Carta de Luis Ramírez (1528)

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Luis Ramírez fue un tripulante de la expedición de Sebastián Gaboto que entre 1526-1529 exploró las costas de Brasil y la Cuenca del Plata. El 10 de Julio de 1528 escribió una "Relación de Viaje" que envió a sus parientes en España desde San Salvador, costa del río Uruguay, en la nave conducida por el Fernando Calderón que se dirigía hacia allí en busca de ayuda.

Ramírez falleció el 10 de diciembre de 1529 cuando los indígenas destruyeron el fuerte Sancti Spíritu que levantara Gaboto en 1527.

Documento fundamental para la historia de Brasil, Uruguay, Argentina y Paraguay, pionera en las crónicas de la región, se encuentra en la Biblioteca del Real Monasterio de El Escorial (Documento V. II. 4, fols. 115r - 122v). A continuación presentamos una transcripción moderna:

Señor: Si conforme a mi voluntad las cosas de acá la mano alargase, por muy más prolijo de lo que soy de Vuestra Merced sería tenido, según la voluntad que tengo de dar entera y particular cuenta de todo. Pero no por eso dejaré como quiera que supiere de dar alguna relación, así de alguna parte de los muchos trabajos que hemos padecido, y por ser ya muy hechos a ellos no digo padecemos, como de la mucha alegría que con el muy buen fin de ellos, placiendo a Dios Nuestro Señor, esperamos. Y suplico a Vuestra Merced que conforme al amor que siempre me tuvo vea esta carta y lo que en cada cosa puede sentir, y no mire Vuestra Merced a la mala orden del escribir, que como ha tanto que no lo hago, estando en esta tierra he perdido el estilo. Yo gracias a Nuestro Señor al cabo de tantas fatigas y trabajos como Vuestra Merced vera por ésta por mí han pasado, estoy muy bueno de salud, mejor que nunca estuve, lo cual tengo por muy cierto ser la causa las continuas oraciones de Vuestra Merced, juntamente con las de mi señora, a la cual suplico no cesen, porque ahora son más menester que nunca para que Dios Nuestro Señor nos de gracia de acabar esto que tenemos entre manos empezado. Que sean Vuestras Mercedes ciertos, si Dios allá me vuelve, volveré de arte con que pueda servir las muchas mercedes que siempre he recibido, y al presente espero recibir, y esto pueden Vuestras Mercedes tener por cierto, según lo que esperamos, será así como digo, y a todo lo que Vuestras Mercedes oyeren de la bondad de la tierra, pueden dar entero crédito, porque yo les certifico no pueden decir tanto como es y por nuestros mismos ojos habernos visto.

[Travesía hasta Brasil]

Señor partidos que fuimos de la barra [bahía] de Sanlúcar y salidos de la dicha barra, a tres días de abril de 1526 años, para seguir nuestro viaje, llevando nuestra intencion y derrotas a la isla de la Palma una de las islas de Canaria, para allí proveer las naos de aguaje y leña y todo lo que hubiésemos menester y proveernos la gente de la armada de otros refrescos para proseguir nuestro viaje a la cual dentro en vii días siguientes, llevando muy próspero viento, llegamos a diez días del dicho mes, y luego el señor capitán general mando sacar los bateles de las naos y dio licencia para que toda la gente pudiese saltar en tierra. Estuvo el señor capitán general en Fayal xvii días, dentro de los cuales la naos recibieron su aguaje y leña, la gente de la armada se proveyó de mucho refresco, así de carne y vino como de queso y azucar y otras cosas muchas que llevábamos necesidad a causa de ser todo muy bueno y barato aqui. La gente de esta tierra nos hizo mucha cortesía, que por Dios el que no llevaba uno de nosotros a su casa no se tenía por honrado de allí escribí a Vuestra Merced todo lo que me había sucedido hasta entonces, y bien créalas, que fueron ciertas por ser persona conocida, que era un hermano de Cristóbal de la Peña. Pues hecho allí todo lo necesario, el señor capitán general hizo embarcar toda la gente, que fueron xxviii días del mes hicimos vela con muy buen tiempo. Navegamos todo el mes de mayo, a las veces con tiempo y otras veces con tiempo contrario, y otras con muchos aguaceros que sobre la costa de Guinea hubimos, a las vezes veníamos con tiempo y otras con calmerías que nos detuvieron algunos días, donde pasamos muchos trabajo de sed, a causa de ser la ración muy pequeña y plugo a Dios de nos dar buen tiempo, con que pasamos la línea equinocial, caminando por nuestra derrota hasta tres días del mes de Junio, que desde que vimos tierra, y vistas por los que sabían reconocieron estar en la costa del Brasil al cabo de San Agustín tierra de Portugal. En este pasaje, estuvimos dos días, al cabo de los cuales [tornamos] a hacer vela para salirnos a la mar y apartarnos más de la costa y seguir nuestro viaje cuando otro día pensamos haber navegado adelante, nos hallamos atrás más de xii leguas, en que por la altura nos hallamos en el paraje de Pernanbuco, la misma costa junto a tierra, y esto lo causo el viento algo escaso y la corriente mucha; y el señor capitán general, viéndose en la costa y el viento contrario, acordó de proveer la armada de agua, que tenía mucha necesidad para pasar adelante, y esto le fue forzado enviar la carabela y con ella al piloto de la nao capitana y un batel, y que fuesen a buscar por la costa algún rio dulce; y estando en esto, vino a la nao capitana de esta armada una canoa de indios, en la cual venía un cristiano, y el señor capitán general fue informado de él qué tierra era donde estábamos e dijo cómo se llamaba Peranavuco y que el rey de Portugal tenía allí una factoría para el trato del Brasil, en la cual había hasta trece cristianos portugueses de nación, de los cuales les fue bien servido el señor capitán general en las cosas que para la armada tuvimos necesidad; en fin, que a causa de los tiempos contrarios que siempre tuvimos, estuvimos en la dicha costa sin tener una hora de tiempo para poder salir; y en el tiempo que aquí estuvimos tomamos algo de la manera de la gente y tierra de ella.

Hay en la tierra muchos mantenimientos de maíz, mandioca, que son unas raíces de que se hace muy buena harina blanca: cómenla con pan hecha harina tostada. Hay otras raíces que se dizen patacas: cómense cocidas y asadas son muy buenas; muchas calabazas, frísoles, habas, gallinas, papagayos muy buenos. De todo esto llevo la gente mucha cantidad.

