Provincia de Chiquitos

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plusViaje a la América Meridional
Alcide d'Orbigny (1830)

Provincia de Chiquitos

Partida a la Provincia de Chiquitos

Estadía en las misiones del oeste de la Provincia de Chiquitos:

Estadía en las misiones del centro de la Provincia de Chiquitos:

Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos:

Regreso a las Misiones del Centro y Oeste de la Provincia de Chiquitos.


linkViaje a la América Meridional
Imágenes Etnográficas

 

PortadaEl naturalista francés Alcide d'Orbigny, comisionado por el Museo Nacional de Historia Natural de París, visitó entre 1826 y 1833 seis países de América del Sur, sus estudios y experiencias los volcó en una monumental obra "Voyage dans L'Amérique Méridionale" ("Viaje a la América Meridional"), aquí presentamos lo referente a los Chiquitanos y a la Provincia de Chiquitos en Bolivia.
Viaje a las misiones del sur de la Provincia de Chiquitos
Misión de San Juan Bautista

Pronto encontramos al administrador con el cura y luego a los jefes indígenas que, recibiéndonos con banderas, nos condujeron, bajo arcos de triunfo, hasta la entrada de la misión, donde tuvimos que detenernos, a pesar de estar mojados, y soportar las danzas, cantos y arengas de los indios. Nunca hubo homenaje más inoportuno; por fin, mientras el gobernador lo seguía recibiendo, me pude alejar para cambiarme de ropa. No se nos dejó tranquilos y a la noche tuvimos que asistir, con o sin ganas, a un baile que duró parte de la noche.

Indios de la Provincia de Chiquitos.

Misión San José

Misión San José
Misión Concepción

Camino Guaravito a Chiquitos

San Juan fue primeramente fundada por los jesuitas en 170655 y luego abandonada por falta de sacerdotes. Volvieron en 1716 y congregaron a los indios boros, penotos, taus y morotocos, que hablaban idiomas distintos56. Establecida en un principio a doce leguas al este de San José y a diez y ocho de su actual emplazamiento, San Juan fue transferida con un pretexto fútil, mucho tiempo después de la expulsión de los jesuitas, al sitio que ocupa en la actualidad, por un religioso que acusan de haber querido vender a los brasileños el ganado de la misión. Este sacerdote abandonó edificios notables, construidos bajo la dirección de los jesuitas, por chozas; en efecto, la casa de gobierno y la iglesia son de barro y paja. Sólo la habitación del cura está techada con tejas. Los ranchos de los indios son limpios y están alineados alrededor de una plaza plantada de palmeras totais.

La ubicación actual de la misión es deliciosa. Se extiende al pie de la vertiente meridional de la cadena de San Juan, cerca del río del mismo nombre, que, después de recibir los arroyos San Lorenzo e Ipias, serpentea en medio de un valle arenoso, dirigiéndose al sudeste, con el nombre de Tucabaca. Cerca de la localidad este valle está cubierto de inmensos algodonales, maizales y bananales, rodeados de empalizadas, y en toda su extensión muestra un aspecto de abundancia. Desde los bordes del río San Juan la vista se pasea con agrado por los campos verdes y arbolados, limitados por montañas al sur V norte. Hacia el sur se observa, a ocho o diez leguas de distancia, los tres grupos de montañas de Santiago que bajan en el horizonte, por el este, y se elevan poco a poco, hacia la extremidad opuesta, hasta el Chochiis, gigante de la cadena, de flancos escarpados, desgarrados, y cubierto de una plataforma horizontal. Más al oeste la cadena del Ipias presenta los mismos accidentes, en proporciones menores, y la de San Lorenzo parece más una vasta construcción en plataforma que una montaña de gres. Si me volvía hacia el norte, las cúspides boscosas y azuladas de la sierra de San Juan contrastaban con la aridez de la cadena opuesta, igual que los bosques dilatados que la vista podía entrever al este.

