La Guerra al Malón. Comandante Prado

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Manuel Prado nació en Buenos Aires el 8 de julio de 1863, a los 11 años ingresó en el Colegio Militar. A los 14 ya formaba parte del Ejército Argentino.

En 1879 integró el 3º Regimiento de Caballería que marchó hacia el Río Negro durante la Conquista del Desierto liderada por Julio A. Roca.

Habiendo alcanzado el grado de Teniente Coronel y tras más de 21 años de servicio militar, en 1899 se le concedió el retiro.

El periodista Roberto J. Payró y el pintor Martín Malharro, que habían escuchado sus experiencias lo convencieron de que debía reflejarlas en un libro. Así surgió, en 1907, La Guerra al Malón.

El Comandante Prado fue periodista en La Nación, El Diario y La Tribuna. Vivió en sus últimos años en Rosario, donde murió el 7 de mayo de 1932.

La Guerra al Malón es un clásico de la literatura militar Argentina.


Al que leyere

Necesito explicar el origen de este libro -y digo libro porque así se llama toda "reunión de varias hojas de papel cosidas o encuadernadas juntas"-. Si no lo explicase podría acusárseme de audaz o presuntuoso, y bien sabe mi Dios que no cojeo por ese lado.

Roberto Payró tiene la culpa ... Payró y Malharro. Estos amigos me han estimulado; me han mareado, si se quiere, y, en un momento de flaqueza, cedí.

Pero téngase en cuenta que este volumen no es más que un índice, un borrador de apuntes que he ido acumulando con la intención, es cierta no realizada de ordenarlos, pulirlos y dejárselos a mi hijo por si alguna vez se hallaba en trance aquel del bohemio que, para alimentar la estufa, echó al fuego una tragedia de que era autor. Y para el caso entiendo que la calidad vale menos que la cantidad. Hecho de barro, no me vuelvo atrás; y si lo que me trae es un manteo, me convenceré, ya casi viejo, de que es siempre verdadero aquello de que consejos no ayudan a vivir.

Comandante Prado
Burzaco, marzo de 1907

Capítulo I

Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877, el tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación del Parque y del mismo lugar en donde ahora se levanta, soberbio e imponente, el teatro Colón. Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de partida en el centro de la ciudad, si se considera que el desierto empezaba ahí nomas, a cuarenta leguas de la casa de gobierno.

Entonces los indios, señores soberanos de la pampa, se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.

Aquellas épocas -y no pertenecen a la edad de piedra, ni siquiera a la de bronce- han sido ya olvidadas, y con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos blanquean, acaso confundidos con las osamentas del ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los médanos.

Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas y vengamos al Parque.

Mi padre, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en marcha.

Capítulo II

Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer alto en la estación del Once.

Estaba perfecta y absolutamente atolondrado Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.

Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:

- ¿Como dice que se llama usted?

- Fulano de Tal.

- ¿Que edad tiene?

- Catorce años.

- ¿Cumplidos?

- No, señor; cumplo en julio.

- ¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...

- ¿A mí? Nadie.

- ¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...

- No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.

- Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.

Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:

- La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...

- ¿De que voy? -contesté-. ¡Qué se yo de qué voy!

Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.

El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:

- Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.

- ¡Ah! -exclamó cuando hube leído-. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?

- Un poco, señor.

- Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?

- Es de día -repuse mirando con asombro al alférez Requejo.

- Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?

- Sostendría que está usted equivocado.

El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:

- Lo pondría de plantón.

- Repetiría que no es de noche.

- Le acomodaría una paliza.

- Pero no sería de noche.

- Una estaqueadura.

- No anochecería por eso. -

¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.

La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.

El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:

- ¡Óiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?

- Si, señor -repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"

En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora. Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.

- Vamos amigo -dijo-, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?

Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciéndolas "calientes y sabrosas por un peso".

El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.

En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:

- ¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.

Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:

- Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha -así lo disponían entonces los reglamentos-, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Íbamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.

Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.

Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.

No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy - cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste- a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajería, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco. Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera. Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.

-Y a todo esto -preguntó el mayoral dirigiéndose al alférez-, ¿Son muchos ustedes?.

- Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino contestó sonriendo mi oficial-, y demasiados para las fuerzas de sus matungos... Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas. ¿Hay muchos pasajeros más?

- Dos solamente -respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

- Entonces, en marcha -repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino.

Capítulo III

La mensajería -uno de esos viejos armatostes de los cuales apenas queda el recuerdo en nuestra campaña- se hallaba prodigiosamente atalajada en cuanto al número de las bestias que debían arrastrarla: cuatro yeguas en el tronco - dos en la lanza y los laderos- y tres yeguas en las cuartas dirigidas cada una por un postillón.

Íbamos todos armados hasta los dientes; y digo todos armados porque a mí se me entregó una carabina de la policía y ochenta tiros.

El capataz de don Ataliva Roca llevaba un magnífico wínchester, el galleguito fondero un trabuco y los demás -oficial, postillones, mayoral y milicos- carabinas, facones, boleadoras, revólveres y... hasta una lanza, que debíamos entregarle en Junín al teniente Maza, viejo cautivo que revistaba como oficial de baquianos en el célebre y valeroso escuadrón de indios junineros.

A una orden del alférez Requejo -quien por pronta maniobra había dispuesto que se le pusiera al alcance de la mano un frasco de ginebra-, subimos a la mensajería. El mayoral en el pescante, en la berlina el alférez con el capataz de Roca y adentro del vehículo los soldados, el galleguito y yo.

Sintióse un toque prolongado de corneta, dado por el mayoral, y en marcha.

Los tiros, estimulados por el látigo y los gritos de los conductores, salieron a toda furia y pocos minutos después corríamos en pleno desierto.

Entonces empezó la charla; el alférez Requejo y el capataz de Roca, se le dormían al chascarrillo y al frasco; nosotros... tiene la palabra el sargento Acevedo.

Pero antes de que hable el sargento, permítaseme presentar a él y a su camarada, el cabo Rivas.

Acevedo era un hombre de estatura mediana; pero robusto, eso sí, achinado, de ojos pequeños y penetrantes; bigote ralo y cerdoso; pelo duro y cortado al rape; cincuenta y siete años de edad y cuarenta de servicios.

Estaba en el regimiento desde la época del coronel Granada. Lo destinaron porque un día -era un muchachón encelado y travieso-, alegando en Las Flores con un policiano, éste, al verlo chico, le dio un rebencazo. Entonces él -vean ustedes lo que es la desgracia- sacó el cuchillo para hacer la parada no más, pero el milico se resbaló y quiso su mala suerte que se ensartara. El pobre murió porque descuidaron la curación -no porque el tajo fuese malo-, y a él lo metieron en la cárcel y luego lo echaron a la frontera.

La condena fue por tres años: pero cuando la cumplió lo llamó el capitán de su compañía y le dijo:

-Vos has cumplido, ¿no? Pero cumplir no es tener la baja. Te conviene tomar enganche, quedarte cuatro años en el cuerpo y salir de cabo. Si no te gusta, peor para vos. El gobierno necesita gente guapa y hacés falta aquí. Ahora elegí. Si te enganchás te asciendo y te entrego la cuota; de lo contrario, si te vas, ni te asciendo, ni tenés cuota, pero puede que ligués una marimba de palos como para vos solo.

Y Acevedo no vaciló. Se enganchó y lo hicieron cabo. Después vino la de Caseros, y -ya se sabe- en tiempo de guerra no hay más baja que para el otro mundo...

Detrás de Caseros vinieron cien mil barullos, y cuando el hombre pudo reclamar su licencia estaba aquerenciado.

El regimiento era su familia, su oficio era pelear; su destino, sufrir.

Por otra parte, ¿adonde iba a ir... que más valiese?

En Cepeda -y eso que fue de los primeros en apretarse el gorro lo hicieron sargento. Vino Pavón, no disparó y no le hicieron nada. De aquí dedujo un principio que suele ser exacto en la mayoría de estos casos: "Si se quiere ascender y ser notable, lo mejor es hacer punta en las derrotas, pero a condición de correr revoleando el sable y gritando de manera que todos lo oigan:"¡No disparen, maulas! , ¡Hagan frente!"

Después de Pavón, las guerras del interior, y luego la campaña del Paraguay, la de Entre Ríos... la mar de revueltas y de bochinches. Ahora era sargento primero en la escolta del coronel, y cuando concluyese la expedición recibiría la baja, para entrar de vigilante en Buenos Aires y obtener su jubilación.

El coronel se lo tenía prometido y no había qué hacer.

El cabo Rivas -también de la escolta- era un hombre joven, simpático, entrerriano, destinado al regimiento como prisionero de guerra en el año 73 y acreditado por las pruebas de arrojo que diera en diversas ocasiones.

Encargado de los caballos del coronel, debía esperar en Junín la vuelta de su jefe para acompañarlo a Trenque Lauquen.

El galleguito, nuestro compañero, era cualquier cosa. lba de fondero como podía ir de sacristán a cualquier iglesia de campaña. Llegó a Chacabuco sin despegar los labios. Jamás volví a saber nada de su persona.

Capítulo IV

Con su permiso, mi alférez -había dicho el sargento Acevedo apenas dejamos atrás las últimas chacras de Chivilcoy, y, subiendo la ventanilla que separaba la berlina del interior, agregó con voz apenas perceptible, dirigiéndose a nosotros:

- Así podremos humear a nuestro gusto.

Sacó en seguida del bolsillo del pantalón una chuspa de cogote de avestruz, armó un cigarrillo, lo encendió raspando el fósforo en la manga del saco y, cuando hubo saboreado con verdadero deleite las primeras humaredas de su tagarnina, exclamó dirigiéndose al cabo Rivas:

- ¿Que le habrá pasado al coronel que demoró el viaje?

- ¡Quien sabe! Para mí, por lo que he podido maliciar, el coronel no vuelve más. Creo que tuvo una de a pie con el ministro de Guerra, a causa de lo que pasó con los indios cuando venía para Buenos Aires, entre Salinas y Desobedientes, y que, según parece, ha sido una barbaridad.

- ¿Barbaridad?

- Así dicen.

- ¿Como?... ¿y que no se acuerda? -interrumpió el sargento.

- ¡Que voy a acordarme, sargento!... si yo no estuve... ¿No sabe que me había quedado en Trenque Lauquen para traer los guanacos que el coronel esperaba de la comandancia Mansilla?

- Es cierto. ¿Pero que nos pueden echar en cara por esa patriada?

Yo no sé. Supongo no más que algo habrá porque ayer, de mañana cuando le estaba dando mate al coronel, fue a verlo un enviado del ministro, don Octavio Massini, y, queriendo el hombre quedarse a solas, me despacharon. Yo salí, pero como estaba cerca de la puerta oí de pronto que el coronel alzaba el gallo y decía:

- No, señor. Si el ministro quiere que viaje con un regimiento de escolta cada vez que salga del campamento, que nombre otro jefe. Yo no he de hacer papelones andando de un lado para otro con un ejército.

- No se caliente, coronel -le decía el enviado-. El ministro piensa que usted hace mal en no cuidarse y que en nada le ofende aconsejándole que cambie el armamento de su escolta...

- ¡No cambio nada! -le gritaba el coronel-. Mi escolta es de lanceros y de lanceros ha de ser, a lo menos mientras yo la mande. ¿Qué se ha creído el doctor Alsina? ¿Que solamente él tiene agallas para pasearse por la frontera con cuatro gatos de escolta? ¡No, señor!

Y después de un rato largo de parlamento; oí al coronel que decía:

- No, me iré mañana, ya que hoy es imposible hablar con el ministro. Aguardaré a que se mejore, y entonces le diré lo que tengo que decirle. O me conduzco en la frontera con absoluta libertad o renuncio.

- ¡Qué va a renunciar! -interrumpió el sargento-: si renuncia, ¿cuando lo van a dejar que se vaya?... Mire, cabo, si el coronel deja la frontera el primer malón que venga no sujeta la rienda hasta la plaza de la Victoria. ¿No le han contado cómo fue esa patriada que por lo visto, ha hecho enojar al ministro?

- Algo he oído cuando venía con los guanacos; pero... se miente tanto.

Entonces escuche... y dígame si tiene razón el ministro para enojarse.

"Salimos -prosiguió el sargento Acevedo, después de estimular la memoria con un trago que solo hizo, caso por distracción, extensivo a Rivas- el día de San José, el 19 de marzo, del campamento.

Éramos, como usted sabe, veinte hombres incluso el coronel, todos lanceros, menos el trompeta Sánchez. A eso de las diez de la mañana llegamos al fortín Farías. Mudamos caballos y seguimos viaje hasta Salinas, sin encontrar novedad.

En Salinas el sargento Urquiza le dio cuenta al coronel que las descubiertas no habían hallado rastros de ninguna clase.

Tomamos unos mates y en marcha. Habríamos galopado tal vez dos leguas cuando de pronto descubrimos, del lado de Gainza, un polvo que se venía sobre nosotros.

- ¡Avestruces! -gritó el ñato Galván.

Pero al repechar los médanos que cruzan el camino del "Guanaco Quemado" observamos que los avestruces se habían vuelto pampas. Estaban casi encima y nos parecieron más de cien.

Irnos sobre la indiada era locura, toda vez que no la podríamos sorprender... Disparar... eran palabras mayores. No teníamos caballos para ganarle a los indios y además, si no hacía punta el coronel, ¿Quién se animaría a hacerla?

- ¡Alto! -mandó el coronel-. ¡A la izquierda en batalla!

Y quedamos clavados semejando estacones de cerco, dando frente al grupo de pampas, que también se habían parado y tendido en línea, como a diez cuadras de nosotros.

Entonces el coronel le pidió su lanza al cabo Giles, llamó al trompa Sánchez y solitos se dirigieron sobre los indios, al galope.

La gran perra!... Usted sabe amigo Rivas, que no sufrimos del chucho, y, sin embargo, la carne nos tiritaba como si fuera de gallina.

Quise escupir... pero ¡de dónde saliva!

Cuando los indios vieron que solamente tenían que vérselas con un hombre y un chico se les hizo sustancia y se adelantaron como para tragarlos.

Encima de ellos el coronel sujetó el caballo, clavó la lanza en el suelo, se requintó el chambergo -¡Pucha si lo estoy viendo!- y gritó:

- ¿Quien habla en cristiano?

- Yo -contestó, saliéndose de la fila, un chino grandote, que montaba un overo negro lindísimo.

- Bueno -replicó el coronel-. Decile a esos trompetas que se preparen porque les voy a dar una sableada como no han llevado en su vida.

El lenguaraz hizo viborear al overo, lo dio vuelta y empezó a soplarles en la lengua lo que había oído

¡Viera entonces la que se armó!

Se golpearon en la boca y embistieron al coronel, quien, después de decirle al trompa que disparase, recién dio vuelta el caballo y lo puso al galope. Lo atropellaron como veinte indios; le hicieron unos tiros de bola, que atajo con la lanza, y a menos de dos cuadras de nuestra fila se pararon.

Para mí tuvieron desconfianza al ver tanto coraje y no se animaron a cargarnos.

Cuando menos, supusieron que detrás de los médanos había más gente y que la parada nuestra era para cebarlos, haciéndoles pisar el palito.

Entretanto el coronel llegaba adonde estábamos nosotros. Nos gritó un rato y en seguida, riéndose, dijo: ¿Han visto, muchachos?, apenas alcanzan para el vermouth. ¡Saquen los sables y a la carga!

Ya no sé lo que pasó. Recuerdo que tiré la lanza y que pelé el corvo viejo; le cerré las espuelas al matungo y cuando recordé corríamos como huracán detrás de los indios, que disparaban como alma que lleva el diablo.

De repente oímos tocar atención y trote, y luego alto. El coronel mandó envainar y, sin decir una palabra, se puso al frente de nosotros, al galope, cortando campo con rumbo a Desobedientes.

Al entrarse el sol estábamos en el fortín, y, mientras cambiábamos caballos, el coronel habló un momento con el sargento, comandante del puesto, escribió un papel que debía llevarse por chasqui a Trenque Lauquen, y en marcha. Al amanecer estábamos en Lavalle, después de haber dormido unas dos horas en Timote.

Esto es lo que pasó en el camino... ¿Digamos ahora si hay motivo para que el ministro se caliente?"

- ¿Sabe lo que ha de haber sargento? -dijo Rivas, soltando una infernal bocanada de humo apestoso y tupido-. ¿Sabe lo que ha de haber? -y que me caiga muerto si no adivino-. Es un poco de envidia al coronel.

- ¡Claro! Si entran indios ¿quién los pelea al salir con el arreo? ¡El coronel Villegas! ¿Cual es la división mejor montada? ¡La del coronel Villegas! ¿Qué cuerpo es el más guapo y el mejor tenido? El del Coronel Villegas. Y de ahí vienen la inquina, los cuentos, las macanas, las calenturas al cuete, porque no hay gobierno capaz de sacar a este hombre de la frontera. Y si llegan a sacarlo, lo que es yo me doy de baja sobre el pucho, y rumbeo para Entre Ríos... demasiado he servido a nuestra patria.

- Vengan esos cinco, mi cabo -exclamó Acevedo, y apretando en la suya la diestra de su bravo compañero, quedaron -quedamos todos- pensativos y mudos.

Capítulo V

La galera seguía entretanto corriendo a través del desierto solitario e imponente, sin oírse otro rumor que el grito de los postillones animando a las yeguas, o el resuello agitado de estas al galopar desenfrenadas tirando de las cuartas.

De pronto oyóse un silbido prolongado y poco después hacíamos alto en la primera posta.

Abrimos la portezuela y, mientras se cambiaban los tiros, descendimos a desentumir las piernas.

Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, podría reproducir ahora mismo, sin perder un detalle -de tal manera conservo viva la impresión-, aquella posta famosa. Era un rancho largo, sucio, revocado con estiércol, especie de fonda, prisión, de pulpería y de fuerte. Al lado del rancho un mangrullo que el viento cimbraba como si quisiera arrancarlo del suelo, y más allá un corral de palo a pique donde se apretaban asustadas unas cuantas yeguas y unos pocos caballos. El todo protegido por un foso enorme, lleno de agua verdosa y nauseabunda, criadero repugnante de sapos y de saguaipés.

Eran dueños u ocupantes del rancho un antiguo sargento del 2º de Infantería y su mujer -madre de tres mulatillos desgreñados y harapientos, cuya misión en la vida consistía en vivir, relevándose de vigías sobre el mangrullo-. El ex sargento tenía lo que él llamaba "posada para los viajeros cuando la galera no podía seguir adelante", y despachaba además ginebra, caña, cigarrillos negros y yerba argentina de lo peor que se puede imaginar: Al mismo tiempo; criaba una pequeña majada, cuyos productos le daban para ir tirando hasta que los tiempos cambiasen. El tropillero, un perdulario cualquiera, vivía con el antiguo milico y le servía de ayudante.

El dueño de la posta se acercó al alférez Requejo, apenas hubo echado este pie a tierra, y cuadrándose militarmente, como si aún estuviera en las filas, le dio cuenta de las novedades.

- Dicen, mi alférez, que andan indios por aquí cerca. En la semana pasada entraron algunos grupos hasta cerca del Salto, robaron una punta de animales y desaparecieron. Las fuerzas de Junín los andan campeando; y a juzgar por las quemazones que se han visto estos días, deben haberse inclinado al lado del norte.

- ¿De Trenque Lauquen no ha pasado nadie hace poco? preguntó el alférez Requejo.

- No, señor. En el camino se han de encontrar ustedes con el comisario pagador, que viene de regreso. Es la única noticia que tenemos.

Apenas habríamos tomado un mate por barba, gentil obsequio de la dueña del pago, cuando el mayoral avisó que estaba pronto para seguir viaje.

A la galera todo el mundo y en marcha- Declinaba la tarde y había que llegar a Chacabuco temprano.

A las ocho de la noche, después de una cruzada penosa, a través de bañados y pantanos, entramos a la anhelada población, yendo a hospedarnos en el mejor hotel de la localidad. Allí encontramos comida abundante, cama limpia y sueño apacible.

Cuando estaba aclarando, el mayoral vino a despertarnos. Lo mismo que el día anterior, salimos, cambiamos tiro en dos postas del trayecto, y a la oración llegamos a Junín. Aquí empezaba el misterio, y se abría ante mis ojos, inmensa y enigmática, la puerta sombría del desierto.

Dormí tranquilamente; y al amanecer oí los gritos del alférez Requejo, que me llamaba.

Salté de la cama, vestime apresuradamente y fui en busca de mi superior, que me esperaba en el café del hotel para invitarme con el más sabroso e inolvidable desayuno de toda mi vida.

Capítulo VI

Después del desayuno teníamos que presentarnos a la autoridad superior del punto, la cual nos proporcionaría cabalgaduras para seguir adelante.

El alférez Requejo pidió cuatro caballos para todos y una montura para mí.

- Los caballos -le dijo un sujeto que dragoneaba, en ausencia del titular, de juez de paz o de comandante militar- los tendrá usted en seguida, aunque no hay muy buenos, puesto que la gente que ha salido a campaña se llevó, como era natural, lo mejor. En cuanto a montura -agregó, echándome una mirada entre burlona y compasiva- se me ocurre que este mocito tendrá que jinetear en la carona de sus propios muslos.

- ¿Como? -interrumpió el alférez-. ¿Que no hay monturas aquí?.

- Ni con que armar una sola para remedio.

- Pero este joven, que va de alta como cadete, no puede marchar en pelo hasta Lavalle...

- ¿Y a mí qué? -dijo encogiéndose de hombros el individuo aquél que hacía de autoridad, y que más tarde supe, por experiencia, que hacía también de compra-sueldos.

- Y a usted mucho -contestó el alférez-. Dentro de una hora me entrega una montura o lo llevo a usted de bajera, ¿entiende?

Quiso el hombre alegar gastos de viaje y tal vez insolentarse con mi oficial; pero este llamó al sargento Acevedo y le dijo:

- Dentro de una hora saldremos para Lavalle. Y dentro de una hora este individuo le entrega un caballo ensillado o lo agarra usted a el mismo, lo dobla por la cintura y me lo pone de cojinillo en un matungo, apretado como un cinchón.

Y tomándome del brazo se alejó conmigo en dirección al hotel.