La gente de esta tierra es muy buena de muy buenos gestos, así los hombres como las mujeres. Son todos de mediana estatura, muy bien proporcionados de color de canarios, algo más oscuros, de todos, ellos y ellas, se derraen de los pelos del cuerpo todo, salvo los cabellos, que dicen que tal no hacen son bestias salvajes; ellos son muy ligeros y muy buenos nadadores. Sus armas son arcos y flechas, lo cual tienen en mucho; y si cuando van a la guerra toman alguno de sus contrarios, tráenlo por esclavo y átanlo muy bien y engórdanlo y danle una hija suya para que se sirva y aproveche de ella, y de que está muy gordo y se les antoja que está muy bueno para comer, llaman sus parientes y amigos, aunque esten la tierra adentro. Empluman al dicho esclavo muy bien de muchos colores de plumas de papagayos y tráenlo con sus cuerdas atado en medio de la plaza, y en todo aquel día y noche no hacen sino bailar y cantar, ansi hombres como mujeres, con muchas danzas que ellos usan. Y después de esto hecho levántase y le dice la causa por qué le quiere matar, diciendo que también sus parientes hicieron otro tanto a los suyos, y álzase otro por detrás con una maza que tienen ellos de madera muy aguda y dánle en la cabeza hasta que lo matan. Y en matándole le hacen piezas e se lo comen; y si la hija queda preñada de él hacen otro tanto de la criatura, porque dicen que la tal criatura también es su enemigo como su padre, y a la mujer dánle a comer la natura y compañones del esclavo que ha tenido por marido, e no otra cosa. Todos estos indios de esta tierra no tienen ningún señor, salvo algunos indios que los tienen por sus capitanes, por ser muy diestros y mañosos en la guerra. Uno de estos vino a la nao capitana a ver al señor capitán general, el cual vino muy emplumado, como en la tierra se usa cuando vienen [a] algunas fiestas que ellos hacen. El señor capitán general le dio cierto rescate el cual fue muy contento. Estos indios de esta tierra se llaman tupisnambo, tienen guerra con otros comarcanos; lo mejor que tienen es nunca tener cuestión unos con otros. Su dormir de ellos es en una red que ellos llaman amaca que es longa cuanto se puede echar un hombre y ancha cuanto se puede bien revolver en ella y cubrirse el cuerpo. Tiénenlas colgadas en el aire y así se hechan; son de hilo de algodón que en esta tierra hay mucho. Y no pongo otras cosas particulares, porque sería cosa prolija, sino que hombres y mujeres todos andan en cueros sin ninguna cobertura.

[Noticias sobre la Sierra de la Plata. Entrada al Río de la Plata]

El señor capitán general viendo ya el tiempo enderezado y faborable para seguir nuestro viaje mando alzar anclas día de señor San Miguel, que fueron a xxix días del mes de septiembre de dicho año, y caminando, a las vezes con buen tiempo, a las vezes con contrario, hasta sabado trece días del mes de octubre, que estando en la mar nos comenzó a calmar el viento que llevábamos. Y comiénzase a levantar por proa un tan gran nublado que era gran espanto de ver, muy oscuro y con tanto viento que casi no nos dejó tomar las velas, a que las tuvimos de tomar a gran trabajo. Y tras esto vino una agua tan grande que era maravilla que parecía que todo el mundo se benía abajo, lo cual nos puso en gran espanto, principalmente después que las naos comenzaron a jugar por las grandes olas que la mar hacía con el gran viento, a que ponía gran espanto a los que lo miraban porque la nao andaba de tal manera a una parte y a otra que hacía entrar en las dichas naos mucha abundancia de agua. Que a lo menos para nosotros las personas que nunca habíamos navegado, nos puso en tanto aprieto y congoja como nunca pensamos ver. Y aun los diestros marineros experimentados en las tales tormentas pensaron ser ésta la postrera que los atormentara, por las naos venir muy embarazadas. Y a las naos deshicieron algunas obras muertas por darles más alivio; la nao capitana perdió el batel que traía por popa. Esta tormenta de la manera que dicho tengo, y mucho peor nos duró toda la noche hasta el domingo, que amaneció el día muy claro con muy buen sol como si no hubiera pasado nada y así anduvimos hasta viernes siguiente diez y nuebe de dicho mes, que llegamos a surgir en una isla tras una [...] gran montaña, a causa de parecer al señor capitán general ser aparejada de madera para hacer un batel para la nao capitana, porque como digo, en la tormenta pasada había perdido el suyo. Y estando en esto, vimos venir una canoa de indios la cual vino a la nao capitana, y por señas nos dio a entender que había allí cristianos, lo cual aun no acabado de entender, el señor capitán general les dio a estos indios algún rescate, los cuales fueron muy contentos, en que estos indios según parece fueron por la tierra adentro y dieron nuevas de nuestra venida. De manera, que otro día de mañana vimos venir otra canoa de indios y un cristiano dentro de ella, el cual dio nuevas al capitán general cómo estaban en aquella tierra algunos cristianos que eran hasta quince, los cuales habian quedado de una nao de las que iban a la Especiería de que iba por capitán general el comendador Loaisa. Y que ellos iban en una nao de que iba por capitán don Rodrigo de Acuña, y porque la dicha armada se había desbaratado en el Estrecho y ellos no quisieron volver a España, su capitán los había dejado allí. Y también dijo de otros cristianos que se decían Melchor Ramírez, vecino de Lepe y Enrique Montes, los cuales dijo habían quedado de una armada de Juan Díez de Solis, que en este río donde ahora nosotros estamos los indios habían muerto y desbaratado y que había más de trece o catorce años que estaban en aquella tierra y que estaban doce leguas de allí. Los cuales dichos cristianos, como de los indios supieron estar allí armada de cristianos, y luego el [...] Enrique Montes vino a la nao capitana, y hablando en muchas cosas con el señor capitán general de como habían quedado en aquella tierra, vinieron a decir lo que dicho tengo. Y también la gran riqueza que en aquel río donde mataron a su capitan había, de lo cual por estar muy informados a causa de su lengua de los indios de la tierra de muchas cosas, las cuales diré aquí algunas de ellas. Y era que si le queríamos seguir, que nos cargaría las naos de oro y plata, porque estaba cierto que entrando por el Río de Solís iríamos a dar en un río que llaman Paraná, el cual es muy caudalosísimo y entra dentro en este de Solís con veinte y dos bocas. Y que entrando por este dicho río arriba no tenía en mucho cargar las naos de oro y plata, aunque fuesen mayores, porque el dicho río Paraná y otros que a él vienen a dar iban a confinar con una sierra a donde muchos indios acostumbraban ir y venir. Y que en esta sierra había mucha manera de metal, y que en ella había mucho oro y plata, y otro género de metal, que aquello no alcanzaba que metal era, más de cuanto ello no era cobre, y que de todos estos géneros de metal había mucha cantidad. Y que esta sierra atravesaba por la tierra más de doscientas leguas, y en la halda de ella había asimismo muchas minas de oro y plata y de los otros metales.

