Manuscrito Tovar.  Códice Ramírez.

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Los Sacrificios

Acabada pues la ceremonia y bendición de aquellos trozos de masa en figura de hueso y carne del ídolo en cuyo nombre eran reverenciados y honrados con la veneración y acatamiento que nosostros reverenciamos al Santísimo Sacramento del altar, salían los sacrificadores que para este día y fiesta tenían diputados y constituidos en aquella dignidad, los cuales era seis, los cuatro para tener los pies y manos del que había de ser sacrificado y otro para la garganta y otro para cortar el pecho y sacar el corazón del sacrificado. Llamábase a éstos "chachalmeca" que en nuestra lengua es lo mismo que "ministro de la cosa sagrada"; era ésta una dignidad suprema y entre ellos tenida en mucho, la cual se heredaba como cosa de mayorazgo, El ministro que tenía el oficio de matar, que era el sexto de éstos, era tenido u reverenciado como su primo sacerdote o pontífice, el nombre del cual era diferente según la diferencia de los tiempos y solemnidades en que sacrificaba, asimismo eran diferentes según la diferencia de los tiempos y solemnidades en que sacrificaba, asimismo eran diferentes las vestiduras cuando salían a ejercitar su oficio en diversos tiempos. El nombre de su dignidad era Papa y Topiltzin, el traje y ropa era una cortina colorada a manera de dalmática (túnica) con unas flocaduras por orla, una corona de ricas plumas verdes y amarillas en la cabeza, y en las orejas unos como zarcillos de oro engastadas en ellos unas piedras verdes, y debajo del labio junto al medio de la barba una pieza como canutillo de una piedra azul.

Venían estos seis sacrificadores el rostro y las manos untados de negro, muy atezados. Los cinco traían unas cabelleras muy encrespadas y revueltas con unas vendas de cuero ceñidas por medio de las cabezas y en la frente traían unas rodelas de papel pequeñas pintadas de diversos colores, vestidos con unas dalmáticas blancas labradas de negro; con este atavío se revestían en la misma figura del Demonio, que verlos salir con tan mala catadura ponía grandísimo miedo a todo el pueblo. El Supremo Sacerdote traía en la mano un gran cuchillo de pedernal muy agudo y ancho, el otro traía un collar de palo labrado a la manera de una culebra. Puestos todos seis ante el ídolo hacían su humillación y poníanse en orden junto a la piedra piramidal y puntiaguda que queda dicho estaba frontero de la puerta de la cámara del ídolo. Era tan puntiaguda esta piedra que echado de espaldas sobre ella el que había de se sacrificado, se doblaba de tal suerte que dejando caer el cuchillo sobre el pecho, con mucha facilidad se abría un hombre por medio.

Despues de puestos en orden estos sacrificadores, sacaban todos los que habían preso en las guerras que en esta fiesta habían de ser sacrificados, y muy acompañados de gente de guarda subíanlos en aquellas largas escaleras al pie de la palizada todos en renglera y desnudos en carnes; descendía luego una dignidad del templo constituida en aquel oficio y bajando en brazos un ídolo pequeño (como arriba queda dicho) lo mostraba a los que habían de morir y en acabándose bajaba y todos tras él. Y subiendo al lugar donde estaban apercibidos los ministros llevaban uno a uno a los que habían de ser sacrificados y en llegando a los seis sacrificadores lo tomaban uno de un pie y otro del otro, uno de la mano y otro de otra, y le echaba n de espaldas encima de aquella piedra puntiaguda, donde el quinto de estos ministros le echaba el collar a la garganta y el Sumo Sacerdote le abría el pecho con aquel cuchillo, con una presteza extraña, arrancando el corazón con las manos y así vaheando (echando vaho o vapor) se lo mostraba al Sol a quien ofrecía aquel calor y vaho del corazón, luego se volvía al ídolo y arrojábaselo al rostro, y luego el cuerpo del sacrificado echaban rodando por las gradas del templo con mucha facilidad porque estaba la piedra puesta tan junto a las gradas que no había dos pies de espacio entre la piedra y el primer escalón, y así con un puntapié echaban los cuerpos por las gradas abajo. Y de esta suerte sacrificaban (a) todos los presos de la guerra y después de muertos y echados abajo los cuerpos los alzaban los dueños por cuyas manos habían sido presos y se los llevaban y repartíanlos entre sí y se los comían celebrando con ellos solemnidad, los cuales por pocos que fuesen siempre pasaban de cuarenta y cincuenta porque había hombres muy diestros en cautivar. Lo mismo hacían todas las demás naciones comarcanas imitando a los Mexicanos en sus ritos y ceremonias en servivio de sus dioses.

Esta fiesta de Uitzilopuchtli era en general en toda la tierra porque era un dios muy temido y reverenciado y así, unos por temor y otros por amor, no había provincia ni pueblo alguno que en la forma dicha lo celebrase la fiesta del ídolo Uitzilopuchtli, con la reverencia y acatamiento que nosotros celebramos la fiesta del Santísimo Sacramento, y así la nombraban coaichtl que quiere decir "fiesta de todos", y cada pueblo en tal día sacrificaba lo que sus capitanes y soldados habían cautivado y certifican que pasaban de mil los que en toda la tierra morían aquel día. Y para este fin de tener cautivos para los sacrificios ordenaban las guerras que entre México y toda la nación Tlaxcalteca había, no queriendo los Mexicanos destruir y sujetar a Tlaxcala y a Uexotzinco y a Tepeaca ya Calacazinco, Quauhquichullan y Atlixco, con otros comarcanos suyos, pudiéndolo hacer con mucha facilidad como habían sujetado a todo lo restante de la tierra, por dos razones. La primera y primordial era decir que querían aquella gente para comida de sus dioses, cuya carne les era dulcísima; y la segunda para ejercitar sus valerosos brazos y donde fuese conocido el valor de cada uno, y así en realidad no se hacían para otro fin las guerras sino para traer gente de una parte y de otra para sacrificar, porque nunca sacrificaban si no era esclavos comprados o habidos en guerra.

