Cartas de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés

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Cartas de Pedro de Alvarado a Hernán Cortés.

11 de Abril de 1524.
(Conquista de Guatemala)

Refiere a las Guerras y Batallas, para pacificar las provincias de Chapotulan, Chacialtenango y Utlatan, la quema de su Cacique y nombramiento de sus hijos para sucederle y de tres Sierras de Acije, Azufre y Alumbre.

28 de Julio de 1524.
(Conquista de El Salvador)

Refiere la conquista de muchas Ciudades, las guerras, batallas, traiciones y rebeliones, que sucedieron y la población que hizo de una Ciudad. De dos volcanes: uno que exhalaba fuego, y otro humo, de un rio hirviendo y otro frio, y como quedó Alvarado herido de un flechazo.

28 de Julio de 1524. (Conquista de El Salvador)
Refiere la conquista de muchas Ciudades, las guerras, batallas, traiciones y rebeliones, que sucedieron y la población que hizo de una Ciudad. De dos volcanes: uno que exhalaba fuego, y otro humo, de un rio hirviendo y otro frío y como quedó Alvarado herido de un flechazo.

Señor: de las cosas que hasta Uclatan me habían sucedido, así en la guerra como en lo demás, hice larga relación á Vuestra Merced; y ahora le quiero hacer relación de todas las tierras que he andado y conquistado y de todo lo demás que me ha sucedido, y es:

Cartas de RelaciónQue yo. Señor, partí de la Ciudad de Uclatan y vine en dos días a esta Ciudad de Guatemala, donde fui muy bien recibido de los Señores de ella, que no pudiera ser mas en casa de nuestros padres; y fuimos tan proveídos de todo lo necesario, que ninguna cosa hubo falta: y dende á ocho días que estaba en esta Ciudad, supe de los Señores de ella, como á siete leguas de aquí estaba otra Ciudad sobre una laguna muy grande; y que aquella hacía guerra á esta y á Uclatan y á todas las demas á ella comarcanas por la fuerza del agua y canoas que tenían y que de allí salían á hacer salto de noche en la tierra de estos; y como los de esta Ciudad vieron el daño que de allí recibían me dijeron como ellos eran buenos y que estaban en el servicio de su Magestad y que no querían hacerle guerra ni darla sin mí licencia y rogándome que lo remediase; y yo les respondí que yo los enviaria á llamar de parte del Emperador nuestro Señor; y que si viniesen que yo les mandaria que no les diesen guerra ni le hiciesen mal en su tierra como hasta entonces lo hablan hecho, donde no, que yo iria juntamente con ellos á hacerles la guerra y castigarlos. Por manera que luego les envié dos mensajeros naturales de esta Ciudad á los cuales mataron sin temor ninguno. Y como yo lo supe viendo su mal propósito, me partí de esta Ciudad contra ellos con sesenta de caballo y ciento y cincuenta peones y con los Señores y naturales de esta tierra, y anduve tanto que aquel dia llegue á su tierra y no me salió á recibir gente ninguna de paz ni de otra manera: y como esto vi me metí con treinta de caballo por la tierra á la costa de la laguna, ya que llegamos cerca de un Peñol poblado, que estaba en el agua vimos un escuadrón de gente muy cerca de nosotros y yo les acometí con aquellos de caballo que llevaba; y siguiendo el alcance de ellos, se metieron por una calzada angosta, que entraba al dicho Peñol, por donde no podían andar de caballo; y allí me apee con mis compañeros y á pié juntamente y á las vueltas de los indios nos entramos en el Peñol de manera que no tuvieron lugar de romper puentes, que á quitarlas no pudiéramos entrar.