Y este dicho día sobre tarde vino a la misma nao capitana el dicho Melchor Ramírez, su compañero, porque al tiempo que supieron nuestra venida no estaban juntos, y como cada uno lo supo, lo puso por obra la venida. Este también dijo mucho bien de la riqueza de la tierra, el cual dijo haber estado en el Río de Solis por lengua de una armada de Portugal, y el señor capitán general por más se certificar de la verdad de esto le pregunto si tenían alguna muestra de aquel oro y plata que decían, u otro metal que decían los cuales dijeron que ellos quedaron allí siete hombres de su armada, sin otros que por otra parte se habían apartado. Y que de estos ellos dos solos habían quedado allí estantes en la tierra, y los demás, vista la gran riqueza de la tierra, y como junto a la dicha sierra había un rey blanco que traía [bar...] vestidos como nosotros, se determinaron de ir allá, por ver lo que era, los cuales fueron y les embiaron cartas. Y que aún no habían llegado a las minas, más ya habían tenido plática con unos indios comarcanos a la sierra, y que traían en las cabezas unas coronas de plata y unas planchas de oro colgadas de los pescuezos y orejas, y ceñidas por cintos, y le embiaron doce esclavos y las muestras de metal que tengo dicho. Y que les hacían saber como en aquella tierra había mucha riqueza y que tenían mucho metal recogido para que fuesen allá con ellos, los cuales no se quisieron ir a causa que los otros habían pasado por mucho peligro, a causa de las muchas generaciones que por los caminos que habían de pasar había. Y que después habían habido nuevas que éstos sus sus compañeros, volviéndose a donde ellos estaban, una generación de indios que dicen los Guarenis los habían muerto por tomarles los esclavos que traían cargados de metal, lo cual nosotros hallamos ahora por cierto en lo que descubrimos por el Paraná arriba como adelante diré a Vuestra Merced. Y luego el señor capitán general les dijo le enseñasen lo que decían les habían enviado sus compañeros; los cuales dijeron que cuatro meses, poco más o menos, antes que allegásemos a este puerto de los Patos, que así se llamaba donde ellos estaban, llegó al dicho puerto una nao en la cual venía por capitán el dicho Don Rodrigo que a Vuestra Merced digo, al cual dieron hasta dos arrobas de oro y plata y de otro metal muy bueno, con una relación de la tierra para que lo llevase a S.M. y fuese informado de tierra tan rica. Y que al tiempo que se se lo entregó el batel para llevarlo a la nao, el batel se anegó con la mucha mar que había, de manera que se perdió todo. Y que entonces se habían ahogado en el dicho batel quince hombres y que él escapo a nado y con ayuda de los indios que entraron por él. Y que a la causa no tenían metal ninguno salvo unas cuentas de oro y plata, que por ser la primera cosa que en aquella tierra habían habido lo tenían guardado para dar a nuestra señora de Guadalupe, las cuales dieron al señor capitán general. Y las de oro eran muy finas de más de 20 quilates, según pareció, y que si el señor capitán general quería tocar en el dicho Río de Solís, que ellos yrian con sus casas y hijos y nos mostrarían la gran riqueza que había en él, y el señor capitán general respondió que era otro su camino. E por la mucha necesidad que del batel había para la dicha nao capitana, se les pregunto si había por ahí cerca alguna montaña donde hubiese buena madera para hacer el dicho batel, y respondieron que allí junto a donde estábamos surtos, trás aquella montaña alta había muy buen lugar. Y luego el señor capitán general mando ir a sondar la entrada y puerto a un piloto y un maestre, las dos personas en tal caso mas sabias y de más crédito en este caso se hubiese de dar. Los cuales vieron la dicha canal y la sondaron, y vueltos, dijeron al señor capitán general como lo habían todo sondado y que podían entrar las naos muy bien y sin ningun peligro. Lo cual pareció al contrario, porque como la nao capitana se hizo a la vela de adonde estaba surta, en domingo día de San Simón y Judas que fueron 28 de octubre del dicho año, al pasar que quiso para entrar tras la montaña la dicha nao capitana tocó en un bajo y luego se trastornó a una banda, de manera que no pudo más ir atras ni adelante a que nos vimos todos los que en la dicha nao veníamos en mucho peligro de las vidas a causa de andar la mar algo levantada. Mas plugo a Nuestra Señora de nos salvar, de manera que ninguna persona pereció; todavía se salvó alguna parte de lo que en ella venía [aunque poco lo mucho que en ella venía]. Aquí perdí yo mi caja con algunas cosas dentro de ella, que me han hecho harta falta por averse alargado el viaje más de lo que pensábamos. Y luego el señor capitán, viendo la nao perdida, se pasó a otra nao y de allí, como digo, se puso mucha diligencia por salvar lo que en ella venía; mas como a Vuestra Merced digo, no fue tanto cuanto quisiéramos.

Y luego el señor capitán general determinó de entrarse en el río con las otras naos que quedaban antes que las tomase algún temporal que las hiciese daño, y después de entradas en el dicho puerto y amarradas las naos como convenía, y luego que el señor capitan general procuró de saltar en tierra y poner por obra lo que había acordado de hacer; luego hizo hacer ciertas casas en tierra para que la gente que de la dicha nao se había salvado se recogiese. El señor capitán general viendo la mejor nao perdida y mucha parte del mantenimiento, y que la gente no se podría recoger en las otras dos naos por ser mucha, acordó de hacer hacer una galeota que [pescase poca agua] y que fuésemos en descubrimiento del dicho Río de Solís, pues éramos informados de la mucha riqueza que en el había porque en esto se hacía más servicio a Su Majestad que en el viaje que llevábamos de la manera que esperábamos ir.

Esta isla era muy alta de arboleda había en ella cinco o seis casas de indios, y después que a ella llegamos hicieron muchas más, [por]que de la tierra firme vinieron muchos e hicieron sus casas. Estos indios trabajaron mucho [an]sí [en] hacer las casas para la gente como en otras cosas necesarias. En esta isla había muchas palmas; en este puerto nos traían los indios infinito bastimento, así de faisanes, de gallinas, pavas, patos, perdices, venados, dantas, que de esto todo y de otras muchas maneras de caza había en abundancia, y mucha miel, y otras cosas de mantenimientos, lo cual todo se rescataba por mano de Enrique Montes, por saber la calidad de los indios mejor que otro, por se haber criado entre ellos.

Las frutas de esta tierra son muy desabridas y pocas; todo el mantenimiento es como lo de Pernanbuco, y la gente de la misma manera y condición, salvo que aquí las mujeres casadas traen unas mantecicas pequeñas de algodón, de manera que no andan tan deshonestas como las que arriba dije. En este puerto estuvimos tres meses y medio, dentro de los cuales se acabo de hacer la galeota, aunque antes se acabara de hacer sino enfermara toda la gente, que era la tierra tan enferma, que a todos los llevo por su rasero, que yo doy mi fe a Vuestra Merced que, según la gente cayó de golpe, bien pensamos peligrara la mayor parte; allí se nos murieron cuatro hombres y otros de los que salieron malos en seguimiento de nuestro viaje. A Juanico tuve aquí muy malo, y tanto y en tanta manera, que doy mi fe a Vuestra Merced que pensé se fuera su camino. Pasé con él harto trabajo a causa del poco refrigerio que había. Yo gracias a Nuestra Señora, me hallé muy bueno en esta tierra, que jamas caí malo, ni me dolió la cabeza en ella; más no me duró mucho porque hago saber a Vuestra Merced que en el mismo día que de este puerto de Santa Catalina, que así se le puso el nombre, salimos, que fue tan grande la enfermedad que me dio, que bien pensé ser llegado mi fin. Así que, señor, después de acabada la dicha galeota y recogida toda la gente en las naos, y en ella con todos los cristianos que allí hallamos, salimos con buen tiempo del dicho puerto a quince días de febrero de dicho año de 1527, y dende a seis días siguientes llegamos al Cabo de Santa María, que es a la boca del Río de Solís. Este río es muy caudaloso, tiene de boca xxv leguas largas. En este río pasamos muchos trabajos y peligros así por no saber la canal, como haber muchos bajos en él y andar muy alterado con poco viento cuanto más que se levantan en él grandes tormentas, y tiene muy poco abrigo.

[Fundación del Fuerte San Lázaro]

Digo de verdad a Vuestra Merded que en todo el viaje no pasamos tantos trabajos ni peligros como en cincuenta leguas que subimos por él hasta llegar a un puerto de tierra firme que se puso por nombre San Lazaro. Yo vine de Santa Catalina hasta aquí en la galeota, y como mi enfermedad fue grande, y en ella había muy poco abrigo, pasé infinitos trabajos, y tantos, que yo doy fe a Vuestra Merced no creo bacante lengua de hombre a poderlos contar. Mas plugo a la Majestad Divina de me sacar dellos para meterme en otros mayores, como Vuestra Merced por esta carta adelante vera; mas, doile muchas gracias que a la fin de tantas fatigas me a dado gracia de descubrir tan rica tierra como ésta, como adelante Vuestra Merced vera. Como digo, en fin, que, señor, llegamos aquí domingo de Lázaro, que fueron seis de abril del dicho año de 1527 años.

