pared ecuatorial la cual suele ser muy exagerada dando lugar a la formación de un cuerpo de dos subesferas y hasta tres cuando las estrangulaciones son dobles. A los botijas de dos subesferas los Mataco le llaman "suluj", nombre de una avispa solitaria cuyo nido de barro está formado por dos esferitas acopladas; distinguen también con ese nombre a las mujeres blancas por su talle estrecho que encuentran análogo a la forma de sus botijos y al nido de la avispa. Otras veces el cuerpo esférico se aplana hasta adoptar una forma parecida a la de las caramañolas de los soldados (Lámina V), o bien asume francamente la forma del cuerpo de un ave sin cabeza, cuyo cuello también es el cuello del vaso. En todos los casos el botijo se utiliza para el transporte del agua; las mujeres lo llenan en las lagunas o en el río y echándoselo a la espalda apoyan la cuerda sobre la frente conduciéndolo hasta la vivienda.

Dos tipos de decoración usan los indios del Chaco en su alfarería. Uno de ellos, la decoración plástica la he visto únicamente entre los Mataco occidentales. Consiste en aplicaciones de pequeños relieves serpentiformes adornados con puntos o incisiones o bien en pequeños conos aplicados en series rítmicas en torno al cuello de las ollas u otras partes de los vasos.

El otro tipo de ornamentación es coloreado y se extiende a todo el Chaco. Es una especie de pintura negruzca formando círculos o líneas quebradas u onduladas en cuyo trazado se emplea cañones de plumas de aves, pezuñas de ciervo o resina, aplicadas sobre el vaso en caliente apenas es extraído del fuego.