En este medio tiempo llegó mucha gente de la mia que venía atrás y ganamos el dicho Peñol que estaba muy poblado y toda la gente de él se nos echó á nado á otra isla y se escapó mucha gente de ella, por causa de no llegar tan presto trescientas canoas de amigos que traían por el agua; y yo me salí aquella tarde fuera del Peñol con toda mi gente y asentó real en un llano de maizales, donde dormí aquella noche: y otro dia de mañana nos encomendamos á Nuestro Señor y fuimos por la población adelante que estaba muy fuerte á causa de muchas peñas y ceberucos que tenía y hallárnosla despoblada, que como perdieron la fuerza que en el agua tenían no osaron esperar en la tierra; aunque todavía esperó alguna poca de gente allá al cabo del pueblo; y por la mucha agrura de la tierra, como digo, no se mató mas gente; y allí asentó real á medio día y les comenzó á correr la tierra, y tomamos ciertos indios naturales de ella á tres de los cuales yo envió por mensajeros á los Señores de ella, amonestándoles que viniesen á dar la obediencia á sus Magestades y á someterse so su corona imperial y á mí en su nombre: y donde no, que todavía seguiría la guerra y los correría y buscaría por los montes; los cuales me respondieron que hasta entonces, que nunca su tierra habia sido rompida ni gentes por fuerza de armas les habían entrado en ella; y que pues yo había entrado, que ellos holgaban de servir á su Magestad así como yo se los mandaba; y luego vinieron y se pusieron en mi poder y yo les hice saber la grandeza y Poderío del Emperador nuestro Señor; y que mirasen que por lo pasado yo en su real nombre lo perdonaba: y que de allí en adelante fuesen buenos y que no hiciesen guerra á nadie de los comarcanos, pues que eran todos ya vasallos de su Magestad y los envió y dejó seguros y pacíficos y me volví á esta Ciudad: y dende á tres días que llegué á ella, vinieron todos los Señores y principales y capitanes de la dicha Laguna á mí con presente y me dijeron que ya ellos eran nuestros amigos y se hallaban dichosos de ser Vasallos de su Magestad por quitarse de trabajos y guerras y diferencias que entre ellos había; y yo les hice muy buen recibimiento y les di de mis joyas y los tornó á enviar á su tierra con mucho amor y son los mas pacíficos que en esta tierra hay.

Estando en esta Ciudad vinieron muchos Señores de otras provincias de la costa del sur á dar la obediencia á sus Magestades y diciendo que ellos querían ser sus Vasallos y no querían guerra con nadie; y que para esto yo les recibiese por tales y los favoreciese y mantuviese en justicia. Y yo los recibí muy bien, como era razón y les dije que de mí, en nombre de Su Magestad serían muy favorecidos y ayudados y me hicieron saber de una provincia que se dice Yscuintepeque, que estaba algo mas la tierra adentro, como no les dejaba venir á dar la obediencia á su Magestad; y aun no solamente esto, pero que otras provincias que están de aquella parte de ella, estaban con buen propósito y querían venir de paz y que aquesta no les dejaba pasar, dicióndoles que adonde iban y que eran locos, sino que me dejasen á mí ir allá y que todos me darían guerra.

Y como yo fui certificado ser así, así por las dichas provincias, como por los Señores de esta Ciudad de Gruatemala me partí con toda mi gente de pié y de caballo y dormí tres días en un despoblado; y otro día de mañana ya que entraba en los términos del dicho pueblo, que es todo arboledas muy espesas, halló todos los caminos cerrados y muy angostos, que no eran sino sendas porque con nadie tenía contratación, ni camino abierto y eché los ballesteros delante, porque los de caballo allí no podían pelear por las muchas sienegas y espesura, de monte; y llovía tanto que con la mucha agua, las velas y espías suyas se retrajeron al pueblo; y como no pensaron que aquel día llegara á ellos, descuidáronse algo y no supieron de mi ida, hasta que estaba con ellos en el pueblo; y como entre toda la gente de guerra estaba en los cauces por el amor del agua, metidos; y cuando se quisieron juntar, no tuvieron lugar, aunque todavía esperaron algunos de ellos y me herieron españoles y muchos de los indios amigos, que llevaba, y con la mucha arboleda y agua que llovía se metieron por los montes que no tuve lugar de les hacer daño ninguno, mas de quemarles el pueblo, y luego les hice mensajeros á los Señores, diciéndoles que viniesen á dar la obediencia á Sus Magestades y á mí en su nombre, sino que les haría mucho daño en la tierra y les talaría sus maizales; los cuales vinieron y se dieron por Vasallos de su Magestad y yo los recibí y mande que fuesen de allí adelante buenos y estuve ocho días en este pueblo, y aquí vinieron otros muchos pueblos y provincias de paz, los cuales se ofrecieron Vasallos de el Emperador Nuestro Señor.