La población actual de San Juan es de 879 almas. Se compuso, al comienzo, de indios chiquitos, tomados de San José, morotocas y otras pequeñas tribus hoy desconocidas. En minoría y traídos de San José al mero efecto de difundir su idioma, los chiquitos no lograron que desapareciera la lengua de los morotocas. Esta nación, gallarda y belicosa, venida de la vertiente meridional de la cadena de San Lorenzo, hablaba un dialecto perteneciente a la estirpe común de los guarañocas de Santiago, los samucus y potureros de Santo Corazón. Fácil de confundir, por sus rasgos, con la nación chiquita, se hace temer de todas las demás por su bravura y sin embargo es buena, dócil e industriosa. Quería redactar un vocabulario de su idioma y me costó poco observar que los jóvenes ya lo habían olvidado en parte, por el de los chiquitos; sólo encontré viejos que lo hablaban correctamente. Con el administrador actual reina la abundancia en la misión y todo se encamina en sentido progresista. Los indios trabajan cantando, como los de Santo Corazón. Por lo demás, sus productos son los mismos que en las otras misiones.

Hay cosas que repugnan tanto a un hombre delicado que hasta considera una falta divulgarlas; pero llamado por las circunstancias a identificar el lector con mis impresiones, a fin de hacerle conocer los países que recorriera, no puedo silenciar la conducta incomprensible del cura de San Juan. Cuando me hallaba en Santa Ana, una diputación de jueces indígenas compareció ante el gobernador para presentar una queja contra él, manifestando que sus relaciones con mujeres del lugar ya no le autorizaban a recibir confesiones, por lo que indios e indias se veían en la necesidad de cumplir tales obligaciones religiosas en las distantes misiones vecinas. Esta queja, cuyo alcance me fue fácil captar, no se comprendería en Europa sin algunas explicaciones. En América se considera que un cura puede confesar a todo el mundo, salvo a los parientes de una mujer con la cual haya mantenido relaciones intimas. Tal era el caso del cura de San Juan que, debido a su persistencia en semejante conducta, se encontraba inhibido a recibir a una sola familia de su parroquia, en el tribunal de penitencia. El gobernador quiso practicar una investigación; todas las autoridades indígenas convocadas declararon en forma unánime que el cura respetaba tan poco a sus hijas como a sus mujeres. Presentaron al gobernador diez y nueve jóvenes indias que eran las últimas víctimas de aquel monstruo. Me estremecí al advertir que la mayor no tendría más de once años, mientras otras aun estaban en la infancia. El interrogatorio de los indios e indiecitas produjo revelaciones horribles; aquel miserable explotaba la religión y el miedo al infierno para satisfacer sus pasiones con el cinismo más irritante y el libertinaje más desvergonzado. No entraré en mayores detalles acerca de una cuestión tan odiosa. Baste decir que el culpable no negó ninguno de sus actos, reputándolos muy naturales. No pudiendo imponerle ninguna pena sin invadir las atribuciones del obispo, el gobernador se limitó a cambiarlo de misión, enviándolo a Santiago, y elevó los antecedentes al jefe del clero.

Cuando se reflexiona sobre la existencia de curas y administradores en las misiones, resulta fácil explicarse semejantes extravíos, que por otra parte se producen con mucha frecuencia, aunque en menor escala. En un villorrio alejado por lo general treinta o cuarenta leguas de los demás y exento de cualquier contralor por parte de las autoridades superiores, dos hombres, cura y administrador, comparten un poder sin limites y pueden satisfacer todos sus caprichos, todas sus fantasías, sin sentir ¡a menor resistencia por parte de los indígenas: el temor a castigos, por un lado, y a la excomunión por el otro, los fuerzan a padecer en silencio. De lo que resulta que si el administrador o el cura, hombres por lo común de educación bastante deficiente, tienen malas disposiciones, éstas aumentan por la irresponsabilidad, la impunidad y sobre todo por carencia de esa tácita censura de las sociedades numerosas, cuya influencia alcanza gran eficacia sobre la conducta privada de cada uno de sus miembros.

El placer de mandar despóticamente se convierte en costumbre, a la que no se renuncia sin esfuerzo. En Santa Cruz vi curas viejos y ex administradores de Chiquitos y Moxos que ya no podían vivir en sociedad. Se encontraban incómodos y suspiraban sin cesar por el régimen de las misiones cuya libertad de acción y satisfacciones materiales consideraban bienes supremos.

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Notas:

55

Padre Fernández, Relación Historial de los Chiquitos, p. 181.

56

Padre Fernández, op. cit., p. 362. Actualmente solo se habla en los idiomas chiquito y mototoca; todos los otros se perdieron en la misión.