Kenos

Dioses y Personajes Míticos. Pueblos Originarios
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Kenos, espíritu poderoso pero subordinado, había recibido de Temáukel la misión de organizar la vida y poner en actividad al mundo visible, de disponer su funcionamiento armónico y de entregar a los hombres, a los que habría de crear, los preceptos morales según los cuales debían comportarse entre sí y en su relación con la naturaleza. Kenos había consumado la trascendente obra de Temáukel con la creación de los Howenh, antepasados del pueblo Selknam, para quienes había elegido Karukinká, el territorio de mejor apariencia y recursos a fin de que lo habitaran.

Nacido de la Cúpula Celeste fue enviado a Tierra mediante un larga cuerda. En el preciso instante en que Kenos se posó en la Tierra la cuerda se cortó, y ese fue el motivo por el que no regresó de inmediato.

Lo que vio en la tierra le pareció horrible, una masa chata y sin forma, rodeada de manera asfixiante por Ko'oh ( el Mar). Por esta razón Kenos creó las montañas, valles sierras y barrancos; y los distribuyó por el mundo. La luz era tenue y uniforme y el transcurso del tiempo pasaba indadvertido, entonces Kenos dio origen a Kreen (el Sol) y le instruyó para que brillara con más esplendor al mediodía para luego retirarse; mientras que luego de crear a Kraa (la Luna), le ordenó que brillara con su luz blanca al esfumarse Kreen. Ahora, el cielo había adquirido una magnificencia tal que aplastaba los bosques ahogando a los árboles. Advirtiendo esto, Kenos empujo la cúpula hacia arriba para que los bosques pudieran ser bellos y altos.

Al ordenar la naturaleza, Kenos, cumplió con la primera parte de su cometido. Luego se sentó a descansar a orillas de un pantano contemplando el resultado de su creación. Tomó un poco de lodo del fangal, les exprimió el agua y moldeó los genitales masculinos. De igual modo hizo con los femeninos. Con sumo cuidado los apoyó en el suelo uno al lado del otro y al anochecer se retiró. En plena oscuridad los genitales copularon y al regresar a la mañana siguiente le sorpendió encontrar a un ser quien resultara el primer antepasado de los selknam. Lo mismo sucedió noche tras noche, y el mundo se pobló de hombres y mujeres. Para que reinara la justicia, Kenos asignó a cada grupo un haruwen (territorio) el cual les proveería de alimentos y nadie podía expulsarlos del mismo.

Como era muy locuaz, pasaba horas y horas balbuceando en soledad hasta que no lo soportó más y dio a los hombres la capacidad del lenguaje. Los selknam aprendieron vivazmente y jamás dejaron de conversar.

Kenos instruyó a los selknam a concebir, explicándole que la mujer y el hombre se debían unir basándose en una serie de normas al respecto. Por ejemplo, que el hombre no debía tomar la mujer de otro, y las mujeres no debían copular con otro que no fuese su hombre. También distribuyó las distintas tareas de las que se encargarían las mujeres y los hombres, instruyó tratar con respeto a los ancianos y educar a sus hijos con las mejores costumbres para que puedan ser transmitidas de generación en generación. De este modo kenos le brindó a la humanidad las enseñanzas para vivir en felicidad culminado con la segunda parte de su misión.

Un día, agotado de su labor, se sumió en un profundo sueño del que sus ancianos acompañantes no podían despertar. Se dieron cuenta que Kenos era ya un anciano. Se acostaron en el suelo a esperar la muerte; pero ésta no llegó. Pasado un tiempo Kenos despertó y decidió marchar al norte, a un paraje lejano donde morir. Sus acompañantes le siguieron. Al llegar, se acostaron nuevamente en el suelo, se envolvieron en sus pieles y en el letargo la muerte les alcanzó al fin; pero no duró por siempre.

Después de yacer otra temporada Kenos y sus acompañantes comenzaban a recuperar vitalidad, volviendo a ser jóvenes. De ahí que los viejos al perder la voluntad de vivir, se acostaban en sus chozas, envueltos en sus capas a esperar la hora. Quienes tenían la suerte de rejuvenecer iban a la choza de Kenos a darse un baño dejando en el agua los restos de su vida anterior. Al pasar el tiempo la vejez se presentaba nuevamente comenzando el ciclo una y otra vez; a veces sucedía que algunos no se levantaban más; sin embargo no desaparecían, se transformaban en un cerro, un animal, una cascada ... Cuando a Kenos le llegó la hora de volver a su casa celeste, los que tuvieron el privilegio de acompañarlo se convirtieron en las estrellas y los planetas que pueblan el luminoso cielo de la Tierra del Fuego.