En este puerto estubo el señor capitan general un mes dentro del cual las lenguas que traíamos se informaron de los indios de la tierra, y supieron como había quedado allí un cristiano cautivo en poder de los indios de cuando habían desbaratado y muerto a Solís el cual se llamaba Francisco del Puerto. Este, en sabiendo de nuestra venida vino luego [a] hablar al señor capitán general, y entre otras muchas cosas que le preguntó de la manera de la tierra y la calidad de ella, dio muy buena relación, y también de la gran riqueza que en ella había, diciéndole los ríos que había de subir hasta dar en la generación que tiene este metal. Y porque las naos no podían pasar por el Paraná adentro, a causa de los muchos bajos que había, las dejó con treinta hombres de la mar para que buscasen algún buen puerto seguro do las metiesen. Y también acordó Su Merced de dejar en en el dicho San Lázaro una persona con diez o doce hombres para la guarda de mucha hacienda que allí quedaba, así de Su Majestad como de particulares, entre los cuales fui yo uno, a causa de no estar libre de mi enfermedad, que todavía me tenía muy fatigado. Y con toda la otra gente de la armada en la galeota y carabela se recogió el señor capitán general para ir el Río Paraná arriba. Y partió de San Lázaro a 8 días de Mayo del dicho año de 1527; y antes de que Su Merced partiese, [domingo tachado en el original] viernes de ramos, estando el tiempo muy sosegado y claro obra de tres horas de la noche, se levantó un tiempo tan espantoso que aún los que estábamos en tierra pensamos perecer. Pasaron las naos mucho peligro, y la una de ellas hubo de cortar el mástil principal para la salvación de la dicha nao, y fue este tiempo tan temeroso que tomó la galeota que estaba en el agua con dos amarras y las quebró, y en peso como si fuera una cosa muy liviana, la saca del agua y la hecha en tierra mas de un tiro de herrón, de manera que para la tornar al agua hubo menester ingenios. Así, como digo partió de este puerto de San Lázaro el señor capitán general donde los que allí quedamos pasamos infinitos trabajos de hambre, en tanta manera que no podría acabar de contarlo; mas, todavía daré aquí alguna cuenta a Vuestra Merced y fue como quedamos con poco bastimento y en tierra despoblada, faltónos al mejor tiempo, de manera que nos hubimos de socorrer en la misericordia de Dios, y con hierbas del campo y no con otra cosa nos sostuvimos mientras las hallábamos y teníamos posibilidad para irlas a buscar, que nos acontecía ir dos y tres leguas a buscar los cardos del canpo y no los hallar sino en agua a donde no los podíamos sacar. En fin, que nuestra necesidad llegó a tanto extremo, que de dos perros que allí teníamos nos combino matar el uno y comerle, y ratones los que podíamos haber, que pensábamos cuando los alcanzábamos que eran capones. Y estando en esta necesidad me fue forzado, lo uno, por cumplir el mandado de la persona a quien el señor capitán general había dejado alli; lo otro, por tener que comer y no morir de hambre, de ir doce leguas del real en una canoa con unos indios a sus casas a rescatar carne y pescado. Y en el camino se levantó un tiempo que nos tomó de noche en mitad del río, de manera que yo hube de hechar al río cuanta ropa llevaba y los indios sus pellejos, y aportamos a una isla que estaba en la mitad del del río, la canoa llena de agua, que fue el mayor misterio del mundo escapar.

[Entrada al Paraná. Querandíes y Chaná Timbues]

En aquella isla estuvimos desde domingo hasta miércoles siguiente, a causa de andar todavía el rio muy soberbio, que no podíamos salir, y en todo este tiempo yo ni los indios no comimos maldito sea el bocado, ni hierbas, ni otra cosa, que no la había ya. Plugo a Nuestra Señora de amansar el río, y salimos y volvímonos a tierra más muertos que vivos, aunque cierto, los que allí estaban pensaron que me había perdido. Allí se nos murieron dos hombres de los que quedamos, ni sé si de anbre o de qué; verdad es que estaban algo enfermos. Y así pasamos esta mala ventura hasta que el señor capitán general embió la galeota por nosotros y por la hacienda que allí estaba para llevarnos donde el señor capitán general tenía su asiento, que eran sesenta leguas por el Paraná arriba. Y allegó la galeota allí a San Lázaro víspera de Nuestra Señora de [Agosto] de este dicho año de 1527, y partimos de allí a 28 del dicho mes, y llegamos a Carcarañal, que es un río que entra en el Paraná que los indios dicen viene de la sierra, donde hallamos que el señor capitán general había hecho su asiento y una fortaleza harto fuerte para en la tierra. La cual acordó de hacer para la pacificación de la tierra aquí habían venido todos los indios de la comarca, que son de diversas naciones y lenguas, a ver al señor capitán general, entre los cuales vino una de gente del campo que se dicen Quirandíes. Esta es gente muy ligera; mantiénense de la caza que matan y en matándola, cualquiera que sea, la beben la sangre, porque su principal mantenimiento es, a causa de ser la tierra muy falta de agua. Esta generación nos dio muy buena relación de la sierra y del Rey blanco, y de otras muchas generaciones disformes de nuestra naturaleza, lo cual no escribo por parecer cosa de fábula, ha&a que placiendo a Dios Nuestro Señor, lo cuente yo como cosa de vista y no de oídas.

Estos quirandíes son tan ligeros que alcanzan un venado por pies; pelean con arcos y flechas y con unas pelotas de piedra redondas como una pelota y tan grandes como el puño, con una cuerda atada que la guía los cuales tiran tan certeros que no hierran a cosa que tiran. Estos nos dieron mucha relación de la sierra del[Rey] blanco, como arriba digo,y de una generación con quien ellos contratan, que de la rodilla abajo que tienen los pies de avestruz. Y también dijeron de otras generaciones extrañas a nuestra natura, lo cual yo por parezer cosa defabula, no lo escribo. Estos nos dijeron que de la otra parte de la sierra confinaba la mar, y según decían, crecía y menguaba mucho y muy súbito. Y según la relación que dan, el señor capitán general piensa que es la Mar del Sur; y a ser así no menos tiene este descubrimiento que el de la Sierra de la Plata, por el gran servicio que Su Majestad en ello recibirá.

En la comarca de la dicha fortaleza hay otras naciones las cuales son: carearais y chanaes y beguas y chanaestimbus y timbus [que son] de diferentes lenguajes; todos vinieron [a] hablar y ver al señor capitán general. Es gente muy bien dispuesta; tienen todos oradadas las narices, así hombres como mujeres, por tres partes, y las orejas. Los hombres oradan los labios por la parte baja; de estos, los carcarais y timbus siembran abati y calabazas y habas; y todas las otras naciones no siembran y su mantenimiento es carne y pescado.

