Chamanes y Funeraria

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Chamanes

El Curandero Senaqué

El curandero Senaqué en el Monumento del Parque Prado, Montevideo. Participó junto a Vaimaca Perú de la comitiva que el gobierno uruguayo entregó al especulador francés Francois De Curel para ser expuesto ante la sociedad parisina.

El chamanismo estaba muy desarrollado y al parecer existían representantes del bien y del mal.

Los primeros eran consejeros del grupo y conocedores de las yerbas medicinales; los segundos tenían la capacidad de enfurecer a la naturaleza desatando tormentas y desbordando ríos.

El militar, naturista y etnógrafo español Félix de Azara, que permaneció en América entre 1781 y 1801 relató que los chamanes tenían tres procedimientos curativos:

Funeraria

Existía un culto muy elaborado a los muertos con el entierro secundario de los huesos. Algunos grupos charrúas, acostumbraban llevar los huesos descarnados de los individuos que morían lejos de sus lugares de residencia para que fueran enterrados allí.

Una práctica similar a los querandíes era la conservación del cráneo del enemigo como trofeo de guerra.

Practicaban la amputación de una falange de dedo a la muerte de cada pariente.

Antonio Díaz (1) informa sobre los charrúas que “en sus duelos y funerales practicaban una costumbre realmente digna de su condición salvaje. Las mujeres casadas estaban obligadas a cortarse una falange de los dedos de las manos cuando morían sus maridos y esta operación era repetida tantas veces cuantas ellas enviudaban. Yo vi en la toldería que por algunos días tuvieron en la costa del Santa Lucía Grande del año 1812, a una india anciana que hacía entre ellos el oficio de médica la cual había sido siete veces mutilada. Sus ceremonias fúnebres traían siempre aparejadas mutilaciones entre los sobrevivientes”.

Cerro cementerio

Cerro Batoví, cercano a la actual ciudad de Tacuarembó. Sus cuevas interiores eran usadas como cementerio.

“Enterraban a los muertos en las inmediaciones de algún cerro, si lo había cerca, haciendo una excavación de poca profundidad en que ponían el cadáver cubriéndolo preferentemente con piedras, si las había a no muy larga distancia; si no con ramas y tierra. Ponían las boleadoras encima clavando su lanza a un lado de la sepultura y al otro lado dejaban el caballo atado a una estaca. Decían ellos que era para el viaje que debía emprender el difunto. Los varones parientes cercanos del muerto, en señal de duelo se atravesaban los brazos unos, y otros los muslos, con una vara de guayabo u otra madera, a falta de esta, del largo de una tercia, levantándose con fuerza la piel y encajándola lo más cerca posible del hueso”.

Según el jesuita Pedro Lozano “al morir un individuo... lo enterraban con sus elementos de combate y otras pertenencias, quizás por no conservar prendas del extinto como los tobas. Practicaban un hueco como para que cupiera el cuerpo, metían a este allí y, si hallaban piedras a mano, lo cubrían con ellas, si no, lo hacían con la tierra acopiada del hueco. Si los finados eran varios, los enterraban a unos cerca de otros y cercaban el lugar con estacas. Si el paraje no los conformaba para enterrar, cargaban con los difuntos y andaban aunque fueran días hasta dar con uno que les gustara. En las sepulturas de lo machos, últimamente, le dejaban el caballo predilecto atado a corto trecho”.

Había un rito funerario consistente en encerrarse en un lugar cercado por piedras (“Bichadero”); allí se infligían heridas en su cuerpo. En las primeras épocas, si el muerto era un adulto, las hijas, hermanas y esposas, podían llegar a cortarse alguna de las falanges de los dedos, comenzando por el meñique, y siguiendo con otros dedos si continuaban muriendo sus familiares. A veces pasaban dos lunas encerrados en sus chozas o tolderías, donde no hacían más que llorar y tomar muy poco alimento. También a veces se clavaban el cuchillo o la lanza del difunto atravesándose los brazos.

En cambio los maridos no hacían duelo por la muerte de su mujer, ni el padre por la de sus hijos, pero sí por la de sus padres varones, ocasión en que se ocultan dos días completamente desnudos prácticamente sin alimentarse. Después por la noche le piden a un compañero que le atraviese el brazo con un pedazo de caña, de modo que los extremos salen por los dos lados, a veces en varias partes desde el puño hasta el hombro. Con este aspecto salía el que estaba de duelo yéndose solo y desnudo a cualquier parte sin temer a ningún animal feroz. Lleva en su mano un palo con punta de hierro , con el que hace un hoyo donde se mete hasta la altura del pecho, pasando una noche dentro del mismo. Al otro día se quita las cañas y vuelve a una especie de cabaña para esos ritos, donde por diez o doce días apenas bebe y come. Estos alimentos los dejan a su alcance los niños y se retiran corriendo sin decir una palabra. Al cabo, el deudo se va a reunir con los demás de la tribu.

Con el tiempo se fueron suavizando estos ceremoniales, principalmente el de cortarse las falanges, ya que les perjudicaba su carencia fundamentalmente en tiempos de guerra.


Notas:

(1). Antonio Díaz, secretario del General Rondeau, en 1812 visitó un campamento charrúa ubicado en la costa del Arroyo Arias, afluente del Santa Lucía, con el propósito de atraerlos a la causa independentista. Durante 22 días permaneció con ellos hasta que "se unieron a Artigas sin pacto de Alianza y conservando su independencia, sus costumbres y hábitos feroces". Posteriormente escribiría sus "Memorias", detallando el modo de vida de los charrúas.