El modo que había para traer cautivos era que cuando se acercaba el día de cualquier fiesta donde había de haber sacrificio iban los sacerdotes a los reyes y manifestándoles cómo los dioses se morían de hambre, que se acordasen de ellos, luego los reyes se apercibían y avistaban unos a otros cómo los dioses pedían de comer, por tanto que apercibiesen sus gentes para el día señalado, enviando sus mensajeros a las provincias contrarias para que se apercibiesen a venir a la guerra. Y así, congregadas sus gentes y ordenadas sus capitanías y escuadrones, salían al campo situado donde se juntaban los ejércitos y toda su contienda y batalla era prenderse unos a otros para el efecto de sacrificar, procurando señalarse así una parte como otra en traer más cautivos para el sacrificio, de suerte que en estas batallas más pretendían prenderse que matarse porque todo su fin era traer hombres vivos para dar de comer al ídolo y éste era el modo y manera con que traían las víctimas a sus dioses. Las cuales acabadas salían luego todos los mancebos y mozas del templo, aderezados como ya se ha dicho, puestos en orden y en hileras los unos enfrente de los otros bailaban y cantaban al son de un tambor que les tañian en loor de la solemnidad e ídolo que celebraban, a cuyo canto todos los señores y viejos y gente principal respondían balilando en el circuito de ellos, haciendo un hermoso corro como lo tienen de costumbre, teniendo siempre los mozos y mozas en medio, a cuyo espectáculo venía toda la ciudad.

Este día el ídolo Uitzilopuchtli era precepto muy guardado en toda la tierra, que no se había de comer otra comida sino de aquella mas con miel de que él ídolo era hecho y este manjar se había de comer luego en amaneciendo, y no habían de beber agua ni otra cosa sobre ello hasta pasado medio día y lo contrario tenían por agüero y sacrilegio. Pasadas las ceremonias podían comer otras cosas, en este interin escondían el agua de los niños y avisaban a todos los que tenían uso de razón que no bebiesen agua porque vendría la ira de Dios sobre ellos y morirían u guardaban esto con tan gran cuidado y rigor. Concluidas las ceremonias, bailes y sacrificios, íbanse a desnudad, y los sacerdotes y dignidades del templo tomaban el ídolo de masa y desnudábanle de aquellos aderezos que tenía y así a él como a los trozos que estaban consagrados hacíanlos muchos pedacitos y comenzando desde los mayores comulgaban con ellos a todo el pueblo, chicos y grandes, hombres y mujeres, viejos y niños; y recibíanlo con tanta reverencia, temor y lágrimas que pone admiración, diciendo que comían la carne y huesos de Dios, teniéndose por indignos de ello. Los que tenían enfermos pedían para ellos y llevábanselo con mucha reverencia y veneración. Todos los que comulgaban quedaban obligados a dar diezmo de aquella semilla de que se hacía el ídolo.

Acababa la solemnidad de la comunión se subía un viejo de mucha autoridad y en voz alta predicaba su ley y ceremonias, y entre ellos los diez mandamientos que nosotros somos obligados a guardar, conviene a saber: que temiese y honrase a sus dioses, los cuales eran tan teverenciados que el ofenderlos no se pagaba menos que con la vida, también el no tomar a sus dioses en la boca en ninguna materia; el sacrificar las fiestas con un rigor extraño, cumpliendo los ritos y ceremonias de ellas con sus ayunos y vigilias inviolablemente; el honrar padres y madres, a los parientes y sacerdotes y viejos, y así no había gente en el mundo que con más temor y reverencia honrase a sus mayores, tanto que alos que no reverenciaban a los padres y ancianos les costaba la vida y lo que más esta gente encargaba a sus hijos era reverenciar a los ancianos de cualquier estado y condición que fuesen, de donde venían a ser los sacerdotes tan venerados de grandes y chicos, de señores populares, El matar uno a otro era muy prohibido y aunque no se pagaba con muerte, hacían al homicida esclavo perpetuo de la mujer o parientes del muerto, ganando el sustento de los hijos que dejaba; el fornicar u adulterar se prohibía de tal manera que si tomaban a uno en adulterio le echaban una soga a la garganta y le apedreaban y apaleaban, arrastrándole por toda la ciudad y después le echaban fuera del poblado para que fuese comido de fieras; al que hurtaba o le mataban o le vendían por el precio del hurto; al que levantaba falso testimonio le daban pena afrentosa, etc ...

Con este rigor que se guardaba en la observancia de las leyes, el que había caído en algún pecado de éstos andaba siempre temeroso y pidiendo a los dioses favor para no ser descubierto. El perdón de los delitos era cada cuatro años como jubileo, donde tenían remisión de ellos en la fiesta de un gran ídolo llamado Tezcatlipuca, la cual fiesta se celebraba con gran solemnidad y ceremonia con tanto aparato de sacrificios como en la de Uitzilopuchtli, y la pintura del modo y manera de sacrificios es ésta que queda dicho en la solemnidad del ídolo Uitzilopuchtli: este nombre quiere decir "siniestra de pluma relumbrante", la razón porque le pusiero este nombre fue porque siempre tenía en el brazo siniestro en un brazalete de oro mucha plumería rica.


La Procesión