[Guaraníes]

Aquí con nosotros está otra generación que son nuestros amigos, los cuales se llaman guarenís y por otro nonbre chandris. Estos andan derramados por esta tierra y por otras muchas, como corsarios, a causa de ser enemigos de todas estas otras naciones y de otras muchas que adelante diré. Son gente muy traidora, todo lo que hacen es con traición. Estos señorean gran parte de esta India y confinan con los que habitan en la sierra. Estos traen mucho metal de oro y plata en muchas planchas y orejeras y en achas, con que cortan la montaña para senbrar. Estos comen carne humana. Nuestro mantenimiento en esta tierra es y ha sido desde postrero de mayo del dicho año, que nos falto el mantenimiento de España, cardos y pescado y carne, y esto a ventregadas. El pescado de esta tierra es mucho y muy bueno; es tal y tan sano que nunca los hombres vieron que con venir todos o los mas enfermos e hinchados de diversas maneras de enfermedades, con tener dieta con pescado y agua asta hartar, en menos de dos meses que allí llegamos estábamos todos tan buenos y tan frescos como quando salimos de España. Y mientras en esta tierra habernos estado no [ha] adolecido ninguno de nosotros. Es la tierra es muy sana y muy llana, sin arboledas. Hay en ella muchas maneras de cazas, como venados y lobos y raposos y avestruzes y tigres. Estos son cosa muy temerosa. Hay muchas ovejas salvajes, de grandor de una muleta de un año, y llevarán de peso dos quintales. Tienen los pescuezos muy largos a manera de camellos; son estraña cosa de ver. Allá envía el señor capitan general alguna a Su Majestad. Mientras estuvo aquí el señor capitán general hizo calar esta tierra para ver si se podría caminar por ella, porque decían era por allí el camino muy cerca, y la relación que trajeron fue que era despoblada y que no había hagua en toda ella en más de cuarenta leguas. Y a la causa el señor capitán general mandó a las lenguas se informasen de toda la tierra y del camino más cercano a la sierra; y en fin que al cabo de se haber bien informado de todo, dijeron al señor capitán general que el mejor camino y más breve era por el Río Paraná arriba y de allí entrar por otro que entra en el que se dice el Paraguay. Y luego el dicho señor capitán general puso en obra el dicho camino, y primero mandó meter toda la hacienda en la dicha fortaleza y mandó al capitán Gregorio Caro que con treinta hombres quedase en tierra para guardar la dicha fortaleza y lo que en ella quedaba. Y esto hecho mandó el señor capitan general embarcar toda la otra gente en la galera y un bergantin que allí se había hecho; y en veinte y tres días del mes de diciembre del dicho año, que fue víspera de Navidad, ese día anduvimos muy poco por calmarnos el viento. Luego otro día se hizo vela y llegamos a una isla, la cual se puso nombre de Año Nuevo [al margen: 1528], por llegar allí a tal día.

De aquí envío el señor capitán general el bergantín y con él al teniente Miguel Rifos con hasta treinta y cinco hombres para que fuese a dar una mano a los timbus, una generación de las que arriba dije, la cual era contraria a estos indios que con nosotros traíamos. Y la causa fue que los dichos indios habían venido a la dicha isla a ver al señor capitán y le habían traído cierta cantidad de millo cada uno de ellos, y el señor capitán general les había dado a cada uno de ellos algunas cuentas menudas, por ser poca cantidad del millo que habían traído. Y ellos de esto fueron algo enojados diciendo les habían de dar otra cosa mejor en que fueron al bergantín, que estaba algo apartado de nosotros, y quisieron flechar los indios que con nosotros traíamos que estaban cabe el bergantín. Y así pasaron buen trecho de la galera, amenazando al seeñor capitán general, diciendo que iban muy enojados de él y que se los habían de pagar. Y visto esto por el señor capitán general envió el dicho bergantín, como tengo dicho, por temor que, yendo de la manera que iban, no hiciesen alguna bellaquería a la fortaleza tomándolos sobre seguros.

El bergantín ido amaneció sobre sus casas y luego saltamos en tierra y los cercamos dentro en las casas y les entramos dentro y sin ninguna resistión que ellos hiciesen, que como vieron que eramos cristianos no tuvieron ánimo para levantarse ni para tomar arco ni flecha. En fin, que matamos muchos de ellos y otros se prendieron y les tomamos todo el millo que en la casa tenían y cargamos el bergantín y quemámosles las casas. Los indios que con nosotros iban vinieron cargados de [esclavos] de los dichos timbús y con mucho millo, y así nos volvimos a donde habíamos dejado la galera, donde nos recibieron con mucha alegría, y más cuando vieron el buen recado de abatí que traíamos. Aquí en esta jornada obró Dios conmigo milagrosamente, y fue que yo iba en una canoa de indios con la lengua y de noche de nos trastornó la canoa con cuanto en ella iba, y yo armado y con la espada ceñida hube de bajar a ver cuán hondo era el río, y plugo a la Majestad Divina que torné a salir arriba y me así al bordo de la canoa, y asi fue gran trecho por el río hasta que salimos en tierra y me entré en el dicho bergantín. Muchos que me vieron caer como sabían que no sabía [nadar] me tuvieron por perdido en fin que Nuestra Señora lo hizo mejor conmigo.

Las mujeres de estos timbús tienen por costumbre de cada vez que se les muere algún hijo o pariente cercano se cortan una coyuntura del dedo, y tal mujer hay de ellas que en las manos ni en los pies no tiene cabeza en ningún dedo, y dicen lo hacen a causa del gran dolor que [sienten] por muerte de la tal persona.

De aquí partimos, donde fuimos de isla en isla hasta llegar a una isla donde había tantas garzas que pudiéramos henchir los navíos que llevábamos de ellas. Allí tomamos algunas, que por tener el viento bueno no paramos más. [Así] caminamos por este río, el cual tiene de anchura doce leguas y catorce y por lo más angosto cinco leguas. Este río hace en medio muchas islas tantas que no se pueden contar, todo de muy buena agua dulce, la mejor y más sana que se puede pensar. Baja la tierra adentro más de trescientas leguas; así anduvimos, como dicho tengo, el río arriba, de isla en isla, hasta llegar a una generación que se decían mepenes, donde habían muerto cuatro cristianos de nuestra armada que en una carabela que había subido por allí arriba venian. Todo este camino anduvimos algunas veces a la vela, otras veces, a toas con harta fatiga que la gente paso con el poco bastimento que entonces traíamos, porque las canoas que con nosotros venían pescando se habían vuelto a Sant Spiritus con los esclavos que llevaban de los timbús, en que el señor capitán general acordó de dar a la gente a tres onzas de harina de una pipa que para las tales necesidades traía. Y así estuvimos con este tiempo algunos dias surtos por no hacernos tiempo para el viaje que llevábamos; y a las veces andando a toas todo este tiempo con mucha fatiga por la mucha hambre que pasábamos, como por el mucho trabajo que teníamos. Y no nos duró mucho tiempo que la dicha ración no[s] la abajaron a dos onzas, por causa y temor que el viaje no fuese más largo que pensábamos, en que las dos onzas daban tan tasadas que casi no había una buena. En que íbamos de isla en isla pasando mucho trabajo, buscando yerbas, y estas de todo género, que no mirábamos si eran buenas o malas, y el que podía haber a las manos una culebra o víbora y matarla, pensaba que tenía mejor de comer que el Rey. Y aconteció algunas personas andar a buscar víboras, que las hay muchas y muy grandes y muy emponzoñosas, y matarlas y comerlas como tengo dicho.