Mientras andábamos, el alférez Requejo iba diciéndome:

- Estos tipos son así. Puras dificultades para servir al gobierno, y después todo se vuelven cuentas. Si nos prestan un caballo, la cuenta; si nos dan un vaso de agua, la cuenta por el servicio; si nos contestan un saludo, la cuenta por la atención. Y luego: "Coronel, si V. E. me prestara unos soldaditos para que me cuiden la majada; si me facilitase unos carritos para acarrear un ladrillo; si me facilitase el carpintero del cuerpo, el herrero, el albañil...". Si usted precisa un peso, ahí están para complacerlo, le dan uno por dos, y el uno ha de ser todavía en artículos de sus boliches. ¡Ahijuna! Si yo fuese gobierno ya vería cómo arreglaba a estos patriotas. ¡Patriotas! Dentro de algunos años, cuando seamos viejos y hayamos dejado en estas pampas la salud, cuando nos manden a la basura por inútiles, iremos todos ladrando de pobres, sin pan para los cachorros, mientras ellos serán ricos y panzones, cebados con sangre de milicos, dueños, sin que les cueste un medio, de todas estas tierras que dejaremos jalonadas con huesos de nuestra propia osamenta. ¡Una gran perra! ¡No poder hacerlos míos por un rato!

- ¿Y a quién ha de hacer suyo, mi alférez? -gritó de pronto un gaucho viejo, que tropezó con nosotros al llegar a una esquina.

- ¡Amigo Maza! -exclamó Requejo, abrazando al aparecido. Y volviéndose a mí-: El teniente Maza, el primer baquiano de la pampa y el gaucho más corajudo que nació en tierra argentina.

Mientras Maza y Requejo se saludan y se preguntan mil cosas a la vez, yo observo al individuo aquél. Bajo de cuerpo, delgado, nervioso, ya entrado en años, el chiripá y la bota de potro le sientan a maravilla.

Lleva en la cabeza un sombrero negro de alas anchas, sostenido por un barboquejo que termina en una borla de seda gruesa y tupida; en la mano derecha un rebenque de plata y en la cintura, sujeta al tirador, una daga de colosales dimensiones.

Conversando Maza y Requejo, llegamos al hotel, nos sentamos a una mesa y, cuando el mozo hubo traído el sacrosanto porrón marca "Llave", dijo Requejo:

- Ahora, amigo Maza, cuéntenos esa aventura suya tan sonada, en la cual casi deja el número uno. Yo la supe estando en Guaminí, y cuando regresé ya usted había alzado el vuelo para estos pagos. ¿Quién sabe si no me han exagerado?

"- La cosa fue así nomás -repuso Maza, echándose al estómago un trago de ginebra-. Llegó un día a casa el teniente Turdera, que iba para Buenos Aires, y me entregó una carta del coronel.

Yo le dije: -Hágame el servicio, léala-. Y me la leyó. El coronel me llamaba para un asunto de importancia, que debíamos resolver antes de que viniera el doctor Alsina.

En tres días llegué a Trenque Lauquen y me presenté al coronel. Le habían asegurado al ministro y al mismo coronel que un poco más allá de Potro-ló había una invernada de los indios, apenas cuidada por unos cuantos mocetones. Querían que yo, con una partida de milicos bien montados, sorprendiera esa invernada y diese un malón a los indios:

- Se hará como lo mande V. E. -le contesté al coronel.

Y ahí no más se dieron las órdenes del caso.

Yo le hice presente al coronel una cosa:

- Vea, señor -le dije-, para este negocio déjeme equipar los hombres que vayan a ir conmigo. Nada de sables, ni de maletas. Las carabinas en la montura, cien tiros por individuo en las cananas y un buen facón en la cintura. ¿Caballos? Uno de marcha, guapo y resistente, y uno de tiro, espléndido para pelear o disparar, porque no es cuestión de ir a hacer la pata ancha con un pucho de gente en tierra adentro. Si somos muchos y pesados, nos van a sentir de lejos y no haremos nada; si somos pocos y livianos, vamos a lo que Dios disponga, esto es, a defender el cuero de la mejor manera, o a disparar sin intentar lo más mínimo.

Y el coronel me dijo, delante del mismo Alsina:

- Amigo Maza: voy a darle cuarenta hombres elegidos, armados como lo indica y montados como lo quiere. Intérnese en la pampa y proceda como su experiencia y su coraje le aconseje. La cuestión es demostrarles a los indios que estamos en vísperas de arrebatarles su táctica, invadiéndolos a nuestra vez.

No hubo más. Se carneó y se charqueó la carne para cuatro días; alzamos algunas galletas y cuando obscureció, buenas noches.

Al amanecer estábamos en Sanquilcó, y allí nos resolvimos a pasar el día, toda vez que era imposible dar un paso sin que fuéramos descubiertos. Aseguramos los caballos para que no se alejasen demasiado y, contando cuentos, fumando cigarrillos y echando unas partiditas de truco y monte, esperamos la oración. Apenas hubo entrado el sol, arrimamos las tropillas, ensillamos y en camino. La noche era preciosa. Brillaban las estrellas en el cielo como si fueran faro les colgados por Tata Dios para alumbrar nuestra expedición, y cuando iba rompiendo el día nos encontramos frente a los primeros montes de Malal.

Desensillamos los mancarrones de marcha, los soltamos para que se revoleasen y comiesen, atando entre tanto los de reserva. Salió el sol. Radiante y espléndido sol que barre las cerrazones con un formidable escobazo de sus rayos. Le prendimos al charque para engañar un poco al hambre que nos iba picando con fuerza y, después de colocar bomberos en los médanos, nos echamos a dormir.

De pronto -serían como las diez de la mañana vi. llegar corriendo, con la lengua de fuera como un galgo en una boleada de avestruces, al cabo Roldán.

-Por el camino de los ranqueles -dijo el cabo- avanza una polvareda grandísima. Al principio creí que pudieran ser guanacos, pero, fijándome, he visto que son indios. Deben pasar de trescientos y vienen como para un malón. Traen caballos de tiro y a lo lejos un grupo de animales de arreo.

- ¿Pasaran lejos de aquí? -pregunté.

- Traen este mismo rumbo -contestó Roldán- y de seguro que han elegido esta misma laguna para dar agua a los animales y descansar.

Mande como era el caso montar a caballo y me dispuse a esperar lo que viniese.

No habría pasado medía hora cuando ya teníamos encima el polvo. Era, como dijo Roldan, un malón, y, confiados los indios en que no andaría por allí ni una sombra de cristiano, marchaban sin tomar precauciones, como si tuviesen pasaporte del gobierno para atravesar la pampa.

Roldán había calculado en trescientos el número de los malones; pero yo me quise cerciorar y me adelante unas cuantas cuadras, echándome de barriga, para observar con calma, entre unas cortaderas. Efectivamente, no eran más. Venían los pícaros lo más distraídos. Algunos hasta sentados a lo mujer, arrastrando la lanza, saboreando de antemano el atracón que iban a darse en nuestras poblaciones. Después de ver bien, me volví a la laguna, mandé al sargento Reyna, con diez hombres, a que cuidase los caballos sueltos y con el resto de la gente me corrí por la falda de los médanos, a fin de salir medio de atrás a la invasión y sorprenderla.

¡Gran golpe, amigo alférez!

Cuando los indios llegaron al cañadón que se encuentra antes de la laguna, viniendo de Fotá-Lauquen, les pegamos el grito y ¡a la carga!

¡Había que ver que julepe y que entrevero! En el primer momento, al sentir el silbido de las moras, pegaron medía vuelta y meta espuela, sin acordarse de los mancarrones de tiro, que eran los buenos que dejaron abandonados.

Nosotros los perseguimos un trechito, como quien dice para no dejarlos tomar resuello; nos volvimos y, arreando con los caballos tomados, ¡patitas para qué te quiero!, le bajamos la mano para Trenque Lauquen.

Conforme vieron los pampas que no los seguíamos, se organizaron prendiendo fuego al campo para anunciar a los toldos nuestra presencia y se nos vinieron al humo, con el propósito de molestarnos, demorar nuestra marcha y dar tiempo a que les llegasen refuerzos.

Yo comprendí la maniobra y, sin preocuparme de la gritería que nos armaban a distancia, seguí la marcha -déle galope-, tratando de acercarme lo más pronto posible al campamento.

A eso de las cuatro de la tarde vimos llegar de todas partes, como si brotasen de la tierra, nubes de polvo, que acusaban otras tantas partidas de malones.

Por las dudas, y temiendo que los salvajes nos fueran a alcanzar y sitiarnos, mandé al cabo Roldán que se adelantase, bien montado por cierto, y que fuera con el parte a Trenque Lauquen.

Cayó la noche y disminuimos la marcha. Los indios hicieron lo mismo y, sin animarse a atacarnos, aunque eran tal vez cerca de mil, nos siguieron, tratando de envolvernos como dentro de una manga.

A, media noche pasamos por Sanquilcó y llegamos a Mari Lauquen.

Nos hallábamos a diez leguas del campamento, y si Roldán no había cansado los caballos, podíamos hacer la pata ancha, seguros de que nos vendría protección a tiempo.

Al amanecer me convencí de que nos era imposible seguir adelante. La indiada nos tenía completamente cercados; y si algo podía ofrecernos un reparo era la laguna. Los indios, así que vieron claro, se dispusieron a atacarnos, envalentonados con su numero colosal ante el puñado de milicos que me rodeaba. Iniciaron una carga, que rechazamos ocasionándoles algunas bajas, y como los veía decididos a reiterar sus ataques, me interné en la laguna con mis hombres y con los caballos ensillados. Los demás tuvimos que abandonarlos.

A todo esto, los malones no parecían muy apurados. Tenían la seguridad de que nadie iría a molestarlos y como nuestra situación resultaba insostenible, dejaban que el tiempo la resolviese sin comprometer nuevas vidas.

Eran las once de la mañana y hacía más de cuatro horas que nos hallábamos metidos en el agua hasta la cintura. El frío nos entumecía las piernas y el sol nos derretía los sesos. En eso reparé que una fracción considerable de indios echaba pie a tierra y se desnudaba, seña inequívoca de que nos iban a atacar de firme. Y así era. Vi moverse en dirección a nosotros una larga fila de salvajes, cuyos alaridos nos ensordecían, y me consideré finado. No quedaba otro recurso que defender el cuero hasta la última extremidad. De pronto observe que los indios de a caballo hacían señas a los de a pie, como llamándolos, con grandes revoleos de poncho, y vi con sorpresa que los asaltantes se retiraban precipitadamente en busca de sus caballos.

¿Qué ocurría?

Por el camino de Trenque Lauquen se veía llegar una inmensa y tupida polvareda. Era el Regimiento 3º de Caballería, que, desprendido horas antes, volaba en nuestro auxilio. Roldán había cumplido su misión y le debíamos la vida.

Excuso decirle que los indios no esperaron la llegada del regimiento. Arrearon los caballos que nos quitaron y volvieron grupas, internándose en el desierto. Poco después nos incorporamos al mayor Rosa, jefe de las fuerzas protectoras, y emprendimos la vuelta a Trenque Lauquen.

Quedaba así consagrada, una vez más, la imposibilidad absoluta de atacar las tolderías con fuerzas numerosas, porque éstas eran descubiertas desde lejos, y con partidas livianas porque eran batidas y deshechas. Aquí tiene, amigo Requejo -concluyó el teniente Maza-, el relato fiel de mi aventura. Acaso en otra seremos más felices."

Capítulo VII

Concluía su relación el teniente Maza al mismo tiempo en que llegaba al hotel el sargento Acevedo.

Los caballos estaban prontos, y el que debía montar yo aperado con una montura inglesa, perfectamente pelada, obtenida por requisición en la casa del maestro de escuela. Pagó el alférez la cuenta de la posada, dijimos adiós al teniente Maza y momentos después nos alejábamos de Junín. Requejo no quiso despedirse siquiera del juez de paz.

Mientras íbamos viendo las rancherías del pueblo, y mientras el traqueo del patrio no hacía efecto en mi pobre humanidad, todo me parecía hermoso y agradable. Hasta llegue a pensar que la vida de soldado en la frontera no debía ser tan mala como la pintaban.

Pero a las dos o tres horas de marcha, cuando no se veía en el horizonte más que los tallos secos de los cardos; cuando el trote infame de mi cabalgadura empezó a parecerme molesto y en seguida mortificante; cuando, sobre todo, me apercibí de que allí no habría más remedio que aguantar y callar, me invadió una tristeza profunda y... lloré. ¿No había dicho el alférez Requejo que en la frontera había visto llorar a muchos hombres?; ¿qué de extraño, pues, que llorase yo también, una criatura, un niño, un pobre diablo, a quien mandaban a rodar tierras, sin nociones de la vida, sin experiencia para atravesarla, sin fuerza para resistir a sus embates?

El alférez Requejo se había adelantado solo, al galope, deseoso de llegar el primero y descansar más a sus anchas en el puesto del capitán Abaca, una especie de fortín avanzado en el desierto, y al cual le daban pomposamente el título de estancia porque el citado capitán -un antiguo oficial de junineros- poseía unas cuantas yeguas y una puntita de ovejas.

El sargento Acevedo, que marchaba cerca de mí, el veterano curtido en cincuenta campañas, el hombre de aspecto feroz, patibulario, el paria condenado a cárcel perpetua en las filas del ejército, me vio llorar, arrimó al mío su caballo, y con suave y cariñoso acento me preguntó:

- ¿Va cansado, cadete?

- Un poco -respondí haciendo esfuerzos por aparecer sereno.

- También le han dado un mancarrón y una montura... ¡Juna... gran siete! Bájese y monte el mío.

Y, como yo vacilase, agregó: - Bájese, no más... si es mansito y de buen trote. Sobre todo el "recao" es más blando y más seguro.

Y me bajé, cambié de caballo, pero no de martirio. Yo no tenía la costumbre de esas fatigas, y lo que me ocurría era irreparable. En el trayecto había fabricado, al decir de Requejo, charque para una quincena.

Al fin, a eso de las cuatro de la tarde, llegamos al puesto del capitán Abaca, y después de matear y de churrasquear en grande, seguimos hasta Lavalle... Seis horas más de sufrimiento, de frío, de tristeza y de pena. Así debutaba yo; así empezaba a tejer el galón de alférez para mi kepí; así me echaba en la corriente de mi destino; así pasaba la primera lista de presente en mi existencia de lucha, de amargura y... desengaños.

Eran las once de la noche cuando entrábamos -después de soltar los caballos en el corral del fuerte Lavalle- al rancho en que me brindaba cena y sitio para tender las pilchas el boticario del punto, un andaluz de apellido Gallardo, a quien años después encontré de farmacéutico en Santiago del Estero.

Comimos, me tiré encima de una manta patria y dormí de un tirón hasta las diez de la mañana. ¡Hasta las diez de la mañana!

El Alférez Requejo había tenido la caridad de no seguir ese día, en vista del estado en que yo me hallaba.

Pasamos, pues, treinta horas sin movernos, que fueron para mí otras tantas de bendición y de consuelo. Tenía el cuerpo hecho pedazos; me dolían hasta los dientes, y cada vez que movía una pierna o un brazo hacía de cuenta que me descoyuntaban.

Sin embargo, llegó la hora de la partida, y puesto a caballo a manera de maleta -pero ya en buena y cómoda montura- abandonamos el fuerte Lavalle con rumbo a Trenque Lauquen.

La mañana era fría, pero hermosa. El sol, al saltar del horizonte cual gigantesca bola de fuego disparada de las entrañas de la tierra, se derramaba en olas de luz por la pampa inmensa, cubierta de reluciente y deslumbradora escarcha.

Los caballos galopaban ágiles, nerviosos, como queriendo calentar el cuerpo entumecido en las horas largas y frías del corral; galopaban escarceando y vomitando por las narices nubes de vapor y espantándose, de puro gordos, apenas veían un hormiguero o una cueva de tucu-tucu a la orilla del camino.

Y allí iba yo, dolorido, renegando de los escarceos que aumentaban mis dolores, encomendándome a Dios a cada espantada de la bestia. De pronto nos detuvimos todos, a una voz del alférez. A lo lejos, en el límite remoto del horizonte se había descubierto algo extraño.

Mire yo también hacía el punto adonde miraban los milicos y no vi absolutamente nada.

- ¿Que le parece aquello, sargento? -preguntó el alférez.

Acevedo se enderezó sobre los estribos, echó el kepi a la nuca y, haciendo con la mano a manera de pantalla, observó:

- Eso es gente, mi alférez -dijo.

- Si, no cabe duda -repuso el oficial-. Vamos a ver quienes son.

Y separándose de nosotros, puso su caballo al gran galope. Avanzó rectamente una distancia, y luego; cuando calculó que los que venían debían verlo, se alejó de la senda, describiendo un vasto semicírculo, volvió a ella y repitió la maniobra dos o tres veces.

Nosotros distinguíamos ya claro. Era un grupo de diez o quince jinetes, uno de los cuales contestó la evolución del alférez en la misma forma.

- Son milicos -dijo entonces el sargento Acevedo. Y avanzamos a juntarnos con el alférez que se había quedado esperándonos en el camino.

Efectivamente, poco después llegaba el teniente Spikerman del Regimiento 3º de Caballería escoltando al comisario pagador, señor Escalada, que volvía de Trenque Lauquen.

El alférez Requejo conversó un momento con el teniente y el comisario, se enteró que no había novedad hasta el Fortín Timote, y cada uno siguió su camino.

A la hora de almorzar, es decir, a la hora en que suelen almorzar los que tienen con qué hacerlo, llegamos a Timote, destacamento que guarnecía la línea de Lavalle a Trenque Lauquen.

Ya no hay memoria de aquellas viejas defensas que protegían la pampa, y ya ni el recuerdo existe de los individuos que las ocupaban. Era la primera fuerza militar que veía yo en el servicio de frontera, y confieso que aquello me aterró. La impresión del fortín, grosero montículo de tierra rodeado por un enorme foso, me dio frío.

Al aproximarnos vi salir de unos ranchos, que más parecían cuevas de zorro que vivienda humana, a cuatro o cinco milicos desgreñados, vestidos de chiripá todos ellos; con alpargatas unos; con botas de potro los demás; con el pelo largo, las barbas crecidas, la miseria en todo el cuerpo y la bravura en los ojos.

El comandante del puesto -el teniente Arturo Turdera-, un distinguido oficial y un cumplido caballero, estaba allí, en medio de su tropa, como ella harapiento, como ella destruido y agobiado por aquella vida de hambre, de fatigas y de peligros. Hacía ocho meses que se encontraba destacado y durante ese tiempo no había recibido una libra de carne ni una onza de galleta. El comisario les había pagado dos meses de sueldo, a cuenta de treinta y siete que les debían; ¡pero de qué les valía la plata sin tener dónde gastarla! Las carretas del proveedor hacía la mar de tiempo que debían llegar y no llegaban; las reses vacunas no podían traerse porque era imposible custodiarlas, toda vez que la gente estaba ocupada en cosas más necesarias y precisas. En el campamento, la tropa comía yeguas y en los fortines los pocos avestruces que podían bolear los milicos en los mancarrones extenuados y flacos.

En el fortín, no había en aquel momento, ni con qué dar de comer a un mosquito. El día anterior se había boleado una gama y encontrado dos piches, pero la escolta del comisario lo había tragado todo. Los milicos iban a salir al campo, y acaso por la tarde habría como churrasquear. Teníamos que conformarnos con lo único disponible: té pampa y... buena voluntad.

El alférez Requejo invitó al teniente con unos cuantos cigarrillos y Acevedo vació su chuspa en la del sargento del fortín.

Cambiamos de caballos, y con el estómago lleno del brebaje al que Turdera llama "té del Congo", salimos para el fortín Heredia, distante siete leguas de Timote.

En Heredia, adonde llegamos a eso de las dos de la tarde, fuimos más felices. El sargento Urquiza nos brindó el más opíparo de los banquetes que imaginarse pueda. Esa mañana los milicos que hacían la descubierta encontraron una cuadrilla de avestruces y habían boleado cuatro espléndidos ejemplares que están allí, colgados en los postes del corral, gordos y sabrosos. En un periquete se asaron unos alones y una picana, y comimos con deleite, con gula, como no volví a comer nunca en mi vida.

- Si en los demás fortines hubiera buenos caballos -dijo el alférez Requejo al sargento Urquiza- pasaríamos aquí la noche. Yo deseo llegar mañana a Trenque Lauquen, y si más adelante encontrase matungos, no me alcanzaría el día. Además, no quisiera rematar al cadete -agregó señalándome.

- Los caballos, mi alférez, son espléndidos más adelante. En cada fortín hay invernada.

- ¿Y los de aquí? -

Le aguantarían para ir de un galope a Desobedientes. Son flacones pero guapos.

- Entonces nos quedamos -repuso el alférez. Y dirigiéndose a mí agregó-: Pídale al sargento un poco de grasa de avestruz y cúrese. Mañana tenemos que prenderle veinte leguas y es bueno que los bifes no lo incomoden.

Desdeñé el remedio, y sabiendo que tenía por delante algunas horas, tendí el recado en uno de los ranchos que pusieron a disposición del alférez y me acosté. No podía ya más. Satisfecho el apetito, el cuerpo se doblaba rendido de cansancio, extenuado de dolor, abatido por la fatiga brutal a que me había sometido.

Ya de noche, fue un milico a despertarme. El alférez me mandaba un pedazo de picana asada y un jarro enorme de té pampa, maldita infusión amarga que imperaba en la línea de los fortines. Comí, bebí y cuando al amanecer me llamaron para marchar, me parecía que estaba como nuevo, rehecho, con bríos para llegar,ya no digo a Trenque Lauquen: a la cordillera de los Andes. Y cumplí como bueno. Anduve las veinte leguas que faltaban para llegar a Trenque Lauquen sin proferir una queja, sin quedarme rezagado, conquistándome las simpatías del alférez Requejo y el cariño del sargento Acevedo.

Ya entrada la oración, cuando las sombras de la noche empezaban como a vestir de luto a la llanura, divisamos a lo lejos algunos puntos brillantes que titilaban en el horizonte:

- El campamento -dijo el alférez.

A poco de andar encontramos una guardia avanzada que vivaqueaba en la cumbre de los médanos, luego las caballadas y finalmente cruzamos por delante de una larga línea de puntos blancos, semejantes a una bandada de gigantescas gaviotas que se hubieran asentado para dormir: eran las carpas del Regimiento 3º, del cuerpo a donde yo iba a empezar aquella gloriosa y facilísima carrera que había entrevisto mi padre. -

¡Al paso -nos gritó una voz- y poniendo al tranco las cabalgaduras pasamos por delante de la guardia de prevención.

Más allá, al acercarnos a un rancho de adobe y techo de paja nos detuvimos y echamos pie a tierra: estábamos en la mayoría del cuerpo e íbamos a presentarnos al jefe. En el fondo de aquella covacha y envuelto en el nimbo de una luz temblorosa y mortecina, que desprendía un miserable candil de grasa de potro, estaba sentado un hombre joven, vestido de uniforme, con presillas en los hombros y un sombrero de anchas alas en la cabeza. Era el jefe interino del cuerpo: el mayor Germán Sosa. Nos recibió amablemente; despachó al alférez y haciéndome sentar a su lado llamó al sargento encargado del depósito.

