Teogonía Zapoteca
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| Los antecedentes |
Desde el año de 1928 Alfonso Caso trató de identificar los dioses zapotecos que se encuentran mencionados en las fuentes escritas y en los restos arqueológicos (Caso, 1928). En trabajos posteriores propuso que la escritura calendárica de Monte Albán I, (600 a 200 aC.) es una de las más antiguas de Mesoamérica; por lo menos, entre las hasta ahora encontradas. También, sugiere el uso de los calendarios solar y ritual, por la presencia de los signos de los días, acompañados de numerales del uno al trece. Para esta época ya existía bien definido el uso de estelas, muchas de ellas relacionadas con el calendario ritual (Caso, 1047). El simbolismo de los rituales funerarios sugiere la existencia de una religión cuya esencia se refiere a la vida, la muerte y la resurrección; los dioses fueron emblema de la transformación eterna del universo y del hombre.1
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En 1952, Alfonso Caso e Ignacio Bernal abordan el tema en su libro Urnas de Oaxaca. Encuentran algunas correlaciones, entre el material arqueológico y el etnohistórico, de los dioses de Monte Albán. Solamente, algunos de ellos pudieron identificarse 2. Ambos proponen que existió un nivel de alta cultura, plenamente desarrollado, cuyo antecedente histórico aún no se ha determinado con precisión ya que su origen no fue en el propio Monte Albán. Algunos autores piensan que fue entre los pueblos del sur de Veracruz. E! material arqueológico de Monte Albán muestra evolución durante distintas épocas, con desarrollo propio e influencias externas. La escritura calendárica se continuó con sucesivas diferencias estilísticas. Las atribuciones de los dioses estuvieron sujetas a la dinámica del cambio y a la continuidad.
Hicieron falta estudios de iconografía comparada para aclarar más el problema que planteaba la explicación de los dioses zapotecos.
En 1957, Heinrich Berlín analizó los documentos del Ramo de Inquisición, del Archivo General de la Nación de México, pertenecientes a un proceso de idolatría en contra de los zapotecos de San Miguel Sola del año de 1653. Hizo una selección con comentarios que ponen en evidencia las prácticas y creencias religiosas de los zapotecos bajo la influencia del cristianismo. Presentó material sobre: los dioses, los sacerdotes, el calendario, el culto, los oráculos o suertes de maíz, el nacimiento, el matrimonio, las enfermedades, la muerte, la medicina por medio de la fe y la penitencia. También, describe la influencia de la religión en la agricultura, la caza, la pesca y el comercio (Berlín, 1957). Identificó 81 maestros de idolatría con calendarios rituales de la provincia de Sola donde convivían mixtecos, chatinos, zapotecos y nahuas.
En 1966 John Paddock afirmó que la antigua Oaxaca, fue unidad cultural, tanto étnica como lingüística, a excepción de los chontales, los zoques, los mixes y los huaves3. En consecuencia, él estudio de los códices mixtecos es una forma de conocer más ampliamente a los zapotecos, de quienes no tenemos suficiente material etnohistórico. Sin embargo, uno puede preguntarse: ¿A qué se debe la falta de códices zapotecos? ¿Sería que los españoles destruyeron totalmente el acervo de documentos y la tradición de escribir? ¿Será que los códices fueron enterrados en los antiguos santuarios junto con sus soberanos? El problema es complejo, no hay nada claro todavía.
En opinión de Bárbara Dalhgren, el pueblo mixteco era politeísta; además del dios principal del lugar, había dioses especiales para las diferentes ocasiones y circunstancias de la vida. También, había patronos de las ocupaciones o las actividades sociales; sin embargo, el panteón de los dioses mixtecos no se ha reconstruido; hace falta mucha investigación, pues solamente se han encontrado pocas correlaciones con otros grupos étnicos. Según algunos autores, como en otras partes de Mesoamérica, los códices mixtecos mencionan a la pareja creadora de los hombres y a los antepasados divinizados. Entre los principales dioses se encuentran: Dzahui, el dios del agua; Tizono, el Corazón del Cerro o Tigre; Toynd Yoco, el dios de los mercaderes; Toyna Xiñuhó, dios de los agüeros.4
En 1972, José Alcina Franch publicó un trabajo sobre los dioses del panteón zapoteco, donde estudia el material de archivo de las regiones de la Sierra y de Sola de Vega5. Complementa el material arqueológico y etnohistórico con el etnográfico actual, procedente de otras regiones de Oaxaca. Considera que a pesar de las diferencias locales o regionales, tanto en la diversidad lingüística como cultural, existe una estructura religiosa, con unidad relativa. Según él, esta estructura ha perdurado hasta nuestros días; obviamente, con mayor o menor influencia del cristianismo. En el Archivo General de Indias de Sevilla se encuentran 29 calendarios de localidades de San Francisco Cajonos, San Juan Tepanzacualco, San Francisco Laolla, decomisados a los indígenas desde 1700 hasta 1712 6, a consecuencia de un proceso de sedición, tumulto e idolatría. Alcina afirma que la continuidad cultural es importante, ya que a la fecha los calendarios se siguen usando; parcialmente son aún la forma de contar el tiempo, normar la vida de los individuos y precisar la ejecución de las labores agrícolas. Termina diciendo que la información no es suficiente para dar una explicación del panteón zapoteco. Agrega que los calendarios rituales con sus variantes locales, se parecen mucho al utilizado por los aztecas en el momento de la conquista hispana. Advierte, en todos ellos, un carácter jerárquico, equipara las principales divinidades zapotecas y aztecas, observando algunas semejanzas y diferencia. Identifica algunas deidades, en función de sus atributos. Hace notar acertadamente, que entre los zapotecos hay parejas de dioses, estrechamente relacionadas con la vida del hombre, con el año y con las actividades fundamentales de subsistencia 7.