Con esta tan fiera pasión estuvimos parados algunos días sin ir adelante por no haber tiempo, por que no andábamos sino una legua o media legua cada día a toas con mucho trabajo, a causa que el poco comer nos fatigaba en tanta manera que muchas personas se dejaban descaer. Que no teníamos otro bien sino cuando la galera llegaba [a] alguna isla de saltar de [a] ella y como lobos hambrientos comer de las primeras hierbas que hallábamos, no mirando, como arriba digo, si eran buenas o malas, y cocíamoslas sin otra substancia sino con sola agua y así las comíamos. A tanto que muchas veces aconteció venir muchas personas haciendo bascas y echando cuanto en el cuerpo tenían de haber comido alguna fruta, como si fuera ponzoña; y le daban luego aceite que bebiesen, con lo cual se les amansaban. Así que con este trabajo que digo a Vuestra Merced pasamos la boca del Paraguay, un río muy caudaloso que va a la dicha Sierra de la Plata, en que ya no nos quedaban más de quince o veinte leguas hasta llegar a las dichas caserias. Las cuales senos antojaron más de quinientas,porque en ellas pasamos tantos trabajos cuanto hombres nunca pasaron, porque ya la ración de harina se había acabado, lo cual puede Vuestra Merced pensar que podríamos sentir. Y habíannos dado ciertos días a dos onzas de garbanzos y a dos onzas de tocino, y esto acabado nos dieron a medio pie de puerco por hombre. Finalmente, que el remedio que teníamos era como lobos hambrientos meternos por los bosques con las hachas en las manos y buscar algunas palmas, y el que era su ventura tal que no la hallaba, ayunaba queno comía sino hierbas que nunca los hombre tal comieron. Y a causa de ser los bosques muy espesos recibíamos mucha fatiga en buscar la comida por ellos, aunque no se nos ponía delante temor de ninguna onza ni tigre ni de otra fiera ninguna. De las cuales animalias toda esta tierra esta muy poblada, que aún la galera no era bien llegada a tierra cuando todos saltábamos el que más presto podía a buscar lo que digo arriba. Y algunas personas se metían tanto por los bosques que no acertaban [a tornar]. Y nos acontecía cuando no hallábamos palmas, volver a donde la galera estaba, y si topábamos que alguno había hallado alguna dar tras el tuero y a trozos llevarlo a la galera y picarlo poco a poco con un cuchillo grande o con un hacha, muy menudo, y comerlo que de aserraduras de tablas a ello había poca diferencia. Yeto era muy contino en todos que, por Dios, yo de mi parte creo comí de eta manera más de una arroba. Estando en tal fatiga, como dho tengo, el señor capitan general había proveído seis o siete días antes que el bergantín se adelantase y no cesase de andar noche ni día a puro remo hasta llegar a las dichas caserías de nuestros amigos para traernos o enviarnos bastimento. Pues la galera no podía subir por le ser los tiempos contrarios, sino como tengo dicho, en que después de allegado el dicho bergantín a las dichas casas, lo primero que hizo fue enviarnos hasta veinte canoas cargadas de bastimentos de la tierra. Las cuales allegaron al tiempo que en la tal necesidad erábamos como tengo dicho porque el socorro fue tal, que certifico a Vuestra Merced que, aunque vinieran cargadas de oro y de piedras preciosas, no fueran tan bien recibidas de nosotros como fueron en ser batimentos para comer, que ya Vuestra Merced puede pensar el plazer que en tal socorro recibiríamos. Luego con el socorro nos vino en buen tiempo y pasamos adelante, aunque no nos duró mucho y nos volvimos a nuestras calmerías y viento contrario, pero ya no se nos daba mucho con tener el presente mantenimiento. Y asimismo venirnos siempre de día en dia de las dichas caserías y en llevar indios con nosotros que siempre mataban pescado y nos traían a la galera. Y de esta manera llegábamos a las caserías las cuales eran de un indio principal que se llamaba Yaguaron, capitán que es de todas estas caserías que en esta comarca están, porque siempre tienen guerra con otros indios que estan siete y ocho leguas el río arriba de su misma nación. Y llegados a estas casas, así este mayoral como todos los otros mayorales de la tierra, nos trajeron mucho bastimento, así de abati, calabazas, como raíces de mandioca e patatas y panes hechos de harina de las dichas raíces de mandioca muy buenos, lo cual todo nos sabía muy bien pensando en la hambre que habíamos pasado.

El señor capitán general estuvo algunos días en este puerto, el cual se puso nombre Santa Ana, donde allegamos, y dentro de los cuales días recogío mucho bastimento de todas aquellas casas, y asimismo el bergantín de las otras casas de arriba, porque trajo mucha cantidad de ello. A estos indios vimos traer muchas orejeras y planchas de muy buen oro y plata y asimismo el bergantin vio otro tanto. Y más en las caserías de arriba a las cuales envío el señor capitán general a Francisco del Puerto, lengua, para que se informase de los dichos indios do traían [el dicho] metal y quién se los daba. Y así fue el dicho Francisco del Puerto, lengua, y vino y la relación que trajo fue que los chandules, que son indios de esta misma generación que están sesenta, setenta leguas el Paraguay arriba, se lo daban por cuentas y por canoas que les daban. [Y que] de estas casas de estos indios a las de los dichos chandules por tierra, por do ellos van hay seis jornadas en que la mitad de este camino es todo alagunas y anegadizos.

[Tribus del Paraguay]

El señor capitán general pudiera aquí rescatar mucho oro y plata, y no lo hizo porque los indios no tuviesen pensamiento que la intención de nuestra ida era con codicia del dicho metal y tambien por porque pensabamos ir a la generación de los chandules que dicho tengo. Y Francisco, lengua, se informó que tenían mucho metal porque según los indios le decían de las dichas caserías iban mujeres y niños hasta la dicha sierra y traían el dicho metal.

Luego el señor capitán general puso por obra nuestra partida para subir el dicho Paraguay y a las dichas casas, pues por tierra era excusado, según la información [que] teníamos. En este puerto supo el señor capitán general de ciertos indios como habían entrado ciertas naos en el Río de Solís y se habían juntado con las nuestras, lo cual el señor capitán general ni nosotros no tuvimos en nada, porque pensábamos los indios no decirnos la verdad, como en la verdad habían dicho muchas cosas que nos habían salido mentirosas. Y así salimos del puerto el sábado de Lázaro, que fueron 28 días de marzo y estuvimos en él obra de 30 días.

