Laguna de Leandro

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Laguna de Leandro

La Laguna de Leandro, se encuentra unos 40 km. al norte de Humahuaca (Jujuy, Argentina), a 4.170 m.s.n.m. con una superficie de 2 km. cuadrados, cuerpo de agua permanente y prácticamente sin vegetación está declarada Monumento Natural Provincial. En los atardeceres, el juego de luz sobre las aguas las tiñen de colores dorados.

En Queragua, distrito de Humahuaca, vivía un runa llamado Leandro, bueno y trabajador. Tenía un rancho de adobe, su mujer, un rebaño de ovejas y una tropa de llamas.

En uno de sus viajes a Tres Morros conoció a un viejo arriero puneño, quien le contó que en los primeros tiempos de la conquista española habían llegado emisarios del Inca Atahualpa, pidiendo todo el oro y la plata que tuvieren, para pagar su rescate. Cumplida su misión, regresaban ascendiendo trabajosamente por la Quebrada de Humahuaca, con sus llamas cargadas al máximo, cuando se enteraron de que el Inca había sido muerto por los españoles. No deseando que los tesoros recogidos cayeran en poder de los enemigos, arrojaron sus cargas en las proximidades de una solitaria y casi desconocida laguna, situada a unos 4170 metros sobre el nivel del mar, al noreste del pueblo de Humahuaca.

Leandro y su mujer no vivían tranquilos pensando en la forma de apoderarse del fabuloso tesoro, hundido en las serenas aguas de la laguna legendaria. Resolvieron que el único medio posible sería desagotarla, construyendo un zanjón de desagüe en la zona de más declive del terreno. Leandro puso manos a la obra.

Los días y los meses pasaban cuando una tarde de febrero comenzó a bramar el viento, se encrespó la laguna, bramó el trueno y emergió súbitamente del agua la figura de un formidable cuadrúpedo con las astas de oro puro. Tan aterrorizado estaba Leandro que ni siquiera podía moverse. Desaparecido el espantoso animal en las profundidades de la laguna, el runa regresó a su casa. Juró que nunca volvería y que todo eso era un aviso de Apu-Yaya (Viejo dios del cerro) por su afán de destruir la laguna.

Sin embargo Leandro volvió a las andadas, y cuando se creía muy próximo al triunfo, apareció otra vez el terrorífico animal luciendo su cornamenta de oro. El animal, dirigiéndole una imagen centelleante, lo inmovilizó y lo fue atrayendo lentamente hacia el centro de la laguna, hasta que desaparecieron tragados por el agua. Leandro pagó así, su temeridad y avaricia.

Cuenta la gente del lugar, que en las noches tormentosas cuando arrecia el viento, se suele oír el golpear de las piedras que Leandro tira, para rellenar la tierra que en mala hora cavó en su insensatez e irreverencia.

Fuente: Marcelo R. Mirabal, Jujuy, Argentina

Otra versión:

La noticia corrió Quebrada abajo como reguero de pólvora, extranjeros blancos, habían apresado al Inca Atahualpa y el precio de su vida era todo el oro del imperio.

Por eso los omaguacas no vacilaron, porque intuyeron que no había tiempo para ello. Antes de una semana su parte del rescate, estaba en marcha quebrada arriba, ahora contando los días con honda preocupación. ¿Si algo le ocurría al Rey Inca, que haría el Sol?, qué les podría ocurrir a los hombres, por un montón mas o menos ostentoso de oro. Iba cubierto con un manto de cueros de vicuña, para apagar los reflejos y protegerlo del polvo que levantaban los animales y los celosos guardianes del cargamento, que apabullaba a cóndores y águilas que por primera vez lo veían surgir desde el fondo de la quebrada.

Prontamente regresaron los adelantados chasquis, dando la terrible noticia, el Inca ha muerto (lo mataron).

¿Porqué, estos ambiciosos hombres blancos, codiciosos del oro, irreverentes y hasta insultantes del sol, teniendo noticias de que el rescate estaba en camino, no lo habían esperado?.

El oro ya no tenía sentido, ya que había sido inútil para detener las manos asesinas y los corazones insaciables.

El cacique llamó a reunión. Solamente seis hombres continuarían la marcha, pero ya no hacia la fortaleza del Inca Atahualpa, sino que abandonaron la quebrada grande y rumbearon hacia La Palca de Aparzo. Mientras tanto en el pucará el resto de los hombres (guerreros) tomaron posición de combate, en espera de un enemigo que contra lo que esperaban nunca llegó.

La comitiva que transportaba el oro regresó, ¿donde lo dejaron?, nunca se sabrá porque tanto ellos como el cacique se llevaron su secreto a las entrañas de la Pachamama encogidos en el seno de sus urnas funerarias en algún lugar del antigal (cementerio indio).