En 1700, en San Francisco Cajonos, fueron sorprendidos celebrando una mayordomía a Yactao —dios principal del pueblo- un sacerdote, los oficiales de república, los principales y gente de varios pueblos circunvecinos. Las autoridades militares y religiosas encontraron una venada, aves y otros animales sacrificados. También hallaron ofrendas de papel salpicado con sangre, sahumerios de copal, abundante comida y bebida. Surgió un conflicto religioso, a consecuencia del cual murieron dos fiscales católicos; 15 indígenas considerados idólatras se ejecutaron y otras muchas personas fueron azotadas, encarceladas o desterradas por las autoridades virreinales. En los documentos se mencionan numerosos elementos rituales: cajas de madera, petacas de palma, papel salpicado con la sangre de los auto-sacrificios y la de animales, paquetes de papel amarrados con palmas de colores, plumas verdes y coloradas, ramas de ocote ensangrentadas, hojas de maíz, marañas de pelos de los niños sacrificados, algodón, cabezas de pájaros, leznas, polvos de yerbas, guajes, oraciones cristianas, paños de manta, pájaros con heno, piedras brillantes, mazorcas de maíz envueltas en papel, caracoles, ídolos, chile,'chía, frijol, pepitas de calabaza, pedazos de carbón, trapos de colores. También, se mencionan los guinaquiaj yajtal “cabezas de los abuelos”, linajes de antepasados o códices. Las ceremonias las hacían en las casas de los mayordomos o en cuevas, en las cimas de los cerros o junto a los ríos. Las comidas rituales incluían buachis, tortillas cuadradas de maíz con un agujero en medio, las cuales significaban el centro de la tierra, el corazón del monte; en ocasiones, las hacían triangulares o redondas. Los tamales se hacían con la carne de los sacrificios.8
Este no es el único antecedente de la región de los Cajonos. En 1570, en el pueblo de Taba, cuando fray Pedro Guerrero fundaba Villa Alta, castigó severamente a un sacerdote indígena, quien fingiéndose muerto, iba a dejarse enterrar vivo. Posteriormente se ahorcó en la cueva de Taba. Las autoridades lo trajeron al pueblo, junto con los ídolos y un plato de piedra verde finamente bruñido, donde se ofrecía la sangre de las penitencias al dios, Todo fue destruido y quemado junto con el cadáver del sacerdote indígena. En San Francisco Benixono, en el año de 1652, un cazador de venados encontró en el monte a un sacerdote vestido de blanco y numerosas personas reverenciando un risco, sacrificaban animales y sus propias personas, sacando sangre de sus lenguas y orejas. Fray Francisco de Burgoa tuvo en sus manos el plato ensangrentado de los sacrificios. Era un ritual de purificación con penitencias y la confesión de sus pecados, para las celebraciones del fin de año, el mismo Burgoa nos dice al respecto9:
.. .y en medio de una abominable figura de piedra, que era el dios a quien habían hecho el sacrificio de expiación de sus culpas confesándole bárbaramente con el sacrílego sacerdote y echando cada uno sus culpas en esta forma; tejieron de yerbas ásperas que buscan a propósito, una como fuente o plato muy grande y postrados los penitentes le dicen al sacerdote que vienen a pedir a su dios misericordia y perdón de los pecados que han cometido aquel año, y que todos los traen muy ajustados y sacan de unos trapos o paños, unos hilos doblados de tomostle del maíz, pequeños en su largor, de dos en dos añudados en medio con una lazada, en que representan su culpa y ponenlos sobre aquel plato o patena de yerbas y encima les pican las venas y vierten la sangre y el sacerdote lleva aquella oblación al ídolo y le pide con grande razonamiento perdón a aquellos sus hijos y siervos aquellos pecados que le presentan y las dé licencia para holgarse y hacerle grandes fiestas como a su dios y señor? (Ver figura 33)
Notas:
1 Sejourne 1960, 77-90.
2 Caso y Bernal, 1952, 359. Caso, 1965, 931-961.
3 Paddock, 1966: 237.
4 Dalhgren, 1979, 167, 169, 178, 261.
5 Alcina Franch; 1972, 9-43.
6 Alcina Franch, 1966, 119-133.
7 Ibidem, 121.
8 Guillow, 1889: 117 -176.
9 Burgoa, 1934, II: 154-155