ZRÕARÃ NÊBURÃ. Literatura Oral Emberá

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plusZRÕARÃ NÊBURÃ. Historia de los antiguos. Literatura Oral Emberá

Floresmiro Dogiramá.
Compilador: Mauricio Pardo.


Presentación. Reconocimiento

Preámbulo

Introducción

I. HISTORIAS DEL PRINCIPIO

1. El Agua

2. El Pájaro Luna

3. La Hermana del Carabí

4. El Diluvio

5. El Hijo de la Pierna

II. HISTORIAS DE TRUENO

6. El Trueno (Versión 1)

7. El Trueno (Versión 2)

III. HISTORIAS DE CUÑADOS

8. El Rey Gallinazo

9. Los Puercos de Monte

10. La Nutria

11. La Garza Vaca

12. El Cuervo

IV. HISTORIAS DE JAIBANAS

13. El Tigre

14. El Trueno Jaibaná

15. Auka

16. El Jaibaná Narîbamia

17. Ventura

18. El Tigre Mojano

V. HISTORIAS DE GUERRA

19. Los Burumía

20. Los Jurá

VI. HISTORIAS DE CIMARRONES

21. Los Cimarrones (Versión 1)

22. Los Cimarrones (Versión 2)

23. Los Cimarrones (Versión 3)

VII. HISTORIAS DE ANIMALES

24. La Sierpe

25. Los Osos

26. El Ñeque y el Tigre

Léxico

Preámbulo

Un día a mediados de 1979 me encontré en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional con Oscar Olarte, quien acababa de regresar de la costa pacífica chocoana en donde realizaba sus investigaciones sobre negros e indios; me contó que había hecho un viaje a las cabeceras del río Baudó y de cómo sería importante desarrollar un trabajo de campo allí, Oscar había recorrido la zona y había hecho un somero censo y levantado algunos cuadros de parientes y claro, había dejado innumerables amigos entre los indígenas quienes nunca olvidan a los compañeros de una velada con buena chicha y buena carne.

Floresmiro Dogiramá

Floresmiro Dogiramá (1902-1982)

Justamente yo buscaba una zona para adelantar trabajos de campo en la continuación de una investigación bibliográfica sobre indígenas Chocó en que me hallaba empeñado. Aprovechando las informaciones y contactos del antropólogo Olarte pude viajar al Baudó en donde la sola mención del nombre de Oscar era un Abrete Sésamo universal.

Al Baudó se. llega desde el caserío de Jurubidá en el golfo de Tribugá cruzando la serranía del Baudó después de unas seis horas de camino. Iba yo con dos emberás en una canoa bajando ya por el Baudó hacía la quebrada Condoto en donde hay un caserío indígena alrededor de la escuela, cuando uno de ellos dice:

- Cacique ze burúa (Viene el cacique).

A lo lejos una piragua con tres indígenas, un viejo de mirada perdida y largos cabellos y dos fornidos hombres que luchaban contra la corriente impulsando la canoa con pértigas.

En la selva las noticias se propagan con celeridad y a donde uno llega siempre lo están esperando. Floresmiro Dogiramá el anciano cacique de la zona venía a mi encuentro con un yerno y un nieto a indagar por mis propósitos antes de permitirme entrar al caserío, me explicó que no le gustaban los comerciantes ni los "evangélicos". Cuando le dije que era antropólogo sonrió:

- Los antropólogos son gente buena para conversar, camine para la casa para que charlemos.

Permanecí allí un mes, era mayo de 1980. Regresé en octubre y hasta marzo de 1981 prácticamente mantuvimos una conversación ininterrumpida con este viejo genial. Floresmiro era ducho en tratar antropólogos, en 1927 fue baquiano de Erland Nordenskiöld uno de los fundadores de las disciplinas etnológicas y cimera figura de la antropología sueca. Floresmiro recordaba los días que pasó con el científico nórdico:

- Un día estábamos con otros muchachos en la playa de Jurubidá cuando vimos un yatecito que se había fondeado cerca de la costa, cogimos una canoa y nos fuimos a curiosear. Cuando llegamos al barco, Erland nos invitó a subir, hablaba medio enredado, nos preguntó en dónde había indios por aquí, por el palo de hacer veneno y otras cosas. Como se vino la noche nos invitó a dormir en el barco y mientras charlábamos nos brindó whisky y jamones. El yatecito se llamaba Olga al igual que la mujer de Erland. Al otro día desembarcamos y pasamos al Baudó a pie, Erland siguió hasta la desembocadura del río con varias canoas mientras su hijo llevaba el yate por el mar hasta la bocana.