Mientras llegaba este sujeto, el mayor Sosa empezó a examinarme.

- ¿Sabe usted leer y escribir correctamente?

- Regular, señor.

- ¿Que edad tiene usted?

- Catorce años.

- ¿Tiene usted su nombramiento?

- Si, señor... Aquí está.

Leyó el mayor; me devolvió el oficio y dijo:

- Empieza usted una carrera muy difícil, amigo mío. En ella, todo el camino es cuesta arriba. La senda es angosta y peligrosa; a lo mejor puede usted resbalarse y caer al abismo. Si cae, no piense en salir sano, porque es hondo, y la ladera está llena de espinas y de riscos. Hay que ser guapo, resuelto y subordinado. Aquí no hay reclamo ni disculpa. El superior manda; y, tuerto o derecho, es preciso obedecerlo. Le advierto que el de arriba tiene siempre la razón. En la vida que llevamos se come cuando se puede y se come lo que le dan; se duerme como la grulla en una pata, y con un solo ojo como el zorro. Si a usted lo castigan, cuando termine la pena, debe presentarse a quien lo castigó y darle las gracias. La murmuración es una falta gravísima y los reclamos son delitos que no se perdonan jamás. Ahora van a darle el armamento y el uniforme. Lo destinamos a una compañía y mañana temprano empezará su servicio. Si necesita algo; véame. Pero estudie mucho y aprenda. La carrera militar necesita hombres instruidos y usted puede instruirse, ya que es joven.

Con estas palabras me despidió, entregándome, previas las instrucciones del caso, al sargento que llegaba.

El depósito de guerra del Regimiento 3º de Caballería de línea, destacado en la frontera norte de Buenos Aires, primera línea, cabía en una carpa mugrienta y reducida. Es verdad que tampoco era gran cosa: un par de cajones grandes con kepis usados, con botas deshechas y deshermanadas, con algunas camisas y calzoncillos, milagrosamente sin usar, unas cuantas chaquetillas y pantalones de sospechosa limpieza, y luego un montón de carabinas, de sables, de cajas de munición: una trapería y no un depósito. Me entregaron una chaquetilla y un pantalón, tan grandes para mi cuerpo, que bien podría sacar de ellas uniforme y medio; dos camisas y dos calzoncillos de lienzo, un poncho roto y sucio, una manta en no mejores condiciones; una carabina, a cambio de la que me dieron en Chivilcoy, y ochenta tiros; un sable de colosales dimensiones para mi talla y de peso descomunal para mis puños; una montura compuesta de lomillos, carona y cincha; un freno y un par de estribos. Las riendas, los bozales, los cabestros, las estriberas, las maneas y las trabas se me entregarían al día siguiente.

- Eche eso al hombro -me dijo el sargento- y venga conmigo.

Iba destinado a la primera compañía del segundo escuadrón que mandaba el teniente Julio Alba.

Este oficial me invitó a comer de su churrasco de yegua, y luego me ofreció en su propia carpa un rincón para tender la montura, que sería, en adelante, la cama y el abrigo que me proporcionaba el gobierno.

Capítulo VIII

Mucho antes de aclarar el día, oyóse en el campamento tocar diana. Me levanté, me vestí apresuradamente y fui a formar en la fila exterior de mi compañía. Desde ese momento quedaba incorporado a ella como recluta.

Pasada la lista, el regimiento ensilló los caballos de reserva y, formando en batalla frente a la línea de las carpas, pasó allí más de dos horas, a pie firme, esperando a que fuese el día y que volvieran las descubiertas enviadas a explorar el campo. Estábamos al frente del enemigo, de un enemigo audaz y sutil, capaz de presentarse de improviso, y así todas las precauciones que se tomaran para defenderse de sus agresiones no eran nunca demasiadas.

A la salida del sol, se mandaron soltar los caballos, pero no antes de cepillarlos y de rasquetearlos; de revisarles los cascos y de arreglarles las crines y las colas. En la división Trenque Lauquen, los caballos estaban mejor cuidados que los hombres, y se habían dado casos de estar cubiertos con buenas mantas los mancarrones, mientras el pobre milico tiritaba de frío, sin otra cosa encima de su cuerpo que una chaquetilla llena de agujeros y un chiripá deshilachado y sucio.

Después de soltados los caballos, el corneta de órdenes de la comandancia inició el toque de "carneada" e inmediatamente el de "trabajo".

La primera de esas operaciones fue breve y triste: se mataron para la provisión del cuerpo, dos yeguas cuya carne fue repartida en el acto a las compañías.

La distribución del trabajo vino en seguida. Todo el regimiento -todo absolutamente, excepción hecha de los enfermos y de la guardia de prevención- fue dispersado en numerosas cuadrillas: una, al pisadero a fabricar adobes; otra a las chacras del Estado a preparar la tierra para sembrar alfalfa; otra a hacer fosos y fortines; otra a seguir la construcción de ranchos para cuadras de tropas y alojamiento de oficiales, etcétera.

A las once de la mañana se dio descanso de una hora para preparar la comida y almorzar, y transcurrida, vuelta al trabajo hasta la entrada del sol.

Entonces se agarraron los caballos, se limpiaron de nuevo, se les ató y, verificado esto, la instalación de guardias en el campamento. Todo el mundo estaba de servicio. Se colocó una avanzada en la laguna, otra en el camino a Lavalle, otra en el que iba a la extrema izquierda; otra aquí y otra allá, por todas partes guardias; en todas centinelas, sondas, rondines, patrullas... ¡qué se yo! Aquella pobre gente no dormía, no descansaba, no comía; carecía de ropa y de calzado; en la botica no se encontraban medicamentos y en cambio, a la menor palabra de protesta, al menor gesto de cansancio, funcionaban las estacas, llovían las palizas, y los consejos de guerra verbales dictaban la muerte. Y todos los días el mismo horario, la misma distribución del trabajo y el empleo del tiempo.

Más felices eran los milicos que guarnecían las líneas de fortines. No se les daba racionamiento, pero siquiera podían salir al campo, bolear avestruces, cazar gamas y agenciarse de tabaco y de yerba, cambiando por estos artículos a los pulperos, los cueros y las plumas.

Es verdad que en los fortines el peligro era mayor; pero acaso ¿no lo había también en el campamento? ¿No salían comisiones que regresaban mermadas, dejando por ahí en medio del campo, para que lo charquearan los indios y lo comieran los caranchos, el cadáver de algún compañero?

¡Y siquiera diesen la baja al soldado cumplido!

¡Pero qué! Se cumplía, y era lo mismo que nada. El gobierno ajustaba doble sueldo a los soldados cumplidos; más, ¿cuando se veían esos sueldos? Y si llegaba el comisario con dos o tres meses de los más atrasados, se iban de un soplo, camino de la pulpería. El milico recibía con una mano su haber y con la otra la pasaba al bolichero en cambio de los vales que le había descontado. Y luego, ¿que eran ciento cincuenta pesos moneda corriente por mes, si una libra de yerba costaba veinte pesos, cinco un atado de cigarrillos, treinta un puñado de azúcar, diez media docena de galletas, y así sucesivamente?...

De tal manera estaban atrasados los pagos del ejército en esa época, que el 80, después de la revolución, nos liquidaron, abonándose de golpe treinta y seis meses de sueldo... ¡Tres años juntos y cabales!

Me acuerdo bien de aquel pago memorable en que me tocó intervenir.

Fue una lista pasada a la puerta del cementerio.

- ¡Fulano de tal! -llamaba el pagador; y para uno que no contestaba presente, exclamaba el sargento de la compañía en que había revistado el llamado:

- Muerto por los indios.

- Fallecido en tal parte.

- Desertó.

- Se ignora su destino.

- Perdido en la expedición de tal año, etcétera.

Y volvían al tesoro los sueldos de aquellos pobres mártires, cuyos huesos se pudrían en la pampa, o cuyos cuerpos mutilados y deshechos rodaban por ahí, en la miseria y el dolor.

Hoy, en aquellos lugares donde tanto hemos sufrido, se levantan ciudades prósperas y ricas; el trigo crece en la pampa exuberante de vicio, abonada con la sangre de tanto pobre milico, y, en cambio, los hijos de éstos no tendrán acaso un rincón donde refugiarse, ni un pedazo de pan con que alimentarse allí mismo, en ese antiguo desierto que sus mayores conquistaron y que otros más felices, o más vivos supieron aprovechar.

Al mes de estar en el regimiento ya era yo un veterano completo. Sabía tomar a lazo un caballo en el corral; colocar admirablemente la carabina en la montura para que no me estorbase en las marchas; y para dormir de pie estando de centinela, era como mandado hacer.

Todos los sábados por la tarde se suspendía el trabajo para dedicarnos al aseo. Íbamos a la laguna y cada cual se lavaba su ropita. Allí aprendí a planchar mis camisas y mis calzoncillos empleando al efecto y en lugar de plancha una botella calentada al sol, y haciendo servir de mesa a la carona de suela. Sufríamos atrozmente, pero éramos felices. El espíritu de compañerismo se había desarrollado prodigiosamente, se conservaba invulnerable, y de un pucho de alegría, pescado por un compañero, participaba todo el regimiento.

Más tarde cuando desapareció el servicio de las fronteras, cuando no hubo más privaciones ni miseria, las cosas cambiaron. Desapareció el compañerismo; se perdieron aquellas buenas y verdaderas amistades que se creaban alrededor del fogón y que la muerte misma no lograba romper en ocasiones; el ejercito evolucionó haciéndose mas científico; y cuando pasado algún tiempo se hizo el estudio comparativo de una época con otra, nos hallamos que entre el ejército del año 70 y el del 90 había una distancia insalvable en ideas, en propósitos y sobre todo en indumentaria.

Mi viejo amigo, el ayudante Conde, de célebre e inolvidable memoria, solía decir:

- Mucho hemos andado en materia de progresos militares. Los de ayer, no somos siquiera prójimos de los de hoy. Nosotros montábamos en recado; estos montan en silla húngara. Nosotros usábamos poncho; éstos usan capotes y pellizas. Y singularmente, la evolución fundamental, se observa en que los viejos llevábamos el bigote con las puntas para abajo y la visera del kepi para arriba, mientras los nuevos doblan las puntas del bigote para arriba y la visera del kepi para abajo.

Y, en parte, tenía mucha razón el viejo Conde. Así empezaron a diferenciarse las dos escuelas: la vieja de la nueva. Primero en el uniforme, después en el uso del bigote.

Recuerdo que antes del 80 se anunciaron grandes y radicales innovaciones en el ejército. Todo sería cambiado; y para demostrar que el cambio iba a ser hasta el hueso, se anunciaba en francés: "de fond en comble". Pasó el tiempo- se dictó una ley de ascensos que, si para algo sirvió, fue para hacer más irritante y alevosa la injusticia; se dieron leyes que nadie pensó en aplicar y el ejército siguió su camino, perdiendo más que ganando en disciplina y en instrucción. ¡La primera reforma efectiva que se introdujo en las leyes y reglamentos del ejército tiene la fecha de 1895! En cambio, desde el 80 hasta el mismo 95 modificamos el uniforme media docena de veces. El ministro, que deseaba dejar en el ministerio algo más que su retrato, cambiaba la indumentaria. Parece que se pretendía reformar la mentalidad del ejército sustituyendo el saco por la guerrera o el color azul gris por el negro... o el castaño.

Sin embargo -el tiempo, más eficaz y mis enérgico que los hombres- ha impuesto y realizado la evolución. La antigua oficialidad de las fronteras; digna y brillante por su heroísmo y por su abnegación, está reemplazada por esos cuadros que salieron del Colegio Militar llenos de capacidad, anhelosos de saber y perseverantes en la acción.

Alejémonos, pues, de las filas los cansados, los vencidos en la lucha por la vida; y, lejos de estorbar a los que nos reemplazan, brindémosles lo poco que nos queda de energía para que la utilicen, si la necesitan, en el noble y patriótico ideal que persiguen.

Nada es eterno, y todo cambia o muere. No pretendamos oponernos a la acción avasalladora e implacable de los años... Chacun son tour.

Capítulo IX

Una tarde -hacía apenas una semana que estaba en el regimiento- oí que la banda de música del 2º de Infantería y la nuestra de cornetas tocaban alegres y entusiastas dianas. Salí apresuradamente de la carpa y corrí a ver lo que aquello significaba.

Había llegado el coronel Villegas y sus cuerpos lo saludaban dándole la bienvenida. Me incorporé a un grupo de oficiales que se dirigía a la comandancia y fui también a llevar mi saludo.

Apenas me vio el coronel, dirigiéndose al mayor Sosa le preguntó:

- ¿Como se porta esta firma?

Y el mayor Sosa se deshizo en elogios. Era yo un muchacho aplicado, obediente, respetuoso... sería un excelente oficial.

Villegas me felicitó, me dijo que perseverase en el estudio, que tal vez no pasaría mucho tiempo sin ascender a oficial.

El corazón me dio un salto dentro del pecho, la sangre se me subió a la cabeza y juró que, en aquel momento no hubiese cambiado mi uniforme mugriento de cadete por la túnica de un príncipe.

Nos retiramos de la comandancia; y yo, estimulado por las palabras del coronel, me fui a repasar por vigésima vez la lección de táctica, único libro con más de cuarenta hojas que circulaba con abundancia en el campamento.

Llegó por fin un gran día de fiesta para la tropa y para todos: el 9 de julio. La víspera se dio una orden general disponiendo que al salir el sol estuvieran las tropas formadas frente a sus respectivos cuarteles para hacer los honores correspondientes, suspendiendo todo trabajo durante veinticuatro horas y mandando poner en libertad a los presos que no estuviesen sujetos a proceso.

Al día siguiente, cuando salió el sol los cuerpos estaban, como se había ordenado, en líneas de batalla, saludando al astro que simboliza nuestra gloriosa independencia. Si alguien de afuera nos hubiese visto formados, se habría preguntado qué hordas de forajidos éramos. No había dos soldados vestidos de igual manera. Este llevaba de chiripá la manta; aquel carecía de chaquetilla; unos calzaban botas viejas y torcidas, otros estaban en alpargatas; los de éste grupo tenían envueltos los pies con pedazos de cuero de carnero; aquellos otros descalzos.

Lo único uniforme y limpio eran los caballos y las armas. Sin embargo, cuando se tocó el himno nacional, cuando el jefe dio un grito vivando a la patria, aquellos pobres milicos respondieron con todo el entusiasmo de sus corazones y acaso creyeron que no habían hecho aún bastante para merecer la gratitud de la nación.

Después de la parada, se tocó "carneada"; y por primera vez, después de un año, se mataron reses vacunas de excelente estado de gordura. Hubo además una distribución de caña a la tropa, con acompañamiento de azúcar y café.

¡Por la noche gran baile!

Pero antes, durante el día tenían que verificarse diversos números de un variadísimo programa. El más importante de todos lo constituía un palo jabonado, alto de cuatro o cinco metros, en cuya punta colgaba nada menos que un vale de cincuenta pesos. Todo el mundo intentó apoderarse de la codiciada prenda; y después de tres largas horas de chacota y de broma consiguió arrebatarla un músico del 2º de Infantería.

Después del palo jabonado, la atracción del día fueron las carreras, en las cuales más de un milico logró quedarse sin sueldo para cuando volviese el comisario.

A la puesta del sol, vuelta a formar lo mismo que por la mañana y pasada la retreta, al baile.

En una de las cuadras que se construían para el 3º de Caballería se improvisó un salón. Y cuando la banda del 2º rompió el fuego con una cueca, estaban presentes todas las de la guarnición.

En aquellas épocas, las mujeres de la tropa eran consideradas como fuerza efectiva de los cuerpos; se les daba racionamiento y, en cambio, se les imponían también obligaciones: lavaban la ropa de los enfermos, y cuando la división tenía que marchar de un punto a otro, arreaban las caballadas. Había algunas mujeres -como la del sargento Gallo- que rivalizaban con los milicos más diestros en el arte de amansar un potro y de bolear un avestruz. Eran toda la alegría del campamento y el señuelo que contenía en gran parte las deserciones. Sin esas mujeres, la existencia hubiera sido imposible. Acaso las pobres impedían el desbande de los cuerpos.

Pasada la gran fiesta nacional, la vida del campamento volvió a reanudarse, dura y monótona como hasta entonces. Las obras de defensa tocaban a su término; las carpas iban reemplazándose por construcciones de adobes y ladrillos; cuando llegase la primavera empezarían las operaciones contra los indios. El coronel Villegas estaba resuelto a llevar malones a los toldos, y lo había de conseguir.

Capítulo X

En el mes de julio de 1817 estaba concluida aquella zanja famosa que el doctor Alsina mando abrir, desde Bahía Blanca hasta ltaló, y con la cual pretendía "hacer imposibles las grandes invasiones y dificultar las pequeñas".

Sea como fuera, el hecho es que los indios encontraron en aquel pequeño foso un obstáculo para sus correrías. No les impedía, en absoluto, entrar y salir por donde quisieran; pero cuando llevaban arreo vacuno tenían que abrir portillos perdiendo en la operación algunas horas, que las tropas aprovechaban para írseles encima y alcanzarlos.

Así, cuando invadían, al retirarse con el arreo, desprendían descubiertas, las cuales por medio de quemazones anunciaban el punto más reducido de la línea o más fácil de salvar. Como se comprende, había interés en tomar esas descubiertas para llevar al malón con su robo a un lugar determinado y seguro. El coronel Villegas fijó un premio de doscientos pesos moneda corriente y una semana de licencia para el individuo que se apoderase de una de las descubiertas. La prima era tentadora y así, no es de extrañar que los soldados, cuando salían a bolear o en comisión, lo hicieran en sus mejores caballos, y aguzando la vista para no perder el menor indicio capaz de anunciarle la presencia de jinetes en el campo.

Pero, era el indio tan astuto y tan despierto que, a pesar del empeño que ponían los soldados para sorprenderlos, no conseguían capturar a ninguno.

Una mañana el cabo José Godoy que mandaba el fortín Acha, en la extrema derecha, careciendo de carne y teniendo confianza en su destreza para bolear, resolvió hacer personalmente la descubierta.

Aquí se impone una breve digresión.

Los fortines que unían una comandancia en jefe con otra, a lo largo de la línea de frontera, estaban separados por distancias no mayores de una legua. Todos los días, al aclarar, salían dos hombres de cada fortín, uno a la derecha y otro a la izquierda y marchaban al paso, observando el horizonte y el suelo con el objeto de descubrir las novedades o señales que fuese necesario transmitir. En la mitad del camino que separaba a dos fortines, se encontraban las descubiertas que cada cual desprendía y se transmitían las noticias que tuviesen. La mañana en que el cabo Godoy salió en descubierta llegó al límite de su zona, y como no hubiese notado nada extraño, echó pie a tierra y ató su caballo a una cortadera para esperar sentado la llegada del individuo que debía venir del destacamento vecino.

Como hacía mucho frío, tenía puesto su poncho; y como era descuidado o confiado había dejado su carabina atada a los tientos de la montura. Cansado el hombre, se recostó al abrigo del pajonal, no tardando en vencerlo el sueño.

De pronto sintióse despertado por voces de individuos que hablaban a su lado, y al abrir los ojos se halló en presencia de dos indios que lo amenazaban con las lanzas. Tuvo impulsos Godoy de saltar e irse encima de los indios; pero envuelto en el poncho, y no pudiendo echar mano rápidamente al cuchillo, se limitó a mirar a los indios y a sonreír. Uno de estos iba a herirlo de un lanzazo, cuando el otro lo contuvo, diciéndole al cabo:

- Sacando poncho.

Godoy comprendió que no lo habían herido, desde luego, porque teniéndolo seguro no querían romper el poncho ni ensuciarlo con sangre. Y obedeció mansamente, pero, al sacar el poncho se levantó de un brinco y envolviéndolo en el brazo, y cubriéndose el cuerpo, desenvainó el cuchillo.

Uno de los indios tiró un lanzazo que Godoy paró magistralmente, y yéndosele al bulto lo derribó de una puñalada en medio del pecho. El otro indio saltó a caballo y huyó; pero Godoy, montando en el del muerto y echando mano a la lanza que este había soltado al caer, se puso en persecución del fugitivo. Ya lo alcanzaba y lo levantaba en la chuza, cuando se acordó de la prima que estaba ofrecida a quien capturase un bombero.

Desató las boleadoras de avestruz y revoleándolas asestó al indio un golpe formidable en la cabeza. Abrió los brazos el pampa y cayó al suelo.

Godoy se le fue encima y antes de que volviese en si le ató fuertemente los brazos a la espalda. Poco a poco fue el salvaje recuperando el sentido; y, cuando vio el cabo que podría montar a caballo lo ayudó a subir y lo echo por delante. En un momento al fortín, y empezó el interrogatorio.

Al principio el indio no entendía una palabra; pero cuando Godoy le hubo pasado el lomo del cuchillo por la garganta, se le desató la lengua. Era un pampa que había estado largos años en la tribu de Coliqueo y conocía perfectamente el idioma del cristiano.

Ahora formaba parte de la invasión que estaba adentro de la línea de fortines, y con su desgraciado compañero, tenían encargo de señalar rumbo al malón. Ahí no más, sin acordarse ya de que en el fortín se carecía de provisiones para el almuerzo, ensilló Godoy los tres mejores caballos de su tropilla, y haciéndose acompañar de un soldado, se puso en marcha con el indio para Trenque Lauquen.

A mediodía llegó al campamento y se presentó al coronel quien, inmediatamente y después de hablar con el prisionero desprendió al capitán Morosini al mando de cincuenta hombres con la orden de emboscarse en unas lagunas que estaban a cinco o seis leguas a la derecha y al frente del fortín Dos de Línea. Cuando llegó la noche se hicieron quemazones indicando a los indios el rumbo que debían seguir para caer en manos de las tropas nacionales. Y así sucedió. Los malones hallaron sin vigilancia el espacio entre el fortín Dos y el siguiente; y a la madrugada salvaron la zanja con todo su arreo consistente en cuatrocientas cabezas de ganado yegüerizo.

Cuando iban a llegar a la laguna en donde estaba oculto Morosini, este salió de su escondite de improviso y tomando de sorpresa a los salvajes, les infligió un castigo duro y sangriento. Dejaron en el campo veinte indios muertos, y, abandonando las armas y todo el arreo, buscaron en la fuga su salvación.