Y deseando calar la tierra y saber los secretos de ella, para que su Magestad fuese mas servido y tuviese y señoriase mas tierras, determine de partir de allí y fui á un pueblo que se dice Atiepar, donde fui recibido de los Señores y naturales de él y este es otra lengua y gente por sí; y apuesta del Sol, sin propósito ninguno remaneció despoblado y alzado y no se halló hombre en todo él.

Y porque el riñon del invierno, no me tomase, y me impidiese mi camino, déjelos así, y páseme de largo llevando todo recado en mi gente y far- daje, porque mi propósito era de calar cien leguas adelante, y de camino ponerme á lo que me viniese hasta calar á ellas y después dar la vuelta sobre ellos y venir pacificándoles.

Y otro día siguiente me partí y fui á otro pueblo, que se dice Tacuylula, y aquí hicieron lo mismo que los de Atiepar, que me recibieron de paz, y se alzaron dende á una hora. Y de aquí me partí y fui á otro pueblo que se dice Taxisco, que es muy recio y de mucha gente y fui recibido, como de los otros de atrás, y dormí en él aquella noche y otro día me partí para otro pueblo que se dice Nacendelan muy grande; y temiéndome de aquella gente que no la entendía, dejé diez de caballo en la rezaga y otros diez en el medio del fardaje, y seguí mi camino; y podría ir dos ó tres leguas del dicho pueblo de Taxisco cuando supe que había salido gente de guerra y que habían dado en la rezaga en que me mataron muchos indios de los amigos y me tomaron mucha parte del fardaje y todo el hilado de las ballestas y el herraje que para la guerra llevaba que no se les pudo resistir. Y luego envié á Jorje de Alvarado, mi hermano, con cuarenta ó cincuenta de caballo, á buscar aquello que nos habían tomado y halló mucha gente armada en el campo y él peleó con ellos y los desvarató y ninguna cosa de lo perdido se pudo cobrar, porque la ropa que ya la habían hecho pedazos y cada uno traía en la guerra su pampanilla de ella; y llegado á este pueblo de Nacendelan, Jorje de Alvarado se volvió, porque todos los indios se habían alzado á la sierra; y desde aquí torné á enviar a Don Pedro con gente de pié que los fuese á buscar á las sierras, por ver si los pudiéramos traer al servicio de Su Magestad y nunca pudo hacer nada, por la grande espesura de los montes, y así se volvió: y yo les envié mensajeros indios de sus mismos naturales, con requerimientos y mandamientos; y apercibiéndolos que si nó venían los haría esclavos: y con todo esto no quisieron venir, ni los mensajeros ni ellos.

Y al cabo de ocho días que había que estaba en este pueblo de Nacendelan, vino un pueblo que se dice Pasaco, de Paz que estaba en el camino, por donde habíamos de ir y yo lo recibí y le di de lo que tenía y les rogué que fuesen buenos.

Y otro dia de mañana me partí para este pueblo y halló á la entrada de el los caminos cerrados y muchas flechas hincadas; y ya que entraba por el pueblo, vi que ciertos indios estaban haciendo cuartos un perro á manera de sacrificio; y dentro el dicho pueblo dieron una grita y vimos mucha multitud de gente de tierra y entramos por ellos rompiendo en ellos hasta que los echamos del pueblo, y seguimos el alcance todo lo que se pudo segair; y de allí me partí á otro pueblo que se dice Mopicalco y fui recibido ni mas ni menos que de los otros: y cuando llegué al pueblo no halle persona viva; y de aquí me partí para otro pueblo llamado Acatepeque, á donde no halló á nadie, antes estaba todo despoblado.

Y siguiendo mi propósito que era de calar las dichas cien leguas me partí á otro pueblo, que se dice Acaxual, donde bate la mar del Sur en él; y ya que llegaba á media legua del dicho pueblo, vi los campos llenos de gente de guerra de él, con sus plumajes y divisas y con sus armas ofensivas y defensivas, en mitad de un llano que me estaban esperando, y lleguó de ellos hasta un tiro de ballesta y allí me estuve quedo hasta que acabó de llegar mi gente; y desque la tuve junta me fui obra de media tiro de ballesta hta. la gente de guerra y en ellos no hubo ningún movimiento ni alteración á lo que yo conocí: y parecióme que estaban algo cerca de un monte donde se me podrían acoger; y mande que se retrajese toda mi gente que oramos ciento de caballo y ciento cincuenta peones y obra de cinco ó seis mil indios amigos nuestros y así nos íbamos retrayendo y yo me quedó en la rezaga haciendo retraer la gente; fué tan grande el placer que hubieron desque me vieron retraer que me vinieron siguiendo hasta llegar á las colas de los caballos, las flechas que echaban pasaban en los delanteros; y todo aquesto era en un llano, que para ellos ni para nosotros no había donde estropezar.

Ya cuando me vi retraído un cuarto de legua, a donde á cada uno le habían de valer las manos y no el huir, di vuelta sobre ellos con toda la gente y rompimos por ellos; y fue tan grande el destrozo que en ellos hicimos que en poco tiempo no había ninguno de todos los que salieron vivos; porq. venían tan armados que el que caía en el suelo no se podía levantar, y son sus armas unos coseletes de tres dedos de algodón, y hasta en los pies, y flechas, y lanzas largas; y en cayendo la gente de pie, los mataba todos.

Aquí en este reencuentro me hirieron muchos Españoles y á mí con ellos, que me dieron un flechazo que me pasaron la pierna y entró la flecha por la silla, de la cual herida quedo liciado, que me quedó la una pierna mas corta que la otra, bien cuatro de dedos; y en este pueblo me fue forzado estar cinco días por curarnos, y al cabo de ellos me partí para otro pueblo, llamado Tacuxcalco á donde envié por corredores del campo á Don Pedro y á otros compañeros, los cuales prendieron dos espías, que dijeron como adelante estaba mucha gente de guerra del dicho pueblo y de otros sus comarcanos esperándonos; y para mas certificar, llegaron hasta ver la dicha gente y vieron mucha multitud de ella: á la sazón llegó Gonzalo de Alvarado con cuarenta de caballo, que llevaba la delantera porque yo venía como he dicho, malo de la herida, y hizo cuerpo hasta tanto que llegamos todos; y llegamos y recojida toda la gente, cabelgue en un caballo, como pude, por mejor poder dar orden como se acometiesen; y vi que había un cuerpo de gente de guerra, toda hecha una batalla de enemigos y envié á Gómez de Alvarado, que acometiese por la mano izquierda con veinte de caballo, y Gonzalo de Alvarado por la mano derecha con treinta de caballo, y Jorge de Alvarado rompiese con todos los demás por la gente; que verla de lejos era para espantar, porque tenian todos los mas lanzas de treinta palmos, todas enarboladas, y yo me puse en un cerro por ver bien como se hacía, y vi que llegaron todos los Españoles hasta un juego de Herrón de los indios; y que ni los indios huian ni los españoles acometían, que yo estuve espantado de los indios que así osaron esperar.

Los españoles no los habían acometido; porque pensaban que un prado que se hacía en medio de los unos y de los otros era ciénega; y después que vieron estaba teso y bueno rompieron por los indios, y esvaratándolos, y fueron siguiendo el alcance por el pueblo mas de una legua, y aquí se hizo muy gran matanza y castigo; y como los pueblos de adelante vieron, que en campo los desvaratábamos, determinaron de alzarse y dejarnos los pueblos; y en este pueblo holgué dos dias; y al cabo de ellos me partí para un pueblo, que se dice Miagonaclan y también se fueron al monte como los otros.

Y de aquí me partí para otro pueblo, que se dice Atehuan y de allí me enviaron los Señores de Cuxcaclan sus mensajeros para que diesen la obediencia á Sus Magestades; y á decir que ellos querían ser sus Vasallos y ser buenos: y así la dieron á mí en su nombre y yo los recibí pensando que no me mentirían como los otros: y llegando que llegué a esta Ciudad de Cuxcaclan, hallé muchos indios que me recibieron y todo el pueblo alzado; y mientras nos aposentamos no quedó hombre de ellos en el pueblo, que todos se fueron á las sierras.

Y como vi esto yo envié mis mensajeros á los Señores de allí á decirles, que no fuesen malos y que mirasen que habían dado la obediencia a su Magestad, y á mí en su nombre, asegurándoles que viniesen, que yo no les iba á hacer guerra ni á tomarles lo suyo, sino a traerlos al servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Magestad (enviáronme á decir que no conocían á nadie) que no querían venir, que si algo les que- ría, que allí estaban esperando con sus armas.

Y desque vi su mal propósito, les envió un mandamiento y requerimiento de parte del Emperador Nuestro Señor, en que les requería y mandaba que no quebrantasen las paces, ni se revelasen, pues ya se habían dado por sus vasallos: donde no, que procedería contra ellos, como traidores alzados y revelados contra el servicio de su Magestad, y que les haría la guerra y todos los que en ella fuesen tomados á vida serían esclavos, y los herrarían; y que si fuesen leales de mí serian favorecidos y amparados como Vasallos de Su Magestad.

Y á esto ni volvieron los mensajeros ni respuesta de ellos; y como vi su dañada intención y porque aquella tierra no quedase sin castigo envió gente á buscarlos á los montes y sierras, los cuales hallaron de guerra y pelearon con ellos, y hirieron españoles ó indios, mis amigos, y después de todo esto fué preso un principal de esta Ciudad, y para mas justificación se lo tornó á enviar con otro mi mandamiento y respondieron lo mismo, que antes, ó luego como vi esto yo hice proceso contra ellos y contra los otros, que me habían dado la guerra y los llamó por pregones y tampoco quisieron venir, y como vi su rebeldía y el proceso cerrado, lo sentenció y di por traidores y a pena de muerte á los Señores de estas provincias y á todos los demás que se hubiesen tomado durante la guerra, y se tomasen después, hasta en tanto, que diesen la obediencia á Su Magestad, fuesen esclavos y se herrasen, y de ellos y de su valor, se pagasen once caballos, que en la conquista de ellos fueron muertos, y los que de aquí adelante matasen y mas las otras cosas de armas y otras cosas necesarias á la dicha conquista.

Sobre estos indios de esta dicha Ciudad de Cuxcaclan, que estuve diez y siete dias, que nunca por entradas que mandé hacer, ni mensajeros que les hice, como he dicho, les pude atraer, por la mucha espesura de montes y grandes sierras y quebradas y otras muchas fuerzas que tenian.

Aquí supe de muy grandes tierras, la tierra adentro. Ciudades de Cal y canto y supe de los naturales como esta tierra no tiene cabo, y para conquistarse, según es grande y de muy grandísimas poblaciones, es menester mucho espacio de tiempo, y por el recio invierno, que entra no pasé mas adelante á conquistar, antes acordé me volver á esta Ciudad de Guatemala, y de pacificar de vuelta la tierra que atrás dejaba, y por cuanto hice y en ello trabajé nunca los pude atraer al servicio de su Magestad, porque toda esta costa del Sur por donde fui es muy montosa y las sierras cerca donde tienen el acojidda: así que yo soy venido á esta Ciudad por las muchas aguas á donde para mejor conquistar y pacificar esta tierra tan grande y tan recia de gente, hice y edifiqué en nombre de su Magestad una Ciudad de españoles, que se dice la Ciudad de Señor Santiago; porque desde aquí está en el riñon de toda la tierra y hay mas y mejor aparejo para la dicha conquista y pacificación y para poblar lo de adelante, y elegí dos Alcaldes Ordinarios y cuatro regidores, según Vuestra Merced allá verá por la elección.

Pasados estos dos meses de invierno, que quedan que son los mas recios de todo, saldré de esta Ciudad en demanda de la provincia de Tepalan, que está quince jornadas de aquí, la tierra adentro, que según soy informado, es la Ciudad tan grande como esa de Méjico y de grandes edificios y de cal y canto y azoteas; y sin esta hay otras muchas, y cuatro ó cinco de ellas han venido aquí á mí a dar la obediencia á su Magestad, y dicen que la una de ellas tiene treinta mil vecinos; no me maravillo, porque según son grandes los pueblos de esta costa, que la tierra adentro haya lo que dicen; este verano que viene, placiendo á Nuestro Señor, pienso pasar doscientas leguas adelante, donde pienso, su Magestad será muy servido y su estado aumentado, y Vuestra Merced tendrá noticias de otras cosas nuevas. Desde esa Ciudad de Méjico, hasta lo que yo he andado y conquistado hay cuatrocientas leguas: y crea Vuestra Merced, que es mas poblada esta tierra y demas gente, que toda la que Vuestra Merced hasta ahora ha gobernado.

En esta tierra hemos hallado una sierra, do está un volcan, que es la mas espantable cosa que se ha visto, que hecha por la boca piedras, tan grandes como una casa, ardiendo en vivas llamas, y cuando caen se hacen pedazos y cubren toda la sierra de fuego.

Adelante de esta, sesenta leguas, vimos otro volcan, que echa humo y muy espantable, que sube al cielo, y de anchor de compás de media legua, el bulto del humo. Todos los rios, que de allí descienden, no hay quien beba el agua, porque sabe á azufre, y especialmente vine de allí un rio caudal, muy hermoso, tan ardiendo, que no le podían pasar cierta gente de mi compañía que iba á hacer una entrada, y andando á buscar bado, hallaron otro rio frió, que entraba en este, y allí donde se juntaba hallaron bado templado, que lo pudieron pasar. De las cosas de estas partes no hay mas, que hacer saber á Vuestra Merced, sino que me dicen los Indios, que de esta mar del Sur á la del Norte, hay un invierno y un verano, de andadura.

Vuestra Merced, me hizo merced de la Tenencia de esa Ciudad, y yo la ayudó á ganar, y la defendí cuando estaba dentro, con el peligro y trabajo que Vuestra Merced sabe, y si yo hubiera ido en España, por lo que Yo á su Magestad he servido, me la confirmara y me hiciera mas mercedes: hanme dicho, que su Magestad, ha proveído, no me maravillo, pues que de mí no tiene noticia, y de esto no tiene nadie la culpa sino Vuestra Merced, por no haber hecho relación á su Magestad de lo que yo le he servido, pues me envió acá: Suplico á Vuestra Merced le haga relación de quien yo soy, y de lo que á Su Magestad he servido en estas partes y donde ando, y lo que nuevamente le he conquistado y la voluntad que tengo de le servir, y en lo de adelante, y como en su servicio me han liciado de una pierna y cuan poco sueldo hasta ahora he ganado yo y estos hidalgos que en mi compañía andan, y el poco provecho, que hasta ahora se nos ha seguido.

Nuestro Señor prósperamente crezca la vida, y muy magnífico estado de Vuestra Merced para largos tiempos.

De esta Ciudad de Santiago á veintiocho de Julio de mil y ciuinientos y veinticuatro años.

Pedro de Alvarado.


  Carta del 28 de julio de a524 Carta del 11 de abril de 1524. Conquista de Guatemala.