Entre 1968 y 1970 la antropóloga suiza Ariane Deluz vivió varios meses en la casa de Floresmiro. Deluz fue al Baudó con Brian Moser quién filmó allí uno de sus magníficos documentales antropológicos. Esta película que se encuentra en el Instituto Colombiano de Antropología constituye un testimonio perdurable sobre algunos momentos de la vida de Floresmiro.

La existencia de este viejo sabio emberá comprende múltiples episodios que motivan admiración y asombro. Los primeros viajes por el Chocó en compañía de su padre en busca de maestros para aprender jaibanismo; viajes de semanas enteras hacía las frías montañas antioqueñas en donde se podían comprar los mejores perros de cacería; correrías en compañía de alucinados buscadores de oro o de míticos robin hoods negros a los que no les entraban las balas.

La madre de Floresmiro, Clementina Uainora, era una emberá panameña que dominaba tanto el español como el emberá; esta circunstancia le permitió a Floresmiro hablar correctamente ambos idiomas desde sus primeros años en una época en que eran pocos los indígenas chocoanos que tenían un conocimiento acabado del español.

- Mi papá, Villamoro Dogiramá, siempre hablaba su poquito de español, no mucho, apenas para hacer negocios. Mi mamá en cambio, vé! Como cualquier blanco.

El bilingüismo le permitió relacionarse sin problemas con negros y blancos de la región. A los catorce años ya era ayudante en los negocios de un comerciante cartagenero del Baudó de nombre Juanico Castro; Floresmiro le pidió unas cartillas a Castro y por sus propios medios, en su casa y preguntando, aprendió a leer y a escribir.

- Cuando yo aprendí a leer, ningún negro del Baudó sabía todavía y los indios menos porque ni siquiera sabían español.

A los dieciséis años fue nombrado Comisario de Indígenas, cargo ad honorem que existía en la época como delegación de la autoridad civil en las zonas indígenas; estos puestos eran siempre adjudicados a gentes no indígenas sin embargo Floresmiro lo desempeñó por cerca de treinta años desde 1918. Su habilidad en la redacción de cartas, memoriales y documentos lo convirtieron en una especie de abogado de toda la región.

- Primero escribía mal, todo seguido, como hablando. Después con el tiempo aprendí a usar los puntos, las comas y los puntos y comas.

Pero no por estas circunstancias Floresmiro se "blanqueó", celoso guardián de la tradición siempre estuvo pendiente de que no se olvidaran "las cosas de antigua".

Que los jóvenes no olviden, porque si olvidan es como si murieran.

Siempre usó el atuendo tradicional aun cuando otros adoptaran ciertas modas venidas sobre todo de Panamá. El cabello sobre los hombros y el guayuco rojo y corto de los viejos tiempos lo caracterizaron hasta el fin de sus días.

Difícilmente pudiera encontrarse a alguien que poseyera conocimientos mas completos sobre su propia cultura. Porque sabía su valor y su importancia fue un permanente investigador sobre su sociedad. En sus años maduros no desperdició oportunidad para interrogar a los ancianos sobre los tiempos antiguos y para aprender historias y costumbres ya desaparecidas. Viajero incansable por los ríos chocoanos, sus indagaciones se extendían a los negros y a los blancos y de esta manera poseía un impresionante acerbo de conocimientos sobre la historia chocoana en general.

A los treinta y dos años comenzó a aprender jaibanismo, la ciencia de los espíritus y las enfermedades de los chamanes emberá; su primer maestro fue su propio padre, de él recibió tres bastones. La última vez que vi a Floresmiro a principios de 1982 se despedía de mí a la orilla del río apoyado en uno de los bastones de su papá. Aprendió con jaibanás de Dubasa y de Arquía, con dos waunanas del San Juan y su interés universalista lo llevó a aprender cantos y rituales de curación en lengua inga, cuya traducción no conocía muy bien, pertenecientes a la ciencia chamánica de indios comerciantes de los que hace algunas décadas salían del Putumayo y recorrían el país ofreciendo sus servicios medicinales .