Capítulo XI

Una mañana se tuvo conocimiento de que una gruesa columna de salvajes que había penetrado por la frontera sur de Santa Fe se retiraba con bastante arreo, en dirección a la comandancia La Madrid, extrema derecha de nuestras líneas de fortines.

Inmediatamente se arriaron las caballadas; y un par de horas después de llegado el chasqui, portador del anuncio, estaban en marcha el Regimiento 3 de Caballería en busca del malón.

Había que andar, para situarnos a la altura de La Madrid, un trayecto de quince a veinte leguas, y antes de amanecer el día siguiente nos hallábamos acampados en el punto elegido por el coronel Villegas para operar de acuerdo con las circunstancias. Se desprendieron descubiertas en todas direcciones con la consigna de alejarse cuatro o cinco leguas del campamento, y una vez que se hubo establecido el más completo servicio de seguridad, se soltaron los caballos de marcha para que pastaran, dejando solamente atados aquellos que podrían necesitarse en un caso de alarma o de apuro.

Trascurrió el día sin observarse novedad. La pampa se extendía en torno nuestro; dilatada y silenciosa, sin que de su seno gigante se escapara otro rumor que el del viento al filtrarse a través de los altos pajonales.

Cerca de las cuatro de la tarde regresaron las descubiertas sin haber observado indicio alguno que les llamara la atención. Era evidente que los indios habían cambiado de rumbo, o acaso las noticias que se transmitieron a Trenque Lauquen no fueron exactas. Sin embargo, era preciso esperar a que se rectificaran los primeros partes, sin perjuicio de extender lo más lejos posible nuestra observación.

Al entrarse el sol, uno de los vigías creyó distinguir en el confín del horizonte algo así como un ligero celaje que bien podía ser polvareda levantada por algún jinete, o vapor desprendido de cualquier laguna o pantano. El cabo de servicio, experimentado hombre de campo, observó lo que el centinela descubriera, y apenas fijó la vista un momento en el campo exclamó:

- Eso es humo.

Y seguro de no alarmar en falso, transmitió el dato a sus superiores.

Momentos después estábamos a caballo y en marcha hacía la quemazón.

Ya no había duda. Las descubiertas de los indios señalaban, como de costumbre, a sus compañeros, la dirección que debían seguir para atravesar la línea.

Al cerrar la noche recibimos orden de trabar las anillas de los sables para que no hicieran ruido, se prohibieron las conversaciones y se nos previno que sería severamente castigado el individuo que se permitiera fumar o encender fósforos.

Y mudos, atentos, hundida la mirada en las tinieblas, desfilábamos con los caballos de reserva de tiro listos para saltar en ellos a la primera señal.

Nuestra vanguardia se había adelantado lo suficiente para evitarnos toda sorpresa, y los flanqueadores se alejaban hacia los costados envolviendo a la columna dentro de una malla sutil, pero segura e impenetrable.

Así anduvimos hasta pasada medianoche. Nos habíamos acercado bastante a la quemazón que corría en nuestro rumbo impulsada por ligero vientecillo, y aprovechando el abrigo de una cañada hicimos alto. Con el caballo de la rienda nos tiramos en el suelo, ávidos de aprovechar aquellos momentos de descanso, despuntando un poco el sueño que habría sido largo y profundo, de tal manera estábamos todos rendidos de fatiga, si de pronto, no se mandara ensillar los de reserva. Una de las avanzadas había sentido a lo lejos el relincho de un caballo, y era seguro que teníamos encima a la indiada. El baile iba a empezar.

Una vez listo el regimiento, el mayor Sosa organizó tres partidas, que debían operar independientes, designando un cuarto grupo para el cuidado de las caballadas de marcha. En este grupo, que si no estaba llamado a ser el más glorioso, era el indicado para servir de punto de reunión a los demás me hicieron quedar a mí. Por lo visto, no era tenido en cuenta para las grandes empresas, o mejor dicho, para las empresas arriesgadas, y si algo pudo consolarme fue el recuerdo de una célebre frase del sargento Acevedo: "Por haber disparado en Cepeda, lo ascendieron y por hacer la pata ancha en Pavón no lo hicieron nada". ¡Quién sabe si por quedarme yo en un puesto pasivo y de casi absoluta inutilidad, no conseguía el galón de alférez sobre el campo de batalla!

Pero sigamos.

Las partidas de combate se separaron en diferentes fracciones, y nosotros, sin descuidar el servicio de vigilancia que las circunstancias imponían, continuamos el sueño interrumpido.

Empezaba a aclarar. En el oriente, un resplandor rojizo anunciaba el despertar del sol. Todo revivía y se alegraba en el campo a medida que la noche recogía sus negros crespones para dar paso a la radiante claridad que iba bañando la pampa.

Los centinelas que teníamos encima de los médanos señalaron hacía la derecha una gruesa nube de polvo. ¿Era aquello señal de paso de tropas nuestras, o acaso el malón que venía en marcha?

De todas maneras, la nube engrosaba y se acercaba rápidamente en dirección adonde estábamos. El sargento, a cuyo cargo habíamos quedado, nos hizo levantar y prepararnos. Aquello era la indiada, y por lo visto, el camino sobre el cual estábamos era el que había elegido para retirarse. Se agruparon los caballos; en el centro del cañadón, se destinaron diez hombres para impedir que se desparramaran y los veinte restantes nos adelantamos a esperar la invasión.

- ¿Cuantos eran los indios?

Se lo pregunté al sargento Duarte -nuestro jefe en aquella emergencia- pero el muy bruto, rajándome con la mirada, me dijo: - Sepa, cadete, que esa pregunta se contesta con un hachazo. Si no fuera usted lo que es, no quedaría para preguntar dos veces.

Y agregó:

- Póngase aquí a mi lado, y mucho ojo.

Los indios se destacaban ya claramente. Me pareció que teníamos al frente todo un bosque de lanzas: de tal manera veía multiplicadas las relucientes moharras que chispeaban al quebrarse en ellas los rayos del sol.

Nos separaría de los indios una distancia no mayor de quinientos metros, cuando los vimos hacer alto y desprenderse del grupo a dos jinetes que se adelantaron a descubrir el cañadón en que nos ocultábamos con nuestros caballos. Venían al galope, quizá confiados en que no hallarían novedad, cuando de pronto sujetaron los caballos cual si una mano misteriosa los hubiese transformado en estatuas de mármol.

Habían visto la silueta mal oculta de uno de nuestros soldados, y sospechando la presencia de mucha gente. Entonces se retiraron, revolearon los ponchos avisando a los compañeros, y abriéndose campo afuera intentaron rodear los médanos para descubrir mejor.

El sargento Duarte comprendió la maniobra y, resuelto a llevar el ataque con sus veinte individuos, gritó:

- ¡Firmes!... ¡Apunten!... ¡Fuego!...

Sonó una descarga, y aún no se había disipado el humo de los disparos que ya estábamos a caballo cargando al enemigo.

Los indios eran pocos por fortuna. Un grupo de cincuenta mocetones con cuatrocientas yeguas de arreo.

No esperaron el choque. Dieron media vuelta y, sin ocuparse del robo, huyeron a toda brida atronando el espacio con sus alaridos.

La partida nuestra se dispersó en la carga, siguiendo a los fugitivos grupos aislados de milicos, algunos de los cuales no habían de volver.

Los que estábamos peor montados o que éramos peores jinetes perdimos bien pronto de vista a perseguidores y perseguidos, y reuniéndonos con el sargento Duarte, después de un par de horas de galopes y de carreras en busca de rumbo, volvimos al lugar en que habían quedado nuestros caballos. En el momento de cargar éramos veinte. Regresamos solo catorce. Los seis soldados restantes no tardarían en juntársenos; acaso ya vendrían en retirada convencidos de que era imposible dar alcance a un enemigo ágil, dueño de soberbios caballos y que, cuando le convenía, se diluía más que se dispersaba en el desierto.

La correría detrás de los indios, y sobre todo, la circunstancia de estar en ayunas hacía más de doce horas, nos había despertado un apetito feroz.

Nos hallábamos, era cierto, en contacto con el enemigo; pero esto no era causa bastante para castigar el estómago. Desgraciadamente nadie tenia, en materia de provisiones, con que matar el hambre de un chingolo

- Si usted le propusiera al sargento Duarte- me dijo el cabo Garay- que carneásemos una de las yeguas que acabamos de quitar, la mejor achura sería para usted.

Y como era yo mismo tan interesado en la propuesta, sin temerle al responso o al plantón que podía ganarme en la demanda, me dirigí a la cumbre del médano desde el cual el sargento escudriñaba el campo en todas direcciones.

Tan abstraído se hallaba el viejo y viéndome allí, sin haberme llamado, me preguntó con aspereza:

- ¿Que se le ofrece, cadete?

- Nada, sargento -conteste, reservando mi pedido para mejor ocasión-. Venía a preguntarle si tiene algo que ordenar.

- Llame al cabo Garay -me dijo y hundió su mirada, penetrante y dura, en el abismo insondable del desierto.

Cumplí la orden rápidamente, sin hacer caso por el momento, a los toques agudos de fajina que daba el hambre en mi estómago, y como volviera con el cabo Garay pude escuchar, quedándome a prudencial distancia lo que Duarte quería manifestarle a su inferior.

- Vea, cabo -dijo señalando el lejano horizonte-, fíjese en aquellos puntos que parecen como que se movieran a lo lejos. ¿No se le hace que son jinetes?

Garay, que tenía reputación de poseer una vista incomparable, miró hacía donde el sargento le indicaba y después de un largo rato de observación repuso:

- Son animales sueltos, sargento.

- Caballos, ¿verdad?

- Sin duda... De ser avestruces no se distinguirían por la distancia, y además no estarían tan quietos cuando hace tan poco que han debido pasar por ahí los indios en disparada. Tal vez sean mancarrones aplastados que va dejando el malón.

- O quien sabe -repuso el sargento- sino son los milicos nuestros que vienen rumbeando al campamento.

En ese instante, el cabo Garay, que no dejaba de mirar hacia los bultos sospechosos, se dio vuelta y dijo al sargento:

- Aquello es novedad... Algo pasa... ¿No ve el humito que se levanta como si empezara a quemarse el campo? Y vea, mire como aparecen jinetes en la loma y como arrean los caballos que estaban sueltos. No sea el diablo que hayan cortado a los compañeros.

No pudo seguir el cabo manifestando sus impresiones. Duarte saltó como si lo hubiera picado una serpiente y rugió:

- ¡Eso no más es, cabo! ¡Los indios se han juntado y han muerto a los milicos que faltan!

Y gritó:

- Arrimen la caballada.

Pocos minutos después el sargento Duarte, acompañado de cinco soldados, se dirigía a rienda suelta en dirección al humo.

Antes de salir dijo al cabo Garay:

- Usted se queda con la gente; los indios no han de volver; pero, si vuelven, defiéndase como pueda y como Dios le ayude. Yo voy a ver si llego a tiempo. En todo caso avíseme haciendo humo si algo ocurre.

La distancia que nos separaba de la loma en que se vieron los jinetes no era menor de una legua. En menos de un cuarto de hora habría llegado el sargento. Nosotros quedamos, con las armas en la mano, agrupados sobre el médano, siguiendo con emoción y con interés aquel puñado de valientes que, sin pensar en la propia conservación, acudían en defensa de unos cuantos camaradas. Vimos como el pequeño grupo se achicaba por la distancia, como se confundían los jinetes con las cortaderas que el viento agitaba blandamente. Se vieron repechar una loma, ya reducidos a un punto obscuro y sin forma apreciable, a lo menos para mí; y luego... nada.

Las horas transcurrían entretanto, y con ellas la ansiedad intensa nos invadía.

¿Qué era del sargento Duarte?

¿Cómo no se le veía aparecer, sobre todo cuando no debía estar muy lejos?

¿Qué haríamos nosotros si el sargento no regresaba?

Ya nadie pensaba en el almuerzo. La situación era grave y no se prestaba a distracciones.

Cerca del mediodía divisamos hacía el lado de Santa Fe una gruesa nube de polvo, y poco después el cabo Garay constataba la llegada del regimiento.

En efecto. El coronel Villegas, después de haber batido a un grupo de indios y obligándoles a dejar alrededor de ochocientos animales vacunos y un centenar de caballos, venía en busca nuestra.

El cabo Garay se adelantó a recibir al jefe, le dio cuenta de lo ocurrido; y momentos más tarde la tropa se hallaba acampada en el mismo punto de donde saliera a la madrugada.

El coronel desprendió una fuerte partida a órdenes del teniente Alba en busca del sargento Duarte, se carnearon dos vacas de las tomadas a los indios y en un instante viéronse arder treinta o cuarenta fogones, en torno de los cuales la milicada se había reunido alegre y bulliciosa para el comentario del día.

Se comió, se durmió la siesta; y ya la tarde declinaba cuando los centinelas dieron cuenta de que regresaba la comisión del teniente Alba.

Este oficial, apenas se hubo separado de nosotros, buscó la rastrillada del sargento Duarte y marchó sobre ella. A las cuatro o cinco leguas, al descender a un cañadón encontró a los que iba buscando. Volvían es tos despacio, al tranco lerdo y cansado de sus cabalgaduras, trayendo seis cadáveres horriblemente mutilados. Los seis individuos que se habían cortado por la mañana, persiguiendo a los salvajes, habían perecido.

- Se conoce -dijo el sargento Duarte al dar cuenta de su comisión- que después que se alejaron de nosotros, los indios, al ver que solo eran seguidos por media docena de soldados, se reunieron y los atacaron. Había -agregó- en el paraje, donde murieron los pobres compañeros, huellas de un combate encarnizado y terrible, pero hemos llegado tarde.

Por la noche velamos los restos de aquellos abnegados camaradas, víctimas del deber, y al día siguiente emprendimos la marcha de regreso a Trenque Lauquen. Allí quedó esa tumba, apenas señalada por una cruz hecha con dos pedazos de lanza, que el viento derribaría apenas soplase con fuerza, y en cuanto a los muertos todo quedaría liquidado así que se hiciera las listas de revista del mes próximo. Mas triste que el desierto en que los abandonábamos, fue la nota con que los despedimos del regimiento, al pie de las planillas, con los mismos términos que se empleaban para dar de baja al ganado que arrebataba la epizootia, los eliminamos de la revista: "Con esta fecha se da de baja a los soldados fulano y zutano, muertos por los indios".

Nos había llamado la atención que antes de salir Duarte en busca de los desgraciados compañeros que faltaban, hubiésemos visto a los salvajes tan cerca de nosotros, mientras los cadáveres de aquellos se encontraron a más de seis leguas. Seguramente la indiada, después de la matanza que acababa de hacer, y suponiendo que éramos pocos, regresaba con el propósito de darnos un golpe, o de provocar una persecución que podría facilitarles nuevas víctimas.

¿Por que vaciló en atacarnos o por qué no esperó al pequeño grupo de Duarte?

No sería fácil que sus bomberos hubiesen descubierto la fuerza de Villegas que volvía, y entonces lo más práctico era escapar con tiempo. Además, esta partida de salvajes debía sentirse inquieta ignorando la suerte de los demás compañeros, que supondría batidos, o en salvo fuera de la zanja.

Capítulo XII

Era inútil que los comandantes de frontera multiplicasen las órdenes generales recomendando a la tropa que no se dispersara en las persecuciones; más inútil era todavía amenazar a los infractores con el más severo castigo.

Los primeros en olvidar la recomendación eran los mismos jefes que la hacían. Así murió el temerario Undabarrena; y así hubo de morir poco después el General Villegas.

Aquellos hombres, desde el primero hasta el último -desde el coronel hasta el más infeliz de los milicos- habían perdido el instinto de conservación. El campo se les hacía orégano y, pensaban que no había en el mundo nada capaz de resistir al empuje de sus brazos ni al filo de sus sables.

Era raro el combate con los indios en que no se registrara alguna victima por temeridad y eso, en lugar de valer como ejemplo, servía antes bien, al parecer, de estímulo.

A principios del año 1877 fue desprendido desde ltaló el teniente coronel Saturnino Undabarrena, al mando de una fuerte partida, en busca de una invasión cuya salida era esperada.

El heroico oficial descubrió a la indiada en momentos de cruzar la línea y se le fue encima. Los indios huyeron llevándose el arreo, y el comandante Undabarrena, sin mirar si era o no seguido por su tropa en orden, se lanzó en persecución del enemigo. Este siguió en masa largo trecho y, más previsor que su adversario, al apercibirse de que las tropas, mal montadas, iban desgranándose y quedando rezagadas, se dispersó para que los soldados, a su vez, hicieran lo propio.

Y así ocurrió. La pequeña tropa que seguía a la par del comandante se fraccionó en débiles grupos, que se fueron alejando unos de otros hasta perderse de vista.

Los indios, que esperaban esta ocasión, abandonaron parte del arreo, se distanciaron de sus perseguidores y concentrándose cayeron sobre el jefe de la fuerza a quien sólo seguían dos oficiales y seis o siete soldados.

El resultado del combate no era dudoso.

Undabarrena y sus compañeros se batieron como leones; pero vencidos por el número no tardaron en sucumbir. Cuando llegó la columna de los rezagados que había reunido el capitán Reguera, sólo encontraron un montón de cadáveres hechos pedazos.

Con motivo de esta sangrienta tragedia el ministro de Guerra ordenó a los jefes de frontera, nuevamente que prohibieran y castigasen del modo más severo las acciones temerarias que conducían, sin provecho alguno, a la pérdida de vidas preciosas; pero eso era predicar en el desierto.

El que no era heroico en grado extraordinario, el que no hacía alarde de bravura en esa guerra, no merecía llevar galones.

Y así rivalizaban en locura de valor Villegas, Maldonado, Freyre, Godoy, Victoriano Rodríguez... infinidad de jefes y oficiales cuyos nombres necesitarían un libro entero para ser consignados sin omisión.

Y así como los jefes eran valientes hasta lo fantástico, así los oficiales y la tropa los imitaban.

El año 1878 se dieron a los cuerpos de caballería, a título de ensayo -o, como lo decía la nota ministerial, para batirse con ventaja- unas corazas de cuero que, realmente, eran impenetrables a la moharra de las lanzas.

Los milicos recibieron con desgano la famosa armadura; pero obligados a usarla, no tuvieron más que hacer.

Por esos días realizamos una expedición a los toldos de Pincén, y después de arrebatar algunos prisioneros y de tomar algún ganado acampamos en Malal para que descansaran las cabalgaduras.

Estando allí fuimos atacados por los indios y obligados a desprender guerrillas que protegieran nuestra columna.

En una de esas guerrillas iba un soldado que había manifestado el deseo de probar la coraza haciéndose lancear en la primera ocasión. Y como ésta se le presentaba en Malal no quiso desperdiciarla.

Diciendo a gritos que el caballo mordía el freno, se apartó de las filas, a media rienda, en dirección a un grupo de indios, encima de los cuales consiguió dar vuelta a su mancarrón. Los salvajes, al ver a este individuo tan cerca de ellos, lo corrieron y lo alcanzaron. El soldado, que llevaba el sable en la mano, ni siquiera hacía ademán de parar las lanzadas que, afortunadamente, no conseguían atravesar la coraza.

De pronto uno de los indios, viendo que ese hombre era invulnerable en el cuerpo desató las boleadoras y aplicándole con ellas un golpe feroz en la cabeza lo derribó. Y lo hubieran ultimado allí mismo si en ese momento no acudiese, en su protección, la guerrilla de que formaba parte y que mandaba el capitán Morosini.

Supo esa misma noche el coronel Villegas que la disparada del caballo fuera un pretexto del soldado para hacer lo que hizo y mandó que lo castigaran poniéndolo, cuando acampásemos, media hora en el cepo de campaña. pero tres días después en Trenque Lauquen lo ascendió a cabo primero.

Capítulo XIII

El 17 de octubre de 1877 los soldados María Saldaña, Eustaquio Verón, Vicente Peralta y Francisco Ledesma que habían sido destacados en función del servicio, consumaron deserción, llevándose los caballos, las armas y el equipo.

Después de entrarse el sol fue desprendido, en persecución de aquellos desertores, el capitán Morosini, al frente de una partida liviana y bien montada con la cual marchó a rumbo toda la noche. Al aclarar estuvo sobre el rastro de los fugitivos, no tardando en alcanzarlos.

Al ver estos que no podían escapar, echaron pie a tierra a orillas de una pequeña laguna y se dispusieron a la resistencia. De una y otra parte se rompió el fuego, sosteniéndose encarnizado y tenaz por más de una hora.

Saldaña, que animaba a sus compañeros con la voz y con el ejemplo, cayó el primero, herido de un balazo en la frente. Los demás siguieron batiéndose, hasta que agotadas las municiones, no tuvieron más remedio que dejarse prender.

Llegaron al campamento a eso de las cuatro de la tarde y apenas entregados a la guardia de prevención en calidad de presos, se reunió el consejo de guerra verbal que había de juzgarlos.

Comparecieron los tres milicos ante el tribunal, resignados y serenos. Se habían desertado, dijeron, porque cumplidos hacía largo tiempo sus compromisos querían volver a sus pagos.

Fue todo.

El consejo mandó retirar a los acusados, deliberó breves instantes, y haciéndoles comparecer nuevamente pronunció la sentencia. Uno de los tres sería pasado por las armas; los otros dos condenados a presidio.

La aplicación de las penas sería por sorteo.

Dentro de una caja de guerra echaron tres cédulas cuidadosamente dobladas. Dos eran blancas: la vida; la otra negra: el banquillo.

Se adelantó Peralta y metiendo la mano dentro de la caja extrajo una de las cédulas: blanca. El hombre respiró con toda la fuerza de sus pulmones, miró a los jueces con asombro y fue a sentarse tambaleando.

Le toca el turno a Ledesma. Hizo un esfuerzo para acercarse a la mesa fatal y se vio desfallecer. El individuo temblaba.

- Siga no más, compañero -le dijo mansamente Verón-, saque sin miedo, que la negra es para mí.

El tribunal impuso silencio. Todos estábamos emocionados. Llegó Ledesma, extrajo su cédula... blanca también.

Entonces se levantó Eustaquio Verón, y sin que en su rostro ni en su porte se observase la menor impresión, tomó la cédula que había quedado: la muerte.

Fueron llevados los reos. Ledesma y Peralta, al calabozo; Verón a la capilla que se había preparado mientras el consejo funcionaba. Debía ser fusilado al día siguiente a las ocho de la mañana.

