Gran Chaco Gualamba

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plusGran Chaco Gualamba
Pedro Lozano

Presentación

Prólogo de Radamés A. Altieri (1941)

Al Lector

I. Dase noticia en general de la provincia del Chaco y del origen de este nombre.

II. De los ríos que bañan las provincias del Chaco.

III. De otros ríos menores que entran al Chaco y del Paraná y Paraguay que bañan sus costas.

IV. Calidad de la tierra del Chaco. Arboles y plantas que produce.

V. De los animales y serpientes que hay en la provincia del Chaco.

VI. Dase razón por qué ha sido tan poblada la provincia del Chaco.

VII. Noticia de las naciones más retiradas del Español y costumbres comunes de todas las de la provincia del Chaco.

VIII. De las naciones y costumbres particulares y primeramente de los Chiriguanás.

IX. De los Guaycurús.

X. Del valor y costumbres para la guerra de estas naciones.

XI. De los Churumatas y Chichas

XII. De las costumbres de estas naciones dichas en el parágrafo precedente

XIII. De la nación Malbalá

XIV. De las naciones Tequet, Chunipí, Guamalca, Yucunampa y Bilela.

XV. De la nación de los Abipones.

XVI. De la nación de los Lules.

XVII. Prosigue la materia del antecedente.

XVIII. Lo que han obrado algunos ministros reales para reducir estas naciones

XV. De la nación de los Abipones      

Por fin del río Bermejo, y caminando a orillas del Paraná el rumbo al sur, está la nación de los Abipones. Fué antiguamente muy numerosa, pues en un solo pueblo de ellos cercano a la ciudad de la Concepción, halló el Padre Juan Fonte, uno de los primeros obreros de esta provincia, más de ocho mil almas, y en la nación de los Matarás o Amulalas, que estaba ocho leguas de la misma ciudad, encontró pueblo de más de siete mil, y es constante había más de cien mil indios en el contorno de aquella ciudad del río Bermejo. El día de hoy se mantiene un pueblo cristiano de la nación de los Matarás en la jurisdicción de Santiago del Estero; los demás, y los Abipones no son tantos como antiguamente; pero es nación numerosa, y la que tiene casi arruinada a la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Llámanse el día de hoy Callagaes, que antiguamente se llamaban Abipones.

Dichos Abipones andan totalmente desnudos, aunque las mujeres se cubren con mantas de pellejos bien aderezados, a que llaman queyapí. Usan las armas que todos los del Chaco, y se pelan la cabeza al modo que los Guaycurús, aunque el cabello, que les queda algo largo, lo atan atrás con una trenza, porque no les impida cuando anclan en el agua, que es muy de ordinario, por ser grandes nadadores. Son de grande y fornida estatura, y bien agestados, pero se labran la cara y cuerpo, y se embijan, con que encubren la blancura natural. Taládranse el labio inferior de que pende un barbote o como acá llaman mbetá. Son muy dados a la milicia, ejercitándose de continuo en la guerra sobre leves causas, que las más ordinarias son sobre si vino a pescar o cazar dentro de sus límites. Estos los amojonan con unos horcones largos, y en ellos cuelgan las cabezas de los muertos, por haber violado los términos de ajena jurisdicción. Desde niños se van curtiendo y sajando el cuerpo, para hacerse robustos en su desnudez, y así tienen viejos diputados que les sajan a ciertos tiempos pies, piernas, brazos y cuerpo con puntas del pez raya muy agudas, y lo que es más, la lengua, que da compasión verlos, y ellos lo pasan riendo. Los mozos al modo que los Guaycurús no entran con los demás a beber, ni a otras acciones, hasta que pasan por el martirio de que cuatro viejos les traspasen como, y cuantas veces gustaren con espinas, la parte que más recata la honestidad, lo que han de tolerar sin dar la menor muestra de flaqueza, ni un quejido, y desde entonces se pueden ya juntar con los valientes. Cuando salen a la guerra se punzan muy bien la lengua, y con aquella sangre se untan todo el cuerpo, y sobre este matiz hacen mil labores con carbón, y de esta suerte, dicen ellos con el dolor que llevan, que cuanto topan lo destruyen sin distinción de edad o sexo, y su mayor alabanza es matar a cuantos más pudieren, y según el número de los que hubieren muerto, se les permite poner otras tantas plumas en el dardo. Con ser en muchas cosas semejantes a los Guaycurús, tienen con ellos ordinariamente guerra, y sólo divide a ambas naciones el río Bermejo.