No todo fue color de rosa en su existencia; su hijo mayor de unos nueve años y que ya lo acompañaba en salidas de caza menor murió consumido por fiebres en cuestión de horas. Cuando se impulsó la colonización dirigida en Bahía Solano allá por los años cuarenta, a Floresmiro le adjudicaron un terreno un poco más al norte de la población. Toda su familia cayó enferma, luego le revocaron la adjudicación y tuvo que regresar de nuevo al Baudó. En 1950 cruzó por el Baudó un grupo armado de liberales; vinieron por el Bójayá e iban averiguando por los conservadores y fusilándolos sin fórmula de juicio. Como los indios siempre habían votado por los liberales, no les hicieron nada pero la chusma se les comía los marranos y los obligaban a transportarlos. A Floresmiro por su prestancia lo obligaban a hacer las veces de secretario del jefe de los rebeldes. A los pocos meses pasó otra escuadra y como la vez anterior los indios tuvieron que movilizarlos. Entonces se corrió el rumor de que la policía conservadora iba a tomar represalias contra los indios. Cuando los uniformados mataron una india que corría aterrorizada a refugiarse en el monte , se rebosó la copa y la mayoría de los emberá del Baudó incluidos Floresmiro y su familia huyeron a Panamá a los ríos Jaqué y Balsas y de allí sólo regresaron tres años después cuando el gobierno colombiano envió barcos de la Armada para repatriarlos.

Floresmiro no sólo fue Comisario de Indígenas sino que también fue uno de los primeros maestros de la zona; los misioneros que conocían de su saber lo encargaron de una escuela, empleo al cual renunció como a los dos años.

- El sueldito no alcanzaba para nada y no quedaba tiempo para montiar y trabajar, nos estábamos muriendo de hambre.

Nunca dejó de ser un indígena como los otros, con los mismos trabajos y las mismas necesidades; sus conocimientos procuró ponerlos al servicio de todos, no solamente para su beneficio particular. Más de una vez salió en improvisados viajes a hablar con el gobernador del departamento a interceder por algún indígena preso o para plantear algún problema de alguien a quien sólo le bastaba venir a hablar con el viejo así no tuviera mayor amistad.

Floresmiro era del parecer de que todo conocimiento tiene su validez y su momento; católico a su manera, tenía su particular interpretación de la religión romana y pensaba que las distintas mitologías y los evangelios eran una especie de "continuum" sobre las mismas cosas; en ocasiones me ponía en situación incómoda al hacerme consultas de carácter teológico a las que mi ignorancia sobre tales temas me impedía responder satisfactoriamente; esta disposición le granjeó la amistad de algunos sacerdotes. Cuando apareció por el Chocó un Mesías criollo conocido como el "hermanito Anselmo", Floresmiro lo acogió con respeto, pero en cuanto pudo fue a Nuquí y le envío una carta al Papa consultándole el asunto. Sobra decir que nunca recibió una respuesta.

En 1964 en compañía del padre Rivera, misionero con quien mantenía una gran amistad viajó a conocer Medellín y Bogotá. En la capital trató infructuosamente de entrevistarse con el Presidente. Pero se complació muchísimo en observar detalladamente las costumbres y las grandes ciudades de los blancos cuyos pormenores gustaba de relatar con la agudeza, no desprovista de humor, del más competente etnógrafo.

Era común que se quejara de la discontinuación de jarabes, tónicos, infusiones, ungüentos y otros fármacos que abundaban en las boticas de la primera mitad del siglo los cuales había aprendido a usar con distintos curanderos. Cada vez que viajaba a los centros poblados incluía largas conversaciones con los droguistas sobre el uso y propiedades de las medicinas. Y qué no decir de sus conocimientos botánicos adquiridos pacientemente en los más remotos lugares y con los más diversos yerbateros indios, negros o blancos; el Baudó, el Bojayá, el Atrato, Antioquia, la costa pacífica, Panamá, fueron testigos de los reiterados desplazamientos de este hombre en busca de la ciencia de curar.