En el centro del cuartel, iluminada por unas cuantas velas de sebo, se destacaba triste y sombría la carpa en donde el pobre milico iba a pasar las últimas horas de aquella existencia amarga que no tuviera para él, desde la cuna al sepulcro, un solo instante de placer ni alegría. Destinado -sepa Dios por que herejía de algún comandante militar de Santiago del Estero- servía en el regimiento desde largos años atrás, sin lograr, como era entonces de práctica, que lo licenciaran al cumplir.

Aquellas épocas eran duras para el infeliz condenado al servicio. Llegaba con fama de bandido, casi siempre; y, en consecuencia, era tratado como pillo.

Algunos se aquerenciaban y vivían contentos y felices conceptuando que para ellos el mundo era el cuartel, y la familia el escuadrón. Se divertían corriendo avestruces y boleando gamas- y se deleitaban saqueando una toldería o entreverándose a sable limpio, con un malón. Otros, más indomables o menos filosóficos, tomaban la cuestión por el lado trágico, y en la primera oportunidad desertaban.

De estos, muchos conseguían escapar y libertarse. Los demás eran aprehendidos; y entonces les esperaban las estacas y el recargo, o, como al desgraciado Verón, la muerte.

El pobre condenado demostró en sus postreros momentos un valor asombroso y una palma heroica y admirable.

Cuando lo visitó en la capilla el jefe interino del regimiento, mayor Germán Sosa, para preguntarle si tenía algún deseo o se le ocurría alguna recomendación se levantó rápidamente, a pesar de la incomodidad que le causaban los grillos, se cuadró y se llevó la mano a la visera del kepi para saludar militarmente.

Sentándose luego, por indicación del jefe, manifestó que no deseaba nada. Ya el proveedor, señor José María Flores, le había llevado un atado de cigarrillos negros, y ya los compañeros le habían agasajado cumplidamente llenándolo de mates, cebados "como para levantar a un muerto".

En cuanto a recomendaciones, tenía que hacer una. En Santiago del Estero debía existir su anciana madre. Rogaba que le hiciesen saber su suerte, a fin que la viejita no lo estuviese aguardando al ñudo y gastando en velas por su regreso.

Al despedirse el mayor Sosa, encargándole que tuviese coraje y se portara como soldado del 3º, contestó sin afectación, tranquilo y seguro de su valor.

- Pierda cuidado, mi mayor. Ni sentado en el banquillo ha de tener que reprender por flojo a su soldado Verón.

La ejecución de este infeliz había sido fijada para las ocho de la mañana, de modo que cuando se tocó la diana en el campamento se le despertó para que se preparase.

El hombre había dormido profundamente, de un solo tirón y hasta había soñado que se encontraba batiéndose en los toldos con una indiada formidable. El coronel Villegas, cortado del grueso del regimiento peleaba solo contra un grupo de indios que lo tenían medio loco a lanzazos. Ya perdía pie, de puro cansado se le caía el sable de la mano, cuando él, Verón, llegando de improviso a todo lo que daba su flete, hacía un desparramo de bárbaros y ofreciendo el anca de su caballo al jefe le decía: "Monte no más, mi coronel". Y, en seguida, coronel y milico, saltando sobre la horda sorprendida y asustada, ganaban la pampa, libres, salvos los dos, cubiertos ambos con el mismo gajo de laurel que habían conquistado en el combate. Luego, al llegar a las filas del cuerpo que ya lloraba perdido a su gran caudillo, los ecos del clarín que celebraban la victoria le crispaban los nervios de entusiasmo; y cuando el jefe le pegaba en la manga derecha los galones de cabo, no pudiendo resistir, caía desmayado...

Abrió los ojos, como si volviera de un mundo extraño y desconocido, y al sentir la pupila herida por el reflejo de las velas de sebo que ardían en la capilla, comprendió que despertaba para morir. Se levantó lentamente, y dirigiéndose al oficial de guardia, juzgando que la hora había llegado, dijo suavemente.

- A la orden, mi alférez.

- Aún no es tiempo, Verón -repuso el oficial conmovido-. Siéntese, y tenga esperanza. El coronel -usted sabe cómo es de bueno- puede todavía perdonarle la vida. Entretanto, ¿que desea usted que le sirvan?

El soldado fijó la vista en su oficial. Más que angustia reflejaba ironía la mirada. Bien sabía que estaba en las manos de su jefe prolongar aquel pucho de existencia que le habían dejado cuarenta años de amarguras; pero, ¿acaso se perdonaba a los desertores? ¿No existía un bando terrible y no se había ejecutado poco antes a otro soldado del 2º de Infantería por el mismo delito?

Y después de todo, ¿qué era morir?

¿No se moría todos los días en aquel infierno del campamento, colgado del palo por la infracción más insignificante, descoyuntado en las estacas por el menor olvido, deshecho en las carretas de baquetas por falta de una lista? ¿No se moría todas las horas, de vergüenza y de dolor cuando cualquier mocosuelo, por el sólo hecho de ser oficial o clase dragoneante, lo agarraba a palos o a sopapos a un hombre como él, a quien le sobraban coraje y alientos de macho para dar y prestar?

La muerte impone a los maulas; a los que han nacido varones les sonríe y hasta los hace aparceros.

Había jugado toda su plata a una carta y la perdía... ¡Paciencia y aguantar! No todas eran flores en el jardín, ni todos los hombres nacían para obispos; en cambio ninguno había de quedar para semilla... -

No deseaba gran cosa: unos mates para entonar el estómago y un cigarrillo para pasar el tiempo.

De pronto, oyéronse grandes voces en la guardia de prevención; los soldados corrían de un lado para otro, sacando las monturas de las carpas; los sargentos volaban con rumbo a la mayoría; los oficiales iban y venían, del cuartel a la comandancia; circuló un rumor terrible, atroz, que daba miedo. . .

Los indios nos habían robado íntegra la caballada blanca!... ¡La reserva y la fama del Regimiento 3º de Caballería de línea! ¡Su honor también!

Capítulo XIV

Al terminar la campaña de 1874, las tropas que se hallaban en Junín, y que procedían de los diversos campamentos avanzados de la frontera, se repartieron las numerosas caballadas que había recolectado la revolución en su marcha a través de la provincia de Buenos Aires.

El coronel Villegas, que sabía que el dominio sobre el bárbaro solo podía alcanzarse superándolo en elementos de movilidad, aprovechó la coyuntura para dar a su regimiento el mayor número posible de caballos. Reunió, para su cuerpo, más de seis mil animales de silla; y, luego, seleccionado lo mejor de lo más bueno, formó un grupo de seiscientos caballos blancos, tordillos o bayos claros, destinados a servir de reserva o para el combate.

Y aquella masa que de lejos parecía una bandada misteriosa de fantasmas, llegó a obtener renombre en la frontera. Los blancos de Villegas infundían terror en el aduar del salvaje; y no hubo malón que se atreviese a desafiar la rapidez y el aguante de aquellos fletes insuperables. Cuando el "3º de fierro" se enhorquetaba en su reserva parecía una tropa de titanes volando en alas del huracán. Y al soplo gigantesco de aquella tromba las indiadas huían despavoridas, abandonando sin combate, sin amago de resistencia siquiera, el robo y los cautivos que llevaban.

¡Qué regimiento era el 3º, Dios mío! ¡Y qué pedazo de jefe el coronel que lo mandaba!

Los blancos pasaban mejor vida que el milico: Si hacía mucho frío y no había mantas, el soldado tenía la obligación de quedarse muy en cuerpo para tapar con el poncho a su caballo. Podría faltar, como faltaba seguido, galleta para la tropa; pero los mancarrones no carecían de forraje aunque hubiese que ir a buscarlo en la luna. Así estaban siempre gordos, lustrosos, cuidados y atendidos como no lo estaban los mismos oficiales de la división.

Después de terminado el consejo de guerra que había condenado a Verón, el comandante dispuso que la caballada blanca se tuviera durante la noche en un corral que había a pocas cuadras del campamento, a fin de que al día siguiente formase el regimiento en la ejecución. En la puerta del corral colocó una guardia de ocho soldados al mando del sargento Francisco Carranza.

La noche pasó tranquila, serena, sin una alarma, sin un indicio que pudiera acusar la menor sospecha de peligro. Al toque de diana los soldados de Carranza se despertaron y apenas aclaró vieron con terrible asombro que la caballada no estaba en el corral.

¿Qué diablos era aquello? ¿Cómo habían salido los caballos? ¿Quién los había sacado?

En el fondo del corral, la zanja estaba borrada; y por aquel portillo, la caballada perfectamente amadrinada había salido sin ruido, dejando burlados a sus cuidadores.

La rastrillada iba allí no más, en dirección al desierto, y se veía claramente que la arreaban unos cuantos jinetes, cuyas lanzas al arrastrarse en el terreno sin pasto dejaban impresa su huella conocida.

No había dudas: los indios habían realizado un golpe maestro, jugando a los milicos de Villegas una partida soberbia.

El sargento Carranza, en cuanto se convenció de su desgracia, se dirigió sin vacilar a la comandancia para dar cuenta de lo ocurrido.

Sabía el viejo veterano que aquel descuido podía costarle la vida y, disciplinado hasta lo sublime, quiso afrontar todo el riesgo antes de agregar a su falta el crimen de deserción.

Villegas salía de su rancho en el momento preciso en que llegaba a él Carranza.

- ¿Que hay de nuevo sargento? -preguntóle el Coronel.

- Ocurre, señor -repuso el milico cuadrándose rígidamenteque los indios me han llevado, durante la noche la caballada blanca.

- ¿Que dice usted? -gritó Villegas echando mano a la cintura en busca del revolver.

- Que los indios se llevaron los blancos.

- ¿Y cómo se ha salvado usted?

- Nos hemos salvado todos porque no hemos sentido nada.

El coronel miró largo rato al sargento sin despegar los labios. ¿Qué sentencia estaría elaborándose en aquel cerebro?, ¿qué sentimientos, qué impresiones agitarían aquel espíritu?

El sargento, pálido, pero rígido y estoico, aguardaba.

De repente, el coronel, con suave acento, casi amistoso, le dijo al sargento:

- Vaya a llamar al mayor Sosa.

El mayor Germán Sosa -valiente y cultísimo oficial- era el segundo jefe del 3º de caballería, cuyo mando desempeñaba accidentalmente por ocupar el coronel la jefatura de la frontera.

Cuando el sargento le manifestó lo que ocurría y agregó que el coronel lo llamaba, supuso que recibiría la orden de fusilar sin más tramite al viejo veterano que tenía allí delante, y como se trataba de un servidor lleno de méritos y de gloria; como se trataba de un soldado lleno de servicios y de campañas, no pudo contener una lágrima de pena. Secóse los ojos con el revés de la mano y seguido del pobre Carranza se dirigió al alojamiento del coronel.

Villegas se paseaba un tanto nervioso e inquieto delante de su rancho. Cuando vio llegar a su segundo se detuvo y le dijo:

- Mayor: esta buena pieza se ha dejado robar los blancos. Dentro de una hora tendrá usted aquí la caballada que viene del fortín Farias. Apronte cincuenta hombres del regimiento para que vayan en busca de nuestros caballos. En cuanto a éste, agregó mirando al sargento y haciendo una pausa espantosa, lo lleva con usted; y, si no borra la falta que ha cometido, conduciéndose como debe, le hace pegar cuatro tiros por la espalda -y añadió-: dentro de media hora estará formada la división para que se cumpla la sentencia del consejo de guerra.

Así fue. A las seis de la mañana estábamos en cuadro en las afueras del campamento, y minutos más tarde el infeliz Verón pagaba con su vida el tributo de sangre impuesto por las ordenanzas militares.

Cuando el pobre reo llegó al cuadro, después de escuchar arrodillado al pie de la bandera, la última lectura de la fatal sentencia, se levantó sereno, tranquilo y mirando a sus compañeros de tantos años de peligros y de fatigas, exclamó:

- ¡Viva la patria!

Marchó al lugar del suplicio y una descarga selló el acto.

La vindicta militar quedaba satisfecha.

Capítulo XV

Apenas de vuelta en el cuartel -téngase presente que dábamos este nombre a un recinto cercado de tierra apisonada y dentro del cual se veían alineadas algunas carpas que servían de alojamiento a los oficiales y a las clases- se designó la partida que había de marchar en busca de los blancos.

Éramos cincuenta individuos -incluso los cadetes Supiche y Villamayor- al mando de los mayores Germán Sosa y Rafael Solís, del capitán Julio Morosini y de los tenientes Spikerman y Alba. Se nos dieron unos pedazos de charque como ración de cuatro días; se nos completo la dotación de municiones hasta cien tiros por plaza; y a las ocho de la mañana emprendimos la marcha.

Al pasar por la comandancia hallamos al coronel Villegas que le dijo -a manera de instrucción y despedida- al mayor Sosa:

- No vuelvan ustedes sin los caballos.

A mediodía, después de una larga trotada bajo los rayos de un sol que empezaba a molestar demasiado, hicimos alto en Mari Lauquen, distante pocas leguas del campamento, y ya en pleno dominio del salvaje.

Desensillamos, se ataron los caballos de reserva y nos dispusimos a pasar la siesta, estableciendo previamente y a respetable distancia un delicado servicio de seguridad. No olvidaba el mayor Sosa que pocos meses antes los indios habían tenido seriamente apurada en aquel mismo paraje a la partida del teniente Maza.

Por fortuna la tarde transcurrió sin novedad; y ya entrada la noche seguimos nuestro camino con rumbo a los toldos. A la madrugada pasamos por Sanquilcó, y a las diez de la mañana divisamos los primeros montes en las cercanías de Loncomay.

Hicimos alto. El mayor Sosa llamó aparte a su segundo, Solís, y le dijo:

- La orden que traigo del coronel es una orden tremenda que, si por mi parte, no pienso descartar, tampoco estoy resuelto a cumplir en absoluto.

"Seguir adelante con este grupo de soldados es condenar a todos a una muerte sin gloria y sin provecho.

Hace falta el sacrificio de una vida, y esta vida no puede ser sino la mía.

Vamos a establecer nuestro campamento en ese bajo que se divisa allá cerca. Durante la noche me ausentaré con el sargento Carranza; y ambos iremos hasta donde nos encuentre algún malón al cual le venderemos la existencia, tan cara como nos lo permita nuestro valor y nuestras fuerzas. Mañana se apercibirá usted de mi ausencia, desprenderá descubiertas en mi busca, y cuando vuelvan sin haberme encontrado, regresará usted al campamento conforme a las instrucciones terminantes que hallará escritas y firmadas dentro de mi valijín."

- Pero mayor, repuso el noble viejo Solís, conmovido hasta las lágrimas por aquel sublime rasgo de abnegación- yo no puedo consentir que realice usted ese proyecto. En todo caso iremos juntos; y si está de Dios que aquí concluyan nuestras penas, que nos encuentren juntos en la muerte, así como nos han visto ligados en la vida. . .

- De ninguna manera, interrumpió Sosa vivamente. Lo dicho, dicho está. Yo mando; usted obedece. Ni una palabra más.

- Ahora -agregó- adelántese usted con el cabo Pardinas y reconozca ese bajo y ese monte a ver si podemos encontrar en él pasto para los caballos y seguridad para la tropa.

Mientras duró la conversación de nuestros jefes, nosotros permanecíamos en nuestra formación de marcha, esperando a que se nos mandara seguir.

Vimos alejarse al mayor Solís, acompañado de Pardinas y sospechamos que iría en busca de lugar para acampar.

Transcurrió poco más de medía hora.

De pronto vimos al cabo Pardinas que se dirigía hacia nosotros a medía rienda, revoleando en alto, y como llamándonos, un gran pañuelo.

Vio la señal el mayor Sosa y corrió al encuentro del milico.

¿Qué pasaba?

En aquel monte había unos toldos. Y en el bajo de la laguna nuestros blancos y además una caballada grandísima que pastaba tranquilamente y sin cuidado alguno. El mayor Solís había quedado en observación.

- ¿Y los indios? -preguntó el mayor.

- Deben estar durmiendo y confiados, señor -repuso el cabo-. Solo hemos divisado cerca de un toldo un caballo blanco de los nuestros atados en el palenque.

Llevábamos de tiro los caballos de reservas. Los enfrenamos y saltamos en ellos.

Veinte individuos, guiados por el teniente Alba, debíamos atropellar al bajo y arrebatar las caballadas. El resto de la fuerza, con Solís, cargaría sobre los toldos.

A toda brida nos lanzamos al bajo. Los blancos, apenas sintieron el ruido de los sables y los gritos de los soldados, se agruparon y puntearon hacía el camino. Los demás animales fueron reunidos en un verbo.

Entretanto, nos llegaba del monte el estampido de las armas, y mezclado a él, alaridos, llantos, imprecaciones, rumor confuso de golpes, la batahola de un combate encarnizado, de una matanza salvaje y espantosa.

Oímos el toque de llamada y, echando por delante nuestro arreo, marchamos a incorporarnos al grueso de la fuerza.

Contaré lo que había pasado, en dos palabras.

Una punta de indios audaces -los que habitaban la toldería que acabábamos de sorprender- resolvieron, en consejo de valientes, darle un malón al coronel Villegas, a ese toro que se tenía por inatacable y por invencible, en sus propios dominios y en medio de su famoso regimiento. Llegaron al campamento, y viendo en el corral nada menos que a la celebre caballada blanca apenas custodiada por un grupo de individuos que dormía confiadamente, practicaron un portillo en la zanja y echando mano de las madrinas se hicieron seguir por el resto de los pingos. Se alejaron del fuerte poco a poco y despacio, y cuando estuvieron a distancia, rumbearon a la toldería y ¡hasta luego! La jugada era famosa y el triunfo descomunal e inesperado.

Fuera de la línea de la zanja se juzgaron en la más completa seguridad y así que llegaron al toldo ya ni se preocuparon de que podía alcanzarles la mano, un tanto pesada, del temible coronel. Tan grande era la confianza a que se entregaron que ni siquiera divisaron la enorme polvareda que debíamos levantar en nuestra marcha. Cuando les caímos encima se encontraban unos durmiendo a pierna suelta, y otros jugando al naipe como si los protegiera de todo avance el mismísimo hualicho. Sólo tenían en aquel momento un caballo atado que, de fijo pertenecía al tropillero encargado de cuidar las caballadas. Este bribón de tropillero fue el único que consiguió escapar, y en verdad que su fuga casi nos cuesta demasiada cara.

Componían la toldería ochenta y tres indios de pelea, incluso el fugitivo, y ciento veintinueve de chusma: mujeres y muchachos.

El mayor Sosa llegó sin ser sentido hasta pocos pasos de los toldos. Lo vieron demasiado tarde para escapar y defenderse. En un abrir y cerrar de ojos estuvieron en el suelo los hombres capaces de tomar las armas y reducida la chusma.

Cuando llegamos nosotros, los milicos estaban llenando las maletas con lo que hallaron a mano: frenos, riendas, estribos de plata; ponchos, matras, cojinillos; facones, boleadoras, espuelas... todo un bric-a-brac en el cual no faltaban mates, bombillas, pañuelos de seda, sombreros de anchas alas, etc.

Terminada la acción en el toldo, el mayor Sosa dispuso que ensilláramos los caballos tomados a los indios para emprender inmediatamente la retirada, que se imponía con tanta mayor urgencia cuanto se divisaba en una loma el hilo de humo con que el indio escapado pedía auxilio a las tolderías vecinas.

Veinte hombres salimos adelante con el arreo y las chinas prisioneras, y el resto de la tropa se puso en camino escoltándonos prudentemente a distancia.

A las cuatro de la tarde, más o menos, empezamos a divisar algunos grupos de gentes que venían del lado de Toay, cuartel general de Nahuel Payun, atraídos por el aviso que les diera el indio salvado. Comprendiendo lo que esas apariciones significaban, apuramos la marcha, sosteniéndola al trote y al galope. La cuestión era ganar terreno y acercarnos todo lo posible a la zanja antes de ser batidos por fuerzas considerables en pleno desierto.

Cerca de la entrada del sol, y cuando divisábamos los médanos de Potroló, nos alcanzó una fuerte partida de bárbaros, que avanzaba con la intención visible de cerrarnos el camino.

Sosa tendió su fuerza en guerrilla y desprendió sobre el punto amenazado un piquete al mando del capitán Morosini. Este heroico oficial sostuvo y quebró la primera carga.

Nahuel Payun en persona -el capitanejo más valiente de Pincén- nos salía a la cruzada. Reunió cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las caballadas resuelto a dispersarlas. Antes de llegar tropezó con un grupo que mandaba Sosa, y al pretender desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini. El espectáculo debía ser magnífico, imponente. Nosotros huyendo en una nube de polvo, mezcladas mujeres y caballos, arreando las chinas y los animales, a punta de lanza, gritando como locos, y allí un poco a la izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del estruendo de las armas, pretendiendo los unos arrollar al puñado de bravos que se levantaba como inquebrantable barrera, entre el furor del bárbaro y la presa del cristiano; forcejeando los milicos por contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza.

Venció el milico, y mientras el salvaje se reponía y aguardaba refuerzos, nosotros pudimos rehacernos también y mudar caballos. La retirada iba a tomar todo el aspecto de una fuga. Que nadie se apartase del camino. Las lanzas tomadas a los indios que las llevásemos nosotros, los del arreo, y orden de matar en ellas al animal que se cansara. No había que dejar un solo caballo vivo.

¿Y las indias?

Podían las mujeres y los muchachos seguir nuestra fuga; podrían mudar caballo como nosotros, sin detenerse enlazando con el maneador, saltar en pelo y no entorpecer la marcha?

- ¡Lanza a todo lo que se aplaste o se quede! -gritó Sosa, volviendo al frente de su reserva, y ordenando al trompa de órdenes que tocase galope.

En ese instante nuestra columna seguía el orden siguiente: en el camino las caballadas, las prisioneras y nosotros. Al flanco derecho el teniente Alba con diez hombres, al izquierdo Morosini, y cubriendo la retaguardia el mayor Sosa.

Después de entrado el sol, entre dos luces, los indios volvieron a la carga y fueron nuevamente rechazados por Sosa. Venía la noche, y ella nos ponía a cubierto de todo ataque resuelto. A las doce llegamos a Sanquilcó e hicimos alto. Nos faltaban cerca de sesenta prisioneros y más de un centenar de caballos. Se habían cansado en aquella espantosa correría.

Una hora más tarde, en camino. Al amanecer pasábamos por Mari Lauquen sin que los indios, que nos perseguían desde lejos se hubieran atrevido a atacarnos. Se desprendió al cabo Pardiñas para que fuese al campamento con la noticia de nuestra vuelta; y a las dos de la tarde entrábamos en Trenque Lauquen, caballeros en los blancos que escarceaban estimulados por la espuela de sus jinetes y pasamos al tranco, alineados como en el campo de ejercicio, por delante de !a comandancia en cuya puerta estaba de pie un tanto pálido de emoción, con el sombrero sobre la nuca, el coronel Villegas. Hicimos alto, y adelantándose el mayor Sosa le dijo al coronel:

- Se ha cumplido la orden. Ahí están los blancos y algunos caballos de los indios. En seguida pasaré a V. S. el parte detallado.

- Perfectamente -repuso Villegas.

Luego, viniéndose a nuestras filas nos dijo:

- Así me gusta. Se han portado ustedes como soldados del 3º. Tendrán cuarenta y ocho horas de permiso, y se les regalará a cada uno un caballo de los tomados a los indios. En cuanto a las mujeres -agregó dirigiéndose a Sosa- a ver si quieren vivir con los milicos. Ninguna rehusó. Y al día siguiente a las familias del regimiento se incorporaba un nuevo contingente social.

Desensillamos, soltamos los caballos y a seguir nuestra vida acostumbrada, de guardias, de fajinas y de aventuras.

Capítulo XVI

Hace treinta años éramos ocho compañeros -cadetes en el Regimiento 3º de Caballería- y cabíamos, si no con desahogo, alegremente en un mezquino rancho de adobes, dentro del cual -si tuviera puerta que cerrase- no habría aire suficiente para dos. Hoy, si fuéramos obligados a parar rodeo, no llegaríamos a cinco; y, sin embargo, nos va pareciendo incómodo y pequeño el mundo para vivir. Mirando para atrás se me antoja el rancho aquel - desmantelado y en ruinas- más lleno de encantos que no la abrigada y buena casa en que veo escurrirse los últimos años de esta existencia perra, como los eslabones de una cadena que va cayendo en el abismo. Es que entonces teníamos quince años y albergaban en nuestras almas todos los ideales, y en nuestros corazones todos los afectos y todos los cariños, que el tiempo va reduciendo a escorias o disolviendo en humo.

Éramos ocho, y cada uno tenía su misión determinada.

Crobetto, por ejemplo, era el encargado de aumentar las provisiones, hasta hacerlas suficientes, con achuras y sebo.

Villamayor, cuya gravedad lo habilitaba para el caso, tenía la misión de conseguir legumbres en las chacras, cuyas primeras cosechas llenaban de orgullo y de entusiasmo al coronel Villegas. Cualquier otro cadete que fuera visto en la proximidad de las sementeras habría sido cuidadosamente vigilado por los quinteros,y estoy seguro de que no podría regresar a la vivienda sin ser sometido al más escrupuloso registro. En cambio, Villamayor se paseaba sin despertar sospecha alguna por todas partes y en cualquier momento, simulando que estudiaba su Reglamento de maniobras, pero en realidad esperando la ocasión de caer sobre las hortalizas como Alarico cayera sobre Roma. ¡Y cuantas veces le vimos volver recitando en alta voz la "retirada alternada por medio de escuadrones", rellenas las piernas del pantalón, que la bota apenas con seguía sujetar, con preciosa carga de choclos y de papas!

Crobetto era otro hombre y otro estilo. Concurría diariamente a la carneada, y para hacerse luz con una riñonada o un asado no tenía rival. Enlazador y jinete incomparable, para ayudar a voltear un animal siempre estaba listo y preparado; pero ¡que no pestañease el ayudante! porque era capaz de alzarse con el matambre antes de sacarle el cuero al novillo.

Los lunes, por ser día consagrado a las ánimas, eran clásicos para Crobetto. Pasada la retreta, se echaba al hombro una bolsa y... al cementerio. Las mujeres, economizando los pedazos de sebo que conseguían durante la semana, hacían velas, y -¡pobre y buena gente- allá iban a encenderlas sobre las sepulturas sus amigos o maridos muertos.

Y el travieso cadete, considerando acaso que si una vela no basta para aliviar el alma de ningún difunto, alcanza en ocasiones para dar de comer a un vivo, recogía todos los cabos que hallaba a mano, y volvía cargado de grasa para el celebre banquete de los martes.

¡Qué tiempos aquellos, y sobre todo qué panzadas de guisos y tortas fritas, hechas con el sebo que robábamos a los muertos!

Sin embargo jamás tuvimos que acudir al doctor Vargas, médico de la división, ni a la vieja Culipín, curandera del regimiento, en demanda de auxilios profesionales para sanar del "miserere".

Lindando con el solar de nuestro rancho -tapia de por medio estaba la quinta de monsieur Fanton, el comerciante más rico del campamento. Y como rico y acomodado, monsieur Fanton se daba el lujo de poseer -además de una excelente huerta en la que había hasta frutillas en noviembre- un par de robustas y bien cuidadas lecheras. Nosotros vimos un día aquellas vacas; vimos a madama Fanton ordeñarlas y colmar un balde de apetitosa leche; y ahí no más sobre el pucho, con heroica decisión, resolvimos asociarnos al sibaritismo del vecino.

Empezamos por trabar amistar con el celoso guardián de la quinta, un formidable barcino, tal vez mestizo -por lo bravo y por lo astuto- de un tigre con una zorra; y, cuando aquella fiera se hubo rendido a nuestros halagos pérfidos, hasta el punto de consentir sin morder que le quitáramos las garrapatas de las orejas, dimos principio a la campaña.

Con relativa y calculada frecuencia -todas las noches habría sido matar la gallina de los huevos de oro- después que la familia de monsieur Fanton se recogía, Crobetto saltaba la tapia, ordeñaba una de las vacas y le largaba la cría. Por la mañana, madama Fanton se ponía furiosa con el peón a quien culpaba de no atar sólidamente el ternero, y cuando transcurría algún tiempo repetíamos la maniobra.

Un día cometimos -cometió el pobre Paradelo contra la opinión de la mayoría- la barbaridad de invitar a un compañero del Batallón 2º de Infantería a tomar mate de leche, y la generosidad nos costo cara. Creyendo el camarada que nos favorecía y nos honraba, divulgando nuestros lujos, hablo de la invitación, naturalmente exagerando lo del mate y diciendo, por su cuenta, que debíamos disponer de una cremería holandesa. La noticia llegó a los oídos de monsieur Fanton, y cierta noche en que Crobetto volvía al rancho con el balde rebosando blanca espuma, fue detenido y arrestado por orden del coronel.

A nosotros, como a cómplices del malhechor, se nos dio por alojamiento el cuarto de banderas y por límite del mundo las paredes del cuartel.

Pero no todo eran travesuras, ni se hacían méritos para el ascenso asaltando las chacras en busca de choclos o repollos ni profanando el sagrado cementerio en requisa de velas para el guiso. También nos tocaba, como decía el sargento Rosas -viejo veterano de la época del coronel Granada- "pitar del paraguayo fuerte".

Al rayo del sol, en plena siesta de enero, vestidos con uniforme de invierno; o en noches de formidable escarcha, sin otro abrigo que el traje de brin y un poncho roto y sucio, más parecido a criba que a prenda de vestir, se nos veía de eternos centinelas, rígidos como estatuas en las puertas del cuartel, o vagar, ora asfixiados o ateridos, hambrientos, cayéndonos de sueño, en las rondas de caballada. Porque el hecho de ser cadetes y aspirantes a oficial, no nos eximía de ningún servicio ni de ninguna fajina. Allá íbamos de chasqui llevando correspondencia a las líneas de fortines, si el caso se ofrecía, también se nos destinaba para hacer ladrillos o "dar una manito en la construcción de fosos y fortines".

En las expediciones -y por lo mismo que debía ponerse a prueba nuestra resistencia y nuestro espíritu- nos tocaba bailar con la más fea. Descubiertas, flanqueos, vanguardias, patrullas; vale decir, todo cuanto obligaba a estar eternamente despierto, a caballo, y sin comer, eran funciones del cadete. De esa manera se iba acumulando polvo de oro para transformar en galón de alférez la trencilla de lana que ostentábamos en el kepi.

En una de esas campañas pasóle a Crobetto una aventura que pinta su carácter, su valor y su espíritu, que por lo mismo que no ha de estar consignada en su legajo personal, cabe en estas reminiscencias, a manera de justiciero recuerdo.

A las órdenes del mayor Rafael Solís atacamos en Malal los toldos del cacique Pincén; y, como era de práctica, al iniciarse el ataque la columna se dividió en grupos de tres a cuatro hombres, a objeto de abarcar en el menor tiempo posible una mayor extensión poblada. Crobetto se fue acompañado del cabo Toledo, un viejo correntino célebre por su coraje, y de otro soldado más. Así llegaron a un toldo escondido en el monte y se apoderaron de las mujeres y los chicos, así como de las pilchas que encontraron a mano.

Toledo y el soldado se pusieron en camino -con rumbo al punto en donde el corneta tocaba llamada- mientras Crobetto se quedaba a cinchar el caballo. Se habían perdido de vista los milicos, entre los árboles, cuando de improviso se vio atacado Crobetto por tres indios que, armados de lanza y boleadoras se le fueron encima. Sorprendido el cadete, y no teniendo tiempo para apoderarse de la carabina que llevaba -por viciosa costumbre- atada a los tientos de la montura, echó mano al sable y se dispuso a vender su vida. En medio de una lucha encarnizada, y aún cuando había conseguido derribar a un indio de una estocada, Crobetto habría sucumbido, si no acierta a llegar, atraído por el ruido y por los gritos, un grupo de soldados que mandaba el teniente Arteaga. Pero, si el compañero logró salvar el pellejo, no fue tampoco impunemente. Los indios le habían acribillado las costillas a bolazos, y volvía el pobre muchacho encorvado de dolor. Nos encontramos en el campamento del mayor Solís, y llamándome aparte me pidió que le mirase las espaldas y los costados. Era un Jesús Nazareno, a fuerza de estar lleno de machucones. Se imponía, desde luego, la curación, que estaba a nuestro alcance, consistente en bañar con salmuera las partes magulladas. Pero... ¿y la sal?

Crobetto tenía una poca escondida en el fondo de sus maletas; pero juzgó más a propósito destinarla al asado.

- Las mataduras -dijo- se curan solas o no se curan con nada, mientras que el churrasco, si no está salado es indigesto y desabrido.

A las doce del día nos incorporamos al resto de la división en Fotá Lauquen, y esa misma noche Crobetto la pasaba sobre la montura de rondín en las caballadas. Una semana después, en Trenque Lauquen, fue necesario operarlo de los tumores que le habían salido a consecuencia de los golpes que recibiera.

En la expedición a Río Negro, durante aquella formidable inundación que nos tuvo sitiados durante veintitantos días, Crobetto fue la providencia de todos nosotros. El se alejaba a nado a buscar, en los despojos de los caballos ahogados, carne para matar el hambre y grasa para alimentar los fogones. Su achura favorita, el plato de su predilección, era la crinera, porque según decía, esa parte del animal no se descompone ni suelta mal olor. De ahí el sobrenombre cariñoso con que lo bautizamos de "tata crinera".

Una mañana -el racionamiento de la tropa se había reducido a un puñado de harina que amasábamos sin sal y cocíamos al rescoldo- el coronel Villegas divisó a lo lejos, un grupo de hacienda vacuna, refugiada en un islote que las aguas, en creciente, amenazaban cubrir.

Era necesario traer aquel ganado, costase lo que costase, allá fue mandado Crobetto con dos soldados nadadores. Me parece que aun veo a esos valientes salir del campamento en camisa y calzoncillos, descalzos, con una bincha en la cabeza, corriendo alegremente al más estéril de los sacrificios.

Nos hallábamos a fines de julio, el frío era espantoso, y aquellos infelices eran mandados a perecer ahogados o entumecidos. Vino la noche y los expedicionarios no regresaron. A la mañana siguiente se les vio retornar con una punta de animales; pero, ¡en que estado, Dios mío! Habían dormido en las ramas de los árboles, sin abrigo y sin fuego, reanimándose cuando creían desfallecer, con tragos de caña a la que se había mezclado, para hacerla más espantosa, jugo de tabaco negro.

Dos leguas, ida y vuelta, entre el agua escarchada no habían logrado abatir aquellos espíritus ni quebrantar aquellas energías de acero. Para llegar al islote era preciso nadar trechos muy largos por encima de algarrobos, y chañares cuyas espinas habían desgarrado en cien mil heridas el cuerpo de Crobetto y de sus compañeros.

Esta hazaña fue comentada en el campamento; pero veintiséis años más tarde el ex cadete Crobetto tuvo que retirarse con el grado de mayor, mientras que otros más felices, con menos servicios y con no más competencia profesional disfrutan pensiones de coronel... o general.

"Si no se nace p'al cielo al ñudo es mirar p'arriba".

Capítulo XVII

Con la muerte del doctor Alsina, ocurrida a fines de diciembre de l877, las operaciones en la Pampa cambiaron de carácter.

El malogrado ministro había llevado la antigua línea de Ancalú y del fuerte Paz hasta Carhué, Guaminí y Trenque Lauquen, y completado esa empresa con la apertura de aquella zanja que se extendía de fuerte Argentino a ltaló. No es de extrañar que el plan de Alsina tendiera, en el fondo, a la defensiva. Nadie, como él, tropezó con mayores dificultades para internarse en el desierto. Lista ya la expedición, estuvo a punto de fracasar, y hubiera fracasado si el heroísmo de las fuerzas que mandaba Levalle en Paragüil no hubiese roto la soberbia impetuosidad del indio.

Durante el ministerio de Alsina tuvieron lugar desastres como la sublevación de Catriel y la de Manuel Grande; y luego, cuando las tropas ocuparon Masallé, más de una vez se pensó en la retirada a los viejos acantonamientos.

La división de Levalle y la de Maldonado, que ocuparon la zona de Carhué y de Puán, antes de establecerse definitivamente, tuvieron que librar combates diarios en los cuales la victoria fue el premio de una audacia y de un valor desesperado.

Refieren los que tomaron parte en esa campaña que los cuerpos de Maldonado, hostigados incesantemente por la indiada, tenían que formar en batalla y establecer, entre una fila y otra, campo para que los caballos pastasen con seguridad.

Se comprende, pues, que el doctor Alsina fuera prudente, y que no quisiera comprometer el éxito de su campaña cambiando de método y de táctica.

Llamado a desempeñar el Ministerio de Guerra el general Roca, este militar, que había estudiado a fondo el problema del desierto, se propuso resolverlo de la manera más rápida y enérgica.

Mandó, a principios de l878 que las tropas se ocupasen exclusivamente de cuidar las caballadas y de almacenar forrajes, manteniéndose, entretanto, sobre la línea de fortines una extremada vigilancia.

Ya en noviembre de l874 -y contestando a una consulta del doctor Alsina- había dicho el general Roca: "Los fuertes fijos en medio del desierto matan la disciplina, diezman las tropas y sólo protegen un radio muy limitado. En mi opinión, el mejor fuerte y la mejor muralla para guerrear contra los indios de la Pampa y someterlos de un golpe, consiste en lanzar destacamentos bien montados que invadan incesantemente las tolderías, sorprendiéndolas cuando menos se espere. Yo tomaría por base de esta táctica las actuales líneas, donde reuniría, en vastos campamentos, todo lo necesario -en caballos y forrajes- para emprender la guerra sin tregua durante un año".

"Yo me comprometería a ejecutar en dos años el plan trazado: emplearía uno en prepararlo y otro en ejecutarlo. Una vez libre el desierto el gobierno economizaría sumas importantes y sólo emplearía cuatro o cinco mil hombres para mantener bajo su dependencia el territorio hasta orillas del río Negro."

Traía, pues, el general Roca, al Ministerio de Guerra, ideas hechas, largamente maduradas respecto a la difícil guerra de fronteras; y joven y firme en sus resoluciones, se proponía derribar de un sablazo al pavoroso fantasma que cerraba la puerta del desierto.

Apenas hubo pasado el invierno las divisiones se lanzaron a la conquista de la Pampa, realizando lo que alguien llamó con acierto "una serie de malones invertidos".

Y no era el indio quien vendría a quemar las poblaciones cristianas sobre las mismas trincheras, ni se daría el caso de que en una sola razzia como aquella que batió al comandante Lorenzo Vintter en la Blanca Grande, se llevara cerca de ochenta mil cabezas de ganado vacuno.

Ahora el soldado era quien caería de improviso sobre el toldo, y rescataría millares de cautivos que gemían en la esclavitud.

El hundimiento total del imperio bárbaro de la Pampa -dice el coronel Olascoaga- se efectuó con rapidez vertiginosa, coronando el éxito todas las empresas. Las expediciones parciales tenían por resultado la dispersión de tribus enteras, la liberación de cautivos, el rescate de los ganados robados y la destrucción de todos los campamentos salvajes.

Durante varios meses las buenas noticias se sucedieron sin interrupción.

El pueblo se despertaba diariamente sorprendido por el anuncio de una victoria. La civilización arrancaba, por fin, al vandalismo el dominio secular que poseía."

La campaña activa contra los indios empezó, siguiéndose el plan del general Roca, a mediados de agosto, y tres meses después, al finalizar noviembre, estaba concluida.

Marcelino Freyre se lanza desde Guaminí sobre las tolderías de Namuncurá, y después de seis días regresa trayendo considerable botín. Así dice en su parte: "Estoy de vuelta de Utracán. Durante la segunda noche de camino fui descubierto por exploradores de los indios, y entonces forcé la marcha hasta extenuar los caballos para llegar a Utracán, en donde fraccioné la división lanzándola en todas direcciones. Me apodere de 95 indios de pelea y 253 ancianos, mujeres y niños; he libertado seis cautivos y cayó en mi poder el capitanejo Lanqueleu, En los combates parciales murieron los capitanejos Cañolo, Atore; Calfimur y 73 guerrilleros. Hemos tomado 921 animales vacunos, 900 ovejas y 800 caballos.

Los indios habían abandonado Pichi Carhué, no sólo porque conocían mi marcha, sino porque Namuncurá les advirtió que el comandante García acababa de atacar el campo de Nahuel. El cacique Namuncurá con su familia abandonó sus tolderías tomando el camino a Chiloé".

En esta expedición se ilustraron y distinguieron por su bravura el teniente Fraga, hoy ministro de Guerra, el teniente Hernández, actualmente diputado nacional y muchos otros oficiales, cuyos nombres escapan a mi memoria.

Simultáneamente, Teodoro García, partido de Puán, cae sobre los indios de Cañumil, les mata 30 hombres y se apodera de 160 prisioneros, entre los cuales el hijo del mismo cacique.

Levalle penetra en los dominios de Catriel, arrasa las tolderías y vuelve con numerosos prisioneros.

Y detrás de Levalle se lanza Vintter al frente de 300 hombres, y esta vez consigue el sometimiento del indomable Catriel. "Su conducta -le dice el ministro acusando recibo al despacho en que le da cuenta de su operación- es digna de elogio. Con menos de 300 hombres ha penetrado usted en el desierto más de 60 leguas y llegado donde hace más de cuarenta años llegaron con dificultad las expediciones de Rosas; y hasta donde hace poco nadie se hubiese atrevido, sin llevar detrás un verdadero ejército."

Y vuelven Levalle y Freyre; y Vintter y García a sus correrías en la Pampa, y llegan a orillas del Colorado, y en menos de sesenta días de campaña concluyen con el poder de los bárbaros sometidos al imperio de Namuncurá.

Más al norte, Villegas se mide con el feroz Pincén, lo acosa, lo arrolla y concluye al fin por hacerlo prisionero.

En esta división sobresalen y descuellan Sosa, Ruiz, Moritain, Montes de Oca, Alba, Morosini; se cubre de gloria el "3º de fierro", y el 2º de Borges y de Emilio Mitre, demuestran que sus infantes son dignos sucesores de aquellos que se inmortalizaron en los esteros del Paraguay.

Racedo bate los dominios de aquel astuto Mariano Rozas, de aquel espantoso Epumer, de aquel homérico Baigorrita, cuya muerte hubiera dado celos al mismísimo Bayardo.

Un día penetra Racedo hasta Leuvucó, sorprende a Epumer, se apodera de este bárbaro y vuelve con 400 prisioneros y 3.000 animales rescatados. En la acción pierde 15 hombres, entre muertos y heridos; y como considera que estas vidas imponen un nuevo esfuerzo, vuelve y aplasta a las huestes de Mariano Rozas.

Rudesindo Roca, va en menos de quince días, dos veces a Poitahué y a Leuvucó, y se apodera de 500 prisioneros después de matar más de 150 guerreros.

Al expirar el año 1878, no hay en la Pampa una sola tribu capaz de intentar el más insignificante malón. Catriel, Pincén, Epumer, Cañumil, Nahuel Payun y Painé, están en poder de nuestras fuerzas; Namuncurá ha huido con los restos de su antiguo poderío al sur de Neuquén y Baigorrita se dispone a seguirlo convencido de que en la Pampa ha concluido el dominio secular de la barbarie.

Las tropas van a descansar de la enorme fatiga, a tomar alientos para llevar las líneas de la frontera a la margen del río Negro y del Neuquén.

Con haber tomado uno mismo parte en aquella brillante campaña de la Pampa; con haber participado de sus penurias y de sus glorias, viéndola ahora, a través del tiempo, rememorándola en la lectura de los partes oficiales que la relatan en detalle, el espíritu se siente hondamente impresionado y vienen, espontáneamente, estas palabras a los labios: ¡Cómo!... ¿Yo también fui de aquellos héroes?

Y no es que se hayan librado batallas como aquella colosal de Curupaity, ni que se haya asombrado al mundo con rasgos semejantes al que realizó el ejército argentino en Tuyutí. ¡No! Esta campaña es más obscura que la del Paraguay, y en ella todos los heroísmos y todas las abnegaciones pasan inadvertidas y en silencio.

Sin embargo, constituye un timbre de honor, y en épocas no lejanas resplandecerá gloriosa e inmarcesible en los anales de la patria.

Ahí está la División Racedo que, partiendo de Sarmiento el 4 de abril de 1879, marcha y vive a la intemperie, sin provisiones, sin carpas, a través de campos infestados por la sabandija y sin agua potable, hasta el 18 en que recién lo alcanzan las reses que envía el proveedor y la farmacia de campaña.

La miseria y la fatiga son tan intensas que muchos de aquellos soldados, no pudiendo resistirla, desertan.

¿Y si desertan?... Véase cómo el mismo general Racedo contesta a la pregunta en uno de sus partes:

"El 18, al pasarse lista de diana se constató la deserción de dos hombres. Mandé al teniente Maldonado en su persecución. "

A las tres de la tarde regresó este oficial trayendo a los desertores. Apercibidos a mediodía se les dio caza. El soldado Blas González, mejor montado que sus compañeros, alcanzó a los desertores y fue muerto después de un combate en que uno de aquéllos quedó herido.

Llegó el resto de la tropa y se apoderó de los culpables quienes, en seguida de llegar al campamento, fueron entregados al fallo de un consejo de guerra verbal que los condenó a muerte.

Los defensores, no pudiendo alegar ninguna causa atenuante, se limitaron a pedir gracia.

Mi situación era terrible. Mis sentimientos me inclinaron al perdón; pero la deserción en el ejército es un mal contagioso que solo puede cortar una resolución enérgica. Los desertores habían muerto a uno de sus camaradas. No podía perdonarlos sin afectar gravemente la disciplina.

Al amanecer del 19, el capellán prestó a los condenados los postreros auxilios de la religión: A las seis las tropas formaban para asistir a la ejecución. A las siete llegaron los reos, y sin manifestar la menor emoción escucharon de rodillas al pie de la bandera; la lectura de la sentencia. No los abandonó el valor un solo instante."

Y terminado este acto doloroso, la división sigue la marcha, cual si se hubiera detenido para cinchar o dar resuello a los caballos.

El 20 los cuerpos se fraccionan, se dispersan en un enjambre de patrullas cada uno con rumbo a determinada toldería, y el l7 de mayo se concentran y reúnen el botín tomado:

123 guerreros
879 de chusma
49 cautivos libertados
2.000 animales rescatados.

En pleno desierto sin recursos, sin carpas, sin provisiones, con un solo médico, el doctor Dupont, que se multiplica y se desvela hasta el punto de pasar un mes entero sin tiempo para cambiar de camisa; en un campamento numeroso estalla furiosa e implacable la viruela.

En quince días se pierde la cuarta parte de las fuerzas, y sólo se domina el flagelo cuando llegan, providenciales, las escarchas de junio.

Sin embargo, el buen humor no se pierde ni se abate, y así la fiesta de la patria -el 25 de Mayo- se celebra con el mayor regocijo, en medio del desierto y en torno de la muerte.

Copiemos del diario oficial este párrafo:

"25 (de mayo). La viruela hace estragos. Se enferman ocho soldados del l0º y 26 indios prisioneros. Celebramos la fiesta nacional en el centro de los dominios ranqueles. Se improvisa una compañía de acróbatas y asistimos a una sesión de ejercicios ecuestres que resulta un éxito. "La salida y la puesta del sol se saludan con salvas."

¿Se quiere un párrafo más hermoso, más singularmente heroico que estas líneas? ¡Amanece el día de la patria; se anotan 34 casos de viruela, y la gente se divierte, baila, ríe y hace pruebas!

Capítulo XVIII

Sería imposible abarcar, en el espacio los contornos de gigantesca nube si de ella no estuviéramos separados lo bastante para reducir la perspectiva a líneas capaces de caber en la retina. Del propio modo debemos dejar que los años transcurran para que puedan juzgarse en el tiempo, con equidad y con acierto, aquellas obras humanas que la pasión del momento desconoce o deforma.

Yo no pretendo establecer paralelo, si bien no fuera despropósito, después de haber visto parangonados, sin asombro, al vencedor de Farsalia con el caudillo de los Llanos; yo no pretendo, digo, establecer paralelo entre la campaña de César en las Galias y la expedición al Río Negro; pero sí, sostengo que la colosal maniobra que llevó al ejército desde Trenque Lauquen al Río Negro, es la más importante, la más fecunda, la más noble operación de guerra que se haya verificado en el Continente, después de la epopeya inmortal de nuestra independencia.

Despejar las tinieblas que envolvían, como en un sudario, al desierto y derramar en sus ámbitos regueros de luz, que como la del sol, llevaban todos los gérmenes de la fecundación en sus rayos; arrancar al salvaje veinte mil leguas de territorios capaces de albergar y enriquecer a cincuenta millones de hombres libres y entregarlas como en aguinaldo al país para que surgiera, como ha surgido de su pobreza y de su descrédito, grande y respetado, es algo que compromete la gratitud de la República.

Para historiar esa hazaña, acaso fuera necesario un López o un Mitre; para cantarla haría falta el estro de Andrade o el numen de Ercilla. Para revivir recuerdos anecdóticos de escenas desarrolladas al relampagueo de un sable o al brillo tembloroso de los fogones, no es instrumento impropio, me parece, el lápiz de un alférez con inclinaciones de reporter, ni creo que, con intentarlo, se eche en cara lo pedestre ni lo vulgar del estilo.

Al aclarar el día 9 de abril de 1879, estábamos listos para marchar, con las monturas en líneas, infladas las maletas por la provisión de víveres y vicios para quince días, gárrulos como loros barranqueros, alegres con la ilusión de llegar al río Negro, agobiados por el peso de las pilchas que soñábamos hallar en ilusorias tolderías.

De pronto oyóse en la comandancia el agudo toque de "a ensillar", y partimos al trote, con el bozal en la mano, a tomar cada uno su caballo.

En el vasto corral se atropellaban, asustados y rabiosos, levantando cegadora polvareda, los fletes que el gobierno nos mandara de refuerzo, y que, por recién llegados, no era posible conocer. Verlos y pedir a Dios su divina protección, fue todo obra de un segundo.

Aquello no eran caballos de silla; eran baguales más viejos que el diluvio, o cuando mucho redomones de un par de galopes, llenos de mañas y de vicios.

Pero, no había que hacer. Cada cual agarró lo que le cupo en suerte, y medio hora más tarde salíamos del antiguo campamento, jineteando o charqueando, cayéndonos y levantándonos, hasta que, rendidos de cansancio, se entregaron los pingos y se pudo, mal que bien, organizar los escuadrones.

Antes de mediodía, en cuatro horas de camino, habíamos andado dos leguas, y ya era preciso acampar. La generalidad de la tropa era gente "de a caballo"; pero, con todo no habían faltado los aporreados más o menos graves. Lo que sufrió mayormente, fueron las provisiones. Quedaba el campo sembrado de galletas y de yerba, y nosotros reducidos a reemplazar dentro de poco el mate por el té pampa!

¡Bien empezaba la campaña!

Sin embargo, por la noche, ardieron los fogones y mientras chirriaba la carne ensartada en los asadores, y cantaba el vapor en las ollas de puchero, los milicos reían festejando el cuento picaresco del camarada o zapateaban al compás de las guitarras gatos o malambos.

Para aquellos hombres no había malos tiempos ni golpes recios. Impagos, desnudos, hambrientos y castigados, iban lo mismo, indiferentes y alegres, al peligro que a las fiestas.

Después de salir de Trenque Lauquen, ya cuando los caballos habían entrado en caja, dominados por sus jinetes y la columna se organizaba regularmente, hubiera hecho falta que un pintor como Malharro, perpetuase por la magia de su arte aquel espectáculo curioso y singular.

Adelante, en la extrema punta de vanguardia, destacándose por el poncho blanco que flotaba al viento, como las alas de una fantástica mariposa, el coronel Villegas y su estado mayor: Montes de Oca, Ruiz, Solís, Alberto Biedma, Jorge Rhode. Más atrás el 3º de Caballería con su primer escuadrón de lanceros en columna de a cuatro, y en seguida el Batallón 2º, cuyos infantes habían rivalizado con los mejores jinetes de la división en la doma de baguales

Y luego las mujeres y los niños, cabalgando sobre montañas de pilchas, al compás de las ollas, de las pavas, de los platos que se golpeaban al traqueteo de la bestia.

A los flancos, la enorme caballada de la división, fraccionada en trozos de cien caballos, y cada trozo arreado por un soldado y dos mujeres sin hijos.

Aquello parecía antes bien un pueblo de guerreros antiguos en emigración que no el desfile de tropa moderna y regular.

El caballo de cada milico era un cambalache ambulante: en la montura la cama y un lienzo de carpa; a los tientos estacas, mazos, trabas, maneadores, ollas, jarros, la ración de carne para el día, sucia de sudor y de polvo; en las caronas, apretado con el cinchón, el asador; en la argolla del bozal la pava, y a media espalda la carabina o el fusil.

Así seguimos, y cruzamos Guaminí, Carhué, Puán, Fuerte Argentino y nos internamos en la Pampa, rumbo del Colorado, sin guías ni baquianos, por encima de las huellas que abriera el indio con sus arreos robados.

Llegamos a Salinas, fabuloso dominio de Calfucurá, y por último, después de un mes de marcha, hicimos alto en las cercanías del río Colorado. Allí debíamos aguardar la incorporación del general Roca, ministro de Guerra, al frente de la División de Puán y del 6º de Infantería con Vintter, Manuel Campos, Teodoro García, Cerri, Marcial Nadal, Fernández Oro, Voilajusson, Leyría, Romero, Olascoaga, monseñor Espinosa y tantos otros cuyo nombres es imposible recordar.

A esta altura la campaña estaba en todo su desarrollo, abarcando las operaciones militares una superficie mayor de diez mil leguas cuadradas. Racedo y Rudecindo Roca batían la zona en que dominaran los ranqueles; Godoy ocupaba los viejos pagos de Pincén y de Nahuel Payun, en Malal y Toay; Levalle la dilatada comarca en que reinaran los Catriel hasta más allá de la laguna de Carancho, y Napoleón Uriburu se desplazaba a lo largo de la cordillera de los Andes, para dominar la vasta cuenca del Neuquén.

Y entretanto los indios, hasta entonces soberanos del desierto eran amenazados por aquella formidable avalancha de hierro que los empujaba, obligándolos a buscar más allá de los grandes ríos australes, refugio para sus huestes desmoralizadas y deshechas.

La primera operación a que asistimos, bajo el mando directo del ministro de Guerra, fue el paso del Colorado.

Ancho, impetuoso, turbio a fuerza de arrancar y diluir en la ira de su rabiosa corriente la tierra de las barrancas que lo oprimen, vimos precipitarse atraído por el abismo del lejano mar, el caudaloso río, cuyas aguas limitan, por el sur, el territorio de la Pampa.

Un soldado lo cruzó en explorador, y detrás echáronse el ministro, su estado mayor, los regimientos, las mujeres, los carros, el ganado, las caballadas produciendo los alaridos de los caballerizos y de los carreros, las voces de mando de los oficiales y los gritos de las mujeres y los niños asustados, un concierto monstruoso que realzaba el formidable rezongo de la corriente.

Y cuando íbamos saliendo a la orilla, pudimos leer en un cartel que alguien colgara en las ramas de elevado sauce, estas palabras: "Paso Alsina".

Ningún nombre, por cierto, más digno de perpetuarse en aquel vado que venía a ser algo así como la puerta de honor para entrar en la Patagonia.

Una vez al sur del Colorado, nos hallábamos en el más completo misterio; y en adelante iba a guiar nuestra marcha la sola intuición del general en jefe.

Seguimos, pues, aguas arriba, unas veces culebreando por la estrecha senda que la barranca disputaba al río; otras abriendo picadas a filo de machete en los tupidos bosques de chañar y piquillín; otras escurriéndonos por entre espesos carrizales y enmarañadas cortaderas; pero sin perder un hombre ni un caballo, sin vacilar un instante en el rumbo ni en el propósito.

Por fin, el 21 de mayo resolvió el general Roca adelantarse con la División Villegas, para explorar la marcha del resto de las fuerzas y llegar, como lo tenía prometido solemnemente, a la hora de saludar, en las orillas del río Negro, el sol de nuestra independencia.

Alzamos carne para tres días y al aclarar del 24, nos deteníamos a la altura de Choique Mahuida. De allí partían numerosos caminos con rumbo general al sur, era allí seguramente el punto en que debíamos torcer para el Río Negro.

¿Pero qué camino era el que conducía a Choele-Choel? ¿Cual era el más fácil y más corto? Podríamos tomar uno al acaso y lanzarnos en peligrosa travesía, sin agua en esa estación, sin forraje para las caballa das y comprometer la suerte de la expedición.

El general Roca se puso a la cabeza de la columna, y confiando a su instinto o a su buena estrella la elección del camino, lanzó el caballo sobre la huella que mejor le pareció y dirigiéndose al corneta de órdenes le dijo:

- Toque al trote.

Y los dos cuerpos -el Regimiento 3º y el Batallón 2º- escalaron en breve la subida que conduce a la árida y triste altiplanicie que va desde el Colorado al Negro.

Así marchamos, parando solamente para mudar caballos, todo el día.

¿Íbamos bien? ¿Se habría equivocado el general? Tendríamos que desbandarnos, acosados por la sed, en aquellas pavorosas soledades que se extendían, se alargaban, se dilataban hasta perderse en los confines del lejano y neblinoso horizonte?

Seguíamos silenciosos, irguiéndonos sobre los estribos para aumentar el campo visual, cada vez que alguno pretendía descubrir a lo lejos el culebreo del río.

De pronto -el sol iba ya buscando su ocaso, detrás del tupido celaje de las nubes- vimos que el general detenía su caballo en lo alto de una lomada y señalaba a su frente.

"Al galope", indicó el corneta de órdenes, y envueltos en enorme remolino de polvo, nos precipitamos detrás del ministro.

Diez minutos o un cuarto de hora, en esa rauda marcha y ¡alto! Descorrida por el viento la cortina de tierra que nos impedía mirar a distancia, vimos serpentear allá abajo, en el valle profundo, la línea verdosa de los sauces, y dentro de ese marco, la plateada superficie del río.

En aquel momento todos los corazones latieron con violencia, todas las almas se estremecieron de alegría, todos los brazos se agitaron movidos por el entusiasmo. La República había suprimido el desierto, y sus dominios se extendían sin barrera que los cortase, hasta el extremo sur de Cabo de Hornos, en donde si la patria concluye es porque Dios no quiso hacer más grande el Continente.

Mudamos caballos. La División Trenque Lauquen no podía pisar el valle del Río Negro cabalgando en los matungos de marcha. Como en los días de la patria, o en los momentos de combate, debía ensillar aquellos "blancos" legendarios, cuyos cascos dejaran trazados en la Pampa los cimientos de futuras y prósperas ciudades.

Y en columnas por secciones, desplegadas al viento las gloriosas enseñas que la metralla paraguaya no consiguiera arrancar de sus astas; los dos cuerpos llegaron a la margen del misterioso río; y establecieron al borde mismo de la rumorosa corriente el primer campamento de Choele-Choel.

Después de lista, y cuando se hubo establecido el servicio de vigilancia en el campo y en las caballadas, se oyó el toque de "carneada".

Ya era tiempo. Hacía por lo menos veinticuatro horas que no comíamos, y el estómago, estimulado por la marcha del día y por el aire tonificante de la comarca, reclamaba, con imperio, un poco de atención.

En un verbo se enlazaron y se carnearon algunas yeguas, y bien pronto vimos alzarse y diluirse el humillo perfumado que desprendían los churrascos de potro, exquisito plato de aquel menú de gala.

Y estoy seguro que el general Roca no habrá hallado jamás en su vida -ni aún en los banquetes que más refinadamente le hayan preparado- un manjar que supiera como aquel pedazo de costillar de yegua que le sirvió de cena, en su tienda de campaña, el 24 de mayo de 1879.

Pero... ahora me apercibo que se me fue la mula. Quise hacer un poco de crónica, relatando episodios desarrollados en la marcha o a orillas del fogón, y sin darme cuenta, automáticamente, veo que he llenado numerosas carillas, cuya extensión, sirviendo de advertencia sana al lector, lo habrá salvado de un solo insípido y vulgar.

Pido perdón... y cambio de sonata.

Capítulo XIX

Poco antes de empezar la expedición llegó a mi regimiento un contingente de cuarenta o cincuenta individuos que venían de Jujuy, como voluntarios o enganchados.

¡Pobre gente! Casi ninguno era hombre de a caballo, así fue preciso conducirlos, desde Junín a Trenque Lauquen en los carros de la proveeduría. Los infelices, acostumbrados a la vida, al clima, al alimento del terruño, indolentes y apáticos caían de improviso sin transición, a un medio absolutamente desconocido y extraño para ellos, a lidiar con aquella runfla de traviesos y crueles milicos procedentes de Entre Ríos, de Corrientes, de las sierras de Córdoba o de la campaña de Buenos Aires, domadores, peleadores golosos de la carne de potro, forrados en la misma piel del diablo.

Para ellos -para los jujeños- eran los caballos más ariscos y mañeros; a ellos les tocaba la peor ración de carne, las horas de centinela más largas, los trabajos más penosos, las fatigas más duras. Y, como no aprendían rápidamente, o porque se equivocaban a fuerza de estar asustados, les llovía cada paliza que cantaban el credo. Si algún milico viejo perdía cualquier prenda o la vendía, iba en el acto a pegar golpe a los jujeños, y después, cuando llegaba la revista, para estos eran los palos, los plantones, los cepos y las estacas.

Salimos de Trenque Lauquen, y el primer día, o mejor dicho la primera noche, los jujeños se quedaron sin raciones. A mitad de camino agotadas las reses vacunas, tuvimos que consumir yeguas y aquí fue el acabose para aquellos desgraciados. Aparte de que les tocaba siempre el peor bocado, sus estómagos rechazaban en absoluto ese alimento. Apenas se mantenían con un poco de maíz cocido o con tortas de harina amasadas en la carona y calentadas en el rescoldo; Y se iban extenuando y consumiendo, quebrantando por falta de comida y exceso de suciedad. Dormían vestidos, sin sacarse las botas siquiera, y como venidos de un clima tórrido, eran refractarios al baño en las aguas heladas del Colorado y del Negro, sus ropas eran viveros de cuanta alimaña nace y se desarrolla en la miseria.

En Choele-Choel, durante la inundación murió uno de esos reclutas, y el médico tal vez no habrá podido decir si lo mató el hambre o lo comieron los parásitos.

- ¡Para qué -decía una mañana indignado el viejo sargento Rosas- nos habrá mandado esta roña el gobierno!

Y como le pidieron un soldado para ir de chasqui al fuerte Roca -que acababa de fundar el general Vintter- designó al jujeño Andrés Benítez a ver si el miedo lo mataba en el camino.

Partió el coya. Lo vimos salir del campamento vacilando sobre el caballo. La carabina le golpeaba reciamente en la espalda y la empuñadura del sable le magullaba las costillas.

- Donde se le aparece un piche --exclamó un milico al contemplar aquella estampa- el hombre acaba de penar. Ese no vuelve.

Y no volvió, en efecto.

Allá, a la altura de Chimpay, se encontró con un grupo de indios que cruzaban al sur. Y el infeliz, hambriento y miserable, que había soportado sin despegar los labios un centenar de manteos, echó pie a tierra y se batió como un tigre. La comisión que fue en su busca, creyéndolo perdido o desertor, lo encontró muerto, acribillado a lanzazos, en medio de una rastrillada enorme que denunciaba lo tenaz de su resistencia y lo heroico de su valor.

Había sucumbido vendiendo caro el mezquino pellejo. No lejos de su cadáver se hallaron los indios muertos por él. No pudiendo hacer uso de la carabina en el cuerpo a cuerpo peleó con el sable y cuando el sable fue demasiado pesado para su brazo, con el cuchillo.

Los compañeros, en vida, lo tenían por lote; después de muerto no se lo recordaba sin respeto y sin dolor.

¡Benítez era un bravo!

Capítulo XX

Habíamos cruzado el Colorado y las raciones escaseaban. La galleta era un articulo de lujo, y la yegua una ilusión.

De vez en cuando nos racionaban de harina y entonces en cada fogón había un banquete. Se hacían tortas al rescoldo o se freían en grasa de caballo. Luego las comíamos de una sentada y para evitar los peligros de un cólico o de un empacho, disolvíamos aquella masa indigesta, inundando el estómago con sendos jarros de té pampa o de tomillo. La ropa iba deshaciéndose podrida por las lluvias y desgarrada por las espinas.El tiempo se hacía crudo; y a medida que iban faltándonos el abrigo y las provisiones, el invierno se acercaba desprendiendo, a manera de advertencia o de amenaza, sus vanguardias de escarchas y de vientos.

De vez en cuando solíamos tropezar, en alguna ronda nocturna, con un caballo cortado de las tropillas, y si no había quien nos delatara o nos viese, hacíamos carne para rato.

¡Y que sabrosos y exquisitos aquellos fiambres de hígado de yegua, duros como piedra, pero caros a nuestro paladar y a nuestro estómago!

Las mismas mujeres de la tropa -previsoras como las hormigas- iban quedando con las maletas vacías, viéndose obligadas a substituir la yerba por el tomillo y a mezclar, en la chuspa del marido, el tabaco con las hojas de algarrobo.

La miseria nos invadía y contagiaba a todo el mundo. Una tarde sorprendí al mayor Sosa, nuestro jefe, desnudo y tiritando a la orilla del río. Acababa de hervir el vestuario en la olla inútil para otra cosa, y mientras las pilchas se secaban tendidas en las jarillas y en los piquillines, él se distraía echando y recogiendo un aparejo, en cuyos anzuelos se imaginaba ver salir de repente sabrosas y codiciadas truchas. Me retiré discretamente diciendo para mis adentros que el mayor era un chambón. Si hubiera querido pescar algo en realidad, debió poner en los anzuelos -antes de hervirlolos pantalones o la blusa. Así, a lo menos, no tendría necesidad de buscar lombrices para cebo, toda vez que en las costuras de aquellas prendas, los peces hallarían abundante y bien nutrida fauna.

Ignoro si al cuartel general habrá llegado, por error de los baquianos, alguna invasión de yaguaneses; pero tengo para mí que el general Roca, si leyese estas líneas, es capaz de sentir todavía escozor en el pescuezo. No se anda impunemente desprovisto de paraguas a la intemperie, sin que lo moje el agua cuando llueve.

Al fin, cuando menos lo esperábamos recibimos orden, los ayudantes, de concurrir a la comandancia en jefe en busca de raciones, Aquello fue un estallido de entusiasmo y de alegría. Íbamos a tener yerba, tabaco, arroz y galletas para tiempo. Los carretones que seguían al cuartel general, y que suponíamos depósitos de armamento y munición, estaban repletos de víveres y vicios. El comando no había descuidado un solo detalle, y si nuestras privaciones fueron grandes hasta entonces, era debido a que, portador cada soldado de su ración para un mes, la habría extraviado o consumido en la primera semana.

A partir de este momento la abundancia volvió a los campamentos y la expedición, con nuevos bríos, sintióse capaz de seguir al fin del mundo.

Llegamos a Choele-Choel sin contratiempo. Las indiadas que habían quedado en la pampa, estrechadas y envueltas en las maniobras de Racedo, de Levalle y de Godoy, se entregaban o huían, tratando de pasar a la Patagonia entre la columna que guiaba el ministro y la que conducía el general Uriburu desde la frontera de Mendoza. Sintiéndose hostigadas y perseguidas, no pudieron organizarse para venir a hostigar nuestra marcha, audaz y atrevida operación, durante la cual, y en trayecto mayor de noventa leguas, nos deslizamos ofreciendo el flanco al punto más peligroso del desierto.

Si el general Roca se hubiese equivocado, si hubiesen fallado las instrucciones que, antes de empezar de la campaña envió a los comandantes de división o de brigada, los indios habrían podido reunirse en masas considerables y comprometer nuestra marcha, arrebatándonos las caballadas, incendiando los campos o acosándonos incesantemente en los desfiladeros y en los campamentos. De haberse producido esto ¡quién sabe si ese llamado paseo militar desde el deslinde de Buenos Aires hasta la línea del río Negro, no se habría convertido en sangriento y pavoroso desastre!

La gloria de esa grande operación militar consiste, precisamente, en haberse realizado, como se realizó, sin dejar señalado el trayecto con arroyos de sangre ni con filas de osamentas.

Mañana, cuando se escriba la historia de la ocupación del río Negro, y cuando se estudie la actuación del ministro que la preparo y la dirigió, tendrá la república que adquirir un pedazo de tierra en la confluencia para levantar en ella el justiciero monumento que falta y que ha de imponer, más tarde o más temprano, la gratitud nacional.

Capítulo XXI

Una mañana -marchaba la columna a través de una picada abierta la víspera en el monte- circuló la noticia de que una mujer acababa de dar a luz un niño en medio del camino. Fuimos a verla, el mayor, el médico del cuerpo y yo.

Efectivamente, recostada en el tronco de un chañar sobre el poncho que un buen soldado había tendido, vimos a la mujer del cabo Gómez que envolvía en no muy suaves pañales al hijo que le llegaba en tan inoportuno momento. Auxiliada con palabras de aliento y de coraje por el médico, ya que no era posible hallar otra cosa allí, la enferma fue subida a caballo, y sostenida por dos soldados que marchaban a pie, a los lados de la montura, consiguió llegar al lugar en que la división acampó. Inmediatamente madre e hijo fueron bañados en las no templadas aguas del Colorado; y, al otro día, cuando la columna se puso de nuevo en movimiento, la vimos pálida, pero serena y conforme, sobre el recado, cantando el arrorró a su hijito al compás del tranco de su cabalgadura.

Bien era cierto que el cabo Gómez había pasado la noche dándole a su compañera, para que echara nuevas fuerzas, caldo de piche con bastante maíz hervido.

Cuando ocho días más tarde nos adelantamos al grueso de las tropas para llegar a Choele-Choel el 24 de mayo por la tarde, la mujer de Gómez no quiso quedarse a retaguardia. Marchó con nosotros, y con nosotros llegó, sin dar estorbo ni trabajo, al término de la expedición.

Capítulo XXII

¡Qué noche aquella del 24 de mayo, primera que pasamos en Choele-Choel!

Hizo un frío tan espantoso, y era tan grande nuestra desnudez que, al recordarla, después de 28 años, se me ocurre que va a echarse a tiritar todo mi cuerpo. A orillas del fogón parecían los milicos fantásticos asados en banquetes de caníbales, girando automáticamente al calor de la lumbre, para evitar que mientras se calentaba el pecho se escarchaba la espalda. Los centinelas eran relevados cada treinta minutos, y cuando los retenes volvían al cuerpo de guardia era necesario apelar a las fricciones para desentumecer la tropa.

Al amanecer el 25, y cuando formamos para saludar la salida del sol, el dilatado valle ofrecía el aspecto de una inmensa sábana, cuya superficie crujía con siniestro ruido al quebrarse la escarcha al paso de los soldados. Y cortando en dos aquella espléndida llanura helada, alzábase, serpenteando en caprichoso y mágico zig zag, la columna de vapor escapado del río Negro, en espesa e impenetrable neblina.

Después de la formación, y previo un racionamiento extraordinario de carne de yegua, se organizaron carreras y bailes en conmemoración de la fiesta nacional.

Y aquellos hombres que llegaban deshechos, hambrientos y cansados, encontraron toda vía en el espíritu un buen depósito de humor alegre para ahogar en él las penurias y las fatigas de la campaña.

¡Pobres y buenos milicos!

Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron -siquiera en el estercolero del hospital- rincón mezquino en qué exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo.

Al verse después despilfarrada, en muchos casos, la tierra pública, marchantada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas; al ver la garra de favoritos audaces clavada hasta las entrañas del país, y al ver como la codicia les dilataba las fauces y les provocaba babeos innobles de lujurioso apetito, daban ganas de maldecir la gloriosa conquista, lamentando que todo aquel desierto no se hallase aún en manos de Reuque o de Sayhueque.

Pero así es el mundo, "los tontos amasan la torta y los vivos se la comen".

El 28 o 29 de mayo estuvo reunida toda la división expedicionaria en el punto elegido para asiento del futuro pueblo, empezando en seguida la construcción de cuarteles y alojamientos.

El ministro de Guerra, entretanto, acompañado de una pequeña escolta se dirigió por la costa del río a buscar el contacto con las fuerzas de Uriburu, llegando a la confluencia del Neuquén y del Limay. A su regreso dispuso que se establecería una fuerte guarnición en Fico-Menocó, núcleo y base del pueblo General Roca, siguiendo el a Buenos Aires, llamado por asuntos de su ministerio.

Y allá quedamos, trabajando de peones, de agricultores, de albañiles, soltando durante el día las armas, para empuñar la pala y el hacha.

Los jefes de cuerpo trocaban sus funciones militares para hacer de arquitectos, de leñadores, de peritos, en la construcción de ranchos o en el trazado y en la siembra de las quintas.

Villegas era el gran maestro de obras y, mientras discurría acerca de las ventajas que ofrecían los techos de dos aguas sobre los de una sola, Manuel Campos, Teodoro García, Lorenzo Vintter, Manuel Fernández Oro, Benjamín Moritain, Montes de Oca, Germán Sosa, Marcial Nadal, Voilajusson, Daniel Cerri, etc., militares condecorados y envejecidos en los campos de batalla, presidían y dirigían el corte de las maderas, aperturas de los cimientos, la construcción de aquellas rancherías que bien pronto había de llevarse en su corriente avasalladora las aguas desbordadas del río Negro.

¡Ah! ¡Que división aquella!

La tropa suspendía los ejercicios militares para convertirse en peonadas, y cuántas veces hemos visto regresar comisiones de lejanas y arriesgadas correrías y, apenas desensillados los caballos y repasadas las armas, marchar al pisadero, sin tiempo siquiera para coser o remendar los andrajos que hacían de uniforme.

Un día - el pueblo que debía llamarse Avellaneda estaba perfecta y totalmente delineado- empezaron a subir las aguas del río. Nadie prestó atención al fenómeno, en primer lugar porque a nadie se le ocurrió pensar en los peligros de una inundación y luego porque, en contra de los anuncios y del parecer de un indio, teníamos la opinión de un ingeniero. Sostuvo el bárbaro que aquellos lugares se inundaban, alcanzando el agua en ellos considerable altura; pero el hombre de ciencia demostró, por a + b, que el salvaje era... un salvaje, y el pueblo se trazó donde él lo quiso.

Al frente -encuadrando el bellísimo paisaje, y como cerrando el horizonte al norte- se alzaban las barrancas que limitan el valle; a la espalda y a los costados el verde festón de los sauzales, cuyas ramas, al ser mecidas por el viento, acariciaba la tersa superficie del Negro.

Todo era alegría y contento. Al mes y medio de establecidas, las tropas tenían abrigadas cabañas y los oficiales y el comercio, confortables y hasta risueñas viviendas.

Vendría la primavera y entonces empezaríamos a levantar en el pueblo Avellaneda, aquí un palacio para la comandancia en jefe; allá una escuela, en esta punta un cuartel adornado con almenas y torres- en aquél una iglesia; en la plaza erigiríamos una estatua, y la estatua arbolaria, en los días de la patria, una bandera azul y blanca tan grande y tan alta que a su sombra se sintiera amparado y protegido el orbe entero.

El agua seguía subiendo.

Los zanjones que cruzaban el valle, en comunicación con el río, se desbordaron y nosotros sin movernos.

¡Claro! ¡Para que tener cuidado si un sabio había dicho que aquello no se inundaba!

Tomar precauciones habría sido demostrar temor, y entre nosotros tener miedo es suicidarse.

El Regimiento 5º de Caballería fue desprendido una tarde, al mando del entonces coronel Vintter, a poblar Fico-Menocó. Iba el cuerpo con todas sus caballadas, con sus depósitos, sus mujeres y sus chicos.

Nosotros nos quedamos. El 17 de julio amanecimos rodeados completamente por el agua. La creciente se extendía por todo el valle y ya era imposible pensar en la salida.

Nos atrincheramos. Para contener el avance de la inundación se levantaron extensos murallones de tierra y en pocos días la incomunicación fue completa y absoluta.

Se agotaron las provisiones de carne, y entonces se apeló al racionamiento extraordinario, consistente en un puñado de harina, que cocíamos, amasándola sin sal algunas veces, al rescoldo, y a una que otra piltrafa de carne de caballo que nos tocaba por milagro.

Al hallarnos aislados por la creciente, y no sabiendo el tiempo que duraría esa situación, el general Villegas dispuso que se reunieran los caballos que habían quedado en el campamento, pertenecientes al servicio de la proveeduría y a los ayudantes, a fin de distribuirlos para el consumo, moderadamente.

Aquellos mancarrones, que se caían de puro flaco, llenos de mataduras, fueron la salvación del ejército expedicionario. Celosamente custodiados, iban matándose a razón de "uno por cuerpo", es decir, para cuatrocientas personas, término medio. Esto significaba el hambre y la miseria declaradas. No pudiendo ir en busca de leña, se quemaron los ranchos, y no pudiendo construir elementos de salvación para todos, resolvió que no se construyeran para nadie.

Entretanto, casi a la vista de todos, las caballadas se ahogaban en sus rodeos, se ahogaban las novilladas del proveedor sorprendidas en su marcha, y dentro de poco nos ahogaríamos también nosotros.

Y para que no entrase el desaliento en los espíritus, la división hacía constantes ejercicios durante el día hundiéndose en el fango que se formaba a causa del agua que empezaba a manar del suelo.

Por la noche esos mismos milicos lo pasaban bailando, al compás de las bandas de música, que tocaban, de orden superior, las más alegres piezas de sus repertorios.

El Regimiento 5º de Caballería, que había partido para Fico-Menocó, no pudo salir del valle. Sorprendido por la creciente tuvo que acampar y construir un reducto, donde se encerró con sus mujeres y con su ganado. A poco se desarrolló en el cuerpo una violenta epidemia de viruela, y entonces empezó para el heroico regimiento una situación espantosa, en la cual el jefe, los oficiales y la tropa estuvieron a la altura de la desgracia que los hería.

Mi amigo José Juan Biedma, el ilustre profesor de Historia y director del Archivo Nacional, ha descripto este episodio -en que fue actor- de tan bellísima manera que sería temerario en mí querer pintar con brocha gorda lo que él ha burilado con finísimo cincel.

Pasó la inundación y al día siguiente de abandonar el viejo campamento, habíamos olvidado los peligros y las miserias del sitio.

Capítulo XXIII

A fines del ano 79 una partida de indios sorprendió, entre Conesa y Negro Muerto, la tropa de carros de un Señor López, que conducía provisiones de Patagones a Choele-Choel.

Los bárbaros degollaron a los carreros, entre éstos a un sobrino de López, saquearon el convoy y ganaron el campo.

Villegas mandó al teniente Alba en persecución de los malones, y este oficial apresó en Conesa a un grupo de indios, que manifestaron hallarse allí de paso para comerciar, pero a los cuales se les acusó como autores del crimen referido.

Llegaron a Choele-Choel, y como el viejo López reconociese en poder de uno de los indios el poncho que usaba su sobrino se les sometió a riguroso interrogatorio.

Negaron los pampas y, como se cerraran en la negativa, se les estaqueó.

Aquello fue una escena atroz. En el cuadro del 3º de Caballería y en el 1º de Infantería fueron los infelices sometidos al brutal tormento, sin conseguirse otra cosa que descoyunturarlos o mutilarlos.

Entretanto Sayhueque -que a la tribu de este cacique pertenecían aquellos indios- reclamaba la libertad de sus mocetones, amenazando, por represalias, cobrarse en la cabeza y en la sangre del doctor Francisco P. Moreno, que tenía prisionero.

Villegas no era hombre de ceder; el indio no lo era de aflojar, y si el doctor Moreno no hubiese tenido la fortuna de fugar hubiera pagado con su vida las consecuencias de un atentado al que, en vano, se le ha querido buscar atenuación.

Los indios que no se inutilizaron o que no fueron muertos pasaron después, como prisioneros de guerra, a servir por seis años en la Armada.

Capítulo XXIV

Poco después, interrumpidas las negociaciones que se habían entablado para obtener el sometimiento de los principales caciques del sur, se organizó en las tolderías de Reuque una fuerte invasión, que vendría a sorprender las fuerzas acantonadas en Roca. Si el golpe tenía resultado favorable se repetiría sobre ChoeleChoel y en seguida sobre Chos Malal. No creían los indios que pudieran aniquilar nuestros grandes campamentos, pero intentaban, de seguro, operar sobre las líneas de comunicación y provocar en Buenos Aires un movimiento de protesta contra la operación realizada por el general Roca, y que, vista desde lejos y juzgada por las noticias que llegarían del teatro de los sucesos, podría imponer la vuelta de las tropas a sus antiguos acantonamientos. Aquí se echa de ver que el indio de las montañas patagónicas no es ya el fiero malón de las pampas, que todo lo confía a la rapidez de su caballo y a la pujanza de sus brazos. Se presenta el cacique "diplomático", el salvaje aleccionado, y reaparece bajo el poncho de Nancucheo, el astuto comerciante que durante dos siglos había traficado con los ganados robados -millones de cabezas- en Buenos Aires, en Córdoba, en Santa Fe, en Mendoza y en San Luís.

Afortunadamente, aquella intentona que había tomado como blanco al fuerte Roca vino a estrellarse en la empalizada del fortín Primera División, que el ministro de Guerra mandara construir sobre el paso obligado de la confluencia.

En el punto donde mezclan sus aguas el Neuquén con el Limay, para formar el río Negro, existe un paso que deben cruzar necesariamente los viajeros que se dirigen al sur o que de ese rumbo vengan.

Y allí, a caballo sobre el paso, dominando el camino, el general Roca ordenó que se estableciese una guarnición que sirviera como de avanzada a las fuerzas acantonadas en Fico-Menocó.

Tocóle al capitán Juan J. Gómez, del 7º de Caballería -hoy coronel-, mandar esa guarnición, compuesta de treinta soldados tiradores de su propio regimiento.

El fortín era un recinto cerrado por una fuerte empalizada, dentro del cual se levantaban media docena de ranchos y un mangrullo.

Durante algún tiempo el capitán Gómez no observó indicio alguno que pudiera alarmarlo y las descubiertas que se desprendían diariamente a largas distancias regresaban sin encontrar novedad.

Una mañana, momentos antes de aclarar, el capitán Gómez, que había salido del fortín a objeto de dar un galope a su caballo, sintió, al acercarse al paso del río un rumor extraño que le llamó la atención.

Hombre acostumbrado a la guerra con los indios, conocedor de todas sus tretas, se acercó cautelosamente y desde una pequeña eminencia pudo ver, al otro lado, una masa enorme que marchaba en dirección al río. No había duda, aquello eran indios, y eran muchos.

Regresó al fortín, puso sobre las armas a la tropa y se preparó a la defensa.

Al poco rato -no se habían aun disipado por completo las sombras de la noche- un soldado enviado de espía volvió diciendo que la indiada cruzaba el río, y que no tardaría en caer sobre la guarnición. En efecto: al mismo tiempo que aclaraba oyóse la gritería del malón, que se echaba sobre el fuerte en impetuosa furia, creyendo hallar desprevenidos a sus defensores.

La primera línea de salvajes fue recibida con nutrida descarga y obligada a retirarse, dejando en el campo algunos muertos.

Pero así como las olas vienen, se quiebran en la playa y sobre una llega otra y otra más, así la masa de los bárbaros se precipitó sobre el fortín envolviéndolo en formidable círculo de hierro, y pretendió arrasarlo con su empuje.

La pequeña guarnición se defendía bizarramente, cubierta por los palos del cerco, animada con el ejemplo y la palabra del capitán Gómez, que, infatigable, se hallaba en todas partes.

Viendo los indios que en sus atropelladas ciegas no conseguían ventaja alguna, se retiraron algunas cuadras molestando desde sus escondites detrás de los médanos con los tiradores que tenían. El fuego de éstos, inseguro y mal dirigido, consiguió, no obstante, poner fuera de combate a dos soldados.

A eso de las diez de la mañana, deseosos de concluir de una vez con aquel puñado de valientes, llevaron un nuevo asalto, rechazado, como los anteriores, con grandes pérdidas.

Iba a desbandarse la indiada, cuando de improviso se la vio retornar al ataque más briosa y resuelta que nunca, empujada, más que guiada, a punta de lanza, por un cacique araucano de imponente talla.

En vano el fuego de la tropa abría claros enormes en aquella avalancha humana que avanzaba, atronando con sus gritos de rabia y de furor. Las carabinas quemaban las manos de los milicos, la munición se agotaba y la débil empalizada no podría soportar el choque de la horda fanatizada por el ejemplo de su caudillo.

El capitán Gómez veía que todo se perdía. Un minuto más y los indios, penetrando en el recinto del fortín, aplastarían a su heroica guarnición. Rápido como el rayo, arrebató una carabina del soldado más próximo y corrió hacia la puerta del corral en donde los caballos, asustados, se estrechaban y forcejeaban por romper la tranquera.

Vio a diez pasos al famoso cacique que dirigía el asalto, le apuntó al medio del pecho e hizo fuego. El salvaje abrió los brazos, sacudió la melenuda cabeza y se desplomó.

En el mismo instante un grupo de bárbaros penetraba en el fortín. En el desesperado cuerpo a cuerpo las carabinas eran inútiles. Centellaron los sables y durante un buen rato no se oyó más que el ruido seco de las afiladas hojas al chocar con el cráneo de los asaltantes.

Pero faltaba el nervio y la fuerza de la acción. Con el temerario cacique se acabó el empuje y la furia de los salvajes. Huyeron. Y mientras la invasión abandonaba el campo, perseguida por los últimos disparos de nuestros veteranos, el capitán Gómez se dio cuenta de la situación: cuatro soldados muertos, quince heridos y cincuenta caballos arrebatados.

Un desastre en su opinión; un motivo de censura para su conducta.

¡Cincuenta caballos perdidos, llevados del mismísimo corral!

¿Qué iba a decir el coronel?

¡Adiós, carrera; adiós, reputación; adiós, ascenso, tanto tiempo esperado y tan rudamente ganado!

El parte pasado por el capitán Gómez fue todo un modelo de sencillez y de modestia.

No creyéndolo bastante explicativo pedía un sumario a fin de comprobar cómo no había perdido la caballada por negligencia.

"Puedo asegurar al señor coronel -decía al final de su relato- que si los indios consiguieron arrebatarme parte de los caballos que estaban en el corral, no fue por culpa mía, ni por descuido o negligencia. Y, si después de retirarse, no los perseguí fue debido al estado de la tropa. Apenas disponía de diez hombres en estado de moverse."

En la orden de división el coronel Villegas recomendó la conducta de Gómez, calificándola de heroica.

Cuando leyó esas palabras el bravo capitán estuvo a punto de desmayarse.

Esperaba un reproche y obtenía un elogio.

Capítulo XXV

Al terminarse septiembre, mes y medio después de haber abandonado el primitivo campamento de Choele- Choel, habíamos echado las bases de otro nuevo a orillas de las barrancas y fuera del radio abarcado por la creciente.

En un instante tuvimos cuarteles para los regimientos, ranchos para los oficiales y los jefes y hasta el comercio estableció su barriada, inaugurándose, como diría el malogrado Conde, una era de prosperidad y de chicharrones.

El comisario pagador nos abonó, sobre cuarenta meses adeudados, tres de sueldo en constantes patacones. Y aquí puede decirse que concluye la primera parte del programa que se había propuesto el general Roca, al resolver la supresión del indio, como salvaje y como ladrón, y la conquista definitiva del desierto.

La campaña iniciada en abril quedaba terminada.

Iba a prepararse la expedición a Nahuel Huapi, acto final de aquel drama secular, que tendría su desenlace definitivo en el valle de Lonquimay y en los desfiladeros del Apulé.

Al llegar aquí séanos permitido contemplar admirados el fabuloso crecimiento del país en los últimos treinta años.

Al empezar el año l876 el límite de la soberanía argentina concluía, de hecho, en la línea que sobre la pampa trazaron con sus chuzas Namuncurá y Mariano Rozas. Hoy se extiende, indiscutible y saneado, hasta la barrera que por un lado levantan los Andes y que por otro traza el mar con sus guirnaldas de espuma.

Los ferrocarriles, que se detenían temerosos y jadeantes en el Azul y en Chivilcoy, se lanzan en busca del Pacífico o corren a perderse, ávidos y audaces, en las regiones del extremo sur.

En aquellos tiempos amasábamos el pan con la harina que Chile nos enviaba en perezosas recuas o en diminutos bergantines. Actualmente el trigo, cosechado en el antiguo aduar se derrama en áurea inundación por todos los mercados de la tierra. La ganadería, dueña de inmensos e inagotables pastos, crece, se refina y concluye por hacer concurrencia victoriosa al coloso del norte.

Un día el ministro de Obras Públicas, doctor Civit, encarga al ingeniero Cipolleti el estudio hidrográfico de un pequeño rincón de la conquista realizada por el general Roca en 1879, y el señor Cipolleti manifiesta que ese pedazo de suelo, capaz de convertirse en una huerta valenciana, es casi tan grande como el territorio de Francia.

Hace treinta años el gobierno gestionaba, mendigando de puerta en puerta -y sin hallar comprador-, la venta de esos campos de Olavarría, Sauce Corto, Cura Malal, etc., al precio de cuatrocientos pesos la legua... ¡y hoy valen cuatrocientos mil!

Entonces la república apenas si valía, en el concepto europeo, lo que vale en el concepto comercial un saladero o una estancia. Hoy somos nación y el mundo entero sabe que a la sombra de la bandera azul y blanca hay espacio y ambiente para todos los hombres que aspiren a ser libres, ricos y dichosos.

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