Estos indios comen carne humana y son parientes y de la misma generación de los que están en la fortaleza de Santispritus con nosotros. Y así salidos del dicho Puerto de Santana, bajamos el Río de Parana abajo hasta la dicha boca del Paraguay, a la cual llegamos postrero día del dicho mes de marzo. En el Paraná de Santispritus hasta la dicha Santana, hay las generaciones siguientes: mecoretais, camaraos, mepeus. Y entrando en dicha boca de Paraguay hasta lo que por ella anduvimos hay las que diré: yngatus, beoyos, conameguaes, bereses, tendeas, hogaes; éstas las que confinan por el río que nosotros vimos, sin las de la tierra adentro que es cosa innumerable. Son de diversos lenguajes, no siembran estos ni los de Paraná, su mantenimiento es carne y pescado y lo más natural es el pescado, porque hay tanto en el río y péscanlo que es una cosa no creedera. Su arte de pescar es cuando el río esta bajo, con red, mas, cuando está crecido, que a causa de meter el pescado en los yerbazales, no se pueden aprovechar de la red, mátanlo a la flecha. Y esto en harta cantidad, y esto lo puede Vuestra Merced ver que, como digo, su principal mantenimiento es pescado. Y así entrados por la dicha boca del Paraguay, y luego el mismo día vimos una canoa de indios, que nos dieron pescado los cuales se decían beoques. Y así, fuimos el río arriba unas veces con viento, otras veces con toas, porque según el río hace las vueltas, no le puede servir ningún viento, sino solamente para caminar dos o tres leguas por él, porque por fuerza es menester a remo o a toas doblar las dichas vueltas. Luego el señor capitán general procuró de enviar el bergantín adelante hasta que hallase la boca del río Hepetín, que en el lenguaje de los indios quiere decir río barriento. Y según los indios dicen viene de la sierra y que por el se acorta mucho el camino para ella, pero que no es navegable por ser la corriente mucha este río viene muy barriento, según los indios dicen y nosotros vimos, que no parece sino un poco de barro desleído con agua. Y luego el señor capitán general mandó al teniente Miguel Rifos que fuese en el dicho bergantin hasta llegar a una generación que dicen los agaes, e hiciese paces con ellos, porque estábamos informados participaban de mucho oro y plata, y allí esperase la galera del dicho bergantín. Se subió arriba con treinta hombres bien aderezados en el y nosotros también poco a poco por no poder andar sino cuanto a Vuestra Merced digo a poder de toas. En este río tuvimos muy más entera relación de unos indios los cuales habían venido del Uruay de contratar con los indios chandules, que nos dijeron y certificaron haber entrado en el Río de Solís tres velas las cuales le decían que se estaban juntas con nuestros navios. En que por esta relación y por la que en Santana supimos, dimos más crédito a que habían entrado naos en el dicho Río de Solís. Y luego de ahí a dos a tres días vimos venir el dicho bergantín que a los agaes el señor capitán general había enviado. El cual, aunque al presente, en viéndolo tuvimos mucho placer, después que llegó a la galera tuvimos mucho pesar porque en él venia el contador Montoya, que había ido en el dicho bergantín, y venía mal herido de flechas de los indios. Y asimismo toda la gente que en el venía, porque como el dicho bergantin se fue arriba con el dicho teniente Miguel Rifos y Gonzalo Núñez, tesorero de Su Majestad, y el dicho contador Montoya. Allegaron a la generación de los agaes, los cuales habían alzado sus casas en saber su venida, y se habían metido por ciertos esteros en canoas. Y que habían habido plática con una canoa de ellos, la cual les habían dicho como los chandus que más arriba estaban tenían mucho oro y plata. Y así habían pasado adelante hasta las casas de los dichos chandus que más arriba estaban, los cuales les recibieron muy bien y les trajeron mucho bastimento. En que estuvieron dos o tres días con los dichos indios, en que al cabo no les traían casi bastimento ninguno, por causa de estar los indios muy solevantados y con mucho temor de que les iban a hacer mal en venganza de otros cristianos que ellos habían muerto, que eran los compañeros de Enrique Montes y Melchor Ramírez que dicho tengo. Habían entrado por tierra y habían llegado hasta allí y los habían muerto y quitado mucha cantidad de oro y plata así que por ese temor andaban siempre soliviantados, en que el teniente Miguel Rifos hacía ir siempre a Francisco, lengua, a las dichas casas para que les hablase y con buenas palabras les dijese que nosotros veníamos a ser sus amigos y a darles de lo que llevábamos. A que como la malicia estaba en ellos arraigada, procuraron de ejecutar la malicia y mala intención que tenían, en que un día vinieron a llamar al dicho teniente para que fuese con ellos a las dichas sus casas, que allá le darían mucho bastimento. Y que tanto se lo importunaron, que hubo de ir con ellos hasta quince o diez y seis hombres bien apercibidos, en que fue el dicho teniente y tesorero, y quedo el contador con la otra gente para guardar el bergantín y recoger lo que al dicho bergantín viniese. E idos, aún no se habían apartado hasta una milla del dicho bergantín cuando del dicho bergantín oyeron [muy] grandes boces y ahullidos. Y que no pudieron pensar que cosa fuese, y enviaron allá a una persona del dicho bergantín de los que habían quedado en él para que mirase por que habían dado y daban tales voces. La cual persona fue y nunca vino; y visto que no venía enviaron otra, en que no hubo traspuesto por un gran montón de tierra alta que en frente del bergantín estaba, cuando le vieron venir muy corriendo y muchas flechas en cantidad tras él. Y de que vieron los que en el bergantín estaban la cosa como pasaba, procuraron de echar luego el bergantín al agua, porque estaba medio barado y salirse a lo largo. En que todo esto no lo pudieron tan presto hacer, que primero los indios no estuviesen encima de ellos tirándoles muchas flechas en gran cantidad en que les valió harto para ellos salvarse la ropa y munición que en tierra habían sacado a solear, porque se empacharon tanto en procurar cada uno de asir su parte de ello, a que no les fatigaran en tanta manera como si en aquello no se empacharan le[s] fatigaran. A que el dicho bergantín se hizo al largo del río y toda la gente que en el venía, herida, y algunos muy malamente. En que vieron andar a [los] indios que en tierra andaban traían muchas armas y ropa de la gente que con el [dicho teniente] y tesorero habían ido, los cuales segun pareció cuando las voces daban, los habían [muerto]. Así se volvió el dicho bergantín a la galera con harta pena por venir todos heridos como venían y con pensamiento que les salieran siempre indios a flecharlos en el camino [pues], ya se habían desvergonzado.

Luego el señor capitán general viendo el mal recado [que] había acontecido en el dicho bergantín, y que para subir arriba nos faltaba mucho mantenimiento y más principalmente la nueva tan cierta que habíamos sabido de la venida de las naos al dicho Río de Solís. Acordó el señor capitán general de volver aba[jo] porque temía que en la dicha armada venía Cristóbal Jaques, capitán del Rey de Portugal, que otra vez, como tengo dicho, había venido a este Río de Solís. Y prometió al dicho Francisco del Puerto, que allí allamos que volvería, y si fuese que el dicho Cristóbal Jaques había entrado en el dicho río, nuestras naos estarían en mucho aprieto y la gente de ellas. Y, asimismo, si hubiesen subido arriba a la fortaleza no hubiesen recibido algún daño. Y con este pensamiento volvimos el río abajo hasta el Paraná, en que en el camino vimos muchas casas nuevamente puestas en la ribera del dicho río que nos dieron mucho pescado. Estas naciones de indios que aquí encontramos son enemigos de los chandules de arriba que nos habían hecho la dicha traición.