Desde aquellos sucesos pasaron incontables años, pero la historia fue celosamente guardada de generación en generación, hasta que un día por esos caprichos del destino, un foráneo tomó noticia de los mismos, y el destino, la suerte o la coincidencia, como quieran llamarlo, lo pusieron en contacto con Leandro Aparicio, poblador de la zona, que un día entre vaso y vaso, le contó que en el centro de una laguna (que luego llevo el nombre de Leandro) a cuyas márgenes el vivía, todas las tardes se podía ver un rayo dorado, cuya luz crecía en intensidad a medida que el sol se perdía hacia los brazos de la noche, y que después de un largo rato luego que no quedaba en el cielo un destello de luz, allá en el medio de la laguna continuaba el brillo dorado.

Este visitante de raíces españolas, inmediatamente asoció la explicación de Aparicio, con el tesoro perdido, pero no fue fácil convencer al lugareño a que lo llevase hasta el lugar, y menos fácil aún que lo ayudase a sacar del fondo de esa laguna ubicada a escasos kilómetros de la Palca de Aparzo, el oro escondido.

Luego de pasar por innumerables peripecias, y un no menos largo viaje, llegaron a la laguna, y el viajero, fue testigo de aquel fenómeno inenarrable, a medida que las montañas ocultaban el sol, la laguna comenzó a colorearse, y poco a poco aquel amarillo casi sucio y desteñido, se fue tornando de color oro, con un reflejo que parecía proyectar una extraña luz no solamente al agua, sino mucho mas allá, modificando el verde de los sauces y demás vegetación.

La primera noche que pasaron en las márgenes de la laguna, el español soñó con un trozo de oro macizo, tan grande que ni seis mulas juntas podían con el, resistiéndose a salir de la orilla de la laguna, que no quería entregar el legado de los Omaguacas, y cuando ya parecía que estaba fuera, las cuerdas que lo sujetaban se rompieron en mil pedazos, que se elevaron al cielo como un extraño presagio.

Luego de un gran trabajo, logró el visitante, construir una embarcación que le permitió llegar hasta el dorado centro de la laguna, ante la atónita mirada de Leandro, pero cuando se encontraba en el lugar, tuvo la sensación extraña y hasta desasosegada, que cuanto lo rodeaba estaba pendiente de el, es mas que eso, lo acechaba, como que su presencia había puesto en tensión a un mundo de otra época, inclusive parecía haber oscurecido. Se volvió para ver si Leandro permanecía en la orilla pero no lo encontró. Se asomo para ver el agua, pero ahora era negra e impenetrable. A pocos centímetros plantas desconocidas para el, se deslizaban imperceptiblemente por debajo de la balsa. Metió una larga vara, para tratar de tantear el fondo y aquellas curiosas formaciones vegetales se agitaron y la balsa se ladeo peligrosamente. Mientras tanto la luz antes dorada, ahora se ensangrentaba sobre los cerros y nubes, pasando de un color a otro. Por último hostilizado por las sombras, el aterrador silencio y por el miedo a lo desconocido, sintió un estremecimiento y solo quiso alejarse de la zona en que debía
yacer el tesoro.

Al llegar a la orilla, Leandro le preguntó, y ¿como le ha ido?.

-Mal mire, en cuanto me aproxime se acabó el reflejo,(sin querer ahondar en detalles). La expresión de Leandro le hizo tornar su mirada hacia la laguna. Ahí estaba como un ojo refulgente el resplandor dorado.

Inesperadamente, arreció un violento y ululante viento, y las aguas empezaron a encresparse, en minutos el cielo se cubrió de nubes, oscuras y densas. Un trueno espantoso sacudió las montañas y se despeño por la quebrada, al instante un rayo zigzagueo muy cerca y las nubes se despanzurraron, desplomándose el agua a raudales.

-¿No me dijo que aquí no llueve nunca? pregunto el visitante.

-Ansina sabia ser, dijo Leandro. Pero esa noche llovió interminablemente, durante horas inacabables sobre la laguna, que crecía encrespada. Lo despertó el silencio repentino y profundo. Amanecía. La calma era total. Leandro se levantó y buscó inútilmente al español que no estaba.

Nadie volvió a saber nada del visitante, y Leandro continuó siendo el único morador de la laguna.

Quienes habían muerto manteniendo el secreto, podían yacer en paz en algún lugar del ignorado antigal de la montaña, seguros que ni hoy ni nunca ese oro, será utilizado para algo que no fuese el de salvar a Atahualpa rey del Imperio del Sol.


Fuentes:

http://www.folkloredelnorte.com.ar/