A los ochenta años y pese a unas cataratas que le habían nublado la vista, conservaba gran lucidez y capacidad de aprendizaje; siempre estaba pendiente de las actividades que desarrollábamos en una pobrísima droguería-enfermería que teníamos en el Baudó y su conocimiento sobre medicinas modernas era superior al de muchos de los jóvenes alfabetizados.

- Cuando es para curar con jai hay que cantar, cuando es de médico blanco hay que conseguir las drogas o hacer operación, cuando es de hierba, es con hierba, yo de todas maneras siempre le ruego a la Virgen del Carmen, eso nunca sobra, así sea que vaya a cantar esa misma noche.

Lo que más me sorprendía era su memoria; con base en sus informaciones se levantaron cartas genealógicas en extensión de ocho generaciones a partir de su bisabuelo, primer colono emberá de las cabeceras del río; centenares de nombres, matrimonios, migrantes e inmigrantes, divorcios y adopciones. Al procesar la información y cruzar todos los datos no he encontrado una sola contradicción. Era impresionante oírlo describir con meticulosidad casi desesperante una partida de caza en algún día de los años veinte, remotos viajes a Antioquia con su abuelo o cualquier otro incidente de diversas épocas; conocía perfectamente hechos correspondientes a los negros de los caseríos cercanos de los cuales difícilmente quedaba algún rastro en la memoria de los propios protagonistas o de sus descendientes.

Floresmiro viajó con Ariane Deluz a Bogotá en 1970. Por aquellos días iba a celebrarse una reunión de indígenas de distintas regiones para exponerle problemas y necesidades al entonces Presidente Pastrana. Floresmiro elaboró un memorial de agravios y de la reunión salió con apoyo gubernamental para impedir los excesos por parte de los inspectores de policía y de algunos vecinos morenos abusadores y con la promesa de legalizar los derechos indígenas sobre las tierras del Alto Baudó. Cuando Floresmiro volvió al Chocó la gente comenzó a referirse a él como "el cacique" y el consenso acerca de su autoridad se acrecentó.

El reconocimiento y demarcación del territorio indígena fue una obsesión para el viejo cacique. En 1972 volvió a Bogotá con el fin de presionar dichas diligencias. Al no recibir respuestas concretas, seis años después en 1978 emprendió un cuarto viaje a la capital. Ya muy anciano y casi ciego acompañado de dos de' sus nietos recorrió oficinas y oficinas sin obtener más que promesas. Para colmo de infortunios no pudo localizar a ninguno de sus conocidos y después de pasar una gélida noche en los Corredores del Ministerio de Gobierno acometió el regreso a su Baudó con un amargo sabor de desilusión.

Esta compilación de piezas literarias quiere ser un homenaje a la memoria de Floresmiro, un acto mínimo de reconocimiento por todo lo que significaron su historia y su personalidad. Las historias que se transcriben fueron contadas por él con la excepción de la historia de los Burumiá contada por su prima Odilia Dogiramá, el relato de los Jurá narrado por Alipio Rojas, esposo de una de las nietas del cacique y hoy Gobernador del Resguardo y las aventuras del ñeque oídas a Joaquín Conde.

Las historias narradas por Floresmiro las aprendió en su juventud de diferentes personas pero principalmente de su abuelo Lucasúniga Dogiramá y de su tío Antoñito. Algunas las conoció en el río Bojayá y otras le fueron referidas por emberás cerreños del lado antioqueño. La mayoría fueron aprendidas en épocas anteriores a 1930. Las historias de El Agua, El Pájaro Luna, Naríbamia, el Rey Gallinazo y Ventura fueron copiadas al ser dictadas por el narrador, el relato del Tigre fue traducido de una grabación en idioma emberá por el compilador y todos los demás fueron transcritos fielmente de la grabación efectuada en castellano, de ahí algunas diferencias de estilo entre las distintas historias. De todas maneras se ha querido alterar el lenguaje lo menos posible; de esta manera las narraciones son también un documento sobre el castellano local.

Floresmiro Dogiramá murió en Abril de 1982 en el Alto Baudó, sitio en donde había nacido ochenta años atrás, sin haber visto realizado el sueño de su vida: la constitución del Resguardo del Alto Baudó, Chorí y Jurubidá con 85.000 hás, lo cual ocurrió unas semanas después de su fallecimiento.

Mauricio Pardo


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