Caminando, pues, por el Río de Paraná abajo, habiendo andado hasta treinta leguas de la boca del dicho Río de Paraguay, estando surtos en una isla por causa del mal tiempo que nos hagía, vimos asomar dos velas que no pudimos pensar qué velas pudiesen ser. Luego envió el señor capitán general allá una canoa con ciertas personas para que supiesen quienes eran. Y venida la dicha canoa, dijo como era armada de nuestro Emperador, y que venía en ella por capitán general uno que se decía Diego García de Moger; y luego vinieron el teniente del dicho capitán general y un [contador] de Su Majestad para hablar a nuestro general. Luego otro día vino el dicho Diego García y sus oficiales que con él venían a comer a la galera con el señor capitán general, y este día se concertaron de volver juntos a la dicha fortaleza a causa de estar junto a ella y del poco mantenimiento que los unos y los otros traíamos. Y abajo hacer media docena de bergantines y tornar todos juntos a subir por el dicho río, y así vinimos juntos hasta la dicha fortaleza dentro con toda su gente. Y luego procuró el señor capitán general de tomar parecer sobre el concierto de dicho Diego García y su gente, el cual concierto no se acabo de hacer allí ni se ha hecho. El dicho Diego García se partió de la dicha fortaleza para adonde estaban las naos, y luego al señor capitán general le pareció sería bien enviar la carabela y en ella a Hernando Calderón, teniente de Su Majestad y teniente del s[eñor] capitán general, y a Roger Barlo contador de Su Majestad para informar a Su Majestad del viaje que habíamos hecho y de la gran riqueza de la tierra. Los cuales llevan muy buenas muestras de oro y plata desta tierra, y no llevan más cantidad, porque como tengo dicho el señor capitán general no quiso rescatar por no dar a entender a los indios que teníamos codicia de su metal. Que pues sabíamos de cierto lo había, no curásemos de los arroyos sino de la fuente. Que según donde habíamos allegado a no nos venir el inconveniente que nos vino en la venida de estas otras naos, tuviéramos acabado nuestro viaje. Porque dende a donde hicieron aquella traición a los nuestros que iban en el bergantín hasta la sierra no había más de veinte leguas. Y iban muy contino, como tengo dicho, mujeres y niños y viejos y traían mucha cuantidad del dicho metal. Mas,esperanza en Nuestra Señora,[pues] que sabemos que lo hay, y el camino si Dios vida nos da, no p[u]ede ser sino que lo alcancemos. Y verdad es que habrá alguna dilación más de la que pensábamos y nosotros querríamos, mas, esta no será más de hasta que de allá Su Majestad provea en lo quel s[eñor] capitán general le envía a suplicar. Ahí van esos señores que arriba digo; son personas de mucho merecimiento y de quien en esta tierra he sido muy favorecido en todo lo que se ha ofrecido. Suplico a Vuestra Merced si acaso aportaren a ese pueblo, se les haga toda la más cortesía [que] fuere posible, porque holgaría mucho hubiese Dios traído las cosas a tal estado que pudiesen recibir allá algún servicio para el pago de las muchas mer[cedes] [que] yo acá he recibido. Y hablará Vuestra Merced con el señor teniente, que se dice Hernando Calderón, que es natural de Madrid, el cual dará siempre aviso a Vuestra Merced de lo que se negocia para estas partes y de lo que se ha de proveery en qué podría ser yo aprovechado y de lo que por esa vía supieren, como por otra cualquiera, suplico a Vuestra Merced tenga mucha solicitud para si se hubiere de proveer algo para acá, lo haya yo antes que otro. Y de esto se podrán también informar de Francisco Birbiesca, que es uno que hace los negocios del secretario Samano, que es mucho mi señor, al cual darán esta carta que aquí va con éstas [cartas]. Y en esto podrá aprovechar mucho Villafranca, su yerno de Lope de Vertavillo, porque es mucho del secretario Juan de Samano, en quien va todo esto...[roto en el original]. Que escribo a Martín de Salinas haciéndole memoria de lo pasado, bien creo terná [tendrá] por bien de descargar su conciencia, y si diere poco o mucho, tómese.

Mucho querría lo hiciese porque de ello se me enviasen ciertas cosas que por una memoria envío a pedir de las cuales tengo mucha necesidad. Si lo diere, como digo, de ello se podrá proveer, y si no, suplico a Vuestra Merced me lo mande comprar y enviar conforme a la memoria que envío, por ser cosas muy necesarias en esta tierra para la salud y acrecentamiento de la vida. Porque, por Dios, en estos viajes que por este río arriba habemos hecho, demás de la necesidad de la hambre, nos ha costreñido mucho la necesidad de la ropa.Y a mí más que a otro, a causa que, como a Vuestra Merced en esta [digo], en dos veces se me a ido parte de ello a la mar; la una cuando perdimos la nao [y la otra] en este río cuando la canoa me hubiera de anegar. Y lo poco que me [quedó, con las] muchas humedades de este río, se [me] ha acabado de pudrir, de manera [que si] [roto en el original] me falta habré de parecer a los indios en el vestido. Y yo doy mi fe a Vuestra Merced [que] si no tuviese esperanza en Nuestra Señora de pagar esta merced, con las otras muchas que he [recibido]. Con las setenas, no me atreviera a suplicarlo a Vuestra Merced si pensara dar mas pas[ión] a Vuestra Merced que como digo, si Dios de acá me lleva, sino mucho descanso en descuento de las muchas pasiones que siempre les he dado. Y si el señor capitán general, como como por esta digo, hubiera dado lugar a ello, yo pensara tener ahora que [enviar] a Vuestra Merced, no solamente con qué me pudiera enviar lo que pido, sino muy más ade[lante]. Mas, jamás nunca nos dio Su Merced lugar a ello, por las causas que arriba digo. [Y si a] Vuestra Merced le pareciere mucho lo de la memoria, no tenga mucha pena de que [ven]ga, que después de tomar hombre lo que hubiere menester, de lo demás podrá hombre [sacar] el principal, bien largamente. Y si a Vra md le pareciese y mandare [conforme] a mi memoria, puede enviar lo más que mandare, que yo le certifico sea la [...] buena y mejor que puede pensar. Las cosas de mantenimiento han de ser [...] buenas, lo que Vuestra Merced me enviare venga sobre todo en muy buenas [...] estancas, que aunque sea harina o quesos o tocino, venga en vasijas. [El...] vino y la ropa y rescates vengan en muy buena caja, porque al [...]tado trae el provecho consigo, y en esto no quiero ser más p[...] suplicar a Vuestra Merced con ojos de piedad como señor y padre [...] mil recibidos ya pasados y a la poca obidencia que a sus m[...] tenido sino a la necesidad que tengo, lo cual es tanta que por Dios nos sé como lo escriba.

Señor, Juanico está muy bueno y en servicio del señor capitán general, del cual ha re[cibido] muchas mercedes, y si Dios nos da vida y por él no queda las recibirá. El besa las manos a Vuestras Mercedes. Allá escribe a sus padres.

Señor, suplico a Vuestra Merced mande decir a la señora mi hermana Francisca Ramírez que yo [la] suelto la palabra que le traje para que haga lo que Vuestras Mercedes le mandaren. Que Dios sabe si me quisiera yo hallar presente, mas que falta dar gracias a Dios por todo que yo prometo, llevándome Dios con bien, de cumplir lo que la prometi. Y que la ruego yo me escriba y tenga especial cuidado, como me prometió, de rogar siempre a Dios por mí. Al señor prior me encomiendo en sus oraciones y que le pido por merced no me olvide en ellas. Al señor García Cocón y a la señora su mujer beso las manos de sus mercedes con las de las señoras sus hijas y nietas, con todos los más que Vuestra Merced mandare. A si quedo en este puerto de San Salvador, que es en el Río de Solís, a diez días del mes de julio de 1528 años.

El humilde y menor hijo que las manos de Vuestras Mercedes besa,

Luis Ramirez

A las señoras mis tías, la de Ruiz Pérez y Pero Gajardo beso las manos con las señoras mis primas todas [...] señores sus maridos [...][escribo m...] lo que a hecho Dios [...] despues [...]...jardo y si está ahí, y si ahí, estuviere, dele mis encomiendas y que digo yo que vea esta carta [...]

Señor, suplico a Vuestra Merced de dar estas cartas que aquí van a quien dicen y enviar la respuesta de ellas, ende más de una que va para Juan Vivero. Ésta se le dé y [se] cobre la respuesta y si algo diere, lo cobren y me lo envíen con lo mío porque es para mí un matalotaje que acá tengo, a quien yo debo mucho y habernos estado y estamos juntos en compañía siempre.

Hago saber a Vuestra Merced que esta tierra donde ahora estamos es muy sana y de mucho fruto, porque hago saber a Vuestra Merced que se senbraron en esta tierra para probar si daba trigo y sembraron cincuenta granos de trigo y cogieron por cuenta CCLVV V [550] granos, esto en tres meses, de manera que se da dos vezes al año. Escríbolo a Vuestra Merced por pare[cer cosa] misteriosa.

FIN