Cuando se anega su tierra, que es en los cinco meses del año, se retiran a vivir en islas, y aun sobre los árboles, y en enjugándose la campaña, se acercan a las lagunas donde hay dehesas de lindísimos pastos para ganado. Suelen sembrar algo, pero muy poco, y cuando cautivan algunos Españoles, los primeros meses los ocupan en guardar las sementeras. Su ordinario sustento es la pesca y caza, en que no perdonan a los tigres, cuyas hediondas carnes aprecian mucho, y las reparten en pedazos, como por reliquia entre los parientes y amigos, porque dicen, que con las carnes de esta fiera se les infunden bríos y valentía.

No tienen conocimiento alguno de Dios, viviendo como bestias, sin policía, ni gobierno y sólo hay algunos caciques a quienes los de su familia y emparentados únicamente siguen, y sólo cuando van a la guerra tienen cabeza superior, que los gobierne. Hechiceros sí que hay muchos entre ellos, que hablan con el demonio, quien se les aparece en sus fiestas y borracheras, feo y abominable, y a su semejanza se embijan los indios por darle gusto, sin tributarle ninguna adoración o culto. Y aunque a las veces el demonio no se quiera aparecer a los hechiceros, ellos fingen que se les ha aparecido, para que así los demás les teman y honren, y les llamen en sus enfermedades para que les curen, lo cual hacen chupándoles, fingiendo que con eso les saca del cuerpo la causa de sus enfermedades, que son palillos o piedras o cabellos que llevan encubiertos en la boca; mas guárdese el hechicero de no acertar la cura y que muera el doliente, porque luego se conjuran los parientes, y le matan, porque dicen, ha sido él la causa de la muerte.

No obstante la falta de conocimiento de alguna deidad, creen la inmortalidad del alma, y dicen que va a una tierra de sumos deleites, donde danzan y beben a su gusto, en que está la felicidad de esta gente ciega. Cuando muere el marido, la mujer guarda celibato, y ayuna un año, que es abstenerse de comer pescado, y al tiempo salen estas viudas al campo, diciendo que su marido viene ya a darles licencia, para que se casen con otro. No tienen de ordinario más que una mujer, y éstas son curiosas y diestras en hilar el hilo de chaguar, y labrar algunas cosas para gala suya, y en particular en coser las pieles de las nutrias o venados para sus mantas, que las cosen tan curiosa y prolijamente, que admira. En esto se ocupan las mujeres, que los varones fuera del tiempo de guerra son haraganes, y sólo se entretienen por las tardes en hacer alardes, y los muchachos desde el amanecer en correr, para ejercitar las fuerzas. Aunque ellos son muy entregados a la embriaguez, las mujeres son muy abstemias, y sirven de esconderles en aquel tiempo las armas, porque no se maten.

Cuándo la mujer pare o el hijo enferma, el marido se echa en la cama hasta que pasan algunos días, y se abstiene de comer pescado, porque con eso dicen sanará el hijo y la madre, y sino morirá. Las mujeres no crían más que dos hijos o hijas; los demás que paren, los matan por evitar el trabajo de la crianza, que es cosa bien particular y ajena del amor natural de las madres, aun entre bestias fieras, y es sin duda permisión divina, para que no se aumente demasiado tan bárbara gente, y tan enemiga de cristianos.

Junto a la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, que es la parte meridional del Chaco sobre las riberas del río Salado estaba la nación de los Calchaquíes. Es de advertir, que en estas provincias hubo dos naciones llamadas Calchaquí, la una y más numerosa caía en frente de las ciudades de Salta y San Miguel de Tucumán veinte y cinco leguas distante a la parte del poniente, y vivían en un valle llamado Calchaquí, que confinaba con el célebre despoblado de Atacama, que corre desde Coquimbo, ciudad de Chile, hasta el Perú; fué nación muy valerosa, que se resistió a la sujeción de los Españoles, e inquietó muchos años la provincia del Tucumán, hasta que gobernándola segunda vez don Alonso de Mercado y Villacorta, caballero de la orden de Santiago por los años de 1665, los sujetó a fuerza de armas, y los desnaturalizó de su valle, que ha quedado desde entonces despoblado, transladándolos a las cercanías de Buenos Aires, por mandato de la Real Audiencia, que hubo en aquel puerto. De esta nación no hablamos aquí, porque no pertenece al distrito del Chaco.

Hubo otra nación de Calchaquíes (y es la de que hablamos) que vivieron hacia la ciudad del río Bermejo, llamada la Concepción de Buena Esperanza, donde estuvieron encomendados a los Españoles, y tenía entre ellos el rey, un pueblo encabezado en su real corona, que le rendía no pequeño tributo. Mas apurados sobremanera del continuo trabajo en beneficiar el algodón, y tejer lienzos, y viendo a sus mujeres muy afanadas con el perpetuo hilado y rigor con que se les pedía la tarea aún a la más ocupada en criar sus hijos, les forzó la necesidad a buscar el desahogo. Para esto se confederaron los Calchaquíes con los Mogosnas, Naticas, Callagaes, Abipones y matando buen número de Españoles, forzaron a los que quedaron con vida a que desamparando del todo la ciudad se retirasen a la ciudad de San Juan de Vera de las Corrientes distante treinta leguas, Paraná en medio. Y aunque saliendo de las Corrientes el maestre de campo Manuel Cabral de Alpoin noble lusitano, gran soldado y servidor de nuestros monarcas acompañado de competente milicia hizo el esfuerzo por recuperar aquella tierra, volver a poblar la ciudad y sujetar a estos bárbaros, y no fué posible.

Después los Calchaquíes disgustados por no sé qué con los Abipones se retiraron hacia las cercanías de la ciudad de Santa Fe la vieja, a que por muchos años dieron mucho en que entender con sus atroces hostilidades, y aunque procuró domar su orgullo el gobernador don Mendo de la Cueva y Benavidez juntando para esta guerra el mayor número de Españoles e indios amigos que se pudieron sacar de las ciudades de la provincia del Río de la Plata con seiscientos Guaraníes, estando el gobernador más acostumbrado a las batallas en Flandes con enemigos que resisten a cuerpo descubierto, que a las de estos bárbaros, que pelean sólo con ardides, sin jamás hacer frente al Español, se malogró la facción, apresando solamente nuestros Guaraníes a trescientos Calchaquíes quedando lo restante de la nación más hostigada contra los Españoles, hasta que diecisiete años después, el de 1757, auxiliado también de nuestros Guaraníes los sujetó del todo el maestre de campo Juan Arias de Saavedra, y se hicieron amigos de los Españoles, y enemigos de los Abipones, como se experimentó desde los años de 1710 que empezaron éstos a infestar con sus correrías la jurisdicción de Santa Fe, oponiéndose valerosos a la furia de los Abipones, hasta que el año de 1718, en la peste general que abrasó estas provincias, se consumió la mayor parte de esta nación, de que sólo quedaron nueve o diez familias, que retirándose de la costa del río Salado, donde muchos años vivieron, se poblaron camino de Buenos Aires. Son gentiles como los demás, aunque se precian de ponerse los nombres de cristianos.

Es gente muy altiva y soberbia; andan vestidos, aunque para sus guerras se desnudaban y embijaban, pintándose tan fieros, que de sólo ver al cacique de ellos, que llamaban el Papa, tan horrible, se quedó desmayado un capitán español, que había militado en Europa. Eran grandes flecheros, y muy belicosos. Cuando entraban Españoles a su valle a guerrearlos, se escondían en lagunas de cieno y agua hasta la garganta entre las espadañas y hierbazales, a donde no podían llegar los Españoles, ni aún alcanzar con sus mosquetes y donde no había hierbas que los ocultasen cubrían sus cabezas con cortezas de calabazos, que allí se crían muy grandes, y se mantenían ocultos comiendo las hierbas, pescado o sabandijas que encontraban, hasta que asegurados de no haber Españoles en la comarca, salían a morada menos bruta. Por esta razón costó mucho pacificarlos. Estuvieron siempre obstinados, y así murieron gentiles con estar tan cerca y comerciar con los Españoles.

De las naciones Tequet, Chunipí, Guamalca, Yucunampa y Bilela. De la nación de los Lules.