Volcán Galán

Cosmogonía de los Pueblos Originarios
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Leyenda de un gigante dormido

Cuando la Tierra era joven aún, dominaban distintas regiones del planeta gigantescos colosos. Por ellos brotaban nubes incandescentes de fuego y lava que ponían saludable temor en el ánimo de cuanto ser viviente estuviera en las cercanías. para aplacar esa ira manifestada de manera tan terrible, los pueblos primitivos se apresuraban a urdir toda suerte ritos religiosos con ofrendas destinadas a satisfacer lo que creían que era el requerimiento divino.

Volcán Galán

Ubicado en el borde este de la Puna de Atacama, su nombre proviene del quechua "Kkala": "desnudo", por la ausencia de toda vegetación.

Es el cráter más grande del planeta, su boca mide 34 km de norte a sur y 24 km de este a oeste. A 4.200 m.s.n.m. se encuentra el lago Diamante (imagen) de un profundo azul turquesa con agua salada, refugio de patos y flamencos. Alcanza una altura de 5.912 metros. En su cumbre hay tres santuarios de altura incas.

Si el dios no era prontamente calmado, vastas regiones antes fértiles eran sepultadas rápidamente por ríos de lava que las tornaban inservibles para todo cultivo. En Antofagasta de la Sierra, donde están los más grandes volcanes de la precordillera andina, un viejito, del que las malas lenguas dicen que tenía más de cien años, me contó la siguiente historia: "Mire niña, aquicito nomás, a unos cuarenta kilómetros, está el mas bravo volcán que haya existido.

Ahora le llaman Cerro Galán, pero entonces, en la época que yo le relato, tenía un nombre impronunciable. Este volcán dominaba toda la región y era el terror permanente de los indios Apatamas que desde siempre vivieron en este valle

Los indios eran laboriosos y trabajaban incansablemente labrando el valle. No se le ha de ocultar, mi niña, que cuando un valle está a cuatro mil metros de altura como este de Antofagasta es necesario trabajar muy duro para arrancar algún alimento de la tierra. El verano es corto y el invierno largo y riguroso.

Los pobres indios no tenían animales de labranza y sólo con sus manos y unas pocas herramientas trabajaban la pedregosa tierra. Sin embargo, a fuerza de trabajo, lograban sacar lo necesario para subsistir precariamente. Con eso y con la ayuda de Coquena que los proveía de aves y peces, llamas, guanacos y vicuñas, transcurría tranquila su vida, ya que no en la abundancia, por lo menos cubiertas sus más urgentes necesidades. No pedían más al cielo ni era su sueño turbado por ninguna ambición. Pero de pronto se desataba el invierno, cuando en medio del valle comenzaban a surgir géiseres y fumarolas y las aguas de los canales que surcan el valle se volvían calientes, termales. Corrían aterrados los indígenas a ofrecer sus tributos al volcán, coronado ya por el humo que permanentemente se escapaba de sus fauces.

Y allí iban los frutos más preciados, los más hermosos animales y se rumorea que se hacían también sacrificios humanos. A veces esto daba resultado y sus furias se calmaban, otras explotaba elevando llamas y humo hasta 8.000 metros de altura y produciendo desastres en el valle con el deshielo de sus laderas, que formaba un aluvión que barría cultivos y viviendas y hacía que los indios se refugiaran en los cerros vecinos hasta que todo pasara y pudieran volver al valle. Después de muchos años de soportar esto, de muchas generaciones de sufrimientos, los Apatamas se dirigieron a Inti, su padre: el Padre Sol, fuente de toda grandeza, nosotros tu pueblo habitamos este valle que Kuntur (cóndor deificado) nos señaló con su presencia. Noche y día suenan nuestras cajas en tu honor. Convivimos en paz con Amaru (víbora deificada); y Amparu (sapo deificado) nos honra con su presencia.

Sacrificamos y honramos a todos los Dioses. Inti, Padre sol a quien hasta Illapa (el relámpago) respeta y ante quien inclinan la frente Zupay y Mikilo. Haz valer tu fuerza para adormecer las iras de la boca insaciable que devora nuestras cosechas y quema nuestras esperanzas... Pidieron y pidieron haciendo sonar cajas y gemir las quenas noche y día, día y noche, hasta que Inti los escuchó y mandó al volcán enmudecer y sumirse en un sueño del que todavía no ha despertado". Se calló el viejo, miró a la distancia donde el Cerro Galán perfilaba su inmensa mole y su cráter de 36 km. de diámetro donde hay actualmente un lago poblado por flamencos.

Su silencio duró un buen rato. Cuando me disponía a marcharme, creyendo que me había olvidado y olvidado el tema, el viejito me miró con picardía y dijo, haciéndome un guiño: "Mi abuela que era india y que fue quien me contó esta historia, un día me confesó que Inti había mandado callar a este volcán y a todos los otros que eran bastante ruidosos, porque quedó tan cansado de oír las interminables súplicas de los indios que se dijo: "Del mal, el menos. Así que aseguro que estos pedigüeños mantengan sus bocas cerradas y dejen sus cajas y flautas en silencio. "Desde entonces - acotó el viejo -, reina la paz en estos cerros y se puede